Las saturnales
Capítulo III
—Veleda… —fingí que intentaba recordar quién era, pero Laeta me caló.
Me senté en un diván. El hecho de relajarme en Palacio siempre me hacía sentir como una larva desagradable que se había arrastrado desde los jardines. Nosotros los informantes no estamos hechos para repantigarnos en cojines rellenos de plumón de ganso y motivos imperiales bordados con luminosos hilos de seda. Lo más probable es que llevara estiércol de asno en las botas, más no me molesté en comprobar si había manchado el suelo de mármol.
—Cuando Tito sugirió que te llamara, consulté tu expediente, Falco –
señaló Laeta—. Hace cinco años te enviaron a una misión en Germania para ayudar a aplacar a los rebeldes que aún persistieran. La caja que contenía los informes ha sido misteriosamente cribada (uno se pregunta por qué), pero está claro que conociste a Civilis, el jefe bátavo, y el resto puedo deducirlo. Supongo que cruzaste el río Rin para negociar con la sacerdotisa,
¿no?
En el Año de los Cuatro Emperadores, cuando el Imperio se había venido abajo en medio de una sangrienta anarquía, Civilis y Veleda habían sido dos activistas germanos que intentaron liberar su zona de la ocupación romana. Civilis era uno de los nuestros, un ex auxiliar, adiestrado en las legiones, pero Veleda se enfrentó a nosotros desde territorio extranjero. En cuanto Vespasiano se hizo con el trono y puso fin a la guerra civil, ambos habían seguido provocando altercados durante un tiempo.
—Fui en otra dirección –respondí con una sonrisa—. Crucé desde Batavia y luego me dirigí hacia el sur para encontrarla.
—Cuéntame los detalles –dijo Laeta con desdén.
—Intentaba conservar la vida. Las negociaciones formales resultaron difíciles cuando lo que querían los devastadores brúcteros era nuestra sangre. No tenía sentido acabar decapitados y que arrojaran nuestras cabezas al río como sacrificio.
—No si puedes hacer amistad con una hermosa rubia en lo alto de una torre de señales y luego pedirle prestado su barco para volver a casa. –Laeta conocía todos los detalles. Debía de haber visto mi informe "confidencial", aunque tenía la esperanza de que no estuviera al corriente de los hechos que yo había omitido.
—Que fue lo que hice, muy deprisa. Germania Libera no es un buen lugar para que un romano se entretenga mucho tiempo.
—Bueno, las cosas han cambiado.
— ¿Para mejor? –lo dudaba—. Dejé a Civilis y a Veleda reconciliados de mala gana con Roma. Al menos ninguno de los dos tenía intención de organizar más levantamientos armados, y Civilis estaba confinado a la zona de la que era oriundo. Así pues, ¿qué problema hay ahora con la brúctera pechugona?
Claudio Laeta apoyó la barbilla en las manos con aire meditabundo, y al cabo de un rato me preguntó:
—Creo que conoces a Quinto Julio Cordino Cayo Rutilio Gálico, ¿no?
Me mondé de risa.
— ¡A trozos! Cuando lo conocí no utilizaba ese rollo entero de nombres. –Debían de haberlo adoptado, era una forma de mejorar tu posición social. Algún patrono rico con la apremiante necesidad de un heredero, y no mucho criterio, le había proporcionado un ascenso en la sociedad y una firma doble. Lo más probable es que suprimiera los nombres adicionales en cuanto se lo permitiera el decoro.
Laeta forzó una sonrisa desdeñosa.
—Ahora el estimable Gálico es gobernador de la Germania inferior. Es un hombre formal. –Entonces es que era idiota. A pesar de la maravilla de los seis nombres seguiría siendo el mismo senador anodino que había conocido en Libia, cuando lo habían enviado a inspeccionar los límites territoriales y a poner fin a las contiendas entre las tribus. Desde entonces había compartido un recital de poesía con él. Todos cometemos errores, pero los míos suelen ser embarazosos.
—No es nadie especial, que yo recuerde.
— ¿Acaso hay alguno que lo sea? –ahora Laeta se mostraba amigable
—. De todos modos, está haciendo un trabajo excelente como gobernador.
Supongo que no te habrás mantenido al tanto de las novedades: los brúcteros vuelven a estar activos. Gálico fue hasta Germania Libera para
ponerles freno, y estando allí capturó a Veleda. –Utilizando el mapa que hice yo de su escondite, sin duda.
Me sentía molesto.
—Entonces, ¿no sirvió de nada que, cumpliendo órdenes de Vespasiano, le prometiera a esa mujer que no habría represalias en cuanto pusiera fin a su agitación antirromana?
—Así es. No sirvió de nada. –Laeta, que seguía fingiendo que éramos amigos, demostró su cinismo—. La explicación oficial es que, dado que los brúcteros volvían a amenazar la estabilidad de la región, se supuso que la mujer había seguido revolviendo las cosas.
—Otra posibilidad –sugerí— es que se haya enfrentado a su tribu, y que no tenga nada que ver con que los brúcteros se hayan vestido para la guerra.
Hubo una pausa. Lo que dije era correcto. (Sí que me mantengo al tanto de las novedades) Veleda se había encontrado con que cada vez estaba más en desacuerdo con sus compatriotas. Su influencia en la región era cada vez menor y, aunque creyera necesario acabar con los de su tribu, Rutilio Gálico podría –debería— haberla dejado en paz.
No obstante, la necesitaba por su propio interés: Veleda era un símbolo.
