Litio

Imanol Caneyada · Capítulo 3 de 12

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Litio

Impecable y diamantina

 

1

 

Son frágiles y vulnerables. Abiertas, delicadas, vulváceas. Se encuentran en medio del invernadero, protegidas de las plagas. Al despuntar los rayos del sol, emiten un azulado fulgor.

Son su orgullo, su mayor logro.

A María Antonieta Ochoa le basta contemplarlas para que se esfume la sombra que ciertas mañanas la envuelve, cuando la memoria se empeña en arrancarla del presente. El café de talega con un piquete de bacanora en la taza de los Dodgers —otra forma de memoria— calienta sus manos en ese frío amanecer: el termómetro al exterior del invernadero marca siete grados.

Se desplaza entre los pasillos de colores vivos, borrachos de polen, verificando los datos de los hidrómetros y la temperatura interior. De su boca surge un soplido vaporoso para templar el brebaje. Al llegar a la altura de las orquídeas siente un golpe de tristeza. En unas horas más vendrán por ellas y se las llevarán a Douglas, Arizona.

Terminarán en destinos insospechados: un hotel, una oficina, un centro comercial, un consultorio.

María Antonieta les da los buenos días con voz aniñada. Las orquídeas no responden. María Antonieta imagina que sí, tal vez un poco resentidas porque ha llegado la hora de despedirse. Ha conseguido, ya van para tres años, que sus orquídeas azules iluminen rincones tan lejanos como Phoenix o Tucson. Por el contrario, los crisantemos blancos, petulantes, no tienen la misma demanda. A veces los observa con recelo. Una desdicha ínfima se apodera de ella.

Fue Heri quien la convenció de cultivarlos. Heri es un hombre que cree saber de flores. Trabajó para su padre mucho tiempo. Llegó de Nacozari a los veinte años: un joven sentimental que rasgaba en una vieja guitarra viejos corridos norteños y les pedía perdón a las reses antes de enviarlas al rastro. Ya estaba ahí, flaco y espigado, cuando María Antonieta se fue a Hermosillo a estudiar. Fue el único de los peones de su padre que se quedó a su regreso, el rancho en agonía, el gran hombre dormido en un cajón de pino y su madre consumida por el duelo. Tuvo que tomar una serie de decisiones prácticas, dolorosas, sin importar la sangría.

Lo de los crisantemos blancos fue idea de Heri. Por alguna razón, desde que comenzaron a florecer, a María Antonieta le parecieron un mal augurio. Pero con el tiempo ha aprendido que, de vez en cuando, debe respetar y apoyar algunas de las iniciativas del vaquero sentimental.

María Antonieta bebe del café despacio. Siente el calor del aguardiente recorrer el esófago, estallar en el estómago y lanzar una bola rápida de escalofríos por todo su cuerpo. Es consciente de que la forma en que ase la taza de los Dodgers, se la lleva a los labios y sorbe se asemeja a la de su padre cuando contemplaba desde el zaguán los pastos en los que las reses, con ese tiempo sin tiempo, rumiaban. Solía observarlo a esa misma hora por la ventana de la cocina. Le parecía un ser mítico, con su Stetson de paja calado en el cogote, las botas 7 Leguas de tacón gastado y la navaja al cinto.

Su padre casi no hablaba, era torpe y avaro con las palabras. Desarrollaron un lenguaje de señas para todo aquello que era importante: montar a caballo, lazar y tumbar las terneras, marcarlas con la V de la vacuna contra la brucelosis, escuchar los juegos de los Naranjeros en la radio. Hasta la adolescencia, María Antonieta compitió contra el amor que su padre sentía por los caballos. Luego se fue a Hermosillo con un costal de resentimientos y reproches.

Luego su padre murió de un infarto montando a Chiltepín, la yegua consentida.

Bebe del café con piquete como queriendo prolongar el momento, antes de que lleguen Heri y los dos peones. Antes de que su madre comience a renegar entre las pocas gallinas que conservan y el cerdo vietnamita, empeñado en entrar a la cocina en busca del calor del fogón ante la decidida resistencia de Luna, la vieja perra que acompañaba a cazar a su padre y que ya no deja la casa ni aunque una liebre se le ponga enfrente.

A veces Luna le gruñe.

Cuando la perra llegó al rancho, una cachorra de dos meses, María Antonieta aún vivía en Hermosillo. Luna le recuerda que desertó, que no deja de ser una extraña en esa sierra hostil, de la que huyó soñando ciudades y a la que regresó exiliada de la mierda que le tocó en suerte. Deposita la taza sobre un banco de madera, toma unas tijeras de podar y se empeña en retocar algunos de los tallos de las orquídeas.

Un trabajo innecesario, todo el lote está vendido. Es una forma de despedida. Heri coordina los traslados de las flores, él se entiende con los compradores y los transportistas. María Antonieta se entrega a la floricultura con ese silencio heredado, de afectos mínimos y palabras justas. Sin saberlo, sin quererlo, se ha convertido en su padre.

