Litio
Vendedora de chía
1
Las contradicciones no ocupaban un lugar en la vida de Heriberto. En su momento tuvo que tomar una serie de decisiones, lo hizo y siguió con su existencia como si fuera un árbol que crece impulsado por las fuerzas de la naturaleza. Nadie se pregunta por qué una rama va en esta o en aquella dirección.
Sin embargo, ahora que gira a la izquierda en la desviación de Moctezuma, a Heriberto lo carcomen las dudas. Regresa del ejido, de una visita relámpago a los parientes, enojados porque la demanda contra Grupo México no avanza, congelada en el despacho de un juez en Hermosillo.
Se los encontró con el ánimo rabioso, dispuestos a tomar medidas más drásticas. ¿Como cuáles? Bloquear el acceso a la mina, por ejemplo, hasta que nos escuchen, le dijo Florencio, enturbiado el espíritu por un bacanora tan silvestre que quemaba el hígado. Creen que son dueños de todo, de la tierra, de nuestras vidas, mira lo que pasó en el río Sonora, le dijo con un desaliento que le desconocía.
Ya en las confidencias del alcohol le preguntó si estaba con ellos, si se vendría a dar la batalla. Esto también es por tu padre, le dijo.
Váyanse todos a la verga, piensa Heriberto cuando enfila rumbo a Granados. Resulta que ahora se trata de estar con unos o con otros, de tomar partido, de reivindicarse, como si sus pasos sobre la tierra hubieran sido un equívoco permanente, un errar sin brújula.
Añora los tiempos en los que su lugar en el mundo parecía estar definido por pequeños actos que, no obstante, tenían un gran significado. Era el brazo derecho de don Zacarías, un miembro importante de la junta local de ganaderos, respetado en la comunidad. A su muerte, no le faltaron ofertas de trabajo en los ranchos vecinos, pero decidió quedarse, lo consideró una cuestión de honor.
¡Flores en El Tazajal! Tuvo que pagar un precio por el sacrilegio.
El problema, piensa Heriberto al dejar atrás Granados, es que los credos cambian rápido, a conveniencia de sus sacerdotes.
Y, sin embargo, andaba tan contento porque Rosario le abrió la puerta de la casa de sus padres, después de tantos años, y lo dejó entrar con ese rictus de mala leche, resignada, café, coricos y la constatación de la decadencia de las paredes entre las que creció.
Sintió vértigo por el espacio vacío, por la pobreza de su hermana. Y unas ganas locas de repararlo todo, los daños externos y los internos. Restañar heridas, recuperar el tiempo perdido, borrar las ofensas, encontrar en el corazón de Rosario un sentido que ha empezado a escapársele.
¿Debe defender la casa de su padre contra los lobos, contra la sequía, contra la usura?, se pregunta cuando el pueblo aparece a lo lejos, un pueblo que ha perdido la inocencia de su aislamiento, la lealtad con sus ancestros, que se abre ingenuo a unos sátiros de miembros descomunales.
Antes de encontrarse con Florencio, la charla con Rosario le había proporcionado cierto optimismo. No fue fácil soportar la lluvia de reproches, reclamos, insultos. Aguantó el chaparrón estoico, sin intentar justificarse, consciente de que el perdón que buscaba no admitía réplicas. Después del desahogo de su hermana, inerme, desnudo, humilde, Heriberto recurrió a la memoria.
Hubo una época en la que Rosario y él urdieron una alianza contra el resto de los miembros de la familia. Se protegían, se cuidaban mutuamente de la violencia que ejercían contra ellos: Rosario por ser la hembra de la casa; él, por desmadroso, una anomalía en la herencia familiar. ¿Es posible recuperar ese lazo? ¿Cómo asumir las otras traiciones? A él mismo, a María Antonieta, a Ana María, vieja y enferma, la tía Ana María.
Las primeras casas del pueblo le dan la bienvenida. El atardecer es ese horizonte en llamas característico de la época del año. Un incendio que siempre lo fascina.
