La red de Caronte (Version Extendid

Gemma Herrero Virto · Capítulo 23 de 46

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La red de Caronte (Version Extendid

Capítulo X

El sonido del teléfono la despertó sobresaltada. Miró el reloj de su mesilla.

Apenas hacía una hora que había conseguido quedarse dormida. Levantó el auricular y contestó, aún somnolienta:

—Diga…

—Soy Carlos. En un cuarto de hora estoy en tu casa.

—¿Ocurre algo?

—Ha pasado de nuevo —la voz de Carlos sonaba furiosa—. Ese hijo de puta lo ha vuelto a hacer.

—Te espero en mi portal. Hasta luego.

Él colgó sin despedirse. Natalia se levantó y empezó a vestirse con lo primero que encontró, unos vaqueros y una camiseta. No tenía tiempo para arreglarse y además sentía la cabeza embotada. Su cerebro se negaba a empezar a funcionar para no tener que aceptar que lo que le había dicho Carlos podía ser verdad. Se negó a pensar en ello, a creerlo hasta que lo viese con sus propios ojos.

Corrió hacia el cuarto de baño y se lavó la cara con agua fría para despejarse un poco. Prefirió no fijarse demasiado en la imagen que el espejo le devolvía. Estaba pálida y tenía ojeras, debido a las noches que llevaba durmiendo poco y mal. Sus ojos mostraban una expresión que nunca había visto en ellos: la seguridad de que la vida no era justa y que sería estúpido pensar que podía serlo. Se recogió el pelo intentando no mirar aquella expresión de fracaso y salió corriendo hacia el portal.

Recorrieron a paso rápido el espigón del faro hacia la zona acordonada que podía verse a unos cien metros. Justo antes del cordón, sentados en un banco, Carlos vio a una pareja de adolescentes. El chico la abrazaba mientras ella lloraba, presa de un ataque de nervios. El agente que los acompañaba les susurró que eran los que habían descubierto el cuerpo y avisado a la policía. Carlos pensó en hablarles al volver, cuando la chica se hubiese calmado un poco. Ahora lo único en lo que podía pensar era en ver el cuerpo, con la secreta esperanza de que Natalia le dijese que no se trataba del mismo asesino, que aquella chica no había muerto por su incapacidad de encontrar a Caronte.

Llegaron a las escaleras que bajaban a la parte inferior del paseo. El lugar había sido iluminado con varios focos, pero, aún así, era oscuro y tenebroso. La voz de Natalia le sacó de sus pensamientos:

—¿No dirá nada Aguirre porque yo haya venido hoy? No estoy de servicio.

—No, tranquila. Ya he hablado con él. Le dije que tú te habías encargado en los casos anteriores y que quería a la misma persona. No puso ninguna pega.

—Muchas gracias.

—¿Gracias? ¿Por qué?

—Bueno, ya sabes, por seguir confiando en mí aunque… —La voz se le quebró y no pudo continuar.

—¿Aunque hayamos fracasado? Bueno, estamos juntos en esto, ¿no?

Hay que seguir adelante aunque no sea agradable.

Ella no supo qué responderle. Siguió andando con la vista clavada en el suelo. Carlos la miró de reojo. Nunca la había visto así, tan derrotada. Todo el aplomo y la seguridad que la caracterizaban habían desaparecido.

Después de todo, Natalia era tan solo una novata recién salida de la universidad y, a pesar de ser muy buena en su trabajo, le habían enseñado a ver los cadáveres como números. Carlos se preguntó si ella iba a ser capaz de soportar el ver a las víctimas como seres humanos, como niñas enamoradas, engañadas, mutiladas y asesinadas por un loco del que se sentían responsables. A él le había costado mucho dolor, muchas pesadillas, muchas noches sin dormir, el hecho de vivir cada caso como un asunto

personal y al mismo tiempo poder mantenerse lo bastante frío y alejado como para no perder la cordura. No estaba seguro de que Natalia pudiese soportarlo. Quizá era injusto pedírselo.

