Litio

Imanol Caneyada · Capítulo 10 de 12

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Litio

Un paraíso de compotas

 

1

 

Apenas hace una hora que llegó al campamento de exploración, cuando recibe de boca del propio Chamberlain la noticia de que se ausenta por unos días a causa de una emergencia familiar. A Marc Pierce ese sujeto siempre le ha parecido blando, timorato, afeminado. La noticia se la suelta de sopetón, en la caravana que le han destinado, fría e incómoda. Una porquería. Toca a la puerta, entra con su desagradable corpulencia y, sin más, le dice que está a punto de marcharse, que siente mucho no poder atenderlo pero que ha dejado instrucciones de que lo apoyen en todo lo necesario.

—Engineer Raúl is in charge. He is the man.

Marc Pierce se molesta por la irrupción y por la noticia. Acaba de terminar de acomodar las pocas pertenencias que trajo consigo. Lo siente como una invasión a su intimidad, de la que se ha vuelto muy celoso. No se interesa por la emergencia familiar de Chamberlain, sin embargo, le pregunta si el señor Ironwood tiene conocimiento.

El gordo pelirrojo parece ido, angustiado, hace tiempo que ya no está en ese lugar.

Le contesta que sí. Pierce intuye que miente.

—Is this necessary?

—Yes, Mister Pierce, of course. Who do you think I am?

Marc se encoge de hombros, le da la espalda y verifica si su celular tiene señal. No la tiene. Perdido en el culo del mundo y ese imbécil lo deja ahí varado. Guy Chamberlain continúa bloqueando con su masa corporal la pequeña puerta de la caravana. Marc siente que le está robando el aire.

—Good luck, Mister Chamberlain.

—Yeah, thanks, you too, Mister Pierce.

El gordo titubea, pero al final desplaza su informe volumen afuera. La caravana parece balancearse como lo haría una barca. Pierce deja pasar unos segundos antes de asomarse por la puerta. Observa cómo Chamberlain se introduce en una caravana más grande que la suya, a unos cien metros. Al cabo, sale con una maleta en la mano, cierra con doble llave la puerta y se sube a una pick-up de la compañía. Un mexicano pequeño y feo es el chofer. El vehículo deja el campamento en medio de una nube de polvo.

Desde su entrevista con los abogados de RQ Consultoría Legal, carga una cólera helada que no lo deja en paz. Una montaña rusa de la furia. Está a punto de estallar todo el tiempo y todo el tiempo se contiene, en una simulación que lo deja exangüe. Se consuela con el hecho de que ha llegado al lugar indicado. No contaba con la ausencia de Chamberlain. Tendrá que ingeniárselas. Lo primero es presentarse con el tal Raúl.

Se adentra en el campamento y pregunta por el ingeniero al primer trabajador con que se cruza. Este se sorprende por el español del güero alto que acaba de llegar. El gordo es una papa. Le señala un grupo de personas en el centro del campamento. Pierce se dirige a ellos. Uno de los hombres sostiene una tablet e indica con el dedo índice algunos lugares en la pantalla. Los demás asienten.

—¿Ingeniero Raúl?

El aludido suspende la tarea con un sobresalto. Cambia de manos la tablet y extiende la derecha.

—Para servirle. Imagino que usted es el señor Pierce.

—Así es —dice Marc estrechándola—. ¿Le gusta el mezcal?

Todos los hombres del grupo sonríen: ¿qué pregunta es esa?

—¿Oaxaqueño?

—¿Hay de otro?

El joven ingeniero asiente satisfecho. Le entra bien el extranjero alto y arrogante, no como el otro, un tipo raro al que le gustan los pájaros.

—Lo espero en mi caravana. Traiga dos vasos, no tengo.

—En unos minutos estoy con usted.

Marc se aleja despacio, merodea como para reconocer el lugar. No pierde de vista a Raúl. El joven da por terminada la reunión, se desplaza a una de las casas móviles de la entrada, la que hace las veces de oficina. Extrae unas llaves del bolsillo, abre, entra y sale un minuto después, sin la tablet en las manos y con dos vasos de plástico. Cierra y encamina sus pasos a la caravana de Pierce.

Sacrilegio. Detesta el mezcal en plástico.

Marc se apura a llegar antes que el ingeniero. Una vez rentada la camioneta en Hermosillo, pasó a una licorería a comprar una botella de Carreño cristalino, no le salió barata. Nunca se sabe, pero si llevas meses aislado en el monte no rechazas un regalo de ese calibre. El mezcal afloja la lengua y el alma. Aunque sea en vasos de plástico. Espera que sea una larga noche de confesiones.

A Marc Pierce le gusta juzgar y encasillar de inmediato a las personas con las que se relaciona. La considera una cualidad indispensable en su trabajo. No cree en la complejidad del ser humano, al que percibe como un mecanismo simple que responde a necesidades básicas. En el caso del ingeniero Raúl, una vez intercambian las primeras impresiones, lo califica en la categoría de esclavo.

Por su parte, el joven Raúl se encuentra fascinado con la enigmática y arrolladora personalidad de Pierce. De alguna forma, encaja en la idea que tiene de los altos ejecutivos de la empresa para la que trabaja, esos extranjeros que siempre parecen saber lo que quieren y cómo conseguirlo. No en vano habla un inglés perfecto, se ha esforzado por escalar en la compañía y, ahora que las finanzas se lo permiten, planea sus vacaciones en Estados Unidos o Canadá.

