Las saturnales

Lindsey Davis · Capítulo 39 de 62

Páginas del PDF

Las saturnales

Capítulo XLI

El templo de Diana del Aventino se había construido para que dominara la cumbre principal de la colina. Tras pasarse siglos aislado, había sucumbido a la aglomeración cuando el Aventino se hizo popular como espacio destinado a viviendas; había perdido su dramatismo, ya no se podía contemplar desde lejos. El patio del altar no era nada comparado con el grandioso matadero de Éfeso, donde los trozos aún calientes de los sacrificios diarios alimentaban a toda la ciudad. En el Aventino las calles ruidosas y estrechas colindaban c las dos largas alas del pórtico, y la escalinata principal descendía a una vía igualmente encajonada donde el altar permanecía oculto en medio de las habituales idas y venidas. No era lugar para causar disturbios.

La situación degeneró rápidamente. La muchedumbre intuye un carnaval, tenlo por seguro: los juguetones libertos se dieron cuenta de inmediato de que eran el obstáculo no deseado de una operación oficial, por lo que se pusieron a dar voces y a perturbar su desarrollo agitando sus gorros de liberto y, ajenos al peligro, empezaron a hostigar a los guardias.

Entre ellos corría un hombre al que había visto en la Vía Apia, el que tocaba el caramillo de una sola nota hasta que te rechinaban los dientes.

Quería preguntarle si sabía algo sobre el chico flautista de la casa de los Quadrumato, pero era imposible ocuparme de eso.

Los pretorianos no solamente iban armados, sino que además todos ellos eran ex centuriones endurecidos como el que más. Muchos habían llegado a lo más alto: primer lancero centurión jefe de una legión. Todos eran tal como uno se esperaría que fueran unos soldados que habían cumplido su periodo y que, sin embargo, no podían soportar dejar el servicio. Los tipos como ellos siempre suplicaban que les permitieran pasar otra temporada en las legiones. Luego, en lugar de convertirse en tranquilos veteranos con granjas en las provincias, esos obsesos retorcidos se alistaban, en el servicio de protección imperial, aunque muchos de ellos nunca habían estado en Roma. Con su campamento especial en las afueras

de la ciudad que hacía de enorme club de oficiales, sus fabulosos petos moldeados y sus inmensas cimeras escarlata –por no mencionar su posición privilegiada tan cerca del Emperador—, creyeron entonces que los habían destinado a ser dioses en el Monte Olimpo.

Rara vez tenían la oportunidad de hacer algo más aparte de los servicios ceremoniales, por lo que estaban tensos. La mayoría de aquellos matones había pasado un periodo de servicio en Germania en algún momento, por lo que inevitablemente, alguno debía de haber estado allí el Año de los Cuatro Emperadores, durante la maldita rebelión que provocó Veleda. El factor bárbaro implícito en el servicio de aquella noche debía afectarlos. Con una expresión adusta en un rostro surcado de cicatrices, sólidos como los cuerpos de los bueyes sacrificados, estaban anímicamente listos para desenvainar sus espadas y combatir contra quien fuera. Podía ser cualquiera que los ofendiera. Esos cabrones tenían el límite de la paciencia muy bajo y en cuanto se los irritaba les da lo mismo con quién se desquitaban.

— ¡Esperad! –ordené a mi pequeño grupo—. No podemos entablar combate con los pretorianos –los chicos parecieron decepcionados y no estaba seguro de que pudiera controlarlos. Además, me dio la impresión de que Clemens, que no tenía experiencia como centurión interino, los seguiría allí donde ellos lo condujeran.

Tenía otros problemas. Anácrites se había apeado de un salto de su medio de transporte. Antes de que yo pudiera intervenir, Helena Justina se acercó a él como un vendaval. El deleite de estar ganando posiciones le había curado el tobillo como por arte de magia, pero Helena parecía dispuesta a derribarle de una patada en las piernas. Ella todavía no había visto a su hermano, pues estaba concentrada en el jefe de los Servicios Secretos. Desde aquella vez que Anácrites y yo habíamos trabajado juntos en el Censo, ella lo trataba como a mi secretario.

