La psicóloga

Helene Flood · Capítulo 12 de 21

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La psicóloga

Miércoles, 11 de marzo: superficies amplias y luminosas

 

Alguien ha entrado en mi casa otra vez. Lo noto nada más bajar la escalera. Hay algo diferente. En cuanto dirijo la mirada hacia la cocina, veo de qué se trata: es la nevera. Sigurd y yo tenemos fotos colgadas en la puerta del frigorífico: algunas de nosotros dos, otras de mis sobrinos, un par de postales y dos menús de restaurantes de comida a domicilio. Y todo ha desaparecido. La puerta de la nevera está vacía, limpia y blanca, deshabitada. Además, como para subrayar que alguien ha estado aquí, todos los imanes están colocados en la esquina superior de la puerta. Miro fijamente el frigorífico durante un segundo o dos, el tiempo que tardo en entender todo esto, y acto seguido pego un grito.

Han matado a Sigurd, me lo he repetido una y otra vez, pero no he llegado a comprenderlo del todo hasta este momento, cuando lo he visto con mis propios ojos. Alguien ha quitado las fotos de la puerta de la nevera durante la noche, y sé con absoluta seguridad que no ha sido él. De modo que ha sido otra persona, ¿y quién podría ser excepto quien disparó a Sigurd? Un asesino ha estado en mi casa. Tal vez siga aquí, en realidad. Me pongo a gritar a todo pulmón. Doy media vuelta y echo a correr escaleras abajo. Abro la puerta de entrada con llave y salgo a toda prisa.

Justo en el momento en que salgo corriendo hacia el césped, un coche de policía aparca en el acceso de vehículos. Fredly va al volante, y del lado del copiloto desciende la agente con aspecto de ser la típica zorra de los barrios pijos de Oslo. Llevan café en vasitos de cartón en las manos y están conversando sobre algo, creo, cuando me ven. Ambas se sorprenden, lo que no es de extrañar teniendo en cuenta que voy corriendo hacia ellas descalza y en albornoz, pisando un césped mojado donde todavía se acumulan manchas de nieve. Pero yo las veo, y lo único que pienso es: «Estoy salvada». Es posible que no haya dejado de gritar en ningún momento.

Fredly es la que está más cerca de mí y la que viene a mi rescate. Supongo que se da cuenta de lo que va a ocurrir, o tiene buenos reflejos, pues suelta el vasito —que cae al césped; el café con leche se derrama— justo cuando me lanzo a sus brazos. Me abraza y pregunta:

—¿Qué ha pasado?

No soy capaz de decir nada. Sollozo, respiro con dificultad, estoy al borde del llanto pero sin lágrimas, tirito de frío y miedo, no consigo formular una frase. No veo a la zorra pija, solo el hombro de Fredly contra mi mejilla. Me apoyo en ella, tiemblo, dejo que me abrace hasta que me calmo un poco, y entonces digo:

—Alguien ha entrado en mi casa.

—Vale —dice Fredly, y parece alerta.

—Quizá todavía siga allí —sollozo.

—Vamos a comprobarlo —dice ella, y la zorra pija se sube de nuevo al coche, tal vez para pedir refuerzos—. ¿Puedes contarme qué ha ocurrido?

—He bajado esta mañana y he descubierto que alguien había estado aquí —digo entre sollozos—. Han quitado todas las fotos de la puerta de la nevera y han cambiado de sitio todos los imanes.

—¿La puerta de la nevera?

—Sí. Solemos tener varias cosas ahí: fotos, postales y menús y esas cosas, pero todo ha desaparecido.

—Vaya. ¿Algo más, quiero decir, se han llevado algo?

—No lo sé. Solo he visto que todo había desaparecido y he echado correr.

—¿Estás segura de que las fotos y todo lo demás estaba allí cuando te acostaste? —oigo que pregunta alguien detrás de nosotras, y veo que la tipa pija ha vuelto a bajarse del coche.

—Sí —respondo—. Quiero decir, me habría dado cuenta si no hubiesen estado.

—Vaya.

—¿Hay algo que indique que han entrado por la fuerza? —pregunta Fredly.