Al tercer mezcal se avergüenza de sus compatriotas y arremete contra el viejo ranchero que les impidió el paso hace un par de días. Marc le pide detalles específicos del incidente. La lengua de Raúl se libera con el alcohol, es una máquina implacable de buscar aceptación, halago, recompensa.

A partir de los resultados obtenidos en la reciente exploración, están convencidos de que las tierras propiedad del viejo vaquero y las de un pequeño rancho aledaño concentran la mayor cantidad de litio. A partir de ahí, hacia el noreste, el yacimiento tiene un potencial invaluable, mucho mayor del que siquiera se hubieran atrevido a imaginar.

Al joven ingeniero le brillan los ojos, embriagado de la atención que le presta Marc Pierce, que no pierde ocasión de llenar el vaso de su interlocutor. El canadiense manipula. Presiona sutilmente. Plantea preguntas en apariencia inocuas que le ayudan a hacerse una composición de lugar. Pero necesita datos específicos, cifras de proyección, kilómetros cuadrados, profundidad, riqueza cuantitativa, propiedades y características químicas e hidrográficas.

La botella baja de nivel, la locuacidad aumenta. Entran en el terreno de las confesiones. Sale a relucir el nombre de Chamberlain. El mejor con el que ha trabajado, pero carece de liderazgo, es un pobre diablo, barrunta el ingeniero Raúl, que viene diciéndose que debería pararle ya: ve borroso, piensa borroso, pero no halla la manera de negarse.

Marc Pierce llena de nuevo los caballitos. El señor Chamberlain, el mejor en su trabajo, sin duda, ha sido descuidado, desprolijo, los de arriba (esa fórmula vacía que, no obstante, apantalla al joven Raúl), no están muy satisfechos con su desempeño. La comunicación se ha roto.

—Entre otras cosas, vine, amigo mío, para llevarle a la junta de socios toda la información técnica que han acumulado durante estos meses de exploración. Se la pediría al señor Chamberlain, por supuesto, pero, como puedes ver, no está, se ha tenido que ir por un problema familiar. —Marc Pierce dibuja unas comillas en el aire—. Hay serias sospechas de que el ingeniero se ha reservado información clave del proyecto, lo que tiene muy nerviosos a los de arriba, ya sabes cómo son.

El joven Raúl no tiene la menor idea de cómo son, una asamblea de dioses innombrables, inimaginables, infalibles, a los que les debe obediencia ciega. Está convencido de que desconocen de su mortal existencia, a lo sumo es una hormiga obrera a los ojos del creador. Está fuerte el mezcal. Cómo, si no, se le ha podido ocurrir semejante analogía. Con solo pronunciar su nombre en el Olimpo, Marc Pierce obtendrá lo que quiera del ingeniero Raúl, que sale disparado a vomitar en el minúsculo baño de la caravana.

—Gross! —murmura Pierce.

 

La leve resaca le parece un precio menor. A esas horas de la noche es tan solo una sombra. Por el contrario, el joven ingeniero, cuando se encontraron en la mañana de ese mismo día para que le entregara la información, presentaba un aspecto lamentable. Apenas podía abrir los ojos, estaba abotagado, inconexo, un guiñapo.

De todas formas, agradece que el comandante de policía no le dirija la palabra y mantenga la mirada perdida en el horizonte mientras tararea canciones que desconoce. El comandante sentado a su lado se trata de un sheriff de la vieja escuela. Un tipo que hace lo que hace por convicción, un héroe aquiliano. A diferencia del otro, el alcalde, cuyos motivos pasan por la codicia y la acumulación de poder: un reyezuelo.

No recuerda el nombre de ninguno de los dos, es mejor así. Lo que sí tiene claro es la disposición que mostraron a entender las razones, las metas, los objetivos y la necesidad de actuar de forma drástica. Para el primero, la gloria, para el segundo, el dinero.

La noche en ese páramo invita a la reflexión. Marc Pierce se pregunta si será capaz de renunciar a esa forma de vida. No se engaña. En el momento en que entregue los datos que guarda en la memoria electrónica —el pequeño dispositivo está a buen resguardo en la caña de su bota—, deberá desaparecer. Será cuestión de días, semanas a lo mucho, para que la compañía descubra la brecha en la seguridad. Una rápida investigación lo conducirá a él.

Se pregunta si el hecho de haber actuado de manera tan chapucera no esconde un deseo oculto: cambiar de aires, de rumbo, de piel. Se le presentó la oportunidad y la aprovechó. Trata de imaginarse, entonces, en dónde estará en una semana. Qué paisajes, qué caras, qué acentos lo rodearán. Detecta un rastro de alegría en la incertidumbre, una liberación. Empezar de cero, reinventarse con el respaldo de una nutrida cuenta de banco indetectable.

Renacer.

Piensa en paraísos tropicales de cuerpos bronceados y apolíneos. Todo un contraste con ese frío serrano, seco y gris, que se cuela en la camioneta como la mano de un muerto y le aprieta el culo y el ánimo. Hace media hora que esperan. El comandante le aseguró que no faltarían a la cita. El comandante es de esos tipos que se ufanan de su palabra.

