La secta

Camilla Läckberg · Capítulo 1 de 5 · parte 1/5

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La secta

Segunda semana

Este capítulo es largo, así que está dividido en 5 partes.

Mina miró la pantalla del ordenador e intentó concentrarse, pero no pudo

evitar que los pensamientos se le desbocaran. La noche anterior le había

costado conciliar el sueño debido al encuentro con el padre de Nathalie, que

la había atormentado todo el día. Y por la mañana le había costado todavía

más despertarse.

En el ascensor de la jefatura alguien había colgado un cartel: ¡ES LUNES!

¡A SACUDIRSE LA MODORRA! Ahora el cartel yacía arrugado en una

bola, en la papelera de Mina.

Se miró las manos, que le temblaban ligeramente. Tanto tiempo y tantas

energías invertidas en dejar atrás el pasado… Tantos recuerdos ocultos en lo

más profundo de su mente, convencida de que nunca más tendría que

recuperarlos… Pero la vida se empeñaba en devolver el pasado al presente de

las maneras más imprevistas. Le había bastado con ver un momento al padre

de Nathalie el día anterior para borrar de un plumazo los últimos diez años.

«Más de diez años», se apresuró a corregirse. En la memoria volvía a vivir de

repente todo lo que había sucedido entonces, todo lo que consideraba

enterrado para el resto de su vida. De hecho, era el acuerdo al que habían

llegado. Y por el que ella había pagado un precio muy alto.

El día anterior había intentado varias veces hablar con su madre, pero

siempre le saltaba el contestador. Le resultaba muy difícil pensar en otra cosa

que no fuera lo que podía haberle revelado a Nathalie. O lo que no le habría

dicho.

Sacó el móvil y activó el rastreador de GPS, para poder al menos observar

a su hija desde la distancia, pero la aplicación no consiguió localizar el

dispositivo emisor. En los últimos tiempos ocurría cada vez más a menudo.

Probablemente se estaría agotando la batería, hacía mucho tiempo que su hija

lo llevaba en la mochila.

Sonó una notificación mientras tenía el teléfono en la mano. Era un

mensaje enviado desde la recepción, para anunciarle que tenía una visita.

¿Habría escuchado su madre sus mensajes y habría ido a verla?

Pero se sorprendió al ver el nombre de la persona en cuestión. No era su

madre. En cierto modo fue un alivio. No sabía si estaba preparada para el

reencuentro.

Sacó una toallita antiséptica de la caja y desinfectó el teléfono. Después se

dirigió al ascensor y bajó a la recepción.

Una mujer elegantemente vestida la estaba esperando. Solo tuvo tiempo

de pensar que nunca la había visto antes de que la desconocida se le acercara

y se fundiera con ella en un estrecho abrazo.

—¡Mina! —exclamó—. ¡Cuánto me alegro de conocerte por fin en

persona!

Todas las sinapsis del cerebro de Mina estallaron al mismo tiempo, con

mil preguntas sobre quién sería la mujer, dónde habría estado antes, si se

habría lavado, qué habría comido y a quién habría tocado. Sentía un millón de

bacterias dispersándose por su cuerpo, como si la mujer que la rodeaba con

los brazos fuera un reservorio que le estuviera transmitiendo todos sus

parásitos para que se extendieran y proliferaran. Habría querido liberarse,

pero estaba como paralizada, sin poder moverse ni decir nada.

Al final la mujer la soltó y dio un paso atrás. Mina tuvo que reprimir un

fuerte impulso de arrancarse la ropa y salir corriendo desnuda por el pasillo,

gritando, hasta la ducha más próxima.

—Creo que no nos… —empezó.

—¡Tu madre me ha hablado tanto de ti! —la interrumpió la mujer, con

una sonrisa radiante que parecía bien ensayada, como si estuviera habituada a

que la fotografiaran.

Incluso sumida en el pánico, Mina no pudo dejar de observar que era muy

guapa, con una larga y espesa cabellera oscura que le caía por la espalda sobre

una blusa blanca de seda. Las piernas largas y esbeltas se perfilaban bajo la

falda, también de seda blanca. Los grandes ojos azules contrastaban con el

tono oliváceo de la piel. Apenas llevaba maquillaje, pero el poco que lucía era

perfecto. Sin duda, era una mujer que llamaba la atención. Y que abrazaba a

la gente.

Mina comprendió también algo más. La sonrisa había sido el elemento

decisivo. Se había equivocado en su primera impresión. Sabía perfectamente

quién era esa mujer.

—¿Mi madre, has dicho? —preguntó mirando con discreción a su

alrededor, por si alguien la estuviera oyendo—. Será mejor que subamos.

Dejó pasar a la recién llegada por el control de seguridad y la condujo

hasta el ascensor.

—Perdona, pensaba que Ines te habría prevenido de mi visita —aclaró la

mujer mientras subían—. Me llamo Nova. Trabajo con tu madre, o quizá sería

más exacto decir que ella trabaja conmigo. Pero a ti y a mí no nos habían

presentado.

—No, porque lo recordaría —replicó Mina—. Pero sé quién eres. Diste

una charla para mi antigua unidad hace unos años. Hablaste de tu

organización y de… ¿Epson? ¿El filósofo?

—Epicuro.

—Eso es. Sígueme, por favor. Iremos a la sala de reuniones. —Recorrió el

pasillo a paso rápido para alejar cuanto antes a Nova de las miradas curiosas

de sus colegas.

—Supongo que te estarás preguntando por qué he venido yo en lugar de tu

madre —comenzó Nova.

Mina oía detrás el repiqueteo de sus tacones.

—Sí, sobre todo por que la había llamado a ella —respondió secamente

mientras abría la puerta de vidrio que daba acceso a la sala de reuniones.

Nova se sentó y extendió una mano hacia la caja de toallitas húmedas

sobre la mesa.

—¿Puedo coger una? ¡Hace tanto calor en la calle!

Mina asintió, pensando que tendría que tirar la caja en cuanto Nova se

marchara. En realidad daba lo mismo, porque ya estaba contaminada de pies a

cabeza con todos los gérmenes que la visitante había llevado consigo.

Detestaba con toda su alma a las personas que iban abrazando a la gente.

Nova sacó una toallita de la caja y se la pasó por el cuello para

refrescarse. Después la usó para limpiarse las manos, la arrugó en una bola y

la tiró a la papelera más cercana.

—Bueno, ¿de qué se trata? —preguntó Mina con cierta brusquedad—.

¿Dónde está mi madre? ¿Y dónde está Nathalie?

No tenía tiempo para esa conversación. Y estar allí sentada anhelando una

ducha purificadora —o incluso una limpieza profunda con chorro de arena—

volvía la situación casi insoportable.

—Me lo ha contado todo —reveló Nova con la misma sonrisa de antes—.

Sobre ti, sobre vosotras, sobre Nathalie… Puedes hablar conmigo con toda

confianza, como hablarías con tu madre. Ella… está en plena curva

ascendente de desarrollo personal. Acaba de recuperar a una nieta. Todavía no

está preparada para hablar contigo.

