Las raíces del cielo

Romain Gary · Capítulo 27 de 41

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Las raíces del cielo

Capítulo XXVI

La luz del mediodía era tan intensa que, a su contacto, todas las cosas perdían su color, conservando tan sólo sus contornos grises o negros: las hierbas, las mimosas, los termiteros, las colinas, los bambúes y, más lejos, al final de la pendiente, una manada de elefantes inmóviles, adormilados en el calor del día. Morel detuvo su caballo y ambos permanecieron un momento en la cima de la colina, en aquel universo de ceniza caliente. Procedentes del este, unos débiles soplos de aire transportaban las penetrantes emanaciones de los incendios en las malezas, siempre presentes en alguna parte de los alrededores. El fuego vivía en África su vida de rey y a la vez su vida furtiva de horda solar, saqueando la sabana y los pueblos en cada estación seca; y ante sus repentinas manifestaciones parecía ridículo que el hombre pudiera vanagloriarse de haberlo inventado alguna vez.

Una estela descendió de pronto por la ladera de la colina, corriendo entre los sissongos como un desgarrón: eran facóceros. Un marabú apareció por encima de ellos y voló lentamente en círculo como para informarse.

Todos los animales que empezaban a olfatear la presencia del hombre se daban a la fuga, presas de un espantoso contagio que, Morel lo sabía, se extendía decenas de kilómetros a la redonda. Por un momento sintió una violenta decepción, como siempre que asistía a aquella huida, pero sonrió burlonamente pensando en su viejo sueño de ser admitido, de ser aceptado por ellos, de ver por fin unos pájaros que no volaran al verlo acercarse, unas gacelas que continuaran ramoneando a su paso y unas manadas de elefantes que le dejaran aproximarse a ellos tranquilamente hasta llegar a tocarlos.

Habib, detrás de él, le dijo con esa voz que su risa hacía parecer todavía más profunda:

—¿Qué quiere?, usted es de los nuestros, los animales lo saben y se lo dicen a la cara, a tal señor tal honor, choque esos cinco.

Morel había acabado por sentir una auténtica simpatía hacia ese canalla.

En su franqueza y cinismo había una convicción que parecía haber extraído de alguna intimidad profesional con lo humano y, a veces, con la cabeza echada hacia atrás y los ojos cerrados, dejaba escapar hacia el cielo una carcajada que parecía proceder del fondo mismo de un conocimiento y de una comprensión que nada podía contradecir ni quebrantar. Así pues, Morel le dirigió una mirada casi amistosa y se lanzó hacia delante a través de las hierbas cada vez más espesas, tanto que los caballos tenían que levantar la cabeza para proteger sus ollares, piafando a veces inquietos debido al olor de alguna fiera o la proximidad de una madriguera. Rodearon el bosque de bambúes y llegaron hasta el lecho de una ciénaga seca. Las lluvias se habían retrasado y las charcas y los manantiales situados en las estribaciones de los oulés tan sólo ofrecían un barro apenas húmedo que se endurecía rápidamente. A su izquierda, a un centenar de metros, entre los arbustos y las mimosas, donde empezaba la sabana que se extendía ante ellos con sus más de trescientos kilómetros, vieron a los gigantes inmóviles; parecían ídolos de granito abandonados por los adeptos de un culto desaparecido. Sólo dos o tres machos provistos de unos gigantescos colmillos giraban lentamente en redondo sobre el fondo agrietado de la ciénaga, levantando a veces la trompa y olfateando el aire con la esperanza de descubrir en él un rastro de humedad que anunciara las lluvias. Morel sabía que la ciénaga era una etapa más del ascenso de las manadas hacia el lago Mamún, que formaba parte de su recorrido habitual en esa estación.

