La secta
Segunda semana
Este capítulo es largo, así que está dividido en 5 partes.
momentáneamente. El mentalista estaba buceando en las profundidades de su
memoria, como era su costumbre. Mina no pudo reprimir una sonrisa.
También recordaba esa faceta de Vincent, el hombre para quien la información nunca era excesiva. Siguió observándolo, sin la menor intención
de interrumpirlo.
—¿Quién ha dicho que los parques no pueden ser prácticos? —prosiguió
Vincent—. Además, por aquí hay algunas esculturas que son una locura.
—Has saltado de Nova al diseño de parques y a las esculturas en tan solo
diez segundos —señaló Mina—. Te lo digo solo para que lo sepas. Debe de
ser un récord, incluso para ti. ¿A qué esculturas te refieres?
—Ven.
Vincent echó a andar en dirección al grupo de futbolistas y Mina no tuvo
más remedio que seguirlo.
Sobre la vasta extensión de hierba había una gran escultura de bronce de
más de tres metros de altura. Mina la había visto otras veces, pero nunca le
había prestado atención. Se hizo pantalla con la mano sobre los ojos para
verla en su conjunto. Parecía una tijera con las puntas clavadas en el suelo,
coronada por un hacha. O quizá fuera un extraño ser de piernas estilizadas
con un hacha donde debería haber tenido la cabeza.
—Hay más, pero esta es mi favorita —dijo Vincent—. Se llama
Monumento al hombre hacha. Por lo visto, el artista, Eric Grate, era todo un
personaje. La escultura que hizo para el hospital Karolinska fue tan
controvertida que al principio las autoridades del hospital se negaron a
instalarla, pero ahora puedes verla delante de la entrada principal. Esta que
ves aquí sigue siendo un enigma. Nadie sabe realmente qué quiso decir el
escultor, pero hay quien asegura que alude al paganismo. ¿Ves el falo en el
centro? También podría ser un homenaje a la diosa de la fertilidad.
Vincent levantó la vista hacia el hacha y pareció perderse en sus
pensamientos, contemplando los reflejos del sol en el bronce. Mina notó que
aún no había terminado. Pero era difícil saberlo, incluso tratándose de él. Se
dijo que todo lo anterior podía ser un intento de hablar de otra cosa para lo
que aún no había encontrado las palabras adecuadas. Esperó un momento,
pero Vincent no dijo nada más.
—¿La diosa de la fertilidad? —repitió ella.
Vincent asintió sin apartar los ojos de la escultura.
—Creo que Maria me engaña —dijo entonces.
Mina no sabía bien qué esperaba oír, pero seguramente no era eso.
—Con Kevin —prosiguió él—, el tipo que la está ayudando a poner en
marcha el negocio.
A Mina se le escapó una risita breve, casi como un gemido, pero logró
reprimirla deprisa.
—Perdona —se disculpó—. ¿Kevin? Nombre de monitor de tenis.
Vincent no sonrió.
—¿Quieres que vea si tenemos algo sobre él? —preguntó—. No sé qué
podré hacer, pero…
—No, nada de eso —replicó Vincent enseguida, mirándola con los ojos
muy abiertos—. No quiero saber nada. ¿Hemos terminado de ver la escultura?
Mina asintió y los dos echaron a andar otra vez por los senderos del
parque.
—¿Por qué no quieres saber nada? —preguntó, y bebió agua por la pajita.
Vincent se encogió de hombros. A pesar del sol abrasador Mina disfrutaba
del paseo con él. Podía fingir que el motivo de su encuentro era un poco más
agradable que el inminente hundimiento del castillo de naipes que había
construido en los últimos diez años y el hecho de que la mujer de Vincent
tuviera una aventura extramatrimonial.
—Si es verdad que me engaña, pueden pasar dos cosas —dijo él—. La
primera es que utilice a su amante como trampolín para salir de nuestra
relación y me deje. En ese caso me enteraré de todo cuando llegue la hora. Me
sentiré traicionado, por supuesto, pero durante menos tiempo que si lo supiera
desde ahora. No hay necesidad de sufrir por adelantado si va a suceder de
todos modos. Lo otro que puede ocurrir es que Maria necesite esa relación en
este momento por algún motivo y que después vuelva conmigo como si nada
hubiera pasado. Si es así, es preferible no saber nada. Puede que su aventura
refuerce nuestra relación desde su punto de vista. Pero si yo estuviera al
corriente de todo me costaría olvidarlo. Y entonces lo echaría todo a perder
justo cuando podría haberse arreglado.
Siguieron paseando en silencio. Mina no podía decidir si lo que acababa
de decir Vincent era lo más sensato que había oído en mucho tiempo o si su
amigo estaba más discapacitado a nivel emocional de lo que habría podido
imaginar. Una cosa era la dificultad que tenía ella para dejar entrar a la gente
en su vida, pero otra muy distinta era la aparente indiferencia de Vincent
hacia la posible aventura de su mujer con otro hombre. ¿De verdad era tan
racional? ¿Dónde quedaba entonces el amor?
—Perdona si me meto donde no me llaman —se disculpó ella—, pero ¿no
te gustaría saber al menos si ella es el tipo de persona capaz de tener una
aventura?
Ya casi habían llegado al puente de Lilla Västerbron. La pista de skate
bajo el puente estaba llena de aficionados practicando con sus tablas. El
traqueteo de las ruedas sobre el hormigón se mezclaba con la música de hip-hop que atronaba desde varios altavoces. Los dos hicieron una mueca de
disgusto y volvieron sobre sus pasos hacia la esquina del parque donde habían
empezado el paseo.
—¿Sabes? —dijo Vincent—. Creo que la mayoría de las personas son
capaces de casi todo. Solo hay que ver en qué punto de su vida se encuentran.
No somos seres estáticos. Casi todas nuestras células son sustituidas de forma
periódica por otras. Hace apenas tres semanas toda tu epidermis era diferente
de la que es hoy. Tu cerebro genera nuevas células cada tres meses. Desde un
punto de vista meramente físico no eres la misma persona que hace cinco
años, ni la que serás dentro de unos meses. Y ocurre lo mismo con las
opiniones, los juicios y las ideas. La Mina de hoy es capaz de cosas que la
Mina de hace cinco años jamás habría podido hacer.
«Como saltar dentro de un contenedor lleno de visones muertos», pensó
ella. Desde luego, no tenía la menor intención de repetir la hazaña, pero
entendía lo que Vincent quería decir.
—Lo más probable es que al menos una de todas las versiones de Maria
con las que he estado y estaré sea capaz de tener una aventura —continuó él
—. Pero no gano nada averiguando si la de ahora lo es, porque puede que la
siguiente versión de Maria no lo sea. O también es posible que la actual Maria
sea incapaz de engañarme pero la próxima decida dejarme por otra persona.
¿Lo entiendes? Solo puedo saber algo sobre la Maria del presente. Pero eso
no tiene ningún interés, porque voy a vivir el resto de mi vida con sucesivas
versiones de la Maria futura.
