Las raíces del cielo
Capítulo XXVIII
En esta mitad del siglo XX, aquello era una tarea más urgente y difícil que nunca y, en aquellos que a veces se dejaban llevar por la desesperanza y la falta de confianza, y esperaban desde hacía mucho tiempo una señal de aliento, la protesta de Morel despertaba un entusiasmo asombroso. Según un cliente de la terraza del Chadien, cuando la gente dice que «todos los alemanes no son iguales, todos los rusos no son iguales, todos los árabes no son iguales, todos los chinos no son iguales, todos los hombres no son iguales, queda dicho todo sobre el hombre, y por mucho que alguien aúlle después a la luz de la luna: “¿Y Johann Sebastian Bach?
¿Y Einstein? ¿Y Schweitzer?” no servirá de nada, pues la luz de la luna ya lo sabe». De pronto pareció que todos los humanistas decepcionados pero que aún seguían confiando de alguna forma en la humanidad y podían pagarse un billete de avión, intentaban ir al A. E. F. para aliarse con aquel que se había convertido en el símbolo viviente de una esperanza que se negaba a capitular. Hubo que exigir un visado especial para ir al A. E. F. y en Duala, Brazzaville, Bangui y Lamy tuvieron que multiplicar los controles con el fin de descubrir entre los turistas a los «voluntarios»; que venían a «enrolarse» con Morel. Entre ellos, naturalmente, había los típicos desequilibrados impacientes por embarcarse para ir a la luna, pero hubo también al menos una «adhesión» significativa y sensacional, que posiblemente tuvo tanta repercusión en el mundo como el mismo caso Morel. El 15 de marzo, los periódicos norteamericanos anunciaron en grandes titulares que el profesor Ostrach, uno de los físicos más eminentes de Estados Unidos y uno de los padres de la bomba de hidrógeno, había desaparecido sin dejar rastro. Después del caso Pontecorvo, la investigación a la que se vio sometido Oppenheimer y la huida de Burgess y Mac Lean, esta noticia produjo una auténtica conmoción, pues Ostrach no sólo conocía todos los detalles sobre la bomba H, sino que tampoco ignoraba ninguna de
las promesas de la nueva bomba de cobalto, en la que los más importantes científicos del siglo, tanto de la URSS como de Estados Unidos, trabajaban día y noche con una abnegación sin límites. Se trataba de un arma especialmente decisiva, ya que destruiría no sólo la fauna, sino también la flora, e incluso era posible, después de la debida puesta a punto, que consiguiera la desintegración total de todas las masas líquidas de la superficie del globo, desde los océanos hasta los mismos manantiales.
Asimismo esperaban fabricar una nueva bomba que mataría sin producir daños materiales. Recordaron que, cuando la Guerra Civil española, Ostrach había donado dinero para los niños de los combatientes de las Brigadas Internacionales y que había intentado varias veces utilizar su influencia sobre sus colegas para limitar la potencia de la bomba de cobalto y conservar en la Tierra alguna forma elemental de vida, especialmente el plancton, la flora marina y el medio marino en general donde la aventura de la vida había empezado y donde quizá, quién sabe, podría volver a empezar algún día en mejores condiciones. Por; otra parte, una comisión encargada de investigar sobre su lealtad le había liberado de toda sospecha; en cuanto a sus esfuerzos para reducir la potencia destructiva de la bomba, los investigadores y una prensa indulgente los calificaron de «excentricidad ingenua frecuente en los grandes sabios». Así pues, éste era el hombre de cuya desaparición se enteró el mundo entero una buena mañana. Al final descubrieron que había tomado un avión para Europa con un nombre falso.
Durante quince días no se supo nada de él, y se dio por sentado que se había unido al equipo de científicos soviéticos cuyos trabajos sobre el «rayo de la muerte» progresaban favorablemente. Pero a principios de mayo, el jefe de un poblado baga, en el noroeste de Lai, señaló al administrador de la comarca la presencia, en la posada de carretera del kilómetro cuarenta, de un extranjero que parecía esperar a alguien: en ese momento, Morel acababa de ser visto en la región. El extranjero, que, a pesar de sus vehementes protestas, fue inmediatamente detenido y trasladado a Fort-Lamy, no puso ningún reparo en reconocer que era el profesor Ostrach.
En Estados Unidos la noticia produjo tal conmoción, que en sólo veinticuatro horas el número de periodistas ya presentes en Fort-Lamy se multiplicó por tres. Ostrach, que era un hombre joven, con un cuello largo y
abombado con una gruesa nuez, los cabellos entrecanos cortados al cepillo y unos ojos irónicos, fingía estar muy extrañado de la gran polvareda que había levantado. Después de un cortés interrogatorio, durante el cual sólo se le pudo sacar que no había intentado filtrar a los elefantes secretos militares, recibió a los periodistas en la terraza del Chadien. No, él no había intentado reunirse con Morel. Lo único que había querido hacer era tomar algunas fotos de animales en libertad, porque amaba profundamente la naturaleza y el safari fotográfico era uno de sus deportes favoritos. ¿Había intentado fotografiar también a los elefantes? Sí, claro, no veía qué mal podía haber en ello. ¿Sabía que el partido comunista africano había adoptado la palabra komun, «elefante», como la palabra clave de unión para toda África y como símbolo de la lucha contra Occidente? No, no lo sabía. De lo contrario, no habría intentado fotografiar a los elefantes. A partir de ahora ya no tendría nada que ver con ellos. Quería afirmarlo de una forma sincera y categórica.
Se enjugó el sudor de la frente.
—Cristo —dijo—, expliquen muy bien sobre todo que tengo muy poco sentido político y que he querido fotografiar a esos elefantes sin ninguna mala intención y tal vez sin calcular las consecuencias que eso podía tener.
Nunca he sido un hombre demasiado famoso y no tengo la costumbre de fijarme en todos los gestos que hago. Cristo, ahora que lo pienso, he llevado dos o tres veces a mis hijos al zoo del Bronx expresamente a ver a los elefantes y olvidé mencionarlo ante la comisión del senado cuando investigaron mi lealtad. Pero como ya les he dicho, no tengo el sentido político demasiado desarrollado, y no me había dado cuenta de que, dados mis trabajos nucleares, era algo que no podía hacer. Me arrepiento profundamente de mi acto. Pero, por otra parte, no he sido yo quien ha metido en el zoo a esos elefantes, y pienso que el gobierno no debería dejarles ahí si es cierto que tienen algo de subversivo. Aunque también es verdad que no se puede pensar en todo.
