Litio

Imanol Caneyada · Capítulo 12 de 12

Páginas del PDF

Litio

La suave patria

 

El letrero de SE VENDE se pierde entre las luces rojas, blancas y verdes, renos de plástico, un trineo de Santa Claus inflable y hojas de muérdago. Guy Chamberlain dedicó varios días a sacar del sótano las cajas con los adornos navideños y decorar la fachada de la villa. Solía hacerlo el jardinero, pero tuvo que despedirlo.

Es su manera de decirle al mundo que hay espíritus, como el navideño, inquebrantables.

Cree que hasta febrero o marzo del año siguiente no habrá una oferta razonable por la casa. La agencia inmobiliaria se muestra optimista al respecto. El mercado sigue al alza, el dinero está fluyendo y hay ganas de invertirlo. Mientras tanto, con la Nochebuena a la vuelta de la esquina, Guy Chamberlain pretende aprovechar esa fecha tan sentimental para subsanar las heridas. Cuando inicie el 2015 se planteará qué hacer con su vida. Por la edad que tiene, sabe que ninguna empresa se tomará la molestia de revisar su currículum. Tal vez inicie un pequeño negocio por su cuenta.

Pero todo ello forma parte de un futuro que, de momento, percibe lejano, tal vez por el engañoso fin de un año y el inicio de otro.

La Navidad, se dice satisfecho con el resultado de la decoración, es un paréntesis para recapitular y concentrarse en lo esencial. La familia es el bien más preciado, se repite como un mantra lleno de campanitas y villancicos.

Guy, a pesar de su corpulencia, se subió a la escalera de mano para colgar los adornos de la cornisa y las ventanas del segundo piso.

Te vas a matar, le dijo su mujer al salir rumbo al trabajo.

Por fortuna Mildred conserva su puesto directivo en la consultora. El plan de renunciar para concentrarse en la educación de las niñas cambió cuando Guy fue puesto de patitas en la calle. Es él quien atiende a Julie y Margarite, con la ayuda de Yamile, a quien no han tenido el valor de correr, nadie echa a un miembro de la familia.

Le ha dado por ir a recoger a Margarite al colegio, cosa que detesta su hija. Preguntarle por sus amistades, sus actividades, sus sentimientos, sus pensamientos, su ideología, su forma de vestir, sus hobbies.

Margarite acepta esa nueva disposición con la esperanza de que sea pasajero.

Margarite se niega a confesar la melancolía que la embarga. Contiene con un dique frágil, resquebrajado, las ganas de llorar que le asaltan a cada rato. Se siente sola, incomunicada, incomprendida. Extraña a su hermana, un fantasma prisionero voluntariamente en su habitación, cerrado al mundo.

Julie debe presentarse en la corte todos los sábados a firmar. Toma, por imposición del juez, un curso de educación ciudadana. Realiza trabajo comunitario en los jardines de la ciudad y en los edificios públicos. Su minoría de edad y la ausencia de antecedentes penales la salvaron de ir a prisión. También el compromiso de sus padres para supervisarla (vigilarla, controlarla, cree). Julie se siente culpable por despertar cada mañana en esa suntuosa casa mientras algunos de sus compañeros se pudren en la cárcel.

Piensa que le falló a la causa, que no estuvo a la altura, que traicionó lo más sagrado para ella.

Se ha recluido en su cuarto, del que no sale más que para ir al baño y a las actividades que le impone su condena, a las que acude en total silencio. Yamile, paciente y socarrona, le sube de comer. Es con la única que intercambia algunas palabras. Sus padres creen que los está castigando, cuando en realidad la penitencia es para ella. Impotente, mantiene un intenso activismo en las redes sociales en pro de los derechos de los animales. Lo hace bajo un nombre falso, el juez fue muy claro en cuanto a cualquier manifestación que demostrara su no arrepentimiento. Solo es un año, se consuela, al término de la condena habrá cumplido la mayoría de edad y podrá reincorporarse a la lucha.

Guy Chamberlain, cada día sin falta, se ubica de este lado de la puerta, toca tímidamente y espera que su hija le abra para charlar. No sucede. Después de cinco minutos se dice: mañana será. Renuncia y trata de llenar el excesivo tiempo libre que ahora tiene. Se encierra en el estudio a hojear las guías de aves que se apilan en la biblioteca. Inventa planes con Margarite: ir al Mont Royal a patinar, al cine, a un café, al Centro de Ciencias. Descubrió hace poco que a Margarite le fascina la astronomía. Se parece tanto a él. Su hija esquiva las propuestas, siempre hay una amiga a punto de llegar, una invitación a una fiesta, una salida inesperada.

