Las raíces del cielo

Romain Gary · Capítulo 10 de 41

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Las raíces del cielo

Capítulo IX

Y así, de forma gradual, dieron el uno hacia el otro los primeros pasos de una aventura que, con el paso de los años, se convertiría en una leyenda en el Chad. «Yo los conocí muy bien» era una frase que nunca dejaba de asegurar un momento de atención a quien la sabía pronunciar con la pizca de indolencia necesaria para despertar la curiosidad.

En las horas de más sed, esta frase fue bastante utilizada por aquellos que pensaban que, al fin y al cabo, sus plantaciones de algodón apenas habían tenido nada que envidiar a las del valle del Nilo, por aquellos para quienes las minas de oro se habían convertido en un tema tabú y, por último, por aquellos que consideraban que la gran red de carreteras panafricana sólo se hallaba señalada, en definitiva, por la carcasa herrumbrosa de algún que otro camión en medio de un curso de agua.

Pero la verdad era que Morel no tenía amigos, que se pasaba la mayor parte del tiempo en la sabana y que nadie había prestado atención a sus idas y venidas a Fort-Lamy con su ridícula petición que todo el mundo rechazaba con un gesto de indiferencia; nadie excepto Orsini. Porque si hubo un hombre a quien los acontecimientos dieron la razón, un hombre que «no pertenecía a la categoría de los ingenuos», fue Orsini, el experimentado cazador que sabía presentir al enemigo a su alrededor, como si sólo viviera para eso. ¿No había clamado él desde un principio que ese hombre era peligroso, que semejante asunto podía arruinar al país? ¿No había lanzado en vano su grito de advertencia, ese grito extraño, desesperado e irónico, que parecía pertenecer desde siempre a la fauna nocturna del Chad, misterioso eco de una aspiración que le era ciertamente ajena? ¿No había desconfiado él de la bochesse? ¿No había reconocido también en ella una pieza importante del complot? Sí, Orsini vivió horas triunfales, pero fueron bastante breves y, si forma parte de la leyenda, no es ciertamente de la forma que él hubiera deseado. Cometió el grave error de

identificarse demasiado con el asunto. Se quemó en la llama demasiado viva que tanto le atraía. Él fue el primero en olfatear la presa y en tocar el cuerno, lanzándose en su persecución con la pasión de quien se siente desafiado por cualquier manifestación de una exigencia demasiado noble hacia los hombres, como si la humanidad se alzara a diez mil metros por encima del nivel en el que él estaba. Estaba decidido a defender sus medidas, sus dimensiones. Aparte de Orsini, el único que prestó a Morel alguna atención fue el padre Fargue, que se ocupaba en general de los leprosos. Ex capellán de aviación de la Francia libre, era un franciscano que tenía un tono de voz muy violento, una bondad colérica y fácil el puñetazo sobre la mesa. Él, que en la larga marcha de Leclerc desde el Chad hasta los Alpes bávaros había visto caer a sus mejores camaradas, no soportaba la duda atea, simplemente porque ésta le habría privado en el más allá de la compañía de los que habían luchado con él, a quienes permanecía profundamente fiel. Con su barba pelirroja, su nuca de toro y su lenguaje, cuya ingenuidad tenía algo de blasfema, poseía el aspecto de un monje libertino: «No es culpa mía —decía—, es el armazón», pero llevaba una vida ejemplar en el interior de la sabana, al noroeste de Fort-Archambault.

Era conocido por sus meteduras de pata, la más famosa de las cuales figurará para siempre en el folklore de la colonia. Esa metedura de pata había pasado a formar parte de la historia en Bangui, a bordo del vapor que, a través del río Congo, llegaba hasta Brazzaville, y su enormidad se había debido precisamente al esfuerzo desesperado y grandioso que el padre Fargue había hecho para intentar no meter la pata. Había adoptado del argot de la escuadrilla la palabra «cornudo»; para él, los hombres se dividían en

«buenos cornudos» y «malos cornudos». «Buenos días, cornudo» era su delicada forma de saludarte. Dio la casualidad de que en el momento en que apareció Fargue en el puente del vapor, la compañía habitual ya estaba formada. En ella se encontraba un tal Ouard, cuya reputación se hallaba firmemente asentada en el país gracias a su joven mujer, que le engañaba abiertamente y sin hacer demasiados distingos. Fargue se había acercado al grupo y había empezado a estrecharles las manos uno a uno, con su saludo habitual. «Buenos días, cornudo», decía pasando del uno al otro. «Buenos días, cornudo, buenos días, cornudo, buenos días, cornudo, buenos días…».