Mina sintió que la ira, esa vieja furia, surgía en su interior. Era tan intensa

y corrosiva que le llenó los ojos de lágrimas.

—No me interesa lo más mínimo su curva ascendente, ni su desarrollo

personal, ni como quieras llamarlo. Solo me interesa Nathalie. Y a su padre le

pasa igual que a mí. Supongo que sabes quién es, ¿no?

Nova asintió.

—Sí, sé quién es su padre, y puedes asegurarle que no hay razón para que

se preocupe. Pero hay un proceso curativo en desarrollo y estos procesos son

muy delicados. Sería mucho peor para Nathalie si ahora os inmiscuyerais él o

tú y lo interrumpierais, porque no ha hecho más que empezar.

—¿Me estás amenazando? ¿En serio? Eres consciente de que estás

hablando con una oficial de policía, ¿verdad?

Nova suspiró y negó con la cabeza. Después volvió a sonreír.

—Más allá de lo que tú pienses o creas, tu madre ha emprendido su propio

viaje —replicó suavemente—. Hace mucho tiempo que cambió de vida, pero

hay elementos de su pasado que aún la atormentan. Como solía decir mi

padre: «Todo es dolor, sufrir purifica». Nathalie forma parte del viaje. Y tú

también.

—Nathalie es menor de edad —protestó Mina—. ¿Te parece ético que mi

madre la aborde de repente, sin autorización de sus tutores legales? Estoy a

segundos de denunciaros por secuestro.

Se obligó a respirar hondo varias veces. No podía perder los estribos

porque entonces se abrirían puertas que debían permanecer cerradas. Calma y

control. Para que esas importantes puertas no se abrieran.

—Secuestro —repitió Nova—. Ya veo. Supongo que el caso del niño

desaparecido te ha pasado factura. Es comprensible que durante un tiempo

veas el mundo a través de ese prisma. Y puede que tengas razón y que hubiera

sido necesario pediros autorización a ti o al padre. Pero tu madre toma sus

propias decisiones y yo no puedo hacer nada al respecto, aunque no siempre

esté de acuerdo con ella. En cualquier caso, ahora las cosas están como están

y, pese a todo, ella es la abuela de Nathalie. Nadie ha obligado a nadie a hacer

nada. Simplemente se están conociendo. Nathalie tiene total libertad para

entrar y salir, pero ya ha dicho que quiere quedarse unos días más. He venido

para pedirte que se lo permitas. Las dos lo necesitan. Y tú eres la única que

puede convencer al padre de Nathalie de que le dé esa oportunidad. Yo no

puedo pedírselo. Solo tú puedes hacerlo. He venido porque quería mirarte a

los ojos cuando te dijera que tenéis que dejar que esto ocurra. ¿Crees que será

posible?

Dubitativa, Mina observó a Nova. Estaba enfadada y decepcionada con su

madre, que no había tenido el valor de ir a verla. Y racionalmente quería odiar

con todas sus fuerzas a la hermosa mujer enfundada en seda blanca que no

parecía afectada en lo más mínimo por el calor. Mina empezaba a sospechar

que el número de la toallita húmeda no había sido más que teatro. Nova seguía ahí sentada… perfecta e impecable. Y a Mina le estaba destrozando los

nervios.

Sin embargo, sentía la obligación de como mínimo plantearse la idea de

que su madre y su hija quizá estaban construyendo algo bueno para ambas. Y

en ese caso puede que le doliera un poco que todavía no la hubieran incluido,

pero tal vez con el tiempo eso cambiaría. Al menos tenía el rastreador de

GPS. Suspiró.

—Solo quiero que quede clara una cosa —advirtió—. Creo que todo lo

que hacéis es charlatanería. Desarrollo personal, autoayuda, curación,

sanación, vudú o como queráis llamarlo. No son más que muletas mentales

para gente incapaz de hacerse responsable de su propia vida. A mi entender,

lo vuestro no es muy diferente de una secta. —Observó satisfecha que la

sonrisa de Nova desaparecía.

—No sabes cuánto te equivocas —replicó esta—. De hecho, parte de

nuestra labor en Epicura consiste en desprogramar a personas que han logrado

salir de diferentes sectas. Empecé a interesarme por el tema cuando un

participante de uno de mis cursos refirió su experiencia en la secta de Knutby.

Había sido uno de los primeros en abandonarla, antes de que se produjeran los

asesinatos. En ese momento comprendí que podíamos desempeñar una

importante función social y que nuestra filosofía era muy adecuada para

devolver a los antiguos sectarios a una existencia lo más normal posible.

—O para hacerlos cambiar de secta —ironizó Mina.

—Hablo en serio. Es fácil subestimar a las personas que caen víctimas de

una de esas organizaciones. Pensamos que son débiles o que no tienen criterio

propio, pero eso es simplificar demasiado las cosas. A menudo el problema

está en las relaciones personales. Si en la infancia te han maltratado, creces

con ciertas expectativas. Estableces relaciones de opresión o de sumisión. Y

las sectas saben aprovecharlo. Pero también puede ocurrir lo contrario. Una

infancia feliz puede hacernos confiar en todo el mundo y eso produce

indefensión delante de personas con malas intenciones. No pasa solo con las

sectas. Seguramente lo veréis todos los días en vuestro trabajo.

—Pero en Suecia no hay sectas, ¿no? —objetó Mina—. Aparte de la de

Knutby, pero ya no…

—En Suecia existen entre trescientas y cuatrocientas asociaciones que

pueden clasificarse como sectas —la interrumpió Nova—. De ellas, entre

treinta y cuarenta son destructivas. La policía debería controlarlas un poco

más.

Mina no supo qué responder. Tendió la mano hacia la caja de toallitas

húmedas, pero la retiró enseguida al recordar que Nova la había tocado. En

lugar de eso sacó del bolsillo un frasco de gel hidroalcohólico.

Nova le sonrió. Otra vez.

—Y en lo que respecta a la autoayuda, tú misma has seguido el programa

de Alcohólicos Anónimos, ¿no es así? —le soltó—. Tu madre me ha dicho

que habías completado los doce pasos. ¿Consideras que no te ha servido?

¿Crees que lo habrías hecho mejor tu sola?

Mina frunció el ceño. Touchée. Nova tenía razón. También era cierto que

había estado a punto de perder la vida como consecuencia de aquellas

reuniones, pero no podía culpar a Alcohólicos Anónimos de que Kenneth y

Jane la hubieran encontrado allí. La asociación había sido su tabla de

salvación durante muchos años. La rutina de acudir a las reuniones y de

conocer a personas con sus mismos problemas, sin necesidad de sentirse rara

o defectuosa, había sido una gran ayuda. Se había sentido comprendida. Si no

hubiese sido por ellos no lo habría conseguido.

—De acuerdo, tú ganas —respondió Mina—. Intentaré hablar con el

padre, pero con una condición. No quiero que mi madre le cuente todo a

Nathalie. Hay secretos que no le corresponde a ella revelar.