—Es muy… curioso eso que dices —comentó Mina—. Entonces ¿estás
seguro de que toda esta charla sobre lo poco que te importa no es más bien
una manera de decir que sería un alivio para ti que Maria tuviera una aventura
con Kevin después de lo que hiciste tú con Ulrika, tu exmujer, en el Gondolen
hace dos veranos?
Vincent palideció.
—Espero de todo corazón que en la posible aventura de Maria con Kevin
haya mucho menos odio que en aquel encuentro con Ulrika. Pero, sí, lo que
dices es una posibilidad. Estoy en deuda con ella.
Llegaron al final del parque y emprendieron de nuevo el camino hacia la
jefatura. Tras acabarse el agua de su botella Mina la tiró a una papelera. Pensó
en contarle a Vincent lo de Amir, ya que él se había sincerado sobre Maria.
La sola idea de decírselo la ponía nerviosa, aunque él no tuviera ningún
derecho a opinar al respecto. Pero quería que lo supiera.
—Es cierto que la Mina de ayer no es la misma que la de hoy —comenzó
después de aclararse la garganta—. De hecho, no te lo vas a creer, pero tengo
una cita.
Notó que a él se le congelaba la sonrisa a su lado. Pero solo por un
instante.
—¿Quién es el afortunado? —preguntó Vincent enseguida.
—Se llama Amir. Es abogado. No sé mucho más. Estuvimos chateando y
entonces… En realidad, no sé muy bien cómo ha sido. Pero hemos quedado
para vernos.
La temperatura era más alta en la calle que en el parque. Los muros
devolvían el calor y el aire temblaba sobre el asfalto.
—¿Has oído hablar de la fóvea, el punto focal de la retina? —preguntó
Vincent—. La fóvea capta información de un área bastante limitada. Por eso,
para ver por ejemplo las casas de la acera de enfrente, tienes que desplazar
todo el tiempo el enfoque, como si miraras todas las piezas de un puzle una a
una. Después el cerebro reúne las piezas y reconstruye el puzle. Pero a los
ojos no les da tiempo a ver todas las piezas y entonces el cerebro «pinta» las
que faltan, para completar el conjunto. Por lo tanto, parte de lo que ves de
aquellas casas son simples suposiciones de tu cerebro.
Una vez más los pensamientos de Vincent habían derivado hacia una
dirección del todo imprevisible. En cierto modo Mina comprendía a Maria.
Debía de ser bastante más fácil mantener una conversación con ese tal Kevin.
Aunque sin duda más aburrido.
—Has vuelto a cambiar de tema —lo reprendió ella—. Los cambios
bruscos no son buenos, Vincent. ¿No habíamos dicho que tenías que practicar
tus habilidades sociales?
—No he cambiado de tema. Estoy hablando de tu cita —le explicó él—.
Verás, cuando vemos a una persona, pasa lo mismo. El punto focal se mueve
en un triángulo, entre los ojos y la nariz del otro, para captar el conjunto de la
cara. Pero cuando comenzamos a sentir atracción por otra persona, nos
fijamos también en otras partes…, ¿cómo decirlo?…, más… húmedas y
carnosas. Ya sabes…
Mina lo miró entornando los ojos y vio que de repente parecía muy
interesado en una mota de polvo que tenía en una uña.
—Vincent, ¿te has sonrojado?
—En cualquier caso —respondió él carraspeando—, los labios son
precisamente una de esas partes del cuerpo, sobre todo si son rojos como los
tuyos, o si son…, bueno, ¿cómo se llamaba…? ¡Ah, sí! Amir. Si Amir siente atracción por ti, verás que su mirada empieza a moverse desde tus ojos hacia
tu boca, en lugar de centrarse en la nariz. La boca tiene un componente
erótico que…
—¡Demasiada información, Vincent! —exclamó ella alejándose de él con
fingido escándalo—. Además, no es exactamente una cita. Hemos quedado en
el Museo del Mediterráneo. En pleno día.
Ya estaban cerca de la jefatura. Dentro la esperaban las fotografías de
Lilly y Ossian. Pero no llegaría a ninguna conclusión mirándolas. Habría
deseado quedarse con Vincent en el parque, hablando de las estatuas.
El mentalista pidió un taxi a través de una aplicación del móvil y, a los
pocos minutos, el coche lo estaba esperando en la puerta de la jefatura. En
silencio, Mina lo vio abrir la puerta del asiento trasero. No habían tenido
ningún contacto durante casi dos años, ni siquiera un mensaje de texto, pero
ahora parecía como si todos esos meses no hubiesen existido, como si nunca
se hubiesen separado. Para ella había sido una alegría enorme volver a verlo.
Había oído sus respuestas y ahora tenía que regresar al trabajo. Pero no quería
que se acabara. Todavía no. Buscó desesperadamente una razón para pedirle
que se quedara, pero no encontró ninguna.
—Intentaré averiguar un poco más sobre Epicura, si quieres —le dijo él
—. Nunca está de más informarse. Procura hablar con Nathalie. No creo que
la formación en liderazgo de esa organización esté dirigida a adolescentes. Y
una cosa más, Mina… —Se volvió y la miró arqueando una ceja—. La fóvea.
—Sonrió—. No diré nada más.
—¿No te ibas ya? —replicó ella cruzándose de brazos.
Vincent soltó una carcajada, se montó en el vehículo y cerró la puerta. El
taxi arrancó y Mina lo observó hasta que dobló la esquina y desapareció. Una
parte de ella se fue con él. Podría haberle suplicado que se quedara, sin
ninguna razón en particular.
Solo pedirle que no se fuera.
Pero no lo había hecho. Vincent tenía razón acerca de Nathalie, por
supuesto. Si su hija no regresaba de la granja antes del fin de semana, Mina
pensaba ir a buscarla personalmente aunque el padre de la niña se enfadara. Si
no quería que la viera tendría que adelantarse y recogerla él. Pero Nathalie
tenía vacaciones y Mina confiaba lo suficiente en su madre como para
dejarlas a las dos en paz unos días. Tenía otras cosas en que pensar.
—La fóvea… —repitió entre dientes y negó con la cabeza.
¿Para qué le habría dicho que tenía una cita? Vaya tontería.
El ambiente en la sala de reuniones no había mejorado respecto al del fin de
semana. Se acercaba el final de la jornada y, aunque pareciera imposible,
hacía todavía más calor.
Los pensamientos de Mina seguían girando en torno a la visita del
mentalista. La sensación que le había producido era a la vez familiar y un
poco inquietante. Había esperado encontrar al Vincent de siempre, pero él
mismo había observado que todas las personas se renuevan y cambian
constantemente. ¿Quizá el nuevo Vincent no la entendía tan bien como el de
antes? ¿Quizá le costaría más a ella comprenderlo? Sin embargo, no se lo
había parecido. A su lado se había sentido como antes. O casi. Y esperaba que
a él le hubiera pasado lo mismo.
