La playa del irlandes
Capítulo 24
San Sebastián, otoño de 1639.
Leonor inició el regreso a casa tras las inquietantes noticias: en La Coruña se había reunido una importante Armada bajo el mando de Oquendo. Eso significaba que, antes del invierno, España se preparaba para una gran ofensiva mientras su padre se hallaba en territorio enemigo. Aquel día, ella actuó egoístamente, pensaba en Patrick y en que había que sacarlo de la cárcel a toda costa, pero no evaluó los inconvenientes. Lamentaba haber sido tan irreflexiva. Ella, que siempre ponderaba las consecuencias de sus actos, había perdido el buen juicio y permitía que los impulsos dominasen las decisiones.
Pedro se había hecho muy amigo del capitán y caminaban detrás de ellas. Doblaron una esquina y descubrieron los dos carruajes y la escolta que habían partido con el duque y que ocupaban la calle.
—¡Han vuelto! —exclamó Pedro y echó a correr hacia el interior de la casa.
Leonor notó cómo desaparecía el suelo, cómo flotaba con el corazón amenazando salir del pecho y la sangre bombeando en las sienes hasta dejarla sorda. ¿Habrían conseguido liberar a Patrick? ¿Seguiría con vida?
Doña María tironeó de su brazo a la vez que la observaba con preocupación. Cruzó la calle sin fijarse, atribulada ante la posible funesta noticia, y traspasó el umbral de la casa como un ánima en el purgatorio, escoltada por el capitán y doña María. En el salón, de pie, se hallaban su padre y don José Manuel, visiblemente cansados pero contentos con el desenlace de la aventura. Agachado, frente a Pedro, que lo sometía a un
interrogatorio, reconoció a su irlandés, más delgado, más pálido, con el pelo más corto; pero vivo, sonriente, con la mirada verdemar que fijó en ella en cuanto entró en la estancia. La imagen del amado se distorsionó a causa del exceso de agua en los ojos, que se desbordó dejando correr libremente ríos salados sobre las mejillas.
—¡Patrick! —exclamó en un hilo de voz, ahogada por la emoción.
El irlandés se irguió en toda su estatura y dudó, por instante, la posibilidad de hacer público lo que todos conocían sobradamente. Fue Leonor, quien aprovechó ese pequeño margen y cubrió la distancia para echársele en los brazos que, hambrientos de su cuerpo, la estrecharon como viejos compañeros.
—¡Patrick! —repitió llorando, aferrada al cuerpo flácido y desnutrido.
Patrick observó por encima de la cabeza de Leonor cómo el duque hacia una señal a los presentes y desalojaban la sala para permitirles un poco de intimidad. Fue el último en abandonar la sala y cerró la puerta.
Los primeros días fueron difíciles para ambos, pero los esfuerzos de José Manuel resultaron fructíferos y, poco a poco, fue estableciéndose un diálogo entre el duque y él. Al principio fue una conversación cautelosa, banal, tanteando el terreno; y finalmente, el propio duque abordó el tema que realmente le preocupaba. Habían hablado largo y tendido, con el corazón en la mano, y habían tomado una resolución sin contar con la duquesa. Pero antes de exponerlo, había que dejar que las aguas regresasen a su cauce, que los sentimientos se calmasen y hallasen la forma adecuada para expresarlos, que Leonor recuperase el equilibrio de mujer sensata.
Patrick se dejó querer y se entregó a ese cuerpo soñado, deseado. La besó con la sed del peregrino que ha realizado un largo camino para llegar a su destino, con la delicadeza que se coge una copa de cristal, con el amor de un ruiseñor que canta por última vez.
—Estás aquí. Estás vivo —lloraba y sonreía a la vez Leonor, sin dejar de tocarlo, incrédula como santo Tomás.
Patrick le cogió las manos y se retiró para verla mejor sin soltárselas. A sus veintiún años estaba preciosa, más formada, más mujer, con un
complicado peinado de bucles recogidos y un rico vestido que denunciaba su posición social. Él nunca podría elevarla tanto ni ofrecerle nada semejante y, si en algún momento había dudado de si sería mucho lo que le exigía, con mirarla a los ojos, recobraba la seguridad de su amor. Aun así, no se decidía: su sueño al alcance de la mano y no reunía el valor suficiente.