Aguarda con ansia la llegada de su mujer del trabajo. Pero Mildred entra exhausta, malhumorada, harta de esto y aquello. Abre una botella de vino, se sirve una copa —no le ofrece—, se pone a ver la televisión, encerrada en un mutismo hostil, impenetrable. Mildred no ha intentado hablar con Julie, tiene la firme convicción de que es su hija la que debe recapacitar y pedir perdón.

Por eso Guy Chamberlain ha puesto un inquebrantable empeño —naíf por momentos— en el decorado navideño y en la cena de Nochebuena. Se ha confabulado con Yamile para confeccionar un menú divertido y variado. Ha comprado regalos para todas. Tiene fe en que la magia de la fecha actúe como un bálsamo sobre los corazones heridos de esa casa en venta y restaure algo parecido a la armonía, la paz, la felicidad. Una fe ciega, sorda.

Es lo único que le queda.

 

Cierra la cabaña con doble llave. En la batea de la pick-up, lo indispensable. No ha echado la guitarra, sí el rifle y los tres perros sin nombre. Cuando la minera concrete la compra de El Tazajal —su terreno incluido—, vendrá por el resto, aunque nada vale la pena, piensa, nada significa gran cosa.

Al ir al ejido a comunicarle a Rosario que se mudaba con ella y se traería consigo a la tía Ana María, a la prima Mery, su hermana se quedó de piedra. No me puedo negar, también es tu casa, le dijo, pero no estoy de acuerdo. Trató de reblandecerla contándole lo sucedido: el acoso, las amenazas, el incendio. No está seguro de si lo consiguió. Le pareció detectar un destello de conmiseración en sus ojos muertos. Cree que la compañía le vendrá bien a Rosario. Cree que la soledad es la causante de todos sus males. Con los ahorros que tiene y el dinero de la venta, tal vez puedan formalizar el negocio de comida y retirar a su hermana de la orilla de la carretera.

A Florencio, por el contrario, pareció darle gusto. Solemne, patriarca de la familia, le dijo que eran bienvenidos.

Gracias a Dios, el primo Pancho les sacó de la cabeza esa locura de bloquear el acceso a la mina de Grupo México. Les pidió que confiaran en sus amigos abogados. Habían promovido un amparo ante la justicia federal contra la resolución del juez de Hermosillo, quien, como lo previó Heriberto, sobreseyó la demanda exculpando a la minera de cualquier daño.

Heriberto no quiere escapar de una guerra para caer en otra.

Está convencido de que el juicio de amparo sufrirá la misma suerte. Para entonces, espera que los parientes del ejido se resignen a su suerte. Que es la suya, la de todos los habitantes de esa sierra maldita.

Ayer fue con la señora Francisca a despedirse. Le regaló la media docena de gallinas que criaba. Ningún trabajador le salió al paso. Imagina que todos han desertado. Es cuestión de tiempo para que la señora Francisca se quiebre.

La encontró sola y destrozada. Veinte años le habían caído encima. Le dijo que hacía una semana que no pegaba ojo. Le dijo que todas las noches se quedaba despierta a la espera de que regresaran y que todos los días salía a recorrer la región. Le dijo que sentía que los huesos de sus hijos y su marido estaban cerca, que los podía oler en las madrugadas, cuando el viento es lo suficientemente limpio como para convocar todos los aromas, incluso los de la muerte. Le dijo que estaban vivos en alguna parte, que en el crepúsculo el viento le traía sus voces de auxilio.

Le dijo que si era necesario escarbaría con sus propias manos la sierra entera hasta dar con ellos.

En la agencia del ministerio público de Sahuaripa, cuando fue a poner la denuncia por desaparición forzada, se rieron de ella, la trataron de vieja loca, que mejor los buscara en el otro lado, seguro se habían ido para el gabacho, como todos se van, a hacer dólares, como todos en esa sierra maldita.

La dejó ahí, ida, consumida por la rabia y la angustia. Y sintió que huía. Y le dio un poco de vergüenza.

Heriberto se sube a la pick-up. Arranca. Piensa que de todos los finales posibles que había imaginado, ninguno era esa renuncia a todo, ese irse con lo puesto, ese abandono de la tierra en la que se hizo hombre.

La sombra de Zacarías lo acosa: cobarde, le susurra.

Pero qué hace con la voz del niño sicario que se le metió en la cabeza como una pesadilla: si no venden y se van, se las va a llevar la verga. Si aún están vivas es porque alguien pidió por ellas. Qué hace con esos emisarios de la muerte que lo contemplaban riendo, cadáveres ellos mismos, zombis armados hasta los dientes, títeres que han encontrado en la sangre una forma de escupir al mundo.

