La secta

Camilla Läckberg · Capítulo 1 de 5 · parte 3/5

Páginas del PDF

La secta

Segunda semana

Este capítulo es largo, así que está dividido en 5 partes.

experta en comportamiento grupal con la que había contactado Adam. En

cualquier momento llegaría Nova, que debía de estar acostumbrada a ser el

centro de atención solamente por su aspecto físico. Por su maravillosa tez

dorada, que podía ser originaria tanto de Brasil como de Asia o de Estados

Unidos. Por su sonrisa amable, pero segura de sí misma. Por su manera de

reír. Lo menos que podía hacer Ruben era tratar de estar a su altura en imagen

y estilo.

Y esperar que no lo recordara.

Había varios cientos de policías en la conferencia que les había impartido

unos años antes. El riesgo de que se acordara de él era mínimo, a pesar de que

le había pedido dos veces que saliera con él después de la conferencia. Y de

que había intentado seducirla en el cuarto de las fotocopiadoras. Pero esas

cosas debían de pasarle a diario a una mujer como Nova.

Todo se estaba yendo al infierno y ella todavía no había llegado. Mientras

Adam bajaba a buscarla a la recepción, Peder colocó sobre la mesa una

bandeja de bollos rellenos de crema. A una mujer como Nova no había que

invitarla con unos bollos pegajosos de azúcar, sino con una copa de cava. O

unos canapés veganos.

—Se te va a quedar la crema en la barba —le dijo a Peder mientras se

sentaba a la mesa.

Ruben se había puesto unas gotas de Montblanc a la hora exacta para que

el perfume tuviera tiempo de mezclarse con su olor natural al comienzo de la

reunión. Unos instantes antes habría parecido recién perfumado, lo cual era un

error habitual de novato. Pero si pasaba demasiado tiempo, el aroma sería

demasiado débil. ¿Por qué tardaba tanto esa Nova? ¿Y por qué lo miraba

Mina tan fijamente?

—¿Algún problema? —le soltó con más brusquedad de la que hubiera

deseado expresar.

Mina se encogió de hombros.

—Solo estaba pensando que pareces un poco nervioso —dijo—. ¿Ha

pasado algo?

—¿Nervioso? —repitió él forzando una carcajada—. ¿Yo? La última vez

que me puse nervioso fue cuando tuve que pedirle el documento de identidad

a una chica que me había llevado a casa para comprobar que no fuera menor.

—¡Ruben! —exclamó Julia con firmeza—. No sé cuántas veces tendré

que decirte que… ¡Ah, ya están aquí!

Adam y Nova entraron en la sala, interrumpiendo así la conversación. En

el mejor momento para el perfume de Ruben. Además, ya no tendría que

explicarle nada a Mina. Hacía casi un año que se inventaba historias nuevas

de conquistas cada vez que veía a Gunnar y a los otros colegas en el comedor.

Estaba tan habituado a contar anécdotas falsas que a veces le brotaban

automáticamente, incluso cuando las circunstancias no lo aconsejaban. Como

en ese instante. Pero era solo cuestión de tiempo antes de que descubrieran su

impostura. Se estaba quedando sin material.

En cualquier caso Mina ya no parecía interesada en él. Se le había

ensombrecido la cara desde que Nova había entrado en la sala. Típica envidia

femenina. Mina sin duda era guapa en su estilo sobrio y severo, al menos si

uno no se fijaba en la piel de las manos enrojecida y descamada, pero jamás

podría competir con la elegancia mundana de Nova. Sin embargo, así eran las

mujeres. Suspiró para sus adentros y enderezó la espalda.

—Hola. Me llamo Julia Hammarsten y soy la responsable de este grupo

—dijo la jefa tendiéndole la mano a Nova—. A Adam ya lo conoces.

También están aquí Ruben, Mina, Christer y Peder.

Ruben le sonrió a Nova al tiempo que entrecerraba un poco los ojos y

asentía de manera casi imperceptible. Era una vieja técnica que solía emplear

en los interrogatorios. Hacía que la otra persona se relajara y sintiera de forma

subconsciente que había una comprensión mutua entre ellos o que tenían algo

en común. Nova asintió cortésmente en respuesta y después se volvió hacia Peder, dedicándole una cálida sonrisa. Mierda. El encanto de Ruben debía de

haberse oxidado. Pero, por suerte, Nova no parecía haberlo reconocido. Y

como ya no lo estaba mirando, Ruben pudo contemplar a gusto los dos

botones desabrochados de su blusa blanca. Era una pena que la falda fuera tan

amplia, porque no le permitía apreciar los contornos de las caderas. Por otro

lado, dejaba un margen enorme a la fantasía. Las mujeres no siempre se

ponían braguitas debajo de la falda. Amanda podía decir lo que quisiera, pero

su pensamiento seguía siendo libre.

La sonrisa de Nova se volvió rígida cuando saludó a Mina, que no le

tendió la mano aunque la tenía muy cerca. En realidad Mina casi nunca le

daba la mano a nadie. Debería aprender un poco de cortesía. O ponerse unos

guantes.

—Como ya te habrá informado Adam, estamos trabajando en el caso de

Ossian, un niño secuestrado —empezó Julia cuando Nova hubo saludado

también a Christer—. Se trata de un tipo de delito poco frecuente que sin

embargo es idéntico en todas sus circunstancias al secuestro de una niña que

se produjo hace un año. Por eso sospechamos que puede haber una conexión.

—¿Cómo de poco frecuente es «poco frecuente»? —preguntó Nova,

sentándose a la mesa.

Estaba justo enfrente de Ruben y él se alegraba. De hecho, no le habría

importado que se desabrochara un botón más. Peder le acercó la bandeja con

los bollos de crema y ella se sirvió uno. Cuando lo mordió, le quedaron en los

labios varias miguitas, y Ruben observó que las recogía con la punta de la

lengua.

De repente Nova se lo quedó mirando fijamente y al cabo de un momento

abrió un poco más los ojos. ¡Oh, no! Lo había recordado.

—Me parece que ya nos conocemos —afirmó ella con frialdad—. ¿Has

vuelto a necesitar ayuda para imprimir documentos en el cuarto de las

fotocopiadoras?

Ruben notó que se le encendían las mejillas.

—No, últimamente me lo hago todo yo solo —respondió. Enseguida se

dio cuenta de que podía malinterpretarse lo que acababa de decir—. Bueno,

me refiero a… —soltó—. Solo quería… Eh… Mejor lo dejamos así.

El resto de los presentes los miraron desconcertados, mientras los ojos de

Nova resplandecían de risa contenida. Uno a cero para ella. ¿Y por qué no?

Se lo merecía.

—Contestando a tu pregunta, Nova —intervino Adam—, todos los años

se presentan cientos de denuncias de niños desaparecidos, pero casi todos aparecen al cabo de unas horas. Lo más habitual es que hayan ido a casa de un

amigo y que se les haya pasado la hora sin darse cuenta. Sin embargo, lo que

tenemos aquí son casos de menores secuestrados y asesinados: el crimen que

todo padre teme, aunque casi nunca sucede. Casi nunca.