De sol a sol, en el invernadero. Al pardear, recorre solitaria las diez hectáreas que quedan del rancho. En invierno se instala frente a la estufa de leña. Los días en que Heri anda en los mandados del negocio, solo habla con las flores. Con su madre, lo justo. Es ella, la madre, quien se suelta con chismes viejos y de viejos, esquelas vivas, en la noche, frente a la estufa. Luna y Cochi se instalan entre ambas, la sierra afuera como un misterio. En las noches de verano toman el fresco en el porche, las chicharras enloquecidas, las polillas ávidas de luz y las orejas de Luna en sobresaltos nocturnos. María Antonieta no se atreve a preguntarse si es feliz. Con cuarenta y dos años y una memoria ulcerada, hay preguntas que no tienen sentido.

Primero escucha y luego mira la Ford pick-up del 65 de Heri, con los dos peones en la batea, atravesar las tierras yermas de lo que fue un rancho de veinte hectáreas y sesenta cabezas de ganado. Las sequías, los especuladores, el furor de la carne importada, la rapiña del gobierno con los pozos de agua, las malas decisiones, los estafadores a los que padre se confiaba con la palabra dada —qué otra cosa podía dar más valiosa—, el orgullo de no mendigar subsidios a cambio de votos, los bancos, los leguleyos, los tribunales agrarios… las deudas, la merma, el fin de una época, la derrota de unos hombres que lo sabían todo de la sierra y nada del mundo globalizado, veloz, sin escrúpulos.

La impecable troca, a la que Heri dedica todos sus esmeros, estaciona a las puertas del invernadero con un dulce ronroneo de motor bien aceitado. Los dos peones saltan de la batea, saludan a la jefa con la mano en alto y se pierden tras los plásticos para empezar la jornada. Heri apaga el motor y se queda en la cabina contemplando a la hija del patrón unos segundos. No puede verla de otra forma. Suspira y desciende.

María Antonieta levanta la taza a modo de bienvenida. Camina a su encuentro.

—Quihubo.

—Uep.

—Ah, frío, ¿no? —dice María Antonieta.

—¿Se te hace? Más frío hará mañana, seguro.

—Eso que ni qué. ¿Ya vienen?

—No tardan.

—¿Y los crisantemos?

—¿Qué tienen los crisantemos?

—Ahí siguen.

—Ya se irán.

—Amalaya.

—Les tienes inquina.

—Qué inquina ni qué la verga. Se van a pudrir si no salen.

—Pues no los riegues. Y sáquese esa palabrita de la boca.

—¿Cuál? ¿Verga?

—No, crisantemo, nos ha jodido.

—Ah, qué Heri tan mocho.

—Te escuchara tu padre. Voy al fondo a preparar el lote.

—Ándale, pues. Chulada de orquídeas se van a llevar los gringos.

Heri camina erguido, como si tuviera una estaca clavada en el culo. Los lumbares destrozados por los años a caballo, de espaldas parece que lleva uno entre las piernas. Ese hombre, ocho años mayor que ella, le inspira ternura. El hermano que no tuvo.

Después de su nacimiento, dos abortos consecutivos disuadieron a su madre de seguir intentándolo. María Antonieta cree que su padre nunca superó esa idea tan de ciudad, tan moderna, de la hija única. Y aunque hubo un tiempo de aprendizaje entre vacas y caballos, la presencia de Heri y la partida de ella pusieron las cosas en su lugar, restablecieron el orden natural al que se debían. Ese muchacho atolondrado y cursi, sin experiencia vaquera pero con un ángel de bobalicona terneza, terminó ocupando su lugar a la derecha del padre. María Antonieta no le guarda rencor por ello. Hace tiempo dejó de luchar contra el mundo. El precio es alto, las heridas en sus sueños lo atestiguan.

María Antonieta arroja el poso de café frío a un costado y se dirige hacia una larga mesa de madera. Un centenar de esquejes de rosa de tallo duro la esperan para ser sembrados en bandejas, a una profundidad de seis pulgadas. Piensa dedicar el día entero a esa tarea que requiere de toda su concentración. Antes, echa a andar un viejo estéreo: Los Apson, otra herencia de su padre.

Al fondo del invernadero Heri y los peones alistan las orquídeas para su largo viaje.

Una vez al mes, María Antonieta se cita con Angelina en la cantina del pueblo. Es la única concesión que se permite en su voluntariosa soledad. Angelina no pierde ocasión de reprocharle sus hábitos cartujos. De todas formas, sin falta, el tercer viernes de cada mes, al caer la noche, María Antonieta se regala una cierta coquetería en el atuendo, discreto y conservador, se trepa a un destartalado Jeep que compró de segunda mano en una subasta en Douglas y recorre los diez kilómetros que separan el rancho del pueblo.

En un rincón de la cantina se sientan las dos amigas de la infancia, se toman unas cervezas, rememoran una niñez silvestre y mentirosa. Angelina la pone al corriente de los mitotes del lugar. Angelina habla con las manos, a los gritos, se carcajea impúdica, putea sabroso, fuma mucho y tiene ese talento picante de narrar las vidas de los otros como si fueran una comedia de equivocaciones.

