La psicóloga
Viernes, 6 de marzo: el mensaje
Helene Flood
La psicóloga
ePub r1.0
Titivillus 01.09.2020
Título original: Terapeuten
Helene Flood, 2019
Traducción: Bente Teigen Gundersen & Mónica Sainz Serrano
Editor digital: Titivillus
ePub base r2.1
Viernes, 6 de marzo: el mensaje
Fuera todavía estaba oscuro cuando se marchó. Me desperté cuando se inclinó sobre mí para besarme en la frente.
—Me voy ya —susurró.
Me di la vuelta, aún adormilada. Él llevaba el abrigo puesto, la bolsa colgando del hombro.
—¿Te vas? —murmuré.
—Sigue durmiendo —dijo.
Oí sus pasos en la escalera, pero me quedé dormida antes de que cerrase la puerta tras de sí.
Cuando me despierto, estoy sola en la cama. Por la ranura que queda entre el estor y el marco de la ventana se filtra un tenue rayo de sol que me da en los ojos y me arranca del sueño. Son las siete y media. No es mala hora para levantarse.
Me dirijo descalza hacia el cuarto de baño, sorteando las virutas de madera aglomerada que hay sobre la moqueta del pasillo y los húmedos palés de madera que cubren el suelo de adobe del lavabo. No tenemos lámpara de techo ahí dentro, pero Sigurd colocó un foco de trabajo cuando retiró los azulejos y ahí sigue, como una presencia inquietante. Por suerte, a esta hora hay luz natural suficiente como para no tener que encenderlo. Es práctico, como todos los focos, pero su luz es despiadadamente blanca y hace que me sienta como si me estuviera duchando en un vestuario de instituto. Abro el grifo para que el agua se vaya templando mientras me desnudo. Hay que cambiar el calentador, pero Sigurd suele ducharse rápido y yo hoy no voy a lavarme el pelo, por lo que habrá agua caliente para los dos.
La mampara de la ducha es de plástico. También se suponía que iba a ser temporal. Sigurd ha diseñado una ducha para nosotros, una cabina de ladrillo con puerta de vidrio y pequeños azulejos blancos salpicados de azul. De todas las habitaciones a medio hacer que hay en la casa, es en el cuarto de baño donde esa situación resulta más evidente. Los azulejos viejos han desaparecido y los nuevos no han sido colocados aún. No tenemos iluminación, ni cortinas en condiciones. Caminamos por encima de palés para no estropear el suelo, hay un agujero en la pared del que sale el agua, y tenemos esta mampara provisional, un vestigio del abuelo materno de Sigurd. Durante un tiempo conseguí imaginarme cómo llegaría a ser la casa cuando deambulaba por ella en obras: los azulejos salpicados de azul, las paredes lisas, los focos empotrados; notaba las cálidas baldosas bajo las plantas de los pies, el agua caliente perfectamente regulada por una alcachofa moderna con varias funciones. Ahora, en cambio, lo único que veo es todo el tiempo que esto nos va a llevar. Mientras pongo la mano bajo el chorro de agua y noto que la temperatura va subiendo, me doy cuenta de que, de alguna manera, he dejado de creer que vayamos a terminar la casa algún día.
El agua caliente me despeja. Aquí dentro hace frío. En el dormitorio se está bien, pero el cuarto de baño está congelado. El invierno ha sido largo, y me he pasado todas las mañanas dando saltitos desnuda con una mano debajo del chorro de agua. Ahora, al menos, se va acercando la primavera. La ducha me sienta bien, martillea mi fría piel; acumulo agua con las manos y me mojo la cara, sintiendo que por fin dejo la noche atrás y el día se aferra a mí.
Viernes. Tres pacientes, la pandilla habitual de los viernes. Primero Vera, luego Christoffer y, finalmente, Trygve. Es mala idea poner a Trygve el último un viernes, pero resulta muy tentador cada semana cuando acabo la consulta. Acumulo agua con las manos de nuevo, me la echo en el rostro y me froto las mejillas. Sigurd se quedará en Norefjell con sus amigos hasta el domingo. Estaré sola todo el fin de semana.
Regreso a la habitación para vestirme, no quiero estar en el baño ni un segundo más de lo necesario. Me siento en la cama. Noto un denso olor a sueño, mío seguro, y quizá también suyo. No he mirado el reloj cuando se ha marchado, tal vez hayan pasado ya varias horas. No tenemos ningún armario, pero Sigurd ha montado una barra de metal entre el conducto de la chimenea y la pared en la que hemos colgado vestidos, camisas y chaquetas. Su ropa está colocada de cualquier manera; la mía está dispuesta por colores en una fila ordenada. Miro la suya: no parece que falte nada, pero también es cierto que se iba directo a la montaña. La bolsa que había en el suelo no está, y recuerdo que la llevaba colgada del hombro cuando se ha marchado. Me pongo unos pantalones, me visto de forma sencilla y elegante para el día y, mientras elijo una fina blusa de color azul, pienso que en tan solo cuestión de horas puedo volver a venir aquí y coger algo de ropa deportiva si decido ir al gimnasio, o ponerme un pantalón de pijama y una camiseta amplia si prefiero no salir. Únicamente tengo tres pacientes.
Tres pacientes son en realidad muy poco. Debería atender a cuatro todos los días, y lo óptimo sería tener cinco uno o dos días a la semana. Esos fueron los cálculos que hice cuando empecé a trabajar por mi cuenta.
—En una consulta privada hay menos papeleo —le dije a Sigurd mientras lo planificábamos sentados en la cocina de nuestro viejo piso en el parque de Torshov, elaborando el presupuesto en una hoja de Excel—; podría atender a cuatro pacientes todos los días sin problemas, quizá cinco. Cinco la mayoría de los días. Al menos una vez por semana, pero, vamos, no nos vendría mal algo más de dinero.
Nos reímos.
—No vayas a matarte a trabajar… —contestó Sigurd.
—Mira quién fue a hablar —repliqué.
Él se puso por su cuenta en esa misma época, había hecho sus propios cálculos, que introdujo en la misma hoja de Excel. Mínimo ocho clientes a la vez, aunque si pudieran ser diez, mejor. Ayudaría a los otros socios cuando lo necesitasen; todas las horas contaban.
—Habrá que hacer algunas horas extras —nos dijimos—, pero eso significa más ingresos, es dinero para el bote común.
Ahora casi todos los días tengo tres pacientes y es excepcional que reciba a cinco en una misma jornada. ¿Por qué ha acabado siendo así? Encontrar pacientes resulta más difícil de lo que había esperado, y los adolescentes cancelan sus citas a menudo, pero eso es solo parte del motivo. Me abrocho los últimos botones de la blusa, que queda cerrada de forma decorosa. Se me olvidó calcular un factor importante aquel día en la cocina de Torshov, con la vieja lámpara de escritorio de Sigurd iluminando el ordenador y los papeles sobre los que garabateábamos: el factor humano. Incluso yo, que disfruto de la soledad, necesito de los demás. Descarté a mis compañeros de un plumazo, y jamás habría imaginado que me sentiría sola. Que eso me convertiría en una persona pasiva. Si alguien me hubiese dicho hace un año lo duro que iba a ser promocionarme para conseguir más pacientes, las reticencias con las que iba a encontrarme, no lo habría creído.
Para mí, el desayuno es la mejor comida del día. Me siento frente a la isla de la cocina con el periódico, una rebanada de pan y una taza de café. Prefiero comer sola. Sigurd siempre se marcha temprano, tras beberse de un trago el café de pie junto a la encimera. A mí me gusta tomarme mi tiempo. Leer los artículos de opinión del Aftenposten, las reseñas de cine. Contemplar el día.
Ha dejado su taza sin recoger. Está ahí, en la encimera, junto a la pila. Las superficies de la cocina son una de las pocas cosas de la casa que están bastante terminadas, y la encimera es tan brillante que, desde donde estoy sentada, puedo ver el semicírculo de café que hay debajo de su taza. Cómo no. Es posible que la capacidad de observar una mancha de café debajo de una taza, migas de pan bajo la tostadora o gotas de agua sobre la superficie de la encimera sea una diferencia biológica entre hombres y mujeres. Sigurd quiere tener una casa bonita, lo planifica todo al milímetro, dibuja planos minuciosos e imponentes presentaciones con gráficos, pero falla en lo que a los detalles se refiere. Meter la taza en el lavavajillas. Limpiar la encimera. Recoger el ordenador por la noche. Son pequeñas cosas sin importancia, así que, ¿por qué me quejo?, ¿por qué dejo que me irriten? Sin embargo, por otro lado me pregunto: ¿por qué no puede sacrificar los tres segundos exactos que tardaría en hacerlas?
Estoy pensando en eso cuando miro el perchero de la pared donde suele estar el portaplanos de Sigurd. Lo usa para transportar los planos que trae y lleva de vuelta al trabajo, es un tubo gris de plástico duro con una correa negra sujeta a cada extremo, y siempre lo cuelga en la misma percha cuando lo trae a casa. Arrugo la frente mientras contemplo el colgador vacío. ¿No iba a conducir directamente hasta casa de Thomas para recogerle? ¿No lo dijo de forma explícita? Y ¿no estaba el portaplanos colgado en el gancho anoche?