—Profesor Ostrach —preguntó un periodista—, ¿es usted católico?
—No, soy judío.
—Entonces ¿por qué invoca todo el tiempo el nombre de nuestro Señor?
Ostrach pareció horrorizado.
—¿Es que también él está metido en eso? Quiero decir, ¿se ha vuelto subversivo pronunciar su nombre con el asunto de los elefantes? Mire, es una forma de hablar y uno puede emplear perfectamente el nombre de alguien sin pensar como él.
El hombrecillo fingía estar muy asustado, pero se notaba que estaba animado por un humor frenético, desesperado, que realmente sí estaba muy cerca de ser una forma de subversión. Entonces ¿no había tratado de pasarse del lado de los elefantes movido como Morel por alguna repugnancia neurótica hacia la humanidad? No, la humanidad no le repugnaba hasta ese punto. Sus labios se hicieron aún más finos. No, la humanidad no le repugnaba hasta ese punto. ¿Cómo hubiera podido pasarse, si no, los mejores años de su vida trabajando con tanto tesón para dotarla primero de una bomba de hidrógeno y después de una bomba de cobalto? Uno de los periodistas soltó una risita y Schölscher vio aparecer en los ojos del científico norteamericano una chispa de esa antigua e imperecedera alegría que supone una garantía de supervivencia. ¿Pensaba que los elefantes eran la única especie que corría el riesgo de desaparecer?
—Perdóneme —dijo Ostrach—, pero no puedo hablar de los secretos relacionados con la defensa nacional de mi país.
¿Era cierto que el hecho de acumular experimentos atómicos y radiaciones podía desembocar en graves sufrimientos para toda la humanidad y que sus efectos podrían ser trágicos para las generaciones futuras? Le repetía que no le estaba permitido hablar de cuestiones relativas a la defensa militar de su país. Había que dejar que los científicos prosiguieran tranquilamente su obra en la quietud y la serenidad de sus laboratorios.
—Sí, pero ¿qué obra? —gritó alguien desde el otro extremo de la terraza, con una voz casi desesperada—. ¿Qué tipo de obra?
—Todas las esperanzas nos están permitidas —dijo Ostrach con una sonrisa radiante—. No hay que poner obstáculos en el camino de la investigación científica pura y desinteresada, donde lo que cuenta no son los resultados prácticos, sean cuales sean, sino la manifestación del genio humano.
En otras palabras, si un sabio hacía saltar la tierra entera en un accidente de laboratorio, ¿sería una manifestación desinteresada del genio humano?
Se negaba a contestar a una pregunta tan pesimista. La investigación científica debía permanecer completamente libre de cualquier preocupación por las posibles consecuencias prácticas… Se quedó unos días más en Fort-Lamy, dando numerosos paseos por la región, probablemente con el único fin de fastidiar a las autoridades, seguido cada vez por una auténtica caravana de periodistas que no dudaban de sus intenciones, el gobernador tampoco, por otra parte, y cuidaba de que el científico fuera seguido por una escolta que no le dejaba a solas ni un solo momento. Así, durante ocho días, cada mañana, una caravana motorizada salía de Fort-Lamy detrás del hombrecillo burlón e irónico, que, al volante de una camioneta, se metía por las pistas más difíciles de la región y de vez en cuando volvía la cabeza para hacer signos amistosos a los periodistas y a los policías que lo seguían maldiciéndole. Nunca llegó a saberse si en alguna parte de su recorrido le esperaba algún emisario de Morel. Pero es probable que Ostrach no tratara tanto de despistar a los periodistas y unirse al hombre que luchaba por la defensa de la naturaleza, como de dar a ese asunto toda la resonancia y el sentido que convenía. Lo consiguió de una forma admirable, y volvió a tomar el avión después de despedirse amistosamente de los representantes de la prensa, que, agotados, no podían creer en tanta felicidad. Mientras, por la ventanilla del avión, un pequeño rostro triste y a la vez sonriente los miraba con ironía.
Sí, Schölscher sabía que Morel no estaba solo y que, en todas partes, muchos hombres excéntricos o simplemente simpatizantes trataban de unirse a él sólo para echarle una mano. En Fort-Lamy, en Bangui, las oficinas de correos se hallaban desbordadas por las cartas y los telegramas dirigidos a él, y el gobernador recibía de todos los rincones del globo y en todos los idiomas un correo en el que la categoría de los insultos sólo era comparable a los que él mismo mascullaba a lo largo del día para sus adentros. A todos aquellos que seguían de cerca la actualidad y estaban hartos de verse ridiculizados por las aberraciones políticas, militares, científicas y de todo tipo que se cometían en su nombre, la protesta de Morel parecía tocarles una fibra especialmente sensible y responder a
alguna cólera o alguna expectativa que, cuando leían el relato de sus hazañas, se transformaba en una especie de profundo alivio. Así pues, para una gran parte del público, Morel se había convertido en una especie de héroe, pero probablemente habría sido difícil hallar a alguien que le admirara tanto como esa joven que había compartido durante semanas su aventura y por consiguiente no se había visto afectada por el espejismo de la lejanía, casi siempre indispensable para el nacimiento de una leyenda. A lo largo de todo el juicio, cuando el nombre de Morel era pronunciado en la sala, ella levantaba la cabeza, se animaba y escuchaba con una enorme atención, olvidándose del público, de los jueces y de los policías sentados a su lado. Cuando un plantador llamado Duparc contó cómo Morel y un grupo de negros lo habían sacado de la cama, le habían molido a golpes y lo habían atado a un árbol mientras quemaban su propiedad, ella, con los ojos brillantes de ira, se había erguido bruscamente en el banco que estaba sentada y con su fortísimo acento alemán y esa voz que resultaba casi vulgar cuando la alzaba demasiado, había gritado:
—¿Y por qué no dice toda la verdad, señor Duparc, si la conoce tan bien como yo? No se avergüence de decirla, pues yo la conozco perfectamente, como también la conocen el señor Peer Qvist, el señor Forsythe y otras personas que se encuentran en esta sala.
