La psicóloga
Cada noche viene a casa. A menudo estamos…
Cada noche viene a casa. A menudo estamos sentadas en el sofá viendo la tele cuando aparece; es tarde, estamos medio dormidas. Lleva gotas de rocío en el pelo, un jersey de forro polar y ropa interior de lana debajo del abrigo. Huele a frío y a sudor, y a productos químicos. Es el único hombre cuya presencia es invariable en el piso compartido de Bergen, aunque Benedicte tiene un novio esporádico. Algunas veces para de camino en algún sitio para comprar algo; fruta, chocolate, palomitas. Se desploma en el sofá junto a mí y me rodea con los brazos, como si no pudiese relajarse de verdad hasta tenerme abrazada. Acerca los labios a mi cabello y huelo justo eso, el frío del edificio donde se pasa el día trabajando, el sudor helado que acumula pese a todo y los productos químicos que usa: barniz, pegamento, pintura. Las manchas en sus manos. A veces olor a madera, si la maqueta que está construyendo precisa de carpintería de verdad. Huele a trabajo.
Ahora ya sé que se muerde las uñas cuando está pensando en algo. Sé que su padre murió cuando él era adolescente, de cáncer de páncreas, a los dos meses de recibir el diagnóstico. Ahora sé que me abraza con todas sus fuerzas incluso antes de llegar a casa.
Es alumno visitante en la Facultad de Arquitectura y regresará a Oslo cuando acabe el semestre de primavera. A mí me queda un año y medio. Hablamos de todo, de los padres que hemos perdido y de los que nos quedan, de nuestra infancia y de nuestros estudios, hasta de lo que nos gusta ver en la tele. Pero no decimos nada sobre lo que sucederá cuando él se marche.
—La confianza auténtica es efímera —le digo a Ronja—. Porque, en realidad, ¿no es verdad que uno solo puede ser uno mismo por completo cuando sabe que algo no va a durar?
—Es la cosa más estúpida que has dicho jamás —responde Ronja.
Intento no pensar en el futuro. Quiero que me quede un bonito recuerdo. Me salto las primeras clases para permanecer en la cama con Sigurd, para despertarme con él y charlar mientras todavía estamos medio adormilados los dos, preguntándonos cosas como «¿has dicho algo o lo he soñado?». Me quedo tumbada con él en la habitación cada vez más iluminada mientras oigo los ruidos que hacen mis amigas al otro lado de la puerta: la cafetera, las páginas del periódico que crujen, los zumbidos de sus conversaciones en voz baja.
Me ducho con él cuando ellas se marchan, me pego a él desnuda y mojada y feliz en el interior de la estrecha ducha; «no, en serio», dice, «tienes que frotarme la espalda, yo no llego; hay muy poco espacio aquí dentro». Tomo café y le leo el periódico desde mi lado de la mesa mientras pienso que somos como un matrimonio; experimento con esa sensación, con ese futuro, aunque sé que no durará. Solo quedan unas pocas semanas. Camino despacio hacia la plaza Torgalmenningen con él, vamos cogidos de la mano. Se acerca la primavera. Él terminará pronto sus prácticas. Luego se marchará, yo me quedaré y conoceré a otro chico, y esto tan solo será un recuerdo.
La semana antes de marcharse cenamos en el sótano del Naboen.
—Hay una chica en un curso superior al mío que hizo las prácticas en Oslo —le digo—. Por lo visto, es una opción, siempre que sea uno mismo quien se las busque.
Sigurd suelta el tenedor, me mira fijamente, con los ojos abiertos como platos, y me pregunta:
—¿Hablas en serio?
—Sí —respondo, asustada de repente; ¿estoy yendo demasiado deprisa? —. Sí, no sé; si te apetece, claro.
Entonces una sonrisa, y con ella el sol, estalla en todos los rincones de su rostro, hoyuelos y arrugas en las mejillas, en la frente y alrededor de los ojos.
—Estoy tan contento… —dice—, llevo semanas pensando en la forma de convencer a la universidad para que me dejen estudiar otro año más en Bergen.
Ese mismo verano me vuelvo a mudar a Oslo. Sigurd y yo alquilamos un piso en Pilestredet.