La red de Caronte (Version Extendid
Capítulo XIII
Carlos paró su coche en el aparcamiento del hospital. Salió y, respirando con fuerza, cerró la portezuela y miró alrededor. Siempre le habían producido impresión los enfermos mentales, y, a pesar de llevar tres días visitando centros, la sensación de incomodidad no desaparecía. Volvió a repetirse que no pasaba nada, que la locura no era contagiosa, pero la parte de su cerebro que se encargaba de su miedo no quería darse por enterada.
Echó un vistazo a las órdenes judiciales correspondientes a ese centro. Era el último que tenía que visitar, lo mejor sería acabar cuanto antes.
Con paso decidido se dirigió a la recepción. Allí una enfermera sonriente le pidió que aguardase unos segundos en la sala de espera. Carlos entró allí obediente y decidió entretenerse mirando por la ventana. Al instante el espectáculo le dejó paralizado. En el jardín pudo ver a más de veinte pacientes, pasando la mañana bajo los suaves rayos del sol otoñal.
Algunos enfermeros se paseaban entre ellos, dirigiéndoles unas palabras o ayudando a alguno a caminar o levantarse. Carlos observó sus miradas perdidas, sin brillo, sin objetivo, como si estuviesen en un mundo al que los demás no podían ni querían llegar. Observó sus arrítmicas y cansadas maneras de caminar, sus antinaturales y dolorosas posturas, sus carcajadas o lágrimas sin sentido. Una sensación de incomodidad y disgusto le hizo girarse con violencia para encontrarse de bruces con la figura de un hombre que le observaba desde la puerta.
Carlos se tranquilizó al observar la bata blanca y la mirada inteligente:
—¿El doctor Martínez? —El otro asintió, sonriéndole y le tendió la mano—. Soy el inspector Carlos Vega. Hablé con usted anunciándole mi visita, ¿recuerda?
—Sí, por supuesto —el doctor caminó un par de pasos hasta situarse frente a la ventana que Carlos acababa de abandonar—. ¿Qué le ha parecido nuestro jardín? Estamos muy orgullosos de él. ¿Sabía que son los propios pacientes los que lo cuidan? Forma parte de su proceso de recuperación.
—Es muy bonito, sí… Aunque no se puede decir que yo sea un experto en jardinería.
—No, claro, supongo que no… —El doctor sonrió. Carlos se sintió algo más cómodo. Tenía una sonrisa franca, producía confianza—, pero le vi tan impresionado cuando entré…
—Sí, bueno… —Carlos carraspeó, incomodo.
—No se preocupe por su reacción, es normal. La mayoría de la gente se pone nerviosa ante las enfermedades mentales. Creo que les hace sentirse demasiado conscientes de su propia carga de locura. Eso siempre da miedo,
¿verdad? —Carlos asintió. No quería seguir hablando de aquel tema y le incomodaba que el doctor hubiese penetrado con tanta facilidad en sus pensamientos—. A mí me fascinan, sin embargo. Me parece que no hay premio mejor que conseguir que uno de ellos sonría, o que alguien que había decidido desconectar del todo de este mundo, vuelva a hablar.
—Después de todo, creo que no es tanta locura querer desconectar de este mundo. A lo mejor los locos somos los demás.
—Sí, claro. ¿Quién podría decirlo? —El doctor volvió a sonreír—. Pero usted no ha venido aquí a filosofar conmigo sobre el origen de la locura,
¿verdad?
—Pues, no. Ya le dije por teléfono que necesito unos expedientes. —
Carlos se sintió liberado al volver a llevar el tema a su terreno.
—Los tengo preparados en mi despacho. Acompáñeme, por favor.
Carlos le siguió por los blancos pasillos, mirando con rapidez a cada puerta que se abría, sobresaltándose por el sonido de los pasos o por algún grito lejano. El doctor Martínez se volvió y le señaló su puerta:
—Es por aquí, pase. Y no se preocupe por los gritos. No va a pasarle nada.
—Ya, bueno… Es que no estoy acostumbrado. ¿Por qué gritan así?
—No se preocupe, no les estamos haciendo nada malo. La imagen del oscuro manicomio y el psiquiatra loco que electrocuta a sus pacientes pasó a la historia. Gritan por los monstruos de su mundo interior. Nosotros intentamos sacarles de ese mundo, a veces con éxito, como ha visto en el jardín.