Llegaron al final del espigón. Esa zona estaba aún más iluminada y en el centro de la luz Carlos vio el bulto tapado con una sabana brillante. Sintió como si una garra le atenazase el estómago. Su cerebro seguía negándose a aceptar la evidencia, pero una voz en su mente le iba abofeteando con la verdad: un cuerpo tan pequeño, una chica tan joven, un lugar solitario… Es él, es él, es él…

Se apartó y se apoyó en una de las barandillas, dejando que Natalia empezase su trabajo. Encendió un cigarrillo mientras se concentraba en las leves ondulaciones de la ría, en las luces de las farolas de la otra orilla… Un barco pesquero pasó por delante, lento, oscuro, triste como un cortejo fúnebre. Su sirena cortó el silencio de la noche como el grito de un animal herido que se lamentase. Se giró y volvió a encaminarse hacia la zona iluminada. Natalia levantó la cabeza y le miró. No tuvo que preguntarle nada. Sus ojos llenos de lágrimas le confirmaron que habían fracasado.

Recorrieron la A-8 de vuelta a Bilbao en completo silencio. La sensación de frustración era profunda, casi física, parecía que iban a ser aplastados dentro del coche por el peso de la decepción y la culpa. Carlos intentó parar el torbellino de pensamientos acusadores que le invadía la mente para concentrarse en conducir. A pesar de que eran más de las tres de la mañana, aún se cruzaban con algunos coches, gente que iba de fiesta en aquella noche de sábado. Carlos miró la larga cinta negra de la ría bordeada por una interminable línea de farolas, las miles de luces que alumbraban el Gran Bilbao, el cielo nocturno dorado por el reflejo de la iluminación de la ciudad contra la polución. Si uno sabía mirarlo de la manera adecuada era un hermoso lugar, casi no se podía creer que un sitio tan bello albergase tanto mal. Y sin embargo, lo que había visto era real, no podía consolarse a si mismo pensando que era una pesadilla. Había sucedido y parte de la culpa era suya.

Se sintió cansado, al límite de su resistencia tanto física como emocional. Después de haber pasado todo el día trabajando en San Sebastián, había tenido que organizar la investigación de la escena del

crimen, preparar los interrogatorios de las siguientes horas, organizar la vigilancia de la zona… Por suerte, había podido rellenar apresuradamente un informe preliminar y marcharse una vez que todo estuvo organizado, aunque tendría que presentarse al día siguiente para rellenar los informes de forma adecuada. Pensó que, al menos, no tenía que preocuparse por madrugar. No iba a poder dormir en toda la noche.

Entró en Bilbao por Simón Bolívar y enfiló hacia el Puente de Deusto.

Dejaría a Natalia en casa y después volvería a la suya a intentar olvidar de nuevo con la ayuda de un trago.

—No me lleves a casa, por favor —la voz de Natalia era un susurro, su tono era suplicante, triste—. No voy a poder dormir. ¿Te importaría que diésemos un paseo?

Carlos lo pensó. La verdad es que no le apetecía nada hablar. Tenía ganas de estar solo y tranquilo, de olvidar todos los problemas en la suave inconsciencia del alcohol, pero, por otro lado, sabía que, si ahora se marchaba a casa, se pasaría horas dándole vueltas a la idea de la derrota y que, al final de la noche, acabaría llorando como un imbécil. Además, no era justo que dejase sola a Natalia en ese momento. Si él, que estaba acostumbrado después de tantos años de servicio, se encontraba tan mal, para Natalia tenía que ser un infierno. Y además eran un equipo, para lo bueno y para lo malo.

—Está bien. Aparcaré el coche aquí mismo.

Bajaron del coche. Natalia se quedó parada, mirándole con ojos tristes, como una niña perdida. Carlos empezó a andar hacia el puente del Palacio Euskalduna.

—¿Dónde vas por ahí? No hay nada.

—Ya. Pensé que era lo que querías: dar un paseo tranquilo. Si seguimos por la Gran Vía, vamos a encontrar un montón de gente y no tengo el ánimo para fiestas.

—No, yo tampoco. Vamos.

Cruzaron andando el puente, cayendo de nuevo en el silencio, solo quebrado por el eco de sus pasos. Siguieron así unos minutos. Carlos pensó que era extraño ese silencio porque no le incomodaba, no sentía la necesidad de tener que decir algo. Podían seguir así, respetando cada uno la

rabia, la decepción y la frustración que no permitía hablar al otro, pero sintiéndose mejor por el simple hecho de saber que no estaban solos.