—¿Asesinados? —preguntó Nova, dejando el bollo sobre la mesa con

cara de disgusto.

Julia le señaló la cafetera con expresión interrogativa, pero ella negó con

la cabeza.

—Lilly Meyer fue hallada el verano pasado en un embarcadero de

Hammarby —suspiró Christer—, cubierta con una lona. Y a Ossian lo

encontramos muerto el sábado, debajo de la pasarela de un barco. Muy

siniestro todo.

—Y, como comprenderás, todo esto es oro para la prensa sensacionalista

—añadió Ruben—. Dentro de unos días las noticias de la televisión se habrán

convertido en una serie de HBO para la familia sueca media sentada en el

sofá de su casa. Y todos sentirán un gran alivio de que las víctimas no sean

sus hijos.

Nova bajó la mirada.

—La niña que desapareció el verano pasado fue hallada tres días después

—prosiguió Julia—. Y con Ossian ha ocurrido exactamente lo mismo. Lo

encontraron junto al af Chapman, en Skeppsholmen, cuando llevaba tres días

desaparecido. Hasta ahora hemos conseguido mantener alejada a la prensa,

pero en cualquier momento se filtrará la noticia. La similitud de las

circunstancias podría ser casual, pero también podría indicar que estamos ante

un mismo delincuente.

—Disculpa —dijo Nova mirándola fijamente—, pero ¿cuál es mi papel

aquí? Me cuesta ver cómo puedo ayudaros, por mucho que me gustaría

colaborar con vosotros. Yo no sé nada de… asesinos.

—El método empleado en los dos secuestros es el mismo —le explicó

Adam—, pero las personas que los perpetraron son distintas. En ambos casos

disponemos de descripciones. A Lilly se la llevó una pareja de personas

mayores, mientras que a Ossian lo secuestró una mujer de unos treinta años.

O bien la mujer conocía el caso de Lilly y simplemente lo copió, o bien…

—… todas esas personas se conocen —completó Nova—. Y eso significa

que podría tratarse de un grupo quizá no muy grande capaz de manifestar

conductas de gravedad extrema. Ahora lo entiendo.

—Sí, exacto. Tú eres experta en ese tipo de grupos y conductas —

confirmó Julia—. Y necesitamos saber cómo piensan esas personas.

—La diferencia entre esa gente y nosotros es menor de lo que solemos

creer —replicó Nova volviéndose hacia el grupo—. A través de los años he

acumulado experiencia sobre grupos de conducta extrema y en particular

sobre las sectas. Todo empezó cuando llegó a mi organización una joven

cuyos padres llevaban mucho tiempo intentando desvincularla de un grupo

con claras características sectarias. Venía contra su voluntad, pero

conseguimos liberarla. Y ahora trabaja conmigo. Aprendí mucho de aquella

experiencia. Se corrió la voz y comenzamos a recibir a más personas con el

mismo problema. Actualmente la desprogramación de víctimas de sectas no

es nuestra principal ocupación, pero es una de las más importantes. Espero

que los conocimientos que he adquirido en todos estos años puedan seros

útiles para vuestro trabajo.

Ruben se preguntó si sería igual de dulce y suave en la cama, con esa

blusa blanca totalmente desabrochada. Esperaba que no. Quizá no habría sido

mala idea preguntarle si le apetecía bajar a imprimir unos cuantos documentos

más. Pero enseguida vio ante sí la cara furiosa de Amanda y se arrepintió. Sin

embargo, solo había sido un pensamiento fugaz. Y de hecho llevaba más de

medio año de abstinencia. Cinco meses y tres semanas más de lo que

acostumbraba.

—Cualquier persona puede verse envuelta en una organización sectaria y

cometer actos de los que nunca se habría creído capaz —continuó Nova—. Y

todo a cambio del sentimiento de pertenencia a una comunidad.

—¿Como la «familia» de Manson? —preguntó Christer pensativo.

—Sí, o como la novia de Cristo y sus acólitos en Knutby. De hecho, en

Epicura tenemos a dos antiguos miembros de la secta de Åsa Waldau —

respondió Nova.

—He oído que ahora Åsa lleva una vida oscura y recluida en una pequeña

localidad, en compañía de su padre anciano —murmuró Christer—. Nada que

ver con sus sueños narcisistas de dinero y poder. Le está bien empleado.

—Perdonad, pero ¿en qué momento hemos llegado la conclusión de que

se trata de una secta? —intervino Peder acariciándose la barba—. ¿Por qué no

pueden ser tres lunáticos que se conocen por casualidad? Además, ¿no son

religiosas las sectas? ¿Quién secuestra por motivos religiosos?

—No hemos llegado a ninguna conclusión definitiva —contestó Julia,

abanicándose con una carpeta de plástico—. Estamos considerando todas las

posibilidades. Pero seguramente coincidirás en que es muy raro que un grupo

de personas se pongan de acuerdo para perpetrar un crimen de este tipo y

repetirlo al cabo de un año. No creo que sean «tres lunáticos». Sus acciones parecen demasiado preparadas. Y son extremas, por lo que volvemos a la

especialidad de Nova.

—Asociar necesariamente sectas con religión es un error común —dijo la

invitada.

Ruben notó por su actitud que estaba centrada en el trabajo. Sería mejor

olvidar el cuarto de las fotocopiadoras, después de todo.

—Existen toda clase de sectas —prosiguió Nova—. Algunos

investigadores han demostrado paralelismos entre las sectas religiosas, los

movimientos políticos y las ideologías totalitarias en general. Lo que todos

ellos tienen en común son ciertos patrones extremos de pensamiento. Es

cierto que en todas las sectas hay alguna forma de culto, pero el objeto de

adoración puede ser tanto una divinidad como el presidente de un país. Ya se

trate de Donald Trump o del fundamentalismo, solo es preciso convencer a la

gente. Y si es verdad que vuestros secuestradores se conocen entre sí, estoy

segura de que comparten una fe o alguna otra forma de creencia firme. De lo

contrario no serían capaces de cometer unos asesinatos tan terribles. Porque

fueron asesinatos, ¿no?

Christer asintió con expresión sombría mientras le rascaba el cuello a

Bosse.

—Sí, Lilly Meyer y Ossian Walthersson fueron asesinados —dijo—.

Tenían cinco años.

Bosse gimió y miró a su amo con ojos tristes.

—No es necesario que la creencia sea religiosa —prosiguió Nova—. Solo

hace falta un líder con autoridad suficiente para enviar a otras personas a

secuestrar niños.

Ruben resopló discretamente. «Algunos investigadores han

demostrado…» Casi le parecía estar oyendo a Vincent. Pero tener a Nova en

la sala era sin duda mejor que soportar al mentalista, aunque la invitada

dirigiera la mayor parte de su atención hacia el lado de la mesa donde se

encontraba Peder. Quizá Ruben había subestimado el atractivo de la barba de

hípster de su colega. Pero Julia tenía razón. Estaban ante un caso poco

corriente y debían considerar todas las líneas de investigación, incluso las más

inusuales. Y si eso significaba más visitas de Nova, él no se opondría.