Duparc, que pareció profundamente alterado, se volvió hacia ella:
—Yo no he pedido que me citaran como testigo —dijo lentamente—, pero contaré la verdad hasta el final. En todo caso, no necesito que ninguna alemana me la recuerde.
Minna había oído hablar del «caso Duparc» nada más llegar. Habib había hecho varias alusiones a él en su presencia, acompañando sus palabras con tal ataque de risa, que ella había acabado por preguntar a Morel con cierta aprensión:
—¿Por qué se ríen tanto cuando hablan del «caso Duparc»?
Él estaba sentado a su lado, con el torso desnudo y brillante a la luz de la lámpara de aceite y, sobre sus hombros, ella veía las cicatrices de los latigazos que había recibido en el campo de trabajos forzados de Alemania; se las rozó con las yemas de los dedos y luego miró largamente la mano posada sobre ellas: la segunda mano alemana que las tocaba.
—Supongo que tienen razón en reírse de nosotros —dijo él—. En el campo de trabajos forzados tenía un compañero que durante Resistencia se hacía llamar Robert: era el tipo más valiente que he conocido en toda mi vida. Era un robusto pelirrojo de fuertes puños y de mirada fiable, se podía apostar por él. Era el núcleo irreductible de nuestro barracón y todos los
«políticos» se agrupaban instintivamente a su alrededor. Siempre estaba alegre, con esa alegría de quien ha llegado hasta el fondo de las cosas y emerge seguro de sí mismo. Cuando decaían los ánimos y sólo veías a tu alrededor caras tristes y desesperanzadas, acudías a él y siempre se le ocurría algo para levantarte el ánimo. Un día, por ejemplo, entró en el barracón imitando el gesto de un hombre que da el brazo a una mujer.
Nosotros estábamos hundidos en nuestros rincones, sucios, descorazonados, desesperados. Los que no se encontraban demasiado agotados, gemían, se quejaban y blasfemaban en voz alta. Robert, sin dejar de ofrecer el brazo a la mujer imaginaria, atravesó el barracón bajo nuestras miradas estupefactas y después hizo el ademán de invitarle a sentarse en su cama. A pesar de la apatía general, hubo algunas muestras de interés. Los muchachos se incorporaban apoyándose en el codo y miraban asombrados a Robert hacer la corte a su mujer invisible. Tan pronto le acariciaba la barbilla como le besaba la mano o le murmuraba algo al oído, inclinándose de vez en cuando ante ella con una amabilidad de oso; en un determinado momento, al ver que Janin se había quitado el pantalón y se estaba rascando los pelos, se acercó a él y le echó con todas sus fuerzas una manta sobre el culo.
»—¿Qué haces? —protestó Janin—. ¿Qué te pasa? ¿Es que no tengo derecho a rascarme?
»—Un poco de decoro, amigo —gritó Robert—. Hay una señora entre nosotros.
»—¿Qué? ¿Cómo?
»—¿Estás loco?
»—¿Qué señora?
»—Claro —dijo Robert entre dientes—. No me extraña… Algunos de vosotros fingís no verla, ¿verdad? Y eso os permite seguir siendo unos sucios…
»Nadie dijo nada. Tal vez se hubiera vuelto loco, pero seguía teniendo unos poderosos puños ante los que los mismos presos comunes callaban respetuosos. Robert volvió junto a su señora imaginaria y le besó delicadamente la mano. Después, volviéndose hacia todos nosotros, que le mirábamos con la boca abierta, nos dijo:
»—Bueno, ya estáis avisados: a partir de hoy, todo cambiará. Para empezar, dejaréis de lloriquear y trataréis de comportaros ante ella como si fuerais hombres. Digo bien “como si”, porque es lo único que cuenta. Vais a hacer un esfuerzo de limpieza y de dignidad, porque, de lo contrario, os zurraré. Ella no soportaría pasar un solo día en este ambiente apestoso, y además, como franceses que somos, nos comportaremos de una forma galante y educada. Y el primero que le falte al respeto, que se tire un pedo, por ejemplo, delante de ella, tendrá que vérselas conmigo…
»Le mirábamos boquiabiertos y en silencio. Después algunos empezaron a comprender. Hubo algunas risas roncas, pero todos sentíamos confusamente que en el punto en el que estábamos, si no había alguna convención de dignidad para sostenernos, si no nos agarrábamos a una ficción, a un mito, lo único que nos quedaba era abandonar, someternos a cualquier cosa e incluso colaborar. A partir de aquel momento, ocurrió algo realmente extraordinario: la moral del barracón K subió varios grados.
Hicimos unos esfuerzos de limpieza inauditos. Un día, Chatel, que sin duda ya no podía más, y que probablemente estaba a punto de ceder él mismo, se lanzó sobre un preso común con el pretexto de que “había faltado al respeto a la señorita”. La explicación que después le dio al asombrado Kapo hizo nuestras delicias durante varios días. Cada mañana, uno de nosotros sostenía una manta desplegada en un rincón “mientras la señorita se vestía”
para protegerla de las miradas indiscretas. Rotstein, el pianista, y por lo tanto el más extenuado de todos nosotros, se pasaba los veinte minutos del descanso del mediodía recogiendo flores para ella. Los intelectuales del grupo decían agudezas y pronunciaban discursos para lucirse ante la mujer invisible y cada uno recurría a lo que le quedaba de virilidad para mostrarse siempre victorioso. Naturalmente, el comandante del campo no tardó en ser puesto al corriente. Ese mismo día, durante el descanso, vino a ver a Robert
con una de esas sonrisas imberbes y coléricas de las que sólo él poseía el secreto…
»—Robert, me dicen que ha metido usted a una mujer en el barracón K.
»—Nada le impide registrarlo, ¿no?
»El comandante suspiró y meneó la cabeza.
»—Yo comprendo estas cosas, Robert —dijo con suavidad—. Las comprendo muy bien. He nacido para comprenderlas. Es mi oficio. Ésa es la razón de que haya llegado tan lejos en el Partido. Las comprendo y no me gustan. Incluso diría que las detesto. Y por eso me he hecho nacionalsocialista. No creo en la omnipotencia del espíritu. No creo en las convenciones nobles, en el mito de la dignidad. No creo en la irreductibilidad del espíritu humano. No creo en la primacía de lo espiritual.