Recuerda lo que le dijo a María Antonieta la noche del incendio: no quiero morir. Le faltó añadir: no quiero que mueras. Vivir, aunque sea así, desplazados, con la impotencia y la rabia de haberlo perdido todo, humillados, sin raíz, sin futuro ni pasado, tan solo abrir los ojos cada día y respirar: es el único derecho que les queda.

Ahora que va rumbo al Tazajal a recoger a las dos mujeres, le entra la duda de si María Antonieta se marchará con él. No la ha visto desde la noche del incendio. Le ha mandado varios mensajes de texto informándole sobre sus pasos. Siempre recibe la misma respuesta: ok. Quiere creer que nada se ha roto entre ellos cuando todo parece haber naufragado.

Negarse ante las evidencias. Pensar que será razonable y que, con los días, entenderá que lo hizo por su bien, por el bien de todos, como si ese fuera un argumento que alguna vez ha servido de algo. Casi treinta años le llevó perdonar a sus padres por haberlo enviado a ese rancho con razones semejantes.

Un rancho que ahora recorre por última vez. La idea le cierra los pulmones, lo hace jadear, afirmarse en el volante para no caer.

Desde donde está puede divisar la casa. La tía aguarda en el zaguán, un par de bultos a sus pies, Cochi y Luna flanqueándola como guardias pretorianos. María Antonieta no se ve por ninguna parte. A pesar de todo lo que se había dicho para convencerse, no le sorprende. Y piensa en el próximo funeral de María Antonieta. Y vuelve a sentir esa vergüenza que, parece, no va a dejarlo nunca.

El Aeropuerto Internacional Simón Bolívar luce desolado. Únicamente un avión, de Conviasa —además del que lo trajo, de Copa Airlines—, se aprecia a esas horas en la larguísima pista y en las puertas de embarque. Parece un aeropuerto abandonado, como si una guerra con armas químicas hubiera acabado con todo asomo de vida y solo los edificios de las terminales, viejos, sin remodelar desde el año de su reinauguración, allá por los setenta, quedaran como testimonio de la debacle.

Marc Pierce observa a través de la ventanilla las consecuencias del bloqueo económico contra el chavismo. Los países latinoamericanos como juguetes de los intereses de las grandes potencias blablablá.

Hace siete horas embarcó en el aeropuerto Benito Juárez del DF, cuya frenética actividad acentúa la ruina del venezolano. Hace siete horas —hizo escala en Panamá City— se despidió de su vida en México para iniciar otra en la república bolivariana de Maduro.

La historia se repite como farsa, piensa Marc Pierce mientras se forma en el pasillo del avión para iniciar el descenso.

Eligió ese país precisamente por su paródica lucha contra el neoliberalismo y su aislamiento internacional. También porque recordaba la hermosura de los nativos, mulatos atléticos y sensuales, que gozó en Isla Margarita hace quince años, en unas vacaciones all inclusive —también recuerda a sus compatriotas borrachísimos en el vuelo chárter Toronto-Porlamar—, y de las que regresó con el culo goteando.

Marc Pierce enfila hacia la zona de aduanas. El pasaporte canadiense es bienvenido, no tendrá problemas para ingresar. Los pasillos están militarizados. Hombres y mujeres en uniforme verde botella, marciales, de vigilancia agresiva, exhiben la paranoia de don Nicolás, comprensible, por otra parte, se dice el viajero.

¿Motivo de la visita? Vacaciones. ¿Dónde se hospeda? Una noche en el Marriott de Caracas, luego quince días en el Margarita Real. Luego, ya veremos, piensa Marc mientras el funcionario sella su pasaporte.

El taxi lo traslada de La Guaira a la capital. Treinta minutos de cerros selváticos salpicados de casuchas miserables, amontonadas entre basura y odio. Una pobreza que conoce bien, endémica, que ni los caudillos populistas ni las promesas del capitalismo han solucionado. Una miseria de indios, negros, mestizos y mulatos, la misma en México, en Chile, en Bolivia, en Argentina.

El caos vial de Caracas es un caos de motos viejas en las que viajan tres personas y de autos viejos que vomitan humo negro. Los altos edificios del centro, titanes de cemento y rejas en las ventanas, se muestran deslavados, ancianos, colmenas secas de nostalgia.

El interior del hotel lo regresa de golpe al siglo XXI, a ese 2014 a punto de terminar. Le entregan la tarjeta-llave, rechaza la ayuda del botones: viaja ligero de equipaje. Piensa comprar en su nuevo destino ropa tropical, colorida: shorts y camisas hawaianas, trajes de lino blanco, sombreros Panamá… disfruta del cliché. Un número de seis cifras en dólares ingresó en su cuenta secreta hace unos pocos días.

Cada quien cumplió con su parte.

