Litio

Imanol Caneyada · Capítulo 11 de 12

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Litio

La carretera alegórica de paja

 

1

 

Cuando las manos entran en contacto con el volante, una descarga fugaz recorre sus brazos. Antes de prender la Ford del 65, Heriberto siente la armonía de sus formas, atento a la historia que cuentan el cuentakilómetros, las llantas, el motor. Los significados que tuvo alguna vez, los símbolos que encarnó, la nobleza de su diseño.

Dos días perdió en Hermosillo renovando el permiso y la licencia. A Heriberto no le gustan la capital ni sus habitantes. Siempre que puede, evita ir a esa ciudad sanguijuela. Le sacan de quicio su burocracia, su avaricia, su insolencia, su ensimismamiento, su desdén. Amén del ruido, el tráfico, las prisas y sus conductores gandallas. Pero ahora que está de nuevo sentado al volante, que pisa amorosamente el acelerador para salir del corralón, se dice que valió la pena.

El corralón es un lote baldío adyacente a la comandancia, cercado con malla ciclónica. No hay más de cuatro o cinco fierros viejos que sus dueños olvidaron recuperar.

En la salida, Ramón aguarda tranquilo, sonriente, la condescendencia está a punto de reventarle el uniforme. Heriberto imagina que el payaso se ha de estar diciendo que triunfó la justicia o alguna tontería parecida. Le hace gestos para que se detenga. Heriberto obedece.

—¿A poco no se siente bien tener todo en regla? Como debe ser, somos un pueblo civilizado.

—Espero que a todo el mundo le apliques la ley como a mí, parejo, como le corresponde a un pueblo civilizado.

—Ah, qué Heriberto tan desconfiado. No sé qué andes creyendo, pero en eso estamos; por encima de la ley, nadie. ¿Quién fue que dijo eso?

—Algún guacho, seguro.

—Seguro. ¿Sabes?, este pueblo tiene un gran futuro, muy pronto nos alcanzará a todos la prosperidad, saldremos del agujero en el que estamos. Y déjame decirte algo como amigo, como alguien que se preocupa por ti: nadie se va a interponer, nadie podrá evitarlo, sin importar lo que haga, no sé si me explico.

Heriberto necesita largarse de ahí. La sensación de que ese tipo lleva un tiempo soplándole en la nuca lo envilece, aflora lo peor de él. Últimamente le han dado ganas de matarlo. Ha soñado incluso con el crimen perfecto. La impotencia puede llevar a un hombre a descender a los infiernos más fríos. Nadie es inocente hasta que demuestre lo contrario.

La afable fachada de Heriberto está a punto de venirse abajo, si no es porque, en ese momento, una Pathfinder se detiene frente a la entrada de la comandancia, a unos treinta metros. De ella baja una mujer mayor cuyo rostro corresponde al de la señora Francisca, esposa del señor Rómulo, aunque no es fácil adivinarlo: la máscara desencajada de su cara deforma sus rasgos. Espera a que descienda uno de los trabajadores del rancho. De pronto, por casualidad, la mujer divisa a Ramón y arranca hacia él. Hay en su caminar una urgencia guerrera.

—¿Dónde están?

—Buenos días, señora Francisca, ¿qué la trae por aquí? ¿Algún problema?

—¿A dónde se los llevaron? No te hagas, Ramón.

—Vamos a tranquilizarnos. Acompáñeme dentro y me cuenta cuál es el problema.

—¿Qué hicieron con ellos?

—No sé de qué me habla, señora.

—¿No sabes de qué te hablo? Estoy vieja pero no pendeja. ¿Dónde carajos están mi marido y mis hijos? Será mejor que me digas, porque si no, no respondo, cabrón.

—Un respeto, esas no son formas de hablarme. Acompáñeme adentro y me cuenta con calma qué sucede.

—Sabes muy bien lo que sucede. Los levantaron, y sabes muy bien quiénes y por qué. ¿Acaso crees que no nos damos cuenta de todas las chingaderas que andan haciendo el Cipriano y tú con esos cabrones de la mina? Y tú, Heriberto, más vale que se pongan listos porque también se los va a llevar la chingada.

—Esas son acusaciones muy graves. Es mejor que le baje dos rayitas, si no, se va a meter en serios problemas. Si tiene una denuncia que hacer, hágala por las vías correspondientes, pero no venga aquí a levantar falsos.