—¿Un líder? —preguntó Julia.

—Sí, cuando un grupo humano manifiesta patrones extremos de

comportamiento, con acciones al margen de las normas e incluso de la ley,

casi siempre hay detrás un líder, que por su capacidad de manipulación, su

poder o el miedo que infunde en los demás es obedecido por todos.

—Supongamos, solo como hipótesis, que estamos ante uno de esos grupos

—propuso Julia—. ¿Qué nos dice la ejecución de esos asesinatos? ¿Cómo son

sus miembros?

Nova reflexionó un momento.

—Veréis —dijo finalmente—, todas las sectas, ya sean políticas,

religiosas o de otro tipo, aprecian los rituales, porque encuentran en ellos una

manera de definirse. Y es evidente que hay elementos rituales en los casos

que habéis descrito. Por no hablar de los aspectos simbólicos. Tanto Lilly

como Ossian estuvieron tres días desaparecidos antes de ser hallados. El tres,

como probablemente sabréis, es el más sagrado de los números. Ya Pitágoras,

en la antigua Grecia, lo consideraba el número perfecto. Representa el

nacimiento, la vida y la muerte. El principio, el centro y el final. La Santísima

Trinidad en el cristianismo. En los cuentos tradicionales todo sucede tres

veces, según el principio psicológico de presentación, desarrollo y desenlace.

El problema es que el número tres tiene demasiados significados posibles y

no es fácil determinar cuál se aplica en este caso. El lugar donde fueron

hallados los cuerpos también es interesante.

Ruben suspiró. Ahora sí que Nova hablaba como Vincent. De hecho, se

preguntaba por qué no lo habrían llamado para colaborar en el caso. Sin

embargo, era posible que el mentalista no supiera mucho acerca de sectas.

Pensándolo bien, Ruben se alegraba de que Vincent tuviera lagunas en su

banco mental de datos.

—¿Por qué lo dices? —preguntó Julia.

—Tanto Lilly como Ossian fueron hallados cerca del agua. ¿Se habían

ahogado?

—No —respondió Mina—. Lilly murió por asfixia. La causa de la muerte

de Ossian aún no se ha determinado. Pero estaba seco cuando lo encontramos.

Ruben notó que era la primera vez que intervenía Mina desde el comienzo

de la reunión.

—Entonces ¿por qué estaban junto al agua, que es un elemento con un

simbolismo muy potente, casi divino? —insistió Nova.

—Entiendo. Tenemos que buscar a unos fanáticos adoradores del agua

con debilidad por el número tres —replicó Mina secamente—. Parece mucho

más probable que…, no sé…, una banda de pedófilos o de traficantes de niños

que acaban matando a dos de sus víctimas. Ya sabéis, las cosas que pasan en

el mundo real.

Nova se encogió de hombros.

—Estoy de acuerdo contigo —dijo—. Una secta no parece la explicación

más probable. Pero quizá no debamos obsesionarnos con esa palabra. Porque

los dos asesinatos, se miren como se miren, presentan claros elementos de

ritual y simbolismo. Lo más extraño sería que no estuvieran relacionados. Y

teniendo en cuenta las descripciones de los secuestradores, no creo que esos

tres sean los únicos implicados. ¿Una pareja de personas mayores y una mujer

joven? Tiene que haber alguien que los haya reunido y los haya empujado a

cometer esos crímenes.

—¿Y no puede ser que uno de los secuestradores sea el líder? —objetó

Mina—. ¿Por qué tiene que haber alguien más?

Nova asintió.

—Tienes razón, por supuesto. Es posible que no haya nadie más. Pero el

líder de un grupo sectario siempre tiene un plan. Es poco probable que se

arriesgue a participar directamente en un secuestro, ya que podría acabar en la

cárcel y todo su plan se iría al garete. Por eso creo que debe de haber alguien

más. —Nova se volvió hacia Julia—. No sé nada de trabajo policial —

reconoció—, pero me atrevo a afirmar que no hay nadie en Suecia que tenga

tanta experiencia como yo en grupos de conducta extrema. Tras oír vuestra

descripción de los hechos, mi opinión es que estamos ante actos rituales

perpetrados por un grupo de personas, organizadas según una jerarquía y

dirigidas por un líder. Como ya os he dicho, este tipo de acciones requieren

una firme creencia en algo más grande que uno mismo. Por supuesto, también

puede haber otras explicaciones del todo diferentes, que vosotros estaréis

mejor preparados que yo para encontrar. Yo solo puedo deciros lo que veo.

—Y te lo agradecemos mucho —contestó Julia—. Como comprenderás,

no estamos acostumbrados a barajar este tipo de teorías. Pero tenemos que

plantearnos todas las posibilidades.

—Asesinos que sienten predilección por el agua… —masculló Christer—.

Por suerte, Estocolmo está edificada prácticamente sobre el agua. ¿Para qué

encontrar una pista que nos facilite el trabajo cuando podemos encontrar una

que lo vuelve todavía más difícil?

—No he dicho que el agua sea necesariamente la clave —replicó Nova—.

Solo he querido señalar las conexiones más evidentes, bajo mi punto de vista.

—¿Algún comentario más, Nova? —prosiguió Julia, echando un vistazo

al reloj—. En caso contrario terminaremos aquí la reunión. Si te parece bien,

nos pondremos en contacto contigo más adelante para seguir valorando la

situación.

Nova pareció reflexionar y al cabo de un momento negó con la cabeza. La

melena oscura le cubrió la cara durante un segundo y Ruben sintió la

necesidad de tocar esos cabellos. ¡Dios! La abstinencia se le estaba haciendo

insoportable.

—Bueno, sí, una cosa más —dijo Nova, justo cuando Julia se disponía a

ponerse de pie—. Si al final se trata de un movimiento sectario, tened en

cuenta una cosa: da igual que atrapéis y encerréis a los secuestradores.

Probablemente serán simples peones y la secta siempre podrá conseguir más.

La única manera de detenerlos es encontrando al líder del que os he hablado:

la persona que ha ordenado los asesinatos. Ese debe ser vuestro objetivo.

—¿Quieres decir que, en caso contrario, el grupo seguirá adelante hasta

completar el plan que has mencionado? —murmuró Peder—. Eso significa

que podría haber más niños asesinados. Más familias destrozadas.

Se hizo un silencio en la sala. Nova se quedó mirando a Peder durante un

largo rato. Ruben sintió un nudo en la garganta. No quería ser el primero en

hablar.

—Me temo que tienes razón —respondió Nova.

—¿Podría ser una coincidencia? —preguntó Peder contemplando preocupado

 

la puerta forzada.

—Todo es posible —replicó Adam—. Pero deberíamos suponer que no lo

es. ¿Están los padres en casa?