Siempre me ha parecido muy difícil pasar por alto las incoherencias: veo a la gente hacerlo y la envidio por ello. Sigurd no iba a ir a la oficina, aunque quizá yo lo malinterpreté. Iba a ir directamente a casa de Thomas, dijo, o tal vez yo lo oí mal; es posible que tuviera que resolver algo rápido en el trabajo primero. Puede que dejara el portaplanos en el trabajo, y cuando recuerdo que estaba aquí ayer, en realidad estoy pensando en el día anterior. Las cosas deben de ser mucho más fáciles de ese modo. Los que tienen mala memoria parecen menos desconfiados a ojos de los demás, menos obstinados. Pongamos por caso este ejemplo: recuerdo, sin ninguna duda, que ayer estuvimos hablando de sus planes para hoy, que me levanté del sofá (en nuestro rincón provisional para el sofá) y me acerqué a la cocina para vaciar las últimas gotitas del té en el fregadero, tirar la bolsita de té a la basura y meter la taza en el lavavajillas; recuerdo que me volví, quizá a un metro de la isla de cocina donde ahora estoy sentada, y le dije a Sigurd: «Entonces ¿a qué hora os vais mañana?». Y recuerdo verlo a él con la misma claridad que si estuviese viendo una imagen suya, de esas que tienen una resolución fantástica, mil millones de megapíxeles, de modo que cada impureza de la piel queda plasmada en detalle. Recuerdo su jersey desgastado y los pantalones agujereados que a menudo lleva por las noches, recuerdo que se pasó una mano por los rizos alborotados, que me miró con los ojos entornados, cansados, como si lo despertase, y dijo:
—Eeh… Me marcho temprano. Intentaré estar en casa de Thomas a las seis y media.
Y yo repuse:
—¿A las seis y media?
Y él dijo:
—Sí. Así llegamos por la mañana y podemos pasar todo el día en la pista.
Luego tal vez lo olvidó y se llevó el portaplanos. Quizá pensó en trabajar un poco desde la cabaña. Después a lo mejor cambió de idea y decidió pasarse por la oficina.
Mi memoria es demasiado precisa. Recuerdo con excesiva nitidez su aspecto cuando hablamos del tema: llevaba puesto ese espantoso jersey beige con el cuello negro, el que parece comprado por su madre, y de hecho así es, fue ella quien se lo compró, antes de que él me conociera; me lo aseguró la primera vez que osé comentar lo horripilante que era. Es un detalle totalmente insignificante, no algo que necesite recordar. Como tampoco es importante, por ejemplo, recordar que respondí «de acuerdo» y di media vuelta, y que cuando hube dejado la taza de té y eché un vistazo al sofá, él ya estaba sentado con el ordenador sobre el regazo y los ojos clavados en la pantalla, el ceño fruncido, la boca entreabierta, y que yo reprimí el impulso de pedirle que encendiese más luces: «Vas a estropearte la vista, y quítate el ordenador del regazo: reduce la calidad del esperma, y es posible que necesitemos que, en algún momento, la calidad sea óptima. Y no te quedes en el sofá con el cuello inclinado: vas a acabar con dolor de espalda».
En vez de ello, lo único que dije fue:
—Subo a acostarme. Buenas noches.
Todo esto carece de importancia. Hay que saber distinguir lo que tiene importancia de todo lo demás. Si uno lo recuerda todo, es más difícil discernir lo verdaderamente significativo, lo que es preciso recordar.
Desde la ventana del cuarto de baño puedo ver cómo el primer paciente del día sube por el sendero en dirección a mi consulta, situada encima del garaje. Vera inclina un poco la cabeza hacia delante cuando camina, lo que le confiere unos andares muy característicos, la manera de moverse de una adolescente que todavía no se ha acostumbrado a su cuerpo adulto. Si le preguntases a ella, diría que se siente bastante adulta. Inspiro hondo y la sigo con la mirada hasta que entra en el despacho. Solo tres pacientes y, luego, fin de semana. Me siento cansada, y eso que acabo de levantarme.
Me lavo los dientes mientras hago equilibrios sobre uno de los palés que Sigurd trajo de una de sus visitas de obra y que luego colocó en el suelo del baño. El lavabo pertenecía al viejo abuelo Torp, igual que la mampara de la ducha, lo que significa que fue instalado antes de 1970 y que jamás se ha renovado, a menos que el viejo Torp lo hiciera por su cuenta. El grifo tiene una llave para el agua fría y otra para el agua caliente, y, cuando las miro, hasta puedo ver sus retorcidas manos castigadas por la artritis girándolas. El abuelo de Sigurd no creía en los bienes terrenales. Según él, era inevitable que los comunistas acabaran gobernando Noruega. Debió de sentirse decepcionado por el hecho de que tardasen tanto, llevaba esperándolo desde los años cincuenta. Hasta su último suspiro, en el despacho de la buhardilla, siguió manteniéndose firme como una roca en sus convicciones, pese a la caída de la Unión Soviética y el ascenso de China como superpotencia económica mundial. El viejo zorro debió de sentirse abatido, no obstante, cuando su salud empeoró al mismo tiempo que los estados comunistas del mundo iban rindiéndose a las ideas capitalistas. Vivió sus años dorados durante la guerra fría, y su orgullo era evidente cuando contaba a todos sus invitados, por lo general la madre de Sigurd, Sigurd o yo misma, que los servicios de inteligencia de la policía habían abierto un expediente sobre él en los setenta. Sin embargo, tras su muerte el año pasado lo único que queda de él son los recuerdos de esta casa: sus viejas estufas y sus grifos, y el despacho de la buhardilla, que de momento sigue intacta, con sus estanterías de varios metros repletas de libros, pilas de revistas del partido comunista noruego, mapas con pequeñas chinchetas que señalan lugares que el abuelo Torp consideraba objetivos de importancia estratégica y el viejo revólver oxidado —cuyo dueño, por lo visto, había luchado en la Revolución rusa— que había adquirido en la década de los setenta para protegerse o para darles motivos a los servicios de inteligencia para vigilarlo de cerca.
La muerte del viejo Torp nos brindó a Sigurd y a mí la posibilidad de cumplir el sueño de tener una casa propia. En los años cincuenta, Nordberg había sido una zona de la ciudad como otra cualquiera, pero con el tiempo su prestigio se ha ido incrementando y, en 2014, resultaba imposible del todo para parejas jóvenes como nosotros hacerse con el suficiente capital como para asentarse en esta zona. De camino al metro tras visitar el viejo caserón podríamos haber exclamado entre suspiros: «pero mira las vistas», «está en pleno entorno natural, muy cerca de los bosques», «a pocos minutos de la ciudad», y «desde aquí se puede contemplar el fiordo». Pero para qué hacerlo. Una casa adosada en un suburbio alejado y sin vistas a ningún sitio era lo único que podíamos permitirnos. No obstante, dos días después de que el anciano fuese encontrado, de que se lo declarara muerto y se enviara el cuerpo a una funeraria para los preparativos del entierro, la madre de Sigurd llamó por teléfono y dijo:
—Oye, ¿no sería la casa del abuelo en Kongleveien perfecta para vosotros?
Margrethe es hija única y vive en un moderno chalé en Røa. El hermano de Sigurd, Harald, vive en San Diego y no necesita casa en Oslo. Tras la muerte del padre de Sigurd, Harald se convirtió en propietario de su cabaña, que prometió no vender hasta que la madre de ambos fuera demasiado mayor para poder disfrutar del lugar, y también recibirá su parte, en el futuro, cuando se venda la casa de Margrethe. De modo que la casa del viejo Torp nos fue cedida a nosotros.
Un detalle incómodo sobre la muerte del viejo Torp es que pasaron casi tres semanas antes de que lo encontrasen. Murió en su despacho, justo encima del dormitorio que Sigurd y yo compartimos ahora, mientras estaba sentado con un termo de café, contemplando un mapa de la época en la que todavía había una Alemania del Este y otra del Oeste. Lo más probable es que se le parase el corazón. No fue ninguna sorpresa, ya que el hombre tenía casi noventa años. Tampoco era un tipo especialmente sociable y no recibía visitas de otras personas que no fueran miembros de su familia más cercana. Margrethe estaba de viaje cuando sucedió, en una de sus estancias de dos meses en lugares más cálidos, y al principio Sigurd y yo nos habíamos encargado de visitarlo cada semana para comprobar que todo fuese bien. Pero estábamos ocupados, teníamos trabajos y vida propia, y dejamos de ir alguna que otra semana. Cuando volvimos, más de dos semanas después, nada más introducir Sigurd la llave en la cerradura notamos el silencio.
—¡¿Abuelo?! —voceó Sigurd.
Recuerdo que nos miramos el uno al otro con una sonrisa de disculpa, sintiéndonos algo culpables por haber dejado al viejo comunista solo tanto tiempo. Cuando pienso en aquella sonrisa de Sigurd ahora, veo la tensión que albergaba, como si se hubiese puesto imperdibles en las comisuras de los labios para mantenerla. Me siento tentada de decir que ya lo sabíamos, aunque sé que resulta demasiado dramático. Pero quizá nuestro sentimiento de culpa influyó a la hora de presentir que algo iba mal.
—¿Abuelo?
Fui yo la que lo encontró. Tenía la cabeza gacha, y el rostro sobre el mapa. Su piel estaba gris y rugosa, seca como el cuero e igual de exánime, salpicada de los hematomas que adquieren los cadáveres cuando llevan demasiado tiempo sin vida. Es una imagen que me gustaría poder borrar. Las uñas amarillentas parecían a punto de desprenderse. A los huesos de la nuca no les faltaba mucho para emerger a través de la piel de pergamino muerta. Flotaba un denso y concentrado olor a carne en proceso de descomposición. Apenas he subido a ese cuarto desde entonces. Tal vez aquella conmoción fue lo que hizo que Margrethe decidiera ofrecernos la casa.
