La red de Caronte (Version Extendid

Gemma Herrero Virto · Capítulo 43 de 46

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La red de Caronte (Version Extendid

Capítulo XIV

Carlos levantó la vista del periódico que había estado ojeando y les observó.

Natalia jugueteaba con las pulseras de su muñeca derecha mientras miraba al techo, distraída. Gus simulaba estar ocupadísimo con el ordenador, pero ya era la tercera vez que le pillaba jugando al solitario. Incluso el perro se había quedado dormido.

—No aguanto más —dijo Carlos, levantándose—. Todavía queda más de hora y media para que se conecte. No sé qué hacemos aquí sentados.

—Hombre, siempre existe la posibilidad de que aparezca antes —

contestó Gus—. A veces lo hace.

—Pues tampoco creo que se vaya a morir si aparece y tú no estás hasta la hora que habíais acordado. Me estoy muriendo de aburrimiento.

—Yo también me aburro —dijo Natalia—. Pero se supone que Silvia está muy enamorada y que, por lo tanto, está impaciente por hablar con él.

Por eso quedará más convincente si ya le está esperando.

—Parece mentira que eso lo diga una mujer —repuso Carlos—. ¿No se supone que hay que ponérselo un poco difícil a los hombres? Deberíamos irnos un rato a tomar algo. No te ofendas, Natalia, pero tu casa empieza a producirme claustrofobia.

—A mí más. Vosotros os marcháis luego, pero yo vivo aquí. Y aún así, no me quejo tanto —contestó Natalia.

—Bueno, no os peleéis —intervino Gus, conciliador—. Creo que Carlos tiene razón y que tampoco iba a pasar nada malo porque nos distrajésemos

un rato. Vamos a pasear para que me de el aire. Llevo tanto tiempo sin ver la luz del sol que me estoy poniendo amarillo.

Gus se desconectó de Internet y apagó el ordenador, dando por finalizada la discusión. Los tres recogieron sus abrigos y se dirigieron hacia la puerta. En ese momento, el teléfono móvil de Carlos volvió a sonar.

—Mierda, otra vez Aguirre —protestó Carlos, mientras lo sacaba del bolsillo.

—Vaya, se acabó el paseo —dijo Gus resignado, volviendo a quitarse la chaqueta.

—Esperad un segundo a ver si puedo librarme.

Carlos se alejó de ellos para hablar más tranquilo. Al mirar la pantalla del móvil vio que el número no correspondía a la central. Descolgó, mientras se preguntaba quién podría ser:

—¿Diga?

—¿Es el inspector Carlos Vega?

—Sí, ¿quién es?

—Soy el doctor Martínez, no sé si me recuerda. Estuvimos hablando hace unas semanas con relación a unos expedientes que me pidió.

—Sí, me acuerdo. ¿Qué desea?

—He estado pensando mucho en los datos que me dio sobre el caso que estaba usted investigando y creo que tengo una información que le puede interesar.

—¿De qué se trata? —preguntó Carlos, ansioso.

—Preferiría hablar con usted en persona, si no le importa pasarse por aquí. Se trata de un expediente que podría coincidir con la persona que está usted buscando y, como sin duda sabe, son confidenciales. La verdad es que no debería decirle nada de esto sin una orden judicial, pero tratándose de algo tan importante… Bueno, creo que puedo confiar en usted.

—No se preocupe por eso. En caso de que la información resulte relevante para el caso, no la utilizaré hasta haber conseguido la orden correspondiente. ¿Cuándo podría ir a verle?

—Yo voy a estar aquí toda la tarde. Puede pasarse cuando quiera.

—Bien, estaré ahí en media hora.

—Le estaré esperando. Adiós.

Carlos colgó el móvil y se acercó a Gus y Natalia, que le miraban intrigados. Agarró a Natalia del brazo y la empujó hacia la puerta.

—Lo siento, Gus. Tendremos que dejar el paseo para otra ocasión.

—¿Pero qué es lo que pasa? —preguntó Natalia, parándose en medio del pasillo—. ¿Quién era?

—Un psiquiatra al que consulté sobre los expedientes que pediste —

contestó Carlos, nervioso—. Dice que tiene información importante sobre Caronte y quiere que vaya a hablar con él lo antes posible.

—¿Y para qué tengo que ir yo? —dijo Natalia.

—Me va a explicar algo sobre el caso de un paciente suyo que podría ser Caronte. Y yo no entiendo de psicología, ese es tu campo. Necesito alguien que me traduzca lo que me vaya diciendo.

—Bien, vamos entonces —la emoción de Carlos parecía habérsele contagiado, así que se dirigió con rapidez hacia la puerta.

—Bueno, Gus, tú te quedas aquí. Volveremos lo antes posible —se despidió Carlos.

—Estarás bien, ¿verdad? —dijo Natalia, volviendo a la sala y mirando a Gus preocupada.

