La red de Caronte (Version Extendid

Gemma Herrero Virto · Capítulo 14 de 46

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La red de Caronte (Version Extendid

II. La búqueda

II. LA BÚSQUEDA

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CAPÍTULO PRIMERO

Una vez consiguieron salir de Bilbao, el coche avanzó a más velocidad. La lluvia caía ahora lenta, débil, impidiéndole desprenderse del todo de la sensación de melancolía que le había invadido durante la mañana. La voz de Gus desde el asiento contiguo no favorecía su humor, aunque al menos tenía que agradecerle que le evitase concentrarse en pensamientos más sombríos.

—… y por eso creo que deberías ir informándome de los detalles técnicos del caso porque esto de la informática no es como en las pelis,

¿sabes? En la realidad es más complicado. La gente conoce un montón de maneras de defenderse de un hacker, así que no va a pasar eso de que yo me siento dos minutos enfrente del ordenador y os digo quién es el chico malo.

Esto puede tardar bastante tiempo, depende de lo listo que sea el tío. Te digo esto porque no quiero que, si empiezo a tardar, os creáis que lo estoy haciendo adrede para sacaros las pelas. Yo soy un tío legal y quiero que quede muy claro que, aunque esté fichado, tenéis que confiar en mí para que esto funcione porque si no es así, me bajo del coche ahora mismo y todos tan contentos y podéis estar tranquilos porque no volverías a saber nada de mí…

—No caerá esa breva —murmuró Carlos.

—¿Qué? Perdona, no te he escuchado.

—No me extraña. —Carlos separó un momento los ojos de la carretera para lanzarle una mirada amenazadora—. Es imposible que oigas algo aparte del sonido de tu propia voz.

—Oye, ¿te pasa algo conmigo? Porque yo solo intentaba que nos llevásemos bien, pero, si te molesta que hable, solo tienes que decirlo y yo me callo y no te vuelvo a molestar. Por eso no tienes que preocuparte que sé captar las indirectas…

—Pues sí, me molesta, así que haz el favor de estar calladito un momento que quiero escuchar la música.

—Vale, vale… Ya me callo, pero deberías saber que así no vamos a formar un buen equipo porque las relaciones personales dentro de un grupo de trabajo influyen directamente en la productividad.

Carlos resopló con fuerza y subió el volumen. La guitarra de Eric Clapton llenó todo el coche con el sonido lento y triste de «Old love». Gus se recostó en el asiento con cara de enfado y se puso a mirar la lluvia por la ventanilla. Carlos suspiró con alivio y volvió a concentrarse en la carretera y en el sonido de la música.

—Oye, ¿cómo se titula este disco que has puesto? ¿Música para suicidarse?

—Es el unplugged de Eric Clapton. ¿Es que también sobre la música que me gusta vas a tener que opinar? ¿Es que tienes que opinar sobre absolutamente todo lo que pasa en el universo? —Carlos notó que sus nervios estaban al límite.

—No, no… Tranquilo…, si me gusta. Solo quería sugerirte que podíamos poner algo un poquitito más animado.

—Pues hazme un favor y no sugieras nada.

—Oye, tú no tienes muchos amigos, ¿verdad? —Carlos le miró de nuevo con cara de ir a asesinarlo—. Perdona, perdona… Solo bromeaba.

Tranquilo que ya me callo.

Esta vez pareció que lo había dicho en serio. Gus volvió a recostarse y encendió un cigarrillo. Carlos no pudo evitar sonreír cuando, al comenzar la siguiente canción, Gus se puso a seguir el ritmo con el pie sin darse cuenta.

Quizá se había pasado con el pobre chaval.

—Bueno, ¿te ha quedado claro lo que vamos a hacer ahora? —le preguntó para congraciarse con él.

—Clarísimo. Vamos a robar ordenadores. Entramos en la casa de las chavalas, les decimos a los padres que los necesitamos para la investigación

oficial y nos los llevamos a casa de Natalia en vez de a comisaría. Oye,

¿qué pasa si nos pillan?

—De todo… Desde luego Natalia y yo perderíamos nuestro puesto: ocultación y manipulación indebida de pruebas. Pero bueno, tú podrías decir que pensabas que estabas colaborando en una investigación oficial, así que no tienes de que preocuparte. Y además, no nos van a pillar. Siempre que no abras demasiado la boca, claro.