—No lo sé —reconozco, y comienzo a inquietarme. ¿Por qué tantas preguntas? ¿No van a hacer nada?

—¿Estaba la puerta principal abierta? ¿Estaba la cerradura rota o algo?

Reflexiono.

—No —constato—. Estaba cerrada con llave.

Intercambian miradas de complicidad. Doy un paso atrás para librarme del brazo de Fredly, que todavía se apoya sobre mi hombro.

—¿No vais a comprobarlo?

Sus miradas vuelven a encontrarse. Algo pesado se cierne sobre ellas; no, más bien es frustración.

—Pues sí —dice Fredly con amabilidad—. Vamos a comprobarlo.

Hay un cierto desprecio en su voz, como si yo fuese una mocosa, como si ellas fuesen mis niñeras y yo les estuviera exigiendo que comprobasen que no hay fantasmas en el sótano.

Entran en la casa. Yo me apoyo contra el vehículo y espero. No parece que vayan a llegar refuerzos. Espero un rato, muerta de frío, dándome cuenta de que debería haberme detenido para ponerme unas zapatillas mientras corría por mi vida. Coloco un pie sobre el otro, con la intención de ir alternando la postura y así limitar el riesgo de congelación. Transcurre algo más de tiempo. Veo que la agente de policía que no es Fredly abre la puerta de la terraza y vuelve a cerrarla. Cruzo despacio el césped y entro en el vestíbulo.

Encuentro a Fredly en el salón. Su compañera está en la primera planta, comprobando todas las ventanas. Me entrega un montón de fotos y papeles y me pregunta:

—¿Son estas las fotos?

Las miro.

—Sí.

¿Falta alguna? Intento recordar. ¿Qué fotos teníamos puestas? La postal de Margrethe desde Budapest, ¿la tiramos hace unas semanas o seguía colgada en la nevera?

—No hay signos de allanamiento —me asegura Fredly.

Asiento. Echamos un vistazo a la cocina, a los incriminatorios imanes de nevera. Siento que mi rostro comienza a recuperar su color natural; lo noto enrojecido y acalorado. He salido corriendo, en albornoz, gritando, descalza sobre la aguanieve y el lodo. Por culpa de siete imanes de nevera.

Alguien ha estado aquí, lo sé, y en principio no debería importar si lo que ha hecho es solo quitar las fotos de la nevera en lugar de, no sé, robar el ordenador de Sigurd y revolver todos nuestros armarios. Aun así, entiendo que la situación puede parecer ridícula, intrascendente. No había nada importante en la puerta de la nevera, es obvio. Pero también parece absurdo que hayan matado a Sigurd. De modo que tiene que existir un patrón.

—Comprueba que lo tienes todo —dice Fredly—. Me refiero a que verifiques que tienes todos los documentos de valor y esas cosas.

Se lo está tomando en serio, es cierto, pero no parece muy entusiasmada. Imanes de nevera. Cuando lo que están investigando aquí es un homicidio. Compruebo algunos cajones aleatorios, las escrituras de la casa, las declaraciones de la renta. Encuentro la agenda de Sigurd en el sitio en el que la guardé ayer. Atkinson. Noto una opresión en el pecho. Saco la agenda y la escondo dentro del albornoz. Siguen temblándome las manos.

 

«Respira y empieza de nuevo». Estoy en la ducha y dejo que el agua caliente recorra mi cuerpo. Mis pies congelados empiezan a entrar en calor entre pinchazos y punzadas. «Tranquilízate. Relájate. Contempla el mundo como es». El miedo es algo natural. Es normal que sienta que he perdido pie: han entrado dos veces en mi casa después de que a mi marido lo encontraran asesinado. Pero no se puede confiar en el miedo. Engaña tus sentidos, altera la capacidad de razonar. «Respira».

Alguien ha estado en mi casa esta noche. Parece incuestionable. No fue Sigurd, de eso estoy ya segura. También sé que la puerta estaba cerrada con llave cuando he salido huyendo: recuerdo que he intentado abrirla y que he maldecido el retraso que me ha ocasionado tener que ponerme a forcejear con ella. Temía tener a un asesino demente pisándome los talones. Pero ha resultado que la casa estaba vacía. Lo que quiere decir que la persona que he estado aquí, o bien ha entrado por la fuerza o —una alternativa mucho más inquietante— tiene llave.