Llegaron al otro lado de la ría. La oscura mole del Palacio Euskalduna se levantaba en la otra orilla, amenazadora, ocultando la visión de los edificios que tenía detrás. Empezaron a andar hacia Deusto. Su silencio era interrumpido de vez en cuando por el ruido de algún coche que pasaba lento sobre los charcos que aún quedaban en la carretera. El ánimo de Carlos se fue calmando por efecto de la tranquilidad y la belleza que ofrecía la ciudad dormida. Ante ellos apareció la silueta del Museo Guggenheim, brillando con matices dorados y plateados. Carlos se paró un momento para sacar un cigarrillo. Le ofreció otro a Natalia y siguió contemplando el museo y su nítido reflejo en las quietas aguas de la ría durante unos minutos.

—Es bonito, ¿verdad? —La voz de Natalia le hizo dar un respingo. Casi se había olvidado de que estaba allí. Se volvió hacia ella, esbozando una sonrisa.

—Bueno, al principio me parecía horrible, pero, cuanto más lo miró, más me gusta. Tiene algo de… No sé cómo explicarlo.

—De magia. Cuando brilla así parece que este no es su lugar, que podría desvanecerse en cualquier momento.

—Si, algo así.

Estuvieron contemplándolo un rato más sin decir palabra y después continuaron paseando. Carlos se permitió mirarla de reojo. Estaba tan cambiada… Parecía mucho más joven con la ropa que llevaba aquella noche y el pelo recogido con descuido en una coleta. La expresión melancólica de sus ojos grises borraba toda la frialdad que solía brillar en ellos. Era como ver por vez primera a la verdadera Natalia. Le gustó. Pensó que le encantaría ver más de aquella desconocida que paseaba a su lado, saber más de cómo era ella en realidad, cuando todas las mascaras parecían haber caído.

En ese momento pasaban al lado de un pequeño parque. Carlos se adentró en él y se sentó en un banco. Natalia le siguió sin preguntar nada y se colocó a su lado. Enfrente de ellos se encontraba una pequeña fuente de la que en ese momento no salía agua. Carlos paseó la mirada por los columpios abandonados, por los bancos vacíos, por los montones de hojas

secas movidas por el viento. Sintió un escalofrió por la impresión de que el mundo se había terminado. Solo quedaban ellos dos, abandonados en medio de un planeta muerto.

Volvió a sacar tabaco para los dos. Se giró en el banco hasta quedar de frente a Natalia. Ella levantó la cabeza y se le quedo mirando.

—Háblame de ti —le dijo Carlos.

—¿De mí? ¿Y qué quieres saber?

—No sé, cualquier cosa. Algo sobre tu familia, tus aficiones, por qué te hiciste forense…

—¿Qué es esto? ¿Una conversación de ligue? No creo que sea el momento.

El brillo glacial había vuelto a sus ojos. Carlos se recriminó por haber hablado, los muros habían vuelto a levantarse. Algo en el tono de Natalia le avisaba de que estaba pisando terreno resbaladizo, que en alguna de esas preguntas tan típicas había algo que Natalia no quería comentar.

—Solo lo decía por hablar de algo, no creo que haya preguntado nada malo. Llevo un mes trabajando contigo, viéndote todos los días y tengo la impresión de que no te conozco de nada.

—Perdona. Tienes razón. —Natalia bajó la mirada y miró la punta de sus zapatillas durante un rato, como si allí estuviese la respuesta a si debía confiar en él o no—. Está bien, pregunta lo que quieras.

—Bueno, no sé… —Carlos se rascó la cabeza mientras pensaba. No quería volver a molestarla—. Dime algo sobre tu familia. Ya sabes: dónde están, por qué vives sola…

—Eso no es tan fácil de contestar como parece, pero lo intentare. Mi padre vive en Plencia.

—¿En Plencia? Yo pensé que vivían lejos, como nunca has hablado de ellos…

—Ya, es que nunca voy a verle. No tenemos una relación muy estrecha.

—Natalia levantó la vista. Una sombra de duda cruzó sus ojos, como si estuviese midiendo hasta qué punto podía abrir sus barreras. Carlos la miró interesado, invitándola a seguir hablando—. Bueno, no me hablo con mi padre desde poco antes de ingresar en la Ertzantza. El no quería por nada del mundo que yo entrase a trabajar ahí.

—¿Pues? ¿Ya tenía otros planes para ti?

