La psicóloga

Helene Flood · Capítulo 16 de 21

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La psicóloga

Viernes, 13 de marzo: Krokskogen

 

Los pitidos me arrancan del sueño. En realidad no son pitidos, es un sonido aún más invasor. Como un estrépito o una sirena. Me incorporo estremecida y, medio sentada, busco a tientas el teléfono en la mesita de noche para orientarme; antes de conseguirlo me rindo y me cubro los oídos con una almohada. Mientras con una mano presiono la almohada contra mis dos orejas, consigo encontrar el móvil con la otra. Son las cuatro y media y en la pantalla pone: ¡ALARMA ACTIVADA! ¡ALARMA ACTIVADA! ¡ALARMA ACTIVADA! en mayúsculas y con furiosos signos de exclamación. Me levanto, apoyo los pies sobre el suelo frío y sigo cubriéndome la cabeza con la almohada mientras me acerco al panel de control que Arild ha instalado. Primero tengo que identificarme con mi huella dactilar y, a continuación, teclear un código, y durante todo el tiempo, mientras lo hago, la alarma berrea con golpes duros, furiosos y aciagos, a tal volumen que hace que me duelan los oídos cuando no consigo tapármelos bien con la almohada. Me equivoco de código la primera vez, porque se me cae la almohada, y el panel emite un pitido agudo en alta frecuencia que se oye solo en el intervalo entre dos golpes de alarma. Al segundo intento consigo teclear el código correcto y el estruendo cesa.

El silencio resulta inusitado después de todo el escándalo. No se puede decir que Arild no haya instalado una alarma en condiciones. Me sorprendería que la mitad de Nordberg no se hubiese puesto en pie después de esto. Me desplomo sobre la cama, sorda tras el estruendo de la sirena. Soy incapaz de oír los sonidos habituales de la noche —los crujidos de la madera, el viento afuera, un coche que recorre la calle Carl Kjelsens, el metro pasando por la estación Holstein—, mi audición se ha reducido de forma temporal con todo el alboroto. Entonces vibra el teléfono.

—Hola —digo.

Mi voz suena apagada en el silencio que ha quedado después de la alarma.

—Octavia —reza la voz del auricular.

—Risotto —digo yo.

—Soy Kristoffer, de Seguridad Arild.

—Hola.

—¿Va todo bien?

No he tenido tiempo de comprobarlo.

—Creo que sí —respondo.

—¿Dónde estás?

—En mi dormitorio.

—¿La cerradura está intacta?

Me acerco a la puerta para verificarlo. La gruesa cadena cuelga de la misma forma que cuando me acosté. Toco la puerta y noto que está bien sujeta al marco.

—Sí —constato—. Eso parece.

—Bien —prosigue Kristoffer—. Estoy bajando al garaje ahora mismo, en quince minutos estoy allí. Quédate en el dormitorio mientras tanto, yo comprobaré la casa cuando llegue.

—De acuerdo —digo.

Para ser tan joven, el aprendiz muestra autoridad en una situación de crisis.

—Puedes echar un vistazo a la grabación de vídeo mientras tanto — sugiere.

Resulta muy agradable tener una tarea. Entro en la aplicación en cuanto colgamos. Sentada en la cama puedo comprobar qué ocurría junto a la puerta de entrada cinco minutos antes de que se activase la alarma. El sistema de Arild tiene un cierto elemento liberador en sí mismo. De estar desprotegida, y a merced de una fuerza policial que no ha mostrado demasiada consideración hacia mí, he pasado a tener, por fin, el control. Pulso el icono de reproducción, aparece una oscura imagen en la pantalla y siento cierta satisfacción al pensar que ahora soy yo la que está espiando al espía.

