Las amigas

Aurora Venturini · Capítulo 20 de 26

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Las amigas

Antonella en puerta

Me quedé viendo la huella húmeda que marcó en la madera del piso el andar de Matilde que seguro seguirá hasta la estación del ómnibus y hasta Buenos Aires y hasta digamos la mesita de luz donde ella depositará un grueso toco de dinero producto de su jubilación y de la pensión del esposo accidentado pero esto ya lo marqué y lo remarco más para que quienes lo lean sepan los estropicios que causa el amor.

Pasaron varios días sin noticias de Matilde ni me esforcé por buscarlas y una tarde lluviosa tocaron el timbre Flavia y Fulvia. Las hice pasar y entraron envueltas en perfume importado auténtico que reconocí por lo duradero y nada chocante no como los símiles elaborados que me causan náuseas y enseguida dijeron che Yuna tenés algo para unos tragos y siempre tengo botellas y ofrecí sírvanse lo que gusten y pregunté por Matilde y una de ellas me contó que la vieron durante una exposición de pintura en el Palais de Hielo como siempre tan bohemia y quedé de una pieza durísima pensando que la palabra bohemia significa desprolija y demás.

Insistí con Matilde y ellas respondieron bah esa está terminada… y vaya qué amigas son ustedes… y bueno Matilde no se deja ayudar y qué vamos a hacer si anda detrás del marido que cree ser un superman y viéndolo te das cuenta que no… pero ustedes hablaron con ella interrogué y ellas dijeron que Matilde les preguntó si acaso lo habían visto a Relicario en una reunión a la que ella no había sido invitada y con quién y qué. Ya. La caída en los celos es el colmo del colmo.

Tomaron más y luego más. Ellas no dan trabajo porque se sirven solas de lo que hay en la heladera y eso está muy bien y parece que les gustó el pollo frío y el jamón y siguieron manducando que en verdad daba gusto verlas comiendo o sin comer porque ellas nunca me miraron como a bicho raro al contrario son muy amables.

En cambio suele ocurrir que ahora igual que cuando no era una pintora conocida recibo aunque muchas menos alginas observaciones y miradas de aquellas… Cuando pasa eso me enfurezco y trago no licor como traga Matilde sino fuego de dragona y menos mal que el arte de pintar soslaya mis enormes broncas y calenturas que inducen a cachetear al prójimo nada indulgente. Recuerdo que Matilde me dijo que Flavia y Fulvia son pareja pero noto que una es más alta que la otra y más morena y menos delgada. Insisto en que de pareja no tienen nada ya que una habla sin parar y la otra hace pausas prolongadas y siempre están de buen humor ambas y yo quisiera poseer ese humor y no tener que simularlo siempre. Las observo y pintaré a dos adolescentes con trazos ligeros y simpáticos y otras motivaciones alusivas a ellas aunque lo de pareja no me entra y si pregunto ya se molestan porque dicen que ya me lo explicaron por ahí… no sé.

Flavia me dice que pronto van a casarse. Sí vamos a casarnos por civil porque ahora lo permiten dice Flavia y Fulvia asiente con ojos brillantes color miel y las felicito y les propongo que me presenten a los novios y ellas no me contestan y yo bueno si no quieren no importa porque con conocerlas a ellas tan buenas y simpáticas me basta y sobra y que vengan cuando quieran y como quieran. Fulvia aclara que no existen novios y que es entre ellas el casamiento. Y no sé. Les repito que de todas maneras mi departamento tiene las puertas abiertas para cuando lo deseen. Mis argumentos decaen a la sombra de un cuento de Giuseppe Tomasi di Lampedusa titulado «El profesor y la sirena» que me indujo a la reflexión sobre la pareja y por dónde podría venir la cuestión pero ahora algo revuelto el pensamiento retrotraigo la pregunta y me adormilo porque la dificultad de interpretación funde mis capacidades igual que el fuego a la estopa.

No quiero que se vayan y les digo que todo está muy bien y que si lo desean solicito cena o vamos a un restaurante conocido y ellas dicen mejor aquí en la intimidad entonces llamo al restaurante que han visto que estuve llamando siempre y solicito un pollo completo. Vinos hay. Postre pido también y ellas aplauden cual dos chiquilinas a las que ruego no las alcance nunca la maldición arábiga.

Corren las horas y las chicas ven televisión porque les agradan las películas de suspenso luego un cafecito que Fulvia hace y sirve y no te olvides de venir pero te mandamos invitación y se van como dos aves ligeras y ensuavecidas en el crecido crepúsculo invernal en uno de los versos del poema que ustedes criteriosos y pacientes lectores saben y sin duda admiraron. Por suerte han lavado la vajilla y colocado cada cosa en su lugar y pintaré hasta la mañana cuando oigo un timbrazo y espío para ver y es Antonella.

No me animo a abrir. Antonella sabe que espío porque corrí la tapa del mirador y de golpe la dejé caer con ruido metálico. Captada su silueta a vuelo rápido muestra un vientre abultado. Siento miedo de los vientres paridores que algo leí al respecto y me asqueó y vomité.

Ignoro si ella verá mi ojo por la mirilla pero veo todo tanto a la visitante Antonella como al nene que trae de la mano y que es feo y aunque el otro no porque lo tiene dentro de la barriga sé que también es horrible cual la procedencia de ambos y a estos no se animó a aniquilarlos aunque no sé con el de adentro pero no y Antonella ya lleva una muerte en su ánima si es que posee un ánima y me retiro de la mirilla y no abriré y de nuevo toca timbre la pobre pero no me lastima la situación espantosa que eligió pudiendo quedarse conmigo.

Voy a mi atelier a terminar mi cuadro de las amigas Flavia y Fulvia que pienso mandárselo a Buenos Aires de regalo de casamiento. Serán luminosos de buenaventura que ruego tengan y felicidad también. Ya no suena el timbre y menos mal porque a lo mejor el grupo tendría frío en el corredor y me atreví a mirar de nuevo y solo hay sombras del otro lado de la puerta sí sombras nada más y no recuerdo dónde oí la frase que no es mía y lo declaro porque nunca me quedé con nada ajeno.