Las raíces del cielo
Segunda Parte
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XXV
Los tres aparecieron en la cima de la colina, entre la hierba alta, por la que los caballos avanzaban lentamente alzando sus ollares. Morel iba en cabeza, con su eterna cartera de cuero repleta de documentos sujeta a la silla; le seguía Idriss, acompañado del crujido producido por los bambúes y los sissongos al rozar contra los flancos de su caballo. Con su perfil aquilino, las ventanillas de la nariz al acecho y sus ojos sin pestañas —rápidos y al mismo tiempo fijos bajo el turbante blanco que llevaba enrollado alrededor de la cabeza— atentos al menor temblor, se adivinaba en él un gran conocimiento de la sabana y de todo tipo de animales, y había momentos en que Habib se sentía inseguro bajo aquella experimentada mirada. Hacía tres horas que bajaban por las colinas hacia el lugar de la cita, y el capitán de altura, con la gorra ladeada, una punta de cigarro apagado en los labios y los pies calzados con unas alpargatas sobre los estribos árabes, tenía cierta dificultad en mantenerse en la silla: no estaba en su elemento. Pero Waitari le había dado la consigna formal de no perder de vista al loco de Morel.
—Hay que impedirle que cometa alguna tontería. Está tan seguro de que le apoya la opinión pública, que es capaz de entregarse a las autoridades convencido de que será absuelto y aclamado. Y entonces lo habremos perdido para nuestra causa, porque todo el mundo se dará cuenta de que se trata de un excéntrico que cree realmente en sus elefantes. Morel nos será útil mientras continúe siendo una leyenda. En este preciso momento, la radio árabe lo presenta ante el mundo como una gran figura del nacionalismo africano. No me acuse de cinismo, pero en los inicios de todos los movimientos revolucionarios siempre ha habido idealistas iluminados; los realistas, los auténticos constructores, llegan después, lenta, inexorablemente. Le digo todo esto porque es esencial impedirle que se deje coger… vivo. Le tengo afecto, es un ingenuo, pero en el fondo sería mejor
que desapareciera en plena gloria, en plena leyenda. De ese modo pasaría a la posteridad como el primer blanco que dio su vida por la independencia de África… en lugar de revelarse como un simple iluminado.
Y haciendo un gesto con la mano añadió:
—Ni que decir tiene que no le estoy sugiriendo nada. Habib había tenido mucho cuidado de hacer desaparecer de su rostro cualquier signo de alegría. Sentía una auténtica pasión de experto por todas las manifestaciones de la naturaleza humana. Había adquirido un conocimiento muy íntimo de los hombres y solía manifestarlo a través de una risa potente y silenciosa. Cuando se reía, echaba hacia atrás la cabeza, con los ojos convertidos en dos hendiduras, le temblaba la barba y se llevaba una mano al pecho como para contener la alegría que le dominaba. Pero, en su calidad de traficante de armas, se guardaba mucho de manifestar abiertamente su hilaridad ante «las aspiraciones legítimas de los pueblos», los
«libertadores», los «tribunos revolucionarios» y demás defensores de los grandes principios inmortales estilo Morel: eran su pan nuestro de cada día.
Para hacerlo, esperaba a estar solo. Ahora, mientras seguía a Morel hacia el lugar de la cita, en medio del crujido de las hierbas amarillas en las que a veces los caballos se hundían relinchando inquietos, dejaba estallar libremente su alegría detrás de sus compañeros ante el recuerdo de aquel jefe sin tropas que, sentado completamente solo en su cueva, aislado, con sus fuertes manos apoyadas en un mapa de «operaciones», hablaba con su voz de tribuno de la futura federación africana que se extendería desde Suez hasta El Cabo y de la que ya se veía jefe indiscutible. Era un sueño de grandeza y de poder destinado a seguir los mismos pasos que todos los demás sueños de grandeza humanos en medio del polvo de los caminos.
