Lobisón
Capítulo I
Este capítulo es largo, así que está dividido en 4 partes.
¿Y ese quién es?, decía el nombre.
Ese es el Adrián, decía la Choni. No hace nada malo.
¿Y siempre está aquí?
Siempre. No se mueve de aquí nunca.
¿Y cómo se ha hecho eso en la mano?
Se cayó en el río. Había una lata, decía la Choni.
Y pasaba que el muchacho había venido andando para donde yo estaba y que ahora estaba a mi lado. Todo el rato me miraba pero yo no lo miraba ni lo oía. Tenía la cabeza grande y las cejas grandes y los ojos pequeños. Olía a botas sucias y tenía la piel muy roja.
¿Cómo te has hecho eso?, me decía, pero yo no lo oía.
Es mudo, decía la Choni, y el muchacho y el hombre se miraban mucho todo el rato.
Y me acuerdo de que ese día luego se hizo por la noche y que entonces la Choni se fue a dormir. Yo estaba fuera de la furgoneta azul con Compañero y contando mis cosas de mi bolsa. Se oía mucho a los grillos y también al río. Yo conté las cosas de mi bolsa veintiuna veces. Y pasaba que siempre, cuando yo terminaba de contarlas, entonces me quedaba mirando para el camino por donde se habían ido el muchacho y el hombre. Entonces yo me levantaba y me iba para el camino y ahí me quedaba mirando mucho rato y otra vez me volvía a la furgoneta y me ponía a contar mis cosas. Todo el rato estaba así. Primero para el camino y luego para mis cosas. Y eso era porque yo sabía que alguna cosa mala iba a pasar. Entonces yo me quité la venda de la mano y empecé a clavarme las uñas en los agujeros que yo tenía hasta que me empezó a salir sangre. La sangre era muy negra y yo tenía el corazón en las manos y en la boca.
Entonces cogí a Compañero en brazos y me fui al río y pasé al otro lado y ahí lo dejé. Después otra vez me vine andando para el río y me tiré por las cañas. Todo el rato yo estaba mirando para el camino y también sabiendo que algo iba a pasar. Entonces yo vi que venía un coche.
El coche venía por la carretera y luego por el camino. Entonces apagó las luces y se bajaron tres personas. Y las tres personas llevaban escopetas y olían a vino y venían andando y sin hacer ruido. Una de las personas era el muchacho que había estado con el perro negro y también con el hombre.
Todo el rato yo los veía. Ellos se paseaban por donde estaba la furgoneta azul y también por el sitio que yo había estado por la mañana. Estaban muy enfadados. Entonces empezaron a tirar todas las sillas y la mesa y a romper las botellas y todas las cosas que había fuera de la furgoneta azul.
Puta, decían, ¿dónde está el mudo?
Danos al mudo, decían.
Y todo el rato cuando estaban haciendo eso entonces también estaban dando golpes en la furgoneta azul y también asomándose por las ventanas y también rompiendo los cristales y las ruedas. También se oía a la Choni que estaba dentro de la furgoneta y gritando mucho.
El mudo no está dentro, decía uno.
Entonces los muchachos cogieron las escopetas que ellos tenían y empezaron a dispararle a la furgoneta azul. Le dispararon muchas veces. Todo el rato se oía el ruido de los tiros y cómo los tiros le daban a la furgoneta. Luego, cuando ya no le dispararon más a la furgoneta, se fueron andando para donde yo estaba en las cañas y ahí estuvieron viendo si yo estaba y también diciendo muchas cosas malas. Y entonces no me vieron y otra vez se fueron para el coche y luego por la carretera.
Por la mañana todo el rato la Choni estaba hablando por el teléfono. También luego vino el Paco, que era el amigo del abogado calvo, y otra vez los dos estaban todo el tiempo hablando con el Zenón y también con otras personas. No había nada para comer y yo no los miraba ni los oía y solo estaba contando mis cosas de mi bolsa. Después dejé de contarlas y me fui al río y lo pasé y cogí a Compañero y otra vez lo traje para la furgoneta azul. La Choni me miraba todo el tiempo y también lloraba y tenía sangre por las piernas. También el Paco me miraba mucho.
¿Qué hago?, decía todo el tiempo la Choni, ¿llamo a la policía o no?
Mejor no, decía el Paco.
¿Y si vienen otra vez?
No van a venir, decía el Paco.
¿Cómo lo sabes?, decía la Choni.
Porque lo que han hecho es muy gordo, decía el Paco, y se pensarán que hemos llamado a la policía.
Luego el Paco y la Choni se pusieron a coger todas las cosas que había por el suelo y el Paco entonces se fue y la Choni se puso a curarse la sangre que ella tenía.
Cabrones, decía todo el tiempo. Malditos cabrones. Y luego se metió dentro de la furgoneta azul y sacó la escopeta del Zenón y empezó a limpiarla y también a ponerle cartuchos.
A ver, decía, si venís otra vez esta noche.
