Las saturnales
Capítulo XLVII
Había traído mi propia espada, pero no pude sacarla inmediatamente del cómodo y calentito rincón de su vaina bajo mi axila, puesto que, al principio, estaba demasiado ocupado echándome a un lado. Había muchos árboles en los que guarecerse de un salto, pero la mayoría eran demasiado delgados y no proporcionaban verdadera protección. Mi oponente rebanaba los troncos de los árboles jóvenes con todo el odio de un jardinero cortando cardos gigantes.
Cuando por fin desenvainé la espada me vi en un serio aprieto. Aprendí a luchar en el ejército y nos enseñaron a parar un golpe con toda la violencia posible, sacudiendo al otro de manera que quedara medio inconsciente, y a continuación arremeter y matarlo. Con mucho gusto mandaría a ese loco directo al río Estigio, pero el investigador que llevo dentro anhelaba saber primero por qué me estaba atacando esa amenaza suicida. Mientras danzábamos por ahí y hacíamos entrechocar las hojas, el esfuerzo parecía inútil. Estaba a punto de poner fin a todo aquello propinándole una brutal cuchillada entre las costillas.
Aquel hombre estaba desesperado. Cada vez que yo entraba a fondo, se las arreglaba para detenerme. Volví a arremeter: lo aceptó como un gladiador que sabe que no saldrá vivo de la arena. Al cabo de poco concentró todos sus esfuerzos en defenderse. Cada vez que yo atacaba, él se protegía furiosamente. Si aflojaba el ritmo, habría ido a por mí con renovado vigor, pero parecía haber perdido la iniciativa.
Al final me arriesgué. Dejé que la espada me colgara de la mano, con la punta hacia el suelo. Extendí los brazos y los abrí, mostrando mi pecho para una estocada mortal. (Creedme, estaba fuera de su alcance y tenía la espada bien agarrada)
—Bueno, mátame –le provoqué.
***
Aquel momento pareció eterno e interminable. Entonces oí que el hombre gimoteaba.Alcé rápidamente el arma, crucé el claro de un salto, lo tumbé de un golpe y me dejé caer encima de él. La punta de mi espada le presionaba el cuello. Me fijé en que estaba rajando el intrincado galón dorado de una túnica larga y blanca de bastante buena calidad que no armonizaba con la persona que la llevaba puesta. El hombre tenía el rostro como un budín de leche con una bola de masa allí donde tendría que estar su nariz y el cuerpo maltrecho por el raquitismo. Su actitud consistía en una extraña combinación: autoridad grandilocuente mezclada con puro terror. Lo más parecido que había visto a aquel payaso era un financiero en quiebra al ver venir a los alguaciles, inmediatamente antes de que empezaran la negación y la justificación.
— ¡Sé quién eres! –exclamó el curioso espécimen con un grito ahogado.
— ¡Apuesto a que no tienes ni la más remota idea! ¿Y tú quién eres?
Aparte de un completo maniaco, claro.
—No tengo nombre –respondió con voz temblorosa. Esta misión estaba llena de fantasmas.
—Bueno, pues eso fue un descuido por parte de tu padre. –Lo solté de pronto y me levanté al tiempo que cogía su arma. Envainé mi espada de inmediato y retrocedí.
— ¿Puedo levantarme?
—No. Quédate en el suelo. Ya me he hartado de que andes dando saltos por ahí como una cantárida tratando de liquidarme.
—Te he estado siguiendo. Te he visto buscando…
—No te estaba buscando a ti. A menos que seas una mujer sumamente bien disfrazada. Y ahora escúchame. Quienquiera que pienses que soy, mi nombre, que me lo puso mi madre, por cierto, puesto que entonces mi padre se hallaba ausente comprando una estatua en Preneste, mi nombre es Falco.
Marco Didio Falco, hijo de Marco, un ciudadano romano libre.
Soltó una exclamación entrecortada. A esas alturas pensé que era lógico.
En un tono más calmado le dije de un modo alentador:
—Así es. Tranquilízate. No soy ni un esclavo ni un fugitivo, de modo que no he venido a por ti. Me imagino que eres el Rey del Bosque, ¿no?
