Lobisón

Ginés Sánchez · Capítulo 1 de 5 · parte 2/4

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Lobisón

Capítulo I

Este capítulo es largo, así que está dividido en 4 partes.

¿Es verdad, me decía luego, que no puedes hablar porque te arrancaron la lengua? Y yo le decía que sí.

A ver, decía entonces el Hugo, enséñamela.

Y yo se la enseñaba y entonces el Hugo ponía una cara como si le doliera.

Cuando yo estaba con el Hugo y en casa de la Regina yo tenía veintinueve cosas. Y no tenía el diente de Compañero ni tampoco las llaves del Zenón pero sí tenía mi reloj y mis piedras blancas y mis piedras rojas y el bolígrafo amarillo y la pulsera amarilla y también las piezas de madera y también las dos monedas blancas y otras cosas. Y entonces un día el Hugo vino con unas cosas y me dijo si podía tocar el reloj. Yo lo dejé porque él era mi amigo y me contaba los tebeos de Spiderman. El Hugo cogió el reloj y le hizo un agujero y le puso las cosas que él tenía y entonces el reloj estaba vivo y hacía tactac como hacía la Rosana por dentro cuando yo estaba en su cama y vivíamos en la casa arriba de la cuesta.

Y el reloj no se paraba nunca y yo siempre estaba oyéndolo y yo me reía mucho al oírlo.

 

Por el día las gallinas y los pavos de la Regina siempre estaban fuera del corral y por dentro de una valla que la Regina había hecho y que era como de cuadritos. Ahí estaban siempre hablando y comiendo y haciendo sus cosas de gallinas y de pavos. Y pasaba que siempre, cuando se hacía por la tarde, la Regina venía y los metía a todos dentro del corral y luego cerraba la puerta con una llave.

Y también pasaba que siempre por las noches yo contaba todos los árboles y que entonces estaba siempre mirando al corral de las gallinas y de los pavos. Oía los ruidos que hacían las gallinas y también las olía. Olían a plumas mojadas y a sangre. La sangre de las gallinas estaba muy caliente y yo estaba muy triste porque yo sabía que un día me iba a entrar aquello que a mí me entra a veces y que entonces yo iba a hacer cosas malas y que entonces el Zenón se iba a poner triste y se iba a llevar mis tebeos de Spiderman. Entonces yo dejaba de mirar para el corral y me iba por fuera de la valla y al río y allí me bañaba o jugaba a que me quedaba dormido o también a que corría muy rápido y luego me caía al agua.

 

Un día pasó que yo estaba fuera de la casa de la Regina y mirando para el corral y entonces vino la Regina corriendo y empezó a pegarme.

¿Qué haces, decía todo el tiempo, qué estás pensando?

Y la Regina no me pegó mucho pero estaba muy enfadada y todo el rato estaba gritando que si un día ella me veía cerca del corral entonces me iba a pegar la paliza más grande que me habían pegado en mi vida.

Y además te encerraré, Adrián, decía, dentro de la habitación que hay al fondo. Te pondré a dormir ahí, ¿entiendes?

Ven, Adrián, me decía, y entonces yo me iba andando con ella y nos íbamos al corral de las gallinas y los pavos. ¿Ves?, me decía, esto es un candado, ¿ves? Prueba a abrir la puerta, me decía, y entonces yo cogía la puerta y la puerta no se podía abrir. Esta puerta solo puede abrirse con esta llave, decía.

El corral era todo de madera y tenía por el techo un sitio con unas ventanas pequeñas. Esas ventanas estaban cerradas con alambre y haciendo cuadraditos. Yo sabía que era por allí por donde iba a entrar cuando me diera eso que a mí me da a veces.

Y yo no quería que me diera aquello pero una noche yo estaba en el río y había muchas ranas. Entonces yo fui muy despacio con una piedra muy grande y la puse encima de donde estaba una rana y luego dejé que la piedra se cayera encima de la rana. Entonces me la empecé a comer. Y me acuerdo de que esa noche había mucha luna y hacía mucho calor y también que luego por el día otra vez estaba malo como cuando era pequeño y me amanecía en medio del monte y otra vez estaba con las tripas del revés y echando pegotes. La Regina me miraba todo el rato y también el Hugo.

Y un día pasó que yo ya por la mañana sabía que me iba a dar por la noche aquello. Me acuerdo de que entonces todo el día yo estaba sentado en el rincón del patio oliendo el calor de las gallinas y de los pavos. La Regina me miraba. Por la noche se apagaron todas las luces y entonces yo me fui al corral y ahí subí hasta las ventanas y saqué los alambres y me metí dentro.

Por la mañana la Regina estaba todo el tiempo pegándome y gritando y diciendo cosas malas de mí. Ella me pegaba tan fuerte que yo estaba en el suelo y sin poder moverme y con una sangre muy negra que me iba saliendo y que se iba muy despacio y por el suelo del patio.

Lo sabía, decía la Regina todo el rato, se lo dije al Zenón. Y el Zenón dijo que no. Pero yo lo sabía. Que no habías cambiado.