—Escuchadme —dijo Julia abanicándose con las manos—, ya sé que
estáis cansados. Los sucesos del fin de semana han sido un duro golpe para
todos y hoy llevo todo el día evitando a los periodistas. De momento están
ocupados con la historia de éxito de la niña que encontramos el viernes. Pero
son como sabuesos que han olfateado la presa. Y la regla de oro del
periodismo dice que todo lo que se elogia también se debe criticar.
Construyen para después derribar. Es solo cuestión de tiempo antes de que
descubran que Ossian ha sido hallado muerto y que no tenemos ninguna pista.
Si hubiese sido por la prensa, unos cuantos policías se habrían quedado sin
trabajo después del caso de Lilly. Pero por suerte no son los periodistas los
que deciden.
Bosse estaba comiendo en un reluciente cuenco metálico nuevo, en un
rincón de la sala. Julia había mantenido su promesa. Mina hacía lo posible
para no ver la lengua carnosa del perro removiendo el pienso, ni los pelos que
se le desprendían del denso pelaje y se quedaban flotando en el aire.
Cualquier día Christer le llevaría también una cesta para que se echara a
dormir en la sala de reuniones.
—Dicho esto —prosiguió Julia—, no podemos cometer errores. Esta vez
tenemos que encontrar al culpable o los culpables. A la espera del informe de
la autopsia, podemos repasar una vez más todo lo que sabemos acerca de la
muerte de Lilly Meyer. Empezaremos por los allegados. Seguramente estarán
cansados de la policía, pero no tenemos alternativa. Peder y yo ya hemos
hablado con la madre. Ha sido… una experiencia curiosa. La mujer sigue
sosteniendo lo mismo que durante el juicio: que quien mató a la niña fue Mauro, el padre de la menor. Mina y Ruben, vosotros iréis a hablar con él. Ha
estado fuera de la ciudad durante el fin de semana, pero regresa esta noche. Id
a verlo a primera hora de la mañana del martes. Es decir, mañana a primera
hora.
—¿Y yo? —preguntó Christer.
—Tú al registro, por supuesto —replicó Julia de inmediato—. No, espera.
Tenemos que analizar las descripciones de los secuestradores de Lilly: la
pareja de personas mayores que fue vista en las proximidades de la escuela
infantil. Encárgate de eso. Pero, después, vuelve al registro. Alguien tiene que
hacerlo, ya lo sabes.
Christer había empezado a alegrarse, pero enseguida se le ensombreció de
nuevo la cara.
—Me parece que esta sala necesita un poco de endorfinas —comentó
Peder—, para que todos trabajemos mejor.
Una chillona melodía comenzó a brotar del teléfono que tenía en la mano.
—Son las trillizas, cantando con Adis…
—¡Ya lo sabemos! —gritó Ruben golpeando la mesa con la palma de la
mano—. Pero ya han pasado cinco meses del concurso para ir a Eurovisión.
¡Cinco meses! Hemos visto ese vídeo de las trillizas prácticamente cada día
desde entonces. ¿Cuántas veces más nos lo vas a enseñar?
Peder bajó la vista avergonzado.
—Solo pretendía animaros —repuso en voz baja.
—Y tu intención es muy loable —intervino Julia—. Todo lo que pueda
hacernos más llevadera la jornada es bienvenido, pero hay algunas cosas que
en lugar de animarnos aumentan el nivel de estrés. ¿Qué te parece si
esperamos un poco y dejamos a las trillizas para cuando realmente las
necesitemos?
Peder asintió un poco más conforme.
—¿Por dónde iba? —preguntó Julia—. Ah, sí. Además de estudiar el caso
de Lilly Meyer, es posible que debamos ampliar nuestras miras en lo referente
a posibles culpables. Como las descripciones de los secuestradores son muy
diferentes entre sí, es tentador pensar que los dos casos no están relacionados.
Sin embargo, hay demasiadas similitudes para dar por buena esa teoría. Adam
lo ha señalado desde el principio y, después del hallazgo del sábado, me
inclino a darle la razón. Los dos niños tenían la misma edad, fueron
secuestrados a plena luz del día sin que nadie reaccionara, estuvieron tres días
desaparecidos y al final fueron hallados muertos sin lesiones visibles. No
puede ser casualidad. Pero la posibilidad de que haya al menos tres personas detrás de los dos secuestros plantea nuevas preguntas sobre su identidad y sus
motivos. No recuerdo ningún otro caso similar, así que tenemos que averiguar
más al respecto. ¿Alguna idea, Adam?
Adam se aclaró la garganta y todas las miradas se volvieron hacia él.
—Como ya sabréis, hoy por hoy no contamos con ningún psicólogo
criminalista en la jefatura —respondió—, desde que Jan Bergsvik se marchó.
—Desde que fue despedido —lo corrigió Ruben con una tos fingida.
—Desde que decidió irse en busca de nuevos horizontes profesionales —
continuó Adam, con una sonrisita en la comisura de la boca—. Por eso me he
tomado la libertad de consultar con una persona experta en conductas
extremas, porque más allá de que estemos tratando con uno o varios
delincuentes, no podemos dejar de calificar su comportamiento como algo
indudablemente extremo. Con un poco de suerte, esta persona podría
ayudarnos a entender mejor lo que tenemos entre manos. ¿Qué os parece?
—¿Por qué no llamamos a Vincent? —propuso Mina ansiosa—. Si vamos
a contratar a un asesor externo, podríamos proponérselo a él.
Adam no podía imponerles un asesor diferente cuando era posible recurrir
a Vincent.
—¿A quién? —preguntó Adam desconcertado.
—A Vincent Walder —le explicó Julia—. Colaboró con nosotros hace un
tiempo, en un caso en el que al final resultó estar implicada su hermana.
Adam dejó escapar un silbido.
—Sí, lo recuerdo.
—Respondiendo a tu pregunta, Mina —prosiguió Julia—, Adam ya se ha
puesto en contacto con esa otra persona. Veamos qué puede ofrecernos antes
de considerar a Walder. Vincent es muy competente, pero todo se vuelve un
poco… especial cuando él está involucrado.
Mina asintió, aunque no estaba de acuerdo. Acababa de despedirse de
Vincent y se arrepentía de haberlo dejado marchar. Además, Vincent le había
salvado la vida y era muy poco probable que el asesor invitado por Adam
pudiera decir lo mismo.
—La persona con la que he hablado también tiene amplios conocimientos
sobre comportamiento grupal, especialmente en sus manifestaciones más
extremas, como ya os he dicho.
—¿Comportamiento grupal? —preguntó Peder interesado.
—Sí, es una idea que he empezado a explorar —contestó Adam— y
quiero ver qué os parece. Hasta ahora partimos del supuesto de que Ossian
fue asesinado por la misma persona que mató a Lilly o por alguien que reprodujo su manera de actuar por la razón que fuera. Pero creo que hay una
tercera posibilidad, que explicaría mejor por qué tenemos secuestradores con
descripciones diferentes cuando el modus operandi es prácticamente idéntico.