Ramón se conduce como si fuera el dueño del pueblo. Algunos de los westerns que vio de niño en el cine de húngaros que se instalaba en la plaza durante el verano han de haber influido en esta percepción. Cree ser la medida de todas las cosas, una brújula moral. El uniforme y el revólver a la cadera contribuyen al mito que este John Wayne serrano está fabricando de sí. Es posible que los dioses nunca castiguen su hýbris. Tal vez el castigo se extienda por toda la región como una plaga, asolándola.
Poco importa.
Las convicciones de Ramón van más allá de sus consecuencias. A diferencia de Cipriano, el alcalde, sus motivos pasan por la abnegación y el sacrificio por una causa que considera crucial para el pueblo, del que se siente salvaguarda y esencia. A Ramón no le alberga ninguna duda en cuanto a las necesidades de la comunidad que juró proteger. El municipio soy yo, ha de decirse en sus sueños más delirantes.
Por eso aguarda paciente en la salida norte del pueblo, en la única patrulla que aún funciona, acompañado del oficial Gálvez, miembro de la policía municipal desde que Ramón era un joven pendenciero. Una reliquia a punto de jubilarse. Guardan silencio porque no tienen gran cosa que decirse. Ya agotaron los pocos temas en común en esa espera que para Gálvez es una incógnita.
Ramón está sentado en el cofre de la patrulla viendo el camino. El oficial, dentro del automóvil, mata el tiempo con el celular, a pesar de que la señal de internet viene y va de forma intermitente. Gálvez, a sus sesenta y un años, es un gran entusiasta del Facebook.
Ramón sonríe al divisar a lo lejos los reflejos que el atardecer arranca de la Ford pick-up del 65. La patrulla está ubicada de forma que corta el paso de quien transite por esa vía. Se incorpora del cofre, reacomoda la cartuchera en su cintura y se planta en medio del camino como Ringo Kid frente a la diligencia. La pick-up poco a poco desacelera. Alrededor de Ramón no se mueve ni una brizna. El mundo parece haberse detenido. Estatuario, aguarda a que el vehículo frene a escasos tres metros de sus botas. Las llantas, al detenerse, levantan una nube de polvo que se posa sobre sus perneras.
Heriberto, desde la cabina, ambas manos en el volante en posición de las diez y diez, enarca las cejas y extiende la comisura de los labios hacia abajo, lo que le da un aspecto bastante grotesco.
Ramón salva la distancia hasta la puerta del piloto arrastrando la pierna izquierda y lanzando la cadera al frente, con los pulgares enganchados en la pretina del pantalón.
¿Y ahora qué quiere este payaso?, se pregunta Heriberto.
Ramón le da las buenas tardes como si fuera un desconocido y le solicita el permiso de circulación del vehículo y la licencia de manejar.
—¿Cuál es el motivo por el que me paras?
—Exceso de velocidad en una vía secundaria por la que transita ganado y otros animales.
Heriberto mira a todas partes, nada hay a su alrededor, nadie, solo las sombras que el crepúsculo arroja en el páramo.
—El permiso de circulación y la licencia, vamos.
Heriberto extrae de su cartera la licencia y de la guantera el permiso.
—Están vencidos —dice el comandante.
—No me chingues, Ramón, nadie en toda la sierra tiene vigente nada de eso. Ni tú. De cuándo acá.
—Forma parte de un nuevo programa vial que hemos implementado en el ayuntamiento: cero tolerancia. Es por la seguridad de los habitantes del municipio. Mucho me temo que tendré que requisarte el vehículo, según el reglamento de tránsito…
—Pero qué jodidos me cuentas de reglamentos de tránsito. ¿Te has vuelto loco?
Ramón da un paso atrás y lleva su mano a la cacha del revólver.
—Te voy a pedir que desciendas del vehículo tranquilamente.