—Claro que estaré bien. Ya he hablado a solas con Caronte muchas veces —contestó Gus, guiñándole un ojo—. Puedes irte tranquila, sabré controlar la situación.

Carlos sintió ganas de preguntar a qué venía esa repentina preocupación de Natalia por que Gus se quedase solo, pero esta ya había salido de la casa.

La siguió y, después de usar el ascensor durante lo que pareció una eternidad, se dirigieron al coche.

—¿Tú crees que lo que nos diga puede ser importante? —le preguntó Natalia mientras se sentaba a su lado—. Después de todo, Gus cree que estamos a punto de pillarle… Ya nos podía haber dado la información hace unas semanas, antes de que estuviésemos tan cerca.

—Estaba pensando lo mismo, pero la verdad es que, si el doctor nos diese la identidad del asesino, me ahorraría muchos problemas —contestó Carlos, mientras arrancaba el coche.

—¿Por qué dices eso?

—Porque Aguirre se tomaría mucho mejor que yo resolviese esto porque he recibido una información que pedí cuando aun llevaba el caso.

No creo que le hiciera mucha gracia saber que hemos seguido con ello aunque él nos lo prohibiera —dijo Carlos, mientras se llevaba la mano al bolsillo—. Y hablando de Aguirre, voy a desconectar el móvil por si se le ocurre hacerme otra llamadita.

—Pero se supone que debes estar localizable —objetó Natalia.

—Ya, pero puedo decirle que me quedé sin batería. Se lo creerá, puedes estar tranquila. —Carlos le sonrió—. Ventajas de ser un desastre. Y apaga también el tuyo. Podría imaginarse que estamos juntos y llamarte a ti.

Natalia sacó su móvil del bolso y obedeció. Carlos se metió entre el trafico de Bilbao, ansioso por llegar a la autopista y poder acelerar. Intentó no ilusionarse demasiado. Ya habían sido demasiadas las veces que les había parecido que la solución estaba cerca para encontrarse después en el mismo punto. Sin embargo, esta vez parecía distinto. Era la primera vez que alguien parecía saber algo de su fantasma, que creía poder ofrecer algún dato de su pasado o de su personalidad. Era posible que esta vez tuviesen suerte.

Miró de reojo al asiento contiguo. Natalia observaba las calles de Bilbao por la ventanilla, absorta en sus pensamientos. Se planteó que era la primera vez que estaban a solas desde hacía mucho tiempo. Ella se las había arreglado muy bien para mantenerle alejado durante todos esos días. Pensó en hacer alguna broma o en intentar empezar una conversación que les acercase, pero decidió dejarlo pasar. Ella prefería que todo siguiese como estaba hasta que el caso estuviese resuelto, se lo había dejado muy claro y él había decidido no presionarla. Se permitió una sonrisa, mientras se incorporaba a la autopista y aceleraba el coche. Quizá la solución ya estuviese muy cerca, quizá aún quedaba esperanza para ellos dos.

Gus permaneció unos minutos mirando por la ventana, hasta que vio cómo el coche desaparecía tras la primera curva. Después se giró y se encaminó de nuevo hacia el ordenador.

—Bueno, Art, parece que volvemos a quedarnos solos tú y yo. Pues esperaremos juntos —le dijo al perro, que se había tumbado entre las patas de su silla.

Encendió el ordenador y se conectó a ICQ. El programa le avisó que había recibido un mensaje de Caronte. Se extrañó, no había permanecido desconectado ni diez minutos y, en ese tiempo, Caronte había entrado, le había dejado el mensaje y había vuelto a desaparecer. Parecía como si hubiese estado esperando a que se marchase para dejarle el mensaje sin tener que hablar con Silvia. Lo abrió y leyó lo que Caronte había escrito, temiendo que hubiese sospechado algo y aquello fuese una despedida.

Hola, Silvia. No voy a poder conectarme a la hora que te prometí ayer.

Llegare algo más tarde pero no te preocupes. Cuando sepas la razón, no te lo vas a poder creer. Volveré pronto. Espérame. Un beso.

Alex

Lo releyó un par de veces, preguntándose qué podía estar tramando Caronte. Al cabo de un rato, se encogió de hombros, se levantó de la silla y se dirigió a la cocina para mirar qué había en la nevera. Art le siguió, meneando el rabo.

—Pues ya que vamos a estar aquí los dos aburridos, creo que voy a empezar a convertirte en un perro educado. —Gus cogió una coca-cola y volvió a la sala—. Vamos a empezar con el truquito de sentarse cuando yo lo mande y, si lo haces bien, quizá me de tiempo a enseñarte a dar la pata.

No te imaginas la de galletas que vas a conseguir con eso.

Empezó a intentar enseñarle, pero el perro no hacía otra cosa que mirarle sin entender nada y lanzarse a robarle las galletas que él le mostraba como premio. Ya empezaba a darse por vencido cuando el sonido de un mensaje entrante le hizo volver la vista hacia el monitor. Era de Caronte.

