La red de Caronte (Version Extendid
Capítulo IV
Carlos esperaba apoyado en el volante de su coche. Un cuarto de hora tarde.
¿Por qué todas las mujeres tenían que ser así? Siempre haciendo esperar, debían hacerlo adrede para sacar de quicio a los hombres. Al menos en el caso de Natalia estaba seguro de que era así. Aquella chica le odiaba y quería volverlo loco, pero no se lo iba a permitir. El día anterior había estado a punto de pensar que trabajar juntos podía ser una buena idea, pero, a cada minuto que pasaba, aquello le parecía más y más estúpido. Le daría cinco minutos más, mientras se fumaba un cigarro, y después se marcharía y su colaboración habría acabado para siempre, dijese ella lo que dijese.
Mientras esperaba siguió pensando en aquel maldito caso. Los resultados en archivos no estaban siendo muy alentadores. La comparación de las fichas con los datos que poseían iba a durar días y después tendrían una lista de decenas de posibles culpables. Aquello podía llevarles semanas, quizá meses… Rezaba con toda su alma para que Natalia estuviese equivocada con la idea del asesino en serie porque, si se le ocurría volver a atacar, ellos no iban a estar preparados para detenerlo. De eso estaba seguro.
Los cinco minutos habían pasado, así que encendió el motor del coche.
Una pena. Podría haber funcionado, después de todo parecía una chica inteligente. Lástima que tuviese tan mal carácter. En ese momento ella apareció doblando la esquina, corriendo con todas sus fuerzas a pesar de los impresionantes tacones. ¿Cómo eran capaces de hacer eso? Ella saludó con la cabeza desde fuera del coche y entró:
—¿No pensabas esperarme? —preguntó enfadada.
—La verdad es que no. Considero que veinte minutos son más que suficientes, incluso teniendo en cuenta la cantidad de tiempo que las mujeres malgastan en pintarse y arreglarse el pelo.
—Así que eso es lo que piensas que he estado haciendo, ¿verdad?
—¿Qué otra cosa si no? De todas maneras, no te preocupes. Has quedado muy bien —le sonrió Carlos.
—Si eso era un cumplido, puedes guardártelo. No necesito que me aconsejes sobre mi aspecto. Deberías preocuparte más del tuyo —dijo Natalia mientras se ataba el cinturón de seguridad.
—¿Qué le pasa a mi aspecto? —preguntó él, incomodo.
—Nada, déjalo. —Carlos miró al techo del coche y resopló desesperado
—. De todas formas, puedes estar tranquilo. No necesito tanto tiempo para arreglarme. Si he llegado tarde es porque me acordé de que el colegio de Bianca quedaba de camino hacia aquí y entré a pedir su historial académico.
Quería saber si había sido una chica con problemas escolares o de conducta antes de ir a hablar con sus padres.
—¿Y para qué? No la estamos investigando a ella.
—Sí, ya lo sé, pero quizá conociendo más a la víctima podamos deducir algo de su asesino. Bueno, el caso es que fui a por el informe y me entretuve hablando con su tutora: niña ejemplar, buena estudiante, excelente expediente académico… —empezó a explicar Natalia.
—Me suena. Todo el mundo es buenísimo después de muerto —dijo Carlos, irónico.
—No seas bruto… Además en este caso es cierto, su expediente lo demuestra: unas calificaciones estupendas, ningún problema de disciplina…
Lo único que ha podido decir su tutora en su contra es que era una niña muy tímida, que no se relacionaba con los demás alumnos… Y una cosa interesante: en los últimos dos meses se retraía aún más, parecía distraída e incluso sus calificaciones bajaron un poco.
—¿Crees que le sucedía algo desde hace dos meses? ¿Algo como que pudo conocer al asesino? —sugirió Carlos, interesado.
—No lo sé, pero es una hipótesis.
Carlos empezó a conducir, pensativo. Podría ser. Él seguía creyendo en un asaltante desconocido, pero, por lo que sabían de Bianca, no parecía el
tipo de chica que haría auto- stop a altas horas de la madrugada o que se marcharía a dar una vuelta con el primer chaval que apareciese. Si ella ya le conocía, quizá la visita a su casa resultase más fructífera de lo que él había supuesto: un diario, cartas, una foto… ¿Por qué no iba a ser este su día de suerte? ¿Por qué no iba a encontrar por fin un caso fácil? Además así se libraría de Natalia, que, a pesar de decir que no le preocupaba su aspecto físico, acababa de moverle el retrovisor para arreglarse el pelo. Ella se encontró en el espejo con el reflejo de la mirada de él, entre burlona y enfadada, así que intento sin éxito volver a colocarlo en su sitio y se recostó en el asiento, dedicándose a mirar las calles de Bilbao por la ventanilla.