—Ramón, carajo, ¿te estás escuchando?
—No me obligues a arrestarte por resistencia a la autoridad.
Heriberto por fin entiende que el comandante va en serio. No es ninguna broma.
El oficial Gálvez baja de la patrulla y observa la escena boquiabierto. En sus cuarenta años de servicio ha presenciado muchas cosas: pleitos de borrachos, broncas por los linderos de las tierras, pasiones desbordadas por infidelidades, abigeato, escándalos en la vía pública que resolvían con mano izquierda y una noche en la comandancia. Todos se conocen ahí. La mitad del pueblo está emparentada con la otra mitad. La endogamia siempre ha dictado las normas de convivencia. El oficial Gálvez está de acuerdo con Heriberto: Ramón ha perdido la cabeza.
Heriberto se apea de la pick-up. Deja las llaves puestas. El comandante se acomoda en el asiento del piloto.
—Oficial Gálvez, sígame a la comandancia —ordena a los gritos—. Cuando renueves el permiso de circulación y la licencia podrás recuperar el vehículo, previo pago de la multa y la estancia en el corralón. Buenas tardes.
Heriberto, paralizado por la incredulidad, incapaz de reaccionar, aturdido, mira alejarse su pick-up. La noche asoma tímida, aún no se desembaraza de los últimos rayos, un parpadeo que se despide por el oeste. Para cuando salga del estupor, la oscuridad será un hecho, y con ella, los siseos del monte. Alimañas noctámbulas que lo acompañarán durante su travesía a pie hasta la cabaña. Una hora y media de marcha ligera.
Pero todavía no da el primer paso, a pesar de que todo gran viaje inicia con uno. Las piernas no lo obedecen, enraizadas en ese pedazo de tierra, como si no se dieran por enteradas del descomunal absurdo del que ha sido víctima.
Poco a poco se sobrepone a la impresión onírica que le embarga para dar paso al razonamiento. Y con él, se echa a andar. Los pensamientos parecen empujarlo. Con cada tranco, asume la magnitud de la afrenta. El coraje ni siquiera alcanza su punto de ebullición, desplazado por una leve sombra de miedo.
Miedo a lo que vio en los ojos de Ramón. Miedo a lo que están dispuestos a hacer. Miedo a la ruptura de las viejas reglas de convivencia. Miedo por esas dos mujeres que, a diez kilómetros de ahí, solas en El Tazajal, cultivan flores y desmemoria. Miedo a los demonios que andan sueltos.
2
Ese hombre de la edad de su padre siempre la ha llamado María, como lo hacía su padre. Llegó hace media hora y se instaló en la sala con un café que María Antonieta le ofreció. Es lo más cercano a un tío. Su rancho colinda con El Tazajal. Cincuenta hectáreas y unas sesenta cabezas.
Vivió mejores épocas, ahora es lo que hay.
Cuando Zacarías murió, le compró las diez hectáreas que puso a la venta; durante el estío le renta las demás para evitar el sobrepastoreo a causa de la sequía. Se han puesto al día rápidamente. No se frecuentan mucho, pero se saben. El hombre de la edad de su padre se llama Rómulo y fue su mejor amigo. Ahora, entre sorbo y sorbo, le cuenta que lo extraña y que, por los tiempos que corren, más que nunca hacen falta hombres como él.
María Antonieta está un poco sorprendida por la inesperada visita. Rómulo tiene esa forma serrana de hablar, pausada, llena de metáforas, que la impacienta. Intercala entre frase y frase un tiempos jodidos, hum, que aumenta su desconcierto. De repente le pregunta por su madre, como si se acordara de que tiene una, como si cayera en cuenta de que no murió junto con Zacarías.
La mujer le explica que está descansando en su habitación, que no se ha sentido muy bien últimamente. El señor Rómulo se interesa por sus padecimientos. Años, nada más, le dice María Antonieta restándole importancia. No halla las fuerzas para confesarle que prácticamente vive encerrada. Apática y extraviada, se la pasa viendo por la ventana de su cuarto sin reconocer a nadie.