Esa especie de idealismo judío me resulta especialmente insoportable.
Robert, le doy hasta mañana para que haga salir a esa mujer del barracón K.
Mejor que eso…
»Sus ojos sonrieron detrás de su monóculo.
»—Conozco a los idealistas, Robert, y a los humanistas. Desde que llegamos al poder, me he especializado en los idealistas y los humanistas.
Los “valores espirituales” son cosa mía. No olvide que, en lo esencial, la nuestra es una revolución materialista. Así pues… mañana por la mañana me presentaré en el barracón K con dos soldados. Usted me entregará a la mujer invisible que tanto hace por su moral y explicaré a sus compañeros que será conducida al burdel militar más próximo para satisfacer las necesidades materiales de nuestros soldados…
»Esa noche, la consternación reinaba en el barracón K. Una buena parte de nosotros, los realistas, los razonables, los hábiles, los prudentes, los que sabían contentarse, los que tenían los pies en el suelo, estaban dispuestos a ceder y a entregar a la mujer. Pero era porque sabían que a ellos no les iban a preguntar nada, que la pregunta se la harían a Robert y que él no cedería.
No había más que ver lo radiante que estaba. Ni siquiera merecía la pena intentarlo: no cedería. Porque si nosotros no teníamos la suficiente fuerza o la suficiente fe para creer en nuestras propias convenciones, en nuestro mito, en todo lo que nos habíamos contado sobre nosotros mismos en nuestros libros y en nuestros liceos, él se negaba a renunciar y nos
observaba con sus ojitos burlones, prisionero de un poder mucho más formidable que el de la Alemania nazi. Y se desternillaba de risa ante la idea de que aquello sólo dependía de él, que los SS no podrían arrebatarle por la fuerza esa creación inmaterial de su espíritu, que dependía de él consentir en entregarla o reconocer que no existía. Nosotros le mirábamos con una súplica muda. En cierto sentido, si él cedía, si daba ejemplo de sumisión, todo se volvería más fácil, bastante más fácil, porque si podíamos por fin liberarnos de nuestra convención de dignidad, entonces todo nos estaría permitido. Incluso no habría ninguna razón para no afiliarse al Partido… Pero sólo había que ver su expresión de euforia para saber que la cosa no funcionaría… Creo que esa noche los prisioneros por delitos comunes del barracón K debieron de pensar que nos habíamos vuelto completamente locos. Los que comprendían la situación se reían cínicamente y nos dirigían miradas divertidas, indulgentes, de sabios, de hombres llenos de experiencia, de realistas que saben arreglárselas y vivir en perfecto acuerdo con su condición, con la vida, miradas como las de Habib…
»—¿Qué hacemos?
»—Escuchad, tengo una idea. ¿Y si la dejáramos salir mañana y la hiciéramos volver por la noche?
»—Ya no volvería —dijo suavemente Rotstein—. Y aunque lo hiciera, no sería la misma…
»Robert no decía nada. Escuchaba con los ojos vigilantes.
»—Lo que más me fastidia es que quieran meterla en un burdel…
»Émile, el pequeño ferroviario comunista de Belleville, que había seguido toda la conversación con una expresión de profunda desaprobación, acabó explotando.
»—¡Estás completamente loco, Robert, completamente tocado! ¡No pensarás agarrarte a una ficción, a una estupidez, a un mito! ¡No pensarás dejar que te sometan a un régimen de aislamiento y que te juzguen a causa de esa idiotez! ¡Para nosotros lo importante es sobrevivir, salir vivos de aquí, para contárselo todo a los demás, para que esta canallada sea imposible en un futuro, para volver a construir un mundo nuevo en el que no haya que agarrarse a mitos ni a fantasmagorías idiotas!
»Pero Robert se desternillaba de risa suavemente y Émile se metió en su rincón y nos dio la espalda para demostrarnos que ya no era de los nuestros.
A la mañana siguiente, Robert nos puso firmes a todos. El comandante llegó con sus dos SS y nos examinó a través de su monóculo. Su sonrisa era más colérica y más retorcida que de costumbre; su mismo monóculo parecía estar realmente divertido.
»—Bueno, señor Robert. ¿Y esa virtuosa señorita?
»—Se quedará aquí —dijo Robert.
»El comandante palideció ligeramente. Su monóculo empezó a temblar.
Sabía que se había metido en un buen lío. Sus dos SS eran testigos de su impotencia. Estaba a merced de Robert. Dependía de su buena voluntad. No tenía fuerza, no tenía soldados, no tenía armas capaces de expulsar del barracón a esa ficción; no podía hacer nada contra ella sin nuestro consentimiento. El oficial acababa de chocar contra la fidelidad de aquel hombre a su convención: poco importaba que ésta fuera verdadera o falsa, el caso es que nos iluminaba de dignidad. Esperó apenas un segundo, muy hábilmente, para no acentuar y prolongar su derrota.
»—Bueno —dijo—. Ya veo. En ese caso, sígame…
»Antes de salir, Robert nos guiñó un ojo.
»—¡Os la confío, muchachos! —gritó.
»Pensamos que nunca más volveríamos a verle. Nos lo devolvieron un mes más tarde con la nariz aplastada y sin algunas uñas, pero en sus ojos no había el menor signo de derrota. Entró en el barracón con unos veinte kilos de menos, perdidos en los misterios del régimen de aislamiento, y el rostro terroso, pero en lo esencial seguía siendo el mismo.