—Siempre ha tenido otros planes para mí. —Natalia suspiró y apartó de nuevo los ojos, fijándolos en el cielo amarillento—. Cuando yo era pequeña ni siquiera me lo planteaba, pero muchas veces, cuando pienso en todas las cosas que he hecho, no sé hasta qué punto he vivido mi vida o la de él.

—No entiendo a qué te refieres.

—A pequeños detalles de los que no te das cuenta hasta que lo piensas en conjunto, como la imagen de un puzzle en el que no sabes lo que estás construyendo hasta que tienes colocadas la mayoría de las piezas. Su manera de educar era tan fría, tan autoritaria… Solo recibía cariño cuando daba los pasos adecuados para seguir la dirección que él había establecido para mí, creo que desde el día en que nací.

—¿Y qué dirección era esa?

—Llegar a ser un reflejo suyo: una gran forense, una afamada catedrática, una eminente científica…

—Yo pensé que te gustaba tu trabajo…

—Y me gusta, pero a veces creo que toda mi vida ha estado condicionada: mis estudios, mi forma de ser, mis aficiones, incluso mis deseos. Igual que una rata de laboratorio —la voz de Natalia se quebró y quedó en silencio.

—Si no quieres hablar de esto, no pasa nada. —Carlos se sentía culpable. Solo había intentado entablar una conversación para que los dos pudieran olvidarse por unos momentos de los acontecimientos de la noche y había acabado sacando a la luz los fantasmas de Natalia.

—No, no me importa. Ahora que ya he empezado es más fácil y, si me callo, quizá no pueda volver a empezar esta conversación nunca más. A no ser que te esté aburriendo… —La duda volvió a aparecer en sus ojos.

—No, claro que no. Sigue, por favor.

—Bueno, yo ya llevaba tiempo planteándome estas cosas, desde que era adolescente. Recuerdo el día que llegue a casa diciendo que había encontrado mi vocación, que quería estudiar Psicología. —Natalia esbozó una sonrisa triste—. Mi padre estuvo dos meses sin hablarme, hasta que le dije que había sido una chiquillada y que, por supuesto, quería ser forense.

—No puedo entenderlo… Sé que hay padres así, pero se supone que tus padres deberían quererte, seas como seas…

—Yo también pensaba eso, pero él siempre fue así. Era mi padre, pero con condiciones.

—¿Y tu madre? ¿No decía nada?

—Murió cuando yo tenía seis años.

—Vaya, lo siento —se disculpó Carlos.

—No pasa nada. Casi no la recuerdo.

—¿Qué más pasó?

—Cuando por fin entre en la Universidad, todo fue a peor. Mi padre tiene un cargo muy importante en la Facultad de Medicina y mis compañeros empezaron a decir que yo era una enchufada y que lo tenía todo hecho. Siempre había tenido dificultades para relacionarme con la gente, pero la Universidad fue un autentico infierno. Me convertí en una amargada. Solo vivía para estudiar y ser la número uno, para demostrar que no tenían razón, aunque ninguno se molesto en comprobarlo nunca.

—Joder, pues vaya vida… Ahora empiezo a comprender muchas cosas.

—¿Como qué? ¿Que a veces soy insoportablemente perfeccionista y que me comporto como una trepa? —Natalia le sonrió.

—Sí, por ejemplo eso.

Se arrepintió en el mismo momento en que pronunció la frase. Había intentado bromear un poco, como hacía siempre, para intentar quitarle plomo a la situación y que Natalia se sintiese más cómoda hablando. Pero había sido un error. En cuanto dijo esas palabras, un centelleo de tristeza y vergüenza apareció en los ojos de Natalia. Unas lágrimas brillaron, pero Natalia apartó la mirada y no las dejó caer. Al cabo de unos segundos volvió a mirarle y esbozó una tímida sonrisa, como intentando demostrar que no había pasado nada.

—Era una broma, lo siento de verdad si he dicho algo que no debía…

—se excusó Carlos, avergonzado.

—No, tranquilo… No has hecho nada malo, es culpa mía. Le doy demasiada importancia.

—Le das la que tiene. Me estás contando cosas que te duelen de verdad.

Lo que pasa es que soy un borrego que no sabe callarse.

—Bueno, eres el único borrego en el que me he atrevido a confiar.

—Gracias, en serio.