Nova hizo un gesto afirmativo.

—Haré lo que pueda. Y te ruego que me perdones por haberte abrazado.

No me había dado cuenta de lo inapropiado que era, dadas tus… preferencias

personales.

Nova miró la caja de toallitas y el frasco de alcohol sobre la mesa y Mina

suspiró. ¿Por qué no podía ser un poco más normal y tener la misma

tolerancia a la suciedad que el resto de la gente? Por otro lado, los demás

solían pasar mucho más tiempo enfermos que ella.

—Tendrás mucho que hacer. No hace falta que me acompañes hasta la

salida —dijo Nova, incorporándose—. Bueno, hemos quedado en que yo

hablo con tu madre y tú con el padre de Nathalie, ¿no es así?

Así era, aunque Mina habría preferido no tener que hablar con él.

—Tengo que acompañarte hasta la recepción —explicó—. Tú sola no

podrás salir.

Era cierto, pero de ese modo también tendría unos minutos de respiro

antes de llamar al padre de Nathalie. Bajaron por el ascensor y Mina

acompañó a Nova hasta el control de seguridad.

—Una cosa más —dijo cuando Nova ya se disponía a salir—. La próxima

vez quiero hablar con mi madre, no contigo.

Cuando volvió a la sala de reuniones se envolvió la mano con su propia

manga, cogió la caja de toallitas húmedas y la tiró a la papelera. Después

cogió el teléfono. Pero no para llamar al padre de Nathalie, sino a un número

que llevaba dos años esperando tener una razón para marcar.

—Hola, Vincent. Soy yo.

Se quedó paralizado. Había contado los segundos, las horas, los días y

finalmente los meses transcurridos desde la última vez que había oído esa

voz. Y, sin embargo, ahora que ella lo había llamado, no estaba preparado

para oírla. Habría querido arreglarse la ropa, peinarse mejor y comprobar que

no le olía el aliento, aunque ella no pudiera verlo ni tampoco estuviera cerca.

Parpadeó con fuerza, sintiendo un cosquilleo en toda la piel.

—Hola, Mina —dijo en voz baja, escabulléndose hacia su estudio.

Era preferible que Maria no lo oyera ni lo viera, porque sabía que se

sonrojaría como un niño, como antes.

—¿Cómo va todo? —preguntó ella.

Por el tono ligeramente atropellado, Vincent se dio cuenta de que la

pregunta había sido una simple formalidad. Mina quería hablar de algo más.

—Bien, gracias. El coche funciona y sigo acostándome con mi mujer una

vez al mes —respondió él.

—¡Vincent!

—Me has llamado por algo importante. Ve al grano.

—De acuerdo —replicó Mina mucho más tranquila—. ¿Podrías venir a la

jefatura hoy, después de comer? Necesito hablar contigo de una cosa, en

privado.

Vincent se dejó caer pesadamente en la silla de su escritorio, sintiendo de

pronto la boca seca. En privado. Después de comer. Estaba a una hora de

distancia, más o menos. No tenía nada que hacer durante el resto del día. Los

lunes solían ser tranquilos. Pero… ¿ese día? ¿En ese momento?

En privado con Mina.

No estaba preparado. El corazón le palpitaba como si estuviera en una

audición para ser el batería de una banda de rock. Había anhelado ese instante

y al mismo tiempo se había esforzado por no anhelarlo. Y de repente… ¿ese

día?

En privado con ella.

¿En ese momento?

—Sí, por supuesto —contestó, esforzándose por sonar indiferente—.

Tendré que consultar la agenda, pero creo que estoy libre.

Ruben compró la habitual bolsa de almuerzo con un sándwich y un zumo en

 

la cafetería de la esquina de la jefatura, como hacía todos los lunes. Había

dedicado la mañana a pasar al ordenador todas las notas tomadas a mano

durante los interrogatorios del fin de semana. Si hubiera sido cualquier otro

día habría comido en su despacho, pero no era un día cualquiera. Era lunes. Y

los lunes eran especiales. Por eso se tomó el sándwich mientras iba andando

por la calle de camino a ver a su abuela. Era su pequeña tradición semanal. Su

abuela era lo único que le quedaba. Siempre había podido contar con ella,

desde la infancia. Y ahora era su turno. Los documentos sobre Lilly Meyer

podían esperar cuarenta y cinco minutos. Se terminó el zumo justo cuando

llegaba al portal. La abuela Astrid lo esperaba, como siempre, en su

habitación.

—¡Hola, abuela!

—¡Hola, corazón!

Como otras veces, se le iluminó la cara al verlo. Giró un poco la cabeza

para que su nieto le besara la mejilla arrugada. Olía como de costumbre a

algodón recién lavado y a lavanda, con una leve nota de almendras que

probablemente provenía de las galletas escondidas en el cajón de la mesilla de

noche.

—Te he traído algo que te gustará —dijo Ruben enseñando la otra bolsa

que había comprado. Bollos rellenos de crema, los favoritos de la abuela.

—Me estás cebando. Me voy a poner rechoncha —protestó jocosamente

la anciana tocándose el vientre hundido.

Ruben sonrió. La abuela era un saco de huesos y los dos sabían que nunca

volvería a engordar. Pero mientras conservara el apetito y siguiera

escondiendo sus galletas de almendras, no había grandes razones para

preocuparse.

Se sentó en la cama, junto a ella. El otro asiento disponible era un sofá

destartalado en un rincón, pero prefería estar más cerca de su abuela. Sentir su

olor, recordar los momentos en la casita de Älvsjö, retroceder en el tiempo

hasta la cocina que siempre olía a tortitas recién hechas y a mermelada de

fresas casera. A todos los veranos que había pasado con su abuela, los dos

solos, cada vez que su madre quería irse de vacaciones con un hombre nuevo

sin un molesto niño agarrado a su falda. En casa de la abuela siempre había

lugar para él.

—¿Quieres partirlo? —preguntó señalando un bollo.

Pero la abuela negó con la cabeza.

—La vida es demasiado corta para comer medios bollos —respondió

sonriendo.

Todavía tenía todos los dientes, blancos y fuertes, algo de lo que siempre

se había sentido orgullosa. «Ni una caries», solía decir señalándose la

dentadura perfecta.

La anciana apoyó sobre el regazo una mano nudosa y manchada por la

edad.

—Cuéntame, Ruben. ¿Cómo te va la vida?

Era la misma pregunta que le hacía todas las semanas cuando la visitaba.

Nunca se interesaba por su trabajo, lo que le ahorraba a él la necesidad de

contarle lo horrible que puede llegar a ser el mundo. Pero le preguntaba por

todo lo demás. Y él le relataba cada semana una nueva historia sobre su

animada y fabulosa vida. Los dos sabían que todo era mentira, pero la abuela

no se quejaba.

Esta vez, sin embargo, no quería mentir. Le contó que había visitado a

Ellinor y la abuela le dio unas palmaditas en la rodilla.