María Antonieta transita alrededor de la plaza a vuelta de rueda. Pasa a un lado de la iglesia, una blanquísima misión jesuita de doble campanario que sobresale esplendorosa en medio del pueblo. En la plaza hay un grupo de niños jugando alrededor del kiosco y ancianos de mirada nostálgica sentados en bancos de hierro, blancos también, interrogando a las altas palmeras, rumiando como las vacas que pastorearon durante toda su vida.

Muy pocos jóvenes, la mayoría anda en el gabacho o se fue a la capital. Los jardines de la plaza están cuidados con esmero, alfombras verdes que invitan a acostarse a pesar de los letreros que lo prohíben. Cuando volvió de Hermosillo, María Antonieta vio con ojos de extranjera esa plaza en el corazón del pueblo y se quedó atónita. Enmarcada por los cerros, le pareció un cuento de hadas. En su recuerdo de niña y adolescente, la plaza era un lugar aburrido, polvoriento, en el que daba vueltas con Angelina a la caza de la mirada de los chicos.

Gira por una de las calles laterales a la iglesia y cinco cuadras más adelante detiene el Jeep frente a la cantina, remodelada por los hijos del dueño y decorada con objetos campiranos para un turismo que no termina de llegar a pesar de las promesas. Antaño estaba prohibida la entrada a las mujeres. En la actualidad se ha convertido en el centro de reunión de una población que merma cada día, que deserta en busca de una modernidad imaginada.

Matrimonios, parejas de novios, grupos de amigos se reparten entre las mesas de madera tosca charlando animadamente, jugando dominó o coreando las canciones que una vieja rocola emite, el único objeto que sobrevive de la cantina original. Los más ancianos, los clientes de toda la vida, de espaldas a los parroquianos se acodan sobre la barra, el pie en el estribo, el sombrero vaquero reclinado, masticando su descontento por el bullicio de las mujeres.

María Antonieta cruza el local saludando con golpes de cabeza a quienes la reconocen, la mayoría. Lo hace de prisa, cabizbaja. Siente las pequeñas pausas en las conversaciones que provoca a su paso. Para los hombres y mujeres del pueblo, no ha terminado nunca de volver de la capital. Como si estuviera de paso, como si fuera una extraña aún.

Angelina, al igual que cada tercer viernes del mes, le hace gestos desde la mesa más apartada y la llama a los gritos, cosa que María Antonieta detesta. Ella siempre llega antes y la espera con una media de Indio y un caballito de bacanora.

Angelina es la mujer del comandante de la policía municipal, lo que le otorga ciertos privilegios, como el de entrar sola a la cantina y sentarse en una mesa a beber sin que nadie la moleste.

—Qué onda, morra. ¿Qué te tomas? Te ves jodida, amiga, ¿un bacanora para levantar el ánimo?

—Una cheve está bien.

—No seas pinche aguada. Chíngate un bacanorita para el frío, mujer.

—Al rato, Angie; una cheve.

María Antonieta, en el pueblo, en la cantina, entre la que alguna vez fue su gente, no se permite perder el control.

—Toño, tráete una Indio para la Mery —grita Angelina. Su voz ronca, un trueno de nicotina y aguardiente, se impone sobre el bullicio, llega hasta Toño, el hijo menor de los dueños, que deja de papar moscas en un rincón de la barra y se apresura a llevar la cerveza.

—¿Qué te cuentas? De veras que te ves jodida, morra, como si te hubieran dado una cogida entre diez… Brincos dieras.

—Estuvo pesada la chamba en el invernadero, hoy se fue un lote de orquídeas y tuve que plantar unos esquejes…

—¿Ya viste quién está sentado a un lado de la rocola?

—¿Quién?

—El Fer Arriaga.

—¿Y?

—No mames, el Fernando Arriaga, el de los Arriaga de allá de Navojoa. No me digas que no sabes quiénes son.

—Pues sí.

—Está raro que ande por acá. Nunca viene, para eso tiene a su gente. Con razón el Ramón anda todo tenso.

María Antonieta ve a un sujeto entrado en carnes, de barba hirsuta en una cara plana y redonda. La ropa que viste, aunque semejante a la del resto de hombres en la cantina, luce nueva, lustrosa, y desentona como casi todo en él. Lo primero que piensa es que se trata de un niño jugando a un juego que no comprende. Sobre la mesa que comparte con cuatro jóvenes que intentan imitarlo en todo —María Antonieta evoca un ramillete de flores— se desparraman botellas de cerveza y whisky. De pronto entiende que se han apropiado de la rocola. A nadie parece afectarle el hecho. Observa a los lugareños, a sus vecinos, y se da cuenta de que actúan como si el tal Arriaga no estuviera ahí. Angelina continúa con su parloteo especulando sobre la presencia del tipo en el pueblo. El volumen de su voz no es el habitual: susurra, es casi inaudible.

—Deja de mirarlo, pendeja.