—Tú tranquilo, si yo soy una tumba.

Carlos tuvo que reprimir una carcajada.

—¿Una tumba? Sí, claro, eso es precisamente lo que me viene a la mente cada vez que te veo: «Que chico tan callado. Debe ser tímido».

—Joder, ¿tienes que ser siempre tan sarcástico? —Gus parecía realmente enfadado—. Espero que no te ofendas, pero Natalia es muchísimo más simpática que tú, aparte de que es mucho más agradable para la vista. ¿Por qué no ha venido ella?

—Porque, tal y como están las cosas por comisaría, lo mejor es que Natalia se quede dentro las ocho horas que tiene que cumplir y se una a nosotros luego. Su trabajo es hacer autopsias y los muertos no suelen estar paseando por la calle, así que es mucho más difícil para ella poner la excusa de que tenía que hacer trabajo fuera.

—¿Así que vamos a por los ordenadores y luego a buscarla?

—Cuánto interés en volver a verla, ¿no? —Gus se ruborizó hasta las orejas—. ¿No crees que es un poco mayorcita para ti?

—Bah, no te creas… Igual de mayorcito eres tú para ella —repuso Gus, hiriente.

—No sé qué quieres sugerir con eso, pero tengo que advertirte que estás muy equivocado. Mi relación con Natalia es puramente profesional.

—Sí, claro… Como que no te he visto como le miras las piernas.

Carlos paró el coche y volvió a dirigirle a Gus una mirada envenenada.

—Eh tío, tranquilo… Que solo estaba bromeando. No voy a intentar entrarle a Natalia ni nada por el estilo. —Gus se echó hacia atrás en el asiento, intentando alejarse lo más posible de Carlos.

—No tienes que tranquilizarme sobre Natalia. Yo no soy su padre y además sabe encargarse ella solita de mandarte a la mierda. Y te vuelvo a

repetir que no tengo nada con ella, así que puedes estar tranquilo que no te voy a pegar.

—Entonces, ¿para qué has parado el coche? —preguntó Gus, aún asustado.

—Hemos llegado. Esta es la casa de Bianca, la primera de las víctimas.

Y ahora ya sabes lo que tienes que hacer: yo me entiendo con las personas y tú con los cables.

Los dos bajaron del coche y caminaron hacia la entrada de la casa. Gus iba un paso por detrás mirando el suelo para evitar meterse en los charcos, sonriendo ante la ironía de haber pensado que Carlos era un tipo muy majo cuando le había conocido.

Natalia se dirigió a la máquina de bebidas del final del pasillo. Mientras salía el café solo que había pedido, encendió un cigarrillo y le pego tres rápidas caladas. Se apoyó en la pared y cerró los ojos, intentando calmarse con respiraciones lentas y profundas. No podía concentrarse en su trabajo, era incapaz de separar su atención del plan de Carlos durante más de quince segundos seguidos. Si seguía así, todo el mundo en el edificio iba a saberlo.

Estaba segura de que su nerviosismo no sería más evidente si llevase un cartel luminoso que dijese «Natalia está incumpliendo ordenes».

Cogió el café de la máquina y se sentó en uno de los bancos del pasillo.

Tenía que liberarse de esa horrible sensación, de esa voz en su cabeza que le decía una y otra vez que no estaba haciendo lo correcto. Si no conseguía controlarse, lo estropearía todo. No podría cumplir en su trabajo y la gente sospecharía que algo grave tenía que estar sucediendo para que Natalia Egaña, la perfecta, la número uno, estuviese fallando. Al menos era nueva en este trabajo y la gente no la conocía lo suficiente como para darse cuenta de que algo le estaba pasando, de que no era ella. Además tenía que tener cuidado con el sargento Aguirre. Seguro que el incidente de esa mañana ya la había colocado en los primeros puestos de su lista negra: «la novatilla con delirios de grandeza».

Y ahí estaba lo peor de todo. Si la echaban no podría ayudar a Carlos. Él confiaba en que ella pudiese proporcionarle datos e hipótesis que acabarían

situándoles en el camino correcto para atrapar al asesino. Y ella creía que funcionaría… Entonces, si estaba tan segura de que el plan era bueno, ¿por qué no podía dejar de pensar que lo mejor sería decirle a Carlos que lo sentía pero que lo dejaba? Tendría que haberle dicho que no desde el principio, tendría que haber podido explicarle que ella no estaba hecha para desafiar órdenes, que su carrera era lo más importante en su vida. Entonces

¿qué era lo que la había detenido?