—Ya sabes lo que pienso. Que fuiste un estúpido al dejar escapar a esa

chica, que no solo era una belleza por fuera, sino también por dentro. Pero

eras joven y tonto. Suele pasaros a los chicos.

—Sí, debo de haberlo heredado de papá —replicó, y, como siempre que

mencionaba a su padre, su voz se volvió amarga.

Su padre se había ido de casa cuando él era pequeño. Se había marchado a

un congreso y no había regresado. Aún vivía, como había podido comprobar

Ruben en Facebook. Pero ni la abuela ni él habían vuelto a verlo.

La abuela Astrid no respondió al comentario. Hacía mucho que había

renunciado a disculparlo. Su hijo había tomado una decisión y ella a cambio

había ganado un nieto.

—¿Estaba bien Ellinor? —preguntó con curiosidad—. ¿Se ha casado? Si

no es así, puede que todavía estés a tiempo de…

Ruben sonrió y dio un buen bocado al bollo de crema. El relleno se le

extendió por los dientes, como cuando era pequeño y comía esos mismos

bollos en el comedor de la abuela. La mitad del placer consistía en relamerse

los restos de crema de los dientes.

—No sé si se ha casado. Probablemente sí. En todo caso, tiene una hija, la

he visto. ¿Y a que no sabes cómo se llama, abuela? ¡Astrid! Os llevabais tan

bien Ellinor y tú que creo que ha debido de ponerle ese nombre por ti.

—¿De verdad? ¡Qué mona! —exclamó la abuela encantada—. ¿Es un

bebé?

—No, debe de tener unos diez años. Una niña muy guapa, con los ojos de

Ellinor.

La abuela miró a Ruben con un destello en los ojos.

—¿Y no tienes ninguna foto? ¿No estará en ese sitio donde la gente pone

cosas?

—¡Qué cotilla eres! —Ruben rio, pero sacó el teléfono y se puso a buscar

en Facebook.

No fue difícil encontrarla. Allí estaba, con su nombre de soltera. Su cuenta

estaba llena de fotos de su hija. Ruben seleccionó una donde aparecía la niña

con la corona de flores de la fiesta de Midsommar, una amplia sonrisa y los

ojos rutilantes de alegría.

—Aquí está. ¿Verdad que se parece a Ellinor? Y a alguien más, claro. No

sé quién será su padre, pero algunas de sus facciones deben de ser suyas.

Ruben frunció el ceño, con la cabeza junto a la de su abuela. ¿Sería

posible que conociera al padre? De alguna manera los rasgos de la niña le

resultaban familiares. Todavía tenía en los dientes un poco de crema del bollo

que había comido. Se lo quitó con el dedo índice y se lamió el dedo.

La abuela miró la foto y se echó a reír. Después se incorporó lentamente,

negando con la cabeza.

—Ruben, para ser tan inteligente, eres bastante tonto.

Con cierto esfuerzo se acercó a una cómoda antigua cubierta con un tapete

de encaje, uno de los pocos muebles que había podido llevar consigo a la

residencia. Sobre el tapete blanco había varios retratos enmarcados, casi todos

de Ruben, a diferentes edades. Eligió una de las fotografías y volvió cojeando

hasta la cama, donde se sentó. Levantó la foto y la colocó al lado de la imagen

de la niña.

Ruben abrió mucho los ojos. Ahora sabía por qué le resultaban tan

familiares sus rasgos.

Mina estaba sola en la sala de reuniones. Desde que había visto a Vincent por

 

última vez, la pared que tenía delante se había llenado de imágenes, se había

despejado y se había vuelto a llenar de fotografías, documentos y textos de

caligrafía enrevesada, que hacían referencia a otras víctimas y a otros

destinos. Las fotos de construcciones caseras para números de ilusionismo

estaban archivadas y olvidadas. Ahora aquel caso le parecía tremendamente

distante, como si lo hubiera visto en otra vida.

En aquel momento había sido difícil determinar dónde acababa la

investigación y dónde comenzaba la vida de Vincent. Todo había resultado

muy personal para él, aunque al principio no lo sabían. Pero esta vez era

diferente.

Dos niños habían sido asesinados.

Eran unas tinieblas en las que daba miedo adentrarse. Y no porque fuera

la primera vez que Mina veía víctimas infantiles. Al contrario. Era bastante

habitual en el trabajo policial ver niños maltratados, explotados o viviendo en

condiciones miserables que deberían avergonzar a cualquier sociedad

desarrollada.

Pero el asesinato no era frecuente. Por eso los pocos casos que se habían

resuelto solían ser ampliamente conocidos. El de Helén, asesinada por Ulf

Olsson. El de Engla, víctima de Anders Eklund. O el de Bobby, que había

muerto a manos de su padrastro, con la ayuda de su madre. Esos casos y otros

más habían quedado grabados para siempre en la memoria de la sociedad

sueca.

La pregunta era siempre la misma: ¿cómo podía ser alguien capaz de tanta

maldad?

Mina no estaba segura de querer saber la respuesta. Se trataba de

monstruos y nada más. No necesitaba comprenderlos. Solo tenía que

encontrarlos y encerrarlos. Pero ahora tenían delante dos muertes perpetradas

de la misma manera. Era probable que hubiera un patrón que ella ni siquiera

quería ver.

Se preguntó cómo reaccionaría Vincent cuando le explicara el caso. En

realidad no pensaba pedirle ayuda. Lo había llamado por otro motivo. Pero

seguramente le preguntaría en qué estaba trabajando y ella se lo contaría. Y

Vincent tenía familia. Era padre. No podría ver con indiferencia las

fotografías de Lilly y de Ossian. Pero, fuera cual fuese su reacción, sabía que Vincent no era tan racional ni controlaba tan bien sus emociones como

pretendía hacer creer a los demás. Durante el breve periodo en que lo había

frecuentado, había notado destellos de algo más, de otra cosa que sugería más

bien lo contrario. Había vislumbrado un abismo de emociones. Y algunas de

ellas le habían parecido muy oscuras.

Era difícil definirlo con exactitud. Era como cuando vemos algo con el

rabillo del ojo que sin embargo desaparece en cuanto queremos mirarlo

directamente.

Eso le pasaba a Mina con Vincent: no podía captarlo del todo.

Tampoco deseaba captarlo. Ni a él ni a nadie. No se esperaba un match al

deslizar la foto de Amir hacia la derecha. Lo había contactado, sí, pero por

pura terapia cognitivo-conductual. Nada más.

Sin embargo, Vincent se escabullía cada vez que ella creía verlo con

claridad. Y ahora, cuando llevaba casi dos años sin verlo, su figura le parecía

más borrosa que nunca.

Una parte de ella ya se estaba arrepintiendo de lo que había iniciado.

Habría sido mejor seguir manteniendo a Vincent alejado de su vida. Pero otra

parte suya, más profunda, deseaba con todas sus fuerzas tenerlo a su lado.

Y ahora estaba de camino.