Lo mira de reojo, aparenta una tranquilidad que Pierce aprecia. Recostado en el asiento del piloto, silba y lleva el ritmo con los dedos en el volante, como si nada de lo que está a punto de suceder le concerniera. Marc supone que tiene la conciencia tranquila, o que carece de ella. Más bien lo primero. Ese hombre lleva años construyendo coartadas éticas para sus actos.

—Ya están aquí —dice el comandante.

Unos focos de automóvil iluminan la noche. Los ciegan. Marc cree distinguir tres camionetas que se han alineado enfrente, apuntando las luces hacia ellos. Todo lo que percibe son sombras y voces.

El comandante desciende del auto, calmo, se diría que relajado. Marc Pierce permanece en su asiento. A pesar del resplandor, alcanza a ver que el policía y un hombre se saludan, charlan con desenfado, se desprende un halo de camaradería. Al cabo de unos minutos, el comandante le hace una seña con la mano.

Es su turno.

Reconoce la adrenalina que fulmina su cuerpo y lo transforma en un ave rapaz. Sus oídos, sus ojos, su olfato se agudizan. Hay códigos, la contención es uno de ellos. Ni nervioso ni asustado ni sumiso. Se trata de acordar los términos de una transacción en la que todos ganan. Ha funcionado hasta ahora y seguirá funcionado en adelante, con o sin él.

Se adentra en la cueva de luz en medio de la noche con su cuerpo de garza, su paso elástico, su arrogancia blanca. Su sombra es una caña de bambú que sesga las otras sombras, compactas y armadas. Nada nuevo. A sus ojos todos se parecen. En Michoacán, en Guerrero, en Zacatecas, siempre son los mismos sujetos que tiemblan de odio, insaciables de sangre, mercenarios del miedo, prepotentes mensajeros de la muerte, cuya gran épica es la destrucción al servicio del mejor postor. Dinero e impunidad, ambas cosas puede ofrecerles en esa hora en que se pronunciarán nombres y sentencias.

—Buenas noches, señor Arriaga —dice Marc Pierce.

—Buenas noches, güero. Me dice aquí mi compadre que nos trae un negocio que nos podría interesar. A ver si es cierto, platíquenos.

 

2

 

Por momentos alcanza a vislumbrar tramos del San Lorenzo transportando pedazos de hielo en su lomo. Algo que le otorga la calma que necesita. Por eso ha elegido la Autoroute 40, un poco más larga, pero que bordea la ribera norte, sus bosques, sus llanuras nevadas, un pastel blanco con velas verdes: abetos, pinos, arces. La carretera está limpia, las máquinas hacen su trabajo. El frío advierte del frío que vendrá. El cielo, encapotado, amenaza con tormenta. Por suerte, están a una hora de Quebec, en donde se celebra el juicio contra Julie.

Mildred, a su lado, escucha música en unos audífonos conectados a su celular, la cabeza recostada en el asiento, agotada de gritos y llantos, la mirada fija en el paisaje inmutable. Tienen poco que decirse. Ya pasaron los abrazos de consuelo, los reproches, las culpas y los perdones.

Hay algo que Guy no puede sacarse de la mente: su niña en una celda. Pero entre el instante en que aterrizó en Montreal y esa hora de ese día en que conduce el Audi camino a la corte, tuvo una epifanía: los posibles responsables se desdibujaron. Su Julie, una joven promesa para un mundo dorado, emergió en el centro del desastre con voluntad y agencia. Aceptarlo ha significado para Guy aceptar que debe entender su causa, dejar de pensarla como a una niña, incluso, ponerse de su lado.

Mildred se resiste a ello. La embaucaron, dice. La manipularon. A esa edad, por amor, haces cualquier estupidez. La arrastraron. La convencieron con trucos mesiánicos de mierda. ¿Por qué Julie atentaría contra la propiedad privada, transgrediría la ley y el orden, se comportaría como una delincuente, si no? La negación de Mildred a concederle a su hija la responsabilidad de sus actos esconde, para Guy, una trampa que ha terminado por alejarlos.

Es curioso, desde que empezó ese infierno, su mujer lo ha acusado en reiteradas ocasiones de no ver a su hija. Y ahora que por fin lo hace, es Mildred quien rechaza las consecuencias.

El abogado Brown se ha mostrado un tanto pesimista. Ni por un momento piensen que la fiscalía y el juez lo van a ver como una travesura, les ha advertido. El grupo de jóvenes al que pertenece su hija atacó a una de las industrias más poderosas del país. En la causa, la palabra terrorismo aparece sin ningún rubor. Ahí está, englobándolo todo: la liberación de unos animales, la revuelta de unos iroqueses por la expropiación de sus tierras para construir un oleoducto, la marcha de las putas en contra de las violencias machistas. Este gobierno dispara la palabra terrorismo con mucha facilidad, la lleva a flor de labios, se trata de propaganda y acción política.

El panorama que les ha pintado el abogado Brown es bastante desalentador.

Guy verifica la hora en el reloj del salpicadero. Van bien de tiempo, aún faltan tres horas para la audiencia en que fijarán la fianza. Los letreros anunciando la proximidad de la ciudad de Quebec lo tranquilizan.