— ¡Esto es un desastre! ¡Espero que tengas un plan de seguridad pública debidamente elaborado! –Dudaba que Anácrites hubiera implementado ningún tipo de medidas de control de multitudes porque, francamente, las habría considerado innecesarias. Anácrites, lo mismo que yo, había creído que iba a llevar a cabo un registro tranquilo en un momento en que el templo estuviese prácticamente vacío, pero ahora se encontraba con un remolino de inocentes miembros del pueblo. Con todo, juzgar por su comportamiento al cabrón le daba igual.

Mi estado de ánimo sufrió otro revés. Mientras me abría camino en torno a unos de los edificios del pórtico, Justino se había percatado de la presencia de los guardias y debió de suponer por qué estaban allí; no obstante, no sirvió de nada. Se escondió rápidamente tras un enjambre de los circunstantes pero, al ver que no le proporcionaban resguardo suficiente, salió y echó a correr directo a la escalinata central del templo, subió por ella y se metió en el porche de columnatas. Alcanzamos a verlo, pero no por mucho tiempo. Aunque era de noche, las grandes puertas todavía no se habían cerrado, sino que permanecían abiertas como concesión a los juerguistas. Justino se abrió paso a empujones entre un puñado de sacerdotes y sacerdotisas que estaban contemplando la fiesta callejera y que se sobresaltaron demasiado como para detenerlo. Desapareció en el interior.

Léntulo lo siguió. Nadie supuso que querían comprobar la hora en el viejo reloj de sol que estaba fijo en el exterior, o consultar el antiguo tratado entre Roma y las ciudades del Lacio que se guardaba en la cella.

— ¡Ése de ahí es Quinto! –Conseguí agarrar a Helena antes de que pudiera largarse tras él.

Anácrites hizo una seña a los guardas. Obstaculizadas por la multitud de merodeadores, las tropas se prepararon para una matanza en el templo.

Clemens y yo intercambiamos una mirada angustiada. Tomamos una decisión. Ambos nos quitamos la capa y los soldados de la Primera Adiutrix, que habían visto a su compañero Léntulo entrando en el recinto y sabían que tenía problemas, hicieron lo mismo. Apilamos las prendas en los brazos de Helena, todos a la vez.

— ¡Marco, no he venido sólo para ser la chica que sostiene las capas!

—Hazlo. Eres una heroína, pero no puedes luchar contra los guardias.

En cualquier caso, señora, ¡ya sabes lo que vale una capa! –Mi amplia sonrisa la entretuvo. Sucumbió momentáneamente, tambaleándose bajo el peso de la densa lana de invierno—. Parece que vamos a echar una mano a tus hombres –anuncié a Anácrites con mucha educación. Ese bobalicón pareció horrorizarse al vernos armados con espadas. Entonces nos precipitamos por entre el gentío y subimos por las escaleras pisoteando los talones calzados con grandes botas a los pretorianos que iban delante de nosotros.

***

Todas las personas del Aventino tienen la sensación de no pertenecer a Roma. Esto se remonta a Rómulo y Remo. Nuestra Colina estaba ocupada por Remo, pero cuando éste fue asesinado por su gemelo, el Aventino quedó excluido de los muros de la ciudad originales que Rómulo completó.

El templo de Diana es el más antiguo y más venerado de Roma, pero hubo una época en la que estaba fuera de ella, lo cual provoca que sus sacerdotes apesten a superioridad. Estas indignadas figuras levantaron las manos y prohibieron la entrada a los miembros de la Guardia.

— ¡Profanáis nuestro santuario! ¡No ofrezcáis violencia en un lugar de asilo! –Existen precedentes para pedir la devolución de un fugitivo a la diosa Diana, pero aunque seas Alejandro Magno y todas sus huestes, se supone que tienes que ser educado.

Los guardias, que consideraban que podían ir a todas partes, se indignaron. A continuación hubo un altercado. No se logró nada con las negociaciones, de manera que, en virtud de su armamento, los guardias aprobaron la moción y entraron con estrepito. De todos modos, habían aminorado el paso y algunos incluso se quitaron los cascos con deferencia al llegar a los recintos interiores.