Durante un largo minuto miro fijamente una pantalla vacía. Entonces, de repente, se enciende la luz. Veo el umbral, y en él hay una figura vestida de negro con la mano extendida hacia la puerta. La figura se queda congelada bajo la luz y permanece inmóvil un instante. Luego se retira del alcance de la cámara. Transcurren unos minutos y no ocurre nada más. En el extremo inferior de la pantalla aparece: «Iluminación automática activada 4.33». Al cabo de dos minutos la luz se apaga. Yo espero. Pasan casi dos minutos más. Entonces vuelve a encenderse la luz, un objeto cruza la pantalla con tanta rapidez que apenas lo veo, desaparece, y luego pone ¡ALARMA ACTIVADA! en la parte inferior de la imagen, en la misma letra admonitoria que ha aparecido en el teléfono hace un rato. Me quedo contemplando la imagen durante dos minutos más, hasta que se apaga la luz. No ocurre nada más. Es imposible saber si el espía se ha marchado o ha intentado entrar por otro sitio, pero, puesto que la alarma no ha vuelto a activarse, no parece que haya conseguido entrar en la casa. Cambio la visualización a la cámara de la escalera. Está vacía.

Transcurren varios minutos, y no ocurre nada. El peor sobresalto, el del despertar, comienza a desvanecerse, y con el teléfono en la mano, sentada en mi sala de mando blindada, me siento bastante segura. Tengo guardado, por supuesto, el cuchillo de cocina en la mesita de Sigurd, en caso de que lo necesitara para defenderme, pero en este momento parece poco probable que vaya a hacer falta utilizarlo. El simple grosor de la cadena de seguridad que sujeta la puerta descarta esa idea. He conseguido la protección que necesitaba.

Veo el vídeo de nuevo. Ahora observo que la pantalla no está negra del todo al principio: el resplandor de la lámpara exterior que hay un poco más allá hace que pueda vislumbrarse la silueta del individuo vestido de negro antes de que se enciendan los focos. Después la luz desborda la imagen y el individuo de negro, que hasta ese momento se movía y había extendido la mano, permanece quieto por completo y, a continuación, se aleja. Deprisa. Hacia atrás. Como si se hubiese quemado los dedos con algo. Vuelvo a activar la reproducción. Esta secuencia es muy corta, solo dura seis segundos. La miro una y otra vez.

El individuo vestido de negro no me parece especialmente aterrador. En primer lugar, se deja intimidar por completo por una luz. Hay algo digno de lástima en ello. No es lo que me esperaría de un asesino psicópata. En segundo lugar, es más delgado de lo que había imaginado. Para ser sinceros, es muy poca cosa. Cuantas más veces veo el vídeo, más patente se hace. Tal vez sea un chico muy joven o quizá mi espía sea una mujer. No veo su rostro en ningún momento. La persona en cuestión lleva la cabeza cubierta por una capucha, y desde el momento en que se enciende la luz, baja la cabeza. Es posible que sea inteligente, pues evita que sus rasgos resulten visibles para la cámara. Pero también es cobarde: se retira con la cabeza agachada.

Cuantas más veces veo el vídeo, más segura me siento. Así que este ser es el que me ha estado aterrorizando desde que Sigurd desapareció. Este individuo, asustadizo y escuálido, me ha vuelto tan paranoica que había empezado a temer por mi juicio. Este ser, que se queda congelado por el simple hecho de que le iluminen a él, o a ella. Que retrocede del campo visual con la cabeza agachada, como un perro al recibir una regañina. Sobre el que ahora yo tengo el control. Al que he espantado. Al que he capturado en vídeo.

Al principio me entran ganas de reír. Congelo la imagen en el momento en que el ser vestido de negro da el primer paso hacia atrás, alejándose de la puerta. Acto seguido noto que la ira se apodera de mí. Me recorre desde el estómago hasta la garganta. Mis brazos y piernas se llenan de energía y voluntad. Mi respiración se vuelve dura y pesada. Y entonces cojo el cuchillo de cocina de la mesita de Sigurd, me levanto de la cama, desactivo la alarma, me dirijo a la puerta y abro con llave.