Miró su reloj. Se le había pasado el tiempo muy rápido. Se sentó delante del teclado y aceptó la petición de chat.

— Hola, mi amor. ¿Me has echado de menos?

—Pues la verdad es que sí. Llevo aquí sentada un montón de tiempo esperando a que te conectases. Se me ha hecho eterno. Ya puedes ir pidiéndome perdón.

— No va a hacer falta. Cuando te cuente la sorpresa que te tengo preparada, te olvidarás de todo lo demás.

Carlos atravesó la verja del psiquiátrico y aparcó cerca de la entrada.

Había bastantes coches allí, debía ser día de visitas. Sin embargo, no se veía a nadie paseando por los cuidados jardines. Ya había anochecido, el aire era muy frío y el cielo estaba muy cubierto. No tardaría mucho en empezar a llover de nuevo. Salieron del coche y se dirigieron hacia la puerta.

—Mierda de atasco —se quejó Carlos—. Llegamos con más de tres cuartos de hora de retraso.

—No te preocupes, nos estará esperando. Además, no ha sido culpa nuestra que un camión haya volcado en la autopista —intentó tranquilizarle Natalia.

Carlos asintió, pero aún así aceleró el paso. Empujó la puerta de entrada y se encaminó decidido hacia la recepción. Una enfermera le sonrió desde el otro lado del mostrador.

—Buenas tardes. ¿Qué desea?

—Soy el inspector Vega. Teníamos una cita con el doctor Martínez.

—Sí, me ha dicho que les pida que le esperen —les señaló con la cabeza una sala situada al lado de recepción—. Como llegaban tarde, tuvo que ir a ver a unos pacientes, pero le avisaré de que ya están ustedes aquí y les recibirá lo antes posible.

Carlos asintió y entró en la sala que le habían indicado, seguido por Natalia. Se sentaron en un rincón y estuvieron unos segundos en silencio, esperando.

—¿Tú crees que tardará mucho? —preguntó Carlos—. Me estoy poniendo nervioso, no me gustan los hospitales.

—No lo sé, espero que no tarde —contestó Natalia—. No tienes por qué estar nervioso, no te van a examinar a ti.

—Ya, ya lo sé…, pero siguen sin gustarme.

Natalia se levantó hasta una mesita situada en medio de la sala y removió las revistas esparcidas hasta elegir dos. Volvió a su sitio y le tendió

una de ellas a Carlos.

—Toma, para que te entretengas.

—Pero ¿no has dicho que esperas que no tarde? —objetó Carlos.

—Es mejor estar preparado —contestó ella, empezando a leer.

Carlos suspiró resignado y abrió la suya. ¿Qué interés podía tener en una revista de coches en ese momento? Quizá fuese una indirecta de Natalia para que cambiase el suyo. Pues no le iba a dar la satisfacción de decirle nada. Eligió un artículo que parecía interesante y trató de distraerse.

—¿Y qué sorpresa es esa?

— Bueno, ya te dije ayer que hoy venían mis abuelos a comer y que por eso no podría conectarme hasta las seis.

—Sí, pero es que son casi las siete.

— Ya, ya lo sé… No me interrumpas que no tengo mucho tiempo. Mis abuelos no me habían visto desde antes de Navidad, así que no habían podido darme el regalo de Reyes y hoy, cuando han venido, me han dado un montón de dinero. ¿A qué no adivinas lo que he ido a comprar?

—No lo sé. ¿Una web-cam para que te pueda ver?

— No, mejor. Un billete de autobús a Bilbao.

—¿En serio? ¿Para cuándo?

— Para dentro de unos veinte minutos. Llegaré al campo de rugby sobre las diez. Me estarás esperando allí, ¿verdad?

Se sintió desesperado. Joder, ¿por qué en ese momento? Estaba solo, no sabía a qué hora volverían Carlos y Natalia ni si podrían tener desplegado todo el dispositivo policial para cazarle en unas tres horas. Pero tampoco podía negarse y perder a Caronte para siempre ahora que estaba tan cerca.

—No sé… ¿No decías que estabas resfriado?

— Sí, pero ya estoy bien. No sé si ha sido por la emoción de ir a conocerte, pero la verdad es que me encuentro de maravilla. Silvia, contéstame. Tengo que salir ya o pierdo el autobús. ¿Estarás?

Gus maldijo su suerte. ¿Qué podía hacer? Respiró un par de veces para tranquilizarse. Así que esa era la nueva estrategia de Caronte: no dejar a las chicas ninguna posibilidad de reacción, no darles tiempo para que pudiesen arrepentirse o para que pidiesen consejo. Muy bien, él solo tenía que hacer su trabajo. No había nada de lo que preocuparse. Aceptaría la cita y una vez

hubiese terminado de hablar con Caronte, llamaría a Carlos para que lo organizase todo.

—Claro, allí estaré.

— Bien, pero espérame en el campo de rugby, no te vayas a ningún sitio.