Nosotros no llevábamos casco, pero, al igual que los guardias, cuando nos apretujamos en el interior poco iluminada, anduvimos más silenciosamente. Pasamos por una profusión de columnas hacia unos espacios oscuros que olían a incienso. Estatuas de amazonas con expresiones desconcertantemente simpáticas nos miraban desde todas partes. En el centro del santuario, había una majestuosa escultura que había tomado como modelo la que había en Éfeso: Diana como diosa madre de múltiples pechos, una sonrisa serena en sus labios dorados, extendiendo las manos con las palmas hacia arriba, como si diera la bienvenida a los fugitivos.

Teníamos la mano puesta en la empuñadura de nuestras espadas, pero no las desenvainamos. Con gran dificultad intentamos adelantar a los guardias, pero esos cabrones dominantes nos retuvieron. Algunos dieron media vuelta, se colocaron hombro con hombro y nos acorralaron en un rincón. No sería buena idea tratar de salir de allí arremetiendo a tajos.

Justino y Léntulo habían desaparecido. Allí no parecía haber nadie más.

Un grupo de sacerdotes y sacerdotisas nos empujaron para entrar.

Abuchearon a los guardias cuando éstos empezaron a registrarlo todo

sistemáticamente. Durante un rato esos brutos intentaron no causar problemas en el recinto, pero su proceder habitual consistía en tirar por ahí las cosas de los demás descuidadamente. Al poco se volcó un candelabro.

Hubo un alboroto cuando unos sacerdotes, vociferando con estridencia, sofocaron las llamas con una cortina, "ayudados" por unos guardias que, envalentonados, arrancaron más colgaduras de las varillas que las sostenían y las arrojaron a un lado. Las estatuillas votivas iban recibiendo patadas de unas botas innecesariamente torpes. En tanto que las sacerdotisas chillaban y se abatían sobre el mobiliario y los tesoros del templo para protegerlos, los alborozados guardias encontraron a Ganna.

Un grupo de pretorianos la cercó para evitar que escapara. No iban a hacerle daño, pero Ganna era joven, mujer y extranjera, y no tenía experiencia en distender las situaciones problemáticas. Empezó a gritar y, por supuesto, siguió gritando. Justino no pudo soportarlo y salió precipitadamente de su escondite. Léntulo iba de nuevo pisándole los talones.

Las cosas se iban poniendo cada vez más feas. Al final los guardias desenvainaron las espadas y el personal del templo se volvió loco. Justino y Léntulo, ambos dando gritos, cruzaron el santuario a todo correr en dirección a Ganna y se vieron frente a una hilera de relucientes espadas afiladas empuñadas por unos salvajes que tenían veinte años de experiencia en su manejo. La luz era escasa y el lugar estaba atestado. Hubo momentos en que se convirtió en una pesadilla. Justino, aunque iba desarmado, gritaba a los guardias que soltaran a la joven, pero avanzaron hacia él con intenciones claras. Léntulo, que sí llevaba una espada, corrió a situarse entre ellos. Clemens y yo intentamos hacer algo, pero todavía estábamos todos acorralados en nuestro rincón por otros guardias, que entonces decidieron desarmarnos. Mientras nos pasábamos las armas de uno a otro entre nosotros para evitar que nos las confiscaran, vi que se llevaban a rastras a Ganna afuera. Logré escapar, salí corriendo a la escalinata y vi que la llevaban a empujones entre el gentío que gritaba, y la metían en la litera que había traído Anácrites, el cual me lanzó una repugnante mirada de triunfo.

Intervino una persona: Helena Justina soltó el montón de capas que llevaba y volvió a abordar al espía. La muchedumbre guardó silencio para oírla. Helena comprendió la situación. Yo sabía que estaría disgustada por el

trato que se había dado a Ganna, pero fue clara y educada y habló en voz sonora para que todo el mundo la oyera:

— Anácrites, estoy aquí para hacer de acompañante de Ganna, con el consentimiento de Tito César. Ten cuidado, por favor, necesitas de toda tu diplomacia. Ganna es demasiado joven para haber tomado parte en la rebelión y no es ella quien se halla bajo la amenaza de ejecución. Esta chica inocente vino a Roma simplemente como compañera de Veleda, una acompañante también. Ahora la intención es tratarla bien y hacer de ella una amiga de Roma. Después podemos devolverla al lugar de donde vino para que haga correr la voz entre los bárbaros de que somos un pueblo civilizado al que deberían considerar un aliado.