El señor Rómulo parece satisfecho con la explicación y continúa con las remembranzas del buen Zacarías, ya no quedan hombres como él, dispuestos a defender la sierra.
Entonces, sin más, empieza a narrarle cómo hace unos días, era de mañana, limpia y clara, de esas mañanas en las que todo parece nuevo, se hallaba con sus hijos y algunos peones supervisando el estado de los cercos cuando a lo lejos miraron una nube de polvo avanzar hacia ellos, tenía la forma del diablo, nada bueno podría traer esa nube, recuerda don Rómulo. El caso es que fueron a su encuentro y, en efecto, era el diablo mismo que había invadido sus tierras para envenenarlas, secarlas como a una ubre de vaca vieja. Lograron ahuyentarlo, dice, pero sabe que volverá mucho más fuerte y dispuesto a todo.
—Se me figura, tío, que se refiere a los trabajadores de la minera que andan explorando la zona.
—Esos meros, María. El diablo mismo.
—Son hombres de carne y hueso, que es peor.
—En eso tienes razón. ¿Ya vinieron por acá?
—Algo parecido. Quieren comprar.
—¿Y?
—El rancho no está en venta.
—Allá donde se encuentre, tu padre ha de estar muy orgulloso. A mí también y a otros el alcalde nos pidió que diéramos las nalgas, con perdón, María. Pinche payaso, nunca me gustó ese Cipriano.
—No solo es él, tío. Se diría que todo el pueblo anda muy contento con lo de la mina. No sé qué tanto les prometieron.
—Si viviera tu padre…
—Nada cambiaría. Las cosas son como son.
—No digas eso, María. A tu padre lo escucharían. Sus antepasados fundaron este pueblo, esas cosas importan.
—Si usted lo dice… Pero son otros tiempos, tío.
—Ey, tiempos jodidos, quién lo dijera, ¿verdad? Como sea, vine a saber cómo estabas y a decirte que en El Gavilán tampoco estamos en venta, que nos sacarán con las patas por delante, antes no. Ponte buza, María, cualquier cosa, ahí estamos, lo que necesites.
—Gracias, tío.
—Y el Heriberto qué dice.
—El Heri es gente, lo sabe. Tiene palabra, esto es tan suyo como mío.
—Lo sé. Me alegro. Me lo saludas. Y ya me voy, que el día es corto.
—Ándele, pues, me saluda a todos allá en el rancho.
—De tu parte.
La espalda del señor Rómulo anuncia derrotas que vienen gestándose desde hace muchos años. Ese hombre, Zacarías y otros como él fueron orgullo y símbolo de una región que se miraba al ombligo embebida en su grandeza.
No supieron cuándo y cómo se convirtieron en un estorbo. En algo obsoleto, vergonzoso. Las señales parecían bastante claras. Las políticas gubernamentales del desabasto, la impunidad asesina del crimen organizado, las concesiones indiscriminadas del agua a las grandes industrias, la migración desesperada de los jóvenes a las urbes, de aquí y del otro lado, la tramposa romantización de una forma de vida que habían empezado a aniquilar mientras la cantaban.
La espalda del tío Rómulo trepando a su camioneta carga con todo un cementerio de hombres y mujeres que ya están muertos sin saberlo. A María Antonieta, la espalda del tío Rómulo le parece un vaticinio. Le dan ganas de cerrar la puerta y las ventanas, esconderse en su cuarto, bajo las sábanas, como cuando era niña y los coyotes aullaban en las noches de verano. Coyote malo, coyote bueno.
Luna, desde el zaguán, observa la partida de ese hombre cuyo olor le es totalmente familiar. Tan parecido al de su amo. Se mezcla con el olor a incertidumbre de la mujer.
María Antonieta cae en la cuenta de que van a ser las diez de la mañana y de Heriberto ni sus luces.
