La psicóloga

Helene Flood · Capítulo 5 de 21

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La psicóloga

Domingo, 8 de marzo: ruido blanco

 

Está cayendo la noche cuando regreso a casa, a Kongleveien. Annika y Henning han reanudado sus labores en el jardín, yo he jugado con los niños, hemos dibujado con lápices de colores y hemos hecho una cabaña debajo de la mesa del salón. Los niños, sobre todo Theo, se han mostrado entusiasmados; no se podían creer que la tía Sara, que, por norma, solo quiere jugar durante diez minutos y de mala gana, ahora esté de rodillas en la cabaña de debajo de la mesa durante más de una hora, dejando que los tres se monten sobre su espalda y jueguen con ella como quieran. «¿Puedes venir todos los días, Sara?», pregunta Theo, y una profunda sensación de calor invade lo más hondo de mi corazón. Me empapo en ella con ansia y cierro los ojos ante mi propia falsedad: es la primera vez que me implico de lleno y juego con ellos, y el motivo real es que no quiero irme a mi casa.

—Quédate aquí, anda —dice Annika—. Puedes dormir un par de noches en el sofá.

Pero no puedo. Mi trabajo está en mi casa, tanto el trabajo de verdad como el otro: el de estar allí cuando él llegue. Debo tener las luces encendidas, esperarlo. Lo sé y ella también lo sabe, o lo entiende, dice, cuando niego con la cabeza. Hay vida en casa de Annika, es ruidosa y agotadora, pero está llena de vida, y no tengo demasiadas ganas de volver a la zona de obras abandonada en la que vivo, aunque sé que debo hacerlo. Al final consigo reunir el suficiente valor como para salir de la cabaña de juguete a rastras, atarme los zapatos y marcharme a mi casa.

Reina un silencio absoluto cuando abro la puerta con la llave. La ausencia de Sigurd impregna las paredes. Me quedo quieta en el vestíbulo sobre el desgastado suelo de linóleo del viejo Torp, el mismo que la madre de Sigurd pisaba descalza cuando, de joven, salía de casa a escondidas por las noches. Escucho. ¿Qué trato de escuchar? ¿Intento escucharlo a él? Hay tanto silencio… Solo se oyen los sonidos de siempre: el temblor del metro en la lejanía y los crujidos propios de una vieja casa de madera, de ese armazón que nos sostiene, que rechina bajo el peso de las estancias que habitamos. No oigo nada que me haga pensar que él está aquí. No obstante, quiero llamarlo a voces, aunque también dudo, aquí donde me encuentro, todavía con los zapatos puestos, como si solo estuviese de paso por la casa, como si no viviese aquí y entrase para pasar la noche. No quiero oír mi voz, solitaria y sin respuesta, al decir su nombre.

Me quito los zapatos primero. Los coloco sobre el viejo periódico donde los dejamos siempre, donde también están los suyos, las zapatillas de deporte y unos zapatos ligeros que ha sacado para la primavera; parecen enormes junto a los míos, como barcas para seres minúsculos. Me armo de valor.

—¡¿Sigurd?!

Mi grito no resuena entre las paredes del modo en que había esperado. Al contrario: mi voz suena pequeña, apenas audible, se detiene en las paredes, y no creo que pueda oírse en el salón de la planta de arriba. De modo que subo, sorteando los listones, peldaño a peldaño, mientras oigo los crujidos y suspiros de la madera a cada paso que doy. El salón parece enorme a la luz del crepúsculo. Vuelvo a pronunciar su nombre antes de encender la luz. «¿Sigurd?». Acciono el interruptor y compruebo que el salón está vacío.

No quiero sentarme aquí. Noto algo diferente, y no sé qué es. ¿Las cortinas? ¿Suelen caer así? Sigurd siempre las aparta todo lo que puede de las ventanas, quiere que entre luz en la habitación. De hecho, al principio le pareció innecesario comprarlas. ¿Las corrí el viernes cuando estuve aquí sola? ¿Es posible que yo, que recuerdo todo con tanta nitidez, lo haya hecho y luego lo haya olvidado? ¿Pudo Julie haberlas movido el minuto que se quedó sola en el salón? ¿Es posible que Margrethe, la única persona, además de nosotros, que tiene llaves de la casa, haya vuelto de Hankø y haya pasado por aquí? ¿Para correr nuestras cortinas?