Mis llaves están en mi bolso. Las de Sigurd las tiene la policía. Margrethe también dispone de un juego de llaves. Esas son todas las llaves que existen.

Por supuesto, se pueden hacer copias. Reflexiono sobre ello. Perdí las llaves del piso anterior y tuve que ir a hacer duplicados. La llave del portal tenía un mecanismo de seguridad anticopia, pero la llave que abría el piso no. Fui al cerrajero del centro comercial Storosenteret e hice todas las copias que quise en menos de media hora. De modo que es posible que Sigurd haya hecho copias sin que yo lo sepa. Puede haberlas repartido a diestro y siniestro. No sé por qué iba a hacerlo, pero, por lo visto, tenía más secretos para mí de lo que yo creía. Está lo que me contó Mammod de la mujer que lo esperaba, la de la melena medio rubia. Me la imagino apoyándose en la farola que hay fuera de la oficina de FleMaSi y esperándolo. ¿Querría Sigurd darle un juego de llaves a ella?

Luego está lo de los imanes de la nevera. Con eso estoy en blanco. Todas las fotos que recuerdo están aquí, pero tengo algunas dudas respecto a otras cosas: la postal de Margrethe, una lista de lo que necesitábamos comprar para la reforma del cuarto de baño. ¿Hemos tirado aquella postal? ¿Ha quitado Sigurd la lista? ¿O lo he hecho yo? Pero ¿qué interés podría tener para nadie lo que Margrethe nos escribió desde Budapest? ¿Y por qué le preocuparía a alguien lo que hemos de comprar? Me hierve la cabeza otra vez, y apoyo las manos en los sucios azulejos del viejo Torp. ¿Códigos secretos en listas de la compra? ¿Postales misteriosas que quizá no procedían de Margrethe, al fin y al cabo? Resulta demasiado rebuscado.

Es miércoles. He cancelado las citas de la consulta, por lo que el día se despliega ante mí. No sé qué hacer, aunque lo que tengo claro es que no quiero quedarme aquí, en este lugar que la policía está revolviendo de arriba abajo y en el que los imanes de la nevera me miran. Puedo bajar a la ciudad. Dar una vuelta. Por St. Hanshaugen, por ejemplo. La agenda de Sigurd está aquí, conmigo, junto al lavabo, oculta bajo mi albornoz, y pienso en las últimas páginas, donde venían las direcciones. Atkinson. ¿O es una estupidez? ¿Me meteré en problemas si voy para allá? Cierro el agua. Lo mejor será tomármelo con calma. Respira. Empieza de nuevo.

 

Cuando bajo, la cocina está vacía y el coche de policía ha desaparecido. A través de la ventana veo el vasito de cartón de Fredly —sigue en el lugar donde lo ha dejado caer— y de repente tengo la certeza de que la policía ha concluido con el caso de los imanes de nevera. Me veo como ellas me ven: como una mujer a punto de perder el juicio. Mi credibilidad se está esfumando. El lunes hablamos de principios profesionales, del derecho de los pacientes a que su historial no sea compartido. Luego vi a Sasha. He perdido mucho en muy pocos días.

Quiero al menos volver a sentirme segura en mi casa. Cojo mi tablet y busco seguridad y alarma antirrobo. Una de las primeras compañías que aparecen se llama Seguridad Arild. El logo consiste en una casa rodeada por un candado, y la imagen transmite algo bueno y seguro. Un buen candado, eso es lo que necesito.

Marco el número, pero no le doy a la tecla de llamada. Miro el teléfono. ¿Estoy segura? ¿Estaban anoche en su sitio los imanes de la nevera? ¿Puedo estar segura del todo? Anoche estuve en la cocina, recogiendo, después de que Annika y yo cenásemos, y recuerdo que metí los platos en el lavavajillas. Intento acordarme de la puerta de la nevera. Le eché un vistazo breve y, sí, todo estaba en su sitio: los menús de los restaurantes, las fotos, una circular sobre reciclaje. ¿Estaban la postal y la lista de la compra? No soy capaz de evocar esos detalles en mi cabeza ni de obligar a mi memoria a precisar si están o no. Pero todo lo demás está. ¿O no? ¿Lo recuerdo mal? ¿Estoy acordándome de otro día? Annika, por ejemplo, ¿forma parte de ese recuerdo? Intento obligar a mi mirada a recorrer la habitación para buscarla, pero no lo consigo. Lo único que veo es la puerta de la nevera y el lavavajillas abierto.