El teléfono sobre la mesa vibró. Una nota le recordó que su visita llegaría

dentro de unos minutos. Mina se incorporó y se dispuso a recibir al

mentalista.

Había empezado a sudar nada más entrar en el taxi. Sin embargo, observó que

el aire acondicionado del vehículo estaba regulado a un máximo de quince

grados. Un pingüino se habría sentido como en casa. Pero Vincent sabía que

el motivo de su sudor no era el calor exterior, sino el nerviosismo interno. La

sola idea de ver a Mina le había generado un enjambre de mariposas en el

estómago.

No podía seguir así. Necesitaba pensar en algo diferente, porque de lo

contrario estaría hecho un manojo de nervios cuando llegara. El taxista tomó

la curva de la carretera Tyresövägen con excesiva velocidad y, durante un

instante fugaz, Vincent se imaginó a Mina visitándolo en una habitación de

hospital.

Accidente de tráfico.

¿No había hablado alguien acerca de un accidente de tráfico últimamente?

El taxi adelantó a un autobús que llevaba en un lateral un anuncio de

analgésicos. El texto rezaba en grandes letras: ¿TE DUELE?

Dolor.

También había oído decir algo acerca del dolor. ¿A quién…? ¡Ah, sí!

«Todo es dolor, sufrir purifica». Nova había citado esa frase en su entrevista

del viernes, en la televisión. Y ella misma había sufrido un accidente de

tráfico en el que había perdido a su padre, quien a su vez tenía algo que ver

con el epicureísmo.

Como distracción podía ser suficiente. Sacó el teléfono y buscó la página

web de Epicura. Moderna y bien diseñada, con un logotipo de aspecto

comercial.

Recorrió una serie de vídeos, que en su mayoría parecían ser breves

charlas de Nova explicando diferentes conceptos, y llegó finalmente a una

especie de resumen programático del epicureísmo.

Epicuro aconseja para la nueva era lo mismo que para épocas pasadas.

Acepta solo la inquietud que pasa rauda como una estrella por el vasto cielo:

fugaz e imperceptible. La calma purifica. No has de padecer ni sufrir. Olvida

los anhelos y evita el deseo que es condena. Aléjate con ahínco del dolor.

Busca la paz. Así lograrás el éxito cuando alcances el Todo

John Wennhagen

John Wennhagen, el padre de Nova. Vincent recordaba su nombre.

Supuso que la manera un poco anticuada de presentarse en una web tan moderna debía de ser un homenaje de Nova a la memoria de su padre. Leyó

un par de veces más las poéticas líneas del texto, pero no logró verle mucho

más sentido que la primera vez.

—Hemos llegado, señor —anunció el conductor con exagerada cortesía,

mirándolo por el espejo retrovisor.

Vincent se dio cuenta de que el taxi llevaba un rato parado. Pagó sin

fijarse en lo que marcaba el taxímetro, a causa del nerviosismo, y se bajó. El

sol incidía directamente sobre la fachada de la jefatura y le impedía ver a

través de los grandes ventanales. Pero sabía que en algún lugar del edificio

estaba ella, esperándolo. Podía sentirla. Mejor dicho, no podía, claro que no,

pero el cóctel hormonal de serotonina, dopamina, cortisol y adrenalina que la

llamada telefónica de Mina había agitado en su interior seguía alterándole

considerablemente la percepción de la realidad. Ni siquiera él mismo, con

todos sus conocimientos, comprendía por qué estaba tan afectado. Una parte

de él deseaba producir en ella el mismo efecto.

Por lo general tenía explicaciones científicas para sus pensamientos y

sentimientos, pero esta vez el conjunto de lo que sentía era mayor que la suma

de sus partes. Había algo inexplicable en Mina y en las emociones que le

provocaba. Y ahora lo estaba esperando. Pronto volvería a verla.

Se aclaró la garganta, sintiendo de repente la boca seca. Se alisó la

americana y se quitó de la manga un pelo de Maria. Enseguida se arrepintió

de haberse puesto traje. Subió la escalera hasta la entrada y empujó la puerta.

Mina lo estaba esperando en el vestíbulo.

—Hola —le dijo al verlo entrar—. Cuánto tiempo…

—Hola —la saludó él, y ya no pudo decir nada más.

Casi lo había olvidado. El cabello negro, más largo que la última vez,

aunque no tanto aún como para hacerse la coleta de antes. Los ojos oscuros y

los labios carnosos, rojos de forma natural. La blusa blanca de verano, que

cambiaría por un jersey de cuello alto —Vincent lo sabía— en cuanto el

tiempo lo permitiera. Y la pequeña línea de preocupación en el entrecejo.

Pero, ante todo, la mirada. Vincent se sintió un poco mareado.

Mina ya no era un ser ficticio en lo alto de un pedestal, sino que había

vuelto a ser una persona de carne y hueso. Pero eso no hacía más que

empeorar las cosas.

Vincent estaba convencido de haber continuado perfectamente su vida sin

ella. Creía haber guardado sus recuerdos en un cajón de la mente para seguir

adelante. Pero ahora comprendía que se había equivocado. Los ojos que ahora lo miraban inquisitivos lo habían acompañado siempre. Cada día, detrás de

cada pensamiento, había estado ella. Y ahora la tenía delante.

—¿Qué… qué tal ha ido todo? —tartamudeó finalmente. Señaló los finos

guantes desechables que Mina llevaba puestos—. Eso es nuevo. ¿Has

empeorado? —preguntó.

¡Genial! ¿Cómo podía ser tan idiota? Seguro que eso era lo último de lo

que quería hablar Mina. Pero ella reaccionó con una carcajada.

—No, no, estaba manipulando unas fotografías y no quería mancharlas —

respondió—. Espero que no hayas tenido muchos problemas para venir. Por

cierto, vas muy elegante. Pero ¿no te da calor el traje?

Vincent se sonrojó y se quitó la americana. Mina tenía más razón de lo

que creía.

—Me parece que Maria se ha alegrado de que viniera —replicó—. Está

poniendo en marcha una tienda online y pasa todo el tiempo dedicada a su

negocio.

Guardó silencio y los dos se miraron. Deseó poder leerle a Mina los

pensamientos. Por un lado parecía como si nada hubiera cambiado; pero, por

otro, todo era diferente. Veinte meses eran tiempo suficiente para casarse,

tener hijos y divorciarse. Él no era el mismo de antes. Y seguramente ella

tampoco.

Aun así…

Mina desvió la vista hacia un lado y después hacia el otro, como si

buscara algo. Tal vez una idea o algo que decir.

—Bueno…, ¿subimos? —propuso.

Lo hizo pasar a través de la conocida barrera de seguridad y cogieron el

ascensor para subir a la sala de reuniones. A Vincent le pareció ver un

destello en sus ojos, como si estuviera a punto de mencionar otra ocasión en

la que ambos habían subido juntos en ascensor, pero no dijo nada.