Sumidos en un tenso silencio llegaron a la urbanización donde había vivido Bianca, un grupo de casas de dos pisos, con pequeños jardines interiores, todo ello rodeado por una valla. Un pequeño remanso de paz en la gran ciudad, un lugar en el que uno pensaría que podía criar a sus hijos sin que nadie fuese a clavarles un cuchillo en el corazón. Una pena que los últimos acontecimientos hubiesen hecho que el sueño de aquella gente se desvaneciese para enfrentarles a una pesadilla que, además, correspondía al mundo real. Carlos intentó alejar aquellos pensamientos de su mente. Hacía muchos años aquellos sueños habían sido también los suyos, siempre había envidiado a la gente que podía vivir como había vivido la familia de Bianca hasta entonces, aunque la vida le había enseñado que debía conformarse con un apartamento pequeño en el que nadie le esperaba. Pensando en lo ocurrido en los últimos días la envidia desaparecía, se sentía tranquilo de poder vivir todo aquello más o menos desde fuera. Después de todo nunca había podido decidir si era mejor haber tenido algo y haberlo perdido o no haberlo tenido nunca. Estar sumido en una melancolía eterna podía ser duro, pero, aunque fuese una postura cobarde, él prefería aquello al dolor agudo de la perdida. La voz de Natalia le atrajo al mundo real:
—Es aquí, ¿verdad?
—Sí, es aquí. —Carlos salió del coche y lo rodeó hasta quedar frente a Natalia—. Escúchame ahora con atención. Vamos a entrar ahí, pero quien hablo soy yo, quien pregunto soy yo y quien mando soy yo. Tú estás calladita, escuchas y observas por si a mí se me escapa algo, pero nada más.
¿Entendido?
—Sí, señor. —Natalia se puso firme e imitó un saludo militar—. ¿Algo más, señor? ¿Le limpio las botas, señor?
—Sería una buena idea pero dejémoslo para otra ocasión. ¿A qué viene esto?
—¿Y a qué viene lo de mandarme callar? —Por su tono se notaba que estaba dolida—. ¿Crees que no estoy cualificada?
—Lo que creo es que vamos a hablar con una familia que acaba de perder a su hija y no me gustaría que a ti se te escapase algún comentario desafortunado. Tú sabes mucho de destripar gente y yo sé muy bien cómo comportarme en estas situaciones porque, por desgracia, he tenido que vivirlas muchas veces, así que te rogaría que no te entrometieses en mi trabajo y yo prometo no ir a robarte el bazo de tu próximo «cliente». ¿Trato hecho?
—Está bien, pero me gustaría mucho verte intentando encontrar un bazo
—respondió ella riéndose.
—Listilla —masculló él.
—Borde —contestó ella, también entre dientes.
Carlos prefirió fingir que no la había oído. Pasarse la mañana plantados delante de aquella puerta no era su ideal de cómo matar el tiempo y, además, estaba seguro de que con esa mujer nunca llegaría a ponerse de acuerdo. Así que rezó para que ella le hiciese caso y llamó al timbre.
—Créame que sentimos tener que molestarle en estos momentos pero comprenderá que es necesario. Intentaremos que sea lo más breve posible
—empezó Carlos con un tono suave.
—No se preocupe, lo comprendo. Mi mujer no podrá atenderles hoy, está dormida. Sedantes, ya sabe…
Frente a ellos se sentaba un hombre de unos cuarenta años, alto y delgado, cuyo cabello empezaba a escasear. Detrás de sus pequeñas gafas podían verse unas marcadas ojeras y sus ojos, rojos de tanto llorar, reflejaban una angustia y una pena infinita. En ellos Carlos pudo leer la pregunta que había visto en los ojos de muchísimas otras personas en
situaciones parecidas: ¿por qué? Y lo peor era que, la mayoría de las veces, esa pregunta quedaba sin respuesta.
—No hay ningún problema. Creo que usted podrá respondernos, pero, si necesitamos que su mujer conteste a algo, esperaremos a otro día —el hombre asintió despacio, con la mirada fija en el suelo, ausente—. Nos gustaría que nos hablase sobre las amistades de Bianca. Cualquier detalle que usted pueda recordar sobre algún amigo o conocido suyo puede ser importante. Sé que ya estuvieron hablando de esto con otros agentes cuando denunciaron la desaparición, pero quizá ahora pueda recordar algo más.
—Como ya les dije, Bianca no tenía amigos. Supongo que hablaría con las chicas y chicos de su escuela, pero nunca salía los fines de semana, nunca trajo amigas a casa. Era una niña muy tímida, siempre leyendo, jugando al ordenador, viendo la tele… Nosotros no le dábamos importancia a eso. Nunca dio problemas y siempre traía buenas notas. Era una niña tan buena… —La voz del hombre se quebró en un sollozo y durante un segundo pareció que iba a derrumbarse pero consiguió reponerse y seguir hablando—. Recuerdo que últimamente su madre y yo estuvimos insistiéndole para que saliese un poco y tuviese más contacto con chicas de su edad. Ya tenía catorce años y no era normal que estuviese tan sola.
Además, en los últimos meses, ni siquiera hablaba ya con nosotros y su profesora también nos dijo que estaba muy rara, así que pensamos que lo que necesitaba era distraerse un poco aunque sus notas estuviesen bajando.