Carlos sacó otros dos cigarrillos. A pesar de aquella horrible noche, del cansancio de todo el día, del error que acababa de cometer, se encontraba tan a gusto… Eso desató una alarma en su cabeza. No le gustaba poder quedarse enganchado, que alguien confiase en él y que pudiese defraudarle, tal y como acababa de pasar. Él no estaba hecho para las relaciones personales, no se le daban bien. No sabía si podría manejar el hecho de que Natalia confiase en él porque, aunque fuese egoísta pensar aquello mientras ella le contaba sus sentimientos, él no estaba preparado para confiar en nadie. No quería exponerse a que pudiesen hacerle daño.

Desechó esos pensamientos y volvió a mirar a Natalia. Estaba girada hacia él, con las dos piernas cruzadas encima del banco. Parecía tan joven… Estaba tan guapa esa noche, el tipo de chica que siempre le había gustado, con aquel aire desvalido y sensible, alguien de quien él pudiese cuidar. La alarma volvió a sonar. No quería ver a Natalia como una posible relación. Eso solo podría ocurrir en su imaginación y, además, le daba un miedo atroz. Natalia se agarraba con ambos brazos para protegerse del viento helado. Carlos se levantó y le tendió la mano.

—Vamos, podemos seguir hablando por el camino.

—¿Por el camino a dónde? —Natalia le dio la mano para que la ayudase a levantarse. Por un momento se quedaron con las manos juntas, como si no supieran si separarlas o seguir caminando agarrados. Carlos la soltó para señalar.

—Conozco un bar cerca del Ayuntamiento que abre a las cinco.

Empezaron a andar hacia allí. Natalia seguía abrazándose para protegerse del frío. Carlos se quitó el abrigo y se lo tendió.

—¿Qué haces? Te vas a quedar helado…

—No, yo tengo calor. Póntelo tú.

—¿Pero cómo vas a tener calor con la noche que hace?

—Yo siempre tengo calor, en serio. Si no te lo pones, lo voy a llevar en la mano… —Carlos se preguntó a sí mismo como podía ser tan mentiroso… y tan tonto. El viento helado se le estaba clavando en la piel

como si no llevase nada puesto, pero, aún así, se sintió mejor cuando ella cogió el abrigo y siguió andando.

—Muchas gracias. —Natalia le miró, sonriente. Carlos sonrió también.

Le quedaba enorme, era justo lo que le faltaba para parecer una cría.

—Venga, cuéntame. ¿Qué pasó al final con tu padre?

—Cuando acabé la carrera de Medicina, mi padre se empeñó en que optase a una plaza para estudiar un par de años en una prestigiosa universidad de Estados Unidos. Yo no quería ir, pero, como siempre, le hice caso y me apunté. Entonces, estando un día en el baño de la universidad, oí entrar a dos chicas de mi clase. Estaban hablando de la plaza para ir a Estados Unidos. Comentaron que nadie más de la clase se quería presentar porque yo me había apuntado y ya se sabía para quien iba a ser la plaza, teniendo yo el enchufe que tenía. Entonces salí y les dije que no tenían de que preocuparse porque yo no quería la plaza.

—¿Y te enfrentaste a tu padre?

—No, no tenía valor. Pero había que hacer un trabajo para que evaluasen tus capacidades, así que lo hice fatal, todo el trabajo era incorrecto. Cuando lo entregué, estaba segura de que iban a rechazarme.

—¿Y qué pasó?

—Me eligieron de todas formas. Entonces empecé a plantearme si todos mis logros a lo largo de mi carrera habían sido míos, si mi vida era en verdad mi vida o solo el papel que mi padre me había hecho desempeñar…

Natalia se mantuvo callada por unos instantes. Carlos respetó su silencio mientras seguían caminando. De repente, ella se paró y elevó la vista hacia uno de los edificios. Encaramada en el techo se elevaba la estatua de un enorme león de piedra. Incluso desde la distancia se percibía su gran tamaño y las luces de la noche le daban un aspecto sombrío, inquietante, como si pudiese cobrar vida de un instante a otro. Natalia emitió una risa desprovista por completo de humor:

—Me recuerda a mi padre: grandioso, encumbrado, vigilándolo todo como si estuviese preocupándose por ti, aunque tú vivas con el miedo de que, en cualquier momento, puede saltar y devorarte. Siempre pienso lo mismo al pasar bajo esta estatua.