Heriberto aprovecha la discusión para irse sin mediar palabra, con el corazón en la boca y un granizo en los ojos que no lo deja conducir. Por el retrovisor alcanza a ver a doña Francisca gesticulando como una fiera. El trabajador trata de calmarla, de llevársela de ahí antes de que el comandante pierda la paciencia. Heriberto acelera y pone rumbo al rancho.

 

Deja la pick-up a la entrada del Tazajal y se echa a andar hacia el invernadero. Media milla por delante. No tiene muy claro por qué lo hace. De repente sintió la necesidad de caminar y ordenar las ideas.

Marcha sin prisa entre matorrales y recuerdos.

Se trata de un mapa de la memoria. Cada piedra, árbol y arbusto contiene una historia que lo define. Tiene la sensación de que sus piernas van echando raíces a medida que avanza, la tierra absorbe sus pies, en cualquier momento podría quedarse quieto, inmóvil, como ese álamo o ese saguaro. Un hombre-árbol a la espera de que arrasen con todo, que borren las huellas que él, María Antonieta, la tía Ana María, el tío Zacarías, los padres de Zacarías, sus abuelos y bisabuelos fueron dejando a lo largo de siglo y medio. Una escritura en arcilla que narra las vidas de hombres y mujeres que pronto se quedarán sin memoria. Por fin se hace las preguntas que ha venido evadiendo: ¿tiene madera de héroe? ¿Qué significa morir por un pedazo de tierra?

El sendero asciende ligeramente hasta un promontorio. Desde ahí pueden apreciarse la casa y el invernadero. No son una casa y un invernadero. No son solo una casa y un invernadero. Son un universo a punto de extinguirse. Según desciende, alcanza a distinguir a María Antonieta entre las flores, traslúcida por los plásticos, y a la tía Ana María sentada en el zaguán con Cochi y Luna a sus pies.

Una imagen detenida en el tiempo.

Hay otras imágenes que se superponen, cuando, en lugar del invernadero, estaban el establo y las caballerizas, el tío Zacarías y los trabajadores. Las reses y los caballos. Los mugidos, los relinchos, los ladridos, las voces broncas de los vaqueros. Silbidos y mentadas de madre. Risas, gritos, llantos, oraciones a Dios y al diablo. Cuentos al anochecer de las fogatas. Tragedias mínimas, desventuras, dedos truncos, tobillos rotos, muñones y deslomes. Lunas llenas y nuevas. Soles abrasadores, heladas inclementes. Nacimientos, funerales, bacanoras, cafés de talega, asados y gallina pinta.

Heriberto, de súbito, tiene una visión. Nada de eso queda, tan solo la tierra silente profanada por las máquinas. Dura un parpadeo. La nostalgia no es la mejor consejera.

Llega a la entrada del invernadero. Observa a María Antonieta inclinada sobre su nuevo proyecto: tulipanes amarillos. Le habló de ello hace unos días, no le prestó atención. No entiende cómo logra ignorar el derrumbe a su alrededor e imaginar un futuro de tulipanes. A veces lo enoja esa ceguera, otras, lo enternece, unas pocas, despierta su admiración.

—¿Y la troca? ¿No te la regresó el cabrón?

—La dejé en la entrada. Se me antojó caminar.

—¿Y eso?

—Sabe. Es bueno ejercitarse.

La música de Los Apson subraya tenuemente el escarbar de la pequeña pala en la tierra fértil. «El último beso»: Íbamos los dos al anochecer, oscurecía y no podía ver…, tararea María Antonieta. Parece satisfecha, recóndita. Parece que toda la vida ha estado en ese lugar.

—¿Ya no han vuelto?

—¿Los de protección civil? Han de estar todavía zurrándose en los pantalones. Pero regresarán.

—Esos u otros —dice Heriberto y se sirve un vaso de agua del garrafón ubicado a un lado de las rosas. Bebe ávido, le sabe a gloria.

—¿Otros?

—¿No supiste? Andan desaparecidos don Rómulo y sus hijos.

—Pasó por acá doña Francisca temprano en la mañana.

—¿Y?

—Pues eso. Tiene dos días que no sabe de ellos. Encontraron la troca por el rumbo del Cerro del Muerto, las puertas abiertas, vacía.

—¿Se sabe…?

—Claro que se sabe. Todo el mundo lo sabe. ¿Tú no?

—Don Rómulo no andaba en chingaderas.

—Dirán que sí.

—¿Y luego?

—Ahí está mi amá con la escopeta.

—No me chingues, esto no es un juego.