—Adam hizo una pausa y miró a sus colegas. En la sala solo se oía la
respiración agitada de Bosse—. Puede que estemos ante un grupo organizado
—prosiguió Adam—. Creo que nuestros secuestradores se conocen entre sí.
Nadie dijo nada. La idea era horripilante. Sin embargo, tal como había
afirmado Adam, era una buena explicación.
—Como no me canso de repetir —dijo Julia—, no podemos descartar
ninguna posibilidad. Y esta hipótesis es sin duda muy interesante.
—Solo quería mencionarla para poder preguntarle al respecto a la persona
a la que he invitado —explicó Adam—. En los últimos tiempos ha salido
mucho en los medios, por lo que supongo que la conoceréis. Por suerte tenía
un hueco en su agenda cuando la he llamado. Vendrá el miércoles por la
mañana. Se llama Jessica Wennhagen, aunque os sonará más el nombre de
Nova.
Mina se quedó mirando a Adam sin decir nada. No podía ser.
Nathalie no había entendido adónde iban. Sin más explicaciones, la abuela la
había conducido hasta un coche aparcado detrás de las cuadras. En un
principio la niña pensó que el lugar mencionado por su abuela debía de estar
cerca, pero llevaban por lo menos media hora de trayecto. El conductor se
llamaba Karl. Era alto y rubio, con una sonrisa resplandeciente y la misma
calma de todas las personas que Nathalie había conocido en Epicura.
Envidiaba su serenidad.
Ella habría deseado sentir esa misma paz. No tener un padre
sobreprotector, una abuela desconocida y unas amigas que solo se
preocupaban por lo que pensaban los demás.
¿Tendría también ese Karl motivos de inquietud o de enfado en la vida?
En todo caso, no lo parecía. De hecho, a pesar de la comida escasa, el
ambiente de Epicura se le había empezado a contagiar. En los últimos días se
había sentido más feliz y serena que de costumbre.
—Entonces ¿qué es ese círculo íntimo del que hablabas? —le preguntó a
su abuela, que iba en el asiento delantero.
Pero, antes de que la abuela contestara, se le adelantó la mujer sentada
junto a Nathalie en el asiento trasero.
—Lo que enseña Nova en Epicura no es más que el primer paso —explicó
—. Para los que asisten a sus cursos, es suficiente. Pero para entender
realmente el legado de John Wennhagen, hace falta algo más. Ines te está
haciendo un gran regalo de amor al abrirte tan pronto esta puerta. A otros les
lleva muchos años acceder al círculo interno. Por cierto, me llamo Monica.
—¿John Wennhagen? —repitió Nathalie—. No entiendo. ¿No se llamaba
Baltzar el abuelo de Nova?
Ines se volvió hacia atrás desde el asiento delantero. Su mirada estaba
llena de secretos, pero también de promesas.
—John era el padre de Nova —respondió—, el único que supo ver la
verdad. Nosotras seguimos sus huellas.
El coche circulaba por un camino forestal. Los árboles pasaban
velozmente a los lados y los rayos del sol temblaban inseguros entre las
ramas. Un poco más adelante Nathalie vislumbró una casa. De repente se dio
cuenta de que nadie conocía su paradero en ese momento, ni siquiera su
padre. Ni siquiera ella misma.
—Todo es dolor, sufrir purifica —dijo su abuela, dejando que la goma
azul le golpeara con fuerza la muñeca una vez más.
—Todo es dolor, sufrir purifica —murmuraron al unísono Karl y Monica.
—¿Han…? ¿Han averiguado algo más sobre Lilly?
La directora de la escuela infantil de Nyckelpigan buscó ansiosamente la
mirada de Christer.
—Porque… ha venido por eso, ¿no? Ya sé que ha pasado un año entero,
pero pensaba que… Todavía no hemos perdido la esperanza de encontrar una
respuesta. O… ¿es por lo del niño?
Christer tardó unos segundos en contestar. Una de las partes más difíciles
de su trabajo era el hecho de no poder dar respuestas a las personas que las
necesitaban. La desaparición de Lilly seguía siendo una herida abierta en la
escuela, tanto para el personal como para las familias que llevaban allí a sus
hijos. Era comprensible. Nadie podía haber quedado indiferente. Y todos
querían saber exactamente qué había pasado. Pero Christer no tenía respuestas
que ofrecerles y en cambio había ido allí a plantearles más preguntas.
—No puedo hacer comentarios acerca de investigaciones en curso —dijo
escogiendo la salida más fácil—. ¿Le parece que hablemos un poco más en
privado?
Era la respuesta habitual. Fría, impersonal y marcando una clara distancia
con su interlocutora.
—Aquí estaremos bien —repuso la directora—. Los niños están jugando y
nadie nos oye. Además, tengo que quedarme a vigilar. Todo el personal es
necesario cuando estamos fuera. —La directora, que se llamaba Johanna,
recorría incesantemente con la mirada el patio lleno de niños—. ¿Son los
mismos que se llevaron a Lilly? ¿Los que secuestraron al chico? —preguntó
al cabo de un momento.
—Lo siento, pero no puedo… —Las palabras se fueron apagando.
Bosse corría como un cachorro entre los niños, encantados con su visita.
Al principio Christer lo había dejado atado fuera, pero cuando los pequeños
fueron a apiñarse a la verja para verlo, una de las educadoras le había
preguntado si le parecía bien que el perro entrara a saludar. Bosse no cabía en
sí de felicidad. Adoraba a todo el mundo y sobre todo a los niños.
—Como ya le he dicho, me gustaría hablar con las personas que estaban
trabajando en la escuela el día que Lilly desapareció. A veces la memoria nos
sorprende y se vuelve más clara con el paso del tiempo. No podemos dejar
nada al azar.
—Ahora mismo los llamo —asintió Johanna levantándose del banco
donde los dos estaban sentados—. ¡Leopold! ¡Aysha!
Un hombre joven y una mujer de mediana edad se volvieron hacia ellos y
se acercaron. Por su expresión tensa se veía que ya sabían de qué se trataba.
Un poco más allá un niño soltó un chillido agudo y furibundo, cogió un
puñado de arena y se lo tiró a la cara al chiquillo que tenía delante. Pero un
maestro intervino rápidamente y logró restablecer la paz. Antes de que
Leopold y Aysha llegaran adonde los esperaban Johanna y Christer, los dos
niños ya estaban otra vez jugando juntos.
Christer se dijo que ojalá todo fuera tan sencillo en el mundo de los
adultos.
Saludó a los dos educadores, que se sentaron en un banco cercano.
Johanna, la directora, se despidió con una disculpa.
—¿Es sobre Lilly? —preguntó la mujer.
—¿O es sobre el niño desaparecido estos últimos días? ¿Se lo ha llevado
la misma pareja? —quiso saber el hombre joven, sin dejar de vigilar a los
niños que jugaban en el patio.