Desciende un par de números la calefacción, la cabina retiene el aire caliente como el aliento de un dragón, lo cual le provoca dolor de cabeza. Quisiera abrir la ventanilla unos centímetros y dejar al viento helado —el termómetro marca diez grados bajo cero— y sus olores árticos golpearle el rostro. A diferencia de Mildred, él ama el frío, la nieve, el hielo y el arrogante San Lorenzo que en esa época del año se ralentiza.

De niño, en Trois-Rivières, su padre lo llevó alguna vez a pescar en lo más crudo del invierno. Su padre taladraba el hielo con el torniquete manual, deslizaba el hilo de la caña por el agujero y aguardaban durante horas, muertos de frío, a que picara alguna trucha. En silencio, sintiendo la poderosa corriente deslizarse bajo sus pies, una capa de hielo de frontera. Luego su padre perdió el trabajo en la fábrica de papel y se convirtió en ese hombre con una cerveza en la mano, un juego de los Nordiques en la tele, en amarga espera del cheque del desempleo.

Mildred, de pronto, se arranca los audífonos y exclama que no empacó el pijama preferido de Julie. Lo dice como si fuera la peor de las faltas.

Guy trata de tranquilizarla con el argumento de que no será un problema para Julie, teniendo en cuenta todos los problemas que enfrenta. Mildred lo observa con desdén. La condescendencia de su marido la está enfermando.

El pijama de Jimmy Neutron que, a pesar de los años, sigue utilizando para dormir. Le queda muy pequeño, se ve ridícula, presenta algunos descosidos, pero igual se lo pone la porfiada. Aunque es un hecho que no se lo llevó cuando se fue de casa. Mildred pensó que sería todo un detalle. La noche anterior preparó la maleta de su hija, aferrada a la esperanza de que la dejarán libre en unas horas.

Piensan hacer noche en Quebec. La tormenta se abalanza sobre la provincia como un perro hambriento.

Margarite se negó a acompañarlos, se quedó al cuidado de Yamile, la pobre, un espectro errando por la casa tras las sombras de su niña Julie, a quien crio desde el destete. Mildred debía reincorporarse al trabajo una vez terminada la lactancia. Ma petite fille, suspira de vez en cuando la negraza cuando plancha, limpia o cocina.

Mildred no entiende la razón por la que Margarite se negó a acompañarlos. Trató de convencerla, la chantajeó, la presionó. Debía comprender lo importante que sería para Julie ver a toda su familia en la corte apoyándola. Margarite se rio sarcástica, con una saña que le desconocía, y le dijo que tenía mucho que estudiar, los exámenes de diciembre están a la vuelta de la esquina. Cuando quiso obligarla, Guy la disuadió.

Entre esto y aquello, ha de haber olvidado el pijama sobre la cama de Julie.

Hay una parte de Mildred consciente del absurdo de su zozobra por una nimiedad así. Pero está esa otra parte que se empeña en no equivocarse ni en los detalles más pequeños. Ha ensayado en su cabeza todos los posibles diálogos que mantendrá con Julie una vez sea liberada. Según el abogado, la fianza es un hecho, solo hay que esperar en cuánto la fija el juez. Diálogos en los que sopesa cada palabra, cada gesto, cada silencio. Con los que pretende recuperar los años perdidos, la confianza herida.

Solo espera que Guy mantenga la boca cerrada, como ahora, concentrado en la señal de entrada a esa ciudad de cuento de hadas, un pedazo de Francia en el corazón del nuevo mundo, en cuyos calabozos su hija ha pasado las últimas noches.

 

Quieren hacer del juicio un escarmiento, les dijo el abogado cuando el juez fijó la fianza: diez mil dólares. Quieren dejar bien claro que no tolerarán ninguna clase de agresión a la industria peletera del país. Mildred se indignó al escuchar la cifra. En la audiencia previa, el mismo juez estableció una fianza de mil dólares a un hombre acusado de agresión sexual.

Guy se limitó a pagar para que su hija saliera cuanto antes. Por fortuna, disponen de la cantidad.

Aún no dice nada sobre las amenazas de Ironwood. Aún no le cuenta a su mujer que haberse ausentado de México muy probablemente le cueste el trabajo. Debía estar de vuelta hace una semana, mejor, no debió marcharse como lo hizo, sin solicitar permiso, avisando de su decisión una vez que había aterrizado en Montreal. Ironwood está fúrico. Lo ha insultado, humillado, hecho pedazos. Guy aguanta como puede, trata de ganar un tiempo que no tiene: el tiempo es litio, el tiempo es un lujo prohibitivo para Chamberlain. Chamberlain es un imbécil al que ya le están buscando sustituto si no regresa en ese mismo instante.

Eso fue hace dos días. Después, el silencio.

Hace un frío brutal y la ventisca impide ver con claridad la fachada de la correccional de menores. Por esa puerta saldrá Julie en cuestión de minutos, les ha prometido el abogado. Tuvo suerte. A algunos de los otros chicos, mayores de edad, reincidentes, el juez les negó el derecho a fianza.