—No estoy jugando. Fíjate bien, ahí la tiene, a un costado de la mecedora.

Heriberto no tiene ganas de comprobar semejante disparate. Vuelve a servirse otro vaso de agua. Una vieja demente con un arma y una mujer necia, ciega ante las evidencias. Le da rabia su miedo, sordo, que se filtra en los huesos como la humedad. Un miedo silente.

—En lugar de estar ahí como un monigote, mejor échame una mano con los tulipanes, últimamente como que te viene valiendo madre el invernadero. Anda.

—Pinche Mery.

—Ey, pinche.

Heriberto se pone manos a la obra. Cava un agujero de unos ocho centímetros y deposita una semilla de la especie Liliaceae. La cubre con delicadeza, dejando los sustratos sueltos, aireados. Prosigue con el otro hoyo, a unos treinta y cinco centímetros, y con otro más. Los Apson ahora cantan «Sueña, dulce nena».

 

La noche trae esa engañosa sensación de normalidad. Heriberto se guarda en la cabaña con el cuerpo molido, satisfecho, las manos sucias de tierra, la emoción de las cosas simples en el esternón. Se siente ligero por primera vez en muchos días. Los tres perros sin nombre lo detectan y revolotean a su alrededor. Heriberto les prepara un plato de arroz y tortillas a cada uno. Se los sirve en el porche. Se sienta a contemplarlos comer con esa devoción del hambre insaciable.

Le entran ganas de rasgar la guitarra. Va a buscarla, se instala de nuevo en el porche y comienza a puntear acordes al azar, cuerdas templadas sin pericia. No importa. El sonido del instrumento inhibe la canción del monte, la silencia para imponer un nuevo orden musical que llama a una dulce melancolía, reconfortante. Heriberto se entrega a ese paréntesis, consciente de que se trata tan solo de un lapso de calma, la que antecede a la tormenta. Se toma unas vacaciones de la angustia, las dudas, la culpa, sabedor de que alguien en alguna parte moverá las fichas y solo entonces se verá obligado a reaccionar.

Los tres perros sin nombre han terminado de comer. Sentados en semicírculo sobre sus cuartos traseros, estudian a su amo, aguardan con la esperanza de que haya más arroz, caricias, juegos. Después de unos minutos, se recuestan resignados, mientras el humano emite extraños sonidos con la boca y las manos. A Heriberto el cuadro le hace suspirar. Siempre se ha conformado con poco, no pide tanto, hay anhelos mucho más ambiciosos, y sin embargo.

Deja de rasgar la guitarra y aguza el oído. Un ruido sordo, mecánico, se acerca por el sendero. Motores roncos, potentes, brutales. Aparecen los haces de luz y de inmediato las máquinas, de las que brota una música a todo volumen, himnos a la muerte.

Tres camionetas se presentan ante el cerco que limita el terreno. Empiezan a rodar en círculo, aceleran, queman llanta, la música apalea a la noche. Heriberto, estático, contempla ese desfile de carnaval que se muerde la cola. Los perros ladran, ladran, se revuelven erizados de los lomos, gruñen, ladran y aúllan. Heriberto decide no actuar. Quedarse ahí hasta que sean ellos los que atraviesen el cerco o se larguen. Después de unos diez minutos de girar sin pausa, de perseguirse absurdamente en medio de una nube de polvo cada vez más espesa, se detienen. Revolucionan los motores, el ruido hiere los tímpanos de Heriberto y de los tres chuchos que se desgañitan atormentados por una amenaza que no consiguen ahuyentar.

Heriberto tiene la engañosa sensación de que tanto ladridos como motores se escuchan a kilómetros a la redonda, pero en realidad la sierra se los traga volviéndolos un rumor.

Por fin, los autos dejan de rugir y se abandonan a un ronroneo aterciopelado. Heriberto chista para que los perros callen. Poco a poco, a regañadientes, se diría, obedecen. La música cesa. Siguen unos segundos en los que no sucede nada, el jadeo de camionetas y chuchos significa al tiempo.

Un sujeto desciende de uno de los vehículos, se acerca al portón hechizo del cerco, lo abre sin dificultad —Heriberto nunca creyó en los candados—, se adentra en el terreno. Por momentos es una sombra, hasta que se sitúa lo suficientemente cerca de la cabaña para que la luz del porche lo ilumine de forma parcial. Medio rostro, medio cuerpo. No aparenta más de veinte años, un muchacho. Seguramente está armado, se advierte Heriberto, no es fácil saberlo.

