Las raíces del cielo
Capítulo XXXIV
Dajeon le recibió en pijama.
—Pensé que preferirías que no nos vieran juntos.
A Waitari le sorprendió que le emocionara tanto volver a oír el tuteo parlamentario. De pronto sintió una gran añoranza de la cafetería del Parlamento e incluso de las largas sesiones nocturnas, a la salida de las cuales solían ir a tomar una sopa de cebolla a los Halles. Tuvo que exagerar la expresión de frialdad de su rostro, hasta convertirla en hostilidad, para luchar contra esa repentina oleada de recuerdos. Dajeon había sido médico del Ubangui, al que representaba en el Parlamento desde la guerra. Los dos habían pertenecido al mismo partido de centro y habían comido, votado y hecho varias giras electorales juntos. Era respetado en el Parlamento por su profundo conocimiento de los problemas africanos y por su defensa a menudo apasionada y colérica de los intereses del territorio y de las tesis del desarrollo acelerado. Waitari lo consideraba sincero y medianamente inteligente, pero también torpe e ineficaz debido a esa buena voluntad testaruda que ignora los obstáculos.
—Estoy aquí en calidad de amigo.
Waitari esbozó una sonrisa.
—No lo dudo. Se estrecharon la mano.
—Siéntate…
Él mismo se sentó en la cama, debajo del ventilador. Waitari evitó el sillón y se decidió por la silla.
—He visto a tu mujer y a tus hijos en París…
—Recibo regularmente noticias suyas, gracias.
—Estupendo —le interrumpió Dajeon—. He venido porque he sabido que estabas aquí. Lo he hecho por propia iniciativa. Nadie me ha dicho que viniera. No he recibido ningún encargo de nadie, ni del gobierno, ni del partido ni del gobernador. Si piensas otra cosa, esta conversación es inútil.
—Yo no pienso nada —dijo Waitari—. Estás aquí. Perfecto. ¿Y bien?
—Te pido que abandones todo esto y que vuelvas con nosotros.
—¿Y eso? ¿No me acabas de decir que no te había mandado el partido?
—No te pido que vuelvas con el partido, sino con todos nosotros. Con los franceses y los africanos que tratan de construir algo juntos.
Waitari dudó por un momento. Un simple latido de corazón. Algo insignificante. La fuerza de los recuerdos… Estaba seguro de que su rostro no le había traicionado.
—Demasiado tarde —dijo.
—¿Por la historia de Morel? Eso no es grave. Lo arreglaremos…
Rió.
—Podríamos incluso modificar el estatuto de la caza mayor…
Waitari se encogió de hombros con irritación.
—No se trata de eso —dijo—. Morel es un loco… no tiene ninguna importancia. Habéis perdido la oportunidad. El asunto ya está en marcha.
Ya no podéis uniros.
Dajeon se deprimió ligeramente. En los veinte años que llevaba viviendo en África, cada vez que se hablaba de reformas políticas, sólo oía dos coros de voces: los «demasiado pronto» y los «demasiado tarde».
—¡Eso son sólo cuentos de periodistas! —le interrumpió brutalmente—.
Nunca es demasiado tarde para la moderación y el justo medio. La única forma de que haya algún progreso es situarse en el justo medio…
—Perdona —dijo Waitari—. Ahí es precisamente donde no lo hay. Tal vez sea ahí donde acaba, después de algunos siglos de historia, pero no donde empieza… Estuve con vosotros durante tres años, casi una legislatura… Pero cuando hubo que dar una cartera a un africano, elegisteis a Bodango…
—Dakar es más importante política y económicamente que Sionville —
repuso Dajeon—. En aquello no hubo nada personal, lo sabes muy bien.
—Nunca me lo tomé como algo personal —dijo Waitari con arrogancia
—, sino todo lo contrario: ¿qué habéis hecho vosotros por la educación política de las masas en el A. E. F.?
—Vamos —dijo Dajeon—. Tú conoces tan bien como yo la situación.
No es posible conseguir a fondo la educación política y la educación a secas
de las masas sin que vaya acompañada de un desarrollo económico, cultural y social paralelo. Hay que crear al mismo tiempo las élites y los mercados, el sindicalismo y las fábricas. Hacer una cosa sin la otra es trabajar para la desgracia del pueblo. La emancipación política debe avanzar a la par de la emancipación económica, de lo contrario los resultados serán desastrosos.
Nos hemos visto obligados a avanzar lentamente. No existían antes de la era atómica ni existen todavía potenciales nacionales o internacionales capaces de llevar a cabo ambas tareas al mismo tiempo… En todo caso hemos conseguido el mínimo vital. Y eso es algo que no pueden decir ciertos países «independientes»…
—Los rusos han conseguido esa hazaña en su país sin haber tenido que esperar el milagro del átomo —dijo Waitari.
—Sí, pero ¿a qué precio? Nosotros también lo intentamos y el resultado fue la línea de ferrocarril Congo-Océano… Hemos volcado todos nuestros esfuerzos en el terreno de la higiene, de la alimentación y de la natalidad.