De pronto se dio cuenta de que tenía en su manaza los dedos del desgraciado Ouard y, queriendo dar prueba de su gran capacidad de reacción, gritó: «¡Buenos días, señor Ouard!», encantado de poder por fin demostrar que él tenía mucho tacto, y, pasando a los siguientes, continuó:

«Buenos días, cornudo, buenos días, cornudo», así hasta el último. Ése era el padre Fargue, el misionero preferido de los leprosos y de los aquejados de la enfermedad del sueño. Había vivido demasiado tiempo en el fondo de la sabana, en pleno corazón del sufrimiento negro, para manifestar otra cosa que no fuera impaciencia cuando un hombre se presentó ante él, en la misión de Fort-Lamy donde había ido a vociferar porque los medicamentos le llegaban con seis semanas de retraso (alegaban que allí no había carreteras), y le puso delante de las narices una petición ridícula que hablaba de la defensa de los elefantes.

—Métase sus elefantes donde le quepan —había vociferado el reverendo padre con una amplitud de visión innegable—. En el continente hay un montón de gente que tiene la enfermedad del sueño y un montón de leprosos. Por no hablar del plan —aquí la gente folla en lugar de comer, folla tanto que los niños se mueren como nacen, es decir, como moscas— y del tracoma, ¿ha oído hablar de él? ¿Y de la espiroquetosis y de la filariasis? ¿Y ahora viene usted a jorobarme con unos elefantes?

El hombre, que parecía salir directamente de la sabana, desaliñado, con sus polainas, su camisa sucia, sus mejillas sin afeitar desde hacía varios días, le miró sombríamente. Incluso el padre Fargue, que no se caracterizaba precisamente por su sensibilidad, se quedó impresionado ante aquella mirada vehemente, casi violenta, donde, sin embargo, se ocultaba, inesperada, una chispa de ironía. Se ajustó las gafas en su nariz y volvió a repetir por principio, pero sin demasiada convicción:

—¿Y ahora viene usted a jorobarme con unos elefantes?

Morel tardó en contestar. Apretó los puños, se sacó del bolsillo una petaca de tabaco y permaneció un momento en silencio, con las piernas separadas, liándose un cigarrillo, probablemente para calmar la rabia de sus manos. Por fin alzó los ojos:

—Escúchame bien, cura —dijo—. De acuerdo, tú eres un cura, un misionero, y estás metido hasta el cuello en todo esto. Quiero decir que ves

todo tipo de sufrimientos y de fealdades a lo largo de la jornada. De acuerdo. Ves todo tipo de canalladas, la miseria humana, vaya. Y después de haber visto todo eso, después de haber limpiado el trasero de la humanidad, ¿no te entran ganas de alzar los ojos? ¿No te entran ganas de subir a una colina y mirar otra cosa? ¿Algo bello, por una vez, y libre, una compañía completamente diferente?

—¡Cuando me entran ganas de alzar los ojos y necesito otra compañía

—vociferó el padre Fargue dando un puñetazo en la mesa—, yo no miro a los elefantes!

—Tranquilo, tranquilo, no te pongas así. Tú necesitas como todo el mundo mirar de vez en cuando a tu alrededor para demostrarte que todavía no lo hemos ensuciado, exterminado y estropeado todo. Tú necesitas como todo el mundo tranquilizarte, decirte que todavía queda algo hermoso y libre en esta sucia tierra, aunque sólo sea para seguir creyendo en tu Dios.

Así que firma aquí. No merece la pena que le des más vueltas; no temas, no estás firmando ningún pacto con el diablo. Sólo es para que no maten a más elefantes. Cada año matan a treinta mil.

Sonrió bruscamente, con malicia.

—Y recuerda esto, cura, ellos no son responsables de todas nuestras porquerías. Ellos no son culpables, cura, no son culpables.

—¿Quiénes? —vociferó Fargue.

—Los elefantes, cura, ¿quiénes si no?

Fargue se quedó boquiabierto.

—Por todos los…

Se detuvo a tiempo. Después dijo: «Siéntate».