Había intentado hacer ver a su joven amigo De Vries la parte cómica del asunto, pero éste, postrado en su esterilla, con los ojos llenos de rencor y torturado por sus intestinos, sólo aflojaba la presión de sus dientes para dirigirle reproches vehementes, haciéndole responsable de la desesperada situación en la que se encontraban. «¡Como si hubiera alguien en este mundo que pudiera ser considerado responsable de la situación desesperada en la que se encontraban!», exclamaba Habib ante esa ingenuidad tan típica de la juventud. Pero De Vries escuchaba con exasperación el lenguaje
florido del libanés, envidiando su resistencia a toda prueba. Agotado por el cólico y la fiebre, las moscas, los mosquitos y las horas de caballo, parecía verdaderamente estar a punto de privar a Habib de su compañía. Éste había acabado por inquietarse y había tratado de convencer a Waitari de que les interesaba ir a Sudán: se hablaba de que iba a haber una conferencia en Bandung donde estarían representados todos los pueblos coloniales, incluso los del África negra, tan olvidados hasta ahora. Había que retirarse durante algún tiempo de la acción directa, para acudir ante los foros internacionales y hacer oír su voz. Granjas incendiadas, un maquis inaprensible que defendía los recursos naturales de África contra la explotación colonialista, ése era el cuadro que convenía presentar de la situación. Waitari se había dejado convencer fácilmente, pues era de la misma opinión. Estaba de pie delante de la cueva, con los puños apoyados en un mapa ante el cual soñaba a veces con poder hacerse fotografiar: «El jefe del ejército de la independencia africana en su puesto de mando». Se acordaba de una foto muy parecida de Tito durante la guerra. Pero a él le faltaban mandos, partisanos que surgieran de las masas políticamente conscientes y no de las tribus primitivas a las que tanto despreciaba. A veces se sentía agobiado por la soledad. No salía prácticamente de la gruta, uno de los cuatro o cinco
«puntos de apoyo» que había podido organizar secretamente durante sus últimas giras oficiales, en previsión del conflicto mundial que por aquel entonces había creído inminente. Había cometido un error de timing. El conflicto no se había producido. Se había encontrado solo, sin tropas, aislado; tres de los cinco «puntos de apoyo» en los que había acumulado armas habían sido saqueados y descubiertos por las autoridades y se había visto obligado a refugiarse en El Cairo, donde había vegetado miserablemente, hasta que oyó hablar de una «campaña para la protección de los elefantes en África» y se dio cuenta del partido que podría sacar al asunto. Tenía el instrumento de propaganda soñado: bastaría con deformar ligeramente la realidad para dar a los desórdenes la interpretación que le convenía. Pero había chocado contra un muro de incomprensión. A pesar de todos los esfuerzos de la radio árabe, la opinión pública mundial seguía creyendo en Morel y en sus elefantes. Sí, las masas creían verdaderamente que en alguna parte de África había un francés que defendía las maravillas
de la naturaleza. Ni que decir tiene que esta versión era fomentada por la prensa colonialista y las autoridades, que se guardaban mucho de atribuir al asunto un contenido político. Apoyado con todo su peso sobre el mapa, escuchando los argumentos de Habib, cuya diplomacia inútil le irritaba, se sentía más solo y más alejado de la meta que nunca. La cueva olía a tierra, a podredumbre y a cerrado, a pesar de las dos aperturas por donde entraba la luz con un hiriente resplandor para después extenderse tristemente sobre los rostros. Junto a la pared, había un colchón inflable, un montón de ropa, una lámpara de aceite y una metralleta con un cargador bloqueado. Y un poco más allá, una caja de fusiles ametralladores; pero la mayor parte de las municiones eran de un calibre diferente al de las armas.
—En El Cairo están deseando oírle… Y si se queda aquí más tiempo, sin dirigir a la opinión pública en el sentido adecuado, la bonita leyenda de Morel y de sus elefantes arraigará tanto en la imaginación popular que le será imposible darle otra interpretación…
Waitari esbozó una amarga sonrisa.
—Sin embargo, sería bastante cómico y extraordinario que los franceses salieran del paso promulgando algunas bonitas leyes sobre la protección de la naturaleza… Son capaces. Por otra parte le confieso que si no conociera tan bien a Morel, pensaría que es un agente del servicio de información del ejército francés encargado de cubrir con una cortina de humo las realidades colonialistas… Me parece muy sospechoso que haya tanta gente en Francia y en otros lugares que de pronto se tome tan a pecho la suerte de los elefantes…
Habib bajó los ojos, casi púdicamente, para ocultar su regocijo. Aquel Napoleón negro, con una guerrera echada sobre los hombros, de pie ante su pobre mapa de «operaciones» en una cueva perdida de los oulés, sin armas, sin apoyo, sin organización, sin partidarios, con su voz de tribuno que sólo las masas francesas podían apreciar en todo su valor, con sus ansias de grandeza, su sueño de entrar a formar parte de la Historia con mayúscula y sus puños cerrados, que tan bien evocaban el poderío al que aspiraba, era un espectáculo que le divertía profundamente. Ahora, mientras bajaba las colinas siguiendo las huellas del caballo de Idriss, se había visto dominado por una risa enorme y silenciosa al pensar en ese negro que esperaba en el
fondo de una cueva que el mundo tomara conciencia de su existencia.