—¿Esa gente estaba bien? —Carlos se estremeció al imaginarse el espectáculo que debían esconder las habitaciones cerradas.
—Están mejor. La mayoría de ellos podrá salir en uno o dos meses. Esto no es una cárcel, tratamos de que los pacientes pasen aquí el menor tiempo posible y los reintegramos a su medio. Por eso está usted aquí, ¿verdad? Por un antiguo paciente.
—Exactamente. Supongo que comprenderá que todo lo que hablemos aquí es confidencial, ¿verdad?
—Por supuesto, dígame —asintió el doctor.
—Bien, ¿ha oído algo acerca de los asesinatos en serie cometidos en Vizcaya en el último mes y medio?
—Claro, ¿quién no ha oído hablar de eso? Todo el mundo lo comenta.
—Soy el encargado de esa investigación y tenemos razones para sospechar que esa persona ha podido ser ingresada en un centro psiquiátrico por un intento frustrado de suicidio. Por eso necesitamos las fichas de esos pacientes.
El doctor Martínez le tendió una carpeta. Carlos comprobó que los expedientes que allí se encontraban coincidían con los nombres de la lista que le había facilitado Natalia. El doctor le observó en silencio hasta que Carlos levantó la vista de los papeles:
—Sí, esto es lo que necesito. Muchas gracias.
—Si puedo hacer cualquier cosa por usted, solo tiene que decírmelo.
—Pues la verdad es que sí puede. Voy a comentarle ciertos detalles del caso por si recuerda algo de algún paciente que pueda coincidir con el perfil del asesino, aunque no esté en la lista. —Carlos sacó su libreta de notas para leer los datos, a pesar de que los había mirado ya tantas veces que parecían tatuados en su memoria—. Creemos que el asesino es un varón blanco, de baja estatura, alrededor del metro sesenta, de constitución débil.
Podría tener algún defecto físico evidente o incluso una deformidad de tipo sexual, aunque esto es solo una hipótesis.
El doctor Martínez iba asintiendo en silencio mientras tomaba apuntes en una agenda. Carlos continuó:
—El asesino les amputa las manos y les extirpa los ojos después de haberlas apuñalado en el corazón. ¿Le suena algo por ahora?
—Pues gracias a Dios, no. Imaginará que si algún paciente mío me hubiese manifestado esas tendencias, no le habría dado el alta con facilidad.
—Sí, claro. Ya le he dicho que le digo todo esto por si pudiese recordarle algo.
—No se disculpe, por favor. Continué.
—También pensamos que el origen de los asesinatos podría estar en…
—Carlos leyó textualmente— «una homosexualidad vivida con culpabilidad», algo llamado egodistonia, y que esa culpabilidad podría ser la fuente de sus tendencias agresivas y suicidas.
—Saben ustedes más de ese hombre sin conocerle que yo de muchos pacientes a los que llevo tratando meses —le cortó el doctor, con una sonrisa irónica.
—Sí, bueno… Solo son hipótesis, pero por algún sitio tenemos que empezar. —Carlos levantó inseguro los ojos de su libreta. El otro le animó a seguir hablando con un gesto de la cabeza—. Bien, por último puedo decirle, aunque supongo que ya lo habrá oído por la televisión, que busca a sus víctimas a través de Internet. ¿Siguen sin decirle nada estos datos?
—Siento decirle que no —movió la cabeza negativamente mientras seguía concentrándose—. Lamento no poder ayudarle más.
—No se preocupe. Ya nos ha ayudado bastante facilitándonos los expedientes. Muchas gracias de nuevo por su tiempo —dijo Carlos levantándose.
—No hay de qué. Espero que lo encuentren pronto.
—Estamos haciendo todo lo que podemos. —Carlos sacó una tarjeta de su chaqueta y se la tendió—. Aquí tiene el número de mi móvil. Si recuerda cualquier cosa, por insignificante que le parezca, llámeme sin importar la hora.
—Descuide, lo haré —el doctor se levantó y se dirigió a la puerta—. Le acompaño a la salida.