Ten en cuenta que no nos conocemos más que por unas fotos y que podríamos cruzarnos por el camino sin darnos cuenta. ¿Me lo prometes?

—Sí, no te preocupes.

— Me voy ya porque si no, no cojo el autobús. Nos vemos en tres horas.

Adiós, mi amor.

—Adiós.

En cuanto Caronte se desconectó, Gus se lanzó al teléfono y marcó el número del móvil de Carlos. Un mensaje grabado le comunicó que el móvil estaba apagado o fuera de cobertura. No podía ser, tenía que estar encendido. Aguirre le había dicho que debía estar localizable. Seguramente, con los nervios, se había equivocado al marcar el número. Volvió a llamar, para escuchar de nuevo el mismo mensaje. Colgó, sintiéndose más nervioso a cada segundo que pasaba.

Descolgó de nuevo y marcó el número de Natalia. Después de todo, estarían juntos, así que podría pasarle con él. Un mensaje idéntico a los anteriores le hizo estampar el auricular contra la horquilla, furioso. No podían hacerle esto. Había conseguido la cita y de repente ellos dos desaparecían. ¿Qué iba a hacer ahora?

A grandes zancadas cruzó de nuevo la sala para coger un cigarrillo. Lo encendió, agarró un cenicero y volvió al lado del teléfono. Se sentó en el suelo y empezó a marcar de nuevo los números, primero el de Carlos, luego el de Natalia, una y otra vez. Quizá estuviesen atravesando un túnel, o se encontraban en un lugar sin cobertura, pero, en algún momento, tendrían que volver a funcionar.

Carlos se levantó y dejo la revista de nuevo en su sitio. Después salió de la sala de espera sin decir nada y se dirigió al mostrador de recepción.

—Perdone, señorita. ¿Sabe si el doctor Martínez va a tardar mucho todavía?

—No creo que se vaya a retrasar mucho más. Cuando le he llamado, me ha dicho que le esperasen, que acabará enseguida —contestó la enfermera.

—Pero es que llevamos más de media hora ahí sentados —se quejó Carlos.

—Yo no puedo decirle nada más, señor. Supongo que el doctor Martínez habrá tenido algún contratiempo. Si lo prefiere, pueden marcharse y volver en otro momento. Hoy es el día en que tenemos más visitas y el doctor está muy ocupado. Sería mejor que viniesen el lunes —contestó ella.

—No, ya espero. Gracias.

Carlos volvió a la sala, enfadado, y empezó a pasear arriba y abajo.

Natalia levantó la vista de la revista que estaba leyendo y le miró durante unos segundos.

—El tiempo no pasará antes porque tú te impacientes —le dijo mientras pasaba las páginas.

—Ya lo sé, pero no aguanto más esto. Por fin encontramos a alguien que dice tener información sobre Caronte, está aquí al lado, en algún lugar de este edificio y no podemos hablar con él. Es de locos —contestó Carlos, echando la mano al bolsillo para sacarla de inmediato—. Y encima en esta mierda de sitio no se puede fumar.

—Sal un momento fuera, si quieres. Yo esperaré aquí —intentó calmarle Natalia—. Y piensa que, comparado con los meses que llevamos para solucionar este caso, lo que nos queda por esperar es insignificante.

—¿Pero dónde te han criado a ti? ¿En un monasterio budista? No entiendo cómo puedes estar tan tranquila en un momento así.

—Debería hacer caso a la señorita. Un nivel de ansiedad tan elevado como el suyo no tiene ninguna consecuencia positiva —les dijo una voz desde la puerta.

Carlos se giró para encontrarse con el doctor Martínez, que le miraba divertido. Intentando mantener la compostura, se acercó a él y le tendió la mano.

—Doctor Martínez, soy el inspector Vega. Supongo que me recuerda.

Ella es la señorita Egaña, una colaboradora de la Ertzantza, especialista en

Psicología Criminal.

—Encantado —dijo el doctor—. Siento mucho el retraso. Tuve que atender a las familias de los pacientes.

—Sí, lo comprendemos. Nosotros también sentimos haber llegado tarde.

Había un atasco en la autopista —se disculpó Carlos.

—Si son tan amables de acompañarme a mi despacho, podremos hablar mucho más tranquilos. Y podrán fumar allí —dijo mientras salía.

Le siguieron por el pasillo hasta llegar al despacho. Una vez allí, ambos se sentaron y esperaron mientras el doctor Martínez sacaba de un armario la carpeta con el expediente que quería enseñarles. Después se sentó al otro lado del escritorio y les observó unos segundos antes de empezar a hablar:

—Bueno, como ya le dije por teléfono, he estado dándole muchas vueltas al perfil del asesino que están buscando. Los datos que usted me facilitó me resultaban familiares, así que acabé por revisar los expedientes de todos mis pacientes de los últimos años, intentando encontrar a alguien que pudiese coincidir. Por fin, encontré el expediente de una persona que tiene muchos puntos en común con la que están buscando, aunque también hay otros que no concuerdan en absoluto, por lo que podría suceder que la información que yo les vaya a revelar no les sea de ninguna utilidad. Por ello, voy a pedirles la máxima confidencialidad respecto a estos datos —

explicó el doctor Martínez.