Adrián, me decía luego, Adrián, mírame. Y entonces yo la miraba.
Adrián, decía, ¿por qué te llevaste a Compañero al otro lado del río? ¿Es que tú sabías que iban a venir? ¿Y si tú lo sabías por qué no lo dijiste?
Y después se hizo de noche y otra vez la Choni me estaba mirando mucho y otra vez empezó a decirme que la mirara y yo la miré.
Adrián, me decía, ¿tú hiciste lo del perro?
Y yo le decía que no y ella se reía mucho.
El Zenón, decía, tenía razón. Dices muy mal las mentiras. Si llevas el tiro en la mano.
Ven, Adrián, decía la Choni por la mañana, vamos a curarnos. Y eso era que ella me curaba los agujeros que yo tenía en la mano y después ella se curaba las heridas que tenía de los cristales de la furgoneta azul. La Choni siempre me quitaba la venda y luego me daba con el algodón y con otras cosas que eran de curar. Y a mí la mano algunos días sí me dolía y otros no y a veces me salía una cosa blanca que olía a queso.
Y siempre pasaba que cuando la Choni me estaba curando entonces yo siempre estaba mirándole las tetas y acordándome de cuando se las había cogido en el río y que entonces otra vez la culebra se me ponía muy grande y la Choni se reía.
Adrián, decía entonces la Choni, vamos al río. Y entonces los dos nos íbamos al río y la Choni se quitaba los trapos rojos que le tapaban las tetas y ahí se tumbaba y tenía las tetas muy grandes y yo se las veía todo el rato. Y la Choni ahí pasaba que se quedaba como durmiendo y que entonces se levantaba y me miraba y se reía.
Ven, Adrián, decía, ven a mi lado.
¿Te gustan mis tetas, Adrián?
Ven, Adrián, decía después, quítate eso.
Entonces ella siempre me agarraba la culebra y yo le agarraba las tetas. Y las tetas de la Choni eran muy grandes y estaban muy calientes y ella se reía mucho cuando yo se las cogía.
Y por las noches siempre pasaba que la Choni estaba primero fuera de la furgoneta azul y sentada en una silla y oyendo la música de la radio y mirando sus tebeos con fotografías y que luego ya se iba para dentro de la furgoneta y a dormir. Pero entonces una noche pasó que la Choni estaba bebiendo cerveza y que luego salió de la furgoneta y se vino para donde yo estaba.
Adrián, decía, mírame, y entonces yo la miraba.
Adrián, decía, vente conmigo a la furgoneta. Entonces yo me levanté y me fui a la furgoneta con ella.
Adrián, decía la Choni, quítate la ropa.
Adrián, decía, ahora va a pasar que te voy a tocar mucho. ¿Tú me vas a dejar? Y yo le decía que sí. Entonces la Choni se quitó toda la ropa y entonces empezó a tocarme por todas partes y a darme besos muy despacio y también a agarrarme la culebra.
¿Te gusta, Adrián?, decía ella, y yo le agarraba las tetas muy fuerte y también el culo.
Tienes que estar tranquilo, Adrián, decía la Choni, ya verás. Tú déjame a mí.
Y luego pasó que ella tenía una cosa ahí abajo que olía muy fuerte y que luego yo hice lo que hacía el Zenón cuando el Zenón y la Choni se ponían a hacer ruidos. Y también pasó que entonces la Choni empezó a decir muchas cosas y muchas palabrotas y luego a gritar como si le estuvieran haciendo daño pero no era daño lo que tenía.
Después todo se hizo amarillo como cuando yo jugaba con mi culebra solo que de una forma diferente y entonces la Choni se puso a oler más fuerte y luego se quedó como durmiendo.
Adrián, no te vayas, me decía la Choni, quédate aquí. Y entonces primero yo no me iba pero luego pasaba que la Choni se dormía y que entonces yo me salía de la furgoneta y ya me ponía a dormir con Compañero.
Y con el Zenón pasaba que, cuando él iba a hacer ruido con la Choni, él siempre se ponía una cosa de plástico en la culebra. La Choni siempre me decía que yo también tenía que ponerme una, solo que pasaba que todas las cosas de plástico que la Choni tenía a mí me estaban pequeñas y que no me las podía poner. Eso a la Choni le hacía reírse mucho y nunca me la soltaba. Ven, Adrián, decía siempre, y entonces nos poníamos a hacer ruidos. Luego la Choni se quedaba como durmiendo y yo me iba para fuera de la furgoneta azul con Compañero y mis cosas de mi bolsa y mis tebeos. Y yo estaba así mucho rato hasta que pasaba que otra vez venía la Choni.
Ven, Adrián, me decía. Ven a la furgoneta. Y entonces otra vez yo iba.
La Choni, cuando estábamos haciendo ruidos, siempre estaba diciendo cosas de lo que yo tenía que hacer. Yo le hacía caso.
Más deprisa, Adrián, decía.
No pares, Adrián, decía.