Queríamos hacer reformas de inmediato, arrancar los recuerdos de las paredes, vaciar la vivienda de la presencia de esa imagen y sentirla nuestra. Sigurd comenzó a hacer planos enseguida, yo elaboré presupuestos. La recién adquirida libertad económica nos brindaba algunas posibilidades. Algunos antiguos compañeros de facultad de Sigurd querían abrir su propio estudio de arquitectura y lo habían invitado a formar parte del proyecto. Ya no había ninguna cuota de comunidad ni hipoteca que pagar, y con la venta de nuestro piso obtuvimos la cantidad necesaria para que Sigurd se convirtiera en socio del estudio. Yo estaba a disgusto en mi trabajo de atención psicológica a adolescentes en el sector público. Ahora tendríamos sitio para instalar una consulta en nuestro hogar. La casa marcaba el comienzo de algo nuevo para nosotros. Cuatro días antes de mudarnos, fuimos al ayuntamiento de Oslo para casarnos. Luego comimos tarta Napoleón en la pastelería Halvorsens Conditori con mi hermana y los dos mejores amigos de Sigurd, acompañados de sus novias. No iba a cambiar nada, seguiríamos siendo los mismos, pero queríamos tener todo el papeleo en regla. La primera noche que pasamos en la casa dormimos sobre un colchón inflable en el salón. Brindamos con prosecco y nos dijimos: «Ahora empieza todo».
Pero deshacerse del viejo Torp resultó más difícil de lo que habíamos imaginado. La reforma llevaba tiempo. Poner en marcha nuestros respectivos trabajos también. Sigurd hacía muchas horas extras, y el plan de reformar requería, ante todo, su presencia, su competencia, sus manos hábiles. Habíamos comenzado con excesivo entusiasmo y optimismo. Habíamos retirado tiras de papel pintado y los azulejos del baño. Hicimos progresos: teníamos cocina nueva y un despacho para mí encima del garaje. Pero, con el tiempo, todo aquel ímpetu empezó a decaer. Sigurd aceptó más clientes, y trabajaba jornadas más largas. Permanecía encorvado sobre su mesa de dibujo todo el día. Llegó el invierno, más frío, más oscuridad, y nos quedamos sin energías. Cuando acabábamos de trabajar no teníamos ganas de pintar, no nos apetecía ir a Maxbo a mirar alcachofas de ducha o grifos, ni a la tienda de azulejos o a la de pinturas, no preparábamos masilla para tapar grietas, ya no arrancábamos tiras de papel pintado, sino que nos hundíamos en el viejo sofá que habíamos traído de Torshov y veíamos la tele. A menudo Sigurd no regresaba a casa hasta muy tarde por la noche, con la espalda cansada y el portaplanos colgando del hombro.
«En verano —dijimos— dedicaremos las vacaciones a terminar la reforma». Ahora quedan algo más de tres meses y me asusta haber perdido la fe. Ocurrirá alguna otra cosa. Llegará el otoño, y luego el frío, habrá otro invierno largo en el que me tocará ir dando saltitos con los pies descalzos y congelados sobre los palés del cuarto de baño.
Tengo mi despacho en el piso de encima del garaje. Allí hay una sala de espera pequeñísima, con un estante zapatero, una silla de madera y una diminuta mesa con revistas, y luego una puerta que conduce a mi consulta. Vera está sentada en la silla, esperando. Tiene una revista sobre el regazo, pero intuyo que no la está leyendo. Alza la mirada cuando entro.
—Hola, doctora —dice.
Va recién peinada y desprende un aire de frescura matutino.
—Hola —contesto—. Espera un momento, solo voy a… Ahora te aviso para que pases.
—De acuerdo —dice diligente con una ceja enarcada, un gesto que a menudo observo en su rostro, el pequeño atisbo de ironía que otorga a la mayoría de sus comentarios.
Entro en la consulta y cierro la puerta para que Vera no siga mis movimientos ahí dentro y recree con su imaginación todo lo que hago.
Sigurd ha resuelto bien la reforma de la consulta. No es grande, y el techo abuhardillado no facilitaba que se pudiera aprovechar el espacio. Derribó la pared en uno de los laterales cortos, el que está orientado a la entrada de coches, y la sustituyó por una cristalera de arriba abajo. Ahí están colocados mis sillones, dos bonitas butacas de Arne Jacobsen, separadas por una pequeña mesa. Cuando nos sentamos ahí, mis pacientes y yo estamos en el lugar más luminoso de la consulta. En el techo, encima de las butacas, Sigurd ha instalado una ventana para que entre luz, y un par de lámparas sencillas crean un ambiente agradable en el rincón, al abrigo de las tempestades del otoño y del oscuro y gélido invierno. Junto a la otra pared corta, la que separa la consulta de la sala de espera, ha colocado mi pequeño escritorio blanco. Ha puesto estantes a lo largo de la pared a ambos lados de la puerta, hasta el ángulo del techo, para así tener suficiente espacio para mis libros y archivadores. La pared corta y el suelo son de madera clara y alegre, las paredes largas están pintadas de blanco, y todo es muy moderno y acogedor. He colocado un par de plantas donde el techo abuhardillado desciende hacia el suelo y, aunque es difícil mantenerlas con vida, porque la temperatura baja bastante cuando apago la estufa eléctrica al final del día, otorgan calidez a la estancia. «Aquí dentro puedes respirar —parece decir la habitación—. Puedes ser tú mismo. Nada de lo que digas en este sitio será juzgado, compartido con terceros ni ridiculizado». Eso era lo que quería, una consulta que invitase a entrar a mis pacientes. Y lo he conseguido. Gracias a Sigurd.
Pero ahora Vera está sentada fuera, esperándome, y me noto cansada. No tengo ganas de invitarla a pasar. Me siento frente a mi escritorio y enciendo el ordenador. Me pongo a leer las anotaciones de la última vez, aunque realmente no lo necesito; recuerdo perfectamente de qué hablamos. Quiero tiempo, postergar el momento en el que tenga que ir a buscarla. No sé por qué lo hago, o más bien no quiero pensarlo. Un terapeuta se preocupa por sus pacientes, y Vera me importa, pero no puedo obviar el hecho de que las consultas con ella resultan bastante pesadas.
«Dificultades con los padres —dicen las notas de la otra vez—. Dificultades con su novio». Los problemas de Vera se concentran en el plano de las relaciones. Acudió a mí justo después de las Navidades. Buscaba que la ayudase con una reacción depresiva. Es bastante más inteligente que la media, incluso puede que sea superdotada, y todo la aburre. «Estoy tan harta de todo —dijo en nuestra primera sesión, cuando le pedí que me contara por qué había venido a verme—, es como si nada tuviese sentido». Al parecer, su novio es un hombre casado. Sus padres son investigadores —intentan probar un teorema matemático sobre el que solo un puñado de personas en el mundo tiene un conocimiento detallado—, siempre están trabajando y, a menudo, de viaje. Sus hermanos son adultos y se han marchado de casa hace mucho, y Vera, de dieciocho años y más madura de lo que correspondería a su edad, sostiene que la familia ya estaba al completo cuando ella llegó. Sus padres no deseaban tener ningún hijo más. Ella fue un accidente.
Hay mucho en lo que trabajar. Hay verdadero dolor en la vida de Vera. Y es un dolor profundo.
Reviso mi correo electrónico, dilato el tiempo antes de dejarla pasar. Solo publicidad, nada personal. Durante un instante siento ganas de llamar a Sigurd, pero está claro que sería una tontería: son las nueve menos cinco, lo más seguro es que siga en el coche con los chicos. Tomo aliento. Tres pacientes, y luego fin de semana. Toda la noche para mí. Almorzar en casa de mi hermana el domingo y, por lo demás, ningún plan. Ir al gimnasio tal vez.
—¿Lista, doctora? —pregunta Vera cuando salgo para hacerla pasar.
Lo de «doctora» es algo que surgió durante nuestra segunda sesión. Me preguntó sobre la diferencia entre un psicólogo y un psiquiatra; le conté que yo soy psicóloga, no médica, que me he formado en el funcionamiento holístico del ser humano, no solo en las patologías. Sin embargo, ella se centró en lo primero y dijo: «Entonces ¿no eres médica de verdad?». Me irrita admitir que me molestó; hurgó en un complejo de inferioridad que no pensaba que tuviese, y respondí, algo a la defensiva, que yo sabía lo mismo o más que un médico sobre lo que ocurre en la mente de las personas, algo que a ella le pareció cómico, y repuso: «Está bien, te llamaré “doctora”». Siempre que lo dice percibo una punzada de malestar, una sensación lacerante en la parte de atrás de la garganta que me indica que me he expuesto demasiado. De vez en cuando me pregunto si ella sabe que me molesta, si es un rasgo pasivo-agresivo por su parte, pero en realidad parece bastante sincera. Tan solo es algo que le hace gracia.
Dejo que entre en la consulta delante de mí. Vera tiene una estatura algo mayor que la media, es delgada, con las caderas rectas. Sus manos son un poco grandes, cuelgan como péndulos junto a los costados, y yo la miro y me pregunto, como suelen hacer las mujeres cuando conocen a otras mujeres: «¿Es guapa?».
Podría decirse que sí. Es joven. Pero al mismo tiempo tiene algo extraño; su pequeño rostro redondeado, el cuerpo larguirucho.
—Bueno —dice al sentarse—. He discutido otra vez con mis padres. Y con Lars.
—Vaya —respondo, y me acomodo en mi sillón—. Cuéntame.
Mientras ella habla, el sol incipiente asoma por la pequeña ventana del techo e ilumina su cabello con una especie de aureola formada por los centenares de pelillos rizados que han emergido de su liso peinado. «Todas las mujeres tienen cabellos rebeldes de ese tipo —pienso—. Yo misma tengo muchísimos, más que Vera».
Hay un patrón evidente en lo que me cuenta. Vera se siente rechazada por sus padres, que tienen tantas cosas importantes que hacer que no disponen de tiempo para ella. Dado que no es capaz de expresarles el motivo de su tristeza, nada mejora con las confrontaciones que tiene con ellos, y Vera, que entonces se siente todavía más rechazada, llama a su novio y comienza una nueva discusión con él. El novio, que está casado, volverá en cualquier caso con su esposa cuando cuelguen el teléfono, de manera que, en la discusión que ella misma ha provocado con él, de nuevo se sentirá rechazada. Vera gestiona así el ingobernable sentimiento de no ser prioritaria para sus padres en un contexto más manejable, el de su novio. Tras la primera media hora de sesión, comparto esa reflexión con ella.