La casa está oscura y silenciosa. Bajo deprisa por la escalera con el cuchillo en una mano. Cuando veo que el salón y la cocina están intactos, me armo de valor y me apresuro a bajar la siguiente escalera, pisando fuerte sobre cada peldaño. Me dejo llevar tanto que me olvido de los listones sueltos; tropiezo en uno de ellos y siento un dolor repentino en el pie izquierdo.

El cristal esmerilado que Sigurd colocó en la puerta de la entrada está roto. A través del enorme hueco abierto puedo ver los árboles que hay más allá de la entrada de vehículos. El aire fresco de la noche penetra en el recibidor. En el suelo hay un objeto rodeado de algunos trozos de cristal. Me acerco a él. Me agacho. Lo recojo. Lo sostengo en mi mano.

Es una boya de cristal. En el extremo cuelgan una llave y una nota. La llave está reluciente. En la nota, con la inclinada y elaborada caligrafía de Margrethe, dice: Krokskogen.

 

Estoy sentada junto a la isla de la cocina cuando Kristoffer llega. Le oigo aparcar el coche y entrar con la llave. Camina por el piso de abajo, abre un par de puertas y luego asciende por la escalera. Se asusta cuando me ve.

—Hola —saludo.

—Hola —contesta—. ¿Va todo bien?

—Sí.

—He visto sangre abajo.

—Ah —respondo, y echo un vistazo a mi pie—. Es mía. He tropezado con un listón. Nada importante.

Asiente con lentitud.

—Pensé que ibas a quedarte en el dormitorio.

—Han tirado algo dentro de la casa. Tenía que comprobar qué era.

No parece convencido, y me apresuro a añadir:

—Podría haber sido un artefacto incendiario o, ¿cómo se llama?, un cóctel molotov.

—¿Qué era?

Hago un gesto con la cabeza hacia la llave, que está en la mesa frente a mí. Se acerca del todo, la mira entrecerrando los ojos, inclina la cabeza para verla bien.

—¿Qué es eso?

—Es una boya de cristal —respondo—. Se usa para hacer flotar las redes de pesca. Se fabrican en diferentes tamaños, para poder manejar redes de diferentes pesos.

Oigo a Sigurd como un eco mientras hablo. Recuerdo su enorme e incomprensible orgullo por el souvenir de su padre. Actuaba como si ni yo ni ninguna de las otras personas a las que contó la anécdota pudiera entenderlo. Kristoffer me mira interrogante, y añado:

—Es el llavero de la llave de nuestra cabaña.

—Ah, vale.

Se encamina hacia fuera para asegurar la casa, echa un vistazo arriba, abajo, en la buhardilla, en el sótano, dentro de armarios y trasteros. Tarda algo más de media hora. Yo permanezco sentada junto a la mesa de la cocina. Estoy muy tranquila. Tengo el control. La boya de cristal reposa delante de mí. Me la quedo mirando. Es como si la solución pudiese encontrarse en su interior, en su vidrio verde oscuro que recuerda al mar.

—¿Has llamado a la policía? —pregunta Kristoffer cuando acaba de registrar la casa.

—No —digo sin apartar la mirada de la bola de cristal.

—Deberíamos hacerlo.

—Enseguida.

No muevo ni un músculo. He recuperado la llave, un intruso me la ha arrojado a través del cristal de la puerta. Parece tan inocente ahí donde está… Una simple burbuja de cristal, algo de bramante y la llave de una puerta. ¿Qué significa? ¿Por qué la han devuelto de esta forma? ¿Es un desafío o una invitación? ¿Es una pista?

No tengo miedo. Krokskogen. Parece tan sencillo, tan fácil… Dentro de la boya, detrás de la malla de bramante hecha a ganchillo, es como si vislumbrase algo, pero dura solo un instante; luego ha desaparecido.