—Sí, lo soy –contestó el Rex Nemorensis con orgullo aun cuando estaba tendido de espaldas en su propia arboleda, cubierto de hojarasca y hongos
aplastados mientras yo lo insultaba—. Ahora que ya sabes de qué va todo esto, ¿puedo levantarme, por favor?
—No puedes levantarte hasta que no hayas respondido a mi pregunta. –
Mantuve un tono áspero. Estaba cansado de mi búsqueda y dispuesto a ser inflexible para terminarla—. La mujer a la que estoy buscando es una germana de clase alta que habría venido a esconderse aquí hace muy poco.
Una hembra muy atractiva, enviada desde el templo de Diana en el Aventino en busca de refugio. Puede que esté enferma, y tiene buenos motivos para estar desesperada.
— ¡Ah, ésa! Llegó hace dos días –dijo el Rex Nemorensis, agradecido por poder satisfacer mis exigencias con tanta facilidad. No le importaba Veleda, pues lo único que ansiaba era su propia supervivencia—. Afirma que es una víctima de la injusticia internacional, perseguida por elementos violentos en su propio país, secuestrada contra su voluntad, pendiente de un castigo insufrible, amenazada de muerte: las tribulaciones típicas de los extranjeros. Si miras bien, no tardaras en encontrarla andando por ahí alicaída.
—Estaba mirando cuando te abalanzaste sobre mí –le recordé.
—Creí que había llegado mi hora –alegó el Rey del Bosque, cuyo espíritu beligerante se había venido abajo como una calabaza podrida.
—Todavía no –repuse con amabilidad al tiempo que lo agarraba del brazo y tiraba de él para ayudarlo a ponerse de pie.
—Ay, Falco, no tienes ni idea de los que es tener que pasar el día escondiéndose detrás de los árboles esperando a que aparezca alguien nuevo y te mate.
—Creí que habían puesto fin a todo eso.
—Eso dicen, pero, ¿acaso puedo creerles? Antes de venir di unas cuantas lecciones de manejo de la espada con un antiguo gladiador, pero se me ha olvidado toda la teoría. Además, ya no soy ningún jovencito era como si estuviera escuchando a un pescador anticuado lamentándose de que la generación más joven había agotado todo el salmonete—. Ya sólo puedo esperar la muerte –masculló. No, era como un espantoso escribiente público esperando el día en que un subalterno lleno de granos con un estilo más afilado usurpara finalmente su puesto.
Le sacudí la larga túnica sacerdotal que llevaba puesta, le devolví la espada, lo puse en un sendero de cara al camino principal y lo dejé allí a su
perpetua espera de la muerte.
Me cayó bastante bien, una vez llegué a conocerlo. De todos modos, aquel hombre estaba condenado. No es bueno hallarse próximo al fracaso inevitable, hace que empieces a pensar demasiado en tu propia vida.
El Rex Nemorensis me brindó su ayuda. Quería ir solo, pero cuando me puse en camino me siguió como una cabra muy curiosa.
***
Me dirigía de nuevo hacia el lago. Fue entonces cuando la vi. De pie en la ribera había una mujer inmóvil de espaldas a mí, envuelta en una larga capa oscura, con la capucha puesta. Estaba completamente sola, bien contemplando el agua o simplemente mirando al otro lado. Tenía la estatura adecuada y me pareció reconocer su porte. Desde atrás era imposible interpretar su estado de ánimo, pero su quietud y su postura sugerían una profunda melancolía.El Rey del Bosque podía resultar útil al fin y al cabo. Miré por encima del hombro y le dije en voz baja:
—Una pregunta: desde que ella llegó aquí, ¿ha habido alguna muerte violenta?
Lo negó con la cabeza, casi con tristeza.
—No.
Me cubrí con la capa para volver a esconder la espada, salí del bosque andando con cautela y caminé por la baja y llana orilla hasta situarme junto a Veleda al borde del agua.
CPXLVIII
Era mayor de lo que me esperaba, y mucho mayor de lo que recordaba.
Me impresionó. Aunque las circunstancias de nuestro primer encuentro podían haber bañado mi memoria con una dorada bruma de romanticismo, el hecho de haber sido capturada por Rutilio Gálico le había provocado uno de esos deterioros bruscos que afectan físicamente a algunas personas.