Mildred y Guy Chamberlain aguardan dentro del Audi, la noche naranja apenas se abre paso entre la nieve. A Mildred la espera le ha enfriado la indignación. Todavía hace quince minutos no dejaba de repetir lo absurdo que le parecía que la justicia de su país considerara diez veces más grave liberar unos visones de una granja que agredir sexualmente a una mujer.

Ahora calla. Se obstina en la puerta del desdibujado correccional. Cualquier movimiento es Julie. Pero todos los movimientos son un fantasma debido a la tormenta. No pierde detalle, teme que a su hija, en cuanto ponga un pie en la calle, se la lleve el viento que arrecia a cada minuto. Que salga volando por los techos de Quebec y nunca la vuelva a ver.

Por más que trata, no puede borrar de su recuerdo el perfil duro, desafiante, altivo de Julie sentada en el banquillo de los acusados. Ni una mirada les dedicó cuando el juez se pronunció.

Guy hace números. Hubiera vendido un riñón de ser necesario, pero igual calcula y recalcula, sin rencor, por practicidad pura, los honorarios del abogado, los diez grandes de la fianza, la hipoteca, el colegio de Margarite, los autos, las tarjetas de crédito, las vacaciones de verano en España de las que ya pagaron un adelanto, el mantenimiento de la cabaña en Trois-Pistoles, las vacaciones de invierno en la estación de esquí de Whistler, en la Columbia Británica. La ropa, los gadgets, el sueldo de Yamile, del jardinero, las clases de alemán de Margarite, las de yoga de Mildred, el seguro médico de gastos mayores, el de vida, el de la vivienda.

Siente que el corazón se le detiene un segundo ante el hecho muy probable de que se quede sin empleo. Ante quién puede rogar, suplicar, arrastrarse si es necesario, que no sea el cabrón de Ironwood. Quién en Inuit Mining Corporation mostrará un resquicio de conmiseración cuando le exponga las causas de su repentina marcha del proyecto más importante del corporativo en las últimas décadas.

Mi hija es una terrorista que atenta contra los fundamentos del capitalismo, perdone usted, cosas de la edad, ya sabe. Pero a su pesar, no está enojado con Julie. Desea tanto como Mildred verla atravesar esa puerta y marcharse a casa después de dormir en el Hilton. Sería una locura aventurarse a Montreal en esa noche de lobos en la que los osos polares vuelan por los aires.

Es Mildred la primera en verla. Salta del auto y atraviesa la tormenta con una fragilidad que a Guy le asusta. Chamberlain reacciona y la sigue. Al llegar, su mujer estrecha a su hija entre los brazos como una náufraga. Julie entrecierra los ojos por la ventisca, una mueca insolente se adivina tras la nieve que azota su rostro.

—Get into the car, quickly —dice y empuja a las dos mujeres hacia el coche.

Julie se sienta en la parte trasera, Mildred y Guy adelante. Guy piensa tontamente que va a ser una odisea llegar al hotel con esa tormenta. Los limpiaparabrisas apenas pueden con la marabunta de copos que golpean el cristal y las calles renuncian poco a poco a sus contornos. Avanza despacio, concentrado, una forma de evitar el momento.

Mildred, a su lado, contempla a su hija extasiada y le pregunta cosas como qué tal está, si la trataron bien, si pasó mucho frío, hambre, en la evocación de un imaginario carcelario alimentado por las películas.

Julie la tranquiliza, le dice que estaba como en un hotel. Habla con una frialdad quirúrgica, como un líder bolchevique: no tenían por qué pagar la fianza, estaba dispuesta a enfrentar las consecuencias de una acción ética y política totalmente justificada, que desnuda al sistema de justicia de este país, al servicio del gran capital y de sus intereses.

—The minks are the victims here, not the farm owners, not you, not me.

Mildred regresa la mirada al frente como si le hubieran volteado la cara de una cachetada. Busca en el Google Maps la ruta al hotel. Trata de asistir a su marido. Guy le dice que no se preocupe, que recuerda el camino al hotel, al que fueron a dejar el equipaje después de la audiencia.

Las calles están desiertas. Son escasos los vehículos con los que se cruzan. Las luces de los semáforos apenas se distinguen. La marcha se vuelve tortuosa por la lentitud, por el silencio espeso al interior de la cabina. Todos los posibles diálogos que Mildred había imaginado son pulverizados por esa chica sentada en la parte trasera, absorta en el celular, a quien han de haber cambiado por su Julie en la correccional.

Las luces del alto edificio son pálidos destellos a lo lejos. Guy se guía por ellas y por la fortuna que parece acompañarlos en la travesía. En el mutismo de Julie hay una hostilidad que está empezando a sacarlo de sus casillas. No esperaba agradecimiento, pero tampoco ese desprecio.

¿Se imaginaba su hija mártir de la causa?

De reojo observa a su mujer: perpleja, atónita, vencida. En cosa de tres meses, Mildred ha perdido peso, frescura, energía, diligencia. Ahora aparenta la edad que tiene, otra derrota contra el tiempo.

Por fin llegan al hotel. El aparcamiento subterráneo les da una tregua. Bajo todas esas toneladas de cemento y hierro sienten que han entrado en un vientre cálido. Afuera, el viento aúlla, la nieve se precipita tan espesa que se vuelve una cortina sólida, impenetrable.

