Las saturnales

Lindsey Davis · Capítulo 27 de 62

Páginas del PDF

Las saturnales

Capítulo XXVIII

Había llegado el momento de reagruparse.

Posteriormente esa misma noche Helena había recibido un mensaje de su padre, cuya entrevista con Vespasiano había transcurrido en un ambiente amistoso. El Emperador había dicho abiertamente dónde se encontraba su hijo y que se le permitiría ver al joven prisionero. Décimo tenía intención de ir a visitar la casa de Anácrites al día siguiente.

—Mamá también puede ir.

— ¿Y Claudia?

—Papá y Vespasiano estuvieron de acuerdo en que lo mejor será que no vaya. No quieren que Claudia pierda los estribos con Quinto y destroce la colección de estatuas del espía.

— ¿Anácrites colecciona obras de arte?

—Al parecer se hizo con un mercado de hornacinas. Vespasiano no ha visto ninguna, pero le parece que son bastante descaradas.

— ¿Pornografía?

—Se supone que tienes que decir desnudos eróticos, Marco.

— ¡Típico! ¡Apuesto a que Anácrites no le ha mencionado a mi madre su grosera colección! –Podía contárselo yo, pero mamá no querría creerme.

Por lo visto Vespasiano veía con benevolencia el hecho de que, en años anteriores, el hermano del senador hubiera sido un conspirador político.

Esta peligrosa historia pasada podía hacer que un emperador desconfiado tuviera cierto recelo hacia todos los Camilo. (No solamente el emperador, sino también todos sus consejeros. De no ser porque conocía bien a la familia, seguramente yo mismo los hubiera juzgado peligrosos en la presente situación.) De momento sobrevivían, pero, aun así, podría ser que no durara. No era tan tonto como para fiarme de los políticos, ni siquiera de los tipos joviales como Vespasiano.

Tal vez reaccioné de forma exagerada, pero temía que la relación de Justino con Veleda suscitara dudas sobre la lealtad del joven hacia Roma, lo cual finalmente podía minar a su familia. Tras nuestra primera escapada a

Germania, a Justino, cuyo futuro fue tan prometedor en otro tiempo, lo pondrían sin duda en una lista negra si demostraba tener lazos emocionales con la sacerdotisa. Eso también empañaría la carrera política de su padre y de su hermano, y ninguno de los dos podría ambicionar mejorar su posición social.

Podría ser que su desgracia llegara a afectarme a mí, ahora que vivía abiertamente con la hermana de Justino. No obstante, yo era plebeyo de nacimiento y estaba tan acostumbrado a estar en lo más bajo del montón de estiércol que pocos escándalos podían afectarme. En cualquier caso, yo tenía algunas maneras de evitarme problemas, pues mi trabajo –misiones secretas que el Emperador siempre necesitaría— podría limpiar toda la mugre con la que intentaran ensuciarme.

Era urgente que encontrara a Veleda. Quería obtener prestigio derrotando a Anácrites, y como amigo de la familia de los Camilo, también quería demostrar a Vespasiano y a Tito que ayudaba enérgicamente al estado. Quizás eso sirviera para mejorar la situación de mis parientes políticos.

Tenía que determinar si la sacerdotisa había matado a Graciano Esceva o no, puesto que de eso dependía el modo en que manejaría a la enferma fugitiva si alguna vez la localizaba. Decidí volver a repasar el asesinato, ya que el incidente había provocado la huida de Veleda. Quería saber muchas más cosas al respecto.

De manera que, a la mañana siguiente, volví a quedarme en la cama hasta tarde, pero en aquella ocasión estuve preparando un plan de acción con Helena. Podría haberse tratado de una ocasión para el romanticismo, pero nuestras hijas se las habían arreglado para abrir la puerta del dormitorio, por lo que tuvimos a dos pequeñas de peso considerable saltando por encima de nosotros. Me levanté cuando la perra apoyó las patas en el borde del cobertor y empezó a lamerme la cara.

***

Garabateé una lista de cosas pendientes, que decía así: Ganna (Mamá)

Zosime

Víctor + papá

Senador (comida organizada por Helena)

Casa de los Quadrumato

¿Petro?

Si conseguía ocuparme de toda aquella gente en un solo día estaría muy orgulloso de mí mismo.

Cuando discutimos las cosas, Helena no me pidió que ideara una manera de liberar a su hermano, puesto que probablemente ya sabía que a mí me parecía mejor que Justino permaneciera a salvo en algún lugar hasta que encontraran a la sacerdotisa. De hecho, ningún miembro de la familia de los Camilo me sugirió un rescate en ningún momento, lo cual no significa que a mí no se me hubiese pasado por la cabeza tal idea.

***

Aquella mañana iba a tener el lujo de realizar los interrogatorios en mi propia casa. Por una vez tenía quien me ayudara.