No tardó ni veinticuatro horas en organizar la huida. Dejó pagados los cuatro meses que le quedan de renta del departamento en la Condesa. Fue a Tepito con la chica esmirriada y le propuso que lo acompañara en el viaje. La hacker lo tiró de a loco. Marc le entregó la llave del depa y le dijo que era suyo por los próximos cuatro meses.

Lo que está adentro lo puedes vender, regalar o quedártelo, tú verás.

Se despidieron sin ceremonias.

Marc Pierce se instala en la habitación, confortable, moderna, de lujo moderado, y después de mear casi rojo —ahora sí debe acudir con un urólogo, se convence— se lanza por las calles histéricas del centro. Camina sin rumbo hasta que se topa con un grupo de turistas rusos que hacen fila para entrar a la casa donde nació el Libertador. Se forma junto con ellos y realiza el recorrido. No entiende nada porque la guía se expresa en ruso. Hay cuadros, muchos, grandes, al óleo, grandilocuentes, de Bolívar. El hombre, piensa Marc, encarna el delirio caudillista del continente. La veneración por Simón es una suerte de religión secular que lo deja frío.

Marc Pierce es ateo de dioses terrenales y celestiales.

Sale de la antigua hacienda criolla y continúa su paseo. Vaga sereno, registrando la ciudad sin gran esmero, relajado por primera vez en mucho tiempo. Va pensando en que, con los meses, entrará en contacto con los políticos de la región, ambiciosos y corruptos, como todos, para proponerles algunos negocios que tiene en mente y multiplicar su pequeño capital, producto de la traición. Es curioso, piensa y se detiene unos segundos: no siente ni el menor remordimiento. Si acaso, añoranza por su México lindo y querido.

 

Lo último que ve son las cabezas de Luna, Cochi y los tres chuchos sin nombre asomadas en la batea de la pick-up. Le aseguró a Heriberto que, después de solucionar algunos asuntos pendientes en Hermosillo, los alcanzaría en Nacozari. Solo así pudo deshacerse de él y de su madre, aunque a esta no pareció importarle mucho que no fuera con ellos. Se sentó del lado del copiloto con una expresión risueña, la promesa de ver a Jesusa y a Rosario la tenían en vilo. Que Jesusa haya muerto hace años carece de importancia en el mundo de su madre.

Heriberto no le creyó, al menos, no del todo.

Tuvo que hacer un esfuerzo tremendo para ser convincente. Son solo unos días y ahí les caigo, te lo juro. Heriberto quiso insistir, pero al final se dio por vencido. Para hacerlo más verosímil, le dijo que iba arreglar unos papeles del divorcio, lo cual es mentira, legalmente sigue casada con el imbécil de su marido y no piensa hacer nada al respecto, menos ahora.

María Antonieta no pierde tiempo. Una vez que desaparece la pick-up en el horizonte, entra a la casa, busca la escopeta de su padre y el puñado de cartuchos. La carga. Fija el seguro.

Sale de nuevo. Aborda el viejo Jeep. Arranca y parte rumbo al pueblo.

Ha tomado una decisión, solo espera que en el trayecto no se le enfríen las ganas de mandar todo al infierno. De enviar un mensaje claro e inútil. Al principio aceptó la propuesta de Heriberto. Podrían volver a empezar en el ejido con el dinero de la venta de las tierras. Qué más daba dónde estuviera el invernadero, la mayoría de sus clientes provenían de Arizona. En cosa de un año estarían de regreso en el mercado de las flores.

Quiso creerle. Incluso se atrevió a pensar que las razones de Heriberto también pasaban por el corazón. No se trataba de amor, claro, pero tal vez de algo parecido, más apacible: envejecer juntos, asistirse mutuamente hasta el último aliento.

Durante los días posteriores al incendio hubo momentos en los que la fotografía (en la que también aparecía su madre, ni modo) lograba conmoverla lo suficiente como para empezar a empacar sus cosas. Pero en las noches la mancha carbonizada del invernadero le reclamaba su partida, le echaba en cara su pusilanimidad, le recordaba con su boca retorcida por el fuego que se había hecho una promesa al regresar al rancho que la vio nacer, huyendo de los mismos monstruos de los que pensaba huir de nuevo.

Tan solo se trata de dejar clara una postura en los términos que manejan ellos, se convence a medida que se adentra por las calles del pueblo.

El pueblo no le dice nada.

Al volver nunca se sintió parte de él. Incluso mira con rencor a los pocos viandantes con los que se cruza. Su pasividad, su indiferencia, su aceptación de los hechos sin resistirse, de las mentiras que les cuentan una y otra vez, son un combustible para la rabia.

Llega rápido y fácil a la comandancia. Estaciona justo frente a la entrada. Ahí están Ramón y uno de sus ayudantes, el gordo Gálvez, charlando en la acera.