»—¡Hola, muchachos! Un mes de celda de castigo para serviros. Un metro diez por un metro cincuenta; no había forma de tumbarse. Pero precisamente por eso se me ocurrió algo formidable. Os lo contaré ahora mismo, porque veo que algunos de vosotros tenéis muy mala cara, y no necesito preguntaros por qué. Había momentos en que yo también me sentía así, entonces me entraban ganas de embestir con la cabeza contra las paredes, para tratar de salir al aire libre. ¡Y vosotros os quejáis de claustrofobia!… Pues bien, al final se me ocurrió una idea. Cuando no podáis más, haced lo que yo: pensad en manadas de elefantes en libertad
corriendo a través de África, cientos y cientos de animales magníficos a los que nada se les resiste, ni un muro ni una alambrada, y que se lanzan a través de los grandes espacios abiertos rompiendo todo a su paso, poniéndolo todo patas arriba; porque, mientras estén vivos, nada puede detenerlos. E incluso, quién sabe, puede que, después de muertos continúen corriendo en otra parte igual de libres. Así pues, cuando empecéis a sentir claustrofobia y no podáis más de las alambradas, del hormigón armado, del materialismo integral, imaginaros a manadas de elefantes en plena libertad, seguidles con la mirada, agarraros a ellos en su carrera y ya veréis como enseguida todo os va mejor…
»En efecto, nos iba mejor. Encontrábamos una exaltación extraña y secreta en vivir con esta imagen de la libertad viva y todopoderosa ante los ojos. Y al final, cada vez que veíamos a los SS, sonreíamos ante la idea de que de un momento a otro la manada les pasaría por encima y que no quedaría nada de ellos… Casi sentíamos temblar la tierra ante la proximidad de esa fuerza surgida del mismo corazón de la naturaleza y a la que nada podía detener…
Morel hizo una pausa y pareció escuchar, como si volviera a acechar otra vez en la noche africana aquel temblor lejano…
—Después de la Liberación perdí de vista a Robert. Y luego…
Su rostro cambió repentinamente de expresión, su misma voz se hizo más grave, llena de cólera contenida, y de pronto empezó a parecerse a la imagen que la gente tenía de él: el «arrogante», el hombre convertido en amok, que desde hacía seis meses estaba en el maquis por misantropía, protegiendo a los elefantes, dando la espalda a los hombres.
—Existe una ley que permite matar tantos elefantes como uno quiera en el caso de que pisoteen tu campo… de que amenacen las cosechas y los cultivos. No hay que presentar pruebas: basta con la palabra dada. Es una excusa maravillosa para los tiradores de aquí. Basta con demostrar que un elefante ha cruzado tu plantación, que ha pisoteado un campo de calabazas, y ya eres libre de diezmar una manada, de entregarte a las represalias con toda tranquilidad, con la bendición del gobierno. No hay un solo administrador que ignore los abusos a los que esta «tolerancia» da lugar desde hace años. No hay un solo inspector de caza que no haya reclamado
un control más estricto sobre este tipo de expediciones de castigo… Yo me he ocupado un poco del asunto. Quería demostrar que los elefantes estaban defendidos y llamar la atención sobre los abusos de este tipo, impresionar a la opinión pública en vísperas de la conferencia del Congo para la protección de la fauna africana. Hace algún tiempo, me enteré de que un tal Duparc, propietario de la única plantación de algodón que hay en doscientos kilómetros a la redonda, había matado a más de veinte elefantes en el curso de esas batidas «de castigo». Lo hacía regularmente so pretexto de que su plantación se encontraba en el camino de las manadas que suben hacia el norte en la estación seca. Duparc se quejaba de que, en su marcha hacia el norte, las manadas de elefantes parecían haber escogido su plantación como punto de encuentro, como si estuvieran seguras de que allí se encontraban a salvo. Él había abatido unos veinte elefantes en dos años.
En pocas palabras, una noche ordené detener a Duparc en su cama, dormía con las puertas y las ventanas abiertas, y cuando llegué Habib y Waitari ya habían prendido fuego a su casa. El tipo estaba atado a una acacia y veía cómo ardían todos sus bienes con un asombro sin límites. Me acerqué a él para darle la explicación acostumbrada en nombre del comité mundial para la defensa de los elefantes… Nos quedamos mirándonos… Reconocí a Robert…
Morel se quedó callado durante un largo momento. Minna no sabía si lo hacía para reflexionar o, por el contrario, para tratar de no pensar en nada.
Ahora comprendía la alegría de Habib y la risa que hinchaba su pecho cuando hacía alguna alusión a aquella historia. Y Schölscher se acordó también del libanés, de pie entre dos gendarmes en el banquillo de los acusados, aportando con un deleite evidente su testimonio sobre el incidente e invitando a veces con un gesto o con una entonación al público y a los jueces a degustar la sal de la tierra:
—Nunca he visto a dos hombres mirarse con tanto asombro. Los dos habían estado en la Resistencia y habían hecho amistad en un campo de concentración de Alemania. Sus rostros se hallaban maravillosamente iluminados por las llamas que saltaban de una ventana a otra. ¡Tenían que haber visto sus caras! Morel fue el primero en recuperar la palabra. «¡Tú!
—balbuceó—. ¡Si hay un hombre que debería estar con nosotros para
defender a los elefantes, ese eres tú! ¡Y tú eres el primero en matarlos porque pisotean tus campos!». Duparc le miraba alelado. «Ellos pisotean mi plantación —repetía—, y me han causado un millón de pérdidas el año pasado, saquean los huertos de mis campesinos regularmente… ¡Tengo derecho a defenderme! Y no pretendas hacerme creer que tu objetivo es defender a los elefantes… ¡Basta con ver con quién te juntas!». Aquello iba por mí —dijo Habib riéndose—. Después empezó a tirar tan fuerte de sus cuerdas que el pijama se le desgarró y la acacia tembló como si fuera a ser arrancada de cuajo. Probablemente estaba deseando correr hacia su casa con dos cubos de agua, o quizá, quién sabe, quisiera arrojarse a las llamas. Les juro que hubiera sido un bonito final para un idealista, porque después de tres meses de sequía aquello ardía muy bien. Morel hizo un gesto de impotencia hacia la casa de su colega y, bajando la cabeza, repitió: «No tenías derecho a cazar a los elefantes. Tú no. Tú no. Soltadle…». Después se fue cabizbajo.
Morel le contó la historia tranquilamente, con una voz sin inflexiones, como alguien que ya está acostumbrado, y luego concluyó:
—En fin, las cosas son como son. Hay algunos malentendidos, pero la mayoría de la gente empieza a comprender. Todos los que han vivido en su propia carne lo que es el hambre, el miedo o los trabajos forzados, empiezan a comprender que la protección de la naturaleza les atañe directamente…
Ella observó sus hombros cubiertos de cicatrices y siguió acariciándoselos con los dedos. En la pared de barro, un lagarto corrió a la luz de la lámpara de aceite, y Morel hizo un gesto con la mano hacia él:
—Y aunque no lo hayan vivido… En Lai hay un inspector de las aguas y de los bosques que resumió todo esto muy bien cuando fui a verlo con mi petición… Me dijo que llevaba años presentando un informe tras otro para obtener una protección más eficaz de la fauna africana… Él mismo es un negro; tal vez por eso lo comprenda mejor. En cualquier caso, me dijo: «En el punto en el que estamos, con todo lo que hemos inventado y todo lo que hemos aprendido sobre nosotros mismos, necesitamos todos los perros, todas las aves y todos los animalitos que podamos encontrar… Los hombres necesitan amistad».