Al principio se había metido en todo aquello buscando gloria, reconocimiento… Pero no podía seguir engañándose, ya no seguía por esos motivos. Tal y como estaba la situación lo más probable era que se encontrara cualquier día con una carta de despido y una mancha del tamaño de Asia en su expediente. Entonces, ¿qué era lo que la retenía dentro de esa locura?

La respuesta se abrió paso en su cabeza: Carlos. Mientras le explicaba el plan esa mañana, ella había visto en sus ojos una fuerza y una ilusión que no había percibido nunca antes en alguien. Él confiaba en aquel plan y, lo más importante, la necesitaba. No por sus logros académicos, ni por su brillante expediente. La necesitaba como persona. Había visto en sus ojos una esperanza, una necesidad que rayaba en la desesperación y, tanto en aquel momento como ahora, Natalia no se veía capaz de fallarle. Entonces estaba decidido. Si iba a jugársela, al menos habría que hacerlo bien.

Miró su reloj. Solo quedaban tres cuartos de hora antes de salir e ir a su casa, donde había quedado con Carlos y Gus. Dio una última calada a su cigarrillo, respiró hondo para tranquilizarse y volvió a entrar al laboratorio dispuesta a vaciar su mente de preocupaciones externas hasta la hora de salir. No le resultó tan difícil volver a colocarse la máscara de profesionalidad. Después de todo llevaba veintiocho años llevándola.

La densidad del tráfico había descendido, lo que permitía que estuviesen atravesando el puente de Deusto a la nada despreciable velocidad de ciento veinte kilómetros por hora.

—Joder… ¿Cuántas veces tengo que decirte que tengas cuidado con los baches? —volvió a quejarse Gus.

—Hijo, que sensible… Si no nos va a pasar nada. ¿Te da miedo? —

preguntó Carlos con una sonrisa.

—Que me va a dar miedo… —La voz de Gus intentaba aparentar que estaba tranquilo, aunque su rígida postura contra el asiento lo desmentía—.

Es que los ordenadores son unos aparatos muy sensibles y si uno de los discos duros se lleva un golpe, nos quedamos sin la mitad de las pistas. Y

además a esta velocidad nos pueden detener…

—¿A mí? Gus, por Dios, que soy poli.

—Por eso mismo, vaya ejemplo que le das a la sociedad. Además, ¿a qué viene tanta prisa?

—Habíamos quedado con Natalia en su casa hace veinte minutos, y no sabes la mala leche que le canta a la niña.

—Bueno, si no te hubieras parado en ese bar más de media hora para meterle fichas a la camarera, habríamos acabado mucho antes. —Gus le lanzó una sonrisa cómplice.

—¿Qué es metiendo fichas?

—Joder, perdona… Olvidaba que estaba hablando con alguien del Paleolítico. Intimando, ligando… Flirteando creo que se decía en la época de los guateques.

—Ya te he entendido, tú sigue jugando y acabas en la ría. No estaba ligando. Ese bar estaba en la zona por la que Vanessa tuvo que pasar la noche que la asesinaron. Siempre viene bien tener buenos contactos por si algún cliente le comenta algo o por si necesitamos algo más de ella.

—Sí, claro… Algo como una cita para el sábado por la noche.

—Pues creo que no soy yo precisamente el que tiene que pasarse horas haciendo trabajos de clase para que una tía le mire a la cara, ¿no? —Carlos le lanzó su sonrisa más encantadora mientras aparcaba el coche.

—Eso ha sido un golpe de lo más bajo. Y además yo te conté eso como poli… ¿No deberías guardarme el secreto de confesión?

—¿Me ves pinta de cura o algo así? Mira, hacemos un trato: tú no le dices a Natalia una palabra sobre la chica del bar y yo no haré que publiquen tu desesperación por tu amiguita de clase en el próximo boletín universitario.

Gus suspiró resignado:

—No es que me den miedo tus amenazas, pero no voy a decir nada porque ya te he dicho antes que no quiero nada con Natalia, así que tranquilo que es toda para ti. —Gus se bajó del coche y empezó a andar hacia el portal—. ¿Es aquí?