No apaga el motor. Desciende con la escopeta. Le quita el seguro. Apunta y dispara sobre Ramón a menos de diez metros. Los perdigones se abren como una flor de sangre en el estómago del comandante. La cara de Ramón, reclinado en la acera, es su mayor trofeo.

Gálvez titubea. El asombro es más grande que el miedo. Cuando intenta desenfundar su arma reglamentaria —piensa que hace años que no la usa—, una lluvia de perdigones le siega las piernas. Cae al piso aullando de dolor.

María Antonieta suelta la escopeta y se sienta en la acera, a un lado del comandante.

Este trata de taponar con las manos las heridas de las que mana la sangre con mucha discreción, quedito, sin escándalo. Sabe que se le escapa la vida.

María Antonieta empieza a hablar con la mirada extraviada en la calle:

—¿Sabías que las orquídeas tienen forma de vulva? Por eso se las considera flores de un gran erotismo, de una belleza que pone calientes a los hombres. Lo chistoso es que la palabra, de origen griego, significa testículo, por la forma de sus tubérculos dobles. Existen más de veinticinco mil especies y florecen en la mayoría de los climas, salvo en los extremos. Son las flores nacionales de Venezuela, Colombia, Guatemala, Costa Rica y Panamá. La más pequeña se da en Australia y mide unos cuatro milímetros. La más grande alcanza los cuarenta centímetros, crece en Ecuador. Te tengo una pregunta antes de que te mueras, hijo de la chingada: ¿cómo te atreviste a destruir tanta belleza?

 

El avión alcanza los treinta mil pies y Jonathan Ironwood reclina el asiento, cierra los ojos, trata de dormir. Pero en cuanto caen los párpados, todos los sucesos de los últimos días machacan su cerebro, lo licúan.

Solo abriéndolos de nuevo puede parar la masacre.

Le cuesta respirar, ha estado ya dos o tres veces a punto de un ataque de pánico. Se siente burlado, humillado, indefenso, traicionado, al borde del precipicio. Los acontecimientos se desencadenaron a tal velocidad que llegó un momento en que quiso esconderse en el chalet de Valle de Bravo, apagar el celular, detener el tiempo. Pero en medio de la catástrofe, al final, encontró un resquicio de dignidad y se mantuvo firme, qué clase de hombre sería si no.

Todo empezó con la intempestiva llamada de la dirección general en Toronto: Inuit Mining Corporation estaba siendo víctima de una adquisición hostil. Los agresores, una minera china: Sichuan Energy.

Con mentiras y datos falsos sobre la inoperancia de Sonora Lithium, habían logrado convencer a la mitad de los accionistas de venderles sus valores. En cuestión de una semana, la mayor parte de los miembros de la junta directiva actual sería desplazada por los chinos.

Lo sorprendente aquí era que Sichuan Energy tenía en su poder toda la información relacionada con la exploración del litio en Sonora. Datos que Inuit Mining Corporation jamás había hecho públicos.

Jonathan Ironwood se convirtió en el principal sospechoso de la fuga de información. Tuvo que emprender una investigación exprés. No le llevó mucho tiempo dar con un ingeniero mexicano, un imbécil llamado Raúl, que se había dejado engañar por el hijo de puta de Marc Pierce, quien ha huido a Venezuela. Despedir al empleado mexicano no aplacó su ira. Rastrear con la ayuda de la Secretaría de Gobernación el paradero de Pierce, un país sin acuerdos de extradición con Canadá, solo hizo aumentar su humillación.

Inuit Mining Corporation, esa aplanadora insensible, herida de muerte, dejaría de tener control total sobre el proyecto del litio, por lo tanto, buscaba un chivo expiatorio: él, enclaustrado a treinta mil pies de altura, volando hacia su decapitación inmediata.

Siente la necesidad de pasear por el pasillo de primera clase del vuelo de Air Canada Ciudad de México-Toronto. De inmediato se le acerca una azafata para sentarlo: ¿no ha visto el letrero encendido de abrocharse el cinturón de seguridad? Están atravesando por una zona de turbulencias. No, no le he visto, de ser así no me hubiera levantado. Siéntese, por favor. Váyase a la mierda. Que se siente, si no, llamo al oficial de vuelo.

Todas las miradas de reproche y desprecio de los pasajeros, ejecutivos que regresan a su país a pasar las vacaciones de Navidad, se posan sobre él como halcones peregrinos. Les dice que son una pandilla de buitres carroñeros, pero el día menos pensado les cortarán las alas, los sacrificarán, prescindirán de ustedes, imbéciles.

