La playa del irlandes
Capítulo 18
Ribadesella, primavera de 1638.
Llegado el mes de marzo, el duque de Maqueda envió una carta muy protocolaria a su hija invitando a reunirse con él tanto a Leonor como a doña Clara, para pasar la temporada de más calor en la costa cantábrica. Tal y como había augurado, doña Clara agradeció el gesto y rechazó la invitación alegando la edad. Para facilitar el desplazamiento de su hija, que se sentiría ya incómoda por el avanzado estado de gestación, quedaron oficialmente en Gijón. Hacia finales de mes, partió a Ribadesella con una nutrida escolta de su servicio. Había enviado aviso de su llegada a don José Manuel, quien saldría al encuentro en la Venta de los Peregrinos, al sur de Ribadesella. De esta forma evitaba llamar la atención en la villa de pescadores. Llegó a media tarde y el administrador ya lo aguardaba inquieto desde el día anterior. Dejó a la escolta alojada allí y continuó con don José Manuel en solitario. Cuantos menos testigos mejor.
—La casa está preparada para recibir a los inquilinos. Siempre realizo personalmente esa tarea para evitar fisgones y rumores. Hasta que no llegue la duquesa, carecerá de servicio.
—¿De verdad creéis que los lugareños no conocen lo que sucede en esa casa? —inquirió el duque.
—No soy tan ingenuo, pero una cosa son las elucubraciones y otra la certeza. Mientras se lleven con la mayor discreción las estancias de la duquesa, nadie la importunará. Ni siquiera mi esposa conoce la verdadera identidad del huésped, todos la conocen por la «viuda de la casa de Sebreño».
El duque inspeccionó la finca cuando llegaron ante el portalón.
Desmontaron y el administrador abrió la pesada puerta de madera maciza.
Entraron las monturas y la acémila que cargaba el equipaje del duque y las condujeron a un pequeño establo en un lateral. Guardaron silencio mientras ellos mismos descargaban la acémila y almohazaban los caballos a falta de mozo. Don José Manuel lo precedió con parte del equipaje y cogió las llaves escondidas en la hornacina de la Virgen y abrió la puerta del zaguán.
Dejaron las cosas en el suelo y el administrador procedió a encender la lumbre de la cocina y subió para prender la chimenea de la habitación principal.
Mientras realizaba esas tareas, el duque se paseó por las estancias y las recorrió con su mirada de halcón.
—El dueño de la casa tiene gustos muy caros —comentó casualmente
—. La casa está bien construida, sólida y bien defendida por el muro del exterior.
—Pertenecía a un hidalgo que falleció sin descendencia. El pariente más próximo no residía aquí y la vendió al nuevo dueño —explicó don José Manuel.
—¿Y tampoco vive aquí? —se extrañó el duque—. Es una vivienda muy cara para dejarla desaprovechada. ¿Y la familia?
—No tiene familia y viaja mucho. La adquirió para cuando se retirara, de ahí que la alquile en el entretanto para mantenerla. ¿Se encuentra bien su excelencia la duquesa?
—Todo lo bien que le permite el embarazo —soltó a bocajarro el duque y, a juzgar por la palidez y la expresión del joven, había dado en el blanco.
—¿No me preguntáis por el marido?
Incapaz de asumir toda la información, el administrador se atragantó.
—Sí, claro, su marido. La duquesa no me informó del cambio de estado
—se disculpó, intentando recuperar la compostura.
—Seguramente el descuido se deba a que no hay marido —añadió irónico el duque. Don José Manuel permanecía sentado rígido, blanco como la cal.
—¿Qué podéis decirme sobre el padre?
—Nada. Podría mentiros, pero vuestra presencia me dice que habéis descubierto algo. Soy consciente de todo lo que os debe mi familia, incluso yo mismo. Lo único que me queda es apelar a vuestra misericordia.
Excelencia, comprended que la duquesa confía en mí, trabajo para ella, cubro sus espaldas tal como su excelencia me encomendó. No me pidáis que la traicione.
—¿Y lo que ha sucedido no lo consideráis traición?
—Para ella, no. Preferiría que hablaseis con ella, excelencia.