—Gracias, muy amable. —Carlos le sonrió aliviado. Se sentiría más tranquilo en su compañía si se cruzaba con los pacientes a su vuelta del jardín.
Salieron juntos hacia la salida. Por el camino no se cruzaron con nadie aparte de varios enfermeros que se dirigían a hacer sus tareas. Una vez en la puerta volvieron a despedirse y Carlos regresó a su coche sintiéndose más aliviado. Por fin había acabado con aquello. En su asiento trasero descansaban todos los expedientes que había pedido Natalia. Sonrió satisfecho. Si aquello podía ayudarles, aunque fuese un poco, a atrapar a Caronte, todos los esfuerzos habrían merecido la pena.
La cabeza de Gus reposaba sobre la mesa, al lado del teclado. Natalia le miró durante unos segundos, planteándose si debería despertarle. Decidió que no. El pobre chico llevaba varios días trabajando muchas horas y Natalia sospechaba que dormía muy mal o muy poco. Sus ojeras se habían acentuado y tenía mal color. Incluso diría que había adelgazado, aunque era casi imposible saberlo bajo las enormes ropas que siempre vestía. Se sentó en el sofá sin hacer ruido y revisó los resultados de la última autopsia por si encontraba algo que podía habérsele escapado.
El timbre sonó. Natalia se levantó y abrió la puerta. Carlos le sonreía, cargado con un enorme montón de carpetas:
—Hola, mira los regalos que te traigo.
—¿Son los informes de los pacientes?
—Exacto. Los cuarenta y cuatro que pidió la señorita. No falta ninguno.
¿Me dejas pasar o piensas mirarlos aquí en la puerta?
—Sí, sí, claro… —Natalia se apartó y le siguió hacia el salón—. No hagas ruido. Gus está dormido.
—¿Cómo que está dormido? No le pago para que duerma. —Carlos se volvió hacia ella, enfadado.
—Déjale, está muy cansado. Está trabajando mucho aquí estos días y creo que por la noche también adelanta trabajo. Si sigue así, caerá enfermo
—susurró Natalia.
—¿Es que ni siquiera vamos a poder hablar en un tono normal? ¿Y qué hago con todo esto ahora?
—Llévalo a la cocina. Iremos allí.
—Está bien, pero empiezas a comportarte como su madre —le recriminó Carlos.
—Me comporto como un ser humano y no como un capataz de esclavos. Venga, a la cocina. Te prepararé un café.
Carlos la siguió, dejó los expedientes encima de la mesa y se sentó.
Mientras Natalia preparaba café para los dos, empezó a ojear las carpetas.
—En la vida habría imaginado que se podría escribir tanto sobre una persona. Yo no sería capaz de escribir todo esto ni sobre mí mismo, y mira que me conozco.
—Supongo que, además del diagnostico y el tratamiento, cada historial contendrá transcripciones de las diferentes sesiones. Por eso ocupan tanto.
—Natalia se acercó por detrás y observó por encima de su hombro el caso que él ojeaba—. Mira eso. Como te decía, describe todo el historial clínico y los avances terapéuticos que se van realizando.
—¿Sabes que me pone muchísimo que uses un lenguaje tan profesional? —Carlos giró la cabeza, quedando a muy pocos centímetros de la cara de Natalia. Esta se apartó, enfadada.
—¿A qué viene eso ahora? —Natalia notó como una oleada de calor trepaba por sus mejillas.
—A nada. Es que odio que la gente lea por encima de mi hombro. —
Carlos esbozó una sonrisa burlona—. Eh, no te enfades. Era una broma.
Natalia le ignoró, dedicándose de nuevo a preparar café. Carlos se encogió de hombros y siguió leyendo. Al cabo de unos minutos, Natalia se sentó frente a él y cogió otra de las carpetas. Levantó la vista de sus papeles para tomar un sorbo del humeante café y observó a Carlos. El pelo moreno le caía sobre la frente, en la que se dibujaba una arruga provocada por la concentración. Su mirada se movía inquieta sobre el papel. Natalia contempló sus ojos, su gesto serio, su mandíbula cuadrada que reclamaba a gritos un afeitado… Se extrañó de no haber pensado antes en lo atractivo que resultaba. O quizá sí lo había pensado y se lo había negado a sí misma.