Recuerdo muy poco de mi llegada a casa después de la visita al instituto forense. Debí de haber subido directamente al primer piso al regresar. Es probable que tomara un vaso de agua en la cocina. Es probable que recogiera un poco. Pero estos recuerdos resultan tan difusos que se escabullen cuando intento fijar la mirada en ellos. Yo, que siempre lo recuerdo todo. ¿Es posible que yo misma haya movido los imanes? ¿Que en mi turbación mis manos actuaran sin que yo me diese cuenta? ¿Que estuviera tan aturdida como para no recordarlo después? ¿Puedo todavía fiarme de lo que veo, de lo que recuerdo?

La pantalla de mi teléfono se ilumina. Seguridad Arild. Cambio de idea. Guardo el número en el teléfono. Siempre puedo llamar en otro momento.

 

Unas horas más tarde, atravieso el cementerio de Nuestro Salvador. Sobre el lugar pesa un extraño silencio. No hay grupos de niños con chalecos reflectantes y mochilas, ni profesores en pleno recuento para asegurarse de que no han perdido a nadie, tal y como suele pasar en St. Hanshaugen. No hay parejas de hípsters con tazas de café reutilizables hablando sin parar del concierto al que han ido o del nuevo bar al que hay que ir. No hay hileras de madres que acaban de dar a luz con sus carritos de bebé por delante, a modo de escudo. No hay casi nadie. Una anciana con un bastón. Una niña paseando a un perro con la correa puesta. Las lápidas. Enormes y viejos árboles.

El piso de los Atkinson está situado un par de calles más arriba, en un viejo edificio clásico. Parece bastante bien conservado. No es tan elegante como los edificios antiguos que hay más arriba. Tiene un aspecto normal. La pintura está algo desconchada por aquí y por allá, pero no ha pasado mucho tiempo desde que se hizo algo al respecto. La verja está abierta y, cuando entro, puedo divisar en el patio trasero una bicicleta con un asiento infantil detrás y un carrito rosa de muñecas. Entro en el portal, que es amplio y espacioso, tan diferente a los portales que diseñan Sigurd y sus amigos en la actualidad, donde cada metro cuadrado cuenta. Los Atkinson viven en la planta baja. En la puerta pone solo eso, Atkinson, en una vieja placa de latón clavada con tornillos oxidados. Me armo de valor e intento pensar en qué voy a decir. Lo único que Sigurd me ha contado sobre ellos es que él es inglés y trabaja en el sector marítimo, y que ella es una auténtica zorra. Sin embargo, ya no me fío de nada de lo que haya dicho Sigurd. Atkinson. Pueden ser cualquiera.

Llamo al timbre. Emite un sonido cortante, estruendoso y agresivo. No parece que ocurra nada. Espero. La pintura del marco de la puerta está desconchada en algunos sitios, y el felpudo sobre el que me hallo no ha sido sacudido desde hace algún tiempo. No sé si eso significa algo.

Vuelvo a llamar y se oye de nuevo el mismo sonido estruendoso y luego unos pasos en el interior que se acercan. Se me hace un nudo en el estómago. ¿Estoy pisándole el terreno a Gundersen? Sin embargo, ahora ya es tarde para darse la vuelta, y tampoco tengo intención de hacerlo. Se oye un chasquido en el cerrojo. La puerta se entreabre, una pesada cadena la mantiene entornada. Desde dentro, una voz fina y llena de aire dice:

—¿Sí?

Echo un vistazo por la rendija y solo veo un contorno, una nube blanca de cabello y un ojo celeste.

—Hola —digo, aclarándome la garganta—. Me llamo Sara. Estoy aquí en nombre de los arquitectos FleMaSi.

Hay silencio.

—¿Sí? —repite.