Entonces ella siempre se ponía a gritar muy fuerte y también a decir muchas palabrotas y también a insultar. Solo que no eran insultos malos porque ella no estaba enfadada de verdad ni eran insultos de verdad. Luego otra vez pasaba que yo estaba fuera con Compañero o con mis tebeos y que otra vez venía la Choni para que hiciéramos ruidos.
Adrián, decía la Choni, Adrián, mírame. Y yo la miraba.
Adrián, me decía, ¿tú entiendes que esto de estar así follando es solo mientras el Zenón esté en el hospital?
¿Entiendes eso?, y yo le decía que sí y ella me miraba.
Porque, Adrián, decía ella, si luego cuando esté aquí el Zenón tú vienes y me coges las tetas entonces el Zenón se va a enfadar mucho y te va a pegar. ¿Tú quieres que el Zenón te pegue? Y yo le decía que no y otra vez la Choni se me quedaba mirando mucho.
Menos mal, decía, que por lo menos eres mudo.
Y siempre por las noches la Choni estaba diciendo muchas cosas. Y esas cosas eran del Zenón y de sus amigas y de lo que iba a pasar cuando el Zenón saliera y le dieran el dinero y tuviéramos una casa.
Te haremos una habitación para ti, Adrián, decía. Una sin techo, como a ti te gusta. Y luego otra vez me miraba mucho tiempo y otra vez empezaba a decir cosas.
¿Es verdad que una vez te comiste a un bebé?, me decía. Y yo le decía que no.
¿Es verdad que una vez mataste un montón de ovejas y le comiste la cara a un chico? Y yo le decía que no.
¿Es verdad que una vez le jodiste un brazo a tu hermano Rogelio? Y yo otra vez le decía que no.
Adrián, me decía la Choni cuando habíamos estado haciendo ruidos, ¿a mí tú me comerías si yo te lo pidiera?
Y yo le decía que no y entonces la Choni se reía mucho.
No, Adrián, tienes que decir que sí, ¿no lo entiendes? Es un cumplido. Vamos a probar otra vez. Adrián, decía, ¿tú a mí me comerías si yo te lo pidiera?
Y yo le decía que no y otra vez la Choni se reía.
Sí, decía después, mejor que no. Visto lo visto.
Y con la Choni pasaba que un día estábamos haciendo ruidos al lado del río y que entonces vimos que venía un coche por el camino. Entonces la Choni me dio una patada y empezó a ponerse toda la ropa.
Vístete, Adrián, me decía.
Y luego ella se fue corriendo para la furgoneta azul. Y en la furgoneta azul pasaba que allí estaba el Paco, que era el amigo del abogado calvo, que había traído cosas para comer. Y yo me acuerdo de que todo el rato el Paco miraba a la Choni y también a mí y que luego se fue en el coche. Luego, cuando ya era por la noche, la Choni estaba bebiendo muchas cervezas y después otra vez nos pusimos a hacer ruidos.
¿Tú qué crees, Adrián, decía la Choni, que el Paco se ha dado cuenta o que no?
Porque no me gusta cómo me miraba.
Para mí que se lo huele, decía.
Adrián, me decía después, acuérdate. Cuando venga el Zenón, nada de nada, ¿eh?
Y luego un día pasó que estábamos la Choni y yo haciendo ruidos y que se abrió la puerta de la furgoneta y era el Zenón que ya estaba fuera del hospital.
Puta, gritaba el Zenón todo el rato. Y eso se lo decía a la Choni y también otras cosas malas.
Una puta, decía, eso es lo que eres.
Y primero había pasado que la Choni había dado un grito muy fuerte y que entonces el Zenón se había metido en la furgoneta azul y había empezado a pegarnos a los dos. Le pegaba más a la Choni. Con puñetazos y también con patadas. Después la agarró por el pelo y la sacó fuera de la furgoneta y empezó otra vez a darle puñetazos y muchos golpes.
La Choni, a veces, se quería levantar pero entonces otra vez el Zenón le pegaba muy fuerte y la Choni se caía al suelo. Y la Choni tenía sangre por la nariz y también por la cara y gritaba muy fuerte que no y que no y el Zenón no le hacía caso.
Ahora te vas, decía el Zenón todo el rato, ahora te vas y no vuelves.
Entonces el Zenón se fue otra vez para dentro de la furgoneta y empezó a coger todas las cosas de la Choni y a tirarlas fuera y por el suelo. Y ahí estaban los vestidos y los pantalones y las bragas de la Choni. Y el Zenón algunos los tiraba al suelo y otros los rompía. La Choni lloraba todo el rato. Entonces el Zenón cogió la escopeta, que estaba dentro de la furgoneta azul, y se la puso en la cara y señaló para donde estaba la Choni.
Vete, decía, vete o te juro que salimos en el telediario.
Y entonces pasó que la Choni se levantó y cogió un poco de ropa que había por el suelo y que entonces se fue por el camino.