Un elevador los lleva al lobby, profusamente iluminado de sonrisas y voces. Hay vida después de todo. Otro elevador los sube al decimoquinto piso. La suite tiene una cama matrimonial y una individual. Mildred quisiera que su marido les dejara la king size a ella y su hija para instalarse en un tiempo en el que la inocencia era aún una posibilidad. Es algo que le pasa por la cabeza durante una fracción de segundo y que desecha de inmediato.

Esa muchacha que se ha encerrado en el baño no es su Julie. Esa muchacha que abre las llaves de la regadera no se parece en nada a la hija que crio. Vuelven el miedo y la desconfianza. Interroga a su marido: ¿qué sigue? Guy escribe un mensaje en su celular. Frenético y ceñudo.

—Troubles?

Alza la vista de la pantalla y observa a su mujer como si se hubiera aparecido de pronto en un acto de prestidigitación. Suspira, quería postergar el momento todo lo posible. A estas horas es muy probable que ya no tenga trabajo. Hay frases que funcionan como una espoleta. Guy quisiera poder acallar los gritos de Mildred. Detener las palabras hirientes que vomita contra su hija: malcriada, desagradecida, estúpida, delincuente juvenil, nuestra ruina, destructora de la familia.

Julie sale del baño envuelta en una bata. Aún le chorrea el cabello, apenas acababa de entrar a la ducha. Trata de mirar a su madre con ternura, con conmiseración, como a una niña caprichosa. Deja que se desahogue, no es personal.

La rabia y la impotencia tienen que ver con una historia que empezó hace ya algún tiempo. Su lucha no es la de ellos, lo sabe. Se lo explica calmadamente. Su lucha no admite afectos personales, son un lastre. Ha tratado de decírselo desde que se fue de casa. No era suficiente, debía dar el paso. Renunciar a su vida en aras de una causa mayor, urgente. Entiendo que se engañen, les dice, que se aferren a la idea de que aún hay tiempo, de que podemos postergar lo impostergable. Pero están mintiéndose y nos están mintiendo a nosotros, a los que heredaremos un mundo en ruinas, les dice sin alterarse un ápice.

Me reclamas, mamá, mi falta de amor y consideración hacia la familia, a ustedes que me lo han dado todo. No te has puesto a pensar que esto que hago puede ser una forma de amor más grande. Lo hago por ustedes, por Margarite, por Yamile, por toda la gente que está en este hotel, allá afuera, en todas partes, por los hijos que tendremos si es que alcanzamos. No les pido que abran los ojos a la sistemática destrucción del planeta, a las múltiples formas de violencia asesina del sistema contra los animales, las personas, la tierra. Lo sabes mejor que nadie, papá. Lo has visto con tus propios ojos. Pero ustedes no tienen derecho a pedirme que renuncie a una lucha que no responde ni a un capricho ni a una moda pasajera, sino a una convicción profunda.

No quise lastimarlos cuando hace un rato, en el coche, les dije que no les pedí que me pagaran la fianza, no estuvo bien, lo siento. Siento mucho lo de tu trabajo, papá, aunque no puedo decir que no me alegre, empresas como esas nos tienen al borde del precipicio. Quisiera que me entendieran, de todas formas, con su apoyo o sin él, voy a seguir luchando.

—Bullshit! —exclama Mildred—. You’re a fanatic and an unconscious girl…

—Mildred, be quiet, please. We all need to be calm for once —corta Guy.

La mirada que le echa su mujer es la de quienes se sienten traicionadas, heridas por la persona en la que más confiaban. El ruido de la grieta que se abre en el témpano bajo el que se esconde Julie lo ensordece. Su hija niega impotente con la cabeza y desaparece en el baño. Guy se siente exhausto, un soldado al que abandonan en el campo de batalla.

3

 

El director del proyecto Sonora Lithium corta la videollamada antes que él, sin despedirse. Es una cuestión de jerarquías. Pero detrás de su arrogancia, Ironwood sabe que está contento con las nuevas proyecciones. Ya viene en camino el sustituto del imbécil de Chamberlain y Pierce le aseguró que la poca oposición a la mina dejará de ser un problema muy pronto. Han adelantado el año de inicio de operaciones al 2023. La tecnología para explotar el metal en arcillas avanza a buen ritmo y hay una fila de posibles socios, desesperados por inyectarle capital al proyecto. Ingleses, chinos, gringos, todos han empezado a babear por el yacimiento que, al principio, desdeñaron por inoperante.

El director le ha pedido que selle cualquier posible fuga de información, ellos deben controlar el flujo, los tiempos y las estrategias. Es de vital importancia, le ha dicho Mister Li3, como se le conoce en la compañía al hombre que inició con lo que muchos ejecutivos calificaron de quimera, un imposible, una pérdida de tiempo: el oro blanco, si no se da en salmueras, no rentabiliza.

Pero así son los grandes hombres, se dice Ironwood, inmunes a la crítica y al fracaso. Los visionarios, los transformadores, los motores del progreso. Qué sería del mundo sin ellos.