Ahogarte en el río, decía la Regina después, eso es lo que teníamos que haber hecho. Eso es lo que madre quería hacer. Pero, claro, decía, el Zacarías no la dejó.

Y ya se ha visto lo que el Zacarías ha resultado ser. Lo mismo que tú, la misma mierda.

Me ha matado treinta gallinas y cinco pavos, decía la Regina por el teléfono. Está todo lleno de mierda por todas partes. Las gallinas están a medio comer.

Tengo miedo, Zenón, decía la Regina. Si no vienes y te lo llevas te juro que cojo una escopeta y le pego un tiro.

Y me acuerdo de que después la Regina me llevó a palos hasta dentro del corral y que ahí me encerró. El corral olía a sangre y a plumas y también a las gallinas y a los pavos a medio comer.

Nos vamos a ir a vivir con el Dimas, Adrián, me decía el Zenón, ¿te acuerdas del Dimas? Y yo le decía que sí.

Venga, vamos a recoger las cosas. Y entonces el Zenón y la Choni y Compañero y yo nos íbamos en la furgoneta azul de viaje y todo el rato el Zenón y la Choni iban diciendo muchas cosas.

Yo sé, decía la Choni, quién es el Dimas. Me lo sé de memoria. Así que tú métete en los asuntos del Dimas, decía, que yo agarro la puerta y no vuelvo.

Y siempre la Choni estaba muy enfadada cuando ella decía esas cosas y entonces el Zenón se reía mucho.

Que no, gorda, decía el Zenón, que yo ya me salí de eso.

Y el Dimas, decía después, también, ¿qué te crees?

No, decía entonces la Choni, ¿qué te crees tú?, ¿que me acabo de caer de un guindo? El Dimas no es bueno, decía la Choni todo el rato, y tú te dejas arrastrar.

 

Y me acuerdo de que entonces llegamos al sitio donde vivía el Dimas. El Dimas era muy alto y tenía un sombrero negro y también el pelo negro y un poco de barba. Él olía mucho a colonia. El sitio donde él vivía estaba todo de casas rotas y hechas con pedazos y cortinas y también con muchos charcos y cañas y barro por el suelo. Él era muy amigo del Zenón. Ellos siempre estaban haciendo negocios y hablando de dinero y tocando la guitarra y riéndose. También en el sitio donde vivía el Dimas vivía más gente. Todos ponían las sillas afuera y luego hacían fuego por las noches y tocaban las guitarras y cantaban.

Adrián, me decía el Zenón por las noches, tú a los otros chicos ni te acerques, ¿me entiendes?

Tú, Adrián, me decía el Zenón, por más que te hagan o te digan, no te pelees. Que tú eres muy bestia, y no entiendes.

Adrián, me decía todo el rato, prométeme por tus muertos, que son los míos, que no te vas a pelear. Adrián, mírame.

Y entonces yo lo miraba.

¿Me lo prometes? Y yo le decía que sí.

 

Y cuando nosotros estábamos viviendo donde vivía el Dimas y con las casas rotas entonces pasaba que el Zenón todos los días estaba haciendo negocios con el Dimas. Él se iba por las mañanas y luego venía por las noches con dinero y con cosas para comer. Entonces la Choni estaba muy contenta y los dos se ponían a cantar con las otras personas. Después siempre se iban dentro de la furgoneta y a hacer ruidos.

Entonces, por las noches, yo me iba por todos los sitios de detrás de las casas rotas y con mi reloj que estaba vivo. Yo siempre jugaba a subirme a una pared y a caerme al suelo.

Y por el sitio de las casas rotas pasaba que había muchos muchachos que ellos siempre me estaban mirando y también querían pelearse conmigo. Y entonces pasó que una noche yo estaba jugando al lado de la pared y que entonces vinieron cinco muchachos y que empezaron a decirme cosas malas.

Mudo, decían, ¿tú eres tonto o qué?

Mudo, decían, ¿es que eres retrasado? Y además un cobarde, decían.

 

Mudo, decían, ¿Qué tienes ahí, un reloj? Si tú no sabes decir la hora.

Mudo, decían, ¿tienes dinero ahí?

Y ellos siempre me empujaban y a veces también me pegaban.

Mañana tráenos dinero, mudo.

 

Y entonces una noche pasó que ellos vinieron y que con ellos venía un muchacho que era más grande y que tenía el pelo amarillo y un chándal de color blanco. Y él empezó a empujarme y a tirarme y entonces me quitó el reloj y lo tiró al suelo y el reloj se rompió.

Y me acuerdo de que ese día todos los muchachos me estuvieron pegando muy fuerte y que me rompieron la camisa y también que me hicieron sangre por la nariz y por la boca. Luego por la mañana el Zenón se puso muy triste con la sangre que yo tenía.

Adrián, me decía el Zenón cuando me estaba curando con las vendas, dime la verdad, ¿te peleaste anoche?, y yo le decía que no.

Adrián, me decía el Zenón cuando ya era otra vez de noche y él me estaba leyendo mis tebeos de Spiderman, ¿unos muchachos te pegaron? Y yo le decía que no.

Adrián, me decía el Zenón, la próxima vez te doy permiso para que te pelees, ¿me oyes? Adrián, ¿me entiendes?, y yo le decía que sí.