—Perfecto —dice el aprendiz.

Me mira, yo miro la boya.

—Creo que debería regresar a la central —resuelve.

—Vale.

Él aguarda. Quiere que diga algo más, quiere que lo mire, pero estoy muy lejos de aquí. Con el rabillo del ojo percibo que él me observa. Deja caer los brazos a lo largo de los costados, esperando a que recobre el sentido común, y en algún lugar, en un último reducto de mi mente, empiezo a comprender que tiene razón, que existen ciertas normas sobre lo que uno hace cuando alguien viene de visita a casa, que se supone que hay que escuchar y responder a lo que te dicen, acompañar a la puerta. Pero yo no tengo tiempo para eso. Si me concentro lo suficiente en la boya de cristal, el destello de comprensión regresará.

—Deberías llamar a la policía —insiste el aprendiz.

—Mmmm —respondo.

—¿Te ves capaz de hacerlo?

—Sí —contesto, y durante un instante aparto la mirada del objeto que hay sobre la mesa—. Sí, sí, los llamaré en cuanto se despierten.

—Hay gente a todas horas, puedes llamar ahora mismo.

—Quiero decir que llamaré a Gundersen —digo, y vuelvo a dirigir la mirada a la boya—. Lo llamaré en unas horas. Cuando se despierte.

No corre prisa. Llamaré a la policía cuando esté preparada para ello. Les informaré, pero no antes de que crea que ha llegado el momento. Y tengo todo el tiempo del mundo.

—De acuerdo —dice Kristoffer.

Se queda allí un minuto o dos más, pero cuando ve que no reacciono se introduce las manos en los bolsillos y se marcha. ¿Se despide? No lo sé. No lo acompaño a la puerta. Oigo que arranca el coche. Afuera está amaneciendo.

 

Alrededor de las seis me levanto de la silla para preparar el desayuno. Como con apetito. Tengo la boya de cristal a mi lado y de vez en cuando me quedo mirándola. En la puerta de la nevera no hay nada, hasta he retirado todos los imanes, pero ya no me asusta mirarla. Si algo siento es satisfacción. La llave ha regresado. Hay algo amenazante en esa devolución, es imposible obviarlo. Y al mismo tiempo, tengo la sensación de estar a punto de descubrir algo. Es como si la solución estuviese tan cerca y resultase tan tangible que pudiese alcanzarla con tan solo extender la mano. Sé lo que tengo que hacer.

Me bebo un gran vaso de zumo. Me ducho y me visto. Hago la cama y coloco el plato y el vaso en el lavavajillas. Voy a por una mochila al armario de abajo, en el recibidor. Por si acaso, meto dentro el cuchillo de cocina. También llevo la boya de cristal. Antes de meterla en la mochila, la sostengo ante mí. La huelo. ¿Percibo algo? No lo sé. Sigo oliéndola un rato, el áspero bramante pegado a la nariz, y al final me parece notar un cierto olor a agua salada.

Cuando son las siete, conecto la alarma y salgo cerrando la puerta con llave. Con la mochila a la espalda, me encamino a paso lento hacia el metro.

 

Es uno de esos tempranos días de primavera en los que parece que el verano podría estar a la vuelta de la esquina. Estoy saliendo de la ciudad en un coche alquilado, voy en dirección contraria a la mayoría de los coches, con las gafas de sol puestas. Conducir es placentero, el coche me obedece. Debería haberme traído algo de música, es lo único que me falta, pero en la radio suena algo de rock suave —tarareo las canciones— y con eso me basta. Me siento decidida y es una sensación agradable. Sé lo que he de hacer. También sé que entraña un riesgo, claro que lo sé. El escuálido individuo con la cabeza cubierta por una capucha no es ningún amigo. Visto así, el aprendiz tiene razón. Pero, por otro lado, necesito saber qué ocurrió. Y estoy dispuesta a pagar el precio. El sol ilumina la calzada ante mí mientras recorro el fiordo de Tyri. Los abedules desnudos se aferran a los pedregales situados en el lado que da a tierra. Más arriba, en el lindero del bosque, todavía queda nieve.

