Las amigas

Aurora Venturini · Capítulo 13 de 26

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Las amigas

La cena preparada por Antonella

Vistió la mesa como en las mejores familias con el mantel hermoso que compré en Chambéry en uno de esos viajes entre París y Madrid y sobre el mantel la vajilla impecable dedicada a servir en las comidas importantes y esta lo era al menos en el caletre de Antonella que aunque deseaba que no se le notara sí se le veía que miraba a Matilde con pena y a Flavia y a Fulvia con interés. Antonella colocaba cada cosa en su lugar así que en cada platito y en cada recipiente cabían sus comiditas sobre hojitas de ensalada copetonas y combinando colores que incitaban a las espaditas de pinchar. Y aunque faltaba calor de hogar las cosas así dispuestas bien que lo imitaban y Antonella siguió entre bocado al pinche y trago como dicen ahora otoñecido por aquello que flotaba. En cuanto a Matilde de me voy o me quedo y la solicitud amistosa de las amigas de no vuelvas quedate con nosotras: Matilde miraba el reloj cada cinco o diez minutos lo que indujo a las amigas a cambiar de tema a la inglesa proclamando parece que ha refrescado.

No solo dudaba la sufriente ya nombrada sino también Antonella arrumacaba entre las muchachas y no tan muchachas porque yo Yuna ya pasé los cincuenta y muchos y Matilde más o menos. Muchachas verdaderamente muchachas eran Flavia y Fulvia que recién comenzaban a pintar y tendrían veintitantos.

Noté que Matilde se tocaba el hombro izquierdo acaso le doliera pero no. Era que el hombro requería el peso de la mochila de la partida. La ya caída noche encimada a la ciudad incitaba a un sueño sereno o a salir al cine o… Dijo Matilde ¿me quedo o me voy?

Antonella de pronto suspiró con palabras de si no fuera por el barro… si no fuera… y parecía dormir despierta o que la estuvieran hipnotizando a distancia tal la mirada perdida y alucinada y las arruguitas insinuadas de la frente. Era el sueño del alcohol, Antonella no debía tenerlas porque apenas si cumpliría poquitos años dejando atrás la adolescencia aunque no podría contarlos por falta de documentación que yo no solucionaría ese problema por temor a plantearle otro peor. Tanto Antonella como Matilde parecían dos títeres manejados por hilos de manos inquietantes.

Matilde confesó que en más de una ocasión de duda dormía en un hotel o se quedaba en un banco en verano en alguna plaza y había pintado al pie de un foco a los mendicantes de moneditas y que las telas se las compraron a buen precio en australes que era el dinero en curso impuesto por el gobierno y que cuando se quedaba a la intemperie se sentía más artista que nunca pero a medida que los años la castigaban con reuma en las manos no se quedaba hasta el amanecer y regresaba ahí donde en el momento deseaba regresar.