 

Estoy en lo oscuro, esperando al perro negro. Viene por la calle llena de charcos. Recto para donde yo estoy metido. Es un perro pequeño. De grande como un conejo.

Le brillan los ojos a la luz de las estrellas. Le cuelga la lengua. Mete la nariz en los montones de basura de las casas rotas y con cortinas. Yo lo veo.

Lo espero. Con el pincho bien apretado. Siento su respiración, su corazón y su sangre.

Él sabe que yo estoy en lo oscuro. Y no lo puede evitar.

Yo espero sin moverme. Sin respirar.

Mientras pasa por al lado de la casa del Dimas, de la furgoneta azul, por al lado del coche blanco y sin ruedas. Se para junto a las matas. Su paso se hace más lento.

Se le erizan los pelos de la espalda, levanta las orejas.

Le enseña los dientes a la oscuridad. A mí.

De su garganta brota un gemido de advertencia. Uno largo.

Entonces yo me muevo para que él esté seguro de que estoy ahí y entonces él ataca.

Lo dejo que venga, que salte. Se me viene encima y viene tan fuerte que los dos nos caemos al suelo y nos manchamos de barro. Se pone a morder pero solo muerde la chaqueta que yo me he puesto en el brazo para que él la muerda. Con el otro brazo muevo el pincho arriba y abajo.

El perro ahora ladra de miedo. Los ojos se le llenan de aceite.

Yo me inclino para él y primero le abro la garganta y luego lo rajo de arriba abajo. Del cuello a la pinga. Todo lo que hay dentro sale, azul y rojo, como en una explosión. Yo escarbo por entre todo eso para ver si está ahí el Zacarías Zárate.

La sangre del perro ha formado un charco negro que empapa la tierra.

Me quedo allí, limpiando el pincho, hasta que la sangre se seca lo bastante como para no ir a ningún sitio. Luego cojo el perro y me lo llevo para un sitio sin casas y lo tiro a un pozo y luego me voy.

 

Y me acuerdo de que cuando nosotros estábamos viviendo en las casas rotas entonces había días que estaba lloviendo y días que no estaba lloviendo. Y cuando estaba lloviendo entonces yo me metía debajo de la furgoneta azul y con Compañero y ahí yo estaba siempre contando mis cosas de mi bolsa y mirando a las personas.

Y yo me iba por las matas y por las cañas y también por un camino que llegaba a un sitio en el que se veía una carretera con muchas luces y muchos coches que iban muy deprisa. También se veía una ciudad que era muy grande y que siempre tenía una nube por encima.

Y también me acuerdo de que por el camino que iba para las casas rotas pasaba que a veces venían motos o coches o gente que iba andando. Los oía y también los miraba. Y me escondía para que ellos no me vieran.

Una noche vi que por el camino estaba viniendo el muchacho que era el más alto y que tenía el pelo amarillo y el chándal blanco y que era el que había matado el reloj.

Él venía solo y andando. Yo lo estuve mirando venir mucho rato.

Luego me puse de pie para que él me viera y me quedé mirándolo y él me vio también y se rió y se vino para donde yo estaba.

¿Qué pasa, mudo, decía, quieres más palos?

Y el muchacho del chándal tenía el pelo amarillo y olía a chicle de fresa ácida y tenía muchas pecas. También era muy alto y muy fuerte. También tenía un pincho que se lo había sacado del bolsillo cuando nos pusimos a pelearnos.

Pero el Zacarías Zárate siempre decía que yo tenía el demonio dentro y que él lo tenía también y que eso era más que todos los cuchillos.

Adrián, me decía el Zenón, Adrián, mírame. Y yo lo miraba.

Adrián, me decía, ¿le hiciste tú eso al Javito? Y yo le decía que no porque yo sabía que si le decía que sí el Zenón se iba a enfadar mucho y me iba a pegar.

Adrián, me decía, dime la verdad, que yo sé que estás mintiendo. Adrián, que si me mientes me voy a enfadar más.

¿Qué dice el Javito?, decía la Choni.

Que alguien lo atacó y que no sabe quién. Pero lo sabe.

¿Qué tiene, decía la Choni, miedo de decirlo?

O le da vergüenza.

El Zenón y la Choni todo el rato me miraban. Yo no los miraba pero sí los oía.

¿Fue el Adrián?, decía la Choni.

Seguro, decía el Zenón, si al otro le habían arrancado la cara a mordiscos.

¿El Adrián haría eso?

Copón, decía el Zenón, y entonces se reía mucho, eso es justo lo que haría el Adrián.

La escuela olía a pintura verde. Cada rato se oían las campanas de la iglesia. Había muchos niños y muchos profesores y también un cura que se llamaba don Ramiro y que era calvo y que tenía la cara que le colgaba por los lados.