Minna repitió estas palabras con una especie de solemnidad triunfante, como si probaran de una vez por todas la falsedad de todas las acusaciones dirigidas contra él, después buscó la mirada del oficial y dijo con una violencia contenida:
—Ya lo ve, comandante. Han tratado de presentarle como un misántropo rencoroso que detestaba a los hombres, cuando, por el contrario, quería defenderlos, protegerlos…
Nadie conocía mejor que Schölscher el desierto en el que había pasado tantas noches solo bajo la luz de las estrellas, y nadie comprendía mejor que él esa necesidad de protección que atenaza a veces el corazón de los hombres y les lleva a dar a un perro lo que ellos mismos sueñan con tanta vehemencia recibir. Y jamás esa necesidad había sido tan angustiosa como en la época de las cenizas radiactivas, del cáncer, del genial padre de los pueblos, Stalin, y de los artefactos teledirigidos dispuestos a destruir continentes enteros bajo la floración de esos champiñones monstruosos, cuyas apariciones «pacíficas» eran regularmente fotografiadas para edificación de los pueblos. El grito irónico y a la vez airado que se había elevado de pronto del fondo de África encontraba un terreno abonado y eso bastaba para explicar por qué Morel parecía estar informado de cada uno de los intentos que las autoridades hacían para detenerlo. Schölscher estaba seguro de haber sorprendido en los ojos del mismo gobernador una expresión de satisfacción apenas disimulada cuando había ido a informarle de la detención de toda la «banda», a excepción del principal interesado.
—¿Así que nuestro amigo se nos ha vuelto a escurrir entre los dedos?
¿Que les tenemos a todos menos a él? Acabaré por pensar que tiene amigos en las altas esferas…
—Eso es lo que dice mucha gente. Pero personalmente creo que si Morel sigue siendo imposible de detener es porque ya no está aquí…
—¿Qué quiere decir con eso?
—Que probablemente haya sido víctima de un ajuste de cuentas político… Una bala en la espalda, en alguna espesura…
—No lo creo en absoluto —dijo el gobernador.
Y observó al oficial por encima de su mesa con su colilla apagada y húmeda en los labios, los ojos hundidos en las órbitas y una tos de fumador
empedernido. Era un producto bastante típico de la tercera República: muy
«Liga por los derechos del hombre», probablemente francmasón, anticlerical, cínico, desencantado y sin embargo furiosamente apegado a esos viejos principios republicanos que los franceses siguen grabando en sus banderas.
—Tiene demasiada prisa en enterrarlo, amigo. Usted cree que tal vez nos hayan librado de él, pero se equivoca. Si es verdad que Morel ha sido asesinado por los nacionalistas, se convertirá realmente en un ser muy molesto. De un hombre que ya no está ahí para defenderse, se puede crear la leyenda que más convenga…
—Precisamente por eso creo que ya no lo encontraremos vivo…
El gobernador miraba a Schölscher casi con maldad:
—No sé cuál será la orden religiosa en la que usted piensa entrar, pero creo adivinarlo… No parece admirar ni tener demasiada confianza en la naturaleza humana. Por lo que a mí respecta, estoy convencido de que nuestro amigo sigue en la sabana y que continuará causándonos graves problemas…
Lo dijo con esperanza y casi con satisfacción. Ésa era también la opinión de los periodistas, que enviaban por cable a sus redacciones las fantasiosas informaciones obtenidas de testigos «fidedignos», que estaban seguros de haber reconocido a Morel disfrazado en diez lugares a la vez. El mismo Peer Qvist, sentado con un termo de té humeante delante de él y un gran cigarro en los labios —muy cómodo y relajado ante el público de oficiales que se apiñaba en el despacho del comandante del puesto de Lai, donde lo habían conducido después de detenerlo—, había afirmado irónicamente con una voz grave e indulgente, casi benévola:
—Señores, hacen mal en quemarse la sangre por él… Ese muchacho sabe lo que quiere y nos va a dar mucha guerra todavía, créanme.
Forsythe no había sido menos tajante. Bajando el volumen del tocadiscos que le habían prestado y siguiendo con la rodilla el ritmo del disco de jazz que estaba escuchando, había descartado con un gesto de hombros la idea de que a Morel pudiera haberle sucedido algo.
—No sé dónde está, pues nos separamos hace algunos días. Pero estoy seguro de que se encuentra bien. Mientras no se tomen las medidas
necesarias, seguirá haciendo que se hable de él.
Pero había una opinión que confirmaba el temor de Schölscher: la radio árabe anunciaba que Morel había sido abatido por los «colonialistas»
franceses en el curso de una escaramuza en el macizo de los Oulés.
Schölscher había ido a visitar a Waitari tres o cuatro veces a la habitación del hospital militar donde lo habían trasladado. El ex diputado de Sionville gozaba de excelente salud, pero las instrucciones de París eran terminantes: había que evitar que recibiera un trato severo durante su encarcelamiento. Waitari lo recibía cada vez con la misma cortesía fría, obligada entre adversarios civilizados.
—Ya le he dicho todo lo que sé. Me separé de Morel unos ocho días antes de lo que usted llama su desaparición. Por lo visto, hay un periodista norteamericano que lo siguió hasta el final; pregúntele a él. Pero ya que parece importarle tanto mi opinión, se la daré: no encontrarán a Morel vivo.
—Me parece que su convencimiento se debe sobre todo a la información que posee.