— ¡Yo ya sé lo que me hago! –se burló el espía con tosquedad.

—Por supuesto. Pero dondequiera que vayas a mandarla, yo también iré.

Sin esperar a que el jefe de los Servicios Secretos respondiera, Helena subió a la litera con Ganna. Los esclavos tampoco esperaron la reacción de Anácrites, sino que recogieron las varas y se pusieron en marcha, escoltados por una desordenada procesión de pretorianos. La multitud, que daba gritos de entusiasmo, se separó para dejar que el grupo abandonara la escena y se fuera Aventino abajo. Probablemente Anácrites había dado la orden de que llevaran a Ganna a alguna terrorífica celda de interrogatorio, aunque Helena presente como intermediaria, la situación podía ser muy distinta a la tortura que él había planeado. La súbita marcha de Helena era buena y mala al mismo tiempo, pero tenía asuntos peores de los que ocuparme.

Enfurecido, Anácrites subió corriendo las escaleras, se abrió paso a empellones entre el resto de los guardias y exigió ver a Justino. Sin embargo, cuando todos volvimos a entrar en el templo como pudimos, empujándonos unos a otros de manera vengativa y apartando a golpes a los sacerdotes, ya no había ni rastro de él. En el oscuro interior –más oscuro todavía ahora que las lámparas se habían apagado durante la escaramuza—, Clemens y la mayoría de nuestros hombres estaban apiñados en torno a una figura tumbada. Léntulo estaba tendido en el suelo, justo enfrente de la estatua de Diana. Su pierna izquierda parecía estar casi cercenada, pero Clemens la sostenía en alto: Minnio y Gaudo la sujetaban en tanto que Paulo, arrodillado detrás de Léntulo, sostenía su cabeza. Mientras Clemens se esforzaba para hacer un torniquete, la sangre iba empapando la túnica

que había rasgado y utilizado para tal propósito, encharcándose también en el suelo de piedra. Los soldados le metían prisa y llamaban a Léntulo por su nombre. Él no se movió ni profirió sonido alguno.

Los ayudantes del templo resultaron inútiles, preocupados únicamente por la profanación de su santuario. Unos cuantos guardias fingieron ser solícitos, pero me di cuenta de lo que tramaban. Uno de ellos era el responsable de lo que había ocurrido a Léntulo y empezaban a intuir que tendrían problemas. La mayoría se había quedado en silencio; los viejos centuriones saben lo que hay que hacer cuando las cosas salen mal. Estarían pensando en qué dirían para librarse en caso de que hubiera una investigación. Algunos se acercaron, fingiendo que querían ayudar, y se ofrecieron a levantar el cuerpo inerte del joven soldado y llevarlo afuera.

Clemens, que estaba a punto de perder a un hombre de los que tenía a su cargo, enloqueció:

— ¡Dejadlo! ¡Dejad que se estabilice, idiotas! ¡Que alguien quite de en medio a estos hijos de puta asesinos, joder!

Me acerqué a grandes zancadas. Con mi voz hice saber a los guardias lo furioso que estaba por tener que parecer razonable.

—Ahora dejadlo en nuestras manos, muchachos. Será mejor que os larguéis. Hoy estábamos todos en el mismo bando; se suponía que era una operación conjunta, ¿o es que nadie os lo ha explicado? –Los guardias, que ya empezaban a demostrar la vergüenza que sentían, enseguida optaron por marcharse. Anácrites debió de esfumarse de la escena antes que ellos.

Clemens, de rodillas junto a Léntulo, seguía intentando contener la sangre desesperadamente. Miró por encima del hombro, me reconoció cuando me acerqué para evaluar el problema y me gritó:

— ¡No te quedes ahí parado, Falco! Ve a buscar ayuda. ¡Trae a un médico!