Para ir al colegio mi madre, la Tomasa Cervantes, nos despertaba a todos los hermanos por la mañana y empezaba a decirnos que teníamos que vestirnos. Entonces nos tomábamos la leche y las magdalenas y luego nos íbamos por el pueblo hasta un sitio en el que había un árbol y ahí nos parábamos con los otros Zárate y los otros Zambrano. Entonces venía el autobús. El autobús era amarillo y azul. Yo siempre me sentaba con la Rósula o con el Rogelio. Debajo de la montaña estaba el pueblo grande. En el pueblo grande era donde estaba el colegio. El colegio tenía un patio grande con mucho sitio y con porterías para que los niños jugaran a la pelota. Luego estaban las habitaciones, que era donde vivían los profesores y donde estaban las pizarras. Los niños estaban allí siempre escribiendo en sus cuadernos. Yo siempre iba con la Rósula. Nos metíamos los dos en una habitación con otros niños y ahí hacíamos los deberes.

Adrián, me decía la profesora, hazme cuadritos en esta hoja.

Hazme los números, Adrián, me decía. Haz tu nombre.

Y yo cogía el lápiz y hacía lo que la profesora me decía. Siempre lo hacía muy bien.

Adrián, me decía la profesora, coge el borrador y ve a limpiarlo. Y eso era que a mí me daba la esponja que era de limpiar la pizarra y yo tenía que limpiarla.

Borra la pizarra, Adrián, me decía otras veces. Y yo la dejaba limpia y sin letras.

 

Y en el colegio también pasaba que algunas veces sonaba un timbre como el de las casas y entonces todos los niños se echaban a correr por las escaleras para abajo y se quedaban un rato en el patio gritando y jugando a la pelota. Yo me iba siempre con la Rósula. La Rósula y yo nos quedábamos a un lado y nos comíamos los bocadillos que mi madre, la Tomasa Cervantes, nos había dado. Ahí no se estaba mucho rato.

En el colegio había niños que me gritaban y que me empujaban y me decían lobisón y otras cosas malas. También a veces pasaba que me hacían cosas o me tiraban piedras y entonces venían el Zenón o el Rogelio y se peleaban con los niños. Yo nunca me peleaba porque el Zacarías Zárate siempre me decía que no me peleara.

Entonces un día pasó que yo estaba en el colegio y que vinieron unos niños que eran más grandes y empezaron a gritarme y a empujarme. Loco, me decían. Subnormal. Lobisón. Entonces pasó que los niños me empujaron y me metieron dentro de un baño que había en el colegio y que ahí siguieron pegándome y diciéndome cosas malas y riéndose.

Lobisón, me decían, ¿no te gusta revolcarte en la mierda?

Y me acuerdo de que yo estaba tirado en el suelo y sin pelearme y que entonces uno de los niños se sacó la culebra y empezó a mearme encima. La meada del niño era muy caliente y se me colaba por la cara y por la camisa y entonces yo vi que me iba a entrar aquello y me puse muy triste.

Lo que pasó luego yo no me acuerdo bien.

El suelo del baño era azul. En el techo había una luz blanca. Había muchos gritos. Gritos más largos y más fuertes. No de risa. La sangre era roja y estaba caliente. La notaba por la boca y también por dentro. Los niños corrían y gritaban y se iban. El niño que se había sacado la culebra y me había meado estaba en el suelo y tenía mucha sangre en la cara. También le faltaba la mitad de la boca y se le veían los dientes asomando por entre la sangre.

 

El día que pasaron esas cosas luego se hizo de noche. Entonces vinieron a la casa de arriba de la cuesta don Ramiro y también otro hombre que era del colegio. Los dos se pusieron a hablar con el Zacarías Zárate y también con el abuelo Celestino y con los tíos.

El Adrián, decía don Ramiro, es un loco. No debería bajar más al pueblo. Y desde luego en el colegio ya no lo queremos.

Adrián, dijo entonces el Zacarías Zárate, sal. Y entonces yo salía y el Zacarías Zárate me abrió la camisa y les enseñó a los otros que yo no era lobisón ni nada malo y también les enseñó los sitios que yo tenía de sangre.

¿Cuántos eran, Adrián?, decía el Zacarías Zárate. Y yo le decía que cinco, porque entonces yo todavía podía hablar.

A ver, decía entonces el Zacarías Zárate, ¿qué va a hacer él si le atacan cinco?

La culpa, decía don Ramiro, fue tuya y de la Tomasa por tenerlo.

Os lo dije, decía, llevadlo a que lo bauticen en siete iglesias, haced que Celestino, el mayor, sea el padrino y ponedle de nombre Benito. Pero no me hicisteis caso y ahora pasa lo que pasa.

Acuérdate, Zacarías, decía don Ramiro, que estas cosas pasaron también cuando tú eras pequeño.

¿Qué me está diciendo?, decía entonces el Zacarías Zárate, ¿me está contando historias de brujas o qué?

A ver, decía el Zacarías Zárate, y entonces se levantaba de la silla y se abría la camisa, ¿es que no soy yo una persona normal?, ¿es que no soy como todos los demás?, ¿no tengo yo una esposa y unos hijos y un trabajo?

Y me acuerdo de que pasó que al final don Ramiro y el otro hombre ya se fueron y que entonces estaban los tíos hablando con el Zacarías Zárate y con el abuelo Celestino.

El Adrián, decían los tíos, debería ir a esa escuela especial que han dicho.