María Antonieta aparta la vista y la dirige a la botella de cerveza; con el pulgar dibuja el contorno de la etiqueta. Angie le cuenta que Ramón lleva dos noches llegando tardísimo a casa. A María Antonieta el tema le aburre pronto: nunca ha sentido ninguna fascinación ni morbo por las historias que se cuentan en la sierra sobre los Arriaga u otras familias semejantes. Un destino que, en lo que a ella concierne, sucede en otra parte.

Trata de cambiar de tema y le pregunta, sin saber muy bien por qué, por Santiago, un novio que tuvo su amiga en la secundaria, con el que vivió un amor enfermizo.

—Nunca regresó del otro lado —zanja Angie—. Ni al funeral de su madre vino. ¿A qué viene eso?

María Antonieta detecta un poso de resentimiento en su amiga. ¿Por qué ese repentino interés en Santiago? Tal vez por las repetidas menciones a Ramón, ese marido de bolsillo. Tal vez le molesta la presunción con que lo nombra, como si se lo restregara en la cara.

El regreso de María Antonieta supuso una inmensa alegría para Angelina, pero también un triunfo. El plan, desde la primaria, siempre fue irse juntas a Hermosillo. Pero en tercero de secundaria su amiga dejó de estudiar, se autoproclamó una burra que odiaba la escuela y se puso a buscar marido. Santiago no resultó como esperaba. En cambio, Ramón tenía esa mirada de saber lo que quería y un proyecto al que se ciñó con tesón. Angelina encajó en él con una reticencia que los años no parecen haber apaciguado. Desde su reencuentro, más de dos décadas después, los esfuerzos que hace Angie para sostener una satisfacción inquebrantable la dejan exhausta. Ese regionalismo fanático, esa defensa de las tradiciones, esa memoria tramposa por bucólica. Una vez al mes es suficiente. Y como en cada ocasión en que se citan, tras la segunda cerveza María Antonieta empieza a no querer estar ahí, a distraerse, a pensar en lo que tiene que hacer al día siguiente en el invernadero.

Angelina sigue hablando de Ramón, de los sinsabores de su cargo prácticamente honorario, de la ingratitud de la gente del pueblo. De los riesgos…

—Pero le va muy bien, ¿no? Al menos eso parece.

—No es lo que crees —ataja Angelina; sin querer voltea hacia el hombre de la rocola—. Son puros inventos de la gente. La lana sale de la renta de las tierras que le heredó su padre. Ramón ha sabido invertirla. Pero ya ves cómo son aquí.

María Antonieta oye lo que murmuran en el pueblo. Heri tiene sus opiniones al respecto. A María Antonieta le es completamente indiferente. Carece de opinión. En estos casi tres años ha procurado prescindir de las opiniones sobre cualquier cosa que no sea el invernadero. Un desapego apacible, balsámico. Una forma de perfección.

Dos hombres de mediana edad entran a la cantina. No son del pueblo. Se acodan en la esquina de la barra que da a la puerta. No son turistas. No son funcionarios del gobierno estatal. Huelen a sur, a Ciudad de México. A María Antonieta le parece, aunque no está segura, que el bullicio en la cantina disminuye por un segundo. Es una sensación que no podría precisar.

—Trabajan para la minera —aclara Angelina.

—¿Pero entonces es cierto?

—¿En qué mundo vives? Claro que sí. Siguen buscando. Ramón me dijo que le dijo Cipriano que va en serio. Anda muy contento el cabrón.

—¿Quién anda contento? ¿El alcalde?

—Claro. Según esto, vamos a nadar en la abundancia.

—Será el Cipriano.

—Ramón también cree que es una gran oportunidad para el pueblo. Los Durazo y los Tapia ya les vendieron un chingo de hectáreas.

—¿A la minera?

—No, al papa. ¿Qué traes, eh, estás mensa? Sí, a la minera. Andan comprando por el lado del Pocito y se van a seguir. Según esto, es el futuro.

—Ah, esa palabrita.

—¿Futuro? ¿Qué tiene?

—Nada. No me gusta.

—¿Hay algo que te guste, morra?

Las orquídeas, piensa María Antonieta.

 

2

 

El cerdo vietnamita la sigue a todas partes. Lo llama Cochi, nunca quiso ponerle nombre. Aunque Cochi es como cualquier otro nombre. La sigue terco, empecinado en seguirla, como si su orfandad no le permitiera otra cosa. Desde que murió Zacarías vive pegado a sus talones. Tiene miedo de que un día se le enrede entre las piernas y se parta el hocico.

A Luna, la pointer, la vejez y la ausencia la dejaron postrada en el zaguán. Se ha puesto gorda y malhumorada, como ella.

Cochi es un buen conversador, hay que decirlo. Puede estar durante horas hablándole de cualquier cosa. El cerdo vietnamita la observa con sus ojitos porcinos e inteligentes como si entendiera. Luna, sin embargo, la ignora, bosteza, se desparrama en el suelo de madera del porche y deja perdida la mirada acuosa en el horizonte, como a la espera de que Zacarías aparezca con su paso tranquilo y los hombros echados al frente.