Hace una semana que los dos peones no se presentan a trabajar. Ni siquiera las gracias dieron, ni reclamaron el finiquito. No ha tenido el espíritu de ir al pueblo a contratar nuevos trabajadores. Después del encuentro con Angelina, la idea de presentarse en el pueblo le parece cada vez más un despropósito. Le da coraje reconocer que el miedo tiene algo que ver en ello. Sabe que sus vecinos pueden ser poco razonables si ven amenazados sus intereses.
Le manda un mensaje de texto a Heriberto, consciente de que en ese lugar es una lotería. ¿Dónde andas? Una palomita. Pasan los minutos. Una palomita. Decide ir a asomarse a la cabaña, aunque la opción de dejar sola a su madre no le gusta nada. Al final, toma las llaves y cierra la puerta de la casa con seguro, por fuera. Se siente una carcelera. Le encarga a Luna, dormitando en el porche, el cuidado de la anciana.
En el momento de subir al Jeep, le parece escuchar la voz de su madre llamándola. Duda. Termina por ignorarla y prende el motor. Tiene la sensación de que una ola está arrastrándola hacia los riscos.
Tal vez se trate de la luz del día entrando por las ventanas de la cabaña, piensa María Antonieta, aún desnuda en la cama revuelta, impregnada de bosque. Sin la complicidad de la noche, quizás —o porque las cosas están cambiando velozmente—, no pudieron terminar de coger. Heri no logró sostener la erección por más empeño que puso y a ella la vagina no se le mojó ni con el recuerdo. Heri se dio por vencido echándose a un lado como un buey viejo.
Se lo agradece. Empezaban a ser bochornosos los esfuerzos de esos dos cuerpos otoñales para que sucediera lo que ha sucedido otras veces, pero no ese día, no a esa hora, no con esas pieles que parecen ajenas.
Cuando llegó a la cabaña se tiraron uno en los brazos de la otra como lunáticos, con furia y desesperación. Heriberto le iba explicando la forma en que Ramón le había quitado la pick-up mientras le arrancaba la ropa y María Antonieta puteaba a toda la estirpe del comandante mientras le sacaba la camisa.
Luego, nada. Las salivas, los poros, los dedos, los sexos se convirtieron en algo extraño que les fue enfriando las ganas, avergonzando.
Heri, a su lado, recupera la respiración con los ojos cerrados y el antebrazo en la frente. Ella le da la espalda.
Fue una mala idea.
Siente que se le escapan la libertad y la desenvoltura con que mostraba su cuerpo, sus ganas, ante él. Más que de vergüenza, se trata de tristeza. Quisiera aliviar el daño con frases que no fueran hechas. Son tan frágiles los egos de los hombres. Una fragilidad que se torna en brutalidad en un abrir y cerrar de ojos. Una violencia que nace en el corazón de sus testículos y que encarna en un lenguaje cruel. Al regresar la calma miran al mundo desconcertados, igual que los niños, incapaces de asumir las consecuencias.
María Antonieta la conoce bien. La vivió durante casi veinte años. Las agresiones físicas, en su caso, fueron empujones y jalones. Pero las palabras marcaron su piel como el fierro quemador la piel de los becerros. Tras el perdón y las promesas venían los días de atenciones, de ternura, incluso. Entonces, algo sucedía, tan nimio a veces: un pequeño desacuerdo, un jarrón en el lugar equivocado, una falda demasiado corta, un suspiro en el momento erróneo.
Heriberto se sienta en la cama y apoya su espalda desnuda en la pared.
—No sé qué me pasó, han de ser las preocupaciones.
—Eso ha de ser, sí.
María Antonieta se muerde la lengua, no pretendía sonar irónica. Heriberto la mira a los ojos. Ahí está, puede verlo en sus pupilas, ese terror oscuro a no cumplir con las expectativas.