—El barco se ha perdido. Has confiado en un estúpido corsario que ha embarrancado y se ha dejado apresar.
—¿Vas a volver a armar un barco? ¿Regresarás al mar? —indagó Leonor, con la aprensión reflejada en los hermosos y húmedos ojos.
—No lo sé. Dependerá de cómo se desarrolle la situación en tierra.
Un velo de tristeza empañó la alegría de Leonor.
—No hay nada decidido —se apresuró a aclarar Patrick—. Lo primero que tengo que hacer es recuperarme, aunque tu padre y don José Manuel no han dejado de alimentarme por el camino.
—¡Oh, Dios mío! Si ahora estás así, cómo estarías antes —se sinceró ella alarmada. Se zafó de la prisión de sus manos y lo abrazó de nuevo. Un papel crujió y ella retiró la cabeza del pecho extrañada. Patrick sacó el pliego, sobado y amarillento, y Leonor reconoció su nota de despedida.
—Esto me ayudó a sobrevivir —declaró Patrick.
—Tú lo tienes todo: mis pensamientos escritos, el hijo fruto de nuestro amor. Yo no tengo nada, excepto la memoria que me enloquece con imágenes, con recuerdos vagos y difusos. Te necesito tanto.
Patrick la volvió a abrazar y a besar. Una prudente llamada en la puerta los separó y entró el duque.
—Es de noche —comunicó a los enamorados—. He despedido los carruajes y la escolta se ha retirado a descansar. Mañana, don José Manuel traerá al niño. Es hora de que comparta la vida familiar. Os aguardamos, Pedro, doña María y yo, para cenar.
Patrick empujó a Leonor hacia el comedor y la cena transcurrió con el relato de las andanzas de los corsarios durante el invierno y el espionaje que efectuaron en la costa francesa. La curiosidad de Pedro lo llevó a describir el encierro, aunque muy dulcificado para que Leonor no se preocupase.
Cuando terminó la colación, el duque dio instrucciones para que el servicio se retirara a dormir en cuanto recogieran y no los esperaran ya que se
acostarían tarde. Se sentaron en el salón y el duque cerró cuidadosamente las puertas.
Patrick adivinó lo que se avecinaba. El duque no era una persona especialmente paciente e iba a abordar el tema en ese momento. Le extrañó que permitiese la presencia de Pedro. Su mirada debió ofrecerle alguna pista de sus pensamientos por las palabras que pronunció.
—Pedro y yo hemos estado charlando mientras vosotros os poníais al día —aclaró—, es muy listo para su edad y está de acuerdo con el plan.
—¿Qué plan? ¿Qué tramáis? —inquirió Leonor desorientada.
—¿Le habéis contado el encuentro con el conde? —preguntó el duque.
Patrick negó con la cabeza—. Ya, comprendo. Pues hacedlo. Por lo que he presenciado en la mesa, Leonor no sobrevivirá otro invierno apartada de vos.
Patrick, por primera vez, se percató de que Leonor había adelgazado, conservaba buen color a causa de la brisa estival del mar, pero había perdido la serena tranquilidad que la acompañaba.
—En Dunkerque me crucé con el conde, averigüé en qué barco navegaría a España. Todo resultaba muy sospechoso, la herida, el tipo de embarcación, la premura y los hombres que lo acompañaban. Encontré el libro de oraciones de tu madre en su poder —Leonor gimió asustada—.
Lamento decirte que se perdió en el barco cuando embarranqué, de todas formas no hubieran permitido que me quedase con él, nos despojaron de todo lo de valor —Leonor asintió llena de comprensión.
—¿Qué hicisteis, señor? —apremió Pedro.
—Me embarqué con algunos de mis hombres en una chalupa y seguimos por la noche la estela de la nao y la abordamos antes de que se incorporase al canal. Simulamos ser ingleses, los encerramos en la bodega, asesinamos a los soldados y al conde le ofrecí la ocasión de morir con la espada en la mano.
Pedro seguía la narración con los ojos brillantes y sin respirar.
—¿Está muerto? —preguntó Leonor, entre incrédula y aliviada—.
¿Nadie te busca?
—No volverá a perseguirte y Pedro podrá moverse sin temer por su vida. El capitán del barco se encontró con un problema que podía costarle el
puesto de capitán, así que debió de decidir solventarlo por la borda.