Con una inclinación de la cabeza, saludó a uno de los técnicos que

encontraron en el apartamento de la familia Walthersson, en Bellmansgatan.

La alarma había saltado poco después de la reunión con Nova en la

jefatura. Adam había salido a comprar el almuerzo y, al regresar, vio que

Peder ya se había marchado para acudir al lugar de los hechos. Por eso su

colega ya había estado dentro del apartamento cuando él todavía no había

pasado de la puerta.

—Sí. Josefin y Fredrik están aquí —contestó Peder—. Han notado que la

puerta había sido forzada cuando volvían de una visita a los padres de Josefin.

¿No es suficiente desgracia haber perdido a su hijo?

—Me gustaría hablar con ellos.

Adam entró con cautela y Peder lo siguió. Los dos procuraban moverse

con cuidado. Obviamente, no era el escenario de un asesinato, pero si el

aparente robo guardaba alguna relación con la muerte de Ossian, debían

tratarlo como si lo fuera y extremar las precauciones. Lo último que deseaban

era obstaculizar la investigación de la policía científica.

—Están aquí dentro —dijo Peder guiando a Adam hacia la cocina—. Esta

parte de la casa parece intacta, por lo que he creído conveniente pedirles que

se queden aquí.

Fredrik se levantó a medias de la silla cuando los vio, pero enseguida se

volvió a sentar.

—¿Han sido… los mismos? ¿Los que se han llevado a Ossian? —

preguntó—. ¿Qué quieren ahora de nosotros? —Su expresión era de pánico,

sobre un trasfondo de indecible agotamiento.

Josefin tenía la mirada desenfocada, perdida en el vacío, como si ya nada

pudiera importarle, como si ya nada le concerniera. Adam supuso que estaría

fuertemente medicada.

—Todavía no lo sabemos —contestó—. Pero haremos una inspección

técnica detallada de todo el apartamento y documentaremos todo lo que

encontremos.

—No lo puedo entender —prosiguió Fredrik—. No tenemos enemigos.

No hay nadie en nuestra vida ni en nuestro pasado que pueda desearnos el

mal. Ya lo dije la última vez. Pensábamos que se habían llevado a Ossian por

puro azar, pero ahora… ¿qué…?, ¿por qué…?

Dejó la frase sin terminar, bajó la cabeza y se llevó las dos manos a la

cara, mientras Adam se sentaba a la mesa de la cocina, frente a ellos. Por su

parte, Peder se puso a preparar café, sin preguntar si podía hacerlo. Adam

apreció su iniciativa. El café recién hecho era la mejor arma de la policía.

—¿Cuánto tiempo han estado fuera? —dijo uniendo las manos sobre la

superficie clara de la mesa, que aún conservaba marcas de rotuladores de

diferentes colores: rojo, verde, amarillo…

Por toda la cocina había elementos que recordaban a Ossian: dibujos

pegados con imanes a la puerta del frigorífico, un plato infantil con la imagen

de Rayo McQueen en el escurreplatos, un paquete abierto de galletas con la

forma de las letras del abecedario… Adam tragó saliva y desvió la mirada.

—Ayer por la noche fuimos a la casa de los padres de Josefin —explicó

Fredrik— y pasamos la noche allí. Pensé que Josefin necesitaba salir un poco

de este apartamento. Mejor dicho, lo necesitábamos los dos. Mis suegros

viven en Täby y nos quedamos a dormir en su casa, en la habitación de

invitados. Hemos vuelto hace…, no sé…, quizá una hora.

—¿Y al llegar han notado que la puerta estaba forzada?

Adam sabía que estaba haciendo preguntas con respuestas obvias. Pero

para hablar con personas en situación de duelo, en estado de shock o muy

alteradas, la experiencia le había enseñado que las preguntas más simples

obraban a menudo un efecto tranquilizador. Eran algo comprensible en un

mundo que de pronto se había vuelto loco.

Peder les sirvió una taza de café caliente a cada uno.

—¿Leche?

—Para Josefin sí, gracias —respondió Fredrik acariciando el brazo de su

mujer, que seguía contemplando el infinito.

Peder asintió y sacó de la nevera un envase abierto de leche, del que

procedió a comprobar la fecha de caducidad. Lo dejó sobre la mesa y Fredrik

echó un chorrito en el café de Josefin.

—Aquí tienes, cariño.

La mujer no hizo el menor ademán de coger la taza.

—Sí, al llegar hemos visto que la puerta estaba medio abierta, por lo que

enseguida hemos comprendido que había pasado algo —dijo Fredrik

volviéndose hacia Adam—. Estaba seguro de haberla dejado bien cerrada. Entonces he visto las marcas en la cerradura y, nada más entrar, hemos notado

el desorden.

—¿Saben si se han llevado algo? —preguntó Peder sentándose junto a

Adam. Dio un sorbo a su café, con cuidado para no quemarse.

—El anillo de matrimonio de Josefin y algunas joyas: unos pendientes y

una pulsera de oro. Y un reloj que le habían regalado a mi padre, Allan, por su

cumpleaños. Cosas con más valor sentimental que económico.

—Muy bien. Les pediremos que hagan una lista con todo lo que recuerden

—dijo Peder—. A veces, cuando se produce un robo, tardamos un tiempo en

notar la falta de algunos objetos.

—Ya no nos quedan fuerzas para esto… No podemos más —gimió

Fredrik, aferrando la mano de Josefin, que era como un peso muerto dentro de

la suya.

Era como si la mujer se encontrara en otro mundo, en una realidad

diferente, donde su hijo todavía estaba vivo. Adam esperaba que al menos

fuera un poco más feliz allí donde estuviera.

—No tiene por qué haber una conexión —explicó—. Vemos muchos

robos a lo largo del año y no hay nada en este que se salga de lo corriente,

créanme.

Fredrik asintió, pero no pareció convencido. Adam podía entenderlo.

¿Qué probabilidades había de que todo fuera una casualidad?

Oían a los técnicos haciendo su trabajo por el apartamento. En

circunstancias normales habrían acudido agentes especializados en robos con

fuerza. Eran muy competentes y sabían buscar todas las pistas para resolver

los casos y ayudar a los afectados. Mucha gente creía que la policía no se

tomaba en serio los robos cometidos en domicilios particulares, pero no era

cierto. De hecho, las unidades especializadas hacían un trabajo fantástico. El

bajo índice de casos resueltos se debía más bien a que la mayoría de los robos

eran perpetrados por bandas de delincuentes profesionales extranjeros. Sin

embargo, como este robo en particular podía guardar relación con el asesinato

de Ossian, habían encargado la investigación a los técnicos de la policía

científica. Hasta la más mínima pista podía ser decisiva.

Adam se incorporó.

—Si descubren algo nuevo o recuerdan algún detalle, por pequeño que

sea, llámennos, por favor —dijo—. Y empiecen a hacer esa lista de cosas que

echan en falta. Si nos necesitan, solo tienen que llamarnos.