Debió de envejecer rápidamente durante un corto periodo de tiempo. Ya se sabe que los bosques infinitos no cuentan con discretas tiendecitas de cosméticos para remediar ese tipo de daños.
Me reconoció.
—Didio Falco. –Aquellos ojos azules se percataron de lo que estaba pensando sobre su aspecto. Uno de los rasgos que las sacerdotisas
misteriosas siempre cultivan es el de leer el pensamiento—. ¡Por ti sí que no parece que haya pasado el tiempo! –No sonó como un cumplido. Ya estaba acostumbrado, ¡qué caray!
—No te engañes. Estoy casado y tengo dos hijas. Me he hecho mayor. –
Me pregunté si sabría que a Justino le había ocurrido algo parecido aunque supuse que ese idiota se lo habría contado cuando le escribió. O tal vez no.
En los lejanos bosques, Veleda había parecido una cabecilla rebelde de pies a cabeza, la brillante inspiración de feroces guerreros que, orientados por ella, no solamente se opusieron al Imperio, sino que además se enfrentaron a Roma y estuvieron a punto de ganar. Mis compañeros y yo la habíamos visto caminar entre su gente con una magnífica seguridad en sí misma. Las artimañas que habían atrapado a Justino se basaban en su belleza física así como en su inteligencia y su poder (además de ese talento que todas las mujeres inteligentes utilizan contra los hombres: demostrar interés por él). Seguía siendo una mujer muy atractiva: alta de porte erguido, fascinantes ojos azules, rubia, aunque cuando se le cayó la capucha al volverse hacia mí vi que el reluciente color dorado de sus cabellos se había apagado, pues, a pesar de que las canas todavía no cubrían sus trenzas blondas, no tardarían en proliferar. La humillación de su captura no parecía haber minado su confianza en lo más mínimo; sin embargo, algo había muerto –o estaba muriéndose— en su interior. Era muy sencillo: la legendaria Veleda ya no era una niña.
Me di cuenta de que ella no tenía la sensación de haber cambiado. El reflejo borroso de un espejo de bronce o plata no le hubiera mostrado esas finas arrugas alrededor de los ojos y la boca, ni la manera en que su piel había empezado a perder su elasticidad. Era probable que los médicos que la habían atendido en casa de Quadrumato, los hombres de los que Helena se había burlado por decidir al instante que los problemas de Veleda eran
"histeria femenina", hubieran diagnosticado correctamente que la mujer había alcanzado el momento de cambio en la vida, si bien al mirarla también vi signos de verdadera enfermedad. No obstante, Veleda seguía siendo ella misma; abordaba el futuro con ansias de vida, de influencia, de éxito. Ello significaba que todavía era peligrosa; no debía olvidarme de eso.
—Nunca imaginé que volveríamos a vernos, Veleda. Lo siento, es un comentario muy trillado.
—No mejoras, Falco. –Entonces recordé que yo nunca le había caído bien, al contrario que Camilo Justino, que le había gustado enseguida porque era inocente y honesto (en la media en que podía llegar a serlo en una misión peligrosa), y no un cínico. En una situación difícil, muy pocos romanos serían tan abiertos como lo fue él. Veleda se había convencido de que el joven héroe era genuino, y él no hizo casi nada por desengañarla.
Por contraste, se había dado cuenta de que yo era conflictivo. Me habían mandado al bosque infinito en el que vivía en una vieja torre de señales romana vigilada por una repugnante banda de parásitos: parientes masculinos que se aprovechaban de su relación. Me enviaron expresamente para manipularla, coaccionarla, hacer que dejara de enfrentarse a Roma; incluso podría haberla matado y por lo que ella sabía, mi intención había sido precisamente ésa, aunque no estaba seguro de lo que habría hecho si se me hubiera presentado la ocasión. Siempre que trabajaba como agente del Emperador era el sicario sin escrúpulos al que mandaban al extranjero para realizar trabajos sucios que el estado no reconocería y que no podía aprobar abiertamente. Yo desatascaba obstrucciones de las cloacas diplomáticas. Si la conversación elegante hubiera bastado para disuadir a Veleda de que fuera nuestra enemiga, Vespasiano no me habría enviado.