Probablemente acabaran todos en prisión, pero eso sólo le traía recuerdos agradables: en las prisiones había pasado algunos de los mejores momentos de su vida, al menos sexualmente hablando. Gozaba de un perfecto equilibrio físico y moral y a veces incluso sentía en todo su cuerpo, en su sangre, una asombrosa certidumbre de inmortalidad: entonces expresaba ese sentimiento de plenitud echando la cabeza hacia atrás, con una de esas risas silenciosas, la boca abierta, los ojos cerrados, fruncidos en una mueca, que nadie comprendía nunca, pero que eran una simple manifestación de su alegría de vivir, de su certidumbre de encontrarse en su elemento. Así pues, Waitari le había encargado que vigilara a Morel, que se asegurara «fuera como fuera» de que no cayera vivo en manos de las autoridades al acudir a una cita que probablemente se tratara de una trampa. Pero Habib no tenía nada en contra del hombre que defendía las maravillas de la naturaleza. Al contrario, le divertía mucho. Quería simplemente estar presente en el momento justo, en el inevitable momento en que ese soñador recibiera una lección. En el fondo tenía un espíritu de educador, de moralista, le gustaba que la futilidad, la insignificancia de las pretensiones humanas fuera perfectamente comprendida y asimilada. En caso necesario, estaba dispuesto a dar un empujoncito a los acontecimientos, justo el necesario para que toda la sal de la vida no se malgastara en vano. Mientras tanto, había que desconfiar de Idriss y de sus miradas atentas y fijas, a las que él respondía prudentemente con un gesto amistoso. No había duda de que ese viejo era uno de los mejores rastreadores del A. E. F. y que lo que él no conociera de la sabana no merecía la pena ser conocido. Había que ser prudente.
Idriss había sido dado por muerto desde hacía mucho tiempo y la noticia de que había vuelto del más allá, por decirlo así, para unirse al «maquis» de Morel y defender a los elefantes a su lado había provocado en la terraza del Chadien, además de en otros lugares, discusiones furiosas y exclamaciones de incredulidad. El mismo Orsini había jurado que no podía ser, que era imposible, impensable; él mismo había tenido a Idriss a su servicio y lo había visto deteriorarse, envejecer, minado por algún mal profundo
—«están todos sifilíticos»— y finalmente volver al bosque como todos los animales solos y viejos que presienten la llegada de la muerte.
Supongamos, había dicho alguien, que ese mal del que usted habla fuera… una especie de remordimiento, o una tristeza producida por la contemplación de una tierra de la que están desapareciendo las inmensas manadas que él había conocido…
Ante semejante credulidad, ante semejante estupidez, ante una ignorancia tan típica y tan grave del alma negra, la voz de Orsini alcanzaba algunos de sus más bellos acentos. ¡Él reconocía perfectamente a los creadores de leyendas! Era lo único que le faltaba por oír: el fantasma de Idriss volviendo a la tierra para defender a las manadas contra unas armas cada vez más perfeccionadas. Emitía una risa breve, una especie de grito y al mismo tiempo de canto de odio, esperaba un momento, y después proseguía, con la calma implacable de alguien que jamás ha fallado el blanco. Lo que más le impresionaba de los mocosos recién llegados a África era su absoluta ignorancia del alma indígena. Las palabras «alma indígena» en los labios de Orsini provocaron en la asistencia cierto estupor y una curiosidad casi apasionada por lo que él pudiera decir al respecto.
Para todos los que, como él, el alma indígena era desde hacía casi cuarenta años un objeto de estudio casi cotidiano, convirtiéndola de alguna forma en un asunto personal, estaba perfectamente claro que a los ojos de los negros los elefantes sólo eran carne en vivo, comida, algo con lo que uno se llena el vientre si se puede y cuando se puede. La idea de que un rastreador profesional como Idriss pudiera sufrir de pronto por una especie de remordimiento poético, por una inquietud anímica, por una nostalgia ante el recuerdo de los animales que había acorralado, sólo podía provenir de unas mentes decadentes y de unas sensibilidades enfermizas que, dicho sea de paso, eran la fuente de todos nuestros males, tanto aquí como en otros lugares. Para Idriss, como para todos los demás negros que él había conocido, y había conocido a muchos, un elefante era ante todo cinco toneladas de carne, aparte del marfil, si había forma de hacerse con él.
Imaginar que Idriss pudiera, de alguna manera, volver a vagabundear por el lugar del crimen, indignado por la desaparición del África que él había conocido, decía mucho del carácter de los hombres que nos enviaban hoy a
África y de las razones de nuestra decadencia; y eso iba por algunos, sobre todo por un cierto comandante encargado de velar por la seguridad del territorio.