Volvió a sentir la inquietud por la situación que habían dejado inacabada varios días atrás y de la que no habían podido hablar hasta el momento. Se preguntó si debería sacar el tema en ese momento, aprovechando que Gus estaba dormido o si, al hablar de ello, la situación entre los dos se volvería aun más incómoda. La voz de Carlos la sacó de su ensimismamiento:
—Joder, cuanto más leo, menos entiendo. ¿Es necesario que los psiquiatras hablen para que nadie más les comprenda? ¿Que se supone que significa «esquizofrenia hebefrénica con episodios catatónicos»?
—Significa que es muy probable que esa ficha no pertenezca a nuestro asesino. Un esquizofrénico catatónico no se mueve.
—Ah, vale. —Carlos cerró la carpeta y levantó los ojos para encontrarse con la mirada fija de ella—. ¿Pasa algo?
—No, nada… —Natalia apartó la mirada y la fijó en sus papeles.
—¿Cómo que nada? Me estabas mirando con una cara rarísima. ¿Tengo algo manchado?
—Nada, en serio… Es solo que…, me estaba preguntando sobre la otra noche…, ya sabes…, sobre que pensarás de mí después de lo que pasó…
—No pienso nada malo. ¿Por qué iba a hacerlo? Ya te dije que me había gustado mucho que compartieras todo aquello conmigo…
—No me refiero al paseo… Hablo de lo que pasó aquí. —Natalia bajó la mirada, sintiendo el calor subir por sus mejillas—. Ya sabes…, que yo te besara…
—Bueno, comprendo que estuvieras nerviosa y que necesitaras a alguien cerca. No hay nada de lo que avergonzarse, somos dos adultos —la voz de Carlos le pareció nerviosa, dubitativa.
—Entonces, eso no cambia para nada la situación entre los dos,
¿verdad? —preguntó Natalia—. Es que no hemos podido hablar de ello desde que pasó y no me gustaría que hubiese algún malentendido entre nosotros.
—Claro que no. Tranquila, no tendrás que casarte conmigo solo por un beso que no significo nada para ninguno de los dos. Tampoco pasó nada grave —bromeó Carlos.
—Por supuesto. Únicamente quería aclarar la situación. Solo somos compañeros de trabajo y ya está.
—Bueno, y amigos ¿no? —Carlos le sonrió suplicante y esperó a que ella asintiese para continuar—. Además, estamos en medio de una investigación y no podemos permitirnos que una situación equivoca nos distraiga. ¿Todo arreglado?
—Sí, me alegro de que hayamos podido solucionar esto como dos personas maduras. Estaba preocupada por si podía perjudicar a nuestro trabajo. —Natalia levantó la mirada y clavó sus ojos en los de él, tratando de aparentar la mayor tranquilidad y frialdad posible.
—Bien, ¿entonces lo olvidamos? —Carlos le sonreía, pero Natalia no pudo apreciar la más mínima sombra de humor en sus ojos.
—Olvidado, nunca ha sucedido. Si me perdonas un momento, tengo que ir al baño.
Se levantó con tranquilidad y salió de la cocina. Tras cerrar la puerta del baño, se colocó delante del espejo.
—Eres una estúpida y una mentirosa —se dijo mientras la primera lágrima acudía a sus ojos.
Se sentó en el borde de la bañera y dejó que sus lágrimas fluyeran durante unos segundos, mientras se preguntaba qué era lo que estaba sintiendo en realidad. Había intentado convencerse de que no quería nada de él aparte de amistad y se había dado a si misma todas y cada una de las razones que él acababa de decir: que estaban en medio de una investigación, que en realidad no había sucedido nada entre ellos dos… Muy bien, acababa de comportarse de nuevo como una adulta, ahogando cualquier asomo de verdadero sentimiento, de vulnerabilidad… Debería sentirse orgullosa de haberlo llevado de manera tan madura. Tuvo que ponerse la mano delante de la boca para contener un sollozo. Estaba harta de comportarse como una adulta. En cuanto él había empezado a hablar se había dado cuenta de cuánto le apetecía besarle de nuevo, de lo bien que se había sentido mientras él la abrazaba, de lo mucho que le dolía que él dijese que entre ellos no había pasado nada… Pero así debía ser. Ella no volvería a sacar aquella conversación. Carlos había dejado muy claro lo que ella significaba para él: una compañera de trabajo y una amiga. Nada más. Y así debía ser. Abrió el grifo del agua para lavarse la cara, ahogando las lágrimas que aún luchaban por salir. Más tarde podría volver a llorar. Lloraría cuando
estuviese sola, precisamente por estar sola y por no tener el valor suficiente para luchar por dejar de estarlo. Hizo un esfuerzo para que su mente volviese a tomar el control de la situación: imperturbable, profesional, sin sentimientos. Se miró de nuevo al espejo y se prometió que nunca volvería a quitar sus barreras.