Adrián, me decía el Zenón, tú eres un cabrón. Tú eres un cerdo. Y todo el rato me estaba pegando y también insultando y diciendo muchas cosas malas. Vete, vete de aquí, que no quiero volver a verte nunca.
Vete, Adrián, me decía, y se ponía otra vez la escopeta en la cara y me señalaba, vete o te juro por mis muertos que te mato.
Entonces pasó que yo me fui para el río y ahí me tiré por donde estaban las cañas. Me acuerdo de que hacía mucho calor y que había muchos saltamontes. A veces yo me asomaba un poco por las cañas y miraba para donde estaba el Zenón y la furgoneta azul. El Zenón estaba todo el rato gritando y sacando las cosas que eran de la Choni y tirándolas al suelo y rompiéndolas. Entonces pasó que por el camino empezó a venir otra vez la Choni. Y la Choni iba casi desnuda y estaba cogiendo las camisas y los pantalones que estaban tirados por el suelo.
Que te vayas, puta, gritaba el Zenón.
Empezó a tirarle piedras y después cogió otra vez la escopeta y se fue corriendo detrás de ella. La Choni también se puso a correr y se fue por el camino. Entonces el Zenón vino otra vez y siguió tirando cosas y rompiéndolas y luego ya se hizo de noche.
Y por la noche pasó que el Zenón hizo un fuego muy grande y que se puso a coger las cosas de la Choni que había por el suelo y a tirarlas todas al fuego. Todo el rato yo lo miraba desde donde estaban las cañas. Después el Zenón hizo de cenar. También le dio de comer a Compañero. Yo lo miraba pero no salía porque el Zenón me había dicho que me fuera y también porque él estaba muy enfadado. Y también pasó que luego el Zenón cogió las botellas de vino y de cerveza y se sentó en una silla y se puso a bebérselas y a fumarse muchos cigarros. Luego ya se levantó de la silla y se fue dentro de la furgoneta azul y ya se puso a dormir. Y pasó que cuando el Zenón ya estaba durmiendo entonces yo me fui de donde yo estaba por las cañas y empecé a coger los chorizos y la carne que el Zenón no se había comido de la cena. Y yo me los comí todos y luego cogí mi bolsa con mis cosas y las estuve contando muy poco rato y hasta que yo me tiré debajo de la furgoneta azul y con Compañero y ya me dormí.
Adrián, me decía el Zenón cuando nosotros estábamos al lado de la furgoneta azul, tú no puedes hacer estas cosas. Esas cosas que tú haces no se hacen.
Porque, Adrián, las mujeres son de cada uno. Así que tú no puedes acostarte con la mujer de otro. Y menos si el otro es tu amigo, Adrián. O tu hermano. Porque, ¿sabes qué pasa?, decía, que entonces el otro se enfada, Adrián, porque eso no está bien.
Pero, de todas maneras, decía después el Zenón, tú tienes que perdonarme. Porque yo me enfadé y te pegué. Y yo no tengo que pegarte. Además, lo que pasó yo sé que no es culpa tuya.
Yo sé, decía, que fue culpa de la Choni, porque tú no entiendes y no tienes maldad para esas cosas. Así que la Choni lo que ha hecho ha sido aprovecharse. Adrián, me decía, ¿entiendes lo que te digo?
Y yo le decía que sí.
Bueno, pues ya lo sabes. Así que la próxima vez que hagas algo de eso cojo un cuchillo y te corto la culebra, ¿entiendes? Y otra vez yo le decía que sí y entonces el Zenón ya me decía que yo le llevara mis tebeos de Spiderman y de Batman y entonces él me los estaba contando mucho rato.
Y me acuerdo de que cuando ya la Choni no estaba entonces pasaba que el Zenón estaba todo el rato sentado en una silla y al lado de la furgoneta azul y hablando por el teléfono con el abogado calvo y con el Paco. También él estaba siempre bebiendo mucho vino y mucha cerveza y fumando muchos cigarros y diciendo muchas cosas de las cosas que pasaban y de las que iban a pasar y también de la Choni.
La Choni, me decía, no era más que una puta gorda, Adrián.
Además de una desagradecida. Nosotros, decía, estamos mejor sin ella.
Iba a pasar de ella, Adrián, como te lo cuento. Y buscarme otra, decía, una menos jodida.
¿Y sabes también lo bueno, Adrián?, decía el Zenón, que ahora el dinero no es mío y de la Choni sino que es mío y tuyo y de nadie más. Somos los Zárate nada más, Adrián, ¿te das cuenta?, sin que esté nadie aquí en plan mosca cojonera y jodiéndonos.
Adrián, me decía, ¿tú quieres una casa? Pues yo tampoco.
Así que no hay casa, Adrián, sino que nos vamos a comprar una furgoneta mejor que la azul y entonces nos vamos a poner a hacer negocios. Pero negocios bien, Adrián, no sirias de mierda. Ya verás. Los vamos a coger a todos por los huevos, y entonces se reía mucho.