—Ya lo he hecho, y con doña María y con las criadas que viajan con ella. No hay forma de enterarse de nada. Ese embaucador las ha sorbido el seso.
—No es un embaucador —suspiró don José Manuel.
—Luego se veían aquí.
—Se han encontrado aquí, es cierto, pero no se veían aquí. Eso suena como si lo hicieran a escondidas y reconocieran su pecado. Fue el azar, nada más.
El duque consideró las palabras del joven: una casualidad. Recordó las palabras de doña María, el conocimiento venía de años atrás; sin embargo, no habían mantenido relaciones hasta ese verano. Lo curioso de todo era cómo defendían los sirvientes a su hija.
—¿Cómo es que no estabais informado? Hemos quedado en reunirnos aquí porque ha elegido esta casa para dar a luz. Creo que es una decisión acertada, está apartada y os habéis movido con mucha discreción, tanta que me hace sospechar en segundas intenciones.
—La segunda intención fue el conde de Trujillo, ninguna otra. Lo demás ha sido el destino.
—¡Qué poco creo en el destino! De vuestro desconocimiento del embarazo de la duquesa colijo que no sospecháis qué hará con el niño después. —El administrador negó con la cabeza—. Está bien, podéis marcharos.
—¿No deseáis que me quede?
—Sé valerme por mí mismo, gracias.
—Mañana por la mañana regresaré —se despidió don José Manuel y abandonó la casa como alma que lleva el diablo.
En la cocina hervía un puchero en un trébede, lo retiró y olió el contenido: un caldo de ave. En una fuente bajo un paño había jamón curado, queso y manzanas. Una jarra de sidra completaba el menú. Tras la frugal colación recorrió lentamente las estancias husmeando cajones y rincones en busca de algún indicio sobre el dueño o sobre el amante.
La biblioteca le retuvo la mayor parte del tiempo, la única que le proporcionó alguna distracción pues las habitaciones eran sobrias e impersonales. Una esfera terrestre y diferentes mapas, muchos de ellos portulanos, captaron su interés. Recordó que el administrador había dicho que viajaba mucho. Revisó los libros de las estanterías y descubrió libros en inglés, francés, castellano y latín. Se sorprendió cuando reconoció los libros de su hija y se disgustó cuando encontró el misal de su esposa. Leonor no era tan descuidada y aquello solo podía significar una cosa: habían pensado reunirse de nuevo los amantes.
Debía frenar aquella locura que estaba a punto de explotarles en las manos. Si ellos no eran capaces a causa de la pasión, lo haría él. Pero debía actuar con mano izquierda, observar y callar. Una vez sobre la pista era imposible que no cometieran ningún desliz; además, ¿cómo iba a entregarle el niño al padre?
Se acostó con estas ideas rondando por la cabeza y lo despertaron la luz del amanecer y el escándalo de las gaviotas que sobrevolaban la costa. Se levantó y se encaminó al escusado. La casa era modesta, en cuanto a dimensiones, pero cómoda, bien planificada. Mientras se aliviaba miró en derredor y le llamó la atención el saliente de la estructura sobre la puerta por incomprensible. El ruido de la puerta de abajo lo obligó a espabilar.
Pasó el día recorriendo los alrededores junto al administrador.
Caminaron el kilómetro y medio hasta el borde del monte, desde donde se disfrutaba de una impresionante panorámica de la desembocadura del Sella.
Escuchó de boca de don José Manuel cómo su hija recorría aquella senda cada mañana y bajaba a la playa con su nieto, cómo con sus propias manos cuidaba de la huerta y por las tardes leía o cosía al amparo de la sombra del roble del jardín. Llegó a la conclusión de que no conocía a Leonor tan bien como creía, había madurado, vivía con independencia, llevaba la administración del ducado, tomaba decisiones.
La noche lo encontró en la biblioteca con los discursos incendiarios de Cicerón contra Catilina en el Senado en la mano. Junto al libro había un cuaderno en el que se desarrollaba un amplio comentario sobre ellos, escrito a mano, en latín. Era un trabajo bien estructurado, propio de un bachiller.
Lo cerró y lo subió a la habitación como lectura.