—Por supuesto. No debe preocuparse por eso —se apresuró a contestar Carlos—. Y le damos las gracias de antemano por las molestias que se ha tomado.

—Bien, empecemos entonces —dijo el doctor, abriendo el expediente

—. El caso del que voy a hablarles corresponde al de una paciente que fue ingresada en dos ocasiones por sendos intentos de suicidio durante el año dos mil.

—Perdone, doctor —intervino Natalia—. ¿Ha dicho una paciente?

Nosotros estamos buscando a un hombre.

—Lo sé. Por eso no relacioné en un primer momento los datos que me facilitó el inspector Vega con este caso. Pero hay muchos detalles que coinciden, demasiados para que sea una casualidad —el doctor esperó a que ambos asintieran para continuar hablando—. Por ejemplo, usted me

comentó que el asesino contactaba a sus víctimas por Internet y esta chica sufrió una grave depresión causada por un triangulo amoroso y por su imposibilidad de elección entre su novio de toda la vida y un chico al que conoció a través del ordenador.

—Sí, eso es —exclamó Carlos, impaciente—. ¿Podría decirnos el nombre de esa chica? ¿Se llama Mónica?

—Sí, Mónica Iraza —contestó el doctor, sorprendido—. ¿La conocen?

—No, pero habíamos oído hablar de ella a un testigo. Estamos casi convencidos de que su novio es la persona que estamos buscando —explicó Natalia—. ¿Sabe el nombre de él?

—Sí, se llamaba Rubén. Pero está muerto, se suicidó en julio del año dos mil. Creo que es de la propia Mónica de la que deberíamos hablar.

Gus colgó el teléfono, desesperado. Debían tener los móviles apagados, no había otra explicación posible. Ya que se suponía que no iban a tener una cita con Caronte para esa noche, debían haber decidido tomarse el resto del día libre y largarse por ahí a divertirse solos. Como tenían un rollo tan raro… Pero ¿por qué tenían que haber elegido precisamente ese día para dejarle colgado? ¿Qué iba a hacer ahora? Si nadie acudía a la cita con Caronte, habrían perdido la oportunidad de cogerle para siempre, él no volvería a fiarse de Silvia. Tendrían que volver a empezar de nuevo, colocar nuevos cebos y esperar a que eligiese a una de ellas como víctima. Y

mientras tanto, él seguiría hablando con otras chicas, cometiendo nuevos asesinatos. No podían desperdiciar una oportunidad así pero ¿qué podía hacer?

Quizá debería ir él mismo. No, no debía ni pensar en eso. Era una tontería. ¿Qué iba a poder hacer él? Además, Carlos pondría el grito en el cielo. Con la de veces que le había dicho que no tenía nada de lo que preocuparse porque él no tendría ni que acercarse al lugar de la cita… No iba a servir de nada que acudiese. Se quedaría sentado allí, llamando una y otra vez por teléfono hasta que contestasen… Y la hora de la cita pasaría y pronto habría otras caras más que se sumarían a las de Bianca, Vanessa, Patricia y Esther para atormentarle en sus pesadillas. No podía permitir eso.

Miró el reloj, preocupado. Quedaban poco más de dos horas para la cita y el lugar quedaba muy lejos. Si iba a ir, tenía que decidirlo ya. Después de

todo, ni siquiera sería peligroso. Caronte estaría esperando a una chica de catorce años, así que a él no le haría nada. Si al menos pudiese verle la cara, para poder describirle después a Carlos como era… Además, podía seguir llamando a Carlos y Natalia desde cada cabina por la que pasase. Seguro que contestarían antes de que él llegase allí. Se levantó corriendo y volvió al ordenador. Envió un mensaje desde Internet a los móviles de Carlos y Natalia, avisándoles de donde iba a estar y de la hora de la cita por si no podía contactar con ellos. Después apagó el ordenador y recogió su chaqueta. Cuando estaba llegando a la puerta, Art apareció ladrando y empezó a girar a su alrededor.

—No, Art. No es la hora de pasear. Tengo que ir a hacer algo importante

—se agachó para acariciar al perro—. No te gusta estar solo, ¿verdad? A mí tampoco me gusta, y menos me va a gustar en el sitio al que voy. ¿Sabes lo que he pensado? Que te vienes conmigo. Vas a ser mi coartada. Quedará menos sospechoso si parece que estoy paseando a mi perro que si me quedo plantado en medio del monte sin hacer nada.