—Yo ni siquiera me había fijado nunca en ella, pero tienes razón. Da miedo. —Natalia desvió la mirada de la estatua y siguió andando. Carlos se situó a su lado y volvió a preguntarle—. ¿Y entonces? ¿Te fuiste a Estados Unidos?

—No, ni hablar… Ya no lo aguanté más. Renuncié a la plaza y solicité matricularme en Anatomía Forense en la Universidad de Madrid. Mi padre se enfadó muchísimo, pero, de todos modos, aunque me hubiese desviado un poco del camino, seguía sirviendo a sus propósitos. Él quería que me doctorase en esa especialidad y que le ayudase en sus clases y sus investigaciones en la Universidad para, algún día, ocupar su plaza.

—Vamos, que necesitaba a alguien que siguiese viviendo su vida cuando él ya no pudiese.

—Exacto. Pero cuando terminé de especializarme en Madrid, no volví.

Me quedé allí haciendo un Master en Psicología Forense. Él se enfadó, me amenazó con no darme más dinero, pero yo, en vez de agachar las orejas como siempre, empecé a vivir sin su ayuda gracias al fondo que mi madre me había dejado como herencia. Entonces mi padre simuló calmarse, pensando que yo volvería a entrar en razón.

—Pero no lo hiciste, ¿verdad?

—No, claro que no. Los años que pasé en Madrid, lejos de sus tentáculos, fueron los más felices de mi vida. Por fin podía ser yo misma y estar segura de mis propios logros. Incluso, cuando algún profesor me preguntaba si era familiar del famosísimo doctor Egaña, yo contestaba que el apellido era solo una coincidencia.

En ese momento pasaban por debajo del Puente de Deusto. Natalia paró de hablar y le miró.

—Oye, si vamos hasta el Ayuntamiento y luego tenemos que volver hasta donde hemos dejado el coche, vamos a tardar muchísimo. ¿Qué te parece si vamos a buscar el coche ahora que estamos cerca y te invito a café en mi casa?

Carlos no supo qué decir en un primer momento. Todo aquello empezaba a parecerse demasiado a una cita. Por alguna estúpida razón, la idea de estar en casa de Natalia sin que Gus se encontrase presente le resultaba incomoda… y excitante. Volvió a enfadarse consigo mismo por

dejar que su imaginación se desbocara y consiguió sonreír antes de contestar:

—Me parece una buena idea. La verdad es que se está haciendo muy tarde. ¿Vamos por aquí?

Natalia asintió. Los dos empezaron a subir por unas escaleras muy viejas y sin iluminación hacia la parte superior del puente. Carlos tuvo que contener un escalofrió ante el recuerdo de las escaleras del faro que había bajado apenas tres horas antes. Se sorprendió al pensar cuánto tiempo llevaba sin recordarlo, sin torturarse. Era extraño como Natalia le había hecho abstraerse de todo aquel dolor. Decidió dejarse llevar por esa sensación de paz, de estar viviendo el momento sin que importasen para nada el ayer o el mañana. Ya tendría tiempo de atormentarse cuando llegase a casa. La sola idea de estar en su cama vacía, a merced de los sádicos pensamientos de su cerebro le producía terror. Ojalá ese paseo no acabase nunca. Cuando volvió a salir a la calle iluminada sintió una sensación de inmenso alivio.

—Bueno, que nos hemos ido del tema. ¿Qué pasó cuando volviste de Madrid?

—Que me di cuenta de que mi padre no había comprendido nada.

Incluso tenía ya una plaza reservada para mí como su ayudante adjunto.

Intenté hacerle entender que eso no era lo que quería, pero no me hizo caso.

Mis pensamientos y mis deseos no importaban en absoluto. Creo que ni siquiera puede concebir que yo tenga unos pensamientos diferentes de los suyos. Así que me marché de casa, esta vez para siempre.

—¿Y cómo lo hiciste? ¿De dónde sacaste el dinero?

—Bueno, seguía quedándome dinero de la herencia de mi madre. Y mi abuela materna, al morir, me dejó el piso en el que vivo ahora y algo de dinero. Yo era su única nieta. Entonces decidí intentar entrar en la Ertzantza. Estaba segura de que él no podría influir en ello, ni para bien ni para mal.

—Así que por fin eres libre.

—Bueno, se podría decir que sí… —respondió Natalia, dubitativa.

—¿Cómo que se podría decir? Ya no dependes de él económicamente.