—Sí, sí es… Y ya te he dicho que no estoy interesado en Natalia… Es que es muy susceptible y se enfada mucho si la gente no es puntual, nada más.

—Que sí, Carlos… Tú tranquilo que no se te nota nada. Oye, vaya edificio, ¿no?

Carlos echó un vistazo mientras abría el maletero para sacar los ordenadores. Se encontraban en una moderna zona residencial rodeada de amplios jardines. El lugar parecía muy cuidado, agradable, tranquilo y sobre todo caro. Carlos intentó imaginarse como podría pagar un piso así con su sueldo. Bueno, podría hacerlo siempre que quitase ciertos vicios como el vodka, los cigarrillos, la gasolina del coche y la comida. No se explicaba como Natalia podía permitirse aquello si había estado estudiando hasta hacia poquísimo tiempo y aquel era su primer trabajo. Carlos se encogió de hombros. Quizá los forenses cobraban muchísimo más de lo que él pensaba.

Sacó del bolsillo trasero de los vaqueros la tarjeta de visita que ella le había dado para consultar la dirección. Sí, era ahí, no se había equivocado.

Pulsó el botón del segundo izquierda. La voz de Natalia le llegó a través del vídeo portero:

—¿Quién?

—Somos nosotros.

—Ya era hora, pasad.

Entraron en el portal. El portero se acercó a ellos y, después de que se identificaran, les ayudó a llevar los ordenadores hasta el ascensor. Carlos seguía mirando sorprendido a su alrededor. Solo el ascensor ya era más grande que su sala de estar. Tenía que preguntarle a Natalia como conseguía administrarse. Aunque quizá la respuesta era que traficaba con drogas metidas en las muestras conservadas en formol que los forenses se mandaban unos a otros. Llegaron al segundo piso y llamaron a la puerta. Al cabo de unos segundos oyeron pasos, pero la puerta que se abrió fue la que

estaba situada a la izquierda de aquella a la que habían llamado. Natalia apareció en el umbral, sonriéndoles.

—Es por aquí. Esa es la puerta de servicio, pero nunca la uso.

—Entonces yo tengo que entrar por esa, ¿no? —preguntó Gus señalando con la cabeza la puerta cerrada—. Como solo soy un pobre proletario explotado…

—Por favor, dejémonos de payasadas que esto pesa. —Carlos entró en la casa con el otro monitor y a punto estuvo de atropellar a Natalia que seguía plantada en el umbral—. ¿Dónde puedo dejar esto?

Sin esperar a la respuesta lo dejó en el suelo y volvió a salir a por las demás piezas. Una vez que acabaron de meterlo todo, se dedico a echar un vistazo alrededor mientras Gus instalaba los ordenadores. El salón estaba dominado por un enorme ventanal que iba de una pared a otra y a través del cual podía verse la ciudad y la ría. Hacia una hora que había dejado de llover y ahora estaba bastante despejado. Mientras oscurecía, el cielo de la ciudad iba cobrando un color azul muy oscuro, profundo, intenso… Las primeras farolas se habían encendido y se reflejaban en la ría que cruzaba Bilbao como una cinta de plata. El tráfico casi había desaparecido, los ruidos habían cesado y la ciudad parecía dormida. Carlos no pudo dejar de plantearse, casi con extrañeza, lo realmente hermosa que era. Gus le sacó de su ensimismamiento al preguntarle a Natalia dónde estaban las tomas de corriente, con lo cual terminó el hechizo que el ventanal había ejercido sobre él y volvió a concentrarse en la habitación.

Carlos pensaba que la casa de una persona dejaba traslucir muchos datos: sus gustos, sus aficiones, sus secretos… Era en casa cuando una persona dejaba de usar las máscaras que se ponía ante los demás, cuando podía comportarse como realmente era y, por ello, podías deducir sus pequeñas manías, sus secretos, su verdadera personalidad… Por eso el salón de Natalia le dejó perplejo: no le decía nada. El salón era muy amplio, con grandes espacios. Todos los muebles estaban realizados en acero y cristal. Todo estaba limpio, ordenado, aséptico… Si, esa era la impresión: resultaba tan impersonal como un quirófano. Era tan moderno, tan profesional, tan «de diseño» que no podía imaginarse a nadie viviendo allí.