En nuestro dormitorio tengo la misma sensación. Aquí la noto menos, pero a la vez resulta más aterradora, pues es donde dormimos y nadie aparte de nosotros entra aquí. La cama está cubierta con una colcha. Tiene algunas arrugas en un extremo, como si alguien se hubiese sentado allí o hubiera apoyado una mano. ¿Lo hice yo antes de irme? Me lavé los dientes, entré, me puse unos vaqueros y un jersey, cambié de idea, saqué otro jersey que dejé sobre la cama y me cambié. ¿Ha podido el jersey ocasionar esas arrugas? Y más importante aún: ¿estoy perdiendo la cabeza?

Me hago una taza de té. Estoy cada vez más nerviosa, lo sé. He ido a comisaría para denunciar la desaparición de mi marido porque hace más de dos días que no sé nada de él. Si yo fuese mi propia terapeuta, esa sería la explicación que me daría. No es extraño que esté nerviosa. No es extraño que mi cerebro procese las cosas con más rapidez y paranoia de lo habitual. Estoy en estado de alerta. Debo recordar que todos los pensamientos horribles que me vienen a la cabeza en estos momentos son exactamente eso: pensamientos horribles. Que me aterroricen no los hace más ciertos. Debo entender mi propia reacción. Debo tranquilizarme. Debo ser consciente de que justo ahora, en el estado de nervios en el que me encuentro, mis pensamientos no son racionales. Este no es el momento de ponerme a descifrar el enigma del mensaje de voz de Sigurd. No es momento de entender por qué las cortinas parecen distintas. Voy a pedir una pizza, y luego veré la tele un par de horas antes de irme a la cama. Mañana trabajaré. Llamaré a los compañeros de Sigurd. Todo será más fácil cuando acabe el fin de semana. Y quizá Sigurd entre por la puerta esta noche, tal y como estaba planeado, y se termine esta pesadilla.

Entonces es cuando lo descubro. El portaplanos de Sigurd. Ha vuelto. Está colgado en el gancho de siempre.

 

El plan de una noche tranquila de pizza y tele se va al traste. La tele está puesta y la pizza, encargada, pero no sirve de nada. Las voces que salen de la caja tonta —los participantes de un reality hablando sobre estrategias de concurso y las voces de los anuncios, siempre con el volumen más alto, que recomiendan con pasión detergentes y casinos online— no son más que ruido blanco. Miro las imágenes mientras reproduzco la escena una y otra vez en mi cabeza. Escena 1: viernes, hora del almuerzo. He escuchado el mensaje de voz de Sigurd. Estoy comiéndome mi sándwich de atún. Observo el gancho vacío. Lo contemplo. Pienso: «¡Qué extraño!». Pienso: «¿Se lo habrá llevado? ¿No iba a ir a recoger a Thomas por la mañana?». Escena 2: sábado por la mañana. Observo de nuevo el gancho vacío antes de bajar al vestíbulo y, tras abrir el cerrojo, salgo de casa. Sé que eso es lo que ocurre.

Alguien ha estado en mi casa. Es la única explicación. Esto no lo ha hecho Julie. Ha sucedido mientras estaba en casa de Annika en Nordstrand.

Y aun así no me lo creo. Repaso mi razonamiento una y otra vez, apática frente al televisor. ¿Estoy completamente segura de que ha sido así? ¿No existe otra opción?