Y el Zenón todo el rato seguía bebiendo cerveza y vino y cuando se hacía de noche olía muy fuerte a cerveza y a vino y entonces me miraba y se reía mucho.
Así que al final, me decía, sí que usaste tu superpolla, ¿eh? Ah, cabrón, cómo me alegro por ti, y luego empezaba a decir muchas cosas de las tetas y del culo de la Choni y entonces otra vez se reía mucho.
También pasaba que a veces el Zenón se quedaba mirando para la furgoneta azul que estaba con las ruedas rotas y llena de tiros y movía mucho la cabeza y decía necesitamos un coche, Adrián. También pasaba que algunas veces venía el Paco, que era el amigo del abogado calvo, y traía muchas cosas y también que otras veces el Zenón se iba con él al pueblo y ya volvía cuando era por la noche.
Entonces un día vino el Miguel en un coche blanco. Él era amigo del Zenón y también muy alto y con las manos grandes. También traía mucha cerveza y muchas cosas para comer. Él y el Zenón estaban siempre sentados al lado de la furgoneta azul y hablando y bebiéndose las cervezas. También nos daban de comer a Compañero y a mí. Él no era mi amigo. Por las noches se iban el Zenón y él en el coche blanco y luego venían oliendo mucho a vino. Siempre estaban riéndose y durmiendo por las mañanas. La furgoneta azul olía muy mal. También a veces se iban por el día y ya no venían hasta el otro día y en la furgoneta no había nada para comer.
Y también pasaba que un día vinieron con unas mujeres y riéndose mucho los cuatro y dando muchos gritos y oliendo muy fuerte a vino. Entonces los cuatro se quitaron toda la ropa y se fueron al río. Yo los miraba desde las cañas y a las mujeres se le veían las tetas. Entonces ellos también me vieron y se pusieron a gritar y el Zenón se enfadó mucho y me dijo que yo me fuera y yo me fui. Luego los cuatro se pusieron a hacer ruidos todos juntos.
¿Y ese quién es?, decía una de las mujeres. Y ella era muy alta y tenía todo el pelo amarillo. También olía mucho a vino y a cigarros. La mujer estaba sentada al lado de la furgoneta azul y al lado del Miguel. El Miguel estaba en calzoncillos y el sol le daba en las piernas blancas y llenas de pelos.
Ese es el Adrián, decía el Miguel.
¿Y qué es, subnormal o algo?, decía la mujer.
Es subnormal, mudo, mirón y además cabrón.
¿Y quién es?
Es el hermano del Zenón, decía el Miguel, el orgullo de la familia.
Joder, decía la mujer del pelo amarillo, ¿y para qué le sirve?, y entonces los dos echaban las cabezas para atrás y se reían mucho.
Y las dos mujeres siempre estaban allí al lado de la furgoneta azul y también el Miguel. Ellas siempre estaban riéndose y hablando con el Zenón y también yéndose en el coche blanco y viniendo cuando ya era otra vez por el día. Entonces siempre estaban muy cansados y se metían dentro de la furgoneta a dormir. Dentro de la furgoneta azul estaba todo lleno de botellas y de cosas tiradas por el suelo y de mierda. También olía muy fuerte a vino y a tripas vueltas del revés. Yo algunas veces me iba a la furgoneta y me asomaba por la puerta y entonces cogía pedazos de carne o de pizza que había por el suelo y luego me los comía. También le daba a Compañero. Y me acuerdo ahora de que siempre pasaba que si el Zenón o el Miguel me veían haciendo eso entonces me tiraban cosas o me gritaban y me miraban con los ojos negros.
También a veces pasaba que había comida encima de las mesas o de las sillas.
Y ahora me acuerdo de que un día pasó que el Miguel estaba al lado de la furgoneta azul y comiéndose una pizza y que yo lo miraba. Entonces el Miguel empezó a reírse.
¿Qué pasa, mudo, decía, quieres pizza? Ven, mudo.
Y primero yo no iba pero luego sí y entonces el Miguel iba a darme el trozo de pizza pero pasó que se le cayó al suelo y se llenó de tierra.
Qué torpe eres, mudo, decía el Miguel, y se reía.
Ven, decía, te doy otro. Y entonces otra vez él me iba a dar un trozo de pizza y otra vez pasó igual.
Y me acuerdo de que pasó que entonces yo iba a coger los trozos de pizza del suelo y que entonces el Miguel se puso a reírse y los pisó con el zapato y los rompió. Y pasaba que entonces ya no se podía comer y que el Miguel se fue para el río y riéndose mucho todo el rato.
Y cuando el Miguel y el Zenón se iban entonces pasaba que al lado de la furgoneta azul no había nada para comer. Yo me iba para el río y lo cruzaba y allí había muchos saltamontes y muchos escarabajos. Yo los cogía y me los comía. También cogía lagartijas y también por la noche cogía ranas. Con el pincho los pelaba y entonces me los comía. También le daba a Compañero. Compañero estaba muy cansado y no se movía del sitio. También tenía los ojos más pequeños y más para adentro y llenos de aceite.