—Voy a tener que bajar a Hermosillo a renovar el permiso de circulación —dice.
—Agarra el Jeep, yo no lo necesito.
—Hijos de la chingada.
—Ey.
—Esto apenas empieza.
—Lo sé.
—Venía del ejido cuando me la quitaron, de ver a Rosario.
—Me dijiste.
—Rosario está mal, sola y enferma.
¿Tenía que elegir este momento?, se pregunta María Antonieta mientras se levanta de la cama y empieza a vestirse a manotazos. Con el coraje, los calzones se ponen rebeldes, los pantalones no encuentran las piernas y los calcetines se han dado a la fuga.
—Aguanta, mujer. Te digo que Rosario no tiene ni para comer. Es mi hermana.
—Me tengo que ir, dejé encerrada a mi amá.
—¿Encerrada?
—Sí, encerrada, qué tiene. Pasa por el Jeep cuando vayas a Hermosillo, si quieres.
—Espera, te acompaño.
María Antonieta ha cerrado la puerta tras de sí con más fuerza de la que pretendía. Los tres perros, que no tienen raza ni nombre —si acaso hey, tú, perro—, que merodean libres alrededor de la cabaña, que cazan conejos de vez en cuando, que duermen en el porche durante el verano y adentro en el invierno, se arremolinan a sus pies con una felicidad irritante. Le lamen las manos, le ponen las patas en las nalgas y los muslos, le mueven la cola tan rápido que parece que va a desprenderse de sus cuerpos.
Se deshace de ellos como puede, se trepa a la camioneta, arranca. Por el retrovisor alcanza a ver a los tres animales sentados sobre sus cuartos traseros, el desconcierto en sus rostros es gracioso. Heriberto aparece bajo el dintel de la puerta, se diría que ladea la cabeza como sus chuchos, con el mismo desamparo.
El Jeep se sacude como una licuadora por la brecha que toma rumbo al rancho. Le ha entrado un apremio bárbaro. Pisa a fondo el acelerador y los viejos amortiguadores chillan, desvarían. Se siente mal por haber dejado a su madre encerrada. Como si de pronto entendiera las prioridades de la sangre. Bota dentro de la cabina con cada hoyo y montículo, se aferra fuerte al volante y embiste el camino con determinación. Sortea los obstáculos a base de pericia, una roca grande está punto de sacarla de la huella, pero mantiene el control.
Ahora imagina todas las cosas que han podido pasar con su madre encerrada. Se reprocha su irresponsabilidad, se siente estúpida: soy una mujer tonta, eso es lo que soy, una pendeja, una mujer que siempre toma las peores decisiones.
Al llegar al rancho todo parece tranquilo. Pero Luna no está en el porche. Desciende ágilmente, introduce la llave en la cerradura, entra como una loca. Llama a su madre. Ahí está, en el sillón de la sala, ida, la mirada extraviada en la ventana, con la escopeta de Zacarías en el regazo.
3
Luna ladra como posesa. ¿Quién llegó? ¿Dónde está la Mery? ¿Y Zacarías? Zacarías está muerto, no lo olvides, muerto, muerto, muerto.
Pero alguien está en la puerta.
Luna ladra y Ana María, en su habitación, le pregunta a Cochi quién puede ser. Cochi no le responde, pero apunta el hocico hacia la entrada. Puede que sea su sobrina Rosario, hermana de Heriberto, últimamente ha pensado mucho en ella. Y en su madre, la prima Jesusa, lo más parecido a una amiga que tuvo en el ejido. También muerta, como todos, como ella si no fuera porque su corazón se resiste a dejar este mundo cada vez más sombrío y confuso. ¿Por qué su corazón no se detiene de una buena vez?
Alguien insiste, las voces se sobreponen a los ladridos y llaman a la Mery.