Hemos construido una base de partida. Y eso ya es algo.
—La línea Congo-Océano fue un crimen contra la humanidad porque vosotros, los europeos, erais los que mandabais, y nosotros, los africanos, los que moríamos a millares en el esfuerzo —dijo Waitari tranquilamente
—. Si hubieran sido los mismos africanos los que hubieran decidido la construcción de la línea de ferrocarril, entonces, incluso con el doble de víctimas, la línea Congo-Océano hubiera sido aclamada en todas partes como una obra de civilización y de progreso.
Dajeon le miraba boquiabierto.
—Se trata de sacar a África de su estado arcaico —dijo Waitari— y sólo los mismos africanos tienen derecho a exigir a sus pueblos semejante esfuerzo y los millones de vida humana que éste supondrá. Sacar a África de la noche tribal supone tener una mano de hierro que la energía atómica no proporcionará; y esa mano de hierro vosotros no podéis ejercerla honrosamente… Así pues, con vosotros sólo hay un estancamiento. So pretexto de respetar las costumbres, las vidas humanas… pero, al fin y al cabo, un estancamiento. Pero dejadme las manos libres…
Mostró sus poderosas manos…
—Y ya veréis como mando a paseo los usos y las costumbres, a los brujos, los tam-tams y las negras con el labio en bandeja… Yo les haré construir las carreteras, las minas, las fábricas y las presas. Yo puedo.
Porque yo mismo soy un africano que sé lo que hay que hacer y conozco el precio que hay que pagar por ello. En Rusia lo han pagado y míralos hoy…
Dajeon se estaba poniendo rojo de ira.
—Sabes perfectamente que aquí habría que cambiar todo, desde el mismo organismo humano hasta el régimen alimenticio, por no hablar del clima, antes de tener derecho a pedir a los campesinos africanos semejante esfuerzo… Morirían como moscas.
—Los esclavos negros construyeron el sur de Estados Unidos, y eso que mi abuelo me contaba que les vendimos los más raquíticos.
—Pero ¡qué estás diciendo! Allí sólo se trataba de trabajar en las plantaciones. No de fábricas, presas y minas… ni, sobre todo, de estajanovismo.
—En todo lo que dices hay un tufillo racista muy agradable —dijo Waitari irónicamente—. Los negros no son capaces de adaptarse al esfuerzo que exige el progreso… Los rusos, sí, pero los negros… Por supuesto que morirán. Los rusos también han muerto. Pero cuando se trata de todo el futuro de un pueblo, de un continente y de su grandeza futura… no se puede dudar…
Dajeon permanecía en silencio. Pensaba en el grado de frustración psicológica y de soledad que suponía semejante voluntad de poder. Y
probablemente tampoco hubiera que olvidar el atavismo de un descendiente de los jefes oulés… Hubiera querido decirle que en todo aquello había una noción olvidada, una noción de dignidad humana, de respeto a lo humano, pero no pudo…
—En cualquier caso, no sé lo que esperas ni de quién lo esperas —dijo por fin.
Waitari se levantó.
—En todo caso no de vosotros —dijo—. Presenta mis respetos a los tuyos.
Y se dirigió hacia la puerta, dejando a Dajeon sentado con una grave expresión en el rostro debajo del ventilador.
Volvió a su habitación, se quitó la chaqueta y se tumbó en la cama. La iniciativa de Dajeon era puramente personal, de eso no había duda y, por otra parte, le retrataba completamente. Era el típico hombre lleno de esa buena voluntad ingenua que cree poder solucionarlo todo a base de compromisos. El justo medio… Hizo un gesto irritado. Así pues, no había que esperar nada de ese lado. Miró su reloj: a las cinco tenía una cita con Habib. Éste conocía a todos los traficantes de armas del Oriente Próximo y quizá pudiera conseguir un crédito. Por desgracia, no veía qué garantías podría ofrecerles. Y los «voluntarios» no se reclutaban a base de pagarés… Observó con humor los grabados de equitación que había en las paredes: pronto serían la única huella del paso de los ingleses por el Sudán… Frunció el ceño y, extendiendo las manos por encima de la almohada, se agarró a los barrotes de la cama muerto de impaciencia. El contraste entre la conciencia que tenía de sus posibilidades y su aislamiento político le resultaba cada vez más insoportable. Toda su voluntad no le servía más que para luchar contra el desánimo. Sólo Francia podía comprenderle y apreciarle: se sentía perdido en el corazón del África de los brujos y de los fetiches. Se consideraba más inteligente, más dotado y más instruido que el noventa por ciento de los franceses: era doctor en derecho, licenciado en filosofía y letras y autor de importantes obras. Pero se había separado deliberadamente de Francia, en primer lugar por un error de cálculo, y en segundo lugar, y eso era lo fundamental, porque el sistema político francés, sus instituciones y sus tradiciones conservadoras no eran conciliables con su ambición, su gusto por el poder y su voluntad de imponer a la historia la huella indeleble de su nombre. Y se sentía igualmente alejado de las tribus africanas, porque él representaba una amenaza para sus costumbres ancestrales, una revolución. No podía esperar nada de ese lado: tenía que llegar indirectamente a la opinión pública mundial. Pero cuando trataba de aprovecharse de la empresa insensata de Morel para intentar darle un contenido político, las masas populares de Europa y Estados Unidos se tomaban en serio esa ridícula historia de la protección de la fauna africana, se volcaban en la defensa de los elefantes y