El mejor terapeuta que me dio clases en la universidad siempre decía: «Lo más importante que puedes hacer por tus pacientes neuróticos es ayudarlos a ver el mundo como es. No como ellos quieren que sea o como temen que es. No como les indican que es las conclusiones que sacan, sino tal y como es. Ayúdalos, por supuesto, a distinguir entre fantasías, deseos y temores surgidos de la realidad. Una mujer insegura que esté recién casada y tema haberse casado con el hombre equivocado, por ejemplo, necesita ayuda para comprender que las dudas que siente no dicen necesariamente nada concluyente sobre la relación que mantiene. Un joven estudiante que se derrumba ante la angustia por los exámenes necesita ayuda para comprender que su miedo no dice nada sobre sus capacidades ni sobre cómo irá el examen en realidad. Esta es la verdad: de vez en cuando sientes irritación hacia tu marido o la materia que debes estudiar para el examen te parece muy difícil. Eso es todo. No es realista amar y admirar a tu cónyuge cada segundo del día, cada momento. Y que uno no entienda toda la materia de estudio en una primera lectura no significa que nunca la vaya a entender. El mundo no es tan simple. Es lo que es. Todo lo demás son conclusiones personales».

Sigurd ha desaparecido. Ha mentido. Eso parece indiscutible. Su portaplanos, el tubo gris de plástico que antes no estaba, ha vuelto a su sitio. Eso es todo lo que sé. ¿Significa eso que alguien ha estado en mi casa o esa es una conclusión que he sacado por mi cuenta? Debo intentar permanecer lúcida, impedir que mi cerebro aterrado se desboque.

 

Llaman a la puerta. Es la pizza, pienso mientras bajo corriendo la escalera hacia el recibidor. Pero, por otro lado, ¿y si es otra persona? ¿Quizá Sigurd? ¿O alguien que sabe algo? Es un pensamiento que contiene esperanza, una última esperanza. Un lujo que todavía conservo.

Giro la llave sin mirar quién está al otro lado, abro la puerta y en cuanto veo al hombre y a la mujer que están fuera lo sé.

Ambos llevan uniforme de policía. Son jóvenes: la mujer es de mi edad, el hombre unos años menor. Él parece nervioso. Es la mujer la que habla. Es probable que sea su superior. Tal vez él esté de prácticas.

—¿Es usted Sara Lathus? —pregunta.

—Sí —digo yo, o más bien dicen mis cuerdas vocales por su cuenta.

—Me temo que tengo que darle una triste noticia —señala la mujer.

Se humedece los labios una vez, dos veces. Tal vez ella también esté nerviosa. Me la imagino en la academia de policía aprendiendo a hacer esto, a comunicar noticias difíciles. Seguro que fue una sesión doble, aunque es poco probable que durase más de noventa minutos; me la imagino sentada en el borde del asiento, tomando notas entusiasmada. «Muéstrate seria, pero digna. Transmite el mensaje con rapidez. Sé concisa».

—Vengo de la comisaría de policía de Oslo —dice.

«Di de dónde vienes».

—Hoy, alrededor de las cinco, hemos encontrado el cadáver de un hombre cuya descripción corresponde con la de su marido. La identificación no será definitiva hasta al menos dentro de unos días, pero todo indica que el cuerpo pertenece a Sigurd Torp. Ha sido hallado en Krokskogen, a unos dos kilómetros de Kleivstua.

La mujer carraspea. El hombre que la acompaña fija la mirada en mi hombro; no quiere que sus ojos se encuentren con los míos o quizá le hayan dicho que procure que no ocurra.

—No debe de ser fácil oír esto —dice ella—. Mi más sentido pésame.

 

Estaba nublado y hacía frío cuando Sigurd y yo nos casamos. Era un día típico de principios de otoño en Oslo. Volvimos a casa por el río y subimos a Torshov después. Le dije: «Ahora eres mío hasta que la muerte nos separe». Él se rio y contestó: «Lo mismo te digo».

En este momento eso es todo en lo que puedo pensar. Los policías me miran mientras yo sigo allí plantada con la mirada perdida, viendo cómo el repartidor de pizzas aparca su coche detrás del de ellos en la entrada, sale del vehículo y se queda mirándonos, indeciso, y lo único que pienso es que la muerte nos separa. No lo tuve por mucho tiempo.