Las saturnales
Capítulo I
Roma
Diciembre, año 76 d. C.
CAPÍTULO I
Si algo bueno podía decirse de mi padre era que nunca pegó a su mujer.
— ¡La ha pegado! –Papá farfullaba de lo ansioso que estaba por contarle a mi esposa Helena que su hermano era culpable de violencia domestica—. Lo admitió sin tapujos: ¡Camilo Justino ha pegado a Claudia Rufina!
— ¡Y apuesto a que te lo dijo en confianza –le espeté— y al cabo de cinco minutos irrumpes aquí para contárnoslo! –Justino debía de haber pensado que el soborno era la mejor manera de rehabilitarse. En cuanto le hubo vendido al culpable un regalo estilo "perdóname, querida" a un precio exorbitante, mi progenitor salió a toda prisa de su almacén de arte en la Saepta Julia para dirigirse a nuestra casa, impaciente por chivarse.
—A mí nunca me verás comportándome de esa forma –dijo vanagloriándose, en tono de superioridad moral.
—Estoy de acuerdo. Tus defectos son más insidiosos.
En Roma abundaban los borrachos bravucones y había muchas mujeres oprimidas que se negaban a abandonarlos, pero aquel tipo a quien yo fulminaba con la mirada deseando que se marchara, mientras me lamia la miel del desayuno de los dedos, era mucho más astuto. Momento Didio Favonio, que había adoptado el nombre de Gémino por motivos personales, era una persona de lo más complicada. La mayoría de la gente consideraba a mi padre un bribón adorable; por consiguiente, a casi todo el mundo le desconcertaba el hecho de que yo lo odiara.
— ¡Yo no he pegado a tu madre en mi vida!
Respondí en un tono que tal vez sonara cansino:
—No, tú te limitaste a abandonarla a ella y a siete hijos, y dejaste que nos criara lo mejor que pudiera.
—Le mandaba dinero. –Las contribuciones de mi padre suponían una mínima parte de la fortuna que amasó con los negocios que hizo como subastador, anticuario y vendedor de reproducciones en mármol.
—Si a mamá le hubiesen dado un denario por cada uno de los idiotas a los que embaucabas para que te compraran una de esas estrambóticas estatuas griegas "originales", todos habríamos podido cenar pavo real, y mis hermanas habrían tenido una dote para poder casarse con tribunos.
Está bien, lo reconozco, papá tenía razón cuando masculló:
—No habría sido buena idea dar dinero a tus hermanas.
***
Lo cierto es que papá sabía pelear, sólo si era absolutamente inevitable, y sería una pelea digna de ver si disponías de media hora antes de tu próxima cita y un pedazo de salchicha de Lucano para ir mascando mientras tanto. Sin embargo, para él, la idea de que un marido osara pegar a una esposa batalladora (la única clase de esposa que mi padre conocía, puesto que provenía del Aventino y allí las mujeres no daban cuartel) era casi tan probable como conseguir que una virgen vestal lo invitara a una copa.Además, sabía que Quinto Camilo Justino era hijo de un senador respetable y afabilísimo, el hermano menor de mi esposa, por lo general su favorito –y lo cierto es que también el mío—, y todo el mundo hablaba muy bien de él.
Si pasabas por alto unos cuantos defectos –pequeñas rarezas como robarle la novia a su propio hermano, y rechazar una carrera respetable para escaparse al norte de África a cultivar silphium (el hecho de que esté extinguido no le supuso ningún impedimento) —, era un muchacho estupendo. Tanto Helena como yo le teníamos mucho cariño.
Claudia y Quinto habían tenido problemas desde que se fugaron. Era la historia de siempre: él todavía era demasiado joven para casarse y ella estaba demasiado entusiasmada con la idea. Cuando lo hicieron estaban enamorados, que es más de lo que pueden decir la mayoría de las parejas, y ahora que tenían un hijo todos supusimos que dejarían de lado sus problemas. De todos modos, si se divorciaban era de esperar que ambos se casaran con otras personas, por lo que podrían acabar con alguien peor.
Justino, que era el verdadero culpable de su tempetuosa relación, seguro que saldría perdiendo, pues si una cosa había adquirido con Claudia era un alegre acceso a su inmensa fortuna. Ella era una mujer muy apasionada cuando hacía falta y últimamente tenía la costumbre de ponerse sus esmeraldas a la menor ocasión para recordarle lo que perdería (aparte de a su hijito Cayo) si se separaban.