La firmeza de la azafata, una mujer entrada en años con bastante experiencia en manejar histéricos prepotentes como el señor del 6A, termina por aplastarlo en su asiento.

Ironwood se abrocha el cinturón y observa por la ventanilla el cielo azul, alfombrado de nubes blancas. De golpe le entra un profundo sentimiento de desolación.

De Toronto viajará a Vancouver, justo a tiempo para la Nochebuena. Con el desastre se le olvidó comprar los regalos para sus hijos. Si logra conservar el empleo, si no lo echan con una patada en el culo, salvará la Navidad, evitará que sea el funeral de todos sus sueños.

Una nube allá abajo adquiere la forma del rostro de su mujer: la decepción con que lo contempla le congela los huevos. La posibilidad de que la nave se vaya a pique, se estrelle en un lugar perdido del Middle West y nunca encuentren su cadáver, de repente, le parece lo mejor que podría sucederle.

Cierra los ojos de nuevo. A duras penas reprime un sollozo. Los ejecutivos de alto perfil no lloran.

 

Los cables que brotan del cuerpo de Ramón lo hacen ver como una especie de cíborg. Angelina, sentada a un lado de la cama, estudia su respiración. El pecho sube y baja con una lentitud exasperante. Los intervalos entre latido y latido son eternos silencios, como si el músculo estuviera a punto de renunciar y, en el último suspiro, se acordara de bombear la sangre por los órganos heridos.

Se encuentran en el hospital CIMA de Hermosillo, el mejor y el más caro.

Si no hubiera sido por el helicóptero que envió de inmediato la Secretaría de Seguridad del Estado, Ramón estaría muerto. A pesar de todo, debe reconocer que Cipriano reaccionó rápido, con sangre fría. Le disgusta la deuda que ella y Ramón, si es que logra sobrevivir, aún no está claro, acaban de adquirir con el alcalde.

Siempre le desagradó ese hombre. Presentía que sus contubernios terminarían costándole un disgusto a su marido.

Los médicos no dejan de decir esa maldita fórmula que los salva de cualquier responsabilidad: pronóstico reservado.

Y luego está la culpa, toda esa inmensa culpa como un mar de lava quemándole por dentro.

Entra Cipriano, exultante, desperdigando su perfume caro y su don de mando, la vida como un permanente acto de voluntad. A Angelina la agota. Trae noticias del oficial Gálvez: se encuentra estable, tal vez pierda una pierna. Y de la pinche loca. Hace un par de horas ingresó en la prisión de Cananea. La pinche loca confesó todo. La pinche loca saldrá de la cárcel con setenta años, calcula Cipriano. Acto seguido frena la euforia, se da cuenta de que nada de eso cambia el hecho de que la vida de Ramón pende de un hilo.

—Hay algo que no me deja en paz, que no me deja dormir —dice Angelina—, que me acosa todas las noches. Si no hubiera intercedido por ella, ahora Ramón estaría tan campante.

—Eso que hiciste —la consuela Cipriano— habla bien de ti, mi estimada, era tu amiga, no podías saber. No te sientas mal, esa vieja lunática es la única culpable y va a pagar por lo que hizo, como me llamo Cipriano.

Actúa, ese hombre siempre actúa ante una audiencia imaginaria de multitudes enloquecidas por su grandeza. Angelina tiene la sensación de que en la mañana escribe un discurso para cada momento del día. Ese hombre, a pesar de las circunstancias, no puede (o no quiere) ocultar la satisfacción que le provoca el curso de los acontecimientos. Ese hombre cada noche sueña con su lugar en la Historia de ese olvidado pueblo escondido en la sierra, cuyo futuro se construye sobre sangre blanca.

Angelina desea que se vaya. Por alguna razón que no termina de entender, percibe al alcalde como el mayor responsable del estado vegetal de su marido. Y eso le molesta. Le enfurece que, por más esfuerzos que haga, no consiga odiar a María Antonieta. Como si la exculpara de ese acto irracional y asesino.

Ese cuerpo moribundo en la cama, ella misma sentada a su lado, ese hombre hediondo a Adolfo Domínguez, Náutica o Paco Rabanne, cómo saberlo, deberían estar sentados en el banquillo de los acusados.

Quisiera escupirle a la cara a su amiga. Pero no tiene saliva suficiente, como si la culpa le chupara al ritmo de los signos vitales de Ramón todo el líquido que guarda su cuerpo.

Piensa en sus hijos huérfanos. Aprieta el brazo inerte de su marido y le susurra: tienes que vivir, cabrón, a ver cómo le haces.

Cipriano, flotando en medio del cuarto como un globo de helio, dice: primero Dios, así será.