Piensa en la muerte, tiene suficiente miedo como para no demostrarlo. Trata de adivinar lo que sentirá cuando las balas penetren su cuerpo. Si será rápido o lento el tránsito a ese lugar en el que nunca se ha detenido. Heriberto no es un hombre religioso. Tampoco lo contrario. Opta por permanecer callado.

—¿Tú eres el que trabaja allá en El Tazajal, en lo de las flores?

La voz del emisario es aguda, chillona, desagradable.

—El mismo.

—Traigo un mensaje.

—Qué otra cosa iba a ser.

—¿Cómo?

—Nada, di lo que tengas que decir.

—No te pases de verga.

—Disculpa.

Heriberto siente la boca seca, el pulso desbocado, el estómago hecho un nudo de serpientes. El sujeto habla, Heriberto trata de entender lo que dice. No es que no comprenda el español del joven sicario. Hay algo en su cerebro que le impide procesar las palabras. Una idea estúpida, estridente: el muchacho ahí parado tiene cara de ardilla.

 

2

 

Ha postergado la llamada demasiado tiempo. Pero después de la visita de la señora Francisca, se dice que, si no la hace, se le va a romper una tripa. La rabia de la esposa de Rómulo se ha vuelto contagiosa. Esa mujer de la edad de su madre conserva todavía los ovarios intactos.

María Antonieta se instala en la pared sur de la casa, donde es más potente la señal. No quiere que su madre la escuche. Busca en los contactos el número de Angelina. Marca. Suena varias veces antes de que entre el buzón de voz. Cuelga. Deja pasar un par de minutos.

No pretende una conversación. Se trata de una bravuconada, pero debe hacerlo, se prometió no dejarse intimidar nunca más. Una promesa abstracta hecha en la huida. Un juramento con la sierra por testigo, el día —ya van para tres años— en que un camión la dejó en la plaza del pueblo, con la muerte de su padre aún palpitando en el celular.

Marca una vez más. Entra el buzón de voz de nuevo. Contempla el teléfono en su mano un poco asombrada por su inoperancia. Piensa en la posibilidad de enviar un mensaje de texto. No será lo mismo. Tal vez al rato. Angelina se la lleva pegada al celular. ¿La estará evitando?

El teléfono de repente cobra vida, vibra y timbra alegremente. El nombre de su amiga en la pantalla. Contesta.

No busca una conversación, solamente una declaración de principios. Algo así como dile a Ramón que no pienso vender, que no pienso moverme de aquí, que le hagan como quieran. No me asustan sus amenazas. Sonaba bien en su cabeza, pero al pronunciarlo le parece estar viviendo un melodrama barato. Le tiembla la voz, no es convincente.

—¡Qué dramática, amiga!

María Antonieta guarda silencio, pero no cuelga.

—¿Sigues ahí? No sé qué tanto crees, pero aquí nadie está amenazando a nadie.

Las palabras le rasgan la garganta, al final logra expulsarlas:

—Díselo a la señora Francisca.

—¿Eso te tiene así? Por qué no vienes a mi casa, para variar, y platicamos con unas cheves. Aquí te cuento en qué andaba ese Rómulo y cómo se metió con la gente que no debía.

—No me chingues, Angelina. Ese hombre es ley, me consta, puro trabajar, siempre derecho. Ahora no vengas a enlodar su nombre… ¿Angelina? ¿Angelina?

Sin señal. Puta madre. Va y viene a su antojo. Territorio Telcel mis huevos, exclama María Antonieta y con el brazo en alto persigue esa cosa intangible que a veces se ausenta por minutos, a veces por horas. Así, a la caza de dos o tres rayitas en el pequeño triángulo rectángulo de la parte superior de la pantalla, se desplaza al frente de la casa.

Ahí se encuentra a su madre, adormecida por el vaivén de la mecedora, la escopeta en el piso, Cochi y Luna observándola como si fuera una lunática. Puta madre, vuelve a exclamar.

—¿Ahora vas a andar con la escopeta para todas partes, amá? Vas a terminar matando a alguien.

Es algo que no sucederá. María Antonieta se aseguró de descargarla y de esconder los cartuchos en su cuarto. Ana María abre los ojos lentamente, sonríe, no a su hija. Nadie —ni ella— puede estar seguro de a qué.

—Es por si regresan, aquí estaré esperando. Es lo que haría tu padre.

María Antonieta se sorprende. Al parecer, su madre tiene uno de esos días en que la reconoce, cada vez son menos.