Sigurd recorrió este mismo camino hace una semana. No sé cómo no se me ha ocurrido antes hacer esto. Me imagino que soy él. Y, al mismo tiempo, no siento ni un ápice de inseguridad. Más bien siento que me acerco a él. Es como si estuviese a punto de entenderlo.

 

Aparco junto a la carretera, a cierta distancia de Kleivstua, me echo la mochila a la espalda y me adentro en el bosque. No está lejos andando, a un cuarto de hora quizá, veinte minutos si caminas lento. Al principio hay una cuesta. En algunas partes el sendero está a punto de ser reclamado por la vegetación y aquí y allá aparece una roca en medio de la senda, y he de hacerme a un lado e ir por fuera de la pista. Solo el sendero está al descubierto, los alrededores siguen cubiertos de nieve y en varias ocasiones camino sobre la nieve acumulada a medio derretir. Me falta un poco el aliento.

Hace mucho que no vengo a este lugar. En total habré estado quizá tres o cuatro veces. No me sentía demasiado a gusto en la cabaña: no tiene agua corriente y el baño está en una choza helada. Al cabo de algo más de quince minutos me pregunto si no me habré equivocado de camino. No recuerdo el pedregal que veo a mi lado. Creo recordar que los árboles no estaban tan juntos. ¿Y no había que atravesar un pantano? La confianza en mí misma que sentía en el coche ha empezado a diluirse. Estoy sudando. No pensé que fuese a ser así, esto no es lo que me había imaginado. Pensaba que entraría triunfante en el bosque, que encontraría la cabaña allí, bañada por el sol, y que, en el momento en que tocase la puerta, me sentiría iluminada. Gundersen jamás me habría permitido venir, y por eso no lo he llamado, pero ahora comienzo a preguntarme si no debería haberle contado mis planes de todas formas. Contemplo la posibilidad de encender el teléfono y llamarlo. Quizá podría aprovechar también para orientarme con el GPS. Pero justo en ese momento vislumbro la cabaña, en la ladera de la colina, oculta desde el sendero por unos espigados abetos. Recordaba bien el camino.

El bosque Krokskogen es denso, pero la cabaña en sí se ubica en un claro, encima de un montículo, lo que hace que tenga una especie de vistas o que, por lo menos, puedas divisar el fiordo desde la terraza. El padre de Sigurd, ese hombre de bosque de principios firmes y cálida sonrisa, la hizo construir mucho antes de que Sigurd naciese. La construcción es pequeña y espartana. El panel solar que proporciona electricidad fue instalado después de su muerte. Está cubierta con pintura impermeabilizante amarronada y luce las características ventanas de pequeños cristales cuadrados que se ven en las cabañas de todo el país. Cuando llego hasta el umbral, me quedo un instante apoyada contra la barandilla para recuperar el aliento.

El silencio es absoluto en este lugar. La cabaña está apartada de todo, no se ve más que el bosque y los destellos del fiordo entre las copas de los árboles. No oigo ningún sonido proveniente de la carretera, tampoco pájaros. Si no fuese por una ligera brisa que hace crujir suavemente los arbustos, no se oiría nada. Los abetos son muy oscuros; forman una densa pared boscosa junto a la cabaña que reconozco que nunca me ha gustado. Pero desde donde me hallo ahora, contemplando el fiordo de Tyri entre ellos, incluso yo tengo que admitir que el bosque puede resultar hermoso. Espero que también fuese así para Sigurd, pienso. Espero que sus últimas horas fuesen hermosas.