 

Después de todo, no es tan terrible. Tal vez necesitaba el anonimato burócrata al que la han condenado. Los primeros días los vio como un castigo. Eso es, por supuesto. Pero con el paso del tiempo ha empezado a gozar del tiempo libre, de las bondades de un horario fijo y la falta de responsabilidades.

De momento, la arrinconaron en un escritorio sin una tarea específica, sin un cargo concreto, sin nada que hacer. Al principio esto le provocó una intensa zozobra. Era una mujer acostumbrada a mandar, a ejecutar, a navegar por aguas turbulentas, a tomar decisiones arriesgadas. Y de pronto las horas muertas frente a una mesa vacía, la inútil laptop viajando por páginas irrelevantes, un té tras otro, el minutero como un enemigo mortal.

Tuvo episodios de insomnio, noches de una angustia que la consumía hasta que el sol caía sobre sus ojos y un cansancio espeso la arrastraba al edificio del Ministerio de Relaciones Exteriores. Se instalaba en su puesto, cabeceaba, sucumbía al duermevela atroz, rehén del horario inalterable.

Pensó en protestar, en exigir, pero se ha tornado invisible. Nadie le dirige la palabra más que para intercambiar mundanas cortesías.

Entonces decidió volverse descarada. No iba a ser cómplice de esa simulación. Empezó con Oryx y Crake y continuó con El cuento de la criada. Sin disimulos, abre la novela donde se ha quedado el día anterior y lee buena parte de la mañana, frente a sus compañeros ajetreados por las exigencias ministeriales, indiferente a las laboriosas hormigas dispuestas al sacrificio en nombre de la comunidad. Deja la oficina sin avisar y camina hasta un café cercano para almorzar, en donde continúa leyendo.

Así lleva varias semanas. Hoy es el último día antes de las vacaciones de Navidad. Se siente liviana. Una caradura. Una estafadora. Este nuevo estatus, frente al estricto sentido del deber al que se apegó durante toda su carrera, la hace levitar de una manera que aún ahora le provoca vértigo. Es también una forma de vengarse de la institución que la traicionó, por la que dejó la vida entera.

En estas últimas semanas se ha convencido de que el cinismo le sienta bien. Hundida en el fondo del barranco, observa cómo el resto empuja la gran roca hasta la cima para que ruede cuesta abajo cada vez. En ocasiones siente que el vacío trata de succionarla a oscuros lugares de flagelación y arrepentimiento, pero solo dura unos minutos, se repone gracias a esa desvergüenza convertida en su bien más preciado.

Aceptó la invitación de su hermana para pasar las fiestas en Vancouver.

Su hermana, mayor que ella, se jubiló hace un año. Era médica de familia. Su cuñado, un reconocido comentarista deportivo de una televisora local, se resiste al retiro y disfruta de su posición de decano de los deportes. Sus dos sobrinos se mudaron a Seattle hace algunos años, están en el negocio de la música, no sabe muy bien qué hacen. Se encontrarán todos en la cena de Nochebuena, cree que también las mujeres de los niños que ya no son niños, aunque los siga viendo como tales. Debe reconocer que al principio le hizo ilusión, pero a medida que se acerca la fecha, siente el alma entumida. La perspectiva de convivir unos días con esos seres desconocidos a los que llama familia, encerrados en una casa, ha empezado a deprimirla.

Sabe que se lo debe a su hermana. Tantos años fuera del país, tantas navidades, cumpleaños, aniversarios de llamadas presurosas, olvidos, mensajes acartonados que enviaba su secretaria en turno.

Tuvieron una infancia y una juventud apacibles y amorosas. Gracias al carácter de su hermana, bonachón, temperado, no vivieron pleitos ni desavenencias notables. Sus padres, liberales de pura cepa, las educaron para la época en un régimen de total libertad. Sus padres no viven para atestiguar lo que a todas luces considerarían un rotundo fracaso. Es un alivio. Su hermana posee ese maravilloso don que muy poca gente exhibe: nunca juzga a nadie. A veces eso la exaspera, en este caso, se lo agradece.

Llega por fin la hora de la salida. Como todos estos días, espectro sin luz, se va sin despedirse. Algo escuchó de un brindis navideño, pero lo que menos quiere es forzar una alegría entre gente tan pacata que rehúye de ella como la peste.

Atraviesa el estacionamiento del ministerio, se sube al Prius que compró no bien se instaló en Ottawa, y se dirige a su coqueto departamento en Somerset Street.

Va pensando en lo que empacará para el viaje, en las cuentas que debe pagar, en las plantas que debe regar, cuando suena el celular conectado al equipo de sonido del auto. Es Thomas. El manso y analgésico Thomas. El hombre indiferente a todas las tragedias, incluida la de su propio divorcio. No cambió ni un ápice el tono de voz ni el gesto de su cara cuando le anunció vía Skype que iniciaría los trámites en cuanto aterrizara en Canadá. Sin entrar en detalles, le contó de su nueva situación.