¿Es qué realmente Natalia en su interior era tan fría y perfecta como aparentaba?

El timbre de la puerta sonó y Natalia pasó a su lado:

—¡Qué interesado! ¿Te gusta mi casa?

—Parece sacada de una revista de decoración.

Natalia lo tomó como un cumplido y le sonrió mientras abría la puerta.

En el umbral un joven oriental con varias bolsas la saludó. Natalia pagó, cerró y le mostró las bolsas a Carlos.

—Bueno, la cena está lista. ¿Me ayudas a poner la mesa?

—¿No se suponía que ibas a encargarte tú de la cena?

—Claro, y lo he hecho. ¿O no he sido yo quien ha llamado por teléfono? —Natalia dejó las bolsas encima de una mesa y empezó a abrirlas ayudada por Carlos. Se acercó a su oído y le susurró—. Soy una pésima cocinera.

A Carlos le tranquilizó aquella confesión. Al menos era humana.

—Pues el próximo día me dejas cocinar a mí, os vais a chupar los dedos. Hago una tortilla de patata increíble.

—No puedo creérmelo. ¿El poli duro sabe cocinar?

—No te queda más remedio si vives solo.

—Vaya, vaya… Si al final vas a ser una joya. Esto se lo tengo que decir a todas las solteronas de comisaría.

—Si se te ocurre decir una palabra, colaborarás en mi próximo caso de asesinato, pero como víctima —amenazó Carlos.

Natalia se rio y se marchó a la cocina a por unos vasos. Cuando tuvieron todo colocado, arrancaron a Gus del ordenador último modelo que había pertenecido a Vanessa y se pusieron a cenar. Durante los diez primeros minutos de cena, Carlos fingió estar interesadísimo en el arroz frito. No podía dejar de plantearse si había visto un brillo de interés de los ojos de Natalia cuando le había dicho que vivía solo o si lo había imaginado.

Cuando terminaron de cenar, volvió a sentarse a la mesa en la que había instalado los ordenadores. Carlos y Natalia fueron a la cocina a preparar café. Gus podía oír sus risas desde el salón. ¿Cómo podían tener la cara de negar que estaban enrollados? Gus no pudo evitar sonreír. Desde luego lo disimulaban muy bien. El truquito de Carlos de sacar la tarjeta de visita de

ella como si nunca hubiese estado en esa casa había quedado de Oscar. Se encogió de hombros. A él le daba lo mismo, le habían contratado para trabajar y pagaban bien. Encendió el ordenador de Bianca para ver los programas que tenía instalados. Carlos llegó de la cocina con un café para cada uno y se sentó a su lado.

—¿Qué tal va?

—Bueno, acabo de empezar. Estoy buscando con qué programa pudo haberla contactado el asesino. Hay infinidad de programas de chat.

Dependiendo del programa que usasen para hablar, tendré que hacer unas cosas u otras para pillarle. ¿Puedes ir haciendo lo mismo en el ordenador de Vanessa?

—¿Yo? Pero si no sé ni encenderlo… —contestó Carlos, asustado—.

Además no me gustaría cargármelo todo…

—Ese es el problema de la gente, que se piensa que si lo toca lo jode y le tiene tanto miedo a los ordenadores que no aprende nunca. Para fastidiar un ordenador de verdad hay que saber hacerlo. Anda, quita que ya lo hago yo.

Gus colocó los monitores de manera que pudiese ver los dos a la vez.

Aquello resultaba muy divertido, era casi como estar metido dentro de una película de detectives. Ya había estado hackeando otros ordenadores.

Algunas veces lo había hecho por diversión para asustar a un colega, otras como reto con gente que había conocido por Internet y otras para fastidiar a alguien que se había metido con él. Pero esta vez era mucho más emocionante. Joder, si lo pensaba le entraban sudores. No estaban hablando de hackear a un criajillo que te había dicho cuatro payasadas sin saber con quién se estaba metiendo. Iban a cazar a un asesino.

Por un momento no pudo evitar sonreír al pensar en lo que iban a decir sus amigos cuando pudiese contárselo. Iba a ser el héroe de la puta uni. A lo mejor Lorena empezaba a mirarle de otra manera.