En cuanto Natalia salió hacia el baño, Carlos pensó que era un gilipollas y un cobarde. Cuando ella le había preguntado lo que había significado para él todo lo que sucedió entre ellos, había querido contarle lo bien que se había sentido con ella, lo feliz que se había encontrado cuidándola, lo mucho que le apetecía volver a besarla… Porque sí, le apetecía, más que nada en el mundo. Pero su boca se había abierto para decir aquella sarta de estupideces sobre la madurez que ni el mismo se creía y que cerraban para siempre cualquier posibilidad de que ocurriese algo entre los dos. Y lo peor es que se había sentido bien al decirlo. La posibilidad de una relación le había provocado tanto terror que había tenido que asegurarse de que desapareciese para siempre. Seguía sintiéndose inseguro, atemorizado… No quería que una mujer pudiese volver a hacerle daño. Y se preguntó si sería capaz de vencer ese miedo alguna vez. La respuesta apareció clara en su cabeza. Si con alguien con quien se había sentido tan a gusto como con Natalia no había podido, no sería capaz de dar ese paso nunca. Y además, si no era con ella, tampoco merecería la pena.
La vuelta de Natalia le sacó de sus pensamientos. Ella parecía nerviosa por algo. Se acercó a la mesa, abrió el paquete de tabaco y sacó un cigarrillo. Sin decir una palabra, lo encendió y se dirigió a la ventana, dándole la espalda. Carlos la observó durante unos momentos antes de atreverse a hablarle:
—¿Te pasa algo?
—No, no me pasa nada. ¿Por qué lo preguntas? —Su voz era fría, sin ninguna inflexión, como si estuviese hablando con un robot.
—Por nada… Te notaba rara.
—Pues no me pasa nada. —Natalia se giró y le clavo una mirada glacial, mientras volvía a sentarse a la mesa—. Ahora sigamos trabajando.
¿Cómo vamos a organizar la investigación de los expedientes?
Carlos sintió como el peso de todos sus errores le caía encima para aplastarle el alma. Lo había estropeado todo. Ahora Natalia le retiraba toda la confianza que había depositado en él para volver a ser tan fría como era antes. Había sospechado que aquello iba a pasar desde el momento en que empezó a hablar, pero ahora ya no sabía que podía hacer para arreglarlo. Y, aunque lo hubiese sabido, no habría tenido el valor de hacerlo. Era el camino que había elegido: ser un cobarde, dejar pasar las oportunidades de ser feliz. Debía pagar las consecuencias de su elección. Se obligó a pensar solo como un profesional:
—Bueno, yo no sé nada de psicología, así que lo mejor será que los revises tú, para ir descartando los que no nos sirvan —levantó la mirada para observarla. Ella revolvía entre los expedientes mientras asentía a lo que él iba diciendo. Sin embargo, a Carlos le pareció que tenía la mirada ausente, que sus pensamientos estaban muy lejos—. Cuando creas que alguno de los expedientes puede corresponder a Caronte, me lo dices y yo le investigaré.
—Con la lectura de esos expedientes eliminaré a bastantes, pero es posible que muchos de ellos coincidan con nuestros datos —objetó ella.
—Da igual, no te preocupes por eso. No voy a detenerles a todos. Solo iré a hablar con ellos para investigar sus coartadas, su modo de vida, si se conectan o no a Internet… ¿Te parece bien?
—Sí, claro, como tú quieras… Tú eres el investigador.
Los dos se quedaron en silencio, no sabiendo qué más decirse. Carlos sintió la tensión que había entre ellos como una fuerza que les alejase aún más y que ya no pudiera traspasarse. Natalia abrió uno de los expedientes y empezó a leer y a tomar notas, como si ella no notase aquella incomodidad.