Ni mierda, decía el Zacarías Zárate. Y eso también lo decía el abuelo Celestino.

¿Para qué, decía el Zacarías Zárate, qué va a aprender?

Aprenderá, decían los tíos, a valerse.

Lo que él tiene, decían, es una enfermedad, nada más. Les pasa a otros niños.

Para valerse, decía entonces el Zacarías Zárate, ya tiene él hermanos y tíos y padres.

Y luego pasó que al otro día el Zacarías Zárate me despertó cuando todavía era de noche y me dijo que ya no iba más a la escuela y que ahora me iba con él arriba al monte con las borregas.

Adrián, me decía el Zenón cuando nosotros ya no vivíamos en las casas rotas y con el Dimas sino que nos habíamos ido a la ciudad grande, tenemos ahí un negocio grande.

¿A ti, me decía, te gustan los negocios grandes? Y yo le decía que sí.

Y entonces un día el Zenón y yo estábamos por la ciudad grande y también estaba el Dimas y los tres nos fuimos a una oficina que había un abogado. Y en la oficina el Zenón y el Dimas se pusieron a hablar mucho rato con el abogado.

¿Pero es fácil?, decía el Zenón.

Cosa hecha, decía el abogado.

¿Cuánto?

Cinco o seis mil por cabeza.

Y me acuerdo de que entonces el Zenón y el Dimas se pusieron muy contentos y que los tres nos fuimos con el abogado a un sitio que había gambas y cerveza y ahí estuvimos por la tarde. El abogado era calvo y tenía una corbata amarilla. El Zenón se reía mucho.

De esto, Adrián, decía después, cuando ya estábamos en el tren, ni una palabra a la Choni, ¿eh? Por tus muertos, que son los míos. Y entonces se reía más.

 

Vamos a dar un paseo, Adrián, me decía el Zenón cuando ya era por la tarde y se había echado la siesta.

Y los dos nos íbamos andando y metiéndonos por donde estaban los árboles y cogiendo hojas para los gusanos de seda. En los bares yo me tomaba una cocacola y el Zenón se tomaba una cerveza. También siempre estaba hablando con toda la gente.

A veces pasaba que dentro de los bares había gente que estaba jugando a las cartas y también al dominó. El Zenón siempre se reía mucho cuando veía eso y luego por las noches cogía el dominó que él tenía guardado en una caja de madera y me decía si yo me acordaba de jugar al dominó. Y yo sí me acordaba porque me había enseñado el tío Severo cuando yo era más pequeño. Entonces por las noches siempre estábamos jugando y luego pasaba que cuando el Zenón y yo íbamos a los bares el Zenón les decía a las personas si nosotros podíamos jugar con ellos y entonces a veces jugábamos. Jugar al dominó era muy fácil porque solo había que ver quién tenía los seises y los cincos y todo eso y ver por dónde iban a venir y entonces abrir o cerrar por los lados. Y siempre pasaba que la gente que jugaba con nosotros al principio se reía mucho y luego se enfadaban y decían que hacíamos trampas. Entonces el Zenón se enfadaba y nos íbamos.

Ya se cabrearon, Adrián, me decía el Zenón, ya se cabrearon. Y entonces por las noches ya no jugábamos más al dominó y tampoco jugábamos cuando íbamos por las tardes a los bares.

Venga, Adrián, decía el Zenón, vámonos al jardín. Y entonces los dos nos íbamos al jardín y nos sentábamos en un banco y las palomas venían en filita y haciendo rurrú. El Zenón les echaba migas de pan y se reía mucho.

¿Qué hambre, eh, Adrián?, decía. Anda que la ibas a armar pequeña si yo te dejara, ¿eh?

Venga, Adrián, decía el Zenón otras veces cuando ya era muy por la noche, vamos al observatorio. Y eso era que el Zenón y yo cogíamos dos sillas y nos íbamos andando para un sitio que estaba en lo alto y que por debajo se veían todos los coches que pasaban y también las luces de la ciudad grande. Entonces los dos nos sentábamos y el Zenón se ponía a fumar o a beber vino de una botella que él tenía y a decir muchas cosas de los coches y de la gente que iba por debajo.

Míralos, Adrián, me decía, son como hormigas. ¿No los ves, todos en fila? ¿No te acuerdas de que las hormigas van igual? Pues ellos también.

Ay, Adrián, decía después, se olvidaron. Se les olvidó la vida.

Trabajocasatrabajocasatrabajocasa, decía. Todo sin tiempo ni de respirar.

Para eso mejor ser planta que persona. Por lo menos te da el sol.

Si eres una planta grande, claro, decía, y se reía mucho y los dientes se le salían para fuera.

¿Me entiendes, Adrián?, decía, y yo le decía que sí y el Zenón se reía muy fuerte y decía que yo decía muy mal las mentiras.

Adrián, decía el Zenón, te voy a tocar. Y eso era que el Zenón empezaba a acercar la mano muy despacio y para mi cara y que entonces, cuando ya casi me iba a tocar, se paraba y se quedaba muy quieto.

Te has reído, cabrón, decía el Zenón, siempre te ríes.

También por las noches pasaba que a veces se veían las ambulancias que iban con las luces puestas y también a los coches de la policía.