—No sé —dice Vera, y arruga la nariz—. ¿No es demasiado simple? Un poco freudiano, ¿no?
—¿Debo interpretar que piensas que no es correcto?
Echa un vistazo a mi librería, como si estuviese sopesando mi hipótesis. Se toquetea con los dedos la pulsera que lleva en la muñeca, un fino brazalete de plata con una sencilla perla que hace girar entre el dedo índice y el pulgar. Es una joya demasiado adulta para ella, pienso. Las chicas que vienen a verme suelen llevar brazaletes con letras, palabras como LOVE, TRUST o ETERNITY. Esta pulsera, en cambio, es más propia de una mujer madura.
—No lo sé. Espero que no. En realidad, no creo que llamara a Lars porque quisiera sentirme mal. Creo que me estaba sintiendo mal y deseaba sentirme mejor.
—Entiendo —digo—. Y acabaste sintiéndote peor que antes.
—Sí —replica, y deja escapar un profundo suspiro—. Se podría decir que fue una mala estrategia.
—¿Qué crees que podría ser una buena estrategia?
—¿Para sentirme mejor? No lo sé. Solo se me ocurren malas estrategias.
—¿Como cuáles?
—Autolesionarme —responde—. ¿No es eso lo típico? En mi clase hay una chica que se dedica a ello. Incluso escribe un blog sobre el tema, se saca fotos y muestra sus heridas; es enfermizo. Sin embargo, no es mi estilo. A menos que pienses en Lars como en una autolesión.
Esa última reflexión es una invitación que dejo pasar. Quiere hablar del novio, necesita conversar con alguien sobre esa relación y no tiene a nadie más a quien hacerle confidencias, pero no es eso lo que en realidad le causa dolor. Desde mi punto de vista, Lars es un síntoma, mientras que la causa de su depresión es más profunda y está en aquello de lo que Vera no quiere hablar. Necesitamos adentrarnos en eso. Mi cuerpo está aún medio dormido y tengo que resistir el impulso de desperezarme en el sillón. Detrás de Vera observo que la bruma se disipa. Hoy hará buen tiempo.
—Estabas disgustada tras la discusión con tus padres —continúo—. Querías sentirte mejor y, en vez de autolesionarte o cometer cualquier otra estupidez, elegiste algo que podría haber funcionado bien, es decir, buscar apoyo en otro ser humano. El problema es que elegiste a alguien que sabías que te iba a rechazar. Pero lo que yo pienso es: ¿y si hubieses intentado ponerte en contacto con otra persona?
—¿Con quién?
—No lo sé. Alguien en quien confíes. Una amiga, por ejemplo.
—Una amiga —repite con pesadumbre.
—¿Tienes amigas, Vera?
Ella me mira. ¿Me está midiendo? Hay un destello desafiante en su mirada cuando dice:
—Tengo muchas amigas. Por Dios, tengo montones, más de las que necesito. Pero ¿sabes cuál es el problema?
—No —respondo—. ¿Cuál es el problema?
—Son imbéciles. Todas ellas.
—Vaya —digo. Luego medito un instante y le devuelvo la reflexión—: Entonces no parece que sean muy buenas amigas.
Ella toma aliento. Su expresión se suaviza.
—De acuerdo, tal vez no sean imbéciles. Pero entienden muy poco. No te puedes ni imaginar cómo son las chicas de mi clase. Se dedican a leer blogs de belleza y planificar la fiesta de la graduación, y piensan que no hay habilidad comparable a saber perfilarse las cejas de una determinada manera. ¿Entiendes? Si les preguntas sobre el amor, empiezan a hablar de cuando se enrollaron un día con uno de la otra clase. ¿De qué forma podrían ayudarme?
—Parece que, aunque tengas bastante gente a tu alrededor, en realidad no tienes a muchas personas a las que puedas acudir para buscar apoyo — constato.
—Tengo a Lars.
—Sí. Pero Lars es algo distinto de un amigo. En cierto modo, parece una vida un poco solitaria.
No le gusta ese ángulo, lo percibo de inmediato. Vera quiere que Lars sea suficiente. Se considera mejor que sus compañeras de clase, pero no quiere compasión por su situación excepcional.
—En realidad, ¿es necesario confiar tanto todo el rato, joder?
—Yo creo que todas las personas necesitan a alguien con quien poder compartir confidencias.
Tampoco le gusta eso.
—Y tú, ¿tienes amigas con las que compartir confidencias? —pregunta, y ahora su tono desprende algo cruel, sarcástico, que me golpea con fuerza; lo noto en las tripas, el disgusto de ser objeto de un ataque—. ¿Tienes amigos del tipo que sea, en realidad?
Ha vuelto a alzar la ceja. Muchas de las chicas que acuden a mí me hablan de esa lucha por la existencia en el patio del colegio, de las brutales estrategias para sobrevivir a la ley del más fuerte, comer o dejarse comer. Vera me observa de esa manera, de la misma forma en que la líder de la clase observa a la chica más callada de la última fila.
—Sí, los tengo —respondo, quizá demasiado deprisa—. No hablamos de temas profundos todo el rato, pero tengo confidentes. Creo que uno los necesita.
Nos contemplamos, ambas nos medimos con la mirada. Percibo que no he atinado en mi respuesta ante su jugada.
—Y uno puede trabajar para conseguirlos —continúo, intentando transformar esto en algo constructivo.
Hay un atisbo de algo que no consigo descifrar en su mirada mientras me analiza. A continuación, es como si perdiese el interés.
—Vale —dice, y se queda mirando la perla de su pulsera, que está haciendo girar—. Puede que tú lo necesites, pero para mí no es así.
Ha sido un error. Se ha enfadado. Ha arrojado su ira contra mí, como hacen los adolescentes. Yo no he sido capaz de gestionarlo, no le he dado lo que necesitaba. En lugar de eso, he acabado por defenderme a mí misma. Vera se pasa las manos con gesto cansado por el cabello en un ademán de adulta, pero cuando las deja caer y vuelve a mirarme no aparenta ni siquiera los dieciocho años que tiene.
—Yo no necesito ningún confidente —recalca—. Lo único que necesito es amor.
Su tono es el de una niña obstinada. Casi me dan ganas de acariciarle la mejilla. Ese es el punto débil de Vera. Está tan convencida de que es más lista, más madura y sabia que sus amigas, que no intuye el alcance de todo lo que aún no ha comprendido. Tal vez sea mi labor hacer que lo entienda. Pero estoy tan cansada… Es viernes, y además la sesión está a punto de llegar a su fin.
Miro el reloj, y Vera se da cuenta.
—¿Es hora de acabar, doctora? —me pregunta.
Redacto deprisa algunas notas para la historia clínica, que terminaré de transcribir más tarde. «Discusión con los padres», escribo, «discusión con su novio». «Se siente rechazada por los padres, provoca discusiones con su novio». Hago una breve pausa, leo. Tacho «provoca». Medito. Escribo «inicia una discusión con el novio». «Evaluación», escribo, y «motivos». ¿Cómo evaluar a Vera?, me digo. «Miedo al rechazo, vulnerable en lo que atañe al tema de la soledad. Intervención: interpretación, tratar de aumentar la reflexión sobre sus propias reacciones. Hacer seguimiento de la sensación de no tener nada en común con las personas que la rodean».
Veo que, fuera, el BMW de la madre de Christoffer ya se ha detenido en el arcén, con el intermitente encendido. Pongo punto final, luego me estiro y me retuerzo en el sillón como si fuese un trapo de cocina.
Christoffer está en la sala de espera cuando salgo. Ha colocado una pierna sobre la otra, en ángulo recto, con el tobillo balanceándose sobre la rodilla; está sentado cómodamente, con las piernas bien separadas, en la silla de madera.
—Hola, Sara, ¿qué tal? —me saluda al levantarse para entrar en la consulta con pasos lánguidos.
Sin vacilar, se dirige al sillón que escogió el primer día. Es una especie de prueba de fuego durante la primera sesión, más que nada porque tengo la misma rutina con todos los pacientes nuevos. Siempre dejo que pasen ellos primero a la consulta. La mayoría de los adolescentes espera a que los invite a sentarse, a que indique con una señal cuál de los sillones es para ellos. Es algo natural: la consulta es mía, ellos son invitados. Algunos lo preguntan explícitamente: «¿Cuál es mi sillón?». Otros, como Christoffer, eligen uno de ellos. Durante nuestra primera sesión se detuvo un instante y examinó los dos sillones; luego escogió el que está a la izquierda, se hundió en él y colocó una pierna sobre la otra, como si tomase posesión de la estancia.
Yo me siento en el otro. La casualidad ha querido que Christoffer y Vera tengan un sillón distinto cada uno, de manera que ahora ocupo el sillón que todavía conserva un rastro del calor de su cuerpo.
—Bueno —dice él con una amplia sonrisa que deja por completo al descubierto su blanca dentadura—. Pues estoy listo. ¡Al lío!
Casi podría haberme guiñado un ojo; no lo hace, pero no me sorprendería verle hacerlo algún día.
—¿Cómo estás, Christoffer? —pregunto. Intento ser neutral, amable pero reservada. Evito dejarme llevar por su sonrisa.
—Bien, fenomenal.
Cabe decir que el rostro que envuelve esa amplia dentadura suya tiene una barba incipiente, que el flequillo con la raya al medio le cae casi hasta el mentón, que lleva el pelo teñido de negro y que alrededor de su cuello hay una correa con pinchos que, por mucho que lo intente, no puedo describir más que como un collar de perro. Christoffer se ha quitado la cazadora de cuero y se ha quedado en camiseta, dejando al descubierto los tatuajes de los brazos; alrededor de las muñecas y la cintura lleva también bandas de pinchos. Me pregunto si alguien alguna vez le dará un abrazo. Es un muchacho guapo y atractivo, con una pose de marginado que él mismo ha decidido adoptar, y supongo que, si no está siempre rodeado de chicas, al menos estas sienten interés por él. Pero ¿abrazarlo, con todos los pinchos que lleva? ¿No sería como abrazar a un puerco espín?