Tienes un buen trabajo, tu propia casa, tu coche… Y no le debes nada de

eso a él.

—Sí, pero muchas veces me sorprendo obsesionándome con seguir siendo la número uno, con ser perfecta… Intento engañarme diciendo que lo hago por mí misma, pero sé que no es cierto. A mí no me gusta ser así, no me hace feliz comportarme como una trepa, y mucho menos que los demás me veáis así. Pero no puedo cambiar.

—Es normal, después de tantos años de tener que comportarte de una manera, no puedes pretender cambiar de un día para otro. Date tiempo.

Natalia esbozó una sonrisa triste:

—Yo puedo darme ese tiempo, pero ¿me lo darán los demás?

—No puedo hablar por los demás, pero por mí tienes todo el tiempo que necesites.

Natalia le miró durante unos segundos y después sonrió tímidamente antes de seguir andando. Carlos no pudo saber si lo que había visto en sus ojos había sido el brillo de nuevas lágrimas o si solo lo había imaginado.

Empezó a andar tras ella hasta situarse a su lado, arrepintiéndose de haber pronunciado un compromiso para el que no se sentía preparado.

Siguieron paseando, como si no hubiera nada de lo que preocuparse, como si aquella noche fuese a durar para siempre. Los dos andando eternamente con toda la ciudad para ellos solos. Habían llegado al final del Puente de Deusto. Carlos enfiló por una de las calles que llevaban hacia la Gran Vía. Natalia se paró y señaló hacia el parque:

—¿Podríamos ir por ahí? Creo que se llega antes si atravesamos el parque.

—Eres una chica valiente. ¿No sabes que el parque por la noche es muy peligroso?

—Ya lo sé, pero yo voy acompañada de un duro policía. No tengo nada que temer, ¿no?

—Está bien, vamos. —Carlos se encogió de hombros. Sentía que aquella noche nadie iba a molestarles, que ese lugar sería también para ellos dos y que nada ajeno vendría a estropearlo.

Entraron en el parque, pasando cerca del Museo de Bellas Artes. Se internaron por uno de los caminos de asfalto, bordeado de altos árboles que ya empezaban a perder sus hojas. Carlos se entretuvo en darles patadas

mientras caminaban en silencio, disfrutando de la tranquilidad del parque, del rumor del viento entre las ramas de los árboles, de los cantos de los primeros pájaros… Natalia se separó unos pasos y se sentó en un banco.

Sacó el paquete de tabaco del bolsillo de su chaqueta, después de pelear unos segundos con el enorme abrigo, y le ofreció un cigarrillo. Carlos se sentó a su lado y lo encendió, mientras observaba como el cielo empezaba a tomar un tono rojizo, anunciando la inminencia de otro amanecer. No pudo evitar una punzada de pena al darse cuenta de que sus plegarias no habían sido escuchadas. Pronto la noche acabaría y la ciudad volvería a ser ocupada, disipando toda la magia.

—¿Sabes una cosa? Los únicos recuerdos que guardo de mi madre son en este parque. Muchas veces, cuando estoy preocupada por algo, vengo aquí y me siento a pensar, en este mismo banco en el que estamos sentados, delante de la fuente. Puedo pasarme horas mirando el agua correr, o los niños jugando o la gente paseando… Y me pregunto qué pasará por su cabeza, qué problemas tendrán, qué clase de vida llevarán… Cuando me marcho, mis problemas me parecen más pequeños. —Natalia hablaba distraída, casi como si conversase en voz alta consigo misma. Entonces pareció volver a la realidad, le miro y sonrió avergonzada—. Pensarás que solo digo tonterías. Vaya rollo te he soltado esta noche.

—No, me gusta oírte hablar, en serio. Además, he sido yo el que ha dicho que quería saber cosas de ti.

—Ya, pero no creo que tantas… —rio nerviosa, como si se avergonzase de haber desmontado demasiado sus murallas.

—Ya sabes que nunca he tenido problemas para decirte algo borde y cortarte. En serio que me apetecía escucharte.

—Gracias. Creo que me has ahorrado un montón de sesiones de psicoanalista. No sé cómo te lo voy a pagar.

—Pues, en este momento, con el café que me habías prometido. Esta amaneciendo y empieza a hacer frío.

—Si quieres el abrigo, te lo devuelvo.

—Como vuelvas a ofrecérmelo, lo tiro a la ría sin quitártelo antes.