—No puedo decir nada al respecto —se excusó Christer por segunda vez.
Bosse se acercó brevemente y Christer le rascó el cuello por detrás de las
orejas, antes de que el perro saliera corriendo otra vez, jadeando y con la
lengua fuera, para seguir jugando con sus nuevos amigos.
—Su perro ha sido todo un éxito —comentó Aysha con una sonrisa que le
iluminó los cálidos ojos oscuros.
Una niña fue corriendo a ella para que la ayudara a ajustarse el gorro que
la protegía de sol y se fue tan rápidamente como había llegado.
—Las jornadas aquí deben de ser agotadoras —observó Christer
contemplando el mar de niños que se movían todos a la vez en diferentes
direcciones, con un nivel de ruido que hacía estallar los tímpanos.
—Sí, pero también divertidas —contestó Leopold recostándose en el
respaldo del banco.
—¿Qué recuerdan del día en que Lilly desapareció?
Christer había decidido ir al grano. No tenía tiempo que perder.
—Fue un día como cualquier otro. No hubo nada fuera de lo corriente,
nada que nos llamara la atención. Aysha y yo vimos pasar a la pareja, pero no
notamos nada raro. Parecían gente normal.
—Eran una pareja corriente de personas mayores —confirmó ella—. Los
dos tenían el pelo gris. Él era más bien bajo y ella… bastante elegante.
—Con gafas —añadió Leopold.
Un niñito con pantalones demasiado grandes se plantó justo delante de
Christer y empezó a chillar. Leopold se apresuró a cogerlo en brazos, lo
consoló, le sacudió la gravilla que tenía en la ropa y lo envió a jugar otra vez
en cuanto se hubo calmado.
—¿Nada que os llamara la atención? —preguntó Christer.
Hasta ese momento no le habían dicho nada que no hubiera leído ya en el
informe.
—No. Parecían… unos abuelos normales. Vienen muchos por aquí. No
tenían nada fuera de lo corriente. Nada en absoluto. Pero no vimos el
secuestro propiamente dicho. Cuando nos dimos cuenta de que Lilly había
desaparecido, algunos de los niños dijeron que los abuelitos se la habían
llevado. Pero ya sabe cómo son los niños.
—¿Cómo supieron que se referían a la misma pareja que habían visto
ustedes?
—Los niños mencionaron un abrigo lila —dijo Aysha—. Y la mujer que
habíamos visto Leopold y yo llevaba un abrigo de ese color. Por eso
supusimos que era la misma pareja. El lila no es muy habitual en prendas de
abrigo.
—¿Y no los habían visto antes? ¿Con Lilly o con alguno de los otros
niños? ¿O simplemente por aquí?
Los dos negaron con la cabeza.
—No podría asegurarlo con absoluta certeza —respondió Leopold—, pero
no recuerdo haberlos visto antes.
—Yo igual —confirmó Aysha.
Christer reflexionó un momento. Ya sabía que era poco probable obtener
pistas nuevas. Tanto Leopold y Aysha como el resto del personal habían sido
interrogados minuciosamente tras la desaparición, e incluso habían prestado
declaración varios de los niños.
—Bueno, no los molesto más —dijo incorporándose.
Le dolían las articulaciones y tenía los pantalones pegados a los muslos
por el calor. Llamó a Bosse con un silbido, que el perro no pareció oír. Pero
después de varios silbidos más y una amenaza, el animal acudió con desgana,
con una fila de niños saltando detrás.
—Deja que se quede el perrito —le pidió una niña de trenzas rubias que
llevaba impreso en la camiseta el dibujo de una princesa rodeada de un
remolino de copos de nieve.
—El perrito tiene que irse; tenemos trabajo que hacer —replicó Christer
mientras enganchaba la correa al collar de Bosse.
Al principio el perro se negó a moverse, con cuatro niños abrazados a su
cuerpo. Su mirada era suplicante.
—No; debemos irnos.
Volvió a tirar de la correa y entonces Bosse echó a andar a regañadientes
hacia la salida, pero con varios niños agarrados aún de su pelaje dorado.
—Tenéis que soltar ya al perrito, nos vamos a casa —les dijo Christer.
Con el rabillo del ojo veía que Leopold y Aysha lo estaban mirando
divertidos. Siguió tirando de la correa y, cuando Bosse finalmente aceleró el
paso, los niños se vieron obligados a soltarlo. Al llegar a la puerta Bosse se
volvió con nostalgia y echó un último vistazo a sus amigos antes de saltar
dentro del coche con expresión abatida.
—¿Mina?
La estaban llamando desde un número oculto y aun así había cogido la
llamada, con la esperanza de que no fuera quien pensaba que sería.
—Soy yo —dijo una voz masculina.
Mina suspiró. Claro que era él. ¿Quién más podría haberla llamado por la
noche?
—¿Has hablado con ella? —prosiguió el padre de Nathalie—. ¿Qué es eso
que se oye de fondo?
—El aire acondicionado. Y la he llamado, pero todavía no he hablado con
ella.
—Entonces ya sé lo que tengo que hacer. Es lunes por la noche y aún no
ha vuelto. Mandaré a alguien a buscarla. Esto es inaceptable.
Mina se obligó a respirar hondo varias veces antes de responder.
—No, por favor, no lo hagas —replicó tratando de aparentar más
confianza de la que en realidad sentía.
Por un instante le pareció como si él estuviera ahí, en su apartamento,
como si se hubiera infiltrado en el oasis de limpieza que ella había creado. El
apartamento era su protección, su seguridad, su fortaleza. Pero él podía entrar
donde le apeteciera. Siempre lo había hecho.
Ahora guardaba silencio. Estaba esperando una explicación.
¿Y qué iba a decirle? ¿Que Nathalie era lo más importante del mundo para
ella? ¿Que incluso en los peores momentos, cuando estaba completamente
destrozada, la idea de Nathalie era lo único que la había mantenido a flote?
¿Que el acuerdo de apartarse de la familia por el bien de Nathalie había
estado a punto de costarle la vida? No había palabras que pudieran ayudarla y
ella lo sabía. El padre de Nathalie era una persona adulta, responsable de sus
actos. ¡Pero ella había estado enferma, por el amor de Dios! ¿Por qué le
costaba tanto entenderlo?
—Ya sé que no puedo decirte lo que tienes que hacer —dijo por fin en
voz baja—, ni cómo manejar esta situación. Ya sé que he perdido ese
derecho. Pero esta vez has venido tú a pedirme ayuda y por eso te ruego que
me concedas un poco más de tiempo. Creo que presionarla justo ahora podría
ser perjudicial. Nathalie tiene derecho a hacer preguntas, tiene derecho a
saber. Y necesita tiempo. Nosotros decidimos ocultarle la verdad, pero ella
nunca ha elegido vivir una mentira. Por favor, no hagas nada precipitado. Dame la oportunidad de resolver esto primero. Si no confías en mí, quizá
puedas confiar en Nathalie.