 

Y ahora me acuerdo de que entonces pasó que un día estaba lloviendo todo el rato y que entonces vino un coche negro y muy grande y se puso al lado de la furgoneta azul. Y en el coche negro venía el Dimas y también el abogado calvo y también el Zenón. Y el Zenón estaba muy blanco y tenía una venda muy grande en el cuello. Todos se reían menos la Choni, que estaba allí llorando.

No llores, gorda, decía el Zenón, que está todo bien. Que no pasa nada.

 

¿Y por qué, decía la Choni cuando ya era de noche y ya el abogado y el Dimas se habían ido y la Choni y el Zenón estaban dentro de la furgoneta azul, no me dijiste nada del negocio?

¿Y para qué?, decía el Zenón, ¿para que empezaras con tu canción de que me iban a coger y me iban a meter para adentro y tú te ibas a buscar a otro?

¿Pero el coche te dio?

Qué va, decía el Zenón, solo lo tuve al lado y enseguida me tiré al suelo y me puse a gritar como si me mataran. Y de ahí, al hospital, con ambulancia y todo.

¿Y el conductor?

Pues también ahí, decía el Zenón, dando los papeles para el seguro.

¿Pero el conductor estaba conchabado o no?

Claro, gorda, ¿qué te crees? Nosotros somos profesionales.

Y cuánto vamos a sacar, dímelo.

Pues cinco o seis mil, según vaya.

¿Pero eso es seguro?

Eso dice el abogado.

Y entonces la Choni estaba muy contenta y los dos ahí ya se pusieron a hacer ruidos mucho rato.

En la ciudad grande había muchas calles. También muchos días estaba lloviendo. Y me acuerdo de que había una calle que era más larga y luego muchas por los lados que eran más pequeñas. Las farolas eran de color naranja y brillaban en los charcos de la lluvia. También había jardines, solo que por la noche no había nadie. La gente llevaba muchas ropas y bufandas y gorros.

Yo siempre estaba por las calles cuando era de noche. Iba por una y luego por otra. A veces andaba mucho rato. Luego volvía y me quedaba en un jardín con césped que había cerca de la furgoneta azul. En el jardín había bancos y árboles y también unos sitios que se quedaban más oscuros. Yo me metía en esos sitios y me tiraba en la hierba a jugar que yo veía a la gente y que yo oía lo que decían. También se oía a los coches que pasaban y también a las personas y a las ratas y a los ratones que iban por la hierba. Los ratones y las ratas se paraban y me miraban. Tenían los ojos rojos. Les brillaban en lo oscuro.

También a veces yo me iba arrastrando por el suelo y por en medio de las flores y entonces me ponía cerca de los bancos del jardín y oía cómo la gente decía cosas.

A veces venían dos hombres a los bancos. Ahí se ponían a hablar de cosas de dinero. A veces venía un muchacho y una muchacha y también hablaban. Luego se ponían a darse besos y a hacer ruidos como hacían el Zenón y la Choni. Cuando el chico le tocaba las tetas a la chica entonces a mí se me ponía grande la culebra.

 

También muchas veces venían unos chicos y unas chicas. Ellos se ponían en un banco y a hablar y a fumar y a comer pipas y a beber cocacolas. Siempre estaban mucho rato. Yo los miraba.

Los chicos y las chicas siempre venían los últimos. Después se iban. Entonces todo se quedaba muy callado. Los árboles crujían y también las farolas. Se oían las campanitas de los semáforos y también a unos pájaros que gritaban muy fuerte pero que yo no sabía dónde estaban. A veces pasaban unos hombres con unas máquinas que hacían mucho ruido y que mojaban las aceras y también a veces unos hombres que iban pegando unos papeles en las paredes. A veces llovía mucho y entonces yo jugaba a que corría muy deprisa y que entonces me caía en un charco. Otras veces yo me sentaba en el banco donde se habían sentado los chicos y las chicas y me bebía el poco de cocacola que se habían dejado en el banco y me comía las cáscaras de las pipas que habían tirado al suelo. Otro día pasó que los hombres que iban pegando papeles arrancaron un montón de papeles de colores de una pared y lo dejaron al lado del sitio donde se tiran las basuras. Entonces yo estuve cogiendo el papel y haciendo pelotas y luego comiéndomelo. Y pasó que por la mañana otra vez me dolía la barriga y todo el rato tenía las tripas quemándome y volviéndoseme del revés.

Siempre igual, Adrián, decía el Zenón cuando ya era de día y él me estaba mirando y estaba muy triste, siempre igual.

Las chicas olían a pan. Yo las olía desde donde yo estaba en lo oscuro. Ellas venían todas las noches con los chicos. Siempre estaban hablando y gritando y jugando con sus teléfonos. A veces ponían música. Yo miraba más a las chicas que a los chicos. Ellas eran guapas. También había un chico y una chica que siempre estaban dándose besos y tocándose por el culo y por el cuello. Yo siempre estaba muy quieto y en lo oscuro para que ellos no me vieran y no se enfadaran, pero luego pasó que una de las chicas empezó a decir que yo estaba allí.