Luego una tarde pasó que empezó a llover muy fuerte y que entonces yo metí a Compañero debajo de la furgoneta azul y yo me tiré a su lado. Luego se hizo de noche y yo me dormí. Y cuando yo estaba durmiendo entonces se me vino una cosa a la cabeza. Y esa cosa era que todas las cosas de mi bolsa estaban en fila y en un charco y que también estaba el reloj que me había roto el muchacho del chándal blanco que olía a chicle de fresa. El reloj hacía tactactac y estaba dentro de Compañero. Y también ahí estaba el Zacarías Zárate. El Zacarías Zárate estaba vestido con la chaqueta que era del bisabuelo Eusebio y tenía la cara muy blanca y como de muerto y también las manos muy blancas. Todo el rato me decía cosas. Esas cosas eran que yo no me llamaba Benito sino que me llamaba Adrián y que yo tenía el demonio dentro y que yo tenía que tener un hijo con la Rosana Cifuentes. También me acuerdo de que el Zacarías Zárate me quería abrazar y que él estaba muy frío todo el tiempo.
Ven, Adrián, me decía, que yo te saco el demonio de dentro.
Y entonces pasó que yo me desperté y que Compañero todavía estaba a mi lado pero ya estaba todo frío y oliendo muy a dulce y a moscas.
Cuando se hizo de día ya no estaba lloviendo y había muchos pájaros en los árboles. Todo el rato yo estaba contando mis cosas de mi bolsa. Yo las contaba y luego las guardaba en la bolsa y luego otra vez las sacaba y las contaba y las ponía en la bolsa. Yo las conté cuarenta y ocho veces y hasta que fue por la tarde y vino el coche blanco con el Zenón y el Miguel.
Adrián, me decía el Zenón, Compañero se ha muerto. ¿Lo ves?, y yo no lo miraba ni lo oía.
Adrián, me decía, Compañero era muy viejo y por eso se tenía que morir, ¿lo entiendes?
¿No te acuerdas de que también la abuela Rósula y el abuelo Celestino se murieron de viejos?
Después pasó que el Zenón ya se fue y estuvo haciendo cosas para comer y que entonces vino otra vez y empezó a decir cosas de que tenía que llevarse a Compañero para enterrarlo.
Ven, Adrián, me decía, le haremos una tumba.
Pero yo no lo veía ni lo miraba y entonces el Miguel y el Zenón se llevaron a Compañero por las matas y yo me quedé a contar mis cosas de mi bolsa muchas veces.
Idiota, me decía el Miguel cuando yo estaba mirando mis tebeos de Spiderman y de Batman, idiota, ¿es que te gusta mirar?
Idiota, me decía, ¿qué te pasa, que también eres sordo? Vaya despojo de persona, decía.
Y ahora me acuerdo de que ese día yo estaba sentado al lado del árbol y que hacía mucho calor. También que el Miguel había salido de la furgoneta azul y que iba todo desnudo. Él tenía una culebra encogida y roja y un culo muy blanco y lleno de pelos y unas piernas finitas y de saltamontes. También olía a vino y a meados y a tripas vueltas del revés. Él me decía las cosas y yo no lo miraba ni lo oía porque yo sabía que él quería pelearse conmigo y entonces yo no quería pelearme.
¿Tú eres tonto solo, me decía, o también estás loco?
Un poco loco sí que estás, ¿eh?, decía cuando él ya estaba puesto al lado mío y oliendo muy fuerte.
Por todas esas cosas que el Zenón me dice que haces, ¿eh?
Y entonces pasó que yo no lo miraba y que entonces él se enfadó y me pegó con la mano en la cabeza y después se calló y empezó a mearme encima. Y su meada era caliente como la del muchacho cuando yo era pequeño y también me caía por la cara y por los tebeos de Spiderman y de Batman.
¿Ves, imbécil, decía todo el rato, como así vas a estar más fresco?
Y que no te vea, decía otra vez, que estás mirando cuando estamos follando, ¿eh? Y otra vez me daba en la cabeza. Entonces empezó a irse y yo lo miré cómo se iba.
Y cuando él se estaba yendo entonces pasó que yo cogí una piedra que había en el suelo y que la apreté muy fuerte en la mano. Entonces me levanté y me fui por detrás de él y entonces le pegué muy fuerte con la piedra en la cabeza. El Miguel, me acuerdo, se cayó al suelo y con un agujero y con mucha sangre.
El Miguel estaba en el suelo y no se movía. Yo lo miraba a él y también a la furgoneta azul. Porque yo sabía que el Zenón se iba a enfadar mucho porque yo le había pegado al Miguel. Entonces me fui porque yo no quería que el Zenón me pegara con la correa. Y primero me fui por las cañas y luego por el otro lado del río y también por los campos y por la montaña. En la montaña ya me paré y entonces empecé a mirar para abajo. Y abajo estaba la furgoneta azul y también el Miguel tirado en el suelo.