Fredrik asintió.

Josefin siguió mirando el vacío.

Después de intercambiar unas palabras con los técnicos, Adam abandonó

el apartamento e hizo una inspiración profunda. Peder salió tras él y le apoyó

una mano sobre el hombro.

—Nunca es fácil.

—No, ya. —Se volvió hacia Peder—. ¿Sabes una cosa? Me iría bien ver

ahora ese vídeo. Para contrarrestar todo esto.

—¿Qué vídeo?

—Creo haber oído algún comentario sobre un vídeo de las trillizas. Y el

concurso para ir a Eurovisión.

—Eso está hecho —respondió Peder sonriendo, y enseguida sacó el

teléfono del bolsillo.

El camarero de la pequeña taberna le sirvió otra cerveza a Ruben, que

masculló un agradecimiento. Tenía la costumbre de almorzar allí

prácticamente todos sus días libres desde que el bar había abierto, cinco años

atrás. No podía ir siempre, ya que en muchos de sus días libres se veía

obligado a comer en su escritorio, porque de todos modos tenía trabajo que

hacer. Además, si caían en lunes, solía ir a visitar a su abuela. También

cenaba algunas veces en la taberna, porque no le apetecía ponerse a cocinar

para él solo. Y no porque fuera mal cocinero. Al contrario, cocinaba mucho

mejor que la mayoría de los hombres que conocía, al menos cuando se trataba

de hacer carne a la parrilla. Pero cocinar cuando no había nadie con quien

compartir la cena le parecía una pérdida de tiempo.

Los fines de semana también desayunaba en el bar, sobre todo cuando

tenía que dejar pasar el tiempo hasta que se marchara alguna chica que

hubiera llevado a casa la noche anterior. Por eso no había vuelto a desayunar

allí desde el último invierno. Sin embargo, siendo honesto con Amanda y

consigo mismo, debía reconocer que hacía mucho que no se sentía tan bien.

En cualquier caso, la taberna se había convertido en un segundo hogar

para él. Le proporcionaba seguridad llamar a los camareros por su nombre y

saber que conocían sus rutinas. Por ejemplo, sabían que siempre bebía una

cerveza antes de la comida, otra durante y un café después. Pero esta vez

había pedido la segunda cerveza antes de que llegaran los platos, y Mikael, el

camarero, no pudo evitar extrañarse.

—¿Estás bien? —le preguntó.

—Demasiadas cosas en que pensar —respondió Ruben, y enseguida bebió

un trago de cerveza—. Pero todo se arreglará.

—No te estreses demasiado, que todavía es miércoles —replicó el

camarero, antes de marcharse y dejarlo tranquilo.

En paz, como a él le gustaba. Sin demasiada cháchara. Pero era verdad

que tenía demasiadas cosas en la cabeza. Su mundo se había vuelto confuso

en los últimos tiempos. Por un lado estaba lo de Ossian, que había sido una

desgracia. La sensación de fracaso y también de tristeza le rezumaba por cada

poro de la piel. Sabía que todos los policías relacionados con el caso sentían

lo mismo. Nada podía afectarlos tanto como la muerte de un niño. Y el horror

era aún mayor desde que había descubierto que él, Ruben Höök, tenía una

hija. Lo sabía desde hacía tres días, pero todavía no había podido asimilarlo, porque paralelamente habían sucedido muchas cosas. ¡Una hija, por el amor

de Dios! Una niña que podía desaparecer como Ossian. Hizo un esfuerzo para

no pensarlo e intentó centrarse en los aspectos prácticos del descubrimiento.

Como el nombre de la niña.

Astrid.

Astrid Höök.

No; seguramente llevaría el apellido de su madre. En cualquier caso, ¿cuál

era el siguiente paso? Ellinor le había expresado con meridiana claridad que

no sería bienvenido si volvía a presentarse en su casa. Pero eso había sido

antes de que él supiera que tenía una hija.

—Buen provecho.

El camarero le sirvió un bistec con patatas fritas, un plato que para Ruben

era el punto culminante de la evolución gastronómica de la especie humana.

Con unas pocas judías verdes para mejorar el efecto visual, el resultado era

insuperable. Cortó un trozo de carne, pero no fue capaz de concentrarse en la

comida. No podía dejar de pensar en cómo habría sido Astrid a diferentes

edades. Todas las edades que se había perdido.

Apartó el plato. No conseguiría comer hasta que no hiciera alguna cosa.

Se rio entre dientes. Estaba hecho un manojo de nervios. ¿Quizá debería

hablar con Amanda al respecto? Probablemente podría ayudarlo. El hecho de

que le pareciera buena idea consultar con la psicóloga lo sorprendió. Gunnar

se habría partido de risa si lo hubiese visto en ese momento.

No, no podía hacerlo. Ya sabía lo que le diría Amanda, pero no estaba de

acuerdo. Tendría que jugárselo a cara o cruz.

Sacó el teléfono, hizo una captura de pantalla de la foto de Astrid que

había encontrado en Facebook y se la envió a Ellinor con el mensaje:

 

Creo que hay un tema del que deberíamos hablar.

 

Después silenció el teléfono y bebió un trago de cerveza. Las mariposas le

bailaban un chachachá en el estómago. No quería saber si Ellinor le

contestaba, ni qué le contestaba. Antes quería sofocar el torbellino interior

con una buena dosis de carne con patatas fritas.

Tenía una hija.

Una niña.

Alguien a quien proteger de toda la maldad del mundo.

Julia consultó irritada el reloj mientras pulsaba con excesiva fuerza los

 

botones del mando a distancia del televisor, situado en una esquina de la sala

de reuniones.

—¿Todavía no ha llegado Ruben? —preguntó.

—Volverá de comer dentro de cinco minutos. Ha dicho que viene a toda

prisa —respondió Peder enseñando con cautela el pulgar levantado.

En su opinión y también en la de Adam, los Walthersson habían sufrido

un robo corriente, que para ellos en particular había significado la pérdida de

objetos de gran valor sentimental y un fuerte trauma emocional. Algunas

personas nacían sin suerte.

Julia asintió y siguió pulsando botones, sin encontrar la señal del

ordenador que había conectado. La furia iba en aumento en su interior,

momentáneamente dirigida al mando a distancia, ya que el verdadero objeto

de su ira era difuso e inalcanzable. Una de las cosas que más la indignaban

era que la información que tenía la policía siempre se acababa filtrando.

Habían intentado mantener en secreto la muerte de Ossian. Pero, como

siempre, alguien había visto la ocasión de sacarse un dinero para las

vacaciones y había avisado a la prensa. Pulsó con más fuerza aún los botones

del mando a distancia y estuvo a punto de arrojarlo contra la pared.

—Dámelo, a ver si lo consigo —dijo Adam quitándoselo de las manos.