Ahí hay alguien, decía todo el rato, en las flores.

Entonces los chicos vinieron para donde yo estaba y me vieron y empezaron a gritarme y a empujarme y se querían pelear conmigo. Y yo no quería pelearme porque el Zenón siempre me decía que no me peleara y entonces pasó que vino una de las chicas y dijo que no me pegaran.

Yo lo conozco, decía, es el Adrián. Es el cuñado de la Choni, que va a la compra con mi madre.

Es bueno, decía.

Y como ella lo decía entonces los otros chicos ya no me querían pegar y me dijeron que me fuera y yo me fui otra vez por lo oscuro y otra vez me metí y me puse a mirarlos.

 

Ven, Adrián, me decían las chicas, ¿quieres pipas? ¿Quieres cocacolas? Vente, Adrián, me decían.

Y entonces pasó que dos de las chicas vinieron a donde yo estaba y empezaron a decirme cosas.

Ven a comer pipas, Adrián, decían todo el rato. Ellas olían a pan y a colonia y no me querían tocar y entonces yo me fui con ellas.

Toma, me decían. Y yo comía pipas y cocacolas.

Y la chica que su madre iba a comprar con la Choni se llamaba Beatriz. Ella era la que más olía a pan. Yo siempre me sentaba a su lado en el banco. Ella olía también un poco como la Rosana Cifuentes. Siempre estaban yendo a la tienda que era de los chinos a comprar todas las cosas y a mí siempre me daban.

 

Yo iba todas las noches a estar con ellos. Y pasó que una noche yo estaba con ellos y entonces vino el Zenón y se puso a hablar mucho rato con los chicos y las chicas.

El Adrián es bueno, les decía, no hace nada malo. Solo que no puede hablar. Y que no le gusta que le toquen. Así que si queréis tocarlo entonces le tenéis que pedir permiso. Y si vais a hablarle y él no os mira tenéis que decírselo muchas veces.

Porque él es muy cabrón para sus cosas, y los chicos y las chicas se reían.

Y lo entiende todo, ¿eh?, decía.

El Zenón estuvo entonces mucho rato más hablando con los chicos y con las chicas y luego ya me dijo que nos íbamos a casa y yo me fui con él a la furgoneta azul.

Adrián, me decía el Zenón, no hagas ninguna de las tuyas, ¿eh? Y no te pelees. Y me acuerdo de que, al otro día, cuando ya era otra vez por la noche, entonces vino y me dio un dinero.

Toma, decía, para que no digan que los Zárate son unos gorrones.

Y ese dinero era para que los chicos y las chicas compraran más cocacolas y más pipas. Yo se lo di a Beatriz y los dos fuimos a la tienda que era de los chinos y compramos muchas cosas.

 

Beatriz era más pequeña que yo y tenía el pelo negro y las tetas más pequeñas que las de la Choni. Siempre iba vestida con un chándal que era rosa o blanco y tenía las uñas y los ojos pintados de negro. Yo siempre me sentaba a su lado en el banco. Por las noches me iba por todas las calles y para el jardín y me sentaba en el banco y allí esperaba a que vinieran los chicos y las chicas. Y a veces pasaba que yo estaba allí mucho rato hasta que venían y otras veces pasaba que no venían todos sino que solo venían tres o cuatro o cinco. A veces también pasaba que no venía ninguno y que yo me quedaba allí y no me movía hasta que se hacía de día y entonces ya me iba otra vez para la furgoneta.

 

Y un día pasó que por la tarde y luego por la noche había estado lloviendo muy fuerte y que luego yo me había ido al banco de los chicos y que en el banco solo estaba Beatriz. Estaba llorando. Y como estaba llorando entonces yo me quedé en lo oscuro pero ella me vio y empezó a decir cosas.

Adrián, ven, decía, no te quedes ahí, que me pones nerviosa. Siéntate a mi lado.

Beatriz olía como la Rosana Cifuentes. Ella decía muchas cosas.

Yo tenía un novio, decía, se llamaba Ramón. ¿Sabes qué me hizo? Se lió con la Sara. ¿Sabes quién es la Sara?

Y yo le decía que no.

La Sara es mi prima. Se fueron a una fiesta y se pusieron a enrollarse delante de todos. Como si yo fuera una mierda, ¿entiendes? La Sara es una puta, decía. Y ahora el Ramón ha pasado de mí.

Mira, decía, mira el mensaje que me ha mandado el cabrón. Y entonces ella me enseñaba el teléfono en el que había unas cosas escritas y otra vez se puso a llorar y a sonarse los mocos con un pañuelo de papel.

Adrián, decía luego, te estoy dando la noche. Mejor vamos a la tienda. Y entonces los dos nos íbamos a la tienda que era de los chinos y compramos cosas y otra vez nos sentamos en el banco.

¿Y tú, decía, no tienes novia? Y yo le decía que no y ella se reía.

Pues es una pena, decía, por lo menos tú eres bueno.

Y luego me acuerdo de que Beatriz estuvo diciendo más cosas solo que no me acuerdo bien de las cosas que decía. Eran de sus padres que le gritaban y que en el colegio la suspendían y que todas las cosas eran una mierda.