—Me he estado entrenando, si es eso lo que estabas pensando —afirmó

él, pero enseguida comprendió que sus palabras podían interpretarse de varias

maneras—. Me refiero… al ascensor. No al gimnasio. De hecho, sería raro

que te lo contara, aunque a decir verdad… Vamos a esta planta, ¿no?

Las puertas del ascensor se abrieron y lo salvaron de hacer un ridículo

todavía mayor. Tosió aparatosamente y se apresuró a salir antes de que ella le

notara las mejillas encendidas.

Sobre la mesa de la sala de reuniones Mina había colocado las fotografías

y los documentos en dos filas ordenadas a la perfección, y Vincent se concentró en ellas. Cada una de las filas estaba marcada con un nombre: Lilly

y Ossian.

—Vi la rueda de prensa acerca del niño —dijo señalando la foto de

Ossian.

—Sí —asintió ella—. ¿Sabes algo de niños desaparecidos?

—Solo que en Suecia desaparecen cientos de niños todos los años. Pero

no mucho más.

—Así es —confirmó ella—. Los medios hablan con frecuencia del

número de menores no acompañados que desaparecen, pero de hecho son más

los niños de familias refugiadas que se esfuman sin dejar rastro. Es un

misterio. Se desvanecen y no volvemos a saber nada de ellos.

—¿Tráfico?

—En muchos casos. Es horrible. Pero, aparte de eso, la mayoría de los

niños desaparecidos reaparecen al cabo de unas horas.

Vincent señaló la mesa.

—Entonces ¿Ossian ha vuelto ya con su familia?

Mina negó con la cabeza y frunció el ceño. Aun sin saber qué significaba

su gesto, Vincent pensó de repente en Aston y se le hizo un nudo en el

estómago.

—Lo encontramos el sábado por la mañana —reveló Mina en voz baja—.

Llevaba varias horas muerto. El verano pasado ocurrió lo mismo con Lilly,

esta niña que ves aquí. Dos niños en un año. Desde el punto de vista

estadístico es extremadamente improbable. Por eso estamos investigando si

hay una relación entre los dos casos.

Vincent observó las fotografías sobre la mesa. Lilly. Ossian. Podrían

haber sido imágenes de Aston unos años atrás. Sintió que le costaba respirar,

como si se estuviera agotando el oxígeno de la habitación. Se inclinó sobre

una de las carpetas, pero Mina le apoyó una mano encima.

—Es mejor que no veas esas fotos —le dijo—. Créeme.

A él todavía le resultaba difícil encontrar el tono justo para dirigirse a ella.

Quería ser prudente y no dar por sentado que todo volvería a ser como antes.

Pero una investigación policial era al menos un tema neutral del que podían

hablar.

—Entonces ¿en qué puedo ayudaros? —preguntó—. Lo haré con mucho

gusto, por supuesto. No me importaría recuperar aquellas noches de insomnio

e incluso de terror. De hecho, las he echado un poco de menos.

Esbozó una leve sonrisa, pero Mina pareció primero desconcertada y,

después, desolada.

—¡No, perdona! —exclamó—. No es un… No te necesitamos… Es

decir… No para la investigación. No hay nada que puedas hacer tú. En

realidad, ni siquiera deberías ver estas fotos. Solo he venido a recoger mis

cosas.

Cogió un teléfono y un llavero que había sobre la mesa. Las fotos y las

carpetas se quedaron donde estaban, junto a un ordenador portátil cerrado,

señal de que no pensaba pasar mucho tiempo fuera de la sala. Cuando salieron

Vincent le sostuvo la puerta para que pasara, haciendo lo posible para no

parecer decepcionado. Automáticamente había supuesto que el material

expuesto sobre la mesa era la razón de que ella lo hubiera llamado. Se había

imaginado que volvería a formar parte de su mundo. Pero la visita había

terminado antes incluso de comenzar.

—Necesitaba hablar contigo de otra cosa, de algo… privado —le anunció

Mina, y el corazón volvió a palpitarle a Vincent en el pecho.

Mina se detuvo, lo miró a los ojos y después bajó la vista. Fuera lo que

fuese, no debía de ser fácil decirlo.

—Es algo referente a mi hija —explicó finalmente—. Se llama Nathalie.

Creo que viste una vez una foto suya sobre mi escritorio, en casa. ¿Damos un

paseo?

—¿Te ha gustado la conferencia?

Nathalie movió un poco un pie, sin saber qué decir. No quería ser

descortés, pero no había prestado mucha atención a lo que había dicho Nova

en el auditorio. Comprendía que había sido muy amable invitándola a una

conferencia que era de pago, encargada por una empresa. Pero había aceptado

asistir solo por tener algo que hacer mientras esperaba el regreso de su abuela.

Se puso a ajustar una de las correas de la mochila para no tener que

responder.

—Está bien, no hace falta que digas nada —añadió Nova riendo—. Me

doy cuenta de que el tema debía de ser aburridísimo para una adolescente,

sobre todo para alguien que no ha sufrido aún las experiencias más dolorosas

de la vida, que es donde se necesita nuestra intervención.

—¿Por qué lo dices? ¿Me consideras una mocosa malcriada que siempre

lo ha tenido todo hecho? —le soltó Nathalie, pero enseguida se arrepintió—.

Lo siento —murmuró mientras intentaba seguirle el ritmo a Nova, que se

dirigía a paso rápido hacia una especie de establo, un poco apartado del

edificio principal.

Hasta ese momento Nathalie solo lo había visto de lejos. También había

visto caballos que pacían delante, en el prado. Su padre nunca la había dejado

montar a caballo, aunque ella se lo había suplicado de todas las maneras

posibles cuando era pequeña. Decía que la hípica era una actividad cara,

exigente, peligrosa y elitista. Eso último era casi una broma, teniendo en

cuenta quién era él. Para compensarla, le había comprado un hámster.

Nathalie decidió que era hembra, le puso de nombre Lisa y lloró amargamente

cuando la encontró muerta debajo de un montón de serrín solo tres semanas

después.

—Perdóname a mí también. He sido injusta —dijo Nova con suavidad,

volviendo la vista hacia Nathalie mientras seguía caminando hacia las

cuadras.

—¿Por qué lo dices? —Nathalie tropezó con una raíz que sobresalía del

suelo.

—Es evidente que has experimentado dolor y tristeza. Sé que has perdido

a tu madre. Y eso es algo que puedo comprender.

Nathalie se limitó a asentir. No estaba acostumbrada a hablar de su madre.

Nunca nadie hablaba con ella al respecto. Y su padre menos que nadie.

—¡Ya está aquí Ines! —exclamó Nova alegremente.

La abuela iba hacia ellas tendiendo los brazos, con una gran sonrisa. Si

Nathalie había estado un poco molesta con ella por su larga ausencia, su

enfado se esfumó por completo al verla. No pudo menos que dejarse abrazar y

devolverle la sonrisa.

—¡Hola, Nathalie! —la saludó la abuela—. Lo siento, pero he estado muy

ocupada. Espero que esto ayude a cerrar las heridas.