Hurgo dentro de la mochila hasta encontrar la boya de cristal. La llave no es más que un pequeño apéndice de la bola en sí, que descansa segura y pesada sobre mi mano. La miro e intento evocar la calma que he sentido por la mañana, pero no soy capaz de hacerlo. Estoy algo inquieta de repente. La oscuridad del bosque se ha ensartado en mi pecho. La llave, sin embargo, penetra en la cerradura sin fricción alguna. La pesada puerta gira sobre las bien engrasadas bisagras.

 

Todo está en silencio también en el interior. Los muebles del salón se encaran unos con otros, como si estuviesen deliberando. A lo largo de la pared que queda justo frente a mí está la encimera de la cocina. Sobre ella hay un plato y un vaso vacíos. Junto a la mesa de la cocina una silla se ve más apartada que el resto, como si la persona que la estaba usando solo hubiese salido un momento. No parece que media docena de policías haya estado registrando este lugar. Deben de haber vuelto a colocar cada cosa en su sitio con esmero. Sigo quieta de espaldas a la puerta de entrada, como si me resistiese a entrar. Luego recobro la compostura.

El aire no está tan viciado como cabría pensar. Dejo la mochila junto a la puerta y entro. Los tablones del suelo crujen cuando los piso; comienzan a ser viejos. Me acerco a la silla de la cocina, la que está algo retirada de la mesa. ¿Fue aquí donde se sentó Sigurd aquella mañana? ¿O la retiró un agente de policía que luego olvidó empujarla hacia la mesa cuando se marcharon?

Un pequeño pasillo, estrecho como un intestino delgado, sale de la cocina y acaba en dos dormitorios, uno para los padres y otro para los hijos. Entro en la habitación de Margrethe: ahí están la incómoda cama de matrimonio de pino, cubierta por una colcha de retales, el armario de pino y las pequeñas lámparas de pared de hierro forjado, con sus pantallas a cuadritos. Dejo que mis dedos se deslicen por la colcha. No hay arrugas en el edredón, ningún rastro de que alguien se haya sentado sobre la cama.

La puerta del cuarto de los niños está cerrada con llave. La empujo, pero no se mueve. Me sorprende. No sabía que pudiera cerrarse, jamás he visto que tuviese llave. Pero hay un ojo de cerradura y, por tanto, debe existir una llave. Empujo un par de veces más. No se abre.

¿Por qué iba a estar cerrada? ¿La cerró Sigurd? ¿Habrá sido la policía?

 

Regreso a la sala de estar. Hay algo que no me cuadra, algún detalle que se me escapa. Miro a mi alrededor. Dejo que mis dedos se deslicen sobre la repisa de la chimenea. Ninguna mota de polvo se adhiere a ellos.

El plato que hay en la encimera de la cocina está sucio, tiene algunas migas. En la pila hay unas gotitas de agua. Hay un cerco blanco en el borde del vaso de leche vacío. Sobre el cerco, una débil capa de vapor condensado, como si lo hubieran llenado hace muy poco, como si aún conservase el frío de la leche. Presiono una miga del plato con el dedo, la noto áspera contra la yema de mi dedo pulgar. Junto a ella hay un trocito de queso. También lo presiono con el pulgar. Está blando, cede. No está seco, ni tiene gotitas de grasa exudada. Está frío, como si acabase de salir de la nevera. Lo aplasto contra el plato.

Ha llegado el momento de salir de aquí. Debo recoger la mochila y marcharme de este lugar cuanto antes. Pero sigo paralizada junto a la encimera, contemplando con insistencia estas migajas. Mi cuerpo pesa, siento que haría falta una energía infinita para moverlo. O tal vez sea que este instante pasa muy deprisa. Que, cuando me quiero dar cuenta, ya es tarde.

Un sonido metálico resuena en la silenciosa cabaña: algo se mueve en la cerradura del dormitorio de los niños.

 

Es tarde para huir. Oigo pasos acercándose por el pequeño pasillo. Cada segundo dura una eternidad. Parece que pase minutos junto a la encimera, de espaldas al salón, esperando.