¿Dónde está esa chiquilla? Siempre fue necia, nunca quiso este destino de vacas y estiércol. Muy pronto se dio cuenta de que su hija huiría a la primera oportunidad. No así su padre, hasta que un día regresó de Hermosillo y ya no la mencionó más. Ana María no quiso averiguar por qué, pero esas cosas una madre las intuye. Nunca le gustó ese hombre insolente y altivo, que los miraba con el desprecio con que suelen mirar los de la capital a la gente de la sierra. Muy poco hombre para su Mery. Zacarías murió con ese dolor en el pecho, el pobre: su hija los había olvidado.
Esa voz que grita abran, abran no es la de Rosario, por qué tendría que serlo, ni la de Florencio ni la de nadie del ejido, también los olvidaron. Es una voz torva que trae malas noticias, por eso Luna, perra inútil, ladra enloquecida. Una voz agria de alguien que no sabe de modales.
Cochi avanza por el corredor de la casa, Ana María lo sigue. Ambos aguardan en la sala. Es una voz de hombre joven que grita algo de una inspección. ¿Dónde está Zacarías? Muerto, recuérdalo. Si anduviera en este mundo, ya los habría corrido escopeta en mano, menudo era su Zacarías.
¿Dónde quedó la escopeta?
La voz insiste, abran a la autoridad, dice. Qué tontería. Los ladridos no paran. La escopeta de caza de Zacarías está encima del viejo clóset de su cuarto. De roble, macizo, grande, como eran antes los muebles. Herencia de los suegros. ¿Por qué puede recordar esas cosas y no otras más inmediatas?
Ana María regresa a la habitación. Coloca una silla a los pies del armario. Se sube con mucha dificultad. Cochi, inquieto, da vueltas alrededor de la silla, cada vez más asustado. Ana María tienta la parte de arriba del mueble y da con el arma. Desciende con ella en las manos. Tarda una eternidad en hacerlo.
Las voces de afuera insisten, dicen que saben que hay alguien, que abran ya. Las voces naufragan en el mar de ladridos. Ana María arrastra los pies de vuelta a la sala. Se asoma por una de las ventanas de la fachada.
En efecto, dos hombres jóvenes están a los pies de las escaleras que suben al porche. Luna los mantiene a raya. Uno de ellos, al detectar movimiento en los visillos de una de las ventanas, se dirige a ella.
—Somos de protección civil del ayuntamiento. Venimos a realizar una inspección de rutina al invernadero de María Antonieta Ochoa. ¿Se encuentra en casa?
El doble cañón asoma entre la reja de la ventana. El disparo retumba en la sala, en los oídos de Ana María, en su pecho. El retroceso la hace tambalear. Se sujeta del marco de la ventana. Resulta que estaba cargada. ¿Pero cómo? Zacarías le enseñó los principios básicos. Quitar el seguro, apuntar, jalar del gatillo con el centro del dedo índice. Cuando se ausentaba del rancho, le gustaba pensar que su mujer podía reventarle la cabeza a un intruso.
Ana María ha disparado lejos de los dos hombres. Luna ha salido corriendo. Todavía pecho a tierra, uno de ellos repta hacia el auto. El otro traga polvo. Inmóvil, tal vez reza o mienta madres.
—Sáquense de aquí, órale, están en propiedad privada.
La voz de Ana María surge con una fuerza que la sorprende. Una voz que viene de antes, de tiempo atrás, cuando bregaba con el mundo a golpe de ovarios. Les grita que su marido está por llegar, que se las verán con él si no se largan.
Al oír aquello, los funcionarios piensan que la señora se ha vuelto loca. Ambos acudieron al entierro de don Zacarías. Todo el pueblo lo hizo, o casi todo.
El ruido del motor alejándose se filtra en la ensoñación de Ana María como el murmullo de un arroyo.