Envié a Clemens y a un par de sus muchachos a buscar a Zosime, del Templo de Esculapio, y a que trajeran también a Víctor, el soplón de los vigiles de la Saepta Julia que había visto cómo los pretorianos capturaban a Justino. Comenté a Clemens que también quería ver a mi padre, pero que era tan entrometido que en cuanto viera que iban a recoger a Víctor, acudiría corriendo a nuestra casa motu proprio.

En tanto que algunos de los legionarios –humillados por su fracaso del día anterior al haberme perdido— organizaban las órdenes, Helena se llevó a un par de los que sobraban para ir a buscar provisiones. Yo subí en una escapada a la Colina, llevando conmigo a mi hija Julia, para ir a casa de mi madre.

Mamá estaba golpeando una masa en medio de una nube de harina en compañía de Aristágoras, su vecino. A pesar de su edad, ese mozo apergaminado se desenvolvía con agilidad con sus bastones. Ella hacía caso omiso de sus adulaciones, pero a veces lo dejaba entrar en su apartamento y le daba una sardina frita como recompensa a su fidelidad. A mi llegada, siempre lo mandaba con viento fresco.

— ¡Mi hijo está aquí! Tendré que pedirte que te vayas. –No había necesidad de escudarse en mí con tantos remilgos, aunque no era tan tonto como para interferir en el complicado razonamiento de mi madre.

Aristágoras nunca me guardó rencor. Se marchó tambaleándose con la

túnica manchada de salsa de pescado. La alegre mirada social de mi madre se endureció en cuanto hubo salido—. ¿Qué quieres, Marco?

—He traído a este angelito para ver a su abuela.

— ¡No esperes que Julia me ablande!

—No, mamá. –Estaba equivocada, nunca fallaba. Todos los informantes deberían mantener a una pequeña monada para que lo ayudara a entrevistarse con las viejas intratables.

Tenía la esperanza de que Anácrites pudiera haber contado a mamá algo más sobre lo de tener retenido a Justino, pero ese cerdo insoportable había mantenido la boca cerrada. Sólo conseguí que me soltara un sermón sobre lo triste que era que el pobre espía, que no tenía familia, estuviera absolutamente solo en las Saturnales. Afortunadamente, mamá se desvió del tema, pues se había enterado de que mis hermanas se habían puesto de acuerdo para hacerle un regalo de Saturnalia: la operación de cataratas.

— ¿Y qué te parece? –pregunté con cautela.

— ¡No voy a hacérmelo! No quiero que me corten.

—Sólo utilizarán una especie de aguja y te retiran suavemente las cataratas.

Mamá se estremeció con gran dramatismo.

Podría haber intentado convencerla; no obstante, me acobardé. Aquello se les había ocurrido a mis hermanas, por lo que deberían ser ellas las que lidiaran con la obstinación de mi madre.

— ¿Y a ti qué te parece? –me preguntó mi madre inesperadamente, escudriñándome.

—Es una buena idea, mamá.

Ella resopló. De todos modos, no soportaba ver obstaculizada su activa y confabuladora vida. Quizás aceptara operarse, y si la cosa salía mal podría echarme la culpa a mí. Siempre disfrutaba haciéndolo.

***

Cambié de tema y le pregunté por la joven que había dejado a su cargo.

Ganna se había escondido en la habitación de atrás cuando llegó Aristágoras y seguía allí, de manera que tuve la oportunidad de preguntarle en privado a mi madre cómo le iba con la acolita.

—La estoy poniendo en forma. — ¡Qué sorpresa!

— ¿La tienes metida en casa?

—Excepto cuando hacemos una pequeña excursión para ir juntas a un templo o al mercado.

— ¿Ha dicho algo?

—Te engañó bastante. Está ocultando muchas cosas.

Dije que consideraba que podía ser ésa la situación, motivo por el cual había venido a interrogar a Ganna ahora que sabía más cosas sobre mi caso.

Mamá soltó otro resoplido, agarró a la pequeña Julia y me mandó adentro con la chica.

La acolita de Veleda tenía un aspecto pálido y receloso, quizá por tener que soportar a mi madre, aunque me reservé mi compasión.

El cabello rubio no lo es todo. A la luz del día me pareció que Ganna era demasiado joven y poco formada para resultar atractiva. Además, no confiaba en ella. Debo de estar haciéndome viejo, pues cuando las mujeres me mienten ya no las encuentro excitantes. No disponía de tiempo ni de energía para jugar a esa clase de juegos, puesto que había cosas mejores a las que jugar con una persona honesta próxima a ti. Quería que los testigos rindieran su información con voz agradable y actitud franca, haciendo una pausa en los momentos adecuados para facilitar que tomara notas, pero no había ninguna posibilidad de que fuera así, por supuesto.

A modo de introducción neutral, pregunté a Ganna si Veleda poseía joyas u otros recursos económicos. Hablamos de anillos y collares mientras yo anotaba tranquilamente los detalles en mi tablilla.

Sin levantar la vista, me lancé:

—Fue directa a ver a Zosime, pero me imagino que ya lo sabes, Ganna

–entonces sí que la miré. Ganna se retorció las manos y fingió que no me comprendía—. Supongo que había un plan –mantuve un tono coloquial—.