A Ironwood los triunfos como ese le abren el apetito. Se reclina satisfecho en el asiento, gira hacia el ventanal y contempla el horizonte de cemento que se extiende ante sus ojos. Es uno de esos raros días en que la atmósfera está limpia de smog, por lo que alcanza a distinguir a lo lejos las cumbres nevadas del Iztaccíhuatl. Se le antoja comida japonesa. Le pedirá a su secretaria que le reserve mesa en el Izakaya Kura. No quiere comer solo. Se detiene un segundo a pensar en quién podría acompañarlo.

Está Sonia, la gerente de recursos humanos. Buen culo, mejores tetas, le sonríe mucho, diría que le coquetea. Carne mexicana de postre, por qué no. Un hombre tiene sus necesidades y su mujer ya tomó una decisión sin siquiera discutirlo. Los niños y yo nos quedamos en Vancouver, nos vemos en Navidad, no quiero que crezcan en un país en donde desaparecen a cuarenta y tres jóvenes como si nada.

Extraña a sus hijos de una manera vaga, casi obligatoria. En cuanto a ella, el rencor que Jonathan ha acumulado durante su ausencia anestesia cualquier tipo de memoria.

Qué pensará Sonia si la invita. Puede inventar un pretexto laboral. La llegada del nuevo director de la división de exploración, por ejemplo. No sirve, no es competencia de Sonia, dependen directamente de la matriz en Toronto.

Pobre estúpido de Chamberlain. Ahora cae en la cuenta de que nunca le explicó por qué se ausentó de esa manera tan abrupta. ¿Problemas familiares? Aún conserva sus últimos mensajes de texto en los que le ruega, se arrastra como un cerdo en el lodo, gordo asqueroso, indigno, qué humillante. Los guarda como un recordatorio. Piensa mostrárselos a algunos colegas en la reunión de fin de año, cuando repartan los bonos, el suyo, uno de los más jugosos, por encima de los directores de las divisiones boliviana y guatemalteca, está casi seguro. Qué risas echarán.

La adrenalina lo tiene loco. Comer y coger, eso necesita. Sake y el culo de Sonia. Celebrar que está vivo, en la cumbre de un monte dorado, futuro rey del litio. ¿Acaso necesita pretextos para invitar a una mujer a comer? Las políticas y protocolos internos no se hicieron para el director general. Esto es México, aquí las mujeres conocen muy bien las necesidades de un hombre como él, no como en su país, putas feministas.

La secretaria se le adelanta. Le comunica que al otro lado de la línea espera la embajadora. Hablando de putas feministas. Dile que estoy en una reunión, que luego le devuelvo la llamada, y resérvame una mesa para dos en el Izakaya Kura.

Él no habla con cadáveres políticos. Margaret Rich tiene los días contados. Margaret Rich no entiende los nuevos tiempos, es un dinosaurio. Su extinción es lo mejor para todos. Margaret Rich le ha dado muchos quebraderos de cabeza con su superioridad moral y su patriotismo pacato. Margaret Rich está muerta, descanse en paz.

 

Tal vez no debió haber deslizado tan pronto la mano bajo la minifalda de Sonia. Pero es que la tiene casi en el ombligo, la muy puta, y esos muslos abundantes, jugosos, morenos, no lo han dejado en paz durante la comida. La chica se la ha retirado con bastante delicadeza, casi como un ruego. Qué le pasa, señor Ironwood, tengo marido, le ha dicho ruborizada, bajando la vista. Creí que se trataba de una comida de trabajo, no se confunda.

Jonathan piensa que él nunca se confunde. Que haber aceptado la invitación, que le enseñe las piernas como se las enseña, que le sonría como lo ha hecho, que le haya apretado el antebrazo casualmente con sus chistes sin gracia significa lo que significa, no hay equívocos, no hay malentendidos.

Para el segundo plato dejaron de hablar de trabajo. Ya están en los postres, achispados por el sake, tontuelos y confesionales. Ya mostró la baza del abandono de su mujer, su vulnerabilidad, su campechanía. Es un dios que se ha dignado a departir con una pobre mortal. No entiende por qué se acabaron las risas. Por qué se muestra nerviosa y cortante. Por qué ha dejado de hablar, voltea a todas partes y checa su celular cada minuto. No entiende por qué le dice que debe volver a la oficina si está con el puto jefe.

Yo decido cuándo regresas a la oficina y si regresas, le dice en un susurro y posa su mano en la rodilla de Sonia. Ahí se queda la mano, firme, conquistadora. Ahí se queda la rodilla, con un ligero temblor que a Jonathan excita aún más. ¿Conoces Valle de Bravo?, le pregunta. Sí, le contesta Sonia sin hablar, asintiendo con la cabeza. Tengo un chalet a orillas del lago que te va a encantar.

Ironwood no entiende que le ponga de pretexto a su marido, un pobre diablo, un indio fracasado que gana al año lo que él en una hora. Esto no se trata de amor, es sexo, un buen rato, una buena cogida y mañana será otro día.

Ironwood empieza a pensar que esa mujer es tonta, que no comprende en la posición en la que se encuentra. Tal vez se equivocó con ella, tal vez tendrá que buscarse a una nueva gerente de recursos humanos. Tal vez cree que vale más que una noche en el chalet con champán y caviar. Tal vez tendrá que bajarle las ínfulas a la putita. Y qué carajos quiere ahora su secretaria. Lo están buscando de la dirección general en Toronto. Es urgente que se comunique con ellos. For God’s sake! Qué oportunos.