Así pues, lo tenía muy difícil
***
—No regateemos, Falco. Gálico llevó a cabo una valerosa incursión en Germania Libera y acabó legítimamente con un despiadado enemigo de Roma.Terminé yo la historia.
— ¿Y ahora espera un triunfo?
—Sólo se conceden triunfos a los emperadores, por lo que siendo general, Gálico tendrá derecho a una ovación. –Era lo mismo que un triunfo, pero con una procesión más corta: hecho a lo barato. Aun así, una ovación era poco común, pues celebraba un extraordinario agradecimiento civil hacia un general que había luchado con valor en territorio sin conquistar.
— ¡Mera terminología! ¿Vespasiano ha promovido todo esto? ¿O ha sido Domiciano, el amigo de Rutilio en la corte?
— ¿Gálico mantiene una buena relación con Domiciano César? –Laeta se estaba haciendo el falso.
—Comparten una gran admiración por la poesía épica de baja calidad.
¿De modo que ahora Germania Libera y todos sus crueles y violentos habitantes, ataviados con sus pieles de lobo y su odio a Roma, forman parte del Imperio gracias al heroico Rutilio?
—No exactamente. –Laeta quería decir que de ninguna manera.
Después de que Augusto perdiera las tres legiones de Varo en el Bosque Teutoburgo hacía setenta años, estaba claro que Roma nunca sería capaz de avanzar sin problemas hacia el otro lado del Rin. Nadie sabía hasta dónde llegaban los oscuros árboles que se extendían en dirección este, ni cuántas tribus feroces habitaban en las vastas zonas inexploradas. Yo había pasado una breve temporada en aquel lugar y allí no había nada para nosotros.
Percibí un riesgo en potencia: algún día las tribus saldrían del bosque, cruzarían el río y nos atacarían, pero no era más que eso, una teoría. No les iba a favorecer en absoluto. Siempre y cuando se mantuvieran en su lugar, nosotros nos mantendríamos en el nuestro.
Salvo cuando un general propenso a engrandecerse a sí mismo, como Rutilio Gálico, se sentía obligado a embarcarse en una descabellada aventura para añadir lustre a la pobre posición que ostentaba en su país.
En mi boca empezaba a tener el gusto de la desaprobación. Rutilio era idiota, pero, además, Claudio Laeta era un estúpido por el atisbo de respeto que demostraba hacia aquel hombre. Si se pusiera la política en manos de semejantes tarados, podrían oírse las risotadas de los dioses.
—Seguimos manteniendo nuestra antigua decisión de no avanzar para ganar territorio al otro lado del río. –Laeta se mostraba tan satisfecho de sí mismo que me entraron ganas de tirarle la tinta de su juego de escritorio de plata por encima de su inmaculada túnica blanca—. No obstante, hay una zona problemática al otro lado de Moguntiaco. –Era una gran base que teníamos a medio camino bajando por el Rin—. El Emperador se alegró de que Gálico consolidara la seguridad en la zona. Cuando vuelva…
— ¿Va a volver? –lo interrumpí.
Laeta adoptó una expresión furtiva.
—Nunca hacemos públicos los movimientos de los gobernadores cuando éstos se hallan fuera de sus provincias.
— ¡Ah! Ha rapiñado un descanso en mitad del periodo. –Todos lo hacían. Tenían que controlar a sus esposas en casa.
Laeta prosiguió obstinadamente:
—Ése es el problema, ¿sabes, Falco? el problema con Veleda.
Me incorporé.
— ¿Acaso la ha traído a Roma? –Laeta se limitó a mantener los párpados cerrados más de lo habitual y no me respondió. Por lo pronto, yo ya hacía semanas que sabía que Veleda estaba aquí. Había regresado de Grecia antes de tiempo sólo para evitar que Justino tuviera problemas—.
¡Ah, ya lo entiendo! Rutilio la ha traído a Roma, pero tú no vas a reconocerlo, ¿verdad?
—La seguridad no es ningún juego, Falco.
—Espero que jugaras mejor si lo fuera.
—El gobernador, con muy buen criterio, prefirió no dejar allí a una cautiva tan conflictiva y de tan alto rango. Los riesgos eran demasiado grandes, pues una mujer prisionera en un campamento del ejército siempre es un foco de malestar, incluso de bromas que podrían irse de las manos.
Sin la presencia de Gálico para imponer un férreo control, su tribu podría haber intentado organizar un rescate o las tribus rivales, asesinarla, pues siempre están como el perro y el gato. Hasta podría ser que Veleda hubiera escapado por sí sola.
Visto ahora en retrospectiva, la lista de posibles crisis parecía una excusa. Me alertó la sutileza con la que Laeta evitaba mirarme a los ojos.
¡Por todos los dioses! Me resultaba difícil creer lo que debía de haber ocurrido:
—Bueno, Claudio Laeta, a ver si me ha quedado claro: Rutilio Gálico trajo a la sacerdotisa a Roma con él, por "seguridad", ¿y dejó que se le escapara aquí?
Veleda era una bárbara tremendamente influyente, una conocida enemiga que en una ocasión revolvió a todo un continente para que se rebelara contra Roma. Nos odiaba. Odiaba todo aquello que representábamos. Mientras nosotros estábamos preocupados con nuestras peleas por la autoridad, ella había unido a todos los pueblos de Europa septentrional y en el punto culminante de su movimiento casi nos hizo perder Batavia, la Galia y Germania. Y ahora, Laeta me estaba diciendo que aquella mujer andaba suelta, precisamente dentro de nuestra ciudad.