Los dos ordenadores estaban encendidos. Empezó a buscar el programa que usaban para chatear en Internet. ICQ estaba en los dos ordenadores.

Tenía que haberlo imaginado, era uno de los más utilizados. Abrió el programa y, mientras se cargaba, encendió un cigarrillo.

—¿Qué tal va eso? —Natalia había cogido una silla y se había sentado al otro lado de Gus, mirando interesadísima la pantalla.

—Por ahora no ha pasado nada. Ya os he dicho que esto llevará tiempo y que seguramente será aburrido.

—¿Estás intentando que nos vayamos? —se interesó Natalia.

—No, pero es que miráis el ordenador como si la cara del asesino fuese a aparecer en cualquier momento y esto puede llevar días.

—¿Qué estás haciendo ahora? —preguntó Carlos.

Por su expresión Gus comprendió que no le había hecho el menor caso.

Estaba en tensión, como si esperase que Gus le dijese «estoy abriendo un programa que nos dirá dónde vive el asesino en unos quince segundos, así que vete sacando la pistola». Gus suspiró. Bien, ya se aburrirían ellos solos, él ya les había avisado.

—Creo que este es el programa de chat que el asesino utiliza para buscar a las chicas. Por desgracia, eso no nos ayuda mucho porque lo usan unos cien millones de personas en el mundo, así que no podremos detenerlos a todos ni avisarles de que tengan cuidado porque hay un asesino muy malo suelto —la cara de Gus se iluminó con una enorme sonrisa—.

Perfecto, ninguna de las dos lo tiene protegido con contraseña. Me encantan los usuarios confiados.

—¿Y si lo hubiesen tenido protegido? —preguntó Natalia.

—Nada, lo habría podido abrir igual, pero me habría llevado un rato.

Bien, veamos con quienes hablaban estas chicas.

Gus abrió la lista de contactos de Bianca. Una larga serie de nombres apareció en la pantalla:

Andromeda

Angelmist

Aroha

Becky

Caronte

Chuck

Frodo

Galadhran

Ghost

Jeroen

Mary&Dick

Moonchild

Noone

Pepe Toño

Phoenix

Ramón

Ray

Target

The crow

Vance.

—Bien, señores. Uno de esos nombres corresponde al de nuestro asesino. Ahora solo hay que saber cuál es —comentó Gus.

—¿Eso son nombres? —Carlos miraba la pantalla con tal aire de extrañeza que Gus no pudo evitar reír.

—Bueno, son nicks… Motes por los que se te conoce en Internet. La gente es bastante original.

—¿Y cuál es el tuyo? —preguntó Natalia.

—Bueno, esto… Gus… —respondió él, sonrojándose.

—Tenías razón, qué original. —Carlos volvió a lanzarle una de esas sarcásticas sonrisas suyas.

—Bueno, es que pasaba de llamarme algo ridículo como Sex Machine o alguna estupidez por el estilo. Y además a mí me gusta —bebió otro trago de su café mientras Carlos y Natalia terminaban de reírse—. Veamos la lista de Vanessa.

La lista que apareció esta vez ante sus ojos era aun más larga: Aina

Albert

Bluesman

Bristol

Bronyraur

CallistaZM

Caronte

Cft

Crystal

Darunee

Djm

Fade In

Frothug

Germangod

Jurgen

Lestat

Linamaria

Lucifer

Matrix

Mic

Mr. Brown

Neo

Pascal

Radek

Salvatore

Shital25M

Sileef

Tolly

Virgi

—Bien, ahora solo hay que esperar que nuestro asesino sea tan tonto como para no usar un nick para cada víctima o nos va a tocar leer todos y cada uno de los mensajitos —siguió explicando Gus.

Durante un par de minutos los tres observaron las pantallas sin pronunciar una sola palabra, casi conteniendo la respiración.

—¡Caronte! Ese nombre se repite en las dos listas. —Natalia saltaba en la silla mientras señalaba como loca a la pantalla.

—Bueno, creo que hemos tenido suerte. Ahí le tenéis. —Gus sonrió a Carlos mientras le estrechaba la mano.

Carlos levantó su taza de café brindando por aquella pequeña victoria.

Por primera vez en muchos días sintió que su ansiedad bajaba un poco, sintió la paz que producía saber que estaba en el camino correcto.

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