 

Hace dos días que tiene preparada la maleta. Hace dos días le llegó la notificación de su traslado a Ottawa, en donde quedará a disposición del ministerio hasta nueva orden. En la maleta ha empacado lo necesario, el resto llegará vía valija diplomática. La maleta le recuerda que su mundo cabe ahí, en ese pequeño receptáculo. A pesar de haber vivido en diferentes países, nunca los habitó por completo. La maleta le recuerda que un país no entra en un veliz, que ha sido un caracol cargando a sus espaldas la abstracción de una patria.

Sabe que no la destinarán a un consulado, mucho menos a una embajada. La enviarán a un rincón administrativo a la espera del retiro. No habrá honores ni grandeza. La maleta a los pies de su cama le recuerda que nadie la extrañará en ninguna parte.

Entonces imagina su vida en el coqueto departamento que compró hace algunos años en Somerset Street. Imagina largos paseos a la vera del canal Rideau, entre frondosos parques, llenos de patinadores en invierno y corredores en verano. Imagina la puesta al día con la Atwood y la Munro, lo mejor que ha dado su país, cree, y cuyas obras ha ido acumulando para ese día que llegará inevitablemente. Imagina las noches frente a la tele viendo todas las películas clásicas que no ha visto. Imagina las ocasionales visitas a su hermana en Vancouver.

Thomas no está en la fotografía. Quizá lo único bueno de esta historia: podrá mandarlo a volar, a nadie en el ministerio le importará ya su divorcio. Imagina un gato o dos, nunca fue de perros. Imagina un club de bridge con viejas como ella. La fotografía es deprimente, aun sin Thomas en ella.

La fotografía la lleva a la idea de fracaso, ese fantasma contra el que luchó durante toda su carrera. Tal vez nunca existió el lugar al que pretendía llegar. Tal vez esa es la trampa más sofisticada y perversa del sistema: hacerte creer que existe ese lugar. La maleta, testimonio mudo de su debilidad.

Ha tratado de comunicarse varias veces con el miserable de Ironwood. Cada vez que lo invoca siente una arcada. Esquivo, cobarde, le niega las llamadas. Muy probablemente no se sienta mejor cuando le diga todo lo que quiere decirle, no tiene mayor importancia: gusano traicionero, machista, ambicioso, ojalá se muera de una enfermedad lenta, larga, un cáncer en el hígado, una leucemia prolongada, un síndrome desconocido que lo postre en una cama durante un año, con dolores insoportables, enfermeras brutales que le limpian el culo con cara de asco y en absoluta soledad. Es lo que se merece.

A Thomas aún no le informa de su situación. El vividor de su marido ha de encontrarse en alguna parte del mundo, a la caza de unas piernas largas o una antigüedad obscenamente cara. Las piernas de la embajadora son largas, demasiado para su gusto, sostienen un talle corto, lo que le da un aspecto de grulla.

En eso se fijó Thomas cuando se conocieron, durante una exposición sobre el Egipto faraónico en Roma. Ella era agregada cultural de la embajada; él, un coleccionista aburrido y sexy como un dios escandinavo. Thomas Karlsson, de Uppsala, heredero de una fortuna maderera, podía enamorarse al instante de una mujer cuyas piernas nunca llegaran a la cadera. Eso o algo parecido le dijo cuando la abordó al término de la inauguración con una copa de Moët & Chandon.

¿Pudo ser tan estúpida e ingenua? Tenía veintiocho años y estaba deslumbrada por ese mundo al que acababa de entrar, casi como un accidente, con el síndrome de la impostora a flor de piel. Thomas Karlsson, de Uppsala, pudo olfatearlo como los perros olfatean el miedo.

Es el único consuelo que le queda después de todo. Ha pospuesto el momento de decírselo porque desea que sea un hecho consumado. Quiere encontrarse en el punto más bajo de la humillación, cuando los títulos y los oropeles ya no existan, para mandarlo a la mierda de una vez por todas. Una humillación, piensa, que lo salpicará, que lo pondrá en el centro de su narcisismo como la principal víctima de la desgracia. Quiere paladear el momento como paladeó hace treinta años esa copa de champán en manos de un príncipe canalla. Aunque… qué príncipe no lo es.

En cuanto a las despedidas, serán breves e indoloras. No extrañará ese país huérfano, bravucón, que se desangra entre fiestas de guardar, masacres y desaparecidos.

Tampoco a los empleados de la embajada, que han visto pasar embajadores como quien oye llover, salvo a Jennifer, la única complicidad posible en esos pocos años. Le hubiera gustado conocerla mejor, tratarla más, y a su encantadora novia, esa muchacha sensible y de gran talento, divertida y cariñosa. Una cena inolvidable. Por unas horas consiguió olvidar su pequeña tragedia, su caída libre, y pudo extraer de entre todas las capas de vileza que ha acumulado a la Margaret Rich que hubiera querido ser.

Ahora, frente a la maleta lista para su último destino, se siente vieja y cansada, ya no hay manera de escapar de esa forja mentirosa, un espejismo que persiguió toda su vida.