Al primer intento encontró el canal y enseguida se vio en el televisor la

pantalla del ordenador de Julia ampliada. Era la web del periódico vespertino

Aftonbladet y la ventana donde podrían seguir la rueda de prensa en directo

que estaba a punto de comenzar. De momento solo se veía la imagen fija de

un atril con dos micrófonos y una cinta de texto que informaba de que la

emisión empezaría a la una en punto. Faltaban tres minutos.

—¿Qué piensa decir? —preguntó Mina, sin quitar la vista del mando a

distancia que Adam tenía en la mano, como si el dispositivo pudiera lanzarse

sobre ella y atacarla.

Julia se preguntó si Mina estaría calculando el número de personas que

habrían cogido ese mando desde que habían instalado el televisor nuevo en la

sala de reuniones, tres años atrás. Sabía que no estaba bien pensar así de su

colega; pero la actitud de Mina, que de inmediato dio un paso atrás alejándose

de Adam y del mando a distancia, le demostró que no se equivocaba.

—Espera tres minutos y lo descubrirás —dijo—. Sabemos tan poco como

tú de sus intenciones.

Se dio cuenta de la irritación que dejaba traslucir su voz. La falta de

sueño, el estrés en el trabajo y en su casa, la necesidad de estar con Harry y la

sensación de que no podía con todo empezaban a abrumarla. Y la noticia que

le había dado la dirección no podía haber llegado en peor momento. El líder

del partido ultraderechista Unión por el Futuro de Suecia, que en las últimas

elecciones había logrado el veinte por ciento de los votos, había convocado

una rueda de prensa para hablar del «asesinato de niños». En circunstancias

normales los medios no le habrían prestado atención. Ted Hansson se habría

quedado solo, ventilando sus opiniones en el canal de YouTube de su partido,

como solía hacer. Pero las circunstancias habían dejado de ser normales y los

periodistas habían decidido hacerle caso, con la esperanza de que supiera

algo.

Julia había leído el comunicado de prensa y no había encontrado ningún

adelanto de lo que pensaba decir Ted Hansson, lo cual no era buen signo,

tratándose del líder de la ultraderecha. Nunca en toda su trayectoria había

hecho nada que no estuviera inspirado por el oportunismo más egoísta. Julia

no tenía ninguna duda de que su objetivo era avivar el odio y la inseguridad,

además de sembrar la desconfianza ante la actuación de la policía. Eso

siempre era bueno para su popularidad.

Si bien era cierto que hasta ese momento no había nada en la

investigación que apuntara a una relación con la inmigración o con

ciudadanos suecos de origen extranjero, esos detalles nunca habían sido un

impedimento para Ted Hansson y sus secuaces. Si la tienda de comestibles de

la esquina de su casa subía el precio del queso en lonchas, la culpa la tenían

los kurdos. Si los envíos de paquetes no llegaban a tiempo era porque la

organización de correos había contratado a trabajadores de origen somalí. Y

cada vez eran más los suecos que le compraban esos argumentos simplistas.

Julia tuvo que relajar las mandíbulas, que sin darse cuenta había apretado con

fuerza, como cada vez que pensaba en Ted Hansson.

—¡Aquí estoy! —anunció Ruben entrando por la puerta con grandes

manchas de sudor en el pecho de la camisa—. ¿Ha empezado ya?

Se sentó junto a Mina, que automáticamente se apartó un poco. Todos

estaban acalorados en la sofocante sala de reuniones, pero Ruben además

estaba sudoroso y olía a patatas fritas. Julia esperaba que Christer hubiera

comprado más miniventiladores. De hecho, el cuerpo de policía podría haber

subvencionado una caja o dos.

—Falta un minuto —dijo sentándose delante del televisor con expresión

sombría.

Las instrucciones de la dirección habían sido claras. Era preciso poner

coto a las críticas contra el trabajo de la policía. Necesitaban resultados. Con

la rueda de prensa, los niños asesinados pasaban a convertirse en un asunto

político y no solo humano o jurídico. Y Julia sabía que, cuando la política

asomaba, su trabajo se volvía mucho más complicado.

En la pantalla, dos personas se acercaron a los micrófonos preparados

sobre el atril. Se aquietó el rumor de voces de los periodistas reunidos.

Estaban representados todos los medios importantes y unos cuantos de los

más pequeños.

El líder de la Unión por el Futuro de Suecia se aclaró la garganta. A Julia

siempre le sorprendía que pudiera caber tanto odio en una persona de aspecto

tan corriente. Cabello de color rata, peinado de cualquier manera. Gafas de

montura metálica, boca pequeña y barbilla poco prominente. Traje oscuro en

las ocasiones más formales y pantalones beis con camisa blanca o azul claro

el resto de las veces. Para la rueda de prensa había escogido la imagen menos

formal. Y Julia observó que no tenía manchas de sudor en la camisa.

Peder sofocó una exclamación de sorpresa. Había reconocido unos

segundos antes que Julia a la mujer que estaba junto a Ted. Era Jenny, la

madre de Lilly Meyer. Su rostro era la imagen de la ira y todo su cuerpo

parecía vibrar bajo el brazo protector de Ted.

Cuando comenzó a hablar, Ted Hansson retiró el brazo de los hombros de

Jenny. Le gustaba gesticular, preferiblemente con los puños apretados, para

enfatizar su mensaje. Julia dejó escapar un suspiro. ¿Por qué no veían todos

que era un payaso? Peligroso, sí, pero un payaso al fin y al cabo.

—Suecia se ha convertido en un país sin ley —empezó el líder de la

Unión por el Futuro de Suecia—. La criminalidad ha alcanzado niveles sin

precedentes, pero cada vez hay menos presencia policial en las calles.

Nuestras fuerzas del orden contemplan de brazos cruzados la creciente

delincuencia que con tanta ingenuidad importaron a nuestro país nuestros

predecesores políticos. Pero hoy no hablaremos de política. Hoy no me

presento ante ustedes como líder del partido sueco que más ha crecido en los

últimos años, sino como padre. En Suecia desaparecen niños. En Suecia están

asesinando a niños. Y nuestros políticos no tienen la voluntad ni los medios

para atrapar y encerrar a los culpables. Hace un año se llevaron a Lilly Meyer.

¿Cómo puedo yo, como padre, mirar a la madre de Lilly a los ojos? ¿Cómo

voy a mirarla si no puedo asegurarle que Suecia y la policía sueca han hecho todo cuanto estaba a su alcance para encontrar respuestas y explicarle lo que

ha pasado con su hijita? La tengo aquí, a mi lado. ¿Qué creen ustedes que

puedo decirle?

Ted se volvió hacia Jenny Holmgren con lágrimas en los ojos y estallaron

los flashes de las cámaras. A la prensa le encantaban esas situaciones. La

imagen saldría en todas las portadas al día siguiente. Parecía como si los

fotógrafos no fueran a terminar nunca. Pero Julia conocía a Ted, porque había

sido compañera suya en el instituto, y ya entonces era popular por su

habilidad para llorar cada vez que se lo proponía. No le importaban Jenny ni

su hija, pero tenía a todos los periodistas comiendo de su mano.