continuaban ignorándole a él y a la causa de la independencia africana que él encarnaba. Tenía que acabar a toda costa con Morel y su mito humanitario, aparecer por fin ante el mundo como el verdadero instigador de los desórdenes y de la revuelta africana… En esos pensamientos estaba cuando llamaron a la puerta. Le alegró ver a Habib, que llevaba consigo a todas partes esa convicción burlona de que la tierra ofrece una infinidad de recursos a quienes saben vivir en ella con arte. Su seguridad estaba relacionada con una larga experiencia de los hombres y de las cosas y, cuando te miraba, sentías que para él eras un viejo conocido, que lo sabía todo sobre ti incluso antes de conocerte. Sí, ya estaba al corriente del resultado negativo del encuentro con el representante del Comité de El Cairo. Pero no había que tomar ese fracaso demasiado en serio, no merecía la pena. Cambiarían de opinión al respecto: bastaría con demostrarles que eran capaces de conseguir resultados prácticos. Precisamente tal vez hubiera otro medio de solucionarlo. Venía a proponerle un pequeño proyecto que había germinado en la mente genial de su amigo De Vries, mientras se aburría en el hospital —sí, ahora estaba completamente restablecido, gracias a Dios—; se trataba de una auténtica ocasión, de una verdadera intervención del cielo a su favor, y no era una simple forma de hablar, porque se trataba de la espantosa sequía que el retraso de las lluvias había infligido a toda el África del Este… Con un poco de suerte, aquello podría proporcionarles unos veinte millones. Estaba dispuesto a organizar la expedición con la ayuda de De Vries, que conocía perfectamente la región y siempre estaba dispuesto a hacerle un favor a un amigo a cambio, claro está, de una comisión del veinte por ciento. Sí, era un diez por ciento más de lo habitual, pero también era cierto que era una operación muy arriesgada: él se encargaría de encontrar los medios de transporte necesarios y los hombres. Sólo su autoridad personal podía hacer que estos últimos no exigieran el pago por adelantado… Hablaba con una evidente alegría, y a pesar de su insistencia en la comisión, Waitari sentía que, por encima del afán de lucro, Habib tenía una auténtica vocación de aventurero y también tal vez un placer casi demoníaco en dar una pequeña lección al idealismo sobre la forma en que suceden las cosas aquí abajo…
—Ve al grano —le interrumpió brutalmente—. Ahórrame todo eso…
Nos conocemos desde hace mucho. ¿De qué se trata?
Habib se sacó del bolsillo un mapa y lo desplegó sobre la cama.
—Este punto de aquí —dijo apoyando un dedo enorme en una mancha azul— se llama el Kuru… Es un lago. El único de toda la región que todavía tiene agua.
Waitari le escuchaba atentamente, sentado encima de la cama y fumando. Puso inmediatamente en duda el prodigioso beneficio que el libanés pretendía obtener de la expedición, pero al fin y al cabo eso era una cuestión secundaria. En resumidas cuentas, lo que Habib le proponía era un raid en toda regla en el territorio francés; algo con lo que él soñaba desde hacía mucho tiempo. Era una ocasión realmente única para acabar de una vez por todas con Morel y el mito de los elefantes, que ocultaba a la opinión pública la revuelta africana. A veces incluso llegaba a preguntarse si Morel no sería un agente del servicio de información del ejército francés encargado de expandir esa cortina de humo idealista y humanitaria sobre un intento de alzamiento y sobre las realidades colonialistas. Las granjas quemadas, los ataques a mano armada y todo lo demás eran presentados ante la opinión pública como la delirante empresa de un misántropo al que se le había metido entre ceja y ceja defender la fauna africana. Si la propuesta de Habib tenía el efecto de aclarar brillantemente ese equívoco y deshacer esa cortina de humo que le ocultaba a él, Waitari, y a la causa que encarnaba a la opinión pública mundial, era digna de ser aceptada. Por otra parte, podría proporcionarle algunos millones, y en su situación actual no podía dejar escapar una ocasión así. Y sobre todo, con un poco de suerte les aseguraría una escaramuza con las fuerzas francesas y una serie de cables enviados a los periódicos, tipo comunicado del Aurés, a propósito de los
«rebeldes dispersados en los confines sudaneses». Estaba dispuesto a ir a la cárcel con tal de obtener esa publicidad; era la mejor manera de recordar su nombre a las potencias de Bandung, que habían omitido invitarle… Aplastó su cigarrillo.
—Interesante —dijo con un tono de indiferencia—. Pero le prevengo que apenas tengo dinero para pagar la factura del hotel.
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