—Los colonialistas no pueden tolerar que un francés luche contra ellos por la independencia de África. Todo el mundo sabe que Morel era un original e incluso un excéntrico, pero que su simpatía por nuestra causa no era menos cierta. Los elefantes sólo eran para él un símbolo de la libertad poderosa y gigante… de nuestra libertad… Usted puede hacer cuanto guste, pero nunca conseguirá alterar esta verdad tan perfectamente clara. Cuando en su vocabulario, tal vez ridículo, pero sincero, hablaba de «defender las maravillas de la naturaleza», se refería a la libertad…
En alguna parte, pensó Schölscher, en alguna espesura perdida el cadáver de un hombre se está pudriendo en este momento para que su leyenda pueda servir a una causa opuesta a la suya, a una ideología estrecha y cerrada. Viendo a aquel africano vestido con un traje de franela gris, pensó de pronto: «Es de los nuestros».
—Dicen que hubo una ruptura entre ustedes…
—Tuvimos algunos problemas. No estábamos siempre de acuerdo en los métodos… en los medios. Ustedes tuvieron los mismos conflictos en el maquis francés durante la ocupación, como también los tienen hoy los fellagas norteafricanos… Pero estaba de nuestra parte.
—¿Incluso después de lo que sucedió en el Kuru? Como sabe, yo también estuve allí. Y vi…
—Ya le he dicho que Morel era un excéntrico. Eso no era óbice para que su adhesión a la causa de la independencia africana fuera totalmente sincera, pero hacía que la relación con él no fuera fácil. Discutimos varias veces, y con bastante violencia. Pero puedo asegurarle que en lo que a la libertad se refiere estábamos totalmente de acuerdo…
Y Habib, esposado y flanqueado por dos soldados, para hacer frente a todas las peticiones de extradición que empezaban a llover sobre él —una de ellas por tráfico de estupefacientes—, pero siempre seguro de que, gracias a su antigua complicidad con la vida, saldría bien librado del asunto, afirmaba con llaneza:
—Qué quieren, siempre he sido un filántropo. Para defender las aspiraciones legítimas de los pueblos había que utilizar explosivos y para satisfacer las aspiraciones legítimas del alma humana había que utilizar la droga. Como ven, siempre he sido un gran bienhechor de la humanidad.
… Y esa joven, que repetía ahora con indignación:
—Cuando pienso que en el juicio trataron de presentarlo como un misántropo, como alguien que detesta a los hombres, cuando en cambio quería hacer todo lo posible para ayudarles…
—¿No le explicó nunca cómo se le ocurrió exactamente esa famosa campaña para la defensa de la naturaleza?
Sí, claro que se lo había explicado. Él no había empezado con los elefantes. Había empezado con los perros. Después de la llegada de las tropas norteamericanas, había salido del campo bastante desconcertado e incluso un poco desanimado; le había hecho esta confesión con una sonrisa un poco apurada, como si quisiera disculparse por haberse sentido desanimado en algún momento. No había sabido qué hacer ni por dónde empezar para que aquello no volviera a ocurrir nunca más. Se encontraba bastante mal y la tarea le parecía a veces abrumadora. Recorría Alemania como un vagabundo, compartía la vida de millones de personas desplazadas y de refugiados que vagaban por las carreteras. Una noche, en una ciudad, al pasar por delante del antiguo banco de Hamburgo, del que sólo quedaba la fachada, se fijó en una niña que estaba en la acera. No llevaba abrigo y
lloraba. Los transeúntes la miraban con desaprobación: era escandaloso que aquella chiquilla estuviera sin abrigo con semejante frío.
—No llores. ¿No ves que estás molestando a todo el mundo?
La pequeña dejó de llorar y lo examinó con atención. Se veía que trataba de averiguar quién era el hombre que le hablaba de esa forma.
—¿No necesitará usted un perro?
El cachorro, sentado en medio de un charco de agua, era completamente blanco y tampoco parecía tener abrigo.
—No puedo quedármelo. Mamá se ve obligada a trabajar, no tenemos dinero. Antes de la guerra, no trabajaba; creo que hasta teníamos un coche.
El perro tenía una oreja negra. Era una mezcla de fox terrier con vete a saber qué. Un perro puede ser útil, pensó gravemente Morel. Puede guardar la casa, vigilar el huerto, dormir a tus pies al lado de la chimenea del salón después de una jornada de trabajo… Eso no era suficiente… Puede darte calor durmiendo a tu lado, mover la cola al verte y meterte el hocico en la mano… En pocas palabras, puede hacerte compañía. Cogió al cachorro por la piel del cuello y posó en el hueco de su mano su trasero húmedo.
—¿Es niño?
—¿No ve que es una niña?
Dirigió a la pequeña una mirada de desaprobación. Pero ese detalle hacía que le resultara imposible quedárselo. Con la vida que llevaba, una perra podría ser un gran estorbo. Seguramente tendría una carnada cada seis meses. Siempre era así después de las guerra, la naturaleza intentaba recuperar por un lado lo que había perdido por otro. No, decididamente no podía ocuparse del cachorro.
—Bueno, me la quedo —decidió de pronto—. En cuanto a ti, lárgate a tu casa y dile a tu madre que es una estúpida por dejarte en la calle sin abrigo con el tiempo que hace.
—No es culpa suya. Trabaja, no puede vigilarme.
—¡Lárgate!
La chiquilla abrazó al perro contra su pecho y se fue llorando. Morel se sintió profundamente deprimido. No tendría que haber cedido a la tentación. Sintió al cachorro temblar en su mano. Se lo metió en el bolsillo de la canadiense y dejó su mano sobre él: aquella bola fría y húmeda poco a
poco entró en calor y dejó de temblar. Así era como había conseguido su primera compañía. Iban juntos: por los caminos, encontrándose con otros hombres y otros perros, bálticos, polacos, checos, rusos, alemanes y ucranianos, toda una humanidad perdida que erraba en busca de un techo, de un trozo de pan, de un rincón donde pudiera por fin sentirse en su casa.