—¿Y el instituto?
—Bien. Estoy aprobando por los pelos, pero apruebo. Tres hurras por mí, ¿no, Sara?
—¿Y la familia?
La sonrisa de Christoffer se ensancha todavía más; queda al descubierto el lugar donde puede que las muelas del juicio irrumpan en unos años.
—Genial. Mi padre está en Brasil y no quiere volver a casa. Mi madre está cagada de miedo con la situación.
Presiona un nudillo contra uno de los pinchos del collar que lleva.
—Deberías haberla oído hoy.
Eleva el tono en un falsete y su rostro adopta una vivaz expresión de pardillo, con las comisuras de los labios tan estiradas hacia abajo que resulta cómico:
—«Christoffer Alexander, ¿de veras vas a ir al instituto con esa cosa alrededor del cuello? Pareces una puta barata…».
Reprimo una sonrisa. Christoffer inclina la cabeza hacia atrás y ríe abiertamente.
—¿Y eso te hace reír? —le pregunto.
—Por supuesto —replica con suficiencia.
—Oye —digo—, no es que no aprecie lo mucho que te esfuerzas con tu estilismo. Pero ¿no crees que podrías encontrar una manera de irritar a tu madre que estuviese algo menos vinculada a…, ya sabes, las autolesiones?
Una nueva risa escapa de su garganta.
—Eso es lo que me gusta de ti, Sara, tengo que decirlo. Lo mucho que me esfuerzo…, vaya, qué bien te expresas. Pues sí, supongo que es verdad. Pero jamás me he hecho daño a mí mismo.
—Lo sé —replico mirándolo ahora con seriedad, y la amplitud de su sonrisa queda reducida a una tercera parte—. Pero lo insinúas con tu forma de vestir.
—Creo que en este punto debemos estar de acuerdo en que estamos en desacuerdo —dice él.
De vez en cuando Christoffer recurre a ese tipo de comentarios más propios de un adulto. Desde que lo conozco, y ya hace seis meses, su aspecto ha sido siempre el propio de un adorador del diablo, pero justo debajo de la superficie hay un educado niño de Bærum esperando a ser liberado. La primera vez que nos encontramos, me estrechó la mano, se presentó y me dijo que estaba encantado de conocerme. Christoffer acude a terapia porque su madre piensa que es necesario. Sus padres se divorciaron tras un escandaloso melodrama a base de portazos hace un par de años, y el modo de vestir del chico y sus gustos musicales, en combinación con cierta insolencia y un repentino empeoramiento de las notas, sacudió de golpe a la madre de su estupor posdivorcio. Me llamó para explicarme en un tono estridente que su hijo necesitaba ayuda de inmediato.
Es una verdad a medias. Desde la primera sesión he estado convencida de que todo le irá bien a Christoffer. Continuará con su rebeldía mientras esta escandalice a su madre y, tal vez, con la esperanza de que su padre regrese de Brasil por pura preocupación. Pero un día no muy lejano, y bastante antes de los exámenes finales, Christoffer guardará la ropa negra, los cinturones de pinchos y las cadenas, se pondrá ropa normal e irá al instituto como si nada hubiese ocurrido. Recuperará el tiempo perdido y terminará el bachillerato con unas notas lo suficientemente buenas como para hacer lo que quiera en la vida, y todo le irá bien. Yo lo sé, y Christoffer también lo sabe.
La única que no lo sabe es su madre, y he ahí el dilema ético. Porque, si Christoffer no necesita terapia, ¿no es poco ético por mi parte ofrecérsela, semana tras semana? Por otro lado, yo necesito todos los pacientes que pueda conseguir. El chico, por su parte, está contento viniendo a verme. Tenemos una buena relación, y apuesto a que el hecho de ir a terapia lo atrae y de alguna manera refuerza el estilo con el que está experimentando. La madre de Christoffer, que ahora mismo está sentada en su BMW esperándolo, con las luces intermitentes puestas, sin duda duerme mejor por las noches sabiendo que yo me ocupo de él, como ella dice. ¿No se trata, pues, de un simple acuerdo que beneficia a todas las partes?
Una vez traté de poner fin al tratamiento, aunque no con tanta firmeza como debiera. En aquella ocasión, la madre de Christoffer me llamó por la noche llorando a lágrima viva. «Sara —gimió—, no te rindas con él. Eres nuestra única esperanza».
Ocurrió justo antes de Navidad. Fuera nevaba y yo estaba sentada en el sillón donde está ahora Christoffer, contemplando la oscura nevisca por la ventana mientras pensaba: «Supongamos que lo conservo como paciente. ¿Qué tendría de malo?». Busqué los términos profesionales adecuados para describir la situación; para mí misma, dado que no había nadie más con quien tuviese que justificarme. «Le estoy ofreciendo un soporte para reconducir sus emociones —me dije—. Soy un adulto seguro con el que puede explorar su identidad». Ese tipo de cosas son las que escribo en su historia clínica. Me consuela pensar que, dado que trabajo en el sector privado, no es el dinero de los contribuyentes el que se emplea en esto, sino el del acaudalado padre de Christoffer. Y, por lo que tengo entendido por las conversaciones telefónicas que he mantenido con su madre, el cabrón de su padre se lo tiene merecido.
Sigurd me ha llamado antes. Ha dejado un mensaje en el buzón de voz cuando estaba en mitad de la sesión con Vera. Ahora estoy sentada en la cocina, almorzando un sándwich de atún y un zumo de naranja. Reproduzco su mensaje con el altavoz conectado, dejo el teléfono sobre la encimera y lo escucho mientras como.
—Hola, amor —dice con su voz típica, cálida y melódica—. Hemos llegado a la cabaña de Thomas. Aquí se está…, bueno, se está muy bien, yo…
Oigo unos crujidos y noto como Sigurd sonríe, con un par de matices sonoros en la voz.
—Solo es Jan Erik, está liado con unos trozos de leña, parece imbécil. Yo… tengo que dejarte. Solo quería decirte que hemos llegado y…, sí, luego te llamo. Te quiero. Bueno, adiós.
Casi me he acabado el sándwich. Sostengo un último trozo de corteza de pan entre las manos mientras mi marido habla y noto una punzada en la boca del estómago. Lo echo de menos. Es un pensamiento estúpido: tan solo lleva fuera unas horas. En realidad me gusta estar sola. Hacer ejercicio. Comer comida que a él no le apetece nunca. Ver películas que a él le parecen ridículas. Beber vino blanco, que él piensa que es para damas de honor y ancianas. Acostarme pronto. Aprovechar el día.
Pero hay algo extraño en su voz, en el mensaje del contestador. Lo llamaré después del trabajo. Me acabo el último trozo de pan, lo trago con agua. El siguiente paciente es Trygve. Me da tiempo a tomarme un café mientras repaso su historial.
Trygve llega exactamente a las dos en punto, siempre a la hora, jamás un segundo antes. Al contrario que Christoffer, manifiesta con claridad que no siente ningún deseo de estar aquí. No está sentado en la sala de espera, sino de pie, con la espalda apoyada contra la puerta de entrada, y cruza las manos sobre el pecho cuando abro para hacerlo pasar al despacho.
—Adelante —le digo, y pasa por delante de mí con el gesto hosco, los labios apretados hasta el punto de que apenas resultan visibles.
Usa el mismo sillón que Vera, pero nunca se sienta hasta que lo invito a hacerlo. Y, una vez que lo hace, no se acomoda en el sillón, sino que se queda en el borde, preparado para levantarse.
—Bueno —empiezo—. ¿Cómo ha ido la semana?
—Bien —responde Trygve con una voz sin inflexiones.
—¿Los estudios?
—Bien.
—¿Has hecho lo que tenías que hacer?
—Sí.
—¿Has jugado?
—Un poco.
—¿Has jugado fuera de los horarios que acordamos?
Ahora me mira. Tiene el pelo de color arena y los ojos marrones. Sus rasgos son corrientes, nada inusuales; es llamativo lo poco llamativo que resulta su aspecto, por así decirlo. Los gestos de su rostro están controlados hasta un punto escalofriante, y solo sucede de forma excepcional que, por ejemplo, si se irrita lo suficiente, un movimiento no calculado escape a dicha censura. La primera vez que me encontré con él pensé que no me sorprendería si resultase ser un asesino en serie.
No obstante, Trygve no acude a mí porque aspire al asesinato; tampoco porque sea demasiado controlador ni porque piense que su vida carece de sentido. Recibe tratamiento porque es adicto al videojuego World of Warcraft o, para ser más precisa, porque sus padres pusieron el tratamiento como condición para que siguiera viviendo en casa. Tiene veinte años, es mayor que la mayoría de mis pacientes, y dejó el instituto siete meses antes de los exámenes finales porque le impedía seguir jugando. Los padres de Trygve están preocupados, y con razón. Hemos acordado que los llamaré si su hijo no se presenta a las sesiones; él mismo ha aceptado ese acuerdo, imagino que solo por el simple hecho de que la eventualidad de que lo echasen de casa y tuviese que trabajar para tener un techo le quitaría tiempo para jugar.
—He respetado casi del todo los horarios —dice.
—¿En qué casos no lo has hecho?
Ahoga un bufido, suena como cuando alguien reprime un estornudo.
—Han sido dos noches. El domingo y el jueves. Por lo demás, casi perfecto.
Su boca está recta y rígida, la mandíbula en tensión, y hay algo en su reticencia que me cansa, que me da ganas de tirar la toalla y decir «Fenomenal, casi perfecto; entonces ¿podemos dejarlo ya por hoy?».