Leonor se llevó las manos a la cara y cerró los ojos en un gesto de descanso. El conde había sido una gran molestia desde que su marido había fallecido. Patrick echó una mirada de soslayo al duque, quien le indicó que aguardara a que su hija asimilara la noticia en toda su amplitud, como así fue.
—¿Qué tiene que ver el conde con vivir apartada de ti otro invierno?
—Cuando compartí prisión con Richard, le conté mi vida, sin desvelar tu nombre, y me ofreció una solución sencilla, aunque supondrá un sacrificio para ti.
Patrick se detuvo mientras Leonor digería sus palabras y captaba el inmenso significado de ellas.
—¿Quieres decir que podríamos vivir juntos, como una familia de verdad? —Su rostro reflejó la ansiedad que aceleró su respiración.
—Pero supondrá un sacrificio para ti —recordó Patrick.
—¿Cuál?
—No podrías volver a Madrid ni a San Sebastián o La Coruña, pues en esas ciudades te conocen.
—Eso no es un sacrificio —aseveró excitada.
—Llevaréis una vida sin tantos lujos y un tanto retirada en Ribadesella.
—Es fácil desprenderse de aquello que no has apreciado —replicó entusiasmada.
—Tendrás que renunciar a Pedro —soltó finalmente en un suspiro.
—¡Oh! —El gesto risueño se trocó en desilusión.
—Eso no es cierto —replicó Pedro—. Serían tres años, madre. Con diez puedo viajar, enrolarme en un barco o en el ejército. La abuela doña Clara no podrá oponerse a mis decisiones, aunque si nombras al duque de Maqueda como tutor y lo admite el rey, mantendríamos el contacto.
—¿Qué necedades dices? No pienso abandonarte. ¿Cómo sabes tanto?
—He hablado con él y está de acuerdo con el plan.
—Es muy pequeño para decidir una cosa semejante, me necesita —
justificó Leonor.
—No os voy a perder, madre, solo vamos a mataros.
Los ojos de Leonor se abrieron como platos ante la declaración de Pedro, que la miraba inocentemente convencido del plan que iban a ejecutar.
—¿He comprendido bien? ¿Matarme?
—Ese es el plan —afirmó satisfecho el duque.
—Pero yo no quiero morirme —objetó Leonor.
—Pero tenéis que moriros, si no, nos estropeáis el plan —aseguró Pedro frunciendo el ceño, contrariado ante la negación de su madre.
—El plan es sencillo —intervino Patrick—, Richard lo ejecutó en el puerto de Argel.
La pusieron en antecedentes y la convencieron entre todos. El más entusiasmado fue Pedro, a quien le encantaban las aventuras, sobre todo si intervenía el ingenio.
Era más de media noche cuando se retiraron a sus aposentos con la cabeza llena de ideas, de posibilidades, de esperanzas. Patrick nunca se había atrevido a soñar con un futuro y, mucho menos, con el apoyo del duque y del hijo de Leonor. Mucho debía de haber sido el dolor y la infelicidad de la duquesa, que habían presenciado padre e hijo, para permitir y colaborar en semejante farsa.
La cama, con cuatro columnas que soportaban el dosel, llenaba la habitación. Un arcón a los pies servía de banco. A un lado, un biombo escondía la silla orinal y el palanganero, una mesa con un candelabro completaba el mobiliario. Se desprendió de la ropa prestada por el abogado y la dejó sobre el arcón. Abrió la cama y se sentó en ella. No estaba acostumbrado a un lecho tan mullido y temió no dormirse en un buen rato.
Iba a apagar la vela, cuando sintió que la puerta se abría. Leonor se escurrió como un blanco fantasma en el interior y la cerró cuidadosamente, sin un ruido. Sus descalzos pies recorrieron la distancia hasta el lecho y se subió a él, empujándolo a un lado para introducirse bajo las sábanas y, recatada a sus ojos, se desprendió del largo camisón.
—No es buena idea. Es la casa de tu padre. Le debo un respeto por lo bien que me ha acogido y, además, no dispongo de medios para evitar…
—Estoy de acuerdo contigo —confesó Leonor—; sin embargo, llevo muchos años renunciando a ti y, aunque el futuro parece que nos sonríe, no
me fío. No estoy dispuesta a perder un minuto más de nuestra corta existencia y, en cuanto a los medios, no han sido muy eficaces.