En el interior huele a algo dulzón, pesado y denso; un olor anticuado, a la vez sucio y especiado.

—Solo quería consultarle un asunto.

Vuelvo a aclararme la garganta.

—Soy la ayudante de Sigurd Torp.

La puerta se abre unos centímetros más y al fin la veo. Es menuda y anciana, al menos tiene ochenta años. No tiene la piel arrugada en realidad, no en el rostro, pero su cabello es blanco y fino, casi transparente, y el cuello son solo tendones y pliegues de piel. Lleva un vestido azul floreado, y tiene los ojos, como muchos ancianos, celestes y algo húmedos, como si durante décadas el sol los hubiese palidecido y desgastado. Además, huele a tabaco. Su boca es pequeña y fina, y una lengua rosada humedece sus labios. Lleva una pesada cadena de oro al cuello. Ahora me sonríe; me mira fijamente y sonríe.

—Vaya. La ayudante de Sigurd Torp —dice.

Arrastra las palabras. Si la hubiese conocido como paciente, habría pensado que consume alguna fuerte medicación sedante. Me siento algo decepcionada: es evidente que no estoy frente a la misteriosa mujer medio rubia.

—Sí —respondo—. Él quería hacerle una consulta. O, más bien, nosotros. El estudio. ¿Puedo pasar?

Asiente con lentitud, cierra la puerta, descorre la cadena del cerrojo y abre por completo. Ahora me alcanza el olor del piso en toda su plenitud, un olor a humo denso, perfume y mujer anciana. Parece que sea la primera vez en varios días que penetra allí algo de aire fresco. Entro, no obstante; tomo aliento y me sumerjo en el vestíbulo. La mujer está descalza y sostiene un cigarrillo con boquilla.

—Quisiera hacerle una consulta —digo, mientras ella cierra la puerta con llave.

—Pase primero —dice ella.

Me abre camino y yo sigo sus pasos hacia el salón. El humo es más denso ahí dentro. Está oscuro, pues las persianas están bajadas, pero el sol brilla fuera con tanta fuerza que algunos rayos de luz irrumpen en la estancia: un haz roza la chimenea e ilumina los adornos de la repisa, otro alcanza la oscura librería de caoba y un tercero proyecta su reflejo en mis ojos desde una campana de cristal que hay sobre una mesa nido, junto a un inmenso sillón de brocado. La señora de la casa se sienta en el borde de una lustrosa silla de madera oscura. Se ha recogido el cabello con una pinza de plástico. Golpea el cigarrillo para sacudir la ceniza sobre un enorme cenicero de ébano. Miro a mi alrededor, más que nada para no tener que mirarla a ella, y dejo que mis ojos se deslicen por el mobiliario anticuado y los cuadros de las paredes, entre ellos una pintura emborronada de dos niños en traje de marinero y una fotografía en marco de plata de un hombre severo en uniforme.

—¿Le apetece un té? —pregunta ella.

—Sí, por favor —respondo.

Permanece sentada, sacude la ceniza del cigarrillo otra vez y le da una nueva calada. Contemplo sus pies descalzos: están hinchados, casi azulados. Apaga el cigarrillo con cuidado, quita la colilla de la boquilla y la echa al cenicero. Durante un instante alza la boquilla en el aire y observa los adornos intricados que la recorren.

—¿Le gusta? —me pregunta.

—Sí —respondo, y trago saliva.

El aire está muy seco aquí dentro. Desearía haberme traído una botella de agua.

—La compré en París —declara.

La guarda en un estuche que hay encima de la mesa y que cierra con dificultad.

—Solo es una baratija —dice a continuación, y empuja el estuche sobre la mesa.

Asiento. Se levanta de la silla.

—Quédese sentada —añade—. Pondré agua para el té.