—¿Cuánto tiempo te excediste esos días? —le pregunto.
—Un poco.
Suspiro. Soy consciente de que con Trygve tengo que ser concreta.
—Veamos, el domingo puedes jugar de seis a once; ¿cuándo empezaste?
—A las seis.
—¿Cuándo acabaste?
Pausa. Aprieta los dientes con tanta fuerza que un músculo tiembla a lo largo de su mandíbula. A todo esto, su maxilar tiene una extraña forma cuadrada, lo cual quizá sea un rasgo llamativo. He leído que los hombres con la mandíbula ancha son considerados atractivos. En el caso de Trygve, la mandíbula contribuye a hacer su semblante impenetrable; normal, puede que sí, pero incluso esa expresión, esa máscara gris y plana, parece calculada. Es posible que el chico tenga grandes planes con respecto a su vida, pero lo que es seguro, en cualquier caso, es que no hay ni una sola alma en el mundo real que sepa en qué consisten.
—Después de medianoche.
Un eufemismo evidente.
—¿Cuánto tiempo después de medianoche?
Un nuevo temblor le recorre la mandíbula.
—A las tres.
—A las tres, entonces. Y el jueves, es decir, ayer, podías jugar de siete a once; ¿cuánto tiempo jugaste en ese caso?
Nueva pausa.
—Hasta las tres.
—De acuerdo. Entiendo. Entonces calculo que has jugado, veamos, ocho horas más de lo acordado esta semana.
Guarda silencio, su rostro permanece hermético.
—¿Qué opinas al respecto?
Se encoge de hombros.
—¿Te parece que está bien? —insisto.
Vuelve a encogerse de hombros, mira el reloj, coloca la mano de nuevo en el reposabrazos y echa otro vistazo a la hora. Con Trygve no queda más remedio que actuar con mano dura, para conseguir hacerle ver el malestar que crea.
—Porque he tomado nota de que has empleado la palabra perfecto cuando has entrado, Trygve.
—He dicho «casi perfecto».
—Sí, lo recuerdo. Me pregunto qué te ha hecho elegir esa palabra.
Exhala el aire, deprisa y ruidosamente; en realidad no se trata de un suspiro, más bien es como una locomotora cuando suelta vapor.
—No lo sé, Sara —responde, y puedo ver que ahora bulle bajo la superficie—. Es posible que haya escogido esa palabra porque no me parece en absoluto divertido estar aquí cada semana hablando acerca de mis hábitos privados contigo, joder.
Ya ha salido a flote su irritación. Me percato de que hoy es más evidente de lo que suele serlo. Tal vez él también se dé cuenta, ya que es como si lo reconsiderase: se detiene y la expresión de su rostro —las cejas hundidas, la boca torcida— cuelga unos instantes en el aire; luego es como si la borrase y la sustituyese por un gesto neutro.
—Sí, yo también lo creo —me apresuro a decir. Quizá consiga llegar hasta él antes de que vuelva a encerrarse en sí mismo—. Creo que nuestras sesiones te resultan muy incómodas. ¿Podrías decirme algo más acerca de cómo afrontas ese malestar el resto de la semana, cuando no estás aquí?
Se encoge de hombros nuevamente.
—No lo sé. No suelo pensar en ello.
—Pongamos un ejemplo —digo, tratando de concretar de nuevo—. Anoche, a las once, cuando tendrías que haber acabado de jugar, ¿qué pensaste?
Debería haber dicho «¿cómo te sentiste?» en su lugar, para no caer en la trampa de centrarme en la razón.
—No lo sé. Nada.
—Porque sabías que yo iba a preguntarte hoy.
—No lo pensé.
—Me pregunto, Trygve, ¿de verdad estás motivado para intentar mantener el plan que elaboramos?
—No lo sé. Sí. Lo intentaré.
—Porque creo que yo no puedo obligarte a dejarlo; tus padres tampoco, la verdad. Eres tú el que tiene que quererlo.
—Sí. Yo quiero.
El hastío de la mañana me asalta de nuevo, con una fuerza cien veces mayor que la que ha desencadenado Vera. Es cierto que, para que Trygve cambie, tendrá que querer hacerlo él mismo, y resulta más que evidente que no quiere hacerlo. Siempre hay una motivación o, en su defecto, una ambigüedad en los pacientes que buscan terapia, según los manuales de psicología, y sé lo que dicen los orientadores: «Aférrate a lo que hay». Trygve desea preservar su hogar, debería construir a partir de ahí. Sin embargo, mi caja de herramientas está hoy vacía y parece inútil. Quizá el problema sea que el deseo de Trygve es demasiado «funcional». No desea conservar la relación con sus padres, no desea seguir viviendo en casa porque eso le proporcione seguridad. Simplemente quiere tener un techo sobre la cabeza y electricidad para su ordenador. Y, si soy sincera del todo, no estoy segura de qué es lo que hace falta para ayudarlo. Muchos ludópatas pierden años de su vida jugando, tal y como parece ser la firme determinación de Trygve. Su voluntad está tallada en piedra, y una parte de mí piensa que, mientras eso sea lo que él quiere, no se puede hacer nada al respecto.
Pero es viernes por la tarde. No es mi estilo comenzar una nueva discusión ficticia en la que Trygve diga lo que debe decir para honrar nuestro acuerdo.
—De acuerdo —asiento—. ¿Qué crees que hace falta para que alcances el objetivo la próxima semana?
—Lo intentaré con más determinación —responde él encogido.
—Bien —zanjo—. Entonces lo intentamos. ¿Nos vemos el próximo viernes a la misma hora?
Antes de ir al gimnasio llamo a Sigurd, pero no coge el teléfono.
Voy sentada en el metro de camino a casa cuando suena mi móvil. El vagón avanza serpenteando desde Ullevål, cuesta arriba, con los ejes traqueteando. Fuera ya es de noche, y aquí dentro predomina una luz amarillenta. Hay algunas mujeres —y hombres— que regresan cansados del trabajo con portafolios y smartphones, algún que otro esquiador entusiasta que quiere exprimir lo que queda del invierno yendo hasta los bosques y, por lo demás, solo estoy yo, sudada hasta tal punto que el cristal de la ventanilla que hay a mi lado se empaña. Salvo por el traqueteo del vagón, el ambiente es taciturno y silencioso, hasta que el silencio se ve interrumpido por la molesta vibración del teléfono que llevo en el bolso y el nombre de Jan Erik ilumina la pantalla.
—¿Diga? —respondo como si no supiese quién llama.
—Sí, hola, Sara. Soy Jan Erik —dice él.
Su voz suena extraña, titubeante, con un cierto tono jocoso, serpenteante como el vagón en el que me hallo, y ahogo un suspiro. ¿Ya están borrachos? ¿Se están comportando de un modo aún más pueril que de costumbre? ¿En serio les ha dado por gastar bromitas por teléfono?
—¿Sí? —interpelo cortante, como si dijera: «Vamos, ¡ve al grano!».
—Sí, únicamente nos preguntábamos, Thomas y yo, si habías tenido noticias de Sigurd.
—¿A qué te refieres? —pregunto.
Fuera, la cuesta es cada vez más empinada, nos estamos acercando a Berg, solo quedan dos paradas. Las casas son como maquetas de casas, terrones negros con cuadraditos iluminados. No parecen reales, no puedo creer que viva gente en ellas.
—No, solo… solo queríamos saber…
Carraspea, y pienso que se está comportando de un modo muy extraño, incluso tratándose de él.
—¿Qué queréis saber, Jan Erik?
—Pues… cuándo llegará.
—¿Cuándo llegará?
Percibo los latidos de mi corazón en la sien. Primero Trygve, luego la clase de spinning, ahora Jan Erik. Lo único que deseo es una ducha, una copa de vino blanco y mi ensalada de pollo.
—Sí, quiero decir…, dijo que llegaría sobre las cinco y ya son más de las siete, y solo es que, en fin, no conseguimos contactar con él… Así que…, je, je, no sabíamos…, y pensamos que a lo mejor tú sí. ¿Sabes algo? ¿Has hablado con él?
Oigo un murmullo de fondo: la voz de Thomas. Me incorporo en el asiento.
—Sí, supongo que todo va bien —prosigue Jan Erik, en un tono casi estridente, a mi parecer—. Solo queríamos saber.
Thomas es más sensato que Jan Erik; no sé si llega a caerme bien, pero lo prefiero antes que a él.
—Oye —digo casi en un susurro para que no me oiga el resto del vagón, aunque desde luego lo suficientemente alto como para que lo hagan de todas formas—. Sigurd me ha llamado sobre las nueve y media esta mañana diciendo que ya habíais llegado. No sé nada de él desde entonces.
Al otro lado de la línea se hace el más absoluto silencio. Luego vuelven a murmurar algo, no consigo entender lo que dicen, pero hablan entre sí; los oigo a los dos, casi entre susurros.
—¿Qué estáis diciendo? —pregunto, y ahora ya hablo lo bastante alto como para que los que están a mi alrededor se enteren—. No oigo lo que decís.
De nuevo, silencio y, a continuación, Thomas musita algo y Jan Erik dice:
—No acabo de entenderlo, Sara; Thomas y yo hemos llegado alrededor de la una… Sigurd dijo que vendría en su propio coche y que llegaría más tarde.
Noto una opresión en la cabeza; me sobreviene una jaqueca densa y abrasadora.
—Me ha llamado a las nueve y media o diez —insisto, cansada de ellos y del metro y de todo este día—. Ha dicho que habíais llegado, ha dicho…
Trato de hacer memoria: Jan Erik, la leña.
—Ha dicho que estabas liado con la leña.
Se hace un silencio absoluto. El vagón de metro recorre ahora un tramo recto y ni siquiera este hace ruido.
—Pero Thomas y yo hemos salido a las diez de Oslo —replica Jan Erik.