Nova le apoyó a Ines una mano sobre el hombro y después regresó al

edificio principal, dejándola sola con su nieta. De repente la abuela se detuvo

y Nathalie resplandeció de dicha cuando comprendió por qué. Había seis

caballos en el prado, un poco más adelante. Sintió que se le aceleraba el

corazón. Siempre le habían encantado los caballos. Eran hermosos, salvajes,

valientes y libres, todo lo que ella no era.

—Ven. —La abuela la cogió de la mano y apuró el paso.

Los caballos levantaron la cabeza, olfatearon el aire y alzaron las orejas.

Después se volvieron en dirección a Ines y Nathalie, y se acercaron trotando a

la valla. Una vez allí asomaron la cabeza, apiñados y resoplando, hasta que

Ines los hubo saludado a todos, acariciándoles el morro reluciente.

—¿Quieres entrar? —le preguntó a la chica, señalando con la cabeza un

portón en la valla.

Nathalie sentía como si el corazón se le fuera a salir del pecho. No estaba

habituada a ver caballos de cerca. Siempre los había adorado desde la

distancia. Eran tan grandes que sintió cierto temor y por un instante dudó,

pero al final aceptó encantada. Confiaba en su abuela.

—Claro que sí.

Pasaron por el portón y de inmediato los seis caballos las rodearon,

resoplando ansiosos.

—Calma, calma. —Ines rio mientras sacaba del bolsillo de la chaqueta

unas zanahorias y unos trozos de manzana—. Toma —le dijo a Nathalie—.

Los sobornos son la manera más fácil de ganar su afecto.

La adolescente empezó a darles de comer, intentando ser equitativa. Uno

de los caballos era más pequeño que los demás, pero lo compensaba con

descaro y rapidez de reflejos. Varias veces consiguió arrebatarle de las manos

un trozo destinado a uno de sus compañeros más grandes. Nathalie sonreía,

pero aun así estaba un poco asustada, porque los dientes de los animales eran

enormes.

—Este de aquí es Amuleto, un auténtico bandido.

Nathalie le rascó el morro y el caballito se apoyó cariñosamente contra

ella. De repente la adolescente sintió en su interior una marea incontenible de

emociones. Todas las lágrimas que nunca había podido derramar fluyeron

como un río capaz de derribar cualquier dique. Y los caballos parecieron

entender lo que estaba pasando. La rodearon con sus cuerpos cálidos. Le

transmitieron proximidad y confianza, y en el pecho de Nathalie palpitaron

todos los sentimientos que siempre había reprimido.

Lloró por la ausencia, la rabia, la pena y la frustración. Por las preguntas

jamás planteadas y las puertas que nunca le habían permitido abrir. Por todo

lo que no sabía acerca de su madre, su abuela y su verdadera identidad.

Entonces se dio cuenta de que también Ines la estaba envolviendo con los

brazos. Se sintió extraña entre los brazos de una mujer casi desconocida y

rodeada de caballos. Pero cuando Amuleto le apoyó el hocico contra la

mejilla, pensó que la situación no tenía nada de extraña. Al contrario. Era

como haber encontrado su verdadero hogar.

Después de un tiempo que habría podido ser una eternidad, Ines se apartó

de ella.

—¿Tenemos que volver ya? —preguntó Nathalie.

Le habría gustado quedarse más tiempo con los caballos.

—No, no volveremos —respondió Ines—. Tú y yo seguiremos adelante.

Había algo raro en su voz. El tono suave que solía emplear para dirigirse a

Nathalie había desaparecido.

—Iremos a un lugar al que solo pueden acceder los miembros del círculo

más íntimo —anunció la abuela.

Entonces tiró de la goma azul que tenía en la muñeca y dejó que golpeara

con un chasquido la marca enrojecida de golpes anteriores mientras miraba a

Nathalie a los ojos.

—Recoge todas tus cosas. No sé si regresaremos.

A pesar del calor del verano y del amor que le inspiraban los caballos, de

pronto Nathalie sintió frío.

Iban paseando por el parque de Rålambshov. La última vez que lo habían

 

visitado juntos estaba nevado y Vincent le había explicado a Mina en qué

consistía el número de magia conocido como La captura de la bala. Ahora el

sol abrasaba la tierra y había varios grupos con manteles de pícnic instalados

a la escasa sombra de los árboles.

Siguieron la línea de la costa hasta los amarraderos. La vez anterior no

había ninguna embarcación, pero ahora se concentraban a los lados de los

muelles como hojas blancas a lo largo de una rama. Mina se preguntó si

Vincent tendría un barco. Si lo tenía, debía de ser a motor. Le costaba mucho

imaginarlo arriando velas o navegando. Pensó que aún no le había preguntado

nada acerca de Nathalie. Debía de estar esperando a que ella empezara.

Habría querido hacerle muchas preguntas, pero ninguna respecto a su hija. Le

habría gustado saber, por ejemplo, por qué no la había llamado, o cómo había

estado durante todos esos meses. A ella también le habría gustado contarle

muchas cosas, pero no sabía por dónde empezar. En lugar de eso respiró

hondo y comenzó a hablar de Nathalie antes de perder el valor de hacerlo.

—Ayer por la mañana vino a verme el padre de mi hija. Nathalie vive con

él. Yo no tengo ningún contacto con ellos, ni mi madre tampoco. Pero el

sábado mi madre abordó a Nathalie, se la llevó y desde entonces mi hija está

con ella.

—Y me cuentas todo esto… ¿por qué razón?

—Supongo que sabrás quién es Nova —dijo ella.

Vincent arqueó una ceja y asintió.

—Sí, desde luego —respondió—. De hecho, la vi hace poco en…

—Ha venido a verme esta mañana —lo interrumpió Mina—. Mi madre

vive con ella, en una especie de granja donde imparten cursos. Por lo visto

trabajan juntas. Ahora Nathalie está allí. Su padre se puso frenético al ver que

no volvía y me tocó a mí tranquilizarlo. Sin embargo, no sé si debería

preocuparme.

De repente Vincent estalló en carcajadas y Mina frunció el ceño. No era la

reacción que esperaba. Sin embargo, no estaba mal la risa. Mucho mejor que

lo contrario.

—El viernes vi a Nova por televisión —explicó—. En el taxi, mientras

venía hacia aquí, he buscado información sobre Epicura. Y ahora tú sacas el

tema. ¿Qué probabilidades hay de que se produzca semejante coincidencia?

—El maestro mentalista debería ser capaz de calcularlo —replicó ella—.

Pero puede que no sea tan improbable, porque últimamente Nova aparece

hasta en la sopa.

—Entonces, la abuela de Nathalie es… —Vincent se asombró—. ¡Claro!

Eso significa que el viernes no vi visiones. Noté el parecido contigo, pero me

dije que debían de ser imaginaciones mías. Tu madre se llama Ines, ¿no?

También estuvo en aquel programa de televisión.

Mina sintió un calor especial en el pecho. Cualquiera que fuera la razón

por la que Vincent no la había llamado, al menos no la había olvidado.