Leonor se acurrucó contra su pecho y lo acarició.
— Carpe diem —sucumbió Patrick.
—Llámalo como quieras y bésame.
Patrick no se hizo de rogar y se entregó a los rojos labios que se le ofrecían generosamente. Saboreó la felicidad olvidada y recorrió con sus besos el cuerpo cálido soñado; recordó el olor de la pasión cuando la excitó y evocó la mirada ardiente del deseo; oyó la muda llamada y se introdujo en la amante carne, inflamada, palpitante, febril por la larga abstinencia.
Hundió los labios en la larga cabellera y los gemidos satisfechos resonaron en su oído. Su nombre, suave, musical, apenas pronunciado por los labios hinchados de besos, tantas veces callado, tantas negado, ahora brotaba sonoro, desatado del yugo del secreto. Sus almas se reencontraron y se fundieron desnudas con el calor del amor. Patrick culminó el encuentro con el estertor del placer conseguido.
Se dejó caer, exhausto, a un lado, sin dejar de ceñirla con un brazo, temeroso de perderla de nuevo. El cuerpo amado recobró la serenidad, los ojos, el brillo cómplice y la boca trazó la sonrisa ahíta. Recorrió lentamente los bordes del cuerpo en reposo, disfrutó de la suavidad de la piel tersa, muy despacio se recreó en los tibios y dulces pechos, sus dedos prosiguieron la ascensión por el palpitante cuello, donde la vena delataba la intensidad de la pasión del corazón, ese que le pertenecía por derecho, por entrega, por devoción. Allí estaba, colmada, tendida a sus ojos en la penumbra de la noche lujuriosa, iluminada por la vela indiscreta.
—Te quiero.
Patrick, al oír la declaración, elevó la vista del pálido vientre que su mano exploraba y se encontró con la miel de una mirada velada por la intensidad de los sentimientos. Se movió como un felino al acecho y se inclinó sobre la arteria que golpeaba, se demoró en los pechos erguidos y el cuerpo se abrió como una flor aromática ofreciéndole sus delicias. Se buscaron, salieron al encuentro el uno del otro y se unieron en un gemido, en un sollozo, en una melodía. Los cuerpos deshechos por la incandescente
pasión, sudorosos, traspiraban amor y renuncia de sí mismos para colmar al otro.
—Mi amor —susurró el corsario, rendido a la generosidad del corazón confiado.
Patrick se despertó desorientado. El olor a lavanda y el mullido lecho le recordaron que se encontraba a salvo, que la pesadilla del encierro había concluido, que el mar ya no lo mecía en el seno de sus olas. La vela sobre la mesa casi había llegado al fin de su existencia, mudo testigo del amor y del placer de la noche, iluminaba con su rojizo resplandor el rostro amado y el cuerpo que respiraba tenuemente con la tranquilidad y la confianza de saberse entre unos brazos enamorados.
—Leonor —susurró sobre la nívea y sedosa sien, a la vez que le rozaba la cálida mejilla con el dorso de la mano.
Abrió los ojos cargados de sueño y de felicidad.
—Debes regresar a tu habitación o me dejarás en una situación muy difícil ante tu padre —la instó con pesar.
La mirada amada se afiló ante la comprensión y la tristeza de abandonar un lecho deseado por otro frío y solitario. Renuente, se incorporó para cumplir con su obligación, como siempre hacía. Suspiró rendida, se volvió, tomó su cara con las dos manos y lo besó en la frente, en los ojos, en las mejillas, en los labios y en el mentón.
—Todos estos son los que no podré darte a la luz del día. Los llevas como un adelanto, para que los recuerdes cuando nos veamos y no podamos declarar nuestro amor.
Patrick se sonrió mientras veía cómo el cuerpo disfrutado desaparecía bajo la blanca tela, cómo se sacudía la cabellera besada, como le sonreían los labios mordidos. Con el calor de la pasión nocturna prendida en el alma, traspasó el umbral y la engulló el oscuro pasillo, llevada por el silencio de sus pequeños pies descalzos. No te vayas, rogó Patrick mentalmente, regresa y hagamos el amor hasta que rompa el alba.
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