Thomas el imperturbable, tan narcisista que lo único que lo alteró apenas fue que ya no estaría casado con una embajadora.

Algo le tiene que agradecer después de todo: su total disposición a que el divorcio se ejecute en buenos términos. Entiende que, sin el boato del cargo, solo es una mujer vieja que le estorba. De todas formas no contesta, no desea hacerlo, deja que el timbre del teléfono se canse de sonar. Si hay un aspecto de su nueva situación que aprecia es que ya no tiene que hablar ni con Thomas ni con nadie que no se le antoje.

Se siente liviana, una levedad sin nombre ni máscaras ni identidad que le permite desde ese margen volátil contemplar cómo el mundo se va al carajo, espectadora privilegiada.

 

La sierra se abre ante sus ojos en todo su esplendor invernal. El tiempo por el que transita carece de asidero y el espacio surge nuevo, innombrado. No recuerda la última vez que dejó El Tazajal. Han pasado años, muchísimos, tal vez todos. Sí recuerda con total claridad ese mismo recorrido pero en sentido contrario, en otra pick-up, con otro hombre a su lado, joven y pendeja, recién casada, rumbo a una vida que, en aquel momento, hace cincuenta años, le despertaba terror. Un terror que poco a poco fue diluyéndose en la cotidianidad junto con Zacarías.

Una buena vida. Una vida de trabajo, sin vacaciones, sin descanso, sin lujos ni banalidades, una vida en la que nada se daba por hecho, porque en un rancho las certidumbres pueden matarte. Una vida en la que el nacimiento de un becerro era todo un acontecimiento y el de una hija, una sentencia.

Cochi viaja en la batea, también Luna, y tres perros feísimos que nunca ha visto, pero no Mery. Mery viaja hacia un destino inevitable, hacia una rendición de cuentas con su propio pasado.

Nada podrá detenerla.

De todas formas, hace ya algún tiempo que perdió a su hija en las brumas de la memoria. Está y no está, es y no es. Al igual que ese hombre que conduce. En ese instante sabe que se trata del bueno de Heri, otra manera de maternar en la que los afectos se forjaron a través del sudor y los esfuerzos. Pero tal vez en unas horas le parecerá un desconocido, una amenaza, una incógnita. Cuando has pasado casi toda tu existencia entre reses y un pequeño puñado de personas, la gente se vuelve un arma dispuesta a dispararse a la menor provocación.

No sabe a dónde se dirige. Le aseguraron que con la prima Jesusa. Pero la prima Jesusa está muerta. ¿O no? Viaja a su pasado. Uno que borró de su cuerpo en cuanto puso un pie en El Tazajal. Dicen que siempre termina por alcanzarte aquello de lo que huyes. No olvida que se fugó de una vida sórdida y anodina. No olvida que Zacarías, ese príncipe azul de modales toscos, al principio fue una vía de escape.

Tiene miedo de encontrarse, allá a donde va, con los rostros de la niñez y la adolescencia. Que sea este un tránsito no solo por el espacio sino por el tiempo. Que al bajar de la pick-up, esté esperándola el tío que la violó a los catorce, la tía que la acusó de puta, los padres que la escondieron, los primos que la despreciaron.

Ah, qué bonitos recuerdos los del ejido.

La niebla se vuelve cada día más espesa. Y entre la niebla vagan los espectros de su infancia. La sierra se oscurece, los cerros lloran su suerte, los árboles son mecidos por un viento recio que parece nacer de su vientre. Tiene miedo. Se siente sola. Para, le dice al hombre que conduce. Detente, aquí me quedo.

El hombre la mira extrañado, le pregunta qué le sucede, por qué quiere bajarse, pero no se detiene, continúa avanzando por la carretera sinuosa.

Para, vuelve a decir, para, para. Por fin el hombre le hace caso y frena en un pequeño claro al costado de la ruta. Desciende, camina hacia el monte. El hombre, indeciso, no sabe si seguirla o no. Siente la yerba y las zarzas arañar sus tobillos. Frente a ella, un túnel que poco a poco va cerrándose hasta sumirla en la total oscuridad. Unas manos la toman de los hombros y la guían a través de la negrura. Una voz lejana la tranquiliza. Le cuenta un cuento: el de lo felices que se pondrán todos cuando la vean después de tantos años.

¿Pero quiénes son todos? ¿Quiénes son ellos? ¿Quiénes? ¿Quiénes?

Terminaste Litio

Imanol Caneyada

Libros como este

Después del libro

Páginas que venían con esta edición, guardadas aquí como referencia.