Lo que quiero que me digas, por favor, es cómo organizó su huida de casa de los Quadrumato.

—Ya te lo he contado, Falco.

—Me has contado un montón de paparruchas. –Estábamos sentados en el dormitorio de mi madre y me resultaba extraño. En aquel escenario familiar, con la estrecha cama de mamá, la alfombra de lana del suelo y la maltrecha silla de mimbre, donde a veces se quedaba dormida en medio de profundos pensamientos, me resultaba difícil ejercer tácticas severas con la visitante—. Ahora seamos sinceros, ¿quieres? De lo contrario te entregaré a la Guardia Pretoriana. Ellos te sacaran los detalles enseguida, créeme.

— ¿El hombre que vino la otra noche está con ellos? –preguntó Ganna con cara de estar nerviosa.

— ¿Anácrites? Sí. Está claro que vino porque sospecha algo. –Seguro que mi madre no le habría explicado que Anácrites era simplemente su antiguo inquilino. Le gustaba ser misteriosa—. Yo hago preguntas educadas, él prefiere la tortura.

La joven soltó una salvaje y valiente exclamación:

— ¡No me da miedo la tortura!

—Pues eres sumamente estúpida –lo dije como si tal cosa. Entonces me senté y esperé a que el terror socavara su frágil valentía.

***

Al marcharme de allí ya sabía cómo se había llevado a cabo la primera parte de la huida. Una vieja táctica: Veleda se escondió en un pequeño carro que pasaba cada día por la casa para recoger la ropa sucia. La intención era que Ganna también escapara, pero cuando se armó el alboroto por la muerte de Esceva, resultó que las dos mujeres se hallaban en distintas partes de la casa. Ganna dijo que imaginaba que Veleda había aprovechado su oportunidad y se había metido en el carro de la ropa cuando cundió el pánico.

— ¿Se temía lo peor? ¿Por qué pensaría que el asesinato le afectaba a ella? –pregunté, aunque casi me imaginaba la respuesta.

—Por la cabeza cortada en la pila.

— ¿Cómo sabes que la vio?

Ganna me miró a los ojos.

—Oímos jaleo, gritos y gente que corría. Veleda fue a ver qué había ocurrido y debió de pasar por el atrio. Sólo con ver la cabeza del joven sabría que le iban a culpara a ella.

—Su reacción parece verosímil, ¡ahora la has situado en las proximidades del crimen! –Ganna no estaba acostumbrada a los interrogatorios y me di cuenta de que se estaba asustando—. A juzgar por tu forma de hablar –hice que sonara desagradable—, podría suponer que todo lo que has dicho lo sabes con certeza. Así pues, debes de haber visto a Veleda y haber discutido la situación con ella después de que abandonara la casa de los Quadrumato.

—Te equivocas, Falco.

Tenía mis dudas. Nunca había sido de los que daban por sentado que todos los extranjeros eran unos embusteros, y sus mujeres las peores.

Aunque eran muchas las personas de provincias que me habían engañado, o lo habían intentado, me gustaba creer que las otras naciones –aleccionadas por nosotros— eran honestas y decentes en sus relaciones. Incluso solía pensar que las personas de fuera del Imperio tenían su propio código ético, un código que no desmerecía en comparación con el nuestro. Bueno, esto es lo que podía opinar si tenía un buen día.

Sin embargo, cuando Ganna me dio sus respuestas, me pareció que estaba mintiendo, y no se le daba muy bien. Mi trabajo me obligaba a ser cínico. Mucha gente me había explicado cuentos chinos, la mayoría mientras me miraban seriamente a los ojos. Reconocía los indicios.

En mi primera visita a la villa de los Quadrumato, había examinado las apartadas dependencias que compartían Veleda y Ganna. Sus habitaciones se hallaban a una gran distancia de la entrada y el atrio. Dada la extensión de la vivienda, dudaba que las dos mujeres hubieran oído lo que ocurría en el pasillo principal cuando se descubrió el asesinato. Aunque lo hubieran oído, si el revuelo las asustó, creo que habrían ido a investigar juntas. Por lo tanto, o Ganna se había quedado atrás deliberadamente, o Veleda había ido al atrio sola. Incluso podría ser que ya estuviera allí antes de que se produjera el crimen.

¿Cuál podría ser el motivo? Si había ido a visitar al Graciano Esceva cuando éste se estaba relajando en un diván del elegante salón esperando a que su flautista llegara en cualquier momento para entretenerlo con música delicada, ¿sabía Esceva que ella iba a venir? ¿Tenían una cita? En tal caso,

¿salió mal el encuentro? ¿Acaso tenía que pensar que, después de todo, fue Veleda quien lo mató?

En una casa con tantos criados era imposible que nadie hubiera visto nada. Debieron de mentirme en la casa también. Empezaba a pensar que se había hecho callar a quienquiera que pudiera proporcionar algún testimonio, probablemente por orden de Quadrumato. Mis planes de regresar a la villa aquella misma tarde se habían retrasado.