A la mañana siguiente, su mirada volvió a recaer sobre la paradójica estructura. Seguía sin encontrarle razón de ser. Las vigas quedaban lejos, el dintel constituía el ancho de la puerta, pero aquello sobresalía mucho más.
Cogió una silla, se subió a ella y tocó la estructura, sonaba hueca, era de madera aunque la habían pintado como la pared. La intuición y la curiosidad le llevaron a buscar alguna ranura, se bajó y cogió un abrecartas del bargueño. La tapa lateral se desencajó y dejó al descubierto el interior, metió la mano y retiró un cuaderno y un montón de pliegos doblados.
Se acercó con el tesoro a la mesa, junto a la ventana, y se sentó. En los pliegos reconoció la letra de su hija y un escalofrío le recorrió el cuerpo. Sin ningún pudor se sumió en la lectura y el corazón se le encogió ante las palabras de desaliento por un lado y de alegría por otro. No le cabía duda de que era muy infeliz y lo lamentó amargamente. El cuaderno estaba escrito en inglés hasta que llegaba a un texto dirigido a su hija. Extrañado, leyó y releyó sin comprender por qué la consideraba una desconocida. Ordenó los pliegos de su hija y siguió los textos en español del cuaderno. Una luz, con un matiz de incredulidad, comenzó a abrirse en su mente.
—¿Cómo los habéis encontrado? —La voz del administrador lo cogió desprevenido.
—No os he oído llegar.
—Ni a mí ni a la duquesa que está apeándose del carruaje, por esa razón me he retrasado. Permitidme aconsejaros que devolváis los papeles al lugar secreto y que respetéis los sentimientos de la persona a la que más queréis.
Podría no perdonaros semejante intromisión.
—Pero vos conocéis su existencia —dijo el duque con amargura—.
Todo el mundo está al tanto, menos yo.
—No es cierto. Solo lo sabemos doña María y yo —respondió don José Manuel tendiendo la mano.
El duque le entregó los papeles y, mientras el administrador se subía a la silla, los guardaba y cerraba cuidadosamente en receptáculo secreto, su mente corría atando cabos: escrito en inglés, viajaba, Ribadesella era el puerto de Pronovil, desde niña lo acompañaba por los puertos, armadora de un barco de Pronovil, don José Manuel por medio. Su mente calló de golpe cuando oyó las voces en el zaguán y unos pies ligeros que ascendían por la escalera.
—¡Pedro! —llamó, y el nieto irrumpió como un huracán y se le prendió del cuello.
Leonor llegó muy cansada, pero feliz de encontrarse allí de nuevo. Su padre descendió por la escalera charlando con el niño. Se alegró de que pudieran disfrutar durante una temporada de la mutua compañía. El duque levantó la mirada y a Leonor se le llenaron los ojos de lágrimas: el pelo se le había encanecido más y los años comenzaban a pesarle. Se dirigió a él y lo abrazó.
—Será mejor que subáis y descanséis —recomendó el duque—. Doña María, encargaos de trasladar mis cosas a otra estancia.
—No hace falta —se opuso Leonor.
—Me voy mañana, así que será mejor que ocupéis desde el principio la habitación que os corresponde.
—Dentro de un rato bajaré, el traqueteo del carruaje me ha dejado los riñones hechos polvo.
Las criadas se afanaban con el equipaje y Leonor se recostó en la cama.
No supo cuánto había dormido, pero el sol caía por el horizonte. Cogió la campanilla y avisó a Doña María, quien se personó con prontitud.
—Debiste despertarme —la regañó.
—No lo permitió vuestro padre.
—Se van mañana, ya tendré tiempo de dormir después.
Doña María la ayudó a recomponerse para la cena y bajaron juntas.
—Tienes muy buen aspecto —dijo su padre ante la mesa de ajedrez—.
Este niño es muy inteligente para su edad. Me ha ganado en dos ocasiones.
—El ajedrez nunca ha sido vuestro fuerte.
—Es cierto, siempre me ganabas.
Leonor acercó una silla y se sentó frente al tablero entre ambos.
—¿A qué viene esa sonrisa tonta? —inquirió su padre.
—A que os quiero y os voy a echar de menos. ¿Dónde estaréis?
—En La Coruña.