—El tipo se sentó y nos quedamos mirándonos durante un momento —

le contaba más tarde Fargue al padre Tassin, que había ido a visitarle, sorprendiendo e inquietando al buen franciscano por el gran interés que pareció mostrar en el asunto, pues era la primera vez que le veía interesarse por algo que no fuera un fósil de al menos cien mil años—. Compréndalo, ese canalla me estaba hiriendo a traición con sus elefantes «que no eran culpables». Lo que ese cornudo me estaba insinuando es que los culpables eran los hombres, ¿y qué podía responderle a eso yo, un cura? ¿Que no era verdad? ¿Y el pecado original y todo lo demás? En fin, usted sabe de eso

más que yo. Me estaba hiriendo a traición, me estaba tocando en lo más sagrado, mi religión. Yo, usted me conoce, soy un hombre de acción; deme unas buenas viruelas o una biliosa y me sentiré cómodo. Pero la teoría…

Que quede esto entre usted y yo. La fe, Dios y todo eso lo siento en el vientre, en las tripas, pero no en el cerebro. Yo no soy nada cerebral.

Entonces intenté invitarle a un anisado, pero él lo rechazó.

El rostro del jesuita se iluminó por un momento y las arrugas parecieron borrarse en la juventud de su sonrisa. Fargue se acordó de pronto de que Tassin no era demasiado bien visto por su orden, que le había impedido publicar en varias ocasiones sus trabajos; se murmuraba incluso que su estancia en África no era en absoluto voluntaria. Había oído decir que, en sus escritos, presentaba la salvación como una simple mutación biológica, y a la humanidad, tal y como la conocemos todavía, como una especie arcaica llamada a reunirse en las tinieblas de la evolución con otras especies desaparecidas. Se ensombreció: eso sonaba a herejía.

—Yo le repetí que si necesitaba olvidar a los hombres, que se volviera hacia algo totalmente diferente y verdaderamente grande, que se equivocaba conformándose con los elefantes. Que haría mejor en defender a un animal que estaba mucho más en peligro de extinción en el corazón de los hombres, ¡es decir, Dios!

Fargue dijo esto con tal inocencia y tal sencillez que la palabra «animal»

no sonó en absoluto como una blasfemia, sino como un término un poco rudo e ingenuo que expresaba un grande y profundo cariño filial.

—Me dejó vociferar y después esbozó algo parecido a una sonrisa. «Tal vez sea así, pero, dime, ¿qué te impide firmar? Nadie te está pidiendo tu alma, sino sólo una firma. Lo único que quiero es que dejen de matar elefantes. No es nada malo. Así que ¿para qué darle más vueltas?».

»Debo confesarle que en ese momento ya me había convencido. Tenía razón, ¿qué era lo que me impedía firmar? Me quedé estupefacto. Abrí la boca, pero no supe qué decir. Y como él seguía poniéndome su papelajo delante de las narices, acabé enfureciéndome y echándole con cajas destempladas, a él y a sus elefantes. Pero ese asunto siguió atormentándome. ¿Por qué no había firmado? No tenía ninguna importancia, no tenía nada que ver con la política, el obispo no hubiera

podido decirme nada… No pude pegar ojo hasta muy avanzada la noche, buscando la razón, y al final creo que di con ella.

Fargue dirigió al jesuita una mirada maliciosa, como para decirle: «Ya ve, amigo mío, no soy tan estúpido como pretenden».

—Lo que ocurría es que, por la forma en que ese cornudo te presentaba las cosas, era como si estuviera escupiendo a una especie por la que nuestro Señor había muerto. Uno no tenía la impresión de firmar a favor de los elefantes, sino en contra de los hombres. No sé por qué, pero uno tenía la impresión de que si firmaba, cometería una traición, de que se convertiría en un renegado. ¡Canastos! En cualquier caso yo no iba a ceder a sus exigencias. En pocas palabras, uno tiene su dignidad… No sé si se da cuenta de lo que quiero decir.

El jesuita se daba perfecta cuenta.

—Pensé en todos mis amigos de la escuadrilla que habían dado su vida por algo limpio, y me pareció que ese hombre se pasaba de la raya con sus elefantes. Era lo único que le importaba. Y además, no me gusta la gente desesperada.

A Fargue se le congestionó el rostro y dio un puñetazo en la mesa.

—Cada vez que veo a un desesperado, me entran ganas de darle una patada en el culo. Son todos unos cerdos.

El padre Tassin le interrumpió suavemente.

—Me gustaría mucho conocer a ese joven —dijo.

—No se preocupe, lo conocerá —masculló Fargue—. Debe de seguir vagabundeando por Fort-Lamy y seguramente vendrá a ponerle su petición delante de las narices un día de éstos.

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