—Y los padres de Ossian Walthersson —prosiguió Ted, enjugándose las

lágrimas—, Fredrik y Josefin, también tienen derecho a obtener respuestas y a

que se haga justicia. Pero hasta ahora solo han encontrado incompetencia e

inoperancia.

Ted levantó la voz y agitó los puños. Se acercaba el momento estelar.

—En esta Suecia de hoy los niños ya no están seguros. En esta Suecia de

hoy ya no podemos dejar a las criaturas sin vigilancia ni siquiera un segundo.

El peligro acecha a la vuelta de la esquina. Y nosotros mismos le hemos

abierto la puerta. Porque el peligro ha llegado del extranjero. Suecia era un

país claro, hermoso y seguro. Pero ahora las calles se han vuelto oscuras.

Hizo una pausa y esperó. Después se apartó y dejó que Jenny Holmgren

diera un paso al frente, hasta el micrófono. La madre de Lilly entrelazó las

manos y respiró hondo varias veces. Julia tuvo sentimientos encontrados al

ver su expresión tensa. Por un lado entendía la ira y la desesperación que

debían de sentir los padres de las víctimas. Pero, por otro, la llenaba de

indignación la manera en que el dolor de Jenny se aprovechaba para otros

fines. Lo único que conseguiría la rueda de prensa sería complicar el trabajo

de la policía y poner a la sociedad en su contra justo cuando más necesitaba la

colaboración ciudadana.

—Maldita bestia —murmuró Christer, negando con la cabeza con

expresión sombría—. No lo digo por ella, sino por ese canalla baboso.

—Es un representante electo —dijo Adam secamente, sin apartar la vista

de la pantalla—. Los que votan por él se merecerían tenerlo un tiempo en el

gobierno. Entonces se darían cuenta de lo que han votado.

La madre de Lilly tomó la palabra.

—Un año sin mi hija. Un año sin saber quién la mató. Y ahora han matado

a otro niño. ¡Y la policía no hace nada!

—Nada —repitió Ruben apretando los puños—. Claro que no. No

hacemos nada. Nos pasamos el día aquí sentados, perdiendo el tiempo.

Julia lo hizo callar para seguir escuchando.

La rueda de prensa continuó quince minutos más en el mismo tono y Julia

no pudo evitar sentir un nudo en el estómago. Después de Jenny volvió a

intervenir Ted Hansson, para expresar una vez más su preocupación por «una

Suecia en guerra con oscuras fuerzas exteriores». A continuación llegó el

turno de las preguntas de los periodistas, que en opinión de Julia parecían

haber renunciado a todo espíritu crítico. Las lágrimas de Ted habían obrado

su efecto. Y el suyo era un buen ángulo. Criticar a la policía y hablar de su

incompetencia siempre conseguía vender periódicos. Era algo sabido desde

siempre.

—Bueno, era eso —comentó Adam, mientras apagaba el televisor—.

Nada nuevo bajo el sol.

Julia guardó silencio un momento. Adam era el miembro del grupo que

probablemente se vería más afectado por la dura propaganda de la Unión por

el Futuro de Suecia y ella se preguntaba cómo afectaría a una persona oír sin

cesar que no era bienvenida. Se dio cuenta de que no podía imaginarlo.

Giró la silla para mirar de frente a su equipo.

—Sabemos que todo lo que acabamos de oír es basura. Más allá de lo que

salga en los periódicos y de las tonterías que oigamos de ahora en adelante,

tenemos que seguir haciendo nuestro trabajo. De hecho, puede que nos

convenga evitar leer la prensa por un tiempo. Dejemos que la dirección se

ocupe de los periodistas mientras nosotros nos concentramos en nuestra tarea.

—Me parece un buen plan —comentó Mina.

Julia asintió.

—Sí. Y recordad que somos los mejores en lo nuestro. No dejéis que

nadie os convenza de lo contrario.

No hubo ningún comentario, pero Adam le dio una palmada en el hombro

cuando salía de la habitación con los demás. Julia se quedó en la sala. Sintió

que le vibraba el móvil en el bolsillo con un mensaje. No había dejado de

hacerlo durante toda la rueda de prensa. Lo había ignorado todo ese tiempo y

pensaba seguir ignorándolo un rato más. Si Torkel no había entendido que lo

estaba mandando al infierno, ya era hora de que se fuera enterando.

Mina echó un poco de gel hidroalcohólico en un pañuelo de papel y limpió las

carpetas que acababa de dejar sobre la mesa de Julia.

—¿Qué más puedo hacer ahora? —preguntó.

—Vete a casa —respondió Julia mientras abría una de las carpetas.

—Imposible —replicó Mina—. Estamos en medio de una investigación y

hemos desperdiciado toda la mañana hablando con Nova del agua y del

número tres. ¡Menos mal que era la mayor experta de Suecia en su ámbito!

Ya te había dicho que teníamos que llamar a Vincent. Porque aunque sea

cierto que Nova es experta en sectas, ¿qué sabe ella de conexiones y

relaciones? Ese es el punto fuerte de Vincent, mientras que Nova no hace más

que especular y perderse en suposiciones.

Julia cerró la carpeta que acababa de abrir y la miró.

—A mí me ha parecido interesante —afirmó—. Y le encuentro sentido a

la idea de que nuestros secuestradores se conocen entre sí. No pienso

descartar la hipótesis de un grupo organizado.

Mina renunció a responder. Siempre había creído que la gente como Nova

era todo fachada y nada de contenido, y la reunión no había hecho más que

confirmarlo. Le daba igual que Nova hubiera ayudado a un montón de

personas.

—Pero pareces tan cansada como yo —prosiguió Julia—, o incluso más.

Es por culpa de este condenado edificio y del calor que hace aquí dentro. Ya

sabes que hacemos todo lo que podemos. Si te exijo todavía más, corremos el

riesgo de que empieces a cometer errores, y eso es peor que no hacer nada.

Ojalá pudiera irme yo también a casa, como tú. Además, ¿no tenías algo que

hacer esta tarde?

Durante el almuerzo Mina había mencionado de pasada que quizá tuviera

algo que hacer al salir del trabajo. No había dicho qué. Pero era típico de Julia

recordar esa clase de comentarios fugaces.

Ya cuando había hablado con Vincent dos días antes le había parecido

poco probable que al final se decidiera a hacerlo. Ahora lo veía del todo

imposible. No le importaba lo que pudiera decir Ruben. Julia la necesitaba a

su lado. Seguramente habría algo urgente que hacer. Alguna tarea que la

retuviera en el trabajo.

Tenía que llamar a Vincent. Había dicho que lo haría, pero aún no había

tenido tiempo. Sin embargo, no quería llamarlo desde la jefatura.

—Puedo volver a comprobar el registro de todas las personas con

antecedentes de delitos sexuales que ya ha visto Christer.