Había muchas mariposas y mucho sol. A veces yo me comía una mariposa. También me acuerdo de que el Miguel empezó a moverse un poco y que luego se arrastró y se puso al lado del árbol y que entonces salió el Zenón de la furgoneta azul y se fue corriendo para donde estaba el Miguel.
Adrián, decía el Zenón cuando ya era de noche y me estaba buscando por las cañas, Adrián, decía, ¿dónde estás?
Por la tarde yo había bajado a donde estaba la furgoneta azul y ahí había cogido un pedazo de pan para comer. Luego me había metido otra vez por las cañas.
Adrián, decía el Zenón cuando él ya había venido en el coche blanco y sin Miguel, y yo lo oía cómo se acercaba para el río y con la linterna.
Adrián, decía todo el rato, sal ya.
Y entonces pasó que yo salí y que el Zenón me vio y que él estaba muy enfadado y que empezó a pegarme muy fuerte.
Vamos, decía, para la furgoneta.
Y cuando ya estábamos en la furgoneta azul entonces él cogió una cuerda que tenía y me la puso por el cuello y ahí me puso al lado de un árbol que yo no podía moverme porque estaba atado.
Ahí vas a estar, decía el Zenón, hasta que yo me canse.
Yo no sé, decía el Zenón cuando yo estaba atado al árbol y él estaba muy enfadado y andando por todas partes, lo que era padre, Adrián. No lo sé ni tampoco me importa. Si era lo que dicen los abogados o si era lo que decían las mierdas de viejas del pueblo. Y tampoco sé si tú eres lo mismo o eres una cosa diferente.
Lo que sé, Adrián, decía, es que tú eres un loco y un enfermo. Eso es lo único que importa. Y mira que hay gente que me lo había dicho, Adrián. Miles.
Me decían «el Adrián lo que tiene que estar es encerrado en algún sitio y no andando por la calle», «el Adrián no vale para estar con la gente». Eso me decían. Y ¿sabes qué les decía yo? Les decía que no. Que tú lo que necesitabas era alguien que fuera tu amigo y que tuviera paciencia contigo. Que tú no eras malo, que lo que te pasa es nada más que no entiendes.
Y, mira, Adrián, me decía, cómo me veo. Con las novias jodidas y los amigos jodidos. Sentado como un mierda en la calle y cargando contigo. Y pesas, Adrián, decía el Zenón, pesas como una tonelada.
¿Tú sabes, decía, cómo está el Miguel?
¿Sabes que está en el hospital y que casi lo matas?
Adrián, me decía, mírame, y entonces yo lo miraba. Adrián, decía, yo soy real, el mundo es real, ¿entiendes? Todo lo que hay fuera de tu cabeza también existe, ¿entiendes?
Y tú no puedes hacer esas cosas, Adrián, decía. Porque si las haces entonces yo un día me voy a cansar y entonces voy a llamar a la policía y les voy a dejar que vengan a por ti y que te encierren de una vez.
Te van a encerrar, ¿entiendes?, decía el Zenón, dentro de una jaula. Y de ahí no vas a poder salir ni de día ni de noche.
Ahí vas a tener que dormir, Adrián, decía.
Así que piénsatelo bien la próxima vez antes de volver a hacer algo así.
Y ahora también me acuerdo de que yo todo el rato me estaba acordando de que iba a venir la policía y que entonces a mí me iban a meter en la jaula y también a dormir ahí y a estar siempre. Y entonces pasó que yo empecé a morder la cuerda que yo tenía por el cuello y que un día la rompí.
Yo siempre estaba contando mis cosas. Yo tenía veinticuatro cosas. Yo siempre las ponía en fila y las contaba.
También miraba al árbol y a la cuerda rota.
Entonces empezó a pasar que yo sabía que por la tarde iba a venir el Zenón y que iba a ver que yo había roto la cuerda y que entonces se iba a enfadar otra vez y me iba a pegar otra vez. Y yo no quería que él me pegara. Entonces yo cogí mi bolsa con mis cosas y me fui para el río y luego por el campo y por la montaña. Después se hizo de noche y yo me tiré por un sitio con piedras.
Por la noche no se oía nada porque no había coches ni pueblo ni tampoco nadie. Solo se oía a los grillos y un ruido que era como muy flojito y que era como si el campo estuviera respirando muy despacio.
También se veía el fuego que había al lado de la furgoneta azul y que lo había hecho el Zenón.
Y en la montaña pasaba que yo siempre estaba contando mis cosas de mi bolsa y también removiendo por las piedras y por las matas y encontrando arañas y lagartijas y también comiéndomelas. También pasaba que entonces, muchas veces, no había ninguna cosa para comer y que entonces yo jugaba a que me dormía y a que yo estaba muy cansado. También pasó que yo me encontré en la montaña dos piedras que eran rojas y una piedra que era blanca y que entonces yo las junté con mis otras cosas de mi bolsa y que entonces ya tenía veintisiete cosas.