Desaparece del salón a través de una cortina. Observo la silla donde estaba sentada, el cojín de tela cara, que parece desgastado. En el mismo instante, algo me roza la pierna. Me sobresalto. Un gato gordo y peludo se restriega contra mi pantorrilla. Ni siquiera alza la mirada cuando me estremezco. Emerge un leve ronroneo de su garganta; no entiendo cómo los gatos pueden producir ese sonido, me resulta extraño, no parece que pueda provenir de un animal. El gato se restriega. Yo no me muevo. Cuando acaba conmigo se contonea con la cola espigada. Tras cruzar medio salón da media vuelta y me mira. Sus ojos son estrechos y verdes. Ahora veo que algo se mueve en la librería. Otro gato reposa junto a una larga fila de libros con el lomo rojo, un estante más arriba de donde se proyecta un rayo de luz. Se oye el ruido de unos cazos desde la cocina. Giro la cabeza, reviso el sofá con la mirada: hay otro gato; este es blanco, igual de gordo y peludo que el que se ha restregado contra mi pierna. No entiendo que Sigurd nunca me contase nada de esto, del olor a humo y los gatos.

La señora de la casa se desliza con sigilo de nuevo en el salón. Ahora lleva una tiara, una de esas baratas que las niñas piden para Navidad, con gemas de plástico y purpurina. No hago ningún comentario al respecto; no sé qué podría decir.

—Ya he puesto el agua —anuncia.

—Muy bien —respondo—. ¿Es usted la señora Atkinson?

—Sí. —Sonríe. Le faltan varios dientes—. Soy yo. Encantada.

Realiza una genuflexión. Sus pies apuntan hacia dentro, y durante un instante parece una niña.

—Sara —me presento.

—Sí —afirma—. Ya lo ha dicho.

—¿Ha sido…? —pregunto con torpeza—. Quiero decir, ¿es aquí donde Sigurd ha diseñado algo? ¿Para esta estancia?

Ella niega con la cabeza. Un cuarto felino pasa a toda velocidad por delante de sus piernas y se mete en la cocina.

—No estoy segura —continúo, y vacilo mientras mi cerebro trabaja a destajo para dar con el ángulo correcto—. No estoy segura, pero creo que estaba trabajando en una ampliación del sótano, ¿no es cierto?

No estoy acostumbrada a sacarle información a la gente de esta forma. Los psicólogos pueden preguntar cosas muy íntimas, pero es probable que los ayudantes de arquitecto procedan de forma diferente.

La señora Atkinson me mira con sus diminutos ojos de canica.

—Mi marido está en el mar. ¿Lo sabía usted? —dice.

—Vaya —digo incómoda—. No lo sabía.

—Es el amor de mi vida —añade.

Señala una fotografía que hay sobre una mesita junto al sofá. Es de una pareja de novios, el hombre de traje y la mujer con un vestido blanco hasta los tobillos. Posan delante de una pequeña iglesia. La imagen está tomada de demasiado lejos como para que se puedan divisar sus rasgos; no puedo adivinar si son jóvenes, si son guapos, ni siquiera si la mujer es la misma que tengo delante en este momento.

—¿Qué hace en el mar? —pregunto.

—Navega —comenta, y cierra los ojos—. Navega y navega.

Asiento. Permanece inmóvil un instante. Acto seguido vuelve a abrir los ojos y da un paso hacia mí.

—Le enseñaré la habitación. Venga conmigo.

Me coge de la mano. La suya es diminuta y está agarrotada y, sin embargo, es fuerte, se aferra a mí como si le fuese la vida en ello. Quiero quedarme donde estoy, no quiero adentrarme más en este piso, quiero permanecer cerca de la salida, pero ella me arrastra consigo. Pasamos por delante de la cocina y entramos en un oscuro corredor. Me conduce al fondo del pasillo, pasando por delante de una puerta, hasta llegar a otra cortina de terciopelo grueso. La aparta con la otra mano. Detrás también hay una puerta. La abre.

Al otro lado hay un espacio abierto e iluminado, una habitación vacía con unas sucias ventanas orientadas hacia el patio trasero, donde veo varias bicicletas. Respiro aliviada: por un momento había creído que la oscuridad del piso no tenía final. Fuera brilla el sol. En el patio trasero hay incluso un tobogán de plástico.

—Por aquí descenderá la escalera —dice mi pequeña anfitriona mientras continúa aferrada a mi mano—. Cuando mi marido regrese.

Hay tablas esparcidas por el suelo, algunas grandes y anchas, y una caja en la que puede leerse «servicio de tecnología asistencial». En resumen: hay elementos de una zona de obras aquí dentro, pero, al parecer, la obra aún no ha comenzado.