 

¿A que tú, decía Beatriz, nunca me engañarías, Adrián? ¿A que tú no me dejarías tirada? Yo sé que no. Porque tú no eres un cabrón. Tú eres bueno.

¿Alguna vez, me decía, has besado a una chica? Y yo le decía que no y ella se reía mucho y entonces se ponía a hablar de otras cosas.

Adrián, decía luego, te voy a tocar, ¿me dejas? Y yo la dejaba y ella me tocaba por el pelo y por la cara.

¿De verdad que nunca has besado a una chica?, decía. Y yo le decía que no y otra vez ella se reía.

Ven, decía, vamos a probar. Pero tienes que dejar que me acerque, Adrián, decía, que esto es de estar juntos.

Entonces Beatriz se puso muy cerca de mí y olía mucho como la Rosana Cifuentes. No te voy a hacer daño, Adrián, decía, y entonces su cara estaba al lado de la mía y empezamos a darnos besos. Beatriz se reía mucho. Abre la boca, decía, y yo abría la boca y entonces ella me daba más besos y me metía la lengua por dentro.

Y de esa parte me acuerdo pero no me acuerdo bien de las cosas. Me acuerdo de que hacía mucho calor y de cómo olía Beatriz. También que a mí se me puso la culebra muy grande y que entonces yo quise tocarle las tetas a Beatriz como hacía el Zenón con la Choni. Entonces Beatriz dijo que no y dejó de darme besos.

No te embales, Adrián, decía.

Y también me acuerdo de que después ya no seguimos dándonos besos y que ella se reía mucho y todo el rato estaba diciendo cosas.

Vaya con el tontito, decía, qué manos más largas.

 

Mira, decía Beatriz, mira lo que me ha escrito el cabrón del Ramón. Y otra vez me enseñó el teléfono con las cosas escritas y otra vez se ponía a llorar mucho y a decir cosas malas del Ramón y de la Sara.

Yo tengo, decía, en mi casa unas pastillas que te las tomas y te mueres. Me las voy a tomar, Adrián, estoy harta. Ya verás como me las tomo, entonces se darán cuenta.

¿O a lo mejor sabes lo que hago? Se las pongo a la puta de la Sara en la comida. O al Ramón. Que se mueran, decía. Ni me importa.

Y otra vez se ponía a llorar muy fuerte.

Ven, decía luego, cuando ya no estaba llorando. Ven que te enseñe a besar. Y entonces otra vez nos dábamos besos y a mí se me ponía la culebra muy grande y otra vez le tocaba las tetas y ella se apartaba.

Que no, decía, eso no.

Adrián, decía después, si yo te dijera que mataras al Ramón, ¿tú lo harías por mí? Y yo la miraba y al final le decía que sí porque yo sabía que ella quería que yo le dijera que sí. Entonces, cuando yo decía eso, ella se reía mucho y luego me miraba mucho y otra vez empezábamos a darnos besos muy fuerte.

En serio, Adrián, decía ella otra vez, ¿lo harías o no?

Y yo le decía que sí.

Sí, decía ella mirándome mucho, eres lo bastante raro como para hacerlo.

 

Y un día pasó que yo estaba en el banco con Beatriz y que entonces vino una moto negra con un chico que era muy alto. Y la moto aparcó al lado del banco y el chico se puso a decirle muchas cosas a Beatriz.

¿Quién es este?, decía el chico.

Es el Adrián, decía Beatriz.

¿Y qué hace aquí?

Hace que es mi amigo.

Pues que se vaya.

Pues no se va.

¿Es que ahora te acuestas con subnormales?, decía el chico.

Adrián no es subnormal, decía Beatriz. Es mudo.

Eh, subnormal, vete de aquí.

Todo el rato el chico me estaba mirando mucho y con los ojos negros. Yo no lo veía ni lo oía.

Mejor vete tú, le decía Beatriz al chico, aquí no haces nada.

Dile que se vaya, decía el chico.

Y Beatriz y el chico estaban todo el rato hablando y diciendo cosas y entonces pasó que Beatriz empezó a decir que el chico se llamaba Ramón. Entonces yo me puse muy triste porque yo no me quería pelear y porque yo sabía que si yo mataba al Ramón entonces el Zenón se iba a enfadar mucho y me iba a pegar con la correa muy fuerte.

Lárgate, imbécil, decía el Ramón. ¿Cómo es que aún estás aquí?

Que estoy hablando con la Beatriz y molestas, decía, y todo el rato él estaba oliendo mucho a colonia y también como los jardines.

 

Y ahora me acuerdo de que entonces pasaron muchas cosas. Y eso fue que yo me tiré encima del Ramón y a pegarle y haciendo mucho ruido con la boca. Y me acuerdo de que el Ramón se cayó al suelo y que estaba todo el rato muy asustado y gritando muy fuerte. También me acuerdo de que Beatriz estaba llorando. Yo le quería morder al Ramón pero él no me dejaba. Entonces yo lo mordía por las manos y también por la cazadora y por la ropa que él llevaba. También le daba muchos puñetazos y lo agarraba de una oreja y le tiraba muy fuerte.

Seguir: parte 3 de 4