—Te gustará, Pedro, se parece mucho a esto.
—Jaque mate —dijo el chiquillo por toda respuesta.
—Pues es verdad —constató el duque revisando el tablero—. ¿Me dejas un rato a solas con tu madre, hijo?
Aguardó a que saliera y Leonor se preparó para una discusión; no obstante, no hubo lugar.
—Me voy preocupado. Deseo que todo salga bien durante el parto.
—Gracias, padre. He dejado todo dispuesto con el administrador del ducado. Os nombro tutor de Pedro.
Por la expresión de su padre, lo había sorprendido.
—¿Y si sale adelante la criatura que nazca?
—No os preocupéis por ella. Don José Manuel tiene sus instrucciones.
—Eres muy cuidadosa con todo, pero no confías en mí.
—Vos me enseñasteis. Y no es desconfianza, es temor de que me privéis de algo sin lo que no puedo vivir.
—¿Acaso no es lo mismo? ¿Piensas que voy a causarte daño?
—No seáis absurdo. Padre, no quiero discutir con vos. Si no confiara, nunca os habría pedido ayuda, pero conozco vuestro temperamento cuando algo se tuerce y para vos, ese hombre, representa un escollo que hay que demoler.
—Cuando era más joven, seguramente habría actuado así; ahora me hago viejo y soy más permisivo con las debilidades humanas.
—¿Por qué al amor se le considera debilidad? A mí me da fuerzas para seguir viviendo. ¿Qué sería de mí sin vuestro cariño? ¿Sin el de Pedro? Es muy triste una existencia sin amor. ¿Nunca habéis amado, padre?
El duque se perdió en el pasado por unos instantes.
—Sí, una vez, pero no creo que fuera con tanta intensidad como tú.
—¿Qué sabéis sobre la intensidad de mi amor? —se extrañó Leonor.
—¿No te enamoraste antes de contraer matrimonio?
—Es cierto.
—Lamento vuestra infelicidad —dijo su padre cogiéndola de la mano
—. Puse especial cuidado en buscarte un marido gentil.
—Y lo hicisteis muy bien. El corazón no atiende a razones.
—Pero reconoces que no está a tu altura.
—A los ojos de la sociedad, no de los míos. Es un hombre maravilloso, pero no puede ser. Comprended vos que el hijo que llevo en mis entrañas deba vivir y llegar a brazos de su padre. Eso colmaría mi insatisfacción.
A la mañana siguiente, en un aparte con don José Manuel, mientras ensillaban el caballo y disponían la carga en la acémila, el duque no se mordió la lengua.
—Por mi indulgencia, me debéis al menos la explicación de los hechos.
Deduzco que es el dueño de la casa; sin embargo, me aseguráis todos que no ha habido encuentros hasta el verano pasado.
—Encuentro, en singular —matizó don José Manuel—. Así ha sido.
Debo confesar que soy el culpable, pues cuando me propuso la duquesa que le buscase alojamiento en la costa, ignoraba que se conocieran del pasado y no imaginé el sentimiento que los unía. Mientras tanto, como yo era el mediador, ellos desconocían la identidad del otro. Como habéis comprobado, lo llevo con discreción, hasta que un día coincidieron.
Entonces ya fue tarde para rectificar.
—A juzgar por vuestras palabras, se trata de un hombre discreto: no pregona sus amores con mi hija.
—Es muy raro que hable de sí mismo o de su familia, es muy reservado, de ahí mi ignorancia.
El duque se lo quedó mirando y observó en qué instante se dio cuenta el administrador de su desliz.
—¿Sois tan amigos? —Don José Manuel retiró la mirada—. De manera que os encontráis en medio del fuego cruzado. Sois el encargado de entregarle el niño a su padre, aunque no creo que os coja de sorpresa.
Se despidieron de Leonor y el duque montó a Pedro delante de él. El administrador los acompañó hasta la venta antes de regresar a Ribadesella.
Los criados habían conseguido una relación de ventas y posadas hasta La Coruña, facilitada por un buhonero que recorría la costa comprando y vendiendo. Se despidió definitivamente del administrador y le pidió encarecidamente que lo avisase en cuanto hubiera sido el parto y le detallase los pormenores.
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