Morel miraba atentamente a unos y a otros y se preguntaba qué podría hacer por ellos. Llevaba el cachorro en el bolsillo y sentía en su mano su hocico afectuoso. Pero hubiera sido necesario un bolsillo mucho más grande, una mano mucho más grande y más fuerte que la suya. No le parecía que ocuparse de los refugiados o dedicarse a la política fuera suficiente para luchar contra la miseria y la opresión. No, eso no era suficiente, era preciso ir más lejos, explicarles de qué dependía el futuro de la especie, pero no sabía cómo hacerlo. A menudo, se quedaba sentado en el borde del camino, con la perra a su lado, sin saber por dónde empezar. Había que llevar a cabo una protesta clamorosa, algo que conmoviera a todos los hombres y que llegara hasta los últimos confines del mundo. Había que ir directamente a lo esencial, no dispersarse, llegar no sólo a la razón, sino también a la afectividad: la una sin la otra no servían de nada. Se quedaba sentado en un talud, acariciando al animal y reflexionando con una pajita en la boca. Una mañana, la perra se echó a correr por el campo y nunca más volvió. La buscó por todos los sitios, preguntó por ella a todo el mundo, pero no era una época en que la gente se interesara por los perros perdidos. Al final, alguien le aconsejó que fuera a ver a la perrera. Fue. El guardia le hizo pasar. Era un recinto de unos cincuenta metros por diez rodeado de una alambrada de acero. Dentro, había un centenar de perros, la mayoría bastardos, como los que él veía por los caminos, sin ninguna protección…
Le miraban intensamente, con esperanza, salvo los más desanimados, que ni siquiera alzaban la cabeza… Pero había que ver a los otros, a los que aún esperaban ser recogidos…
—¿Qué hacen con ellos cuando nadie viene a reclamarlos?
—Les dejamos aquí ocho días y después les llevamos a la cámara de gas. Les quitamos la piel y con los huesos hacemos gelatina y jabón…
Morel guardó silencio durante un momento. Minna no veía su rostro, sólo sus hombros brillantes con las marcas del látigo.
—Creo que fue entonces cuando de pronto se me ocurrió. Al principio estuve a punto de matar al guardián, pero luego me dije, no, todavía no, así no. Miré bien a los perros, a esos perros con los que iban a hacer gelatina y jabón, y me dije: «Yo os enseñaré a respetar a la naturaleza, pandilla de canallas. Os diré lo que pienso de vosotros, de vuestras cámaras de gas, de vuestras bombas atómicas y de vuestra necesidad de jabón». Esa misma noche, reuní a tres tipos que vagaban por la carretera, dos bálticos y un judío polaco, y fuimos a hacer una pequeña incursión a la perrera: maltratamos un poco a los guardias, liberamos a los chuchos y prendimos fuego a la casucha. Así es como empecé. Estaba seguro de tener la sartén por el mango. Ya sólo tenía que continuar. No valía la pena defender esto o aquello por separado, los hombres o los perros, había que atacar el fondo del problema, es decir, la protección de la naturaleza. Se empieza diciendo que los elefantes son demasiado grandes, demasiado molestos, que tiran los postes de telégrafos, pisotean las cosechas y son un anacronismo, y al final se acaba diciendo lo mismo de la libertad. A la larga, la libertad y el hombre acaban por hacerse molestos… Así es como me puse a trabajar.
… Y Peer Qvist, que volviendo la mirada hacia la ventana abierta exclamó con un destello repentino en sus ojos claros:
—El Islam llama a eso «las raíces del cielo», y los indios de México,
«el árbol de la vida». Y tanto a los unos como a los otros les lleva a postrarse de rodillas y a levantar los ojos golpeándose el pecho atormentado. Los obstinados como Morel tratan de escapar de esa necesidad de protección por medio de peticiones, de comités de lucha y de sindicatos de defensa; tratan de arreglárselas ellos solos, de responder ellos mismos a su necesidad de justicia, de libertad, de amor, a esas raíces del cielo tan profundamente hundidas en su pecho…
… Y aquella joven sentada ante él, con las piernas cruzadas, sus medias de nailon, su cigarrillo y aquella mirada en la que se leía el mismo embotamiento y la misma necesidad que en la de los perros de la perrera, que imploraban la protección del hombre que acababa de entrar… Y el padre Fargue, furioso y congestionado al volante de su jeep, partiendo en búsqueda de aquel a quien llamaba «el mayor pagano que se haya visto en el A. E. F. después del gobernador Conde» (el gobernador general Conde
había reducido las subvenciones a las misiones cristianas del A. E. F. y había exigido diplomas médicos a las hermanas de la caridad). Con su barba roja inflamada por el sol, su sonoro acento de Marsella y su sotana recogida por encima de los muslos desnudos, seguido por las miradas llenas de admiración de los boys y de las hermanas de la misión, parecía realmente partir a las cruzadas, pero todo lo que tenía de cómico y de pueril no llegaba a privarle de esa dignidad que su amor le confería. Schölscher se preguntaba a menudo cómo era posible que las autoridades de la Iglesia toleraran su lenguaje y su forma de hacer el bien de la misma manera que se introduce una purga entre los dientes de un niño recalcitrante, pero la respuesta residía en una fe inconmovible de la que parecía proceder su misma fuerza física.
—Yo lo encontraré —chillaba el padre Fargue con el pie en el acelerador—. ¡Cuando pienso que ese canalla tal vez esté sentado en una colina en este momento emocionándose con los elefantes, cuando sólo tiene que levantar los ojos para encontrar algo mucho más grande y mucho más hermoso, me entran ganas de darle una buena paliza! Sé tan bien como él que todos necesitamos protección, pero para eso no basta con hacer circular peticiones y organizar mítines, sino también pedir ayuda a quien por derecho…
Una hermana salió corriendo de la misión con el breviario que Fargue se había olvidado.
—Yo sé dónde encontrarlo —dijo este metiéndoselo en el bolsillo—.
Sólo hay que seguir a los elefantes, estará emocionándose con ellos. En esta estación, las manadas giran alrededor de los pozos de agua, desde el sur del lago Mamún hasta el Yata, y él debe de estar siguiéndolos por todas partes con una carabina en la mano, haciendo guardia como un pastor cualquiera.
¡Sé perfectamente lo que está tramando! Pero si se piensa que Dios va a salir de su madriguera como cualquier animal de la sabana sólo para demostrarle que está allí y que se ocupa de él, para pasarle la mano por los cabellos y decirle «pobrecito mío…», se equivoca de medio a medio, ¡se lo digo yo!
Pisó con todas sus fuerzas el acelerador y arrancó en medio de una nube de polvo. Schölscher, que había ido a preguntarle sobre su encuentro con
Minna y Forsythe, pues era el último que los había visto, siguió con una mirada amistosa a esa masa humana cuya fuerza física no era nada en comparación con la fe todopoderosa que lo habitaba.
OceanofPDF.com