—Tu padre no permitiría que nos quitaran lo que es nuestro. Si vienen, que lo harán, les vuelo la cabeza y listo —dice Ana María como si estuviera explicando una receta de cocina.

María Antonieta ríe abiertamente. Su madre retorna al duermevela en el que estaba.

 

Cuando empieza con una nueva clase de flores, lo que más le gusta es plantar las semillas. La promesa que guardan en su interior, la incertidumbre del resultado, el proceso mágico del crecimiento, los primeros brotes, tiernos e ingenuos, que asoman de la tierra inconscientes de las amenazas, las enfermedades, las plagas. El milagro de que, gracias a su ciencia, germinarán en un delirio de colores, de geometrías perfectas, delicadas, sorprendentes.

Los tulipanes son caprichosos, requieren de atenciones extremas. Se pone manos a la obra después de prender el estéreo: Los Apson. Una vez que mecaniza la siembra, puede echar a volar su mente por parajes inexplorados. Pero en esta ocasión, la reciente visita de la señora Francisca apaga el vuelo.

Se presentó a primera hora de la mañana acompañada de uno de sus trabajadores. En sus ojos, el desvelo, la angustia, la rabia. La señora Francisca es lo más parecido a una tía, a falta de parientes cercanos, allá en Nacozari, irreconciliables quién sabe por qué historias. Durante muchos años fueron amigos de sus padres. Heriberto le contó alguna vez que, cuando las deudas empezaron a apretar, Zacarías acudió a Rómulo para pedirle un préstamo. Este se negó, no creyó que podría pagárselo.

Conocía bien a su padre, con mucha frecuencia lazaba nubes y tormentas.

Eso hizo que se distanciaran. A su muerte, Rómulo y Francisca se acercaron con ella para brindarle apoyo. María Antonieta les propuso la venta de la mitad del rancho, diez hectáreas. Aceptaron.

Francisca le recuerda a las hermanas difuntas de su padre. Fueron muriéndose cuando ella vivía en Hermosillo. Mujeres que no sabían llorar, en cuyas venas corría savia en lugar de sangre.

Francisca le contó que llevaban dos días buscándolos. A Rómulo, a los dos muchachos, algo mayores que María Antonieta, poco los ha tratado desde su regreso. Francisca y los trabajadores del rancho peinaron toda la región, de norte a sur, de este a oeste. ¿La policía? Pero si son ellos los que los levantaron, le aseguró Francisca. No vine a pedirte ayuda sino a prevenirte, le dijo. Quieren nuestras tierras, no van a parar hasta conseguirlas. Esa cosa maldita que esconden vale más que nuestras vidas, le dijo.

María Antonieta trató de reconfortarla con palabras vacuas. No le reveló lo que pensaba: los encontrarán dentro de meses o años, huesos y jirones, o tal vez nunca. Serán una ausencia y una presencia simultáneas, no habrá duelo, solo un dolor perenne, un pálpito de vida y muerte. Este es un país en el que pueden desvanecerse cuarenta y tres estudiantes de la noche a la mañana.

Francisca se marchó, no le confesó a dónde, dejando un rastro de puteadas.

«No la busques, dijo, muy bonita, porque al paso del tiempo se le quita… busca amor, nada más que amor», canta María Antonieta a voz en cuello como para borrarse a Francisca de la piel. Se niega a ceder al miedo, aunque sea muy tentador. Volver a ser esa mujer paralizada, un espectro huidizo a la espera de que las cosas cambiaran por sí solas. Quince años al menos necesitó para reunir el valor y escapar de esa enfermedad crónica en que fue convirtiéndose su matrimonio. Se reinventó. Sintió que el regreso a sus orígenes, el contacto con la sierra, despertaba en sus genes una herencia bravía que la ciudad había amordazado.

Ahora su exmarido vuelve con otros rostros y otros argumentos, pero son los mismos. No esta vez.

Su madre, que parece saberlo todo sin saber nada, aguarda con una escopeta en el zaguán del que ha sido su casa, sarmiento y vid, genealogía. La diáspora también es una forma de morir, así que…

Continúa plantando tulipanes con una alegría rabiosa. El celular le advierte de un mensaje de texto. De nuevo hay señal. Angelina le pide que se vean para aclarar las cosas, que le conviene escucharla. Para luego será tarde. ¿Tarde? ¿Es consciente Angelina de lo que insinúa? ¿Sabe lo que está pasando o prefiere ignorarlo, como la mayoría de los habitantes del pueblo, escondidos como cobayas en sus madrigueras? No contesta. Sigue esparciendo semillas.