Eso no va a pasar. Zacarías se murió sobre Chiltepín. Se le detuvo el corazón. Cansado de tanta chingadera, se reclinó sobre el cuello de la yegua y fue deslizándose poco a poco hasta dar con sus huesos viejos en la tierra. Ya van para tres años, pero Luna, con esa tristeza lánguida de las perras añosas, sigue aferrada en verlo aparecer un día, correr hacia él, brincarle alrededor como si fuera un dios, ir y venir en un galope atolondrado ladrando para que el mundo entero sepa que Zacarías ha vuelto.

Pero eso no va a ocurrir porque Zacarías está enterrado en el cementerio del pueblo. A ese vaquero indomable y orgulloso le llegó el turno, como a todos, como le llegará a ella, que barre el zaguán con una escoba de sarmiento. Cochi detrás, dejando huellitas en el polvo, algo mareado por las vueltas sin sentido que da su ama. Luna no se levanta, imperial, por más que su dueña la empuje con la escoba.

El sol calienta el frente de la casa. El frío que muerde los huesos en la madrugada, los de ella y los de Luna, claudica poco a poco. Le llegan las voces de los cargadores, allá en el invernadero, con su trajín de orquídeas. A través de los plásticos puede percibir la silueta de su hija encorvada sobre una mesa, el ir y venir de Heri y los peones.

Si Zacarías reviviera se volvía a morir de un infarto. ¿Cómo es posible que Heri haya aceptado?, se pregunta con la escoba suspendida en el aire. ¡Flores! Flores en El Tazajal. Un invernadero con orquídeas azules, rosas rojas, blancas y amarillas, crisantemos. Y ni una res en los campos secos, en los que quedan, en los que no vendió la porfiada de su hija. Ni una sola vaca pastando en lontananza, esos puntitos blancos y negros como corcheas en un pentagrama. Desde la muerte de Zacarías —ya van para tres años—, cada mañana sale a barrer el zaguán y cada mañana maldice esa fiesta de colores atrapados bajo los plásticos.

¿Pero qué puede hacer una vieja como ella, sin agencia ni entendimiento? Ni siquiera le preguntaron. Su hija regresó de la capital con sus aires capitalinos y sus estudios. El desgraciado de Heri perdió la razón, se dejó embaucar. Vender las reses, las tierras, venderlo todo, por poco también la venden a ella. Así le dijo: hija, ¿también me quieres vender a mí? No diga tonterías, amá, además, ¿quién la querría? Lengualarga resultó la chamaca. Ojalá igual de cabrona hubiera sido con el marido. Cómo es que… de veras, pero si a leguas se le notaba lo tacuche y mamón.

—A un lado, Cochi, que me vas a terminar matando.

Cochi la observa con su trompa aplastada, las orejas alerta, la cabeza ladeada, necio en su inmovilidad. Luna abre las fauces hasta el aullido y deja caer el hocico entre las patas. Las primeras moscas se atreven a revolotear por los alrededores buscando el calor de un sol que se impone desde el este.

Ana María Rendón, viuda de Zacarías Ochoa, contempla su obra, apoya la escoba en una de las trabes del porche y arrastra los pies al interior. Cochi la sigue bamboleante, orondo. Luna ni se inmuta cuando pasan a su lado. Perra huevona. Se dirige a la cocina. Remueve los rescoldos de la estufa de leña y pone a calentar el café de talega. Sobre el comal, una tortilla de agua.

Se sienta a esperar.

El mimbre de la silla de la cocina gime por el peso de una cadera ancha, de huesos categóricos, de un par de nalgas saturnales. Ana María también gime al doblar las rodillas. Crujen. Frío y vejez, mala combinación, no obstante que la estufa de leña mantiene caldeada esa parte de la casa que durante la mañana recibe los rayos del sol a plenitud. El resto de la estancia es un frigorífico.

El café empieza a humear, la tortilla se infla. Cochi se ha deslizado bajo la mesa. Algo le tocará, piensa. La viuda se incorpora ayudada por el canto de la mesa, saca la tortilla del comal y la enrolla con un movimiento diestro. Se quema las manos, pero no le importa. Mordisquea la tortilla mientras se sirve el café, que endulza con piloncillo. Regresa a la mesa y se deja caer sobre la silla. Las patas ceden un poco.

¿Y luego? Nada.

Los ojos perdidos más allá de la ventana. Mastica ruidosa y desdentada. Sorbe sin pudor. Le arroja el último pedazo de tortilla a Cochi, que gruñe satisfecho.

¿Y ahora?

Esperar a que las horas pasen. A que llegue la muerte, lenta y despaciosa, como todo en ese lugar, como los cerros. A entregarse a un tiempo que no distingue presente ni pasado ni futuro. Un tiempo que acumula todos los tiempos sin orden ni concierto. En el que la llegada de Cochi en brazos de Zacarías, una bolita puerca, se confunde con la partida de la hija a esa ciudad infierno. Con los gritos de Heri: tío, tío, el tío se cayó, tío, qué tiene. Con la última vuelta que dieron por el pueblo en la Ford Lobo, reluciente de blanca —que también vendió la ingrata—. Zacarías con su sombrero de domingo y ella con su vestido de domingo. Con una boda de alguien, tal vez la suya, la de una prima, allá en Nacozari, y la boda de la hija en la catedral de Hermosillo, qué pequeñita, qué vaca se sintió, qué tan vámonos para el pueblo, que aquí no hacemos nada.