Le puso la correa y salieron rápido de la casa hacia la parada de taxis más cercana. Cogería uno hasta el funicular y, desde allí, subirían andando en un momento. Le hubiera gustado poder coger el taxi hasta el lugar de la cita, pero no llevaba suficiente dinero encima y, si Caronte estaba allí esperando y le veía, le resultaría muy sospechoso que alguien fuese en taxi al monte a pasear a su perro. Art tiraba de la correa, intentando pararse a olisquear cada farola y arbusto que veía.

—Ahora no. Tenemos prisa —le dijo Gus, tirando—. Tenemos una cita muy importante y no podemos llegar tarde.

Los dos permanecieron en silencio, invitando al psiquiatra a que continuase hablando. Este hojeó de nuevo los papeles que tenía delante, como si intentase ordenar los datos en su mente antes de comenzar a hablar.

—Como les he dicho antes, Mónica ingresó aquí en dos ocasiones. La primera fue en julio del año dos mil. Su novio se suicidó el día trece de ese mes. Después del funeral, ella desapareció de su casa y nadie supo dónde estaba hasta que, al día siguiente, el encargado del cementerio la encontró casi desangrada al lado de la tumba de Rubén. Fue ingresada en el hospital

de Cruces hasta que se recuperó de la pérdida de sangre y después nos remitieron su caso.

—¿Podría decirme qué día estuvo desaparecida? —interrumpió Carlos, sacando sus notas.

—Sí, por supuesto —el doctor buscó el dato en sus papeles—. El dieciséis de julio.

—La fecha del asesinato de Alex —confirmó Carlos—. Por el momento, todo concuerda.

—¿Está usted diciendo que Mónica mató a una persona antes de intentar suicidarse? —preguntó el doctor.

—Eso sospechamos. Sabíamos que Alex fue la primera víctima y que había formado parte de un triángulo amoroso a través de Internet, que terminó con su asesinato —contestó Natalia—. Pero pensábamos que el asesino había sido el novio de Mónica y no ella misma. Por favor, continúe.

—Como les decía, Mónica permaneció aquí ingresada durante veinte días. Se le diagnosticó un trastorno de estrés post-traumático y una depresión reactiva, causados ambos por la repentina muerte de su novio.

Ella se negó a hablar o a recibir cualquier tipo de tratamiento, pero, como parecía que razonaba de manera correcta y que no había peligro de que volviese a atentar contra su vida, se le dio de alta.

—Pero ¿no habló de Alex ni de la causa del suicidio de su novio con algún terapeuta? —preguntó Natalia.

—No, se negaba a hablar del tema, casi no hablaba con nadie de nada.

Hasta cierto punto, consideramos que era lógico debido a la rabia que acompaña a todo proceso de duelo. Le aconsejamos que siguiese tratamiento con algún terapeuta una vez saliese de la clínica y le dimos de alta. No volvimos a saber nada de ella hasta su siguiente intento de suicidio, en diciembre de ese mismo año. Yo había llevado su caso en el primer ingreso, así que volví a ocuparme de ella. La encontré mucho más deteriorada a nivel psíquico. Teníamos que mantenerla sedada la mayor parte del día y, aún así, presentaba episodios de gran agitación en los que intentaba volver a atentar contra su vida, gritando que la dejásemos morir o pidiendo a otros pacientes que la ayudasen a mutilarse.

—¿A mutilarse? —exclamó Carlos, horrorizado—. ¿Qué quería hacerse exactamente?

—Gritaba que necesitaba librarse de sus ojos y de sus manos y que debía destrozar su corazón. Supongo que, incluso en su delirio, era consciente de que no podría producirse esas mutilaciones ella sola —

contestó el doctor Martínez.

—¿Y cómo no recordó esos datos cuando el inspector Vega le comentó la clase de mutilaciones que estábamos investigando? —intervino Natalia.

—Aquí se escuchan todos los días cosas muy extrañas, no podemos recordarlas todas. Pero de todos modos creo que fueron esos datos los que me resultaron familiares. Bien, como les decía, tuvimos que mantenerla sedada durante algún tiempo. Una vez que la medicación empezó a hacer efecto, pude comenzar la psicoterapia con ella. En esas sesiones ella me fue contando toda la historia. Mónica empezó a salir con su novio, Rubén, cuando ambos tenían dieciséis años. Al parecer, eran muy felices y no parecía haber ningún problema en la relación pero en diciembre del 99, cuando tenía diecinueve años, ella conoció a otro chico por Internet. Nunca conseguí que me diese ningún dato sobre ese chico. Se negaba a hablar de él hasta tal punto que llegué a pensar que no existía, que se trataba de una invención de su mente para culpabilizarse por el suicidio de su novio. Claro que con lo que me han comentado ahora ustedes, todo cobra un nuevo sentido —continuó explicando el doctor Martínez—. Según me contó ella, el chico solo tenía diecisiete años cuando le conoció. Empezaron hablando como amigos, pero, sin darse cuenta, se fue enamorando de él.

—¿Y cómo se lo tomó su novio? —preguntó Carlos, mientras sacaba el paquete de tabaco.