—¿Se han puesto de acuerdo en cómo va a ser? —pregunto—. ¿Con Sigurd?

Clava los ojos en mí, me examina de arriba abajo; permanecemos así casi durante un minuto. Me inspecciona, y yo dejo que lo haga, mientras mi mano descansa en la suya. Entonces dice:

—Pero ¿no lo sabe?

—¿El qué? —pregunto.

—Sigurd acabó de diseñar los planos antes de Navidad —añade ella—. No ha vuelto por aquí desde hace meses.

 

Apenas puedo respirar mientras la sigo de vuelta al salón. Es posible que haya más cosas que deba preguntar, ya que estoy aquí, pero no tengo la presencia de ánimo suficiente como para seguir fingiendo. Por suerte, la mujer me ha soltado la mano, que ahora me tiembla. Lo único que quiero es salir de aquí cuanto antes, pero ella no se mete en la cocina, tal y como yo tenía la esperanza de que hiciese, cuando regresamos por el pasillo oscuro. Camina hacia el salón. La sigo sin voluntad, tomo aliento y lleno los pulmones del humo dulce y especiado que planea sobre sus muebles. Ella no dice nada, pero se acerca a la mesa, abre el estuche donde ha guardado la boquilla de París y coloca en ella un nuevo cigarrillo. Fijo la mirada en el retrato de la pared, en el señor severo en uniforme; «respira —me digo a mí misma—, respira». Los dos niños en traje de marinero me miran embobados desde la pintura emborronada; son un niño y una niña pequeños, ambos rubios y de ojos azules. El gato del principio vuelve a restregarse contra mi pierna. Vuelvo a desplazar la mirada al hombre en uniforme. En su solapa diviso una esvástica.

—Parece usted sorprendida —dice ella.

Ha vuelto a sentarse, está fumando. Yo no digo nada. La tiara le está empezando a resbalar sobre la frente. Se la ha sujetado al cabello, pero lo tiene muy fino; en realidad solo le quedan algunos mechones. En los dedos torcidos lleva anillos de oro.

—También lo estaba la policía —señala—. Vaya, así que Sigurd Torp ha dicho que lleva todo el invierno viniendo aquí. Acabó los planos en un mes. No lo he visto desde noviembre.

Solo soy capaz de asentir. Más allá, cerca de la librería, hay otro retrato, de otro hombre, en otro uniforme. No quiero observarlo en detalle, no quiero saber en qué guerra estuvo luchando.

—Sigurd ha muerto —continúa ella—. Eso dijo la policía.

—Sí —confirmo.

—Usted no es su ayudante.

—Soy su mujer.

—Vaya.

Asiente con la cabeza varias veces, casi la mece.

—Mi marido solía pasar en el mar varios meses seguidos. Yo nunca sabía dónde estaba. Ni siquiera sabía si volvería a casa.

Se hace el silencio. Al lado del otro hombre uniformado cuelga un puñal. La hoja está oxidada, tiene manchas negras. La señora Atkinson fuma con los ojos cerrados. Al fin la campana de cristal junto al sillón tintinea, y ella se levanta.

—Voy a por el té —dice—. Lo toma con azúcar, ¿verdad?

Cuando llega a la cortina, se vuelve. Me contempla de nuevo y, durante un instante, sus acuosos ojos azules resultan casi amables.

—Parece usted una chica maja —dice—. Sigurd Torp no merecía la pena. Es mejor para usted que haya desaparecido.

Nos quedamos así, mirándonos en total silencio. La señora Atkinson tiene una expresión de completa locura en los ojos; son demasiado redondos, demasiado penetrantes, y su sonrisa está fuera de lugar. Yo no digo nada. De repente da media vuelta y se marcha. Cierra la cortina y desaparece. En cuanto oigo un estrépito en la cocina me dirijo a la salida a hurtadillas, abro la puerta y salgo al portal. Cierro la puerta con tanto sigilo como puedo y atravieso corriendo el portal y la cancela. Salgo a la calle y corro todo lo que puedo para deshacer el camino por el que he venido. No aminoro la velocidad hasta que no estoy a varias manzanas de distancia.