Y con otros tantos flashazos que la memoria dispara para iluminar un territorio incierto, en el que fechas, rostros y hechos se mezclan. Una película desconcertante, espectadora y protagonista, qué disparate.

Ana María ha olvidado que se sirvió un café y deja que se enfríe en la taza mientras los ojos atrapan retazos y remiendos, colgados de la ventana por la que Zacarías se asomaba para pedirle unos burritos, una cerveza, un champurrado si era época. Morrita, le decía —cuarenta y nueve años de casados y le seguía llamando morrita—, échate unas tortillas al comal, que traigo hambre. Hambre de sierra y cabalgata, de lazar y herrar becerros. Guapo, el condenado, silencioso y esbelto como una estatua. No hay reproches ni rencores. Se tenía que morir y se murió. Solo recuerdos.

Ahora es ella la que se tiene que morir, de una buena vez. Al fin que la Mery ya convirtió el rancho en esa cosa moderna de flores para exportar. Que el banco, que las deudas, que los intereses. Ella no sabe de esas cosas. Ella con las gallinas y la casa, y ayudar en los establos con la paridera, que para eso nadie la igualaba. Cuántos becerros trajo al mundo.

Hay que vender.

Zacarías, ¿ya escuchas lo que dice tu hija? ¿Vender? ¿El rancho de tus padres y tus abuelos? Queda un puñado de reses famélicas, casi no tenemos agua, mi apá tomó algunas decisiones muy pendejas, estamos hasta el fundillo de deudas. Y ya no está, déjese de cosas, amá.

Boca de lumbre y orgullosa, la ingrata.

—¿Queda café, tía?

Heri entra en la cocina empuercándolo todo. Cochi va a su encuentro. La viuda parpadea traslúcida, de vuelta a un mundo que, por un segundo, le cuesta reconocer.

—Cochi gordo, Cochi feo, Cochi cochi —tontea Heri al tiempo que acaricia el lomo del animal—. Ya se fue todo el lote. La Mery anda recontenta, dólares frescos.

—Ey, sí, ya me imagino. ¿Y tú?

Heri se encoge de hombros mientras se sirve una taza.

—El negocio va bien.

—¿Pero no extrañas?

—No empiece con eso, tía. Seguro, no soy de palo. Pero hay que seguir.

—Me preocupa.

—¿La Mery? Pues no debería. Esa es más abusada que usted y yo juntos.

—Pero ya ves lo que dicen en el pueblo.

—En el pueblo dicen muchas babosadas, tía, no haga caso.

En el pueblo se habla mucho contra el aburrimiento y la paulatina debacle. Los que venden y se van. Los que venden y se quedan contemplando con nostalgia esa sierra rotunda preñada de progreso, sin otra cosa que hacer que abonar a los mentideros. ¿Cómo es que sucedió? ¿Cuándo empezó esa renuncia? Ana María, que presiente la muerte cercana, cree que se irá a tiempo.

 

3

 

Aprendió a cazar con su tío. A decir verdad, aprendió todo lo que sabe de la mano de Zacarías Ochoa. Hijo de una prima de la señora Ana María, se apareció en el rancho a los veinte años, un fardo inútil, un estorbo. Lo suyo era la música. Rasgaba la guitarra y el bajo sexto con cierto decoro. Tenía una voz nasal que enamoraba a las muchachas. Llegó a pertenecer a un trío norteño que animaba fiestas por los rumbos de Nacozari. Heriberto pensaba en grande: salones llenos de pochos en Arizona y California, Grammys latinos, discos de oro.

Sus padres, no.

Lo enviaron con esa prima a ver si se enderezaba, si aprendía a trabajar y se dejaba de tonterías de la vida bohemia, de tocadas hasta el amanecer para sujetos sospechosos, de esa ropa ridícula que empezó a usar.

Se apareció en el rancho con una mochila y una guitarra, vestido como un vaquero de película, flaco y desgarbado, risueño, galante: un fantoche, le dijo Zacarías a su mujer cuando lo vio por primera vez en la cocina de la casa.

Han pasado treinta años. El tío Zacarías descansa tres metros bajo tierra. Y él ya no arrea ganado, ahora trabaja en un invernadero de flores decorativas con su prima, esa chamaquita patas de palo que se fue y regresó —ya mujer, una mujer triste y muda, pero con un par de ovarios— a salvar lo que parecía insalvable. Qué vueltas da la vida. Treinta años. Y aunque el cuerpo no es el que era, de vez en cuando se echa a la sierra a cazar liebres, conejos y, cuando hay suerte, algún tigrillo o un lince malparado. Estos últimos, por los destrozos en los gallineros de la zona o los ataques a los becerros más tiernos y despistados. Caza furtiva, sin permisos gubernamentales —carísimos—, la caza que siempre han practicado los rancheros.