Después de Mamún iban a Sud-Birao, Yata, Nguessi y Wagaga, donde por lo general estaban seguros de encontrar agua incluso durante las peores épocas de sequía. Durante la sequía de 1947, toda esta región había sido declarada «reserva» por la administración y durante algunas semanas habían tenido lugar en ella las mayores concentraciones de manadas que el hombre jamás hubiera contemplado, lo que fue calificado por los periódicos del momento como «visión del paraíso terrenal», y sólo había que llegar tranquilamente hasta el límite de la zona prohibida para estar seguro de conseguir un buen trofeo. Se vio, pues, acudir hasta allí a los grandes aficionados a la caza del mundo entero, seguros de poder sacar jugo a su dinero; hubo más de cincuenta expediciones en cinco meses; una soberbia

reunión de impotentes, de alcohólicos y de ese tipo de mujeres cuya sexualidad se despierta en general por primera vez en las corridas de toros y alcanza su momento supremo cuando ponen el dedo en el gatillo y apuntan al cuerno de un rinoceronte o los colmillos de un hermoso macho; por supuesto con un cazador profesional detrás, pues, a pesar de todo, siempre hay que ser prudentes. Morel apretó los puños de forma instintiva y se sintió palidecer, como cada vez que se veía dominado por la cólera; sin embargo, esta vez no había nada que temer, no había ninguna posibilidad de que aquella situación se repitiera. El caso Ornando había tenido una gran resonancia, de modo que los aficionados a la virilidad irían a satisfacer sus deseos a otra parte. Pero dado el estado de la ciénaga y el nerviosismo de los jefes de las manadas, la sequía sería rigurosa y quizá incluso excepcional. Surgiendo del fondo de barro seco, los carrizos desnudos y quemados mostraban en los cincuenta centímetros todavía verdes de sus tallos el nivel habitual del agua desaparecida. La evaporación había debido de ser especialmente rápida. Morel había observado además que desde hacía dos días las manadas de elefantes ya no enviaban a sus exploradores por delante para que comprobaran los puntos de paso o el estado de los campos que tenían intención de saquear. Al contrario, parecían desplazarse en grupos compactos y desorientados. Trató de tranquilizarse pensando que el agua continuaba esperando a los animales en varios lugares de su recorrido, y que éstos podrían entregarse a sus fiestas acuáticas, duchándose y rociándose mutuamente, o bien permaneciendo tumbados durante horas en el agua, moviendo lánguidamente sus trompas con profundos suspiros de satisfacción. Se sacó del bolsillo papel y tabaco y empezó a liarse un cigarrillo sin dejar de observar la manada, con los ojos entrecerrados en una sonrisa de amistad. Lo que él defendía era un margen humano, un mundo, fuera el que fuera, en el que hubiera lugar incluso para una libertad tan torpe y tan pesada. Un mundo en el que hubiera más tierras cultivadas y electricidad, se construyeran carreteras y ciudades, y desaparecieran los antiguos paisajes ante una obra tan colosal y perentoria. Sin embargo, ese mundo debía seguir siendo lo bastante humano como para poder exigir a aquellos que se lanzaban de esa forma hacia delante que cargaran a pesar de todo con esos gigantes desmañados para los que ya no parecía haber cabida

en el mundo que se anunciaba… Fumaba su cigarrillo, inmóvil en su silla, observando la manada con una plácida alegría, como si nunca hubiera tenido más preocupación que ésa. Allí debía de haber unos sesenta animales y, más lejos, más allá del bosque de bambúes, en las laderas de una colina, se veían las primeras siluetas de otra manada. Peer Qvist calculaba que en el A. E. F. y en el Camerún al menos había sesenta mil elefantes adultos, y en todo el continente africano unos doscientos mil, pero eran muy pocos los que morían de viejos o no habían sido disparados por los cazadores tres, cuatro y hasta cinco veces. La protección de los campos y de las cosechas era una excusa absurda, pues bastaban unos cuantos petardos para que los elefantes no volvieran jamás; y en cuanto a los permisos, no había un solo teniente de caza que no admitiera que, por uno concedido, quince o veinte animales eran abatidos ilegalmente. En el bosque africano seguían teniendo lugar diariamente los ajustes de cuentas entre los hombres amargados por una existencia cada vez más esclavizada y sumisa y la última y más grande imagen de libertad viviente que existía aún sobre la Tierra. Era difícil exigir al campesino africano, que carecía de una ración suficiente de carne, que tuviera a los elefantes el respeto necesario; su miseria fisiológica hacía que esta campaña para la protección de la naturaleza fuera aún más urgente.