Se ha sentado en el sillón de la sala con la escopeta en el regazo y la mente en otro mundo, un mundo antiguo en el que su cuerpo lozano cargaba con una paca de heno o un lechón. Cargaba con el cuerpo de Zacarías embistiéndola macho y febril. Cargaba con la niña en la espalda y el trinche en las manos. Cargaba con la parte del rancho que le tocaba, hembra serrana, animal de trabajo, montuna, irreductible. Hembra medida por hembras como ella: la madre, las tías, las hermanas de Zacarías, todas bajo tierra ya, rancheras de estirpe, cabronas. La pusieron a prueba cuando su hombre se la trajo de Nacozari. Vamos a ver de qué estás hecha. De adobe, de roca, de pino, de nogal. De eso y de hambre.
Cuatro viejas fueron en su casa. Ella, la menor. Las cuatro se casaron bien. Las tres mayores se fueron muriendo en lugares de los que nunca supo, como sus padres.
Qué ganas de pegarse un tiro, piensa al reconocer ese hierro caliente entre sus manos, y acabar con todo. Está cansada de vivir en las nieblas del pasado mientras el presente se le escapa entre los dedos como la arena.
El ruido de la cerradura la trae de vuelta a la sala, al disparo, al coraje incomprensible. Se abre la puerta y aparece una mujer alterada.
—¿Rosario?
Lo que me faltaba, piensa María Antonieta. Aún no se acostumbra a que la nombre con otros nombres, a que la confunda con otra gente.
—¿Pero qué chingaos hace con esa escopeta?
Ana María no comprende qué hace Rosario ahí y por qué le grita.
—¿Cómo está tu madre?
—La tía Jesusa está muerta, amá; no soy Rosario, soy su hija María Antonieta.
—¿Mi hija? Mi hija se casó con un pendejo y vive en Hermosillo.
—Eso ya lo sé, amá, no es necesario que me lo recuerde a cada rato.
Ana María coloca el arma de forma vertical, la culata en el piso y el cañón a la altura de su cara. A María Antonieta se le atenaza el estómago. Se desplaza cauta hacia su madre, con los brazos extendidos como un ruego, un gesto aprendido en las películas que no tiene ni idea si garantiza algo.
Se dice que no hay forma de que su madre se pegue un tiro, es su madre, las madres de la sierra no se suicidan. El razonamiento no tiene mayor lógica que la del deseo. Se aferra a él. Se sitúa frente a Ana María, toma el arma del guardamanos y se la quita con delicadeza. Expulsa el aire de golpe, se había olvidado de respirar, al tiempo que se deja caer en el sillón opuesto. Le pone el seguro. Zacarías también le enseñó a ella, cuando era una adolescente más flaca que la escopeta misma.
María Antonieta siente unas repentinas ganas de llorar. Es un llanto silencioso y pacífico. Las lágrimas corren por sus mejillas, por su cuello, incontenibles. No hay aspavientos. Inmóvil, se ve incapaz de cerrar la llave.
—¿Por qué lloras?
Descubre que no puede articular palabra. Solo acierta a negar con la cabeza. Cochi, a los pies de su madre, la observa. Parece que la comprende. Entonces ríe y llora al mismo tiempo, ese estado contradictorio pero placentero. Luna aparece de la nada, María Antonieta no cerró la puerta al entrar. Se tira al piso y gimotea. En sus buenos tiempos fue una perra valiente, inmutable a los disparos del amo cazador. Ahora tiembla aún y busca el consuelo de Ana María, que sigue sin entender por qué esa mujer que tiene enfrente llora.
—¿Por qué lloras, muchacha?
—Ay, amá, porque todo se está yendo a la chingada.
—Eso no es nuevo. Siempre todo se va a la chingada y siempre vuelve. Hasta que te mueres, claro.
—Deje de hablar de muerte, carajo, últimamente no habla de otra cosa.
—¿Quién eres? ¿Qué haces en mi casa?
—Soy Rosario, tía, ¿que no me recuerda?
—¡Rosario!
María Antonieta se emociona con la emoción de su madre. Luego, se suelta riendo, una especie de catarsis. La ironía lo merece.