Todos los días yo me acordaba de la furgoneta azul y también de los chorizos y de las magdalenas que me daba la Choni. Entonces, cuando yo me acordaba, yo me iba a bajar para la furgoneta azul pero entonces también me acordaba de que el Zenón estaba enfadado y que entonces me iba a pegar porque yo había roto la cuerda del árbol. Entonces no bajaba y me quedaba otra vez en la montaña.
También por el día pasaba que hacía mucho calor y que un día yo me fui andando por el monte y que entonces llegué a un sitio que había unas casas. Y las casas estaban todas juntas y abajo y no eran muchas. Yo las miraba y cómo la gente salía de sus casas y luego venía o se ponía a hablar en las aceras. También tenían dos perros pero no eran perros negros y entonces no me ladraban. Todo el día yo los miraba y también para el sitio donde ellos tiraban las basuras.
Y todo el día yo estuve mirando para abajo y hasta que se hizo de noche y se encendieron cuatro farolas que había y toda la gente se puso a dormir. Entonces yo bajé por detrás de las casas y me fui al sitio donde tiraban las basuras y ahí encontré muchas cosas que eran trozos de pan y trozos de carne y de chorizos. Yo cogí muchas de esas cosas y me los llevé a un sitio que estaba oscuro y por los árboles y ahí siempre me las estaba comiendo.
Luego pasó que las personas de las casas se enfadaron porque yo iba al sitio de las basuras y que entonces yo ya no iba más a buscar cosas de comer.
Y me acuerdo de que esos días que yo estaba arriba en la montaña un día pasó que por la tarde yo sabía que iba a venir un perro negro. Yo me quedé quieto y por las cañas y se hizo oscuro. El perro negro fue viniendo por los campos y subiéndose por la montaña. Yo estaba quieto. Él respiraba y hacía ruidos. Después ya le vi los ojos y a él.
Y me acuerdo de que yo no tenía el pincho porque el pincho estaba en la furgoneta azul y que entonces yo tenía una piedra. Entonces, cuando el perro me vio, vino a donde yo estaba y ladrando y queriendo morderme. Pero yo le di con la piedra muy fuerte en la cabeza y el perro se quedó como muerto y en el suelo.
También pasaba que yo no tenía el pincho y que entonces yo no podía abrirlo para ver si el Zacarías Zárate estaba dentro y que entonces yo dejé al perro negro metido por las matas y empecé a bajarme de la montaña. El Zenón había hecho un fuego y él estaba allí sentado en una silla. Yo lo miraba. Luego el Zenón se fue andando y se metió dentro de la furgoneta azul y yo me fui muy despacio y encontré el pincho. También me comí unos trozos de pan y de chorizo que el Zenón se había dejado allí fuera. Después me fui otra vez para el monte y cogí al perro negro y lo abrí y le saqué todo lo que tenía dentro pero el Zacarías Zárate tampoco estaba allí.
Me quedé sentado allí todo el rato, mientras la sangre del perro negro se hacía negra y dura y ya no podía ir a ningún sitio y se metía dentro de la tierra.
Adrián, Adrián, me decía el Zenón cuando él iba paseando por la montaña y por las cañas, Adrián, sal, por favor.
Y él siempre iba diciendo esas cosas todos los días y yo nunca salía solo que por las noches iba a donde estaba la furgoneta azul y allí siempre había un plato con chorizos y con pan y el Zenón estaba durmiendo.
Adrián, decía el Zenón, que no estoy enfadado.
Adrián, decía, perdóname.
Y entonces pasó que un día yo estaba comiéndome los chorizos de al lado de la furgoneta azul y que entonces salió el Zenón que no estaba durmiendo.
Adrián, me decía, y él se reía mucho y no estaba enfadado y también lloraba.
Adrián, me decía cuando ya habíamos ido a la montaña a por mi bolsa de mis cosas, estás más flaco.
Adrián, decía el Zenón después, cuando ya estaba yo comiendo más chorizos y más pan, esta ropa hay que tirarla. Pero te voy a dar otra nueva.
Tú nunca te vayas, Adrián, me decía el Zenón, aunque yo me enfade. Aunque yo te pegue.
Tú piensa, decía, que yo también me equivoco. Y tú eres muy grande para que yo te esté pegando o para que yo te ate.
Pero, Adrián, decía, nosotros somos hermanos, ¿entiendes? Y los hermanos a veces se pelean. Pero ¿sabes lo que pasa con los hermanos? Que siempre, al final, se perdonan.
Ay, Adrián, decía, es que a veces se me olvida que tú no entiendes las cosas.
Pero eso, decía, es lo que me tienes que perdonar más, ¿entiendes?
Y luego pasó que por la noche el Zenón me estuvo contando mis tebeos de Spiderman y de Batman mucho rato y también que luego estuvimos contando las estrellas.
No podía irme de aquí sin ti, Adrián, decía el Zenón. No podía. Así de sencillo.
Y me acuerdo de que esa noche también había muchas estrellas.