Siempre existen incoherencias en los relatos de las personas, pequeñas falsedades que no son mentiras en realidad, sino más bien atajos que hacen que una persona en diferentes momentos, o varias personas en el mismo momento, cuenten historias que no llegan a encajar del todo. Alguien que coge el autobús hasta un lugar al que es más fácil llegar en metro, por ejemplo. Estaba de vacaciones en Dinamarca, pero tuvo que explicarse en alemán en una farmacia. Si uno no se toma los detalles muy al pie de la letra, no pasa nada. Es posible que haya oído mal, tal vez no se trataba de la cafetería junto a aquella estación de metro, sino de una con un nombre parecido situada al lado de una parada de autobús. Tal vez no iban en barco a Dinamarca, sino que cogían el ferri a Kiel. En general, hay motivos fidedignos. Efectivamente, estuvimos en Dinamarca, pero fuimos de excursión a Alemania un día. Tan solo resultaba más sencillo no contar la historia completa.
Pero historias con diferencias fundamentales, descripciones de hechos que se excluyen unos a otros…, eso no ocurre a menudo. Ni siquiera en el mundo de la terapia es habitual: «Sí, mi madre afirma que estaba bebido, pero solo había tomado una cerveza o dos; únicamente estaba cansado. Balbuceaba, es cierto, pero no estaba borracho perdido». Uno estira la verdad. Adorna el relato. Tira de ella en varias direcciones. Sin embargo, uno no dice «A» cuando «B» es la verdad y cuando «B» descarta a «A». Uno no dice: «Estaba en el coche en el cruce de Sinsen» si, en realidad, estaba cruzando el patio de una cabaña en Norefjell con una pila de leña entre los brazos. Uno no dice: «Jan Erik está cruzando el patio» si en realidad está contemplando un patio vacío, desierto, y Jan Erik ni siquiera está en la misma provincia.
Esa clase de contradicciones no son plausibles, no son fruto de un malentendido o de una incoherencia. Solo existe una posibilidad entre dos: Jan Erik se hallaba en Norefjell poco después de las nueve y media y está mintiendo, o Jan Erik se encontraba en el coche saliendo de Oslo a las diez y es Sigurd quien ha mentido en su mensaje.
Sin embargo, no me encuentro con fuerzas para reflexionar sobre ello. No puedo hacer otra cosa más que pensar que Jan Erik me está tomando el pelo. Nunca he entendido su sentido del humor. En una ocasión se echó a reír hasta que le salió cerveza por la nariz porque había engañado a Sigurd para que le diese un mordisco a una guindilla diciéndole que era un pimiento dulce. Seguro que cuando cuelgue el teléfono se tirará al suelo de la cabaña retorciéndose de risa por haberme engañado. Sigurd saldrá del baño y lo mirará, sonreirá sin comprender nada y preguntará: «¿Qué es lo que te resulta tan divertido?».
—Estoy segura de que debe de haber una explicación lógica —digo—. Escucha, estoy en el metro, volviendo a casa del gimnasio. ¿No podemos… no podemos intentar llamarlo otra vez? ¿Los dos? ¿De acuerdo? Y hablamos luego más tarde, esta noche, cuando demos con él.
—Sí, de acuerdo —responde Jan Erik casi con entusiasmo—. Sí, quedamos en eso, sí… Je, je, seguro que se trata de un malentendido. En fin, solo queríamos que lo supieras.
—De acuerdo. Hablamos. Saludos.
Colgamos. Llamo a Sigurd y dejo que el teléfono suene hasta que salta el buzón de voz. El metro entra en la estación de Berg. Miro por la ventanilla, contemplo mi reflejo en el cristal, todavía con la cara enrojecida tras la clase de spinning, y pienso que, no obstante, resulta extraño.
Hasta que me encuentro en la ducha del viejo Torp, recibiendo el chorro de agua caliente que sale de la pared, no caigo en lo ilógico de la situación. No existe otra posibilidad más allá de que uno de los dos haya mentido, Jan Erik o Sigurd. Jan Erik tiene un sentido del humor muy retorcido, pero esto es demasiado incluso para él. Y Sigurd es un tipo decente, es mi marido. No miente.
Sin embargo, supongamos que Jan Erik dice la verdad. Pongamos por caso que Sigurd ha mentido, por alguna razón, sin duda, por una razón plausible; una sorpresa, por ejemplo, qué sé yo. Supongamos que es así. Pero entonces ¿por qué no ha ido a la cabaña?
No sentía miedo hasta ese momento. Comienza como algo gélido y duro en el estómago. «¿Dónde está Sigurd?». Trato de tranquilizarme: «No seas estúpida, Sara, seguro que existe una explicación para todo esto, habrá perdido el móvil, se habrá quedado sin batería; sin duda estará de camino ahora, seguro que ha llamado desde el teléfono de Jan Erik mientras estabas en la ducha…». Me ayuda, convierte mi miedo en algo menos incisivo, lo envuelve en lana y algodón y lo transforma en una inquietante bola de preocupación en su lugar. Me aclaro el champú del pelo y cierro el grifo. Salgo de la ducha, tiritando desnuda sobre el palé de madera mientras me seco deprisa con la toalla y descuelgo el albornoz de otro palé apoyado contra una de las paredes. Me envuelvo el cabello con la toalla, me pongo el albornoz, me froto los brazos con las manos para entrar en calor y salgo a toda prisa del cuarto de baño. Luego bajo la escalera y me dirijo a la cocina.
Pero no hay ninguna llamada perdida en el teléfono. Cuando toco la pantalla, esta se ilumina con una imagen: somos Sigurd, yo y Theo, el hijo mayor de mi hermana; tenemos gajos de naranja en la boca y sonreímos con una amplia mueca. Los ojos de Sigurd aparecen entornados por la risa, apenas se ven, son solo unos pliegues de piel con pequeñas perlas oscuras en el interior, y su sonrisa, con la cáscara de la naranja cubriéndole los dientes, es enorme.
El muro de contención que domina el miedo concentrado en mi estómago comienza a romperse.
Entro en el buzón de voz y reproduzco el mensaje de Sigurd.
—Hola, amor. Hemos llegado a la cabaña de Thomas. Aquí se está…, bueno, se está muy bien, yo… Solo es Jan Erik, está liado con unos trozos de leña, parece imbécil. Yo… tengo que dejarte. Solo quería decirte que hemos llegado y… sí, luego te llamo. Te quiero. Bueno, adiós.
Lo vuelvo a reproducir. La voz de Sigurd: «Hola, amor». La manera en que lo dice siempre. Nada extraño. No hay el más mínimo temblor en su voz, ningún carraspeo. Los crujidos cuando Jan Erik se le aproxima no suenan a nada en particular; el titubeo antes de colgar no parece fingido.
«Te quiero», tal y como lo dice siempre. «Adiós».
Lo reproduzco una tercera vez, ahora más concentrada. Por ejemplo: ¿está dentro o fuera? Estuvimos en esa cabaña de Norefjell hace algunos años, conozco su distribución. Antes me lo he imaginado a él en el vano de la puerta, y a Jan Erik cruzando el patio con una pila de leña en los brazos que se le estaba resbalando; eso habría hecho que Sigurd tuviera que colgar para ayudarlo a llevarla. Pero ¿ha sido así en realidad? ¿No puede ser que estuviesen dentro y que Jan Erik hiciera el tonto con unos trozos de leña junto a la chimenea, que los levantara hasta la altura de la cabeza y se los colocara a modo de orejas, por ejemplo, o que alzara un tronco para simular que perseguía a Sigurd por toda la estancia? ¿Que Sigurd tuviera que colgar para echar a correr?
«Parece imbécil»… ¿Es porque estaba a punto de caerse o porque estaba haciendo el tonto? Pero, por otro lado, ¿es propio de Sigurd usar ese tipo de expresiones? Con un suspiro pienso que no; cuando lo conocí era impensable que dijese que alguien parecía imbécil. Es la influencia de sus amigos. Sobre todo, de Jan Erik. No es el Sigurd que conocí en Bergen hace cuatro años.
Al reproducir el mensaje por cuarta vez decido por fin que está fuera. Si estuviese en el interior de la cabaña, resonarían los ruidos de las bromas de Jan Erik, habría oído su voz. En el exterior, en cambio, el sonido tiene más recorrido. Otra posibilidad es que Jan Erik estuviera fuera y Sigurd lo estuviera viendo por la ventana.
Eso suponiendo que Jan Erik realmente estuviera allí… Estoy al borde de un ataque de ansiedad.
Vuelvo a llamar a Sigurd. Suena una y otra vez. «Hola, estás llamando a Sigurd Torp, ahora no puedo atenderte, pero deja un mensaje y te devolveré la llamada». Se oye un pitido.
—Hola, mi amor. Soy yo. ¿Puedes llamarme?
Vacilo, espero. ¿Por qué no cuelgo?
—Te quiero, ¿vale? Llámame. Adiós.
«Amor». Hemos hablado de ello. «Cielo» suena demasiado infantil. «Cariño» es demasiado serio, a menos que uno lo diga con ironía, y en tal caso sonaría extraño. «Bebé» suena demasiado infantil. «Tesoro» queda cursi. En cambio, «amor» resulta agradable pero no empalagoso. Proviene del verbo «amar» y, por tanto, es descriptivo. Justo lo que sentimos pero no somos capaces de expresar cuando hablamos por teléfono. Sigurd y yo no somos la clase de pareja que se dice «te amo» a diario. Lo dejamos para las grandes ocasiones, nos lo susurramos al oído con intensidad cuando lo percibimos tan verdadero que nos estalla en el pecho. «Amor» es una especie de código entre nosotros.
Llamo a Thomas. Coge el teléfono de inmediato.
—¿Sabéis algo de él? —pregunto.
Thomas carraspea y responde que no.
—Thomas, ¿de qué va todo esto? —añado—. ¿Me estáis vacilando o qué?