Incluso había pensado en ella hacía solamente unos días.

—Así que… ¿piensas en mí cuando ves la televisión? —preguntó.

Vincent tosió con fuerza.

—Bueno, en realidad… —Vaciló—. Dicho así, parecería… Presentado de

esa manera… Lo que quería decir es que…

Ya volvía a ser el Vincent que Mina recordaba. Siempre temeroso de

cometer un error imperdonable en el plano social, porque no tenía la menor

idea de cómo funcionaban las relaciones humanas. Pero había pensado en

ella.

—Tranquilo —le dijo—. Era broma.

Daba la impresión de que Vincent se había quedado demasiado

desconcertado para responder, pero de repente reaccionó.

—Antes sí que aparecías a menudo en mi televisor, pero hace unos meses

se estropeó la cámara de vigilancia que instalé en tu apartamento —le soltó.

—Calla, Vincent, que me das miedo —contestó ella riendo.

El mentalista pareció satisfecho.

—En cualquier caso —continuó Mina—, volviendo a lo de mi madre…

Verás, ese tipo de organizaciones me generan mucha desconfianza. Esos

cursos de desarrollo personal impartidos en una granja, en medio del campo,

me suenan a secta. Se lo he dicho esta mañana a Nova.

—¿Y ella qué te ha respondido?

—Que no eran una secta, claro. Pero me interesa más conocer tu opinión.

Porque supongo que la conocerás como colega. Imagino que habréis

coincidido en más de un ciclo de conferencias. ¿Debería preocuparme por

Nathalie?

Vincent pareció reflexionar antes de contestar, mientras el sendero

describía una curva que los condujo hacia el gran anfiteatro del parque.

—Sí, he coincidido con Nova varias veces —confirmó—. Creo que su

punto de vista es interesante y original. No son muchos los que se dedican actualmente a la filosofía de Epicuro. Pero no puedo decir que la conozca

bien. Y aún menos a su organización.

—Ya, pero sabes mucho más del funcionamiento de la mente humana que

cualquier otra persona que yo conozca. ¿Estará bien Nathalie con ellas?

—Hasta donde yo sé, Epicura se dedica sobre todo a la formación de

directivos. Es cierto que ha elevado a su líder a la categoría de gurú; pero,

aparte de eso, no me parece que encaje en el patrón habitual de las sectas.

Incluso tengo entendido que se encarga de desprogramar a víctimas de grupos

sectarios. Algunos cursos de desarrollo personal son solo eso y nada más. Sin

embargo, hay algunas señales de alarma que merece la pena tener en cuenta.

¿Puede Nathalie relacionarse con otra gente y volver a casa cuando quiera?

¿Ha comenzado a regalar sus cosas y a cambiar sus opiniones según los

criterios de Nova? ¿Parece mentalmente estresada o agotada? ¿La notas

cansada? ¿Con cambios de humor frecuentes?

—¿Cómo quieres que lo sepa? ¿No acabo de decirte que vive con su

padre? No lo sé. No tenemos ningún contacto. Pero estamos hablando de una

adolescente. Supongo que estar cansada y con cambios de humor frecuentes

es lo normal a su edad.

Cuando llegaron al anfiteatro Vincent fue a sentarse en uno de los bancos

de hormigón. Abrió su bolsa y sacó dos botellas de agua, una de las cuales era

para Mina. Ella se quedó mirando la botella e intentó con todas sus fuerzas no

pensar en todas las manos que la habrían tocado antes de que llegara a la

bolsa de Vincent. Apoyársela en los labios habría sido como lamerles la

palma de la mano a veinte desconocidos.

Pero entonces Vincent rebuscó en la bolsa y extrajo un paquete de pajitas

desechables. Mina dejó escapar un suspiro de alivio. Se había acordado.

Abrió agradecida la botella, introdujo una pajita y bebió un poco de agua

fresca. Le habría gustado echársela por la cara para combatir el calor, al

menos provisionalmente.

—Como todas las organizaciones de su estilo, Epicura debe de ofrecer

una experiencia bastante intensa —continuó Vincent, después de beber un

buen trago de agua—. Pero si Nathalie está en busca de respuestas, te aseguro

que podría toparse con organizaciones mucho peores. Quizá descubra que el

epicureísmo es para ella, o puede que se canse y lo deje. No creo que ninguna

de las ideas que propone Nova sean perjudiciales o destructivas. Sin embargo,

sí me parece que tu hija es un poco joven para apreciar esa filosofía. Supongo

que tu madre tendrá buenas intenciones, pero tal vez sería conveniente que

hablaras con ella. Ve a verla y juzga por ti misma.

—Imposible —replicó ella bajando la vista hacia la botella—. Antes de

este fin de semana Nathalie ni siquiera sabía que tenía una abuela. Y todavía

no sabe que yo existo.

Se sentía débil. Habría querido reclinar la cabeza sobre el hombro de

Vincent y sentir físicamente su apoyo, pero no estaban en esa fase de su

relación. Aún no. Quizá más adelante. Pero todavía no. Ni siquiera sabía

cómo se habría tomado él lo que acababa de decirle.

Vincent se puso de pie y miró a su alrededor.

—Por cierto, hay algo acerca de Nova que te convendría saber. Le gusta

abrazar a la gente.

—Sí, ya lo sé. Ojalá hubiera tenido esa información hace unas horas.

A veces pensaba que sería buena idea encargar una camiseta con la

advertencia: ¡STOP! ¡ES MI CUERPO! ¿De verdad era tan difícil hacer

entender a algunas personas que no estaba bien abrazar a la gente sin más? A

Mina ni siquiera le gustaba que se le acercaran.

—Creo que todavía me huele la ropa a su perfume —comentó.

Vincent se inclinó hacia delante, como si estuviera a punto de olfatearla,

pero pareció arrepentirse y retrocedió.

—Me gusta mucho este parque —dijo de repente—. ¿Sabes que es uno de

los primeros parques funcionalistas de Estocolmo? Fue diseñado desde el

principio pensando en el uso que le daría la gente y no en hacerlo lo más

bonito posible. Con el tiempo, por supuesto, todos los parques empezaron a

proyectarse de la misma manera, que en círculos arquitectónicos pasó a

conocerse como el «estilo de Estocolmo». Pero Erik Glemme y Holger Blom

fueron los primeros, con este parque, en los años treinta. Teatro al aire libre

de hormigón. Senderos trazados sobre las líneas naturales que de todos modos

habría marcado la gente andando de un sitio a otro. Y todo llano y despejado.

Mira ahí, por ejemplo.

—Perdona, pero ¿qué tiene que ver todo esto con Epicura? —preguntó

Mina mirando en la dirección que le señalaba Vincent.

Un poco más allá un grupo de jóvenes con el torso desnudo jugaban un

partido improvisado de fútbol.

—Eso sería imposible si hubiera por en medio un montón de árboles,

arbustos o promontorios —respondió Vincent satisfecho.

Por lo visto la conversación sobre Epicura había quedado relegada

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