Oía su respiración en el auricular. Estaba reflexionando. Mina sabía que
en ese momento habría trazado mentalmente dos columnas, una con los pros y
otra con los contras. La profundidad de la respiración revelaba el grado de
concentración con que estaba sopesando todas las posibilidades. La
sorprendía comprobar hasta qué punto lo seguía conociendo y lo muy familiar
que le resultaba incluso lo que decía entre líneas.
—De acuerdo —dijo él finalmente—. Pero estaré vigilando.
—Gracias.
Mina volvió a hundirse en los cojines del sofá, aliviada.
El padre de Nathalie guardó silencio y ella tampoco encontró nada más
que decir. El sentimiento de culpa la impulsaba a decir algo, cualquier cosa
que consiguiera hacerle entender, aunque fuera insuficiente o ya fuera
demasiado tarde. Pero el instante pasó y el hombre colgó el teléfono.
Con el ceño fruncido Mina se puso de nuevo a ver la televisión y trató de
entender el programa que estaban transmitiendo antes de que sonara el
teléfono. No oía bien lo que decían, por el ruido de los dos grandes aparatos
de aire acondicionado que había instalado, uno en el cuarto de estar y otro en
el dormitorio. Derramaban aire frío por las habitaciones y expulsaban el aire
caliente a través de una gruesa manguera que salía por un hueco de la
ventana. Como resultado, su apartamento era el único lugar donde no sudaba.
Y eso era maravilloso. La parte negativa era que el estruendo de los aparatos
le impedía oír sus propios pensamientos.
Los participantes en el programa de televisión iban y venían en parejas y
sonreían nerviosos ante las cámaras, sin conseguir despertar en ella el más
mínimo interés. Eran personas emparejadas por expertos que se encontraban
por primera vez ante el altar, para casarse.
¡Cielo santo! ¡Qué obsesión tenía la sociedad con el emparejamiento
compulsivo de la gente! Como si la soledad fuera una enfermedad que
necesitara una cura a cualquier precio, pero dentro de unos marcos muy
estrictos. ¿Había sido en la Biblia donde había quedado establecido que la
dualidad era la norma? ¿Había empezado con Adán y Eva o con las parejas de
animales del arca de Noé? Ahora el arca de los seres humanos se llamaba
Tinder, la aplicación a la que muchos se aferraban desesperadamente con la
esperanza de no hundirse en la soledad. Como si vivir solo fuera algo malo.
La historia de Adán y Eva ya había puesto de manifiesto algunos de los
defectos de la lógica dual. Siempre había una serpiente en el paraíso. Mina se preguntó cuántas de las parejas que estaba viendo seguirían juntas en la fecha
de emisión del programa. Probablemente ninguna, supuso, dada la frialdad
que parecía demostrar la mayoría. El amor no respondía a ninguna lógica. No
había un código matemático del amor que se pudiera descifrar. Era una de las
pocas cosas que Mina sabía sobre el amor.
Le habría gustado saber qué opinaba Vincent al respecto. Imaginó que
tendría mucho que decir y además intentaría explicarlo con esquemas y
diagramas. Ojalá lo hubiera contratado su equipo para colaborar en el caso, en
lugar de recurrir a Nova. Sobre todo teniendo en cuenta la situación con
Nathalie. Toda la historia podía acabar siendo un caos. No quería que Nova se
metiera todavía más en su vida.
Deberían haber llamado a Vincent.
Cambió de canal y se puso a ver un concurso de preguntas y respuestas en
el que participaban famosos. Al menos era mejor que el otro programa.
Vincent.
Él también se había infiltrado en su fortaleza. Pero había sido diferente.
Ella lo había dejado entrar. La decisión había sido suya y él la había aceptado.
Le había permitido ser tal como era. Con Vincent en su casa se había
sentido… bien. También cuando habían ido a pasear por el parque. Quizá
demasiado bien, porque ella sabía que no podía ser. Era mejor así. Sola en su
fortaleza. Sin nadie más.
Sola se sentía fuerte.
Vincent apoyó una mano en el árbol. En la otra tenía un palo que había
recogido del suelo, con el que intentó rasparse el barro de la suela de la
zapatilla. El calor y la falta de lluvia a lo largo de varias semanas habían
resecado la tierra e incluso incrementado el riesgo de incendios. Pero Vincent,
como de costumbre, se las había arreglado para encontrar el único charco en
varios kilómetros a la redonda y se había metido en el barro hasta los tobillos.
Por suerte se había puesto un par de zapatillas deportivas en lugar de los
zapatos que solía usar, porque no habrían sobrevivido. Pero no habría estado
mal que las zapatillas no fueran blancas.
Había salido con la idea de dar un paseo matinal por el bosque, para
respirar aire fresco y pensar un poco. Pasaba muy poco tiempo en la
naturaleza, a pesar de vivir prácticamente en medio del bosque. Pero nunca
era tarde para empezar. En el bosque echaba de menos la posibilidad de
observar a otras personas, como hacía cuando paseaba por la ciudad, pero
varios estudios psicológicos y biomédicos indicaban que las actividades en el
medio natural disminuían la concentración de las hormonas del estrés y
reducían la presión arterial. Incluso había quien ofrecía sesiones de «terapia
forestal». Y después de las experiencias del día anterior, realmente necesitaba
serenarse. Recuperar el control.
Por eso estaba allí, apoyado en el árbol, dándole una oportunidad al
bosque. Y era cierto que el ambiente lo hacía sentirse bien. Era agradable.
Pero no podía concentrarse.
Porque había visto a Mina.
Hacía solo veinticuatro horas.
Mina, con sus cabellos negros. Con su mirada que dejaba traslucir que
comprendía más de lo que estaba dispuesta a reconocer. Con su voluntad de
mantenerse al margen del mundo. Con todo el amor que sentía por su hija.
Y después de tanto esperar, había sido ella quien lo había llamado, quien
había querido hablar con él. En retrospectiva Vincent se avergonzaba de no
haber dado señales de vida. ¿Qué pensaba? ¿Que ella no sentiría lo mismo?
¿Que no querría hablar con él? Podría haberla llamado mucho tiempo antes.
Debería haberlo hecho.
Pero quizá había sido un error por su parte sacar el tema de Kevin. No
tenía por qué importunarla con esas tonterías. Aunque ella se había sincerado y le había hablado de su familia, y él había querido corresponderla de alguna
manera.
Y después se habían despedido.
Nada de «hasta la próxima». Nada de «nos vemos».
Era cierto que había conseguido dejar en el aire una endeble promesa de
averiguar un poco más acerca de Epicura, pero no creía que fuera a encontrar
nada interesante. Y si no había nada que decir, no tendría una verdadera razón
para llamarla. Mierda.