Carga una vieja carabina del 22, marca Marlin, regalo del tío Zacarías. La mayoría de las veces vuelve sin disparar un solo tiro. Las piernas fallan. Las piezas se refugian en las partes más altas de la sierra huyendo de las escopetas de los turistas. El corazón flaquea.

La Mery tiene que ver.

A la Mery no le gusta que salga a cazar. Pone esa cara agria, sombría, cuando se entera de que anduvo por los cerros con el rifle al hombro. Le dice que deje en paz a esos pobres animales que no le han hecho nada. La Mery no entiende del peso del arma en el hombro, del silencio del bosque cuando despunta el alba y él mismo se convierte en bosque y en arma, en árbol, en cazador, en presa, en tierra húmeda, helecho, musgo. Cuando encuentra el rastro y lo va leyendo durante horas hasta el manantial casi seco o el cubil oculto bajo las ramas, entre las rocas. A veces ni siquiera apunta, a veces yerra el disparo a propósito y escucha la voz de Zacarías pendejearlo. Hay cosas que un hombre hace por la memoria de otro hombre.

Ese domingo Heriberto toma hacia el rumbo del Cerro del Muerto, un cadáver rocoso, acostado bocarriba, asombrosa escultura recortada en el horizonte. Trepa hacia las peñas que le dan forma a los pies. Lleva en el morral un termo de café, algo de parque, unos binoculares, unos burritos de frijol.

El sol apenas se insinúa rojizo en el cielo seco, inmenso en esa parte del mundo. Camina a buen paso, su cuerpo ha roto a sudar pese al frío. Camina por el placer de hacerlo, sin el ojo avizor, sin los sentidos alerta para la caza. Es uno de esos días en los que, seguramente, no tirará del gatillo y no parece importarle. El cerro despierta a la vida a cada zancada que da. Heriberto jadea sabroso. El viento enfría la película de sudor sobre su rostro, un placer de navajas y brasas. La mente vacía de las preocupaciones del negocio, que marcha, sí, pero incierto siempre, solo un paso por delante de las crisis y las deudas. La mente embriagada de oxígeno, perpleja de lejanías.

La subida se vuelve más empinada, baja el ritmo. Hace un alto. Los ojos se le ciegan de sierra. Hay amor, hay memoria, hay una historia de la que no se arrepiente, un aprendizaje de vida, un camino que ha recorrido por treinta años, que lo hizo el hombre que es, esa imperfecta forma de estar en el mundo, esa condena a elegir, esos otros caminos que pudo pero no conoció. Sin embargo, ahí está, el rifle y el morral terciados a la espalda, contemplando satisfecho un universo que conoce como la palma de su mano. Heriberto parece un tipo con suerte.

Se da cuenta, de pronto, de que el silencio es otro silencio al habitual. Es el que precede a la irrupción de extraños. Aguza la vista. A lo lejos, abajo, en la falda de la montaña, alcanza a distinguir una hilera de tres pick-ups de doble cabina levantando polvo y un camión plataforma. Se lleva los binoculares a los ojos.

Se detienen a unos seiscientos metros de donde está, en una hondonada. Descienden varios hombres. Heriberto los cuenta: ocho. Siete parecen mexicanos. El octavo es una mole de carne blanca. Su pelo rojizo destella bajo el sol. Hablan entre ellos. Señalan hacia los cuatro puntos cardinales. Luego se cruzan de brazos. Luego vuelven a señalar como queriendo abarcarlo todo. A su alrededor nada se mueve, nada gruñe, cruje, bisbisea, respira. Es como si la tierra hubiera decidido contener la respiración.

Heriberto se acuclilla, saca el termo del morral y le da unos tragos al café. Vuelve a llevarse los binoculares a los ojos. La mole de carne se desplaza hacia el camión plataforma, sobre el que descansa una máquina roja con llantas de oruga y una especie de lanza en un extremo. El extranjero camina de forma cómica. Los demás lo siguen.

Ya no tiene ganas de seguir ascendiendo a la cumbre. Se sienta en una roca. Deja el rifle y el morral a un costado. Conserva los binoculares y el termo en las manos, aunque no bebe. Se pregunta qué hacen esos hombres ahí. Sabe que son de la minera. Hace un año que no se habla de otra cosa. Se pregunta por qué están ahí y no en otra parte. Qué caminos siguió cada uno hasta encontrarse en ese preciso punto en el que la máquina roja ha empezado a perforar el suelo.

Penetra la tierra, la viola con ese falo rojo que horada las sucesivas capas en un bombeo incansable. Heriberto se pregunta qué sienten esos hombres, manada voyerista, silenciosa. En qué piensan mientras la máquina entierra el fierro cada vez más adentro. Atraviesa la tierra, la parte en dos, se sume en ella con violencia, la perfora. Trata pero no alcanza a imaginar, supone que sus mentes están en otra parte. O tal vez no. Tal vez han caído en un trance, hipnotizados por el vaivén de la máquina, por su tenaz profanación.

Adentro, afuera, adentro, afuera.

Tal vez encuentran una especie de éxtasis en ello. Una sensual brutalidad. Heriberto al fin se aburre y se pone en movimiento. Ya no hacia la cima, retoma el camino de vuelta a la cabaña. Unos treinta minutos a paso ligero.