La última vez que nos vimos, yo era su cautivo. Ahora sólo estábamos nosotros dos, de pie en la orilla desierta de un lago, yo con una espada y ella desarmada. Una vez más, supo lo que estaba pensando.
—Bueno, ¿vas a matarme, Falco?
—Si esto fuera Germania Libera… —suspiré. La vida era asquerosa y la muerte una porquería. Aquí, un final rápido para Veleda iba contra las reglas. A mí no me importaban las reglas, pero podía haber alguien mirándonos—. No espero que me creas, señora, pero mi versión de la civilización dice que sería mejor matarte limpiamente en lugar de hacerte desfilar en un carro como un trofeo para que te estrangule algún verdugo mugriento.
Veleda no respondió. En lugar de eso, se volvió nuevamente y se quedó mirando el lago como si en sus aguas tranquilas viera imágenes cambiantes de aquellas barcazas hundidas.
Me acerqué más a ella.
—Quizá te hayas encontrado a un anciano y te lo haya contado, pero en el fondo del lago hay unos barcos fantásticos, unos barcos creados para un
emperador. Nunca olvidare que una vez me hiciste el valioso regalo del barco de un general. Nos salvaste la vida. Tu tribu debe de haberte odiado por ello. Dime, Veleda, ¿me estás pidiendo que te devuelva el favor?
Veleda se dio la vuelta y paseó sobre mí una mirada gélida.
—Si quisiera que me devolvieras el favor hubiera enviado a buscarte en cuanto llegué a Roma.
— ¿Pues a quién mandaste a buscar para que te ayudara? –pregunté en tono desafiante.
—No mandé buscar a nadie.
Esbocé una sonrisa.
—No hacía falta, claro. Había un joven con un gran sentido del deber y unos fuertes sentimientos hacia ti que nunca habían muerto. Así que te escribió.
—Si sabes eso, Falco, sabrás que no le contesté.
No sabía si estábamos haciendo algún progreso o simplemente abrumándonos con una charla intrascendente. Ahora los dos mirábamos fijamente el agua del lago.
—Te creo, Veleda. Quizá seamos enemigos, pero en el pasado nos tratamos con justicia. Te dije sin rodeos por qué había acudido a tus dominios, y a su vez tú me explicaste de manera honorable la suerte que había corrido un hombre cuya muerte investigaba. Cuando mis compañeros y yo te dejamos, nos fuimos con tu conocimiento y aprobación. Te habíamos planteado nuestros argumentos para la paz. Tú seguiste teniendo la libertad de elegir entre continuar con la actividad hostil contra Roma o dejarte influenciar por nosotros. –Me refería a dejarse influenciar por Camilo Justino, pues él había sido nuestro portavoz y era el único al que Veleda escuchaba.
Bajé la voz:
—Así pues, con este mismo espíritu, Veleda, dime: ¿fuiste tú quien mató a Graciano Esceva?
La sacerdotisa dio medio paso al frente y de pronto se acuclilló al borde del agua. Se inclinó y con sus finos dedos trazó surcos en el lago. Las olas se deslizaban contra ellos al mover la mano en una dirección y luego en otra. Se volvió a mirarme por encima del hombro con unos ojos furiosos en un rostro pálido.
— ¿Y le corté la cabeza? ¿Y la dejé en el agua estancada? –Me fijé en que lo dijo como si se tratara de dos acciones distintas y en que desdeñaba el agua de lluvia recogida en la alberca del atrio. Era muy consciente de que se la había culpado por aquella atrocidad. Su voz sonó desafiante—: ¡No, Falco!
Volvió a ponerse en pie. Estaba demasiado cerca de la orilla del lago.
De hecho, sus pies calzados con sandalias se hallaban sumergidos en el agua y las olas mojaban los bajos de su vestido. El movimiento del agua arrastró el borde de su larga capa y la alejó de ella unos centímetros.
Quería preguntarle si sabía quién había cometido el asesinato, pero me contuve. A juzgar por su expresión, comprendí que Veleda había visto algo.
Volví la vista atrás. Caminando por la orilla hacia nosotros, sin prisa pero con determinación, venía Helena Justina: mi esposa Helena, la sumamente protectora hermana del que fuera amante de Veleda.