Se quitó los últimos restos de barro de la suela y se incorporó. ¿Por qué se
había metido en ese oscuro bucle de pensamientos? Ya estaba bien. No
pensaba cometer el mismo error que la vez anterior. El hecho de que no
hubieran fijado una fecha para un próximo encuentro no significaba que no
pudiera llamarla. ¡Eran amigos, por el amor de Dios! Y los amigos se llaman
de vez en cuando. Sacó el móvil del bolsillo y marcó el número de Mina.
Mientras esperaba a que cogiera el teléfono, se le acercó una ardilla
corriendo y se paró en seco al verlo. Lo miró de arriba abajo, juzgando si sería
o no una amenaza para ella. Al final se armó de valor, pareció decidida a
arriesgarse, trepó por el tronco y pasó justo a su lado, temblando de miedo, en
el preciso instante en que aceptaban la llamada. Vincent supo exactamente
cómo se sentiría la ardilla.
Mina desvió la pantalla del teléfono en dirección opuesta a Ruben. No quería
que viera quién la estaba llamando.
—¿No vas a cogerlo? —gruñó él, sentado al volante—. Si sigo oyendo
ese tono de llamada, acabaré saliéndome de la carretera. Al menos podrías
silenciarlo.
En ese instante tomó un desvío para entrar en una urbanización de casas
adosadas, en el municipio de Upplands Väsby.
—Espera un momento —replicó ella mientras se ponía en los oídos un par
de auriculares que acababa de limpiar minuciosamente—. Sí, ¿diga?
Intentó que su tono de voz sonara tan neutro como fuera posible.
—Hola, Mina. Soy Vincent.
Silencio. Era difícil oír algo por encima del ruido de la carretera, pero a
Mina le pareció oír trinos de pájaros al otro lado de la línea.
—Solo quería… —dijo él, y volvió a callar—. ¿Todo bien? ¿Con aquello
de lo que hablamos?
Mina habría querido preguntarle a qué se refería. ¿A la investigación, que
parecía un callejón sin salida? ¿O al hecho de que Nathalie no hubiera
regresado aún de la casa de su abuela y ella misma siguiera muerta de miedo
por lo que pudiera averiguar?
No, nada iba bien, aunque ahora todo le parecía un poco mejor. Pero no
podía decirlo, por supuesto. Más que nada porque no estaba sola en el coche.
Ruben se detuvo delante de una casa pintada de blanco y apagó el motor.
Después miró a Mina con expresión interrogativa. Ella asintió y señaló el
teléfono.
—Ahora no puedo hablar —le dijo a Vincent—. Estamos a punto de
interrogar a unos testigos. Pero me gustaría… charlar un poco más del tema,
más tarde. ¿Te llamo luego?
Esperaba que Vincent comprendiera por qué le hablaba en tono tan
cortante y que supiera que no lo hacía por él, pero tardó unos segundos en
responder.
—En realidad solo quería saludarte —afirmó por fin, en un tono que hacía
pensar en una sonrisa—. Fue… agradable… el paseo de ayer. ¿Has buscado
ya la fóvea en Google?
Mina tosió mientras Vincent ponía fin a la llamada. Por suerte, Ruben ya
se había bajado del coche. Fue a reunirse con él en el instante en que Mauro Meyer salía a la puerta a recibirlos.
—Buenos días —los saludó estrechándoles las manos—. Tengo entendido
que ya han hablado con la madre de Lilly y me imagino lo que les habrá dicho
de mí. Pero créanme, el único crimen que cometí fue el de enamorarme de
otra persona.
Apartó un triciclo del recibidor para que pudieran pasar. Era evidente que
había niños pequeños en la casa. En la entrada también había una vitrina con
medallas y trofeos.
—Fui muy activo en mi juventud —explicó Mauro cuando notó que Mina
contemplaba las copas—. Hice de todo, desde hípica hasta esgrima. Pero eso
fue antes de conocer a Jenny. Según ella, era demasiado pretencioso, y creo
que tenía razón. Vengan, nos sentaremos en la galería.
Los condujo a través de la casa hasta la parte trasera, donde una bonita
galería dominaba un jardín pequeño pero bien cuidado. Un bebé chapoteaba
en una piscina hinchable junto a una mujer en avanzado estado de gestación,
con los pies metidos en el agua. Mauro la presentó como su esposa, Cecilia.
Mina y Ruben se instalaron a la agradable sombra de un toldo y aceptaron
una taza de café, que ya estaba preparado en un termo, aunque ella habría
preferido algo fresco.
—Disculpen que no venga a sentarme con ustedes —les dijo Cecilia desde
su puesto junto a la piscina—, pero tengo los pies a punto de estallar y el agua
me hace bien.
—Ya sabemos lo que es eso —respondió Ruben con una sonrisa—. Uno
de nuestros colegas tuvo trillizas hace tres años.
—¡Trillizas, santo cielo! —exclamó Mauro horrorizado mientras se
sentaba a su lado, después de ir a buscar un envase de leche de avena para
dejarlo sobre la mesa—. No sé si sería capaz de sobrevivir a algo así.
—De hecho, creo que nuestro colega murió y ahora es un zombi —
bromeó Ruben—. Pero tampoco debe de ser fácil tener dos tan seguidos…
Extrañada, Mina miró a Ruben.
No solo estaba siendo amable, sino que hablaba de niños. Y no parecía
estar fingiendo. Además, el hecho de que Cecilia estuviera en bikini debería
haberlo entusiasmado, aunque la mujer estuviera embarazada. Pero ni siquiera
parecía haberlo notado. Mina solo esperaba que no fuera a ponerse enfermo.
El grupo necesitaba a todos sus miembros.
—¿Dos? —Mauro rio—. Estos son solo la mitad de la tropa. Tenemos dos
más. Cecilia tiene un niño de siete años y otro de cinco, de una relación
anterior. Pero ahora están jugando en casa de los vecinos.
—¿Les parece que hablemos del motivo de nuestra visita? —propuso
Mina.
Empezaba a cansarse de la cháchara sobre niños, por muy beneficiosos
que fueran los lazos sociales que Ruben estaba creando con el padre de Lilly
y su actual esposa.
—Sí. A decir verdad, nos sorprendimos cuando nos llamaron. ¿Qué
quieren saber? —Mauro intercambió una mirada fugaz con su mujer.
—Dos colegas nuestros fueron a hablar ayer con la madre de Lilly, que
sigue acusándolo a usted de la muerte de la niña.
—Bueno, ya veo que no se andan con rodeos —contestó Mauro, y
después bebió un sorbo de café—. Pero así es —prosiguió—. Jenny se ha
fijado el objetivo vital de castigarme. Reconozco que empecé la relación con
Cecilia cuando todavía estaba casado con ella. No lo niego. Tengo una
empresa de construcciones y Cecilia trabajaba (y sigue trabajando) en
nuestras oficinas. Pero Jenny yo nos llevábamos mal desde hacía tiempo.