Los pasos se detienen detrás de mí. Oigo su aliento, intenso y apresurado, y entonces ella dice:

—Date la vuelta.

No tengo ganas de volverme hacia ella, pero no tengo alternativa. Lo hago con la máxima lentitud posible. Veo sus pies descalzos sobre el parqué acuchillado, las mangas del jersey con los bordes deshilachados, la pulsera con la pequeña perla de plata, las manos unidas en torno a algo metálico y el cabello rubio recogido en una coleta. ¿Estoy sorprendida? No lo sé. No sé a quién esperaba encontrarme. Mi cerebro no funciona como debería.

—Vera —digo, y suena casi como una pregunta cuando lo digo, como si no pudiese creer lo que está sucediendo.

 

Estamos la una frente a la otra, observándonos fijamente. Vera está concentrada. Tiene la mandíbula tensa. Alza las manos despacio. Lo que sostiene entre ellas es un revólver. No puedo estar segura del todo, pero parece el revólver del viejo Torp. Me quedo helada al verlo, no sé por qué. Nunca he tenido un arma apuntándome antes, pero esa gélida sensación no se parece a nada que haya experimentado jamás. Es como si me hundiese en un lago de montaña congelado. Solo que la sensación surge desde dentro.

—¿Vera? —vuelvo a preguntar.

Ella no dice nada. Aprieta los labios. Yo la miro y absorbo todos los detalles; jamás he observado a nadie con tanta intensidad. Los mechones rizados de la sien que se le han soltado de la coleta. El ligero sonrojo de sus mejillas a causa de la mandíbula tensa. Lo que parece una cicatriz de acné — seguro que la tiene desde hace tiempo, ¿jamás la había notado antes?— junto a la nariz. Las uñas, mordidas hasta la raíz, de los dedos que rodean el revólver. Aunque apenas las veo, pues no soy capaz de mirar al arma directamente; sería como intentar mirar al sol.

Pero ella me apunta con él. Eso lo veo. No es solo una amenaza, una simple estrategia para llamar la atención. Mantiene el arma recta, me tiene en la línea de fuego. Solo tiene dieciocho años. Es una estudiante de instituto. No puedo entender de qué podría servir pegarme un tiro.

—Espera —digo.

Extiendo la mano. Quiero decir algo. Detenerla. Salir de esta situación.

—Quieta —me ordena.

Emplea un tono cortante que me recuerda esa obstinación que a veces se apodera de ella. «¿Tienes amigos en realidad?». Retiro la mano. Está decidida. Amartilla el arma. La pulsera de plata que lleva en la muñeca se escurre y queda oculta bajo la manga del jersey.

Ahora es cuando debo actuar con inteligencia. Ser la adulta. Ser la terapeuta. Buscar una salida, decir las palabras redentoras. Dar en el clavo. Claro que existe una salida. Seguro que hay palabras que puedo decir para llegar hasta ella. Tomo aliento.

—No —protesta antes de que tenga la oportunidad de decir nada—. Ni de coña, hoy no vamos a hablar.

Apunta. Se concentra. Entorna los ojos. Su mandíbula tiembla. Ella también está asustada, tiene que estarlo, o al menos nerviosa, pero no quiere que nadie la ayude a salir de esto. Sobre todo no quiere que yo la ayude. Es más lista que los demás, no necesita a nadie.

Mi respiración se acelera, se acorta. Sé que tengo que actuar. Apelar a su empatía, al ser humano que se esconde detrás del arma. Pero no sé cómo. Es como si las palabras resbalasen por mi mente. No soy capaz de pensar, así no, no con ese revólver apuntándome. Me fallan las rodillas. Me siento diminuta. No tengo nada que decir.

—Vera —repito.

Y entonces no hay nada más que hacer. ¿Es así como tiene que acabar? Cierro los ojos.