
La ruta del aventurero
Baroja cede la pluma a un inglés inventado, J. H. Thompson, hijo de un disecador de animales de Londres y vendedor de pasas en Málaga. Avisa en el prólogo de que las dos historias van en tono menor: Thompson mira las cosas por dentro, con frialdad de disecador. En «El convento de Monsant», bajo Fernando VII, tres hombres desembarcan en Ondara y quedan en cuarentena; uno muere. Los otros dos, Thompson y un capitán sin nombre, sacan del convento a Dolores, huérfana rica encerrada por negarse a casarse con el hijo del tutor. El epílogo, en cartas, descubre que el capitán era Aviraneta. «El viaje sin objeto» ocupa dos tercios del tomo: la bohemia londinense, Madrid, Sevilla, la cárcel de Sanlúcar y una fuga que acaba embarcando fusiles para los filohelenos. Su aventura griega, dice, no la ha escrito todavía.