Al poco tiempo de casarse, y a pesar de las promesas, perdió el contacto con Angelina. Era otra época, la sierra estaba mucho más lejos de la capital que ahora. Cada quien hizo su vida. Su padre le traía noticias sueltas de embarazos y nacimientos, pero un buen día su padre dejó de visitarla. Así se consumó el aislamiento. La soledad entonces fue tan palpable y aterradora que llegó a considerar el suicidio. La siguiente vez que vio a su padre fue en un cajón de pino. Angelina, durante el funeral y los días siguientes, se comportó como si hubiera sido ayer cuando se abrazaron a los pies del camión que la llevaría a Hermosillo, entre llantos y mocos.

Habían pasado dos décadas.

Angelina decidió borrarlas de un plumazo. Pero nunca se esfumaron, imposible, ahí están, recordándoles que cada una se encuentra en diferentes lados del cerco, dos extrañas que no saben casi nada de la otra.

María Antonieta se sorprende al divisar a Heri descender por el camino que lleva a la casa. Supone que el malnacido de Ramón no le regresó la pick-up. Teme que su socio no soporte la presión. Se aferra a una fidelidad que la sabe frágil, más ahora que los fantasmas del pasado de Heri lo acosan como lobos. La amenaza sobrevuela sus vidas, una baba espesa que lo moja todo. Sin embargo, no se han sentado a discutir qué harán. María Antonieta ha evitado ese momento porque, en el fondo, entiende que Heri no puede ni quiere emprender esa guerra.

Heriberto llega al invernadero. Observa a María Antonieta inclinada sobre su nuevo proyecto: tulipanes amarillos. Le habló de ello hace unos días, no le prestó atención. No comprende cómo logra ignorar el derrumbe a su alrededor e imaginar un futuro de flores. A veces lo enoja esa ceguera, otras, lo enternece, unas pocas, despierta su admiración.

—¿Y la troca? ¿No te la regresó el cabrón?

—La dejé en la entrada. Se me antojó caminar.

—¿Y eso?

—Sabe. Es bueno ejercitarse.

 

Se sirve del caldo de queso que cocinó su madre al mediodía. Con la llegada de la noche, la determinación mengua. Los susurros de la sierra se magnifican. Hace frío, mucho, un viento helado recorre el campo llenando de voces la oscuridad. Cena pegada a la estufa de leña con el oído atento a los sonidos externos.

Ana María duerme en su cuarto. O no. A veces, en la madrugada, se asoma a su habitación y la sorprende acostada bocarriba, los ojos abiertos contemplando el techo. Le habla quedito, pero no contesta, como si soñara despierta.

El caldo de queso era uno de los platos preferidos de su padre. ¿Cómo no iba a darle un infarto con esa dieta? Debe reconocer que a su madre le queda riquísimo. Pero come sin apetito. Lo acompaña con una cerveza. Tiene la espalda entumida, los brazos cansados, el cuello adolorido. Una pesadez la arrastra hacia un pozo sin fondo mientras su cerebro fabrica monstruos que acechan en el aire.

¿Cómo es este asunto de la valentía? ¿De dónde te agarras para no caer?

La noche —y el frío— la ubica de golpe en la realidad: una vieja enferma y su hija en medio de la nada. El cerebro crea imágenes alimentadas por las noticias y los rumores: mujeres torturadas, violadas, desfiguradas, arrojadas en fosas clandestinas. Una violencia sádica que se ensaña en sus mensajes.

María Antonieta flaquea.

Recoge la mesa y se asoma por la ventana de la cocina. Las luces exteriores de la casa apenas iluminan unos tres metros a la redonda, el resto es una negrura que el viento y la luna nueva oscurecen todavía más. A lo lejos, por el sendero, parpadean dos puntos blancos. María Antonieta cruza sus brazos sobre el estómago y aprieta. Los puntos blancos avanzan hacia la casa, se convierten en dos faros potentes que atrapan insectos bobos. A María Antonieta le punza el hígado. Piensa en la escopeta. Su madre va a tener razón. A medida que los focos se acercan, cree reconocer la pick-up de Heriberto.

¿Es? ¿Es? ¿Es? Sí es.