—Mina —dijo Julia entrecerrando los ojos—, no puedes quedarte. Vete a

casa. Ponte una película. Cómete un helado. Bébete una botella de vino. Haz

lo que pensabas hacer. O vete a dormir. Me da igual lo que hagas, pero quiero

que desaparezcas de aquí durante por lo menos siete horas. Si trabajas todo el

día, dejas de ser útil. Tómate unas horas libres y vuelve fresca y con la mente

despejada.

Mina suspiró. Todo habría sido mucho más sencillo si no hubiera

deslizado aquella foto hacia la derecha en Tinder. Y si Amir no le hubiera

contestado prácticamente de inmediato. Ahora no le quedaba alternativa.

Faltaba solo una hora para la cita. Mierda.

Nathalie rebuscó en la mochila, aunque sabía que era inútil. Normalmente

 

llevaba una o dos mudas, por si se quedaba a dormir en casa de una amiga.

Pero hacía tiempo que se le había acabado la ropa limpia. Karl le había dado

una camiseta blanca y unos pantalones de lino como los que llevaban todos

ellos para que pudiera cambiarse. Era ropa fresca y agradable para el calor,

pero Nathalie habría preferido tener también algo suyo. Por no hablar de la

ropa interior. Sacó de la mochila una sudadera de los Ramones y la olfateó.

Olía fatal.

Le volvió a rugir la tripa. Allí eran todos muy amables y le daban de

comer sin pedir nada a cambio, pero las porciones seguían siendo muy

escasas. Su estómago había empezado a protestar el jueves y ya estaban a

sábado. Estaba famélica. Tenía tanta hambre que le resultaba difícil pensar.

Ines y los demás eran increíblemente atentos y Nathalie se alegraba de

haber podido conocer a su abuela. Pero ya iba siendo hora de regresar a casa.

No había tenido ningún contacto con su padre desde que le había enviado

aquel mensaje. Después se le había agotado la batería del teléfono y no había

visto ningún cargador en todo el edificio. Pero ella sabía que su padre siempre

encontraba la manera de arreglar las cosas. Con toda probabilidad en cuestión

de minutos aparecería un coche negro con los cristales tintados para

recogerla. Ya volvería más adelante a visitar a su abuela.

—¿Vas a algún sitio?

Nathalie levantó la vista de la mochila. Karl estaba apoyado contra el

marco de la puerta.

—Sí, tengo que volver a casa —respondió ella—, antes de que mi padre

se enfade. ¿Has visto a mi abuela? Quiero despedirme de ella antes de

marcharme.

—Ines ha salido —repuso Karl—. Regresará dentro de una hora, más o

menos.

Enderezó la espalda y entró en el dormitorio que Nathalie compartía con

los demás. Era muy alto. Y bastante guapo, pensó ella. Curiosamente, como

todos iban vestidos de la misma manera, casi parecía que fueran de la misma

familia.

—Quizá mientras tanto puedas ayudarme con una cosa —dijo él—.

Estamos reconstruyendo una parte del edificio y necesito un par de manos

más.

—Pero… yo no sé nada de… —empezó Nathalie.

Iba a explicarle que no había construido nada desde la clase de carpintería

en el instituto y que incluso entonces el resultado había sido bastante penoso,

pero Karl la interrumpió con una carcajada. Fue una risa sonora y contundente

que supuso que la habría reconfortado más si no hubiera estado tan

hambrienta.

—Y además, tengo que volver a casa —insistió ella.

—Supongo que al menos habrás visto fotos de cómo se coge un martillo

—prosiguió Karl, como si no la hubiera oído—. Con eso basta. Tu padre

puede esperar un poco más.

Tenía razón. Lo mínimo que podía hacer ella era corresponder a la

hospitalidad ayudando en lo que pudiera. Después de todo, eran como una

familia. Se apoyó una mano en el vientre, para que Karl no oyera el ruido que

le hacía el estómago, y salió con él de la habitación.

Todo era actividad a su alrededor. Mina sabía que podía irse unas horas de la

oficina. El trabajo avanzaba febrilmente y todos se turnaban para mantener el

ritmo. Estaba convencida de que Julia tenía razón y además se alegraba de

poder eludir durante un rato las masas sudorosas en que se habían convertido

sus colegas. Pero le costaba marcharse, aunque era consciente de que tenía

cinco minutos para salir si no quería llegar tarde a su cita con Amir.

Aun así, no podía. Era incapaz de moverse.

Miró una vez más los papeles sobre Lilly y Ossian que yacían sobre la

mesa, como si pudiera obligarlos a hablar. Había recogido por escrito todo lo

que habían logrado averiguar. Pensaba mejor cuando tenía delante las

palabras escritas y podía hojear los documentos, subrayarlos y recortarlos. Era

una de las pocas ocasiones en que se permitía ser un poco caótica. John

Cleese tenía razón cuando decía que la creatividad no podía expresarse en una

pantalla. Y Mina necesitaba encontrar alguna cosa. Porque nada tenía sentido.

Por muchas vueltas que le diera, no podía negar la conexión entre Lilly y

Ossian, pero no estaba dispuesta a aceptar sin más la teoría de Nova sobre la

naturaleza de esa conexión. Debía descubrir algo más que los uniera, un

vínculo que todos hubieran pasado por alto.

Volvió a repasar el material.

Tenía sobre el escritorio la mochila de Ossian, con el logo de My Little

Pony. Julia había agitado su varita mágica y había conseguido que el

laboratorio central de Linköping se aviniera a esperar hasta después del fin de

semana para recibirla. La mochila había resultado ser de un modelo bastante

corriente. Era relativamente nueva y estaba vacía. No había nada especial en

eso.

Pero Christer les había revelado que no pertenecía al niño asesinado.

Fredrik y Josefin, los padres de Ossian, habían declarado que su hijo nunca

había tenido una mochila como esa. Christer les había enviado una foto para

comprobarlo y ellos se habían reafirmado en que nunca la habían visto.

Tampoco pertenecía a ninguno de los otros niños de la escuela infantil que

hubiese podido prestársela a Ossian. Ruben había hecho las averiguaciones

del caso, pero nadie sabía nada. Y hasta ahí había llegado la pista de la

mochila, porque los técnicos tampoco habían hallado en ella trazas de ADN ni

huellas dactilares. Aun así, Mina estaba convencida de que alguien la había

colocado deliberadamente junto al cadáver.

Pero ¿por qué?

Levantó la vista al techo, como si fuera a encontrar allí la respuesta. Algo

empezaba a agitarse en el fondo de su mente. Aún era demasiado débil para

ser una idea. Pero la mochila le recordaba algo. ¿No había también algún

detalle extraño en el caso de Lilly? ¿Una minucia que había ocupado

brevemente un primer plano en la investigación para luego caer en el olvido

cuando se descubrió la lucha por la custodia de la niña?

Mina extendió sobre la mesa las fotos de la carpeta de Lilly y volvió a

mirarlas por enésima vez. Después leyó el informe. Cuando Lilly había sido

hallada, tenía en los bolsillos juguetes, gomas para el pelo y un punto de libro.

Seguir: parte 4 de 5