Parecía que a partir de ese momento su relación iba a ser solo profesional y que cualquier conversación acabaría en el preciso instante en que hubiesen terminado de hablar de trabajo.
—Voy a despertar a Gus. —Carlos se levantó y se acercó a la puerta, quedándose allí parado, esperando cualquier comentario de Natalia que pudiese sugerir que aún quedaba algo de la complicidad anterior.
—De acuerdo —la voz de Natalia seguía siendo seca, impersonal.
Carlos salió de la cocina sintiéndose derrotado. Se quedó al otro lado de la puerta, sin saber bien para qué lo hacía, quizá esperando una llamada de ella que sabía con seguridad que no se produciría. Por fin se resignó y se acercó a Gus, tocándole con suavidad en el hombro.
—Gus, despierta.
—Sí…, que… ¿qué pasa? —Gus abrió los ojos y le miró desconcertado
—. Ah, Carlos… Perdona, he debido quedarme dormido un rato…
—Llevas así más de una hora, pero da igual. Creo que debería llevarte a casa.
—¿Por qué? —Gus miró su reloj—. Todavía es pronto, puedo trabajar una o dos horas más.
—Estás agotado. Si sigues así, no te vas a enterar de lo que estás leyendo y prefiero que pares ahora a que te pases un dato que pueda ser importante. Venga, vamos.
—Tú sabrás, jefe. Voy a despedirme de Natalia.
—Bien, yo voy llamando al ascensor.
Carlos salió de la casa derrotado, cansado, como si hubiese envejecido más de veinte años. Se sentía culpable y estúpido por la situación que había creado. Había intentado no sentir, no exponerse al dolor y ya lo estaba sintiendo. Lo único que deseaba era llegar pronto a casa para olvidarse de todo aquello con unos pocos tragos de vodka. O quizá fuesen muchos. O
quizá una botella. Le daba igual, solo quería dejar de pensar.
Gus abrió los ojos a la oscuridad de la habitación. La luz del reloj despertador le advertía de que solo eran las cuatro de la mañana. Se sentó en la cama, preguntándose a sí mismo por que se había despertado tan pronto. Entonces recordó que Carlos le había traído a casa a las ocho de la tarde y que llevaba durmiendo desde entonces, aparte de lo que hubiese dormido en casa de Natalia. Volvió a tumbarse para intentar dormir de nuevo, pero, al cabo de unos minutos de girar en la cama, se dio cuenta de que sería inútil. Ahora que se había desvelado no podía dejar de pensar en la investigación y en como Caronte había conseguido burlarle usando algo tan tonto como mandar los mensajes a través del servidor.
Se colocó boca arriba en la cama y contempló las estrellas fluorescentes que adornaban el techo mientras pensaba qué pasos podía dar a
continuación. Él nunca había sido un buen hacker, joder a los demás nunca había sido un área de la informática que le apasionase. Sabía hacer cuatro trucos, suficiente para asustar a algún pardillo de ICQ, pero aparte de eso era un completo inútil. Quizá debería confesarle a Natalia y Carlos que él no era ningún genio de la informática, como ellos pensaban.
Encendió la luz de su mesilla. Estaba seguro ya de que no iba a poder volver a conciliar el sueño. Tenía que hacer algo pero no sabía qué.
Encendió un cigarrillo y fumó durante unos minutos mientras seguía pensando. Bien, si él solo no podía hacerlo, tendría que pedir ayuda. Saltó de la cama y encendió el ordenador. En su lista tendría que haber alguien que pudiese ayudarle, sobre todo si les contaba lo importante que era. Abrió ICQ y buscó entre sus contactos a las personas en las que había estado pensando. Antes de mandarles un mensaje, reflexionó durante unos segundos en la posibilidad de que a Carlos no le gustase la idea de que compartiese información confidencial con gente ajena a la investigación.
Durante un momento estuvo a punto de volver a desconectarse y dejarlo hasta haberlo hablado con él, pero las fotos de las chicas asesinadas volvieron a su mente, como si exigiesen justicia. Respiró hondo y mandó el primer mensaje. Carlos tendría que entenderlo.
OceanofPDF.com