El miedo la abandona de golpe y siente que el cuerpo se le dobla en dos, necesita sentarse, recuperar el resuello, dejar de temblar. Quisiera llorar, pero se lo prohíbe. El motor de la Ford se filtra a través de la ventana junto con el viento. María Antonieta no halla la forma de incorporarse de la silla. El motor cesa. Un portazo. Pasos. Toquidos. Una voz tranquilizadora que susurra Mery, Mery, soy yo, Heriberto.

—¿Qué tienes? —le pregunta su socio en cuanto entra como una tromba, cierra la puerta y pone el seguro.

—Me diste un susto de muerte.

—No es para menos.

Heriberto recorre la sala asegurándose de que las ventanas estén cerradas. Se ve alterado. Hace lo mismo con la de la cocina. María Antonieta lo sigue como una cachorra.

—¿Qué traes?

Heriberto regresa a la sala y se adentra por el pasillo que da a los cuartos.

—Mi amá durme. ¿Quieres decirme qué está pasando?

Heriberto se detiene, regresa sobre sus pasos, se queda en medio de la sala. No sabe qué más hacer. Se asegura de que la puerta esté cerrada una vez más.

—Carajo, Heri, ¿me quieres decir qué chingaos traes?

Heriberto se sienta en uno de los sillones y le hace un gesto a María Antonieta para que lo imite. La mujer obedece como embrujada, presa de la firmeza del hombre. Nunca lo ha visto así. La gravedad de su rostro le pide silencio. María Antonieta calla. Espera. Entiende que Heriberto busca las palabras. Intuye que se le resisten porque hay cosas que no deberían nombrarse nunca.

—Tuve que negociar con ellos. Lo siento.

—¿Negociar qué, con quién?

—Tu vida, la de tu madre.

—¿Cuándo?

—Hace cosa de una hora. Fueron a la cabaña.

—¿Quiénes?

—¿Quiénes van a ser? Los Arriaga, mujer.

—¿Qué te dijeron?

—Que alguien te estaba haciendo el paro, pero que igual nos tenemos que largar de aquí.

—¿Y?

—Pues eso.

—Sabes que no pienso irme a ninguna parte.

—No tienes opción.

—¿No tengo? ¿Yo solita? ¿Qué onda contigo?

Heriberto se encoge de hombros. Sonríe con tristeza.

—No quiero morir.

—Yo tampoco, pendejo. Hagamos algo, vayamos a los periódicos, a la Comisión de Derechos Humanos, a alguna asociación ambientalista, alguien estará de nuestro lado, ¿no?

María Antonieta se ha puesto de pie. Camina de un lado a otro de la sala hablando consigo. De pronto se detiene. Afuera el viento se convierte en motores, llantas y voces. En órdenes que rugen cortantes como el frío. María Antonieta voltea con Heriberto pidiendo una explicación.

—No salgas.

—Hijo de la chingada.

María Antonieta corre hacia la puerta. Trata de abrirla. A su espalda, Heriberto hace tintinear las llaves. María Antonieta tira del picaporte con furia. La puerta no cede. Heriberto la toma de los hombros e intenta llevarla de vuelta al sillón. La mujer se resiste, manotea, grita enfurecida. Heriberto la abraza, la reduce con la mayor suavidad posible, la arrastra hasta el sofá y la sienta.

—No podemos hacer nada.

—Vete a la verga, eres un pinche traidor, un cabrón, poco hombre, puto.

Heriberto no se inmuta. Los primeros lengüetazos del fuego se reflejan en los cristales de las ventanas. Pronto, las llamas, alimentadas por los plásticos y el viento, lo devorarán todo, calcinarán las flores y la tierra. Arderá la vida entera en el invernadero.

María Antonieta hace un intento por levantarse, Heriberto la regresa de un empujón.

—Lo siento.

El resplandor ahora es más intenso, un humo negro envuelve la casa, el hedor es nauseabundo.

—Déjame salir.

—Para qué.

—Son mis flores.

—Te matarán si sales. Les prometí que no lo harías.

—Eres un hijo de la chingada.

—Lo sé.

El crepitar de las llamas va y viene, como si estuvieran a punto de morir y encontraran de nuevo el alimento que las aviva. María Antonieta imagina las orquídeas, los crisantemos, las rosas retorciéndose, marchitándose, ennegreciéndose hasta pulverizarse. El fuego dura lo que dura el viento y la madera y los plásticos. María Antonieta imagina a los hombres afuera, fascinados por el espectáculo como niños homicidas. Ya no tiene fuerzas para intentar salir, impedir la destrucción de aquello que le da sentido a su existencia, para inmolarse. Se siente vacía. Tan vacía como antes, cuando era un ratón asustado, un espectro atrapado en el tiempo. Una persona sin rostro ni sombra ni nombre, sin historia, sin pasado.