—Y sin embargo —decía alguien, no tanto por convicción como para acorralar a Orsini y que éste lanzara sus más bellos gritos, sus chillidos más pintorescos, sus cantos de odio y de rencor, que añadían a la noche africana una resonancia nueva—, no sería la primera vez que viéramos un cazador africano desmoralizado y arrepentido, y si Idriss había sido realmente un rastreador excepcional, ¿por qué no se le podían atribuir sentimientos excepcionales? No tendría nada de extraordinario que hubiera aparecido junto a Morel para defender lo que más quería en este mundo, lo cual, era preciso confesarlo, estaba en vías de desaparición debido a la amenaza combinada de los cazadores y del progreso. Por lo demás, los oulés lo habían visto junto a Morel, con su turbante blanco y su túnica azul. Los más ancianos lo habían reconocido, habían hablado con él, e incluso habían dicho que no había cambiado, que tenía el mismo rostro, sin edad, marcado por la sangre árabe. En una palabra, que sólo podía ser él, y en eso eran categóricos.
Pero Orsini se guardaba mucho de tener la reacción que se esperaba de él, tenía demasiado sentido del drama. De acuerdo, no insistiría. Idriss no había muerto, había vuelto para defender el bosque de sus antepasados, para conservar la compañía de las manadas que tan importantes eran para él, para oponerse a la descarada explotación de África. O mejor todavía, ya que se trataba de dar un carácter legendario a ese simple caso de subversión y de propaganda política, el espectro de Idriss había vuelto del más allá para seguir rastreando al lado de Morel, para ayudarle a propagar el fuego sagrado de la independencia africana y para blandir la antorcha de la libertad. Lo que, naturalmente, a los ojos de los supersticiosos indígenas otorgaría a Morel un prestigio irresistible, un carácter sobrenatural, para mayor provecho de los agitadores políticos a los que él servía. Toda esa leyenda del regreso de Idriss no tenía más que esa finalidad. En cuanto a él, Orsini d’Aquaviva, el viejo africano —una clase de hombre que, dicho fuera de paso, aparentemente ya no se necesitaba para nada— que conocía a los negros y los elefantes (con quinientas piezas cobradas en su haber, y eso
que sólo contaba a los más hermosos), se iba a dormir. Estaba seguro de que le disculparían. Él no aceptaba esos métodos. Se negaba a ser un ingenuo.
Así pues, se permitía desear a los amantes de las leyendas las buenas noches. Pero les prevenía caritativamente que tendrían un penoso despertar mucho antes de lo que pensaban, como había ocurrido en Kenia. Arrojaba un billete sobre la mesa —«allí había personas de las que no aceptaría nada»— y se iba. La noche africana perdía así algunos de sus más bellos gritos.
Pero el que seguía a Morel a través de los bambúes no era un fantasma azul, sino el hombre a quien el mayor de los hermanos Huette había calificado como «el mejor rastreador de todos los tiempos» y en sus labios eso quería decir mil elefantes abatidos en cuarenta años. Con su túnica azul, su turbante blanco enrollado alrededor de la frente, su rostro sin arrugas, exceptuando aquellos dos profundos surcos que le iban desde la nariz hasta las comisuras de los labios, aquel rostro al que casi habría que haber sido un geólogo para tratar de calcularle la edad, y sus ojos inmóviles, sin pestañas, Idriss seguía a todas partes al francés y lo ayudaba en sus movimientos a través de la sabana, lo que explicaba la facilidad con la que éste escapaba a las persecuciones. Su mirada acechaba la superficie de las hierbas y Habib se sentía incluido en ese acecho. Sin embargo, no tenía ninguna intención de matar a Morel para impedir que cayera vivo en manos de las autoridades.
No se preocupaba demasiado por Waitari y sus ambiciones. Él era un simple capitán de altura al que una azarosa navegación había arrojado a aquellas agitadas aguas. Había entrado en relación con Waitari en la época en que éste ocupaba un cargo oficial y le había suministrado armas para sus
«puntos de apoyo». La víspera de ser arrestado en Fort-Lamy, después de la explosión del camión que transportaba las granadas, se había unido a su maquis simplemente porque no había podido huir al Sudán a causa de una serie de contratiempos. La enfermedad del joven De Vries había sido uno de ellos; el libanés se sentía contrariado y un poco inquieto, tenía la impresión de que su protegido iba, por decirlo así, a escapársele entre los dedos, privándole de una de sus más grandes fuentes de goce terrenales.
Necesitaba un médico, cuidados, y no estaba seguro de que su amigo pudiera resistir hasta Jartum, ni siquiera llevado en parihuelas, lo cual
dificultaría aún más la travesía. Si había algo que Habib no comprendía era que alguien pudiera caer enfermo, carecer de salud física o moral o tener dificultades con la vida. Chasqueó su lengua con incredulidad, se aseguró la gorra en la cabeza y dio un taconazo a su poni para no quedarse rezagado.
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