—No muy bien, desde luego. Él estaba muy enamorado de ella y le pidió que dejase esa relación. Ella se lo prometió muchas veces, pero volvía a caer una y otra vez. Esta situación duró unos siete meses, en los cuales ella fue incapaz de tomar una decisión entre su novio y la relación por Internet.

—No entiendo cómo pudo comportarse así. ¿Por qué seguía hablando con Alex si ya tenía una relación en la que era feliz? —se interesó Natalia.

—Eso debería haberlo contestado ella y nunca lo hizo. Creo que ni ella misma podía explicárselo. Quizá no era del todo feliz, quizá le faltaba la parte de sueño o de aventura que tenía en la otra relación. O quizá algo en su vida no iba bien y soñaba con un amor ideal que lo solucionase todo. O

era una persona tan indecisa e inestable que no podía decidir de cuál de las relaciones debería prescindir. El amor y la seguridad son muy atrayentes, pero encierran el peligro de la rutina. Todos hemos soñado alguna vez con una historia de amor imposible, pero da miedo intentar vivirlas porque sabemos que la magia desaparecerá en cuanto confrontamos el sueño con la realidad. Sin embargo, a pesar de saber eso, es difícil renunciar a soñar. El caso es que ella fue incapaz de decidir. Parecía esperar a que la situación estallase por sí sola, a que uno de los dos chicos tomase la decisión por ella, con la consiguiente carga de ansiedad y culpabilidad que ello conllevaba.

La solución para alguien que lo hubiese visto desde fuera podría parecer muy fácil: que hubiese dejado a uno de los dos. Pero no era tan sencillo, sobre todo cuando las peleas con su novio empezaron a ser diarias y la relación empezó a fallar. No podía dejar al chico de Internet porque suponía la única vía de escape para una vida que hacía aguas y tampoco podía dejar a su novio por la culpabilidad que sentía ante lo que le estaba haciendo.

—¿Y qué pasó al final? —preguntó Natalia.

—Como ya les he dicho, Rubén, su novio, no pudo resistir la situación y se suicidó. No conozco las circunstancias por las que tomó esa decisión.

Habría sido más lógico que hubiese decidido dejarla y olvidarse de todo, pero no lo hizo. Y como ya les he contado, unos días después Mónica intentó suicidarse por primera vez.

—Después de haber ido hasta San Sebastián a asesinar a Alex como venganza —apuntó Carlos—. O quizá acudió a él como última solución cuando su novio hubo muerto y él se rio de ella. Ya nos han dicho que para Alex esa relación era un juego, que se lo tomaba todo a broma.

—Yo no creo que ella hubiese podido acudir a ese chico como solución.

La carga de culpabilidad tras la muerte de Rubén era demasiado fuerte —

explicó el doctor—. Ahora que me han dicho que ese chico apareció asesinado justo antes de su intento de suicidio, creo que ella pretendía ponerle un punto final a todo, acabar con los culpables de esa historia.

—¿Cuánto tiempo permaneció ingresada tras el segundo intento? —

preguntó Natalia.

—Unos tres meses. Su delirio de culpa fue variando desde el deseo de muerte y automutilación hacia una obligación casi religiosa de pagar por sus pecados pasados. Le pregunté si el precio de esos pecados podía ser su propia vida y me contestó que no sería suficiente, que debía dedicar su vida a intentar encontrar el perdón por lo que había hecho. Cuando nos convencimos de que no iba a volver a intentar suicidarse, le dimos de alta de nuevo.

—¿Y en qué fecha sucedió eso? —se interesó Carlos, consultando de nuevo sus notas.

—En marzo del 2001.

—Dos meses antes de que contactara con Bianca, su primera víctima.

Utilizaría ese tiempo para decidir el tipo de sacrificios que deseaba realizar y cómo llevarlos a cabo —aventuró Natalia—. Creo que todo concuerda.

Supongo que no podremos llevarnos el expediente hasta que no traigamos la orden judicial, ¿verdad?

—Preferiría que lo hiciésemos todo de la manera reglamentaria, si no les importa —contestó el doctor, tendiéndoles el informe—. Sin embargo, puedo dejarles que le echen ahora un vistazo por si necesitan algún dato para la detención.

Carlos cogió el informe y lo abrió por la primera página, en la que constaban los datos personales que se habían recogido cuando ella ingresó en el hospital Al ver la foto permaneció pensativo unos segundos.

—Creo que la conozco de algo —dijo, intentando ubicar la sonrisa sarcástica, el largo pelo oscuro y, sobre todo, aquellos inquietantes ojos verdes—. Sí, ya la he visto antes… Es la chica a la que tuve que echar de la playa.

Gus salió del funicular y cruzó el pueblo hasta encontrar la cabina de teléfonos. Entró en ella y marcó el número de Carlos. De nuevo escuchó la misma voz grabada comunicándole que seguía fuera de servicio. Llamó a Natalia, sin ninguna esperanza de que la respuesta resultase diferente.