Helena Justina, mi sensata esposa, intervino y dejó claro quién contaba con su simpatía.
—Cálmate, Gémino, y explícanos qué es lo que ha provocado que el pobre Quinto se metiera en este lío— dio unos golpecitos en el pecho a mi padre, que todavía estaba agitado, para tranquilizarlo—. ¿Dónde está ahora mi hermano?
— ¡Tu noble padre ha requerido a ese granuja para que abandone el domicilio familiar!— Quinto y Claudia vivían con los padres de éste, lo cual no podía haber contribuido a mejorar las cosas.
Papá, cuyos hijos y nietos rechazaban cualquier clase de supervisión, en particular la suya, parecía impresionado por la valentía del senador. Adoptó un aire de desaprobación, lo cual era ridículo viniendo del hombre más depravado de todo el Aventino. Me miró con esos astutos ojos castaños y se pasó la mano por los indómitos rizos grises que todavía se amontonaban en su vieja cabeza perversa; me estaba desafiando a que hiciera algún comentario frívolo, pero yo había aprendido cuándo callar. No estaba loco.
— ¿Y adónde puede ir? –un curioso dejo de histeria se coló en la voz de Helena.
—Me dijo que había acampado en la antigua casa de tu tío. –El senador había heredado dicha propiedad, contigua a la suya. Yo sabía que en aquellos momentos la casa estaba vacía: al senador le hacía falta el dinero del alquiler, pero los últimos inquilinos se habían marchado inesperadamente.
—Bueno, eso resulta cómodo –comentó Helena en tono eficiente. Era una mujer práctica—. ¿Explicó mi hermano qué fue lo que le impulsó a azotar a nuestra querida Claudia?
—Según parece –repuso mi padre lúgubremente (el viejo cabrón estaba disfrutando de cada instante) —, tu hermano tiene una antigua novia en la ciudad.
— ¡Decir "novia" es decir demasiado, Gémino! –Miré a Helena con cariño y dejé que se expresara—: Ya sé a quién te refieres, por supuesto, se llama Veleda. –Toda Roma conocía el pasado de esta famosa mujer aunque, de momento, pocos sabían que ella y Quinto hubieran tenido alguna relación. No obstante, su esposa debió de haber oído algo, pero supuse que el propio Quinto, como un tonto, se lo habría dicho—. Puede que Quinto conociera a esa mujer –declaró Helena, intentando convencerse—, pero de
eso hace ya mucho tiempo, antes de que contrajera matrimonio, o hubiera oído hablar siquiera de Claudia. ¡Y cualquier cosa que ocurriera entre ellos sucedió muy lejos de aquí!
— ¡En un bosque, creo! –Papá hizo una mueca, como si los árboles fueran una cosa repugnante.
Dio la impresión de que Helena iba a montar en cólera.
—Veleda es una bárbara, una germana que proviene del otro lado de la frontera del Imperio.
— ¿Acaso tu cuñada no proviene también de fuera de Italia? –Mi padre esbozó una sonrisa lasciva, su especialidad.
—Claudia es de la Hispania Bética, una persona absolutamente civilizada que proviene de un entorno y posición completamente distintos.
Hispania lleva generaciones romanizada, por lo tanto Claudia es una ciudadana romana, en tanto que la profetisa…
— ¡Vaya! ¿Esa tal Veleda es una profetisa? –gruñó papá.
— ¡No lo bastante buena como para prever su propia muerte! –terció Helena con brusquedad—. Fue capturada y la trajeron a Roma para ejecutarla en el Capitolio. No hay ninguna posibilidad de que Veleda tenga un idilio con mi hermano, por lo que no supone ninguna amenaza para su esposa. Aun estando de lo más susceptible, Claudia tendría que darse cuenta de que Justino no podrá tener nada más que ver con esa mujer. ¿Qué es lo que lo habrá empujado a golpearla, por el Hades?
Una expresión astuta apareció en el rostro de papá. La gente dice que nos parecemos físicamente, aunque era una expresión que sin duda yo no había heredado.
—Podría ser –conjeturó mi padre (que sabía perfectamente cuál era el motivo) — que lo hiciera porque Claudia Rufina le pegó primero.