Buena parte del regreso es en descenso, por lo que no puede permitirse ningún descuido. En cada zancada siente el impacto en las rodillas y los abductores. Se le ocurre que en unos años más ya no podrá caminar por esos senderos. Luego, fatalista, piensa que ni él ni nadie. Es cuestión de tiempo. Muchas veces acompañó al tío Zacarías por los rumbos de Fronteras y Cananea, cosa de negocios, cuando el rancho era aún ese jolgorio de reses. Él sabe lo que vio. No se le olvida. Las presas de jales en las que el ganado quedaba atrapado hasta morir de inanición, nadie respondía por la merma. Los cerros reventados por la dinamita, convertidos en esa muerte gris, en ese erial de roca destripada.

Las noticias que llegan del río Sonora son para llorar. Los animales y la gente enferma, el agua contaminada de codicia.

Y piensa Heriberto al tiempo que enfila hacia la cabaña que su vejez será tan solo el testimonio del fin de ese árbol y ese arbusto y esa liebre que escapa como alma que lleva el diablo. Heriberto apunta tarde y mal, de todas formas dispara. No tiene la intención de matarla. El proyectil se pierde en la lejanía y le arranca un pedazo de corteza a un árbol. Todos los animales huyen del canto de la muerte. A lo lejos, los hombres de la mina tal vez tratan de adivinar de dónde viene la detonación y por qué. Seguramente el ruido de la máquina, sordo, persistente, no los deja oír nada, se dice Heriberto.

La cabaña de Heriberto se levanta en un pedazo de tierra que el tío Zacarías le regaló hace una década, por el lado del Águila, a un par de kilómetros del rancho. No es más de media hectárea, cercada con alambre de púas, una pequeña huerta de hortalizas, un corral con media docena de gallinas, tres perros mestizos, sin nombre, que van y vienen a su aire, tan ladradores como confiados, y una ceiba vieja que sombrea los veranos.

La cabaña es de madera, la levantó con sus manos y las manos voluntarias de algunos de los peones que trabajaban en El Tazajal, cuando había rancho y peones. La cabaña es la de un hombre que hizo de la soltería un reducto, un empeño, un credo. El espacio que encierra las cuatro paredes huele a hombre solo. Todo es práctico y huraño. Reacio a cualquier intento de estética doméstica. Cada cosa existe por su utilidad, en el sentido más rudimentario de esta. La estufa de leña, un autómata oxidado pero efectivo —regalo de la tía Ana María cuando la cambiaron por una nueva— ocupa el centro de la única estancia. Letrina en lugar de baño, un pozo del que extrae el agua que necesita y una placa solar que le proporciona la poca energía que requieren sus hábitos de animal solitario.

Como las gallinas, se echa a dormir en cuanto se mete el sol. Heriberto vive como un ermitaño. Su estilo de vida no responde a ningún dogma, a ninguna renuncia. Tiene claro que aquello que haga o deje de hacer solo le incumbe a él. Su huella en el mundo será tan efímera como la de la liebre que dejó escapar hace un rato. Sin descendencia, su recuerdo se apagará con la muerte de los pocos que lo conocen. Heriberto no parece tener ningún problema con ello. Si alguna vez se planteó hacerse de una compañera de vida, las extenuantes jornadas en el rancho y la perplejidad que le provocaba el cortejo al uso de sus años más mozos terminaron por convertir la idea de aparearse en algo postergable.

Hay una austeridad monacal en su cuerpo que no sabe de dónde le viene ni por qué. Cuando recién llegó a vivir con esa tía a la que había visto un par de veces en su vida, se dijo que era algo temporal. Tenía sus sueños de marquesina y gloria. La música era su vocación.

No recuerda en qué momento el acto de posponer se fue transformando en algo tan ajeno que dejó de pertenecerle. Un día estuvieron ahí la sierra, los caballos, las reses, el sudor y la lucha, la fraternidad de hombres embrionarios, elementales. Las fogatas al alba, el sudor y la sangre, las noches en vela en los partos vacunos, el sentido de pertenencia. No recuerda cuándo otra forma de estar en el mundo se volvió inimaginable. A la vista de la guitarra que trajo consigo, los anhelos de aquel muchacho lo siguieron ruborizando por un tiempo.

La guitarra aún cuelga de una de las paredes de la cabaña. A veces la templa en los crepúsculos delirantes que le regala la sierra. Corridos que nunca termina de cantar porque ha ido olvidando los acordes y la letra. Es más bien un rasgueo incierto que le transmite sosiego y descanso.

Pero en esa tarde de domingo, después del encuentro con los hombres de la minera, después de haber trabajado un rato en el huerto y cortado leña y desempolvado la cabaña y jugado con los chuchos y reparado algunos de los alambres del cerco y lavado la reliquia de pick-up… después de haber intentado mantener la mente ocupada, se sienta a la entrada de la cabaña con la guitarra en brazos y, por más que puntea las cuerdas en busca de las viejas canciones, no encuentra la serenidad del ocaso.