Las voces y los autos se marchan con las volutas de humo. El amanecer será testigo de los últimos rescoldos. El invernadero, un cuerpo carbonizado.

—Vete.

—En unas horas pasaré a buscarlas. Empaquen lo necesario. Nos vamos a Nacozari. Cuando se haga efectiva la venta, vendremos por lo demás.

—Que te vayas.

 

3

 

Así ha de arder el infierno. Así se lo pintaron los curas de niña. Así ha de ser la condena eterna. Así los demonios, como esos hombres que danzan alrededor del incendio. Así sus risotadas y contorsiones. Qué hermosa es la noche iluminada por el fuego. ¿Es ella la causante de la destrucción? Todo ese tiempo deseando que el invernadero desapareciera, esa afrenta a la memoria de Zacarías, y ahora sus deseos se hacen realidad.

La despertó el olor a quemado. Se asomó a la ventana del cuarto y se encontró con la alucinante estampa de las llamas lamiendo el cielo. Si afina el oído le parece escuchar los gritos de las flores. Son gritos como de niño, maullidos de gata en celo. Ana María parece imantada por la ventana, no puede dejar de contemplar la noche iluminada por la muerte.

De la sala le llegan las voces de una mujer y un hombre. No las reconoce. ¿Quiénes discuten así en su casa? Pero no desea dejar de mirar la insaciable fiesta del fuego. Tal vez sea Francisca, esa mala amiga. En la mañana —¿o fue ayer?—, la vio charlar con la Mery. Se escondió en el baño. Todo se le olvida últimamente, cierto, pero hay cosas que no debe olvidar. Cuando más los necesitaron les dieron la espalda. Recuerda el regreso de Zacarías del rancho de Rómulo. No quiso, le dijo, hundido como nunca se había hundido ese hombre que no sabía doblegarse. ¿Y ahora? No lo sé, morrita. Ya no sé qué más hacer, le dijo, quebrado, hecho un espanto.

No pasaron ni quince días cuando le dio el infarto.

Hay cosas que no debe olvidar. Hay lobos con piel de oveja, como ese Rómulo y esa Francisca. Buitres. Les faltó tiempo para comprar las tierras que la Mery puso a la venta.

Las llamas bailan en las pupilas de Ana María y consumen sus recuerdos. De alguna forma sabe que todo está llegando a su fin. Como si las tinieblas que la envuelven cada día se tragaran también el mundo que conoció. Cuando se apague la última cara, se apagará todo.

 

El amanecer la sorprende aún en la ventana. Tiene frío, sed, hambre y ganas de orinar. Un líquido caliente escurre entre sus piernas y forma un charco a sus pies. Afuera, el invernadero es una escultura negra, retorcida, gimiente, de una belleza fúnebre. Ya no hay llamas, tan solo fumarolas que se elevan de las cenizas como si fueran las almas de las flores. Los primeros rayos del sol resaltan la desolación de la tierra quemada.

Un ruido a sus espaldas la saca del ensueño en el que se encuentra. Es la puerta que se abre. Es una mujer que entra.

—Amá, ¿qué haces ahí parada? ¿Te orinaste encima? No puede ser.

¿Amá? Esa voz le es tan familiar. Se abre paso en el laberinto de su mente y encarna en una hija que tuvo alguna vez, antes de que todo perdiera su nombre. Pero su hija se fue a Hermosillo y nunca regresó. ¿O sí?

—¿Hija?

—Sí, amá, soy yo, la Mery. Ven.

Unas manos la acuestan, le suben el camisón de franela. Unas manos le quitan los calzones. Unas manos pasan una toalla húmeda por su sexo, sus muslos, sus pantorrillas.

—¿Mery?

—Sí, amá, tranquila, soy yo.

—¿Qué haces?

—Busco una maleta, una bolsa, algo donde empacar algunas cosas. Nos vamos a Nacozari, con Heriberto.

—¿Y con Jesusa?

—Y con Jesusa.

—¿Y con Rosario?

—También.

—Anoche escuché a tus flores llorar.

María Antonieta deja de buscar en el closet y contempla a Ana María tendida en la cama. Camina hacia ella. Se acuesta. Se acurruca en el pecho de su madre. Esta la envuelve en sus brazos.

—No llores, hija, tu padre no tarda en llegar. Él sabrá qué hacer con los demonios.