Como sospechaba. Seguía sin poder contactar con ellos. Miró su reloj.

Quedaban cincuenta minutos para la cita. Si se entretenía mucho más intentando llamar, no iba a llegar a tiempo. Todavía le quedaba la peor parte del camino. Salió de la cabina, empujando la puerta enfadado y empezó a andar a largas zancadas hacia la salida del pueblo, precedido por Art. Se subió los cuellos de la chaqueta. Ahora que había oscurecido hacia muchísimo frío y además parecía que iba a empezar a llover en cualquier momento.

Siguió la carretera hasta encontrar la cuesta que subía hacia Barrionuevo. Se le cayó el alma a los pies solo con pensar en subir todo aquello, como cada vez que la veía. Había ido varias veces a esa zona, a acampar con los amigos, y sabía que llegaría arriba agotado. Se consoló pensando que al menos no llevaba el peso de la tienda de campaña y una mochila con comida para toda una semana. Debería ser más fácil. Empezó a subir, intentando no pensar en lo que le quedaba para llegar arriba, ni en la oscuridad que rodeaba la carretera, ni en las sombras que parecían esconderse detrás de cada arbusto. Debía concentrarse en cada paso, en colocar un pie y luego otro y así llegaría arriba casi sin darse cuenta. Al cabo de unos minutos se dio cuenta de que no sería tan fácil. El aire frío traspasaba su chaqueta y hacía que le doliese el pecho. Empezó a respirar más rápido, intentando que llegase más aire a sus pulmones, prometiéndose a si mismo que bajaría la dosis diaria de cigarrillos. Al cabo de un rato, empezó a sentir un pinchazo en el costado. Debería sentarse un rato a descansar pero, si lo hacía, se quedaría aún más helado. Levantó la vista de la carretera para ver cuánto le quedaba. El final de la cuesta parecía tan lejano como al principio, como si se burlara de él. Miró hacia abajo. El principio de la cuesta también estaba muy abajo, ya debía haber recorrido al menos la mitad del camino. Volvió a girar para seguir subiendo y entonces vio algo que se deslizaba con rapidez hacia él. Saltó hacia atrás, demasiado aterrado incluso para gritar y la figura le siguió, pegada a sus pies. Rio entre dientes por su estupidez. Ya era bastante mayorcito como para asustarse de su propia sombra. Art ladró, debía haber percibido su miedo. Gus se agachó para acariciarle la cabeza y tranquilizarle y después volvió a andar.

Siguió paso a paso, deseando llegar arriba para poder fumarse un cigarrillo que le tranquilizase. Pocos minutos después la pendiente dejó de ser tan pronunciada. Levantó la cabeza y vio las luces de las casas, a unos cincuenta metros. Ya estaba llegando. Agradecido por que la cuesta hubiese acabado por fin, empezó a andar más tranquilo, tratando de normalizar su respiración. Al de unos pasos, sacó su paquete de tabaco. Solo le quedaban dos cigarrillos. Recordó que había un bar unos metros más adelante. Allí podría comprar tabaco y llamar de nuevo por teléfono. Cruzó el pueblo y llegó al bar. Entró, agradeciendo el calor del interior, y se dirigió a la mujer de la barra.

—Buenas noches —le dijo—. Un paquete de Lucky.

La mujer le tendió el paquete sin decir nada y después recogió el dinero que Gus había dejado encima del mostrador.

—¿Tienen un teléfono? —preguntó Gus.

—No, aquí no hay teléfonos. Tienes que bajar a La Reineta.

—¿Cómo que no hay teléfonos? Tiene que haber alguno en una cabina o en algún bar… —insistió, suplicante.

—Pues no hay ninguna cabina. Y este es el único bar del pueblo y ya te he dicho que no hay teléfono —respondió la mujer, irritada.

—¿Y no podrían dejarme usar su teléfono particular? Es importante —

imploró Gus—. Le pagaré lo que sea.

—Ya te he dicho que no tenemos teléfono —la mujer dio la conversación por finalizada, separándose de él para ir a atender a otro cliente que acababa de entrar.

—Bruja de mierda —susurró Gus, saliendo del bar.

Una vez en la calle se paró un momento, pensando qué hacer. Quedaban quince minutos para la cita. No tenía tiempo para volver a bajar y subir toda la cuesta. Solo le quedaba rezar para que, en algún momento mientras él subía hasta allí, alguno de ellos hubiese encendido el móvil y recibido su mensaje. Quizá ya estaban de camino hacia allí. Se repitió de nuevo que a él no iba a pasarle nada, que Caronte no podría imaginarse quién era ni qué hacía allí. Un camino blanco partía del bar y se alejaba hacia el campo de rugby. Parecía estar más alejado del pueblo de lo que él recordaba y el bosque parecía más profundo, más oscuro… Lo mejor sería seguir andando

sin pensar más o no podría moverse de allí. Agarró fuerte la correa de Art y empezó a andar de nuevo.

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