Pero fuesen cuales fuesen las dificultades y la multiplicidad de las tareas, era necesario realizar un trabajo suplementario y preocuparse también de los elefantes. Morel se negaba a transigir en ese punto. Saboteador de la eficacia absoluta y del rendimiento absoluto, iconoclasta del sudor y la sangre erigidos como sistema de vida, haría todo lo que estuviera en su mano para que el hombre siguiera siendo un obstáculo en ese sentido.

Defendía un margen en donde pudiera refugiarse todo aquello que, a pesar de no tener una productividad y una eficacia tangibles, seguía siendo una necesidad imperecedera para el alma humana. Era una lección que él había aprendido detrás de las alambradas de los campos de trabajos forzados, y ni él ni sus camaradas estaban dispuestos a olvidarla. Ésa era la razón de que hubiera decidido llevar a cabo con tanto alboroto su campaña para la protección de la naturaleza. Los resultados eran esperanzadores; en todas partes se hablaba de ella: en la radio, en la televisión, en la prensa; se había convertido en un fuera de la ley popular, en un «bandido honrado»; había

conmocionado a la opinión pública y, poco a poco, todos iban comprendiendo la importancia del reto. Seguía fumando tranquilamente, mirando a la manada que, completamente agotada, se había adormecido.

Ahora estaba seguro de que conseguiría lo que quería. Sólo debía tener paciencia, aunque le resultara difícil. El número de animales heridos que llevaban una existencia atroz, a veces durante años, con una bala en el cuerpo, con una herida que se hacía cada vez más profunda en una profusión gangrenosa de garrapatas y de moscas, era incalculable, pero bastaba hablar de esto con los hermanos Huette, con Remy, con Vasselard, para saber lo que pensaban al respecto. Tres días antes, él mismo había matado a un animal que había perdido el ojo izquierdo a causa de una bala y tenía una herida que dejaba al descubierto la caja ósea. Lo había encontrado en el lecho del Yala, dando vueltas sin moverse del sitio, tratando en vano de calmar su sufrimiento aplicándose lodo húmedo en la frente. Sabía que los grandes cazadores únicamente acorralaban a los animales para darles el tiro de gracia, y no lo hacían sólo porque se volvieran peligrosos. Estaba seguro de que esos hombres sentían por él una simpatía secreta y que en caso de necesidad acudirían a socorrerle, a ayudarle a esconderse. El interés de los aficionados por las «curiosidades» y los «recuerdos» africanos era para él un misterio repugnante. Unos días antes había atacado y quemado la curtiduría de uno de los «expertos» en pieles de la región; se llamaba Herr Wagemann y su curtiduría estaba situada a algunos kilómetros al norte de Gola. A diferencia de los demás comerciantes de pieles de leones, de leopardos y de cebras, a los que Morel acosaba con la misma tenacidad, a Herr Wagemann se le había ocurrido una idea que los fabricantes de pantallas de piel humana le hubieran envidiado. Había sabido dar verdaderamente con el artículo soñado. Se trataba de algo muy simple: se les cortaban las patas a los elefantes unos veinte centímetros por debajo de la rodilla y, con esa parte, a partir de la pezuña, convenientemente trabajada, vaciada y curtida, se fabricaban papeleras, jarrones, paragüeros e incluso cubos de champán. Se había convertido en un artículo muy solicitado, excepto en el mismo territorio, donde estaban tan cansados de esta clase de ornamentos que sólo los veían como productos exportables. Herr Wagemann exportaba varios cientos de ellos al mes, incluidas las patas de

rinocerontes y de hipopótamos, y las manos de orangutanes utilizadas como pisapapeles. Cuando Morel había atacado su almacén, había encontrado dentro del hangar ochenta patas de elefantes vaciadas y preparadas de esa forma y un número igual de patas de rinocerontes y de hipopótamos.