—No —asegura él rotundamente; cómo puedo pensar algo así, parece decir su respuesta—. No, jamás haríamos algo así.
—Yo solo…, es que no lo entiendo —contesto.
—Nosotros tampoco —dice Thomas—. No sabemos qué pensar. Cuando hemos llegado no había ninguna huella en la nieve fuera de la cabaña. No me parece posible que haya estado aquí…, quiero decir, ¿estás segura de que ha sido eso lo que ha dicho?
Ahora noto una sensación opresiva en el estómago. La voz de Thomas no es vacilante, como la de Jan Erik. Habla de un modo coherente. No están borrachos. Thomas no es mala persona, en realidad no lo es. Tiene un sentido del humor normal, se ríe con los Monty Python y con los monólogos en la televisión.
—Dejó un mensaje en mi buzón de voz —replico—. Lo he escuchado cuatro veces desde que hablé con vosotros la última vez. Sé lo que dice.
—De acuerdo —dice Thomas—. Entonces no sé qué decirte. Debía de estar bromeando. Quizá iba a… No, no lo sé. —Se interrumpe y respira hondo en el teléfono.
Jan Erik comenta algo tras él.
Por mi parte, contengo la respiración.
—Entonces ¿qué hacemos ahora? —pregunta Thomas.
Acordamos esperar un poco, porque ¿qué otra cosa podemos hacer? «Sigue con lo que tuvieras pensado hacer», me dice Thomas, así que preparo la ensalada de pollo. Abro la botella de vino blanco. Pienso: «Esto es ridículo — y también—: Es absurdo. Seguro que todo tiene una explicación y luego nos reiremos de esto; Sigurd y yo nos reiremos de esto juntos». Me imagino cómo le voy a contar lo de este instante: «Y allí estaba yo, haciendo una ensalada de pollo sin saber qué pensar». «Ay, pobre, ¿y no se te pasó por la cabeza que tan solo me quedé dormido en la oficina?». «Pues no, no se me ocurrió, no entendía por qué no me llamabas, pero, claro, fue porque… porque… porque…». «Pero, amor, ¿pasaste miedo? Siento mucho que fuera así. Que no pudieses disfrutar de la cena y de la película». «No, no pasa nada. Mientras todo esté bien».
La bola de mi estómago va desgastando su envoltura. Me sirvo otra copa de vino. Así que Sigurd me ha mentido. De lo contrario, Jan Erik y Thomas estarían mintiendo ahora, pero no lo creo. ¿Por qué de pronto confío más en ellos que en mi marido?
Porque ellos están aquí ahora. Porque me hablan. Porque Sigurd no aparece para contar su versión de la historia. De eso se trata. «Sigurd, ¿por qué no lo haces? ¿Por qué no das la cara y me explicas qué significa el mensaje en el contestador?».
Vuelvo a llamarlo. Suena una y otra vez, esa agresiva señal, no hay respuesta, luego el breve chasquido cuando salta el buzón de voz. «Hola, estás llamando a Sigurd Torp».
La comida no me sabe a nada. He encontrado una película para chicas en Netflix, Sentido y sensibilidad, una adaptación cinematográfica de Jane Austen, mujeres con cofias y largos vestidos, caballeros con buenos modales que reprimen sus sentimientos. Una película que Sigurd no vería en la vida.
Así que me ha mentido. ¿Y…? En mi opinión, jamás me mentiría, pero qué sé yo. Si los hombres mienten, ¿no lo hacen sobre todo a sus esposas? ¿No existen mil razones para mentir a los más allegados?
Supongo que yo misma he mentido; miento a menudo, incluso a Sigurd. Sobre todo a Sigurd. Le digo que la consulta va bien, que es un poco difícil encontrar pacientes ahora en invierno, pero que la cosa mejorará. No le digo nada sobre la soledad que siento en el despacho encima del garaje, yo, que tanta ilusión tenía por dejar de trabajar con esos compañeros que se quejaban y se lamentaban tan a menudo, que siempre montaban líos y cotilleaban entre ellos. No le cuento que no estoy anunciando mis servicios, que no he pagado por publicidad en Google, a pesar de que un compañero de promoción que tiene una consulta privada afirma que es la manera de conseguir pacientes; no le digo que no he avisado a todos mis conocidos de que estoy trabajando por mi cuenta, no le comento que no he creado una página en Facebook, que no intento encontrar pacientes por todos los medios. Lo único que digo es que la cosa irá a mejor. Incluso miento sobre más cosas, si lo pienso: le digo que mi conocido también tiene dificultades ahora en invierno, aunque jamás me lo haya comentado; en realidad, lo único que me ha dicho es que todo iba un poco lento el primer mes, antes de que empezara a anunciarse. Retuerzo las palabras, añado, resto. Para que Sigurd no insista. Lo ha mencionado un par de veces: «Dijiste que ibas a ganar más, no quiero presionarte, pero necesitamos dinero para la reforma». En particular lo dice cuando le echo en cara que la reforma está parada. El viejo Torp impregna las paredes, debe de estar frotándose las manos. «Tengo tantas cosas que hacer…», dice Sigurd entonces, pero… ¿es verdad?
«Atkinson», dice él. Es un marinero mercante inglés que vive en un piso cerca de St. Hanshaugen para el que Sigurd ha trabajado diseñando una solución para la ampliación del sótano. La señora Atkinson, en particular, ha ocasionado problemas. Los ha dado desde el principio y el tema ha ido a peor a medida que avanzaba el proyecto. «No, así no era como tenía que quedar la escalera, no es lo que acordamos», insiste la señora Atkinson. En su cabeza iba a entrar mucha más luz tras la instalación de la ventana. Sigurd tiene que ser amable, entender que está decepcionada, explicarle, volver a la mesa de diseño. Además, le discute las facturas. «Esto no lo voy a pagar —afirma—, no es lo que acordamos».
«Atkinson —dice Sigurd cuando vuelve a casa tarde y se desploma delante del televisor—. Llevo todo el día al teléfono con ella, tuve que bajar a echar un vistazo a la puñetera escalera, la escalera que no daba amplitud a la estancia como ella se había imaginado». Y, con ello, se sobreentiende que esa noche no tiene energía para trabajar en el cuarto de baño ni en el dormitorio y menos aún en la escalera de este destartalado caserón. Quiere sentarse con los pies sobre la mesa, viendo en la tele cómo se las apañan solos unos americanos en un entorno natural salvaje durante treinta días mientras trastea en su portátil. ¿Acaso no se lo merece? ¿No lo merece después de llevar todo el día lidiando con la señora Atkinson?
¿O no es verdad que lo ha hecho? ¿Puede que en su caso sea como cuando yo digo que me resulta difícil conseguir pacientes?
Mientras los personajes de la película disimulan que se les está rompiendo el corazón mostrando una educada alegría, me viene a la mente: el portaplanos, el tubo gris de plástico que ya no está.
Tal vez tuviese intención de trabajar desde la cabaña. Quizá sea lógico que se llevase el portaplanos. Pero ¿ha llamado realmente desde la cabaña de Norefjell? Según Jan Erik y Thomas, no había huellas en la nieve delante de la puerta cuando ellos han llegado. Quizá sí que ha visto a Jan Erik con la leña. Pero ¿por qué iban a mentir sus dos amigos sobre el tema ahora?
Es él quien ha mentido. Tiene que ser así. Quizá todo el mundo mienta un poco. Sin embargo, Sigurd ha mentido sobre dónde se encontraba. Sobre con quién estaba. Vuelvo a escuchar el mensaje del buzón de voz, ya me lo sé de memoria. Pero hay algo más. ¿Qué es lo que oigo?
«Hola, amor. Hemos llegado a la cabaña de Thomas».
¿Puede ser que haya un mínimo atisbo de engaño en su voz?
«Aquí se está…, bueno, se está muy bien…».
¿Era necesario si todo era mentira? Incluso suelta un suspiro. «Bueno, se está muy bien». «¿Sabes qué, Sigurd?, aquí no se está nada bien, aquí, en Kongleveien, en esta vieja casa, donde vivió y murió tu abuelo, aquí, con el gancho vacío del que debería colgar el portaplanos, con tu voz al teléfono y tus amigos llamándome y diciendo cosas que no entiendo».
Aquellos crujidos.
«Solo es Jan Erik, está liado con unos trozos de leña».
Siento una quemazón en el estómago, ardiente y violenta, que hace que el temor se desvanezca, dejando paso a la ira. Entonces es Jan Erik, ¿no? ¡Mentira! «Hemos llegado», dices. ¡Mentira! ¿Dices que me quieres? ¡Y una mierda! Borro el mensaje furiosa, a tomar por saco, no lo quiero, no quiero saber nada de él, como si pudiese borrar su recuerdo de inmediato, como si todo el problema dejase de existir solo porque el mensaje ya no está.
Guardo la ensalada de pollo en la nevera. Paro la película, apago la tele. Me acerco la botella a la boca y me acabo el resto del vino de un trago.
Antes de quedarme dormida, envuelta en el edredón de Sigurd e intentando que la habitación deje de dar vueltas, pienso que quizá no haya sido buena idea borrar el mensaje. Tal vez habría sido mejor poder volver a escucharlo. «Respira, respira». Doy vueltas, me despierto con la cabeza bajo la almohada de Sigurd. ¿Qué ha sido eso? ¿He oído un ruido? Presto atención, hay un silencio absoluto.
¿Habrá llamado? La pantalla se ilumina, no hay ningún aviso. Son las 3.46. El lugar que suele ocupar está vacío; su lado de la cama, frío.
—¿Sigurd?
Lo digo en un tono medido, lo repito. Me levanto, abro la puerta, lo llamo en voz alta, en dirección a la escalera, hacia abajo, hacia el salón y la cocina.
—¿Sigurd?
Antes me ha parecido oír algo. Me he despertado de repente. Pero ahora no oigo nada. Vuelvo a acostarme.