Anda, vamos.

Se dirigieron rápido al coche. Carlos condujo hacia casa de Natalia, dándose prisa porque no quería cruzarse con mucho tráfico. Deseaba seguir manteniendo la ilusión de que estaban solos en el mundo unos momentos más.

Carlos se encontró revolviendo con la cucharilla una taza de café vacía.

El tiempo había pasado tan rápido… Pensó en pedir otra taza para prolongar algo más el momento, pero no se atrevió. Sabía que tenía que marcharse, que aquella noche había sido un regalo, que seguramente nunca volvería a repetirse, pero se resistía a volver a la vida real, a la soledad, a las pesadillas… Lo mejor sería hacerlo sin pensar: levantarse y marcharse, sin más. Después de todo no era una despedida. Iban a verse al día siguiente, solo faltaban unas horas. Se preguntó si al día siguiente podría encontrar a la Natalia de esa noche, si podría ver de nuevo ese brillo en sus ojos, esa sonrisa abierta, o si, por el contrario, ella se escondería aún más detrás de su máscara, avergonzada por haberse sincerado con él. Decidió no pensar más en ello y se resignó a marcharse.

—Bueno, ya que he visto que no te gusta, ahora sí que me lo llevo —se levantó de la silla y cogió su abrigo—. Supongo que no es tu estilo. Te veo mañana, ¿no?

—Sí, claro… —Natalia parecía perdida. Permaneció unos segundos sentada, mirándole extrañada, como si no se hubiese planteado que él tuviese que marcharse.

Carlos se dirigió a la salida mientras se ponía el abrigo. Natalia se adelantó y le abrió la puerta. Carlos salió y se giró para despedirse, pero no supo qué decirle. Se quedó mirándose los zapatos, intentando encontrar algo que pudiese sellar aquella noche, algo que no fuese inadecuado, pero no se le ocurrió nada. Levantó la vista dispuesto a marcharse con un simple adiós y se encontró con la mirada cargada de lágrimas de ella. En solo un segundo descubrió en sus ojos ese mismo miedo a quedarse sola, a tener que enfrentarse consigo misma y con los recuerdos. Y entonces ella se lanzó a sus brazos y le besó.

En un primer momento no supo cómo reaccionar. Aquello no podía estar sucediéndole a él. La abrazó fuerte por la cintura y correspondió a su beso con una pasión que le consumía por dentro. Ella se apretó aún más

contra él, como si quisiera que sus cuerpos se fundieran para no tener que separarse nunca. Él acarició su espalda, su nuca, su pelo, sintiendo que deseaba aquello más que ninguna otra cosa en el mundo y sabiendo por otro lado que había algo que no estaba bien. Empezó a besarla con ternura, mientras las lágrimas de ella resbalaban por sus mejillas hasta llegar a sus labios, dando a aquel beso un sabor triste. Se separó con suavidad, sin soltar del todo su cintura y le dio un beso suave, apenas un roce de sus labios antes de susurrarle:

—No hace falta que hagas esto para que me quede, Natalia. Solo tienes que pedírmelo.

Ella abrió los ojos y se quedó mirándole, llorando cada vez más fuerte, sin poder decir nada. Carlos le acarició una mejilla y siguió hablando en susurros:

—No quiero que hagamos nada de lo que mañana podamos arrepentirnos, pero comprendo que no quieres estar sola esta noche. A mí también me da miedo. Me quedaré y te cuidaré mientras duermes.

¿Quieres?

Natalia asintió entre sollozos. Carlos la cogió en brazos y la apretó contra su cuerpo. Ella ocultó la cabeza en su hombro y dejó que la llevase a la habitación. Carlos la depositó en la cama y se acostó a su lado, agarrándola desde atrás por la cintura.

—Ahora duerme, mi niña. Yo estaré aquí toda la noche.

Los sollozos de Natalia fueron remitiendo hasta que, por fin, quedó en silencio. Carlos se mantuvo quieto, esperando a que ella se durmiese.

Cuando su respiración se hizo lenta y regular, se apoyó en un brazo para mirarla con la suave luz que entraba por la ventana. Parecía tranquila por fin, aunque una leve arruga de preocupación fruncía su ceño. Se inclinó sobre ella y le dio un suave beso en la mejilla. Le pareció que, en sueños, ella sonreía.

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