Nos tenía un poco preocupados, así que nos alegramos mucho cuando ese domingo por la tarde nos dijo que iba a ir al cine con unas compañeras de clase —el hombre volvió a callar y esta vez no pudo reprimir las lágrimas.
Enterró la cara entre sus manos mientras todo su cuerpo se convulsionaba por los sollozos—. ¿Pero dónde fue? ¿Qué fue lo que pasó? ¿Por qué a mi niña?
—Sabemos que sí estuvo en el cine. Encontramos una entrada en su bolsillo. —Natalia se había sentado al lado del hombre y apoyaba una mano en su espalda, intentando tranquilizarle. Carlos la miró, recordándole su promesa de estar callada.
Los sollozos remitieron poco a poco y el hombre pudo continuar hablando:
—Cuando comenzó a hacerse de noche y Bianca no volvió, empezamos a asustarnos. Siempre había sido tan responsable que no era normal que hiciese eso, así que buscamos su libreta de teléfonos y llamamos a la amiga con la que se suponía que había quedado. Cuando nos dijo que no había visto a Bianca en todo el día y que era mentira que hubiesen quedado, pensamos que quizá nos habíamos equivocado en el nombre de la amiga, así que llamamos a todas las chicas que aparecían en su agenda, pero no había estado con ninguna. A las doce llamamos a la policía, pero nos dijeron que teníamos que esperar para que pudiesen hacer algo. Bueno, el resto ya lo sabe… —volvió a sollozar desesperado—. Esperar… Mientras ustedes estaban esperando, ya la habían matado. ¿Por qué no se dieron más prisa? Quizá habrían podido evitarlo, quizá ahora mi niña estaría viva si no fuese por ustedes…
Volvió a callar, dejándose llevar por la angustia. Era normal pasar por aquella rabia, intentar buscar culpables, rebelarse… Cualquier cosa con tal de no tener que enfrentarse al dolor sordo de la pérdida. Natalia volvió a apoyar el brazo sobre sus hombros, mientras le susurraba palabras de consuelo. Carlos decidió dejar las preguntas para otro momento. De todas formas, no pensaba que pudiera sacarle mucha más información. Esperó unos minutos a que se tranquilizase para preguntarle si podía revisar la habitación de Bianca. El hombre asintió con la cabeza, sin levantar la mirada.
Carlos se dirigió al pasillo buscando el cuarto de Bianca. Cuando abrió la puerta se encontró con una pequeña habitación pintada de rosa. Estaba tan ordenada como si su dueña fuese a aparecer en cualquier momento para seguir con su vida. Carlos cerró la puerta a su espalda y se quedó parado en medio de la habitación por unos segundos, tratando de contener la incomodidad que le impulsaba a salir de aquella casa tan cargada de dolor.
Podía comprender cómo se sentía el padre de Bianca. Era como haber estado mirando un hermoso futuro en un espejo mágico que de repente se cae al suelo, y lo único que queda es un presente hecho pedazos y que no puede recomponerse y los reflejos de un pasado que solo causa dolor.
Cuando estuvo un poco más tranquilo empezó a registrar la habitación.
Después de todo, cuanto antes acabase, antes podría salir de aquella
atmósfera opresiva. La habitación podría haber sido la de cualquier otra chica de catorce años: un escritorio, libros, un ordenador, peluches, frascos de colonia… En la mesilla podían verse varias fotos de Bianca, una chica pequeña y con aspecto débil que no aparentaba los catorce años. Carlos cogió una de esas fotos. Se veía a una niña rubia, con el pelo muy largo y lacio. Tenía una sonrisa muy bonita y detrás de las gafas brillaban alegres unos enormes ojos castaños. Parecía muy dulce y tenía un cierto aire desvalido que provocaba ganas de cuidarla. ¿Cómo alguien podía hacer daño a una niña así?
La puerta se abrió y Natalia entró en la habitación. Carlos se dio cuenta de que ella había perdido aquel aspecto profesional y duro. Miraba las cosas con el respeto de alguien que visita un mausoleo y un aire de tristeza empañaba sus fríos ojos grises. Revisaron la habitación en silencio. No había cartas, ni un diario. En su agenda solo aparecían apuntadas las fechas de exámenes o de entrega de trabajos, nada de citas. Una hora después se dieron por vencidos. Carlos recogió la foto que había estado observando para preguntarle al padre de Bianca si podían llevársela. La necesitarían para preguntar en el cine si alguien había visto quien acompañaba a aquella chiquilla.
Natalia se encontraba en la otra esquina de la habitación, acariciando a uno de los ositos de peluche con aire distraído. Carlos se acercó y puso una mano en su brazo. Ella le miró desconcertada, como si saliera de un sueño y él pudo ver que había lágrimas contenidas en sus ojos.
—Vamos, aquí ya no nos queda nada que hacer.
Salieron de la casa en silencio, dejando a sus habitantes la dura tarea de sobrevivir con la presencia de la muerte.
OceanofPDF.com