Colocadas de pie en el hangar, evocaban una imagen de pesadilla, la imagen de los animales desaparecidos como una manada de fantasmas monstruosos. Había prendido fuego al almacén, había dado veinte latigazos al comerciante y le había roto algunos dientes a base de puñetazos; probablemente le hubiera matado si Habib no le hubiera sujetado. El asunto había tenido mucha repercusión y parecía haberle granjeado bastantes simpatías. Sólo tenía que esperar un poco más: bajo la presión de la opinión pública, la nueva conferencia para la protección de la fauna africana no dejaría de tomar las medidas indispensables para la defensa de la naturaleza. Pensó un instante en la frase que Herbier, el administrador del Oulé del norte, le había dicho al principio, cuando había ido a pedirle que firmara su petición. Herbier era un hombre tranquilo, habituado a las duras realidades cotidianas de África debido a sus largos años de trabajo administrativo y poco dado a las generalidades. Se había puesto las gafas, había leído la petición y después de doblarla cuidadosamente la había dejado encima de la mesa y le había dicho:

—Amigo mío, usted sufre de una idea demasiado noble del hombre.

Acabará por convertirse en peligroso.

Morel se irguió sobre los estribos para aliviar sus pantorrillas doloridas, se apoyó con una mano en la silla y continuó velando de lejos a la manada adormilada mientras acababa de fumar su cigarrillo. Las tribus de la región le habían apodado Ubaba-Giva, que significaba «el antepasado de los elefantes», y aunque ese nombre le hacía sonreír, le llenaba de satisfacción ser conocido por un nombre tan bello. Debía continuar defendiendo a los elefantes de África y hacer que los habitantes de las ciudades y de las tierras contaminadas, los franceses sobre todo, comprendieran todo el alcance de su campaña. Confiaba en ellos, era algo que les concernía directamente: formaba parte de sus tradiciones. Permaneció así todavía un momento, aplastó su cigarrillo contra la silla y de pronto —ante la sorpresa de Habib, que movió la cabeza y chascó la lengua, seducido por la insensata

certidumbre que brillaba en los ojos de ese francés tan loco y tan seguro de sí mismo—, empezó a canturrear y, volviendo a tomar las riendas, dirigió su caballo hacia el este a través de las cañas, sobre la tierra seca que saltaba bajo los cascos. Cuando estuvo en la cima de la colina, se volvió una vez más para sonreír a los elefantes con tal expresión de felicidad que el libanés se rascó la oreja, profirió un juramento ante esa magnífica locura que tenía todas las características, por otra parte engañosas, de la invencibilidad, y dio un talonazo enérgico a su montura para acompañar, según la expresión que había utilizado ante De Vries, «a aquel que todavía creía» al lugar de su cita.

Llegaron al poblado dos horas más tarde y avanzaron entre las cabañas.

Algunos niños corrieron a su encuentro, pero los habitantes evitaban mirarles con una aplicación que indicaba un intenso miedo y una voluntad inquebrantable de no mezclarse con lo que ellos consideraban como un asunto de los blancos. A Morel le dolió ese malentendido y le puso de mal humor, porque habría querido tener a los africanos de su parte.

Generalmente, al aproximarse con su grupo, los poblados se quedaban vacíos y dentro sólo encontraba a ancianas y a madres amedrentadas que retenían a sus niños. Era incapaz de comprender las razones de esa hostilidad o de ese temor. Sin embargo, pagaba siempre los víveres que pedía y, después de los excesos del principio, había impuesto a sus hombres, sobre todo a Korotoro y a sus amigos, una severa disciplina.

¿Acaso no estaba defendiendo la integridad y el futuro del alma negra de África? Pero sabía que, en cuanto se daba la vuelta, los africanos seguían matando a los elefantes. Aun así, no se lo tenía demasiado en cuenta. No era culpa suya. Era la tragedia de la necesidad de proteínas y de la alimentación a base de carne; por eso lo más urgente que había que hacer —no había dejado nunca de proclamarlo en sus peticiones— era mejorar el nivel de vida de las poblaciones africanas. Eso formaba parte de su combate, de su lucha por la protección de los elefantes. Era lo primero que había que hacer si se quería salvar a los gigantes amenazados. Sin embargo, no pudo dejar de pensar una vez más en la respuesta de un viejo maestro negro de Fort-Archambault que había rechazado su petición con un gesto de desprecio:

—Sus elefantes son sólo otra idea más de europeo saciado, de burgués saturado. Para nosotros, los elefantes son carne en vivo. Cuando nos den bastantes bueyes y vacas, volveremos a hablar del asunto…

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