Ella… tenía sus problemas, que de hecho no guardaban ninguna relación
conmigo. Pero lo más fácil era convertirme en el chivo expiatorio. Al cabo de
un tiempo me enamoré de Cecilia, y Jenny nunca me lo pudo perdonar.
Enseguida empezó a atacarme por mi flanco más vulnerable: nuestra hija.
—Convirtió nuestra vida en un infierno desde el primer día —intervino
Cecilia acariciándose el vientre—. Odia a Mauro y a toda su familia de
manera totalmente irracional.
—¿Por qué a toda su familia y no solo a él? —preguntó Ruben echando
un chorrito de leche de avena en su café.
Mina sabía que Ruben nunca le echaba leche al café. ¿Qué le estaba
pasando?
—En mi familia estamos todos muy unidos y a ninguno de ellos les ha
gustado nunca Jenny —explicó Mauro—. Siempre creyeron que había sido un
error por mi parte. En cambio, quedaron encantados con Cecilia nada más
conocerla y quizá lo manifestaron demasiado abiertamente. En Facebook, en
Instagram…
—Lo peor fue la acusación que presentó contra Mauro ante los tribunales.
La voz de Cecilia se quebró y Mina comprendió que la herida aún estaba
abierta.
—Por suerte, no le creyeron. No había ninguna prueba, solo lo que ella
pretendía afirmar y las palabras que intentó poner en boca de Lilly con
posterioridad.
—Nunca quise separarla de nuestra hija —añadió Mauro apartándose de
la frente un mechón de pelo negro—. Le propuse la custodia compartida: una
semana con ella y otra conmigo. Pero para Jenny tenía que ser todo o nada. Y
trataba a Lilly como si fuera de su propiedad.
—Nos ha destrozado la vida —intervino Cecilia con amargura,
entrelazando los dedos de ambas manos.
—Daría cualquier cosa por saber quién nos arrebató a nuestra Lilly —dijo
Mauro con voz temblorosa—. Lo único que sé con seguridad es que no fui yo.
—Nosotros tampoco lo creemos —replicó Mina—. Por eso hemos venido
a hablar con ustedes. Quizá hayan oído hablar de un niño de la misma edad
que Lilly que desapareció la semana pasada en circunstancias similares.
Estamos investigando si hay alguna relación entre los dos casos. ¿No tienen
ustedes la menor sospecha de quién pudo haber secuestrado a Lilly?
—Ya dijimos todo lo que sabíamos la vez pasada —respondió Mauro
bajando la mirada—. Cuando la fui a buscar a la escuela, no estaba. Y tres
días después…
El cabello oscuro volvió a caerle sobre la frente.
—¿Y no hay ninguna conexión entre su familia y la del menor
desaparecido? ¿Reconoce a los padres del niño? —le preguntó Mina, al
tiempo que le enseñaba una foto en el móvil de los padres de Ossian y le
decía los nombres.
Mauro contempló durante un rato la fotografía, pero al final negó con la
cabeza.
—No, no me suenan de nada. No puedo decirlo con certeza, porque nunca
recuerdo las caras de la gente. Pero, sinceramente, creo que nunca los he
visto.
Mina asintió y procedió a enseñarle la foto a Cecilia, que negó con la
cabeza. Decepcionada, volvió a guardarse el teléfono en el bolsillo. No habían
conseguido nada.
—Cariño, ¿puedes ir a buscar más hielo? —le pidió Cecilia a su marido,
que de inmediato se levantó.
—Por supuesto.
—¿Alguna idea de quiénes pueden ser las dos personas mayores? —
preguntó Ruben.
Cecilia frunció el ceño como si no entendiera a quiénes se refería.
—¡Ah, sí! —dijo al cabo de un instante, cayendo en la cuenta—. No.
Hasta donde sabemos, ni siquiera los vieron con Lilly, sino en las
proximidades de la escuela. Sigue siendo un misterio quién se llevó a la hija de Mauro. Podría elegir el camino fácil y decir que probablemente fue Jenny.
Pero no. No creo que fuera ella.
—¿Había algún anciano de la familia que estuviera involucrado en la
batalla por la custodia, ya sea en lo emocional o desde un punto de vista
práctico? ¿En la familia de Jenny? ¿En la vuestra? —insistió Ruben, pero
Cecilia hizo un gesto negativo.
—No, imposible. Los padres de Jenny han muerto y los de Mauro… son
muy mayores y les cuesta moverse. Podemos darles sus señas si necesitan
hablar con ellos, por supuesto.
—Sí, se lo agradecería —replicó Ruben, pero la intuición le decía a Mina
que Cecilia no mentía.
Estaban en un callejón sin salida, por decirlo claramente. Miraran por
donde mirasen, no lograban descubrir nada nuevo. Al día siguiente sería
miércoles. Habría transcurrido una semana entera desde la desaparición de
Ossian y seguían sin saber nada más que el primer día. Incluso parecía que
supieran menos. ¿Cómo habían llegado a esa situación? Eran buenos policías,
de eso no tenía dudas. Sin embargo, no eran capaces de avanzar.
Después de rebuscar en el congelador, Mauro regresó con un recipiente de
plástico lleno de cubos de hielo. Se acercó a Cecilia y los echó en el agua
donde se estaba refrescando los pies.
—¡Ah…, qué gusto! —exclamó ella entrecerrando los ojos.
Mauro le dio un beso en los labios y le acarició el pelo. Mina sintió
envidia al notar el evidente amor que había entre ambos. Mauro nunca tendría
que posar con un pez enorme entre las manos para llamar la atención de
Cecilia. Lo suyo era auténtico.
—No vamos a molestarlos más —dijo poniéndose de pie de pronto.
Quería llamar a Vincent. Necesitaba oír su voz una vez más, sin tener que
colgarle precipitadamente. Estaba dispuesta a escuchar otra de sus largas y
detalladas explicaciones sobre un tema que no le interesaba a nadie.
La soledad no la volvía fuerte, por mucho que quisiera engañarse.
Cuando regresaron de Upplands Väsby a la jefatura, Ruben se apresuró a
ponerse una camisa blanca recién planchada que había llevado de su casa. Esa
mañana no se había afeitado, porque sabía que la barba incipiente le daba un
aire un tanto agreste, que en combinación con el trabajo de policía le confería
una imagen peligrosa y excitante. Aunque de momento había dejado de
perseguir activamente a las chicas, seguía intentando que la primera
impresión fuera buena. Después de todo, solo había acordado con la psicóloga
que se abstendría de tomar la iniciativa, pero no había dicho nada sobre la
posibilidad de que una mujer se le insinuara. Si su imagen encaminaba a la
mujer en cuestión en la dirección correcta, ¿qué podía hacer él? Y si al final
se decidía a abordarlo, era su decisión.
No podía parar de pensar en lo que había descubierto cuando había ido a
visitar a su abuela. Astrid era su hija seguro. ¿Qué demonios iba a hacer con
esa información?
Por ahora tendría que dejarla aparcada, porque pronto iba a conocer a la