Londres los separa
Capítulo I
I
H ALIFORD, al oeste del Yorkshire, es una ciudad textil. Hace cien años carecía de toda importancia; sólo era un pueblecito mercantil con unas cuantas pequeñas fábricas de tejidos esparcidas por los linderos de las colinas. Creció sin cesar durante las décadas quinta y sexta; luego vino la guerra franco-prusiana —una bendición para aquella gente— y Haliford se enriqueció o, mejor dicho, algunos hicieron muchísimo dinero y los demás pudieron permitirse comprar un poco más de carne de vez en cuando y quizá atreverse a pasar unas vacaciones de cuatro días en una playa; y, después de aquello, a pesar de un retroceso o dos hacia fines de siglo, la ciudad siguió prosperando hasta que por fin llegó la Gran Guerra —otra bendición para ellos— y los hombres de Haliford que permanecieron en el pueblo empezaron a labrar sus fortunas y se esforzaron por librarse del sobrante de sus beneficios. De este modo, el pueblo, aunque falto de juventud masculina, alcanzó su momento culminante. A partir de entonces, empezó a deslizarse por la otra pendiente hacia nadie sabe qué, a principios de los años veinte de nuestro siglo. Parecía como si el mundo hubiera sentido una súbita aversión por Haliford y sus productos, que sin duda eran excelentes. Hoy día, la mayor parte de sus fábricas han empezado a quedar anticuadas. Algunas de ellas, tétricas cajas de piedra negra, tienen ya un aire patético. Dan la sensación de haber «pasado», como dicen allí. A la luz lechosa de los Pennines, las ventanas recuerdan a veces los ojos de un mendigo ciego. Las altas chimeneas, todavía humeantes, funcionan ahora reposadamente como obreros retirados que fuman la pipa mañanera de modo que les dure lo más posible. Muchas de las chimeneas no echan ya humo, pues hace muchos años que les falta el calor de un horno. La atmósfera que cubre a Haliford debía ser ya, lógicamente, clara del todo, pero lo cierto es que aún se cierne sobre el pueblo la antigua neblina, quizá por amabilidad hacia los habitantes, que se sentirían desnudos sin ella.
Sólo hay una gran fábrica en Haliford que no esté anticuada. Se encuentra en lo alto del camino de Toothill. Es imposible no verla. Salta a la vista con su brillo y su aspecto reciente; un edificio de unos cinco pisos, todo de metal, cristal y reluciente pintura. Pertenece a la Compañía de ropa interior Keep-Yu-Kozee, S. L. Dueña de cuatro fábricas similares en este país, y, gracias a una ingeniosa producción en masa e inteligente publicidad, obtiene mucho provecho de ellas. Esta rama de Haliford está completamente al día, siendo muy diferente de las lúgubres barracas de las otras compañías textiles más viejas. Parece un gigantesco invernadero más que una honrada fábrica de tejidos; los viejos de la ciudad no la entienden. No tiene chimenea alta ni patio enladrillado ni puertas desvencijadas. A los viejos obreros se les hace difícil creer que aquello representa una sólida empresa comercial; unas cuantas mujeres, piensan ellos, podrían hacerlo funcionar. Si hubieran podido entrar en la modernísima fábrica (y nunca lo hicieron, pues allí no se requerían los servicios de la vieja mano de obra textil), se habrían quedado aún más sorprendidos y con más desprecio. Todos los antiguos obreros de Haliford hablan a gritos, incluso en sus diminutos hogares, porque durante la mayor parte de su vida se vieron obligados a hacerse oír en el ruido de la maquinaria. Los capataces son los que tienen las voces más estentóreas. En cambio, en esta modernísima fábrica de la Keep-Yu-Kozee, no hay estruendo de máquinas ni gritos, ya sean amistosos o enojados. No hay capataces con máquinas enormes. Cada piso está lleno de largas filas de muchachas y de mujeres mayores que atienden a unos aparatos como de juguete que sólo zumban un poco. Es aquello casi tan tranquilo y atractivo como un hormiguero. Sin ajetreo ni aparente supervisión, van siendo fabricadas grandes pilas de ropa interior, medias y géneros de punto, y, asimismo, marcadas y empaquetadas en docenas de brillantes cajas de cartón. Incluso las cajas surgen misteriosa y continuamente en el cuarto piso y ellas mismas se colocan sus etiquetas bajo la sola vigilancia de unas cuantas muchachas. Las únicas personas que parecen saber exactamente lo que pasa allí, es decir, cómo funciona todo, son cinco o seis hombres jóvenes con gafas montadas al aire, con un aire mixto de industriales y de profesores. Estos jóvenes, reunidos en un despacho central, estudian y discuten una serie de complicados planos y proyectos. La fábrica Keep-Yu-Kozee de Haliford es, en resumidas cuentas, un triunfante ejemplo del moderno método de la producción en masa. Hasta los fabricantes norteamericanos (había uno de éstos entre los directores) lo hubieran aprobado. Los comunistas rusos se extasiarían ante ese trabajo tan eficaz y suavemente realizado y su estupendo poder productivo y se habrían apresurado a organizar agradecidos mítines, desfiles y espectáculos de toda clase en honor de esta maravilla. Haliford, en cambio, no sabía qué hacer con ello, aunque le venía muy bien el dinero que con toda regularidad sacaban del edificio cada viernes los centenares de obreras. Entre los ciudadanos más viejos y sensatos que seguían asistiendo a las pequeñas y sombrías capillas, existía la convicción, a la que llegaron por pura intuición, de que el trabajo en la Keep-Yu-Kozee, minaba en cierto modo la moral de las muchachas y las inducía a pintarse los labios, a llevar las piernas y los brazos al descubierto, montar en las motocicletas detrás de disolutos motoristas, tomar cócteles en alegres bares… pero esa parte vieja y condenatoria de Haliford desaparecía con rapidez a causa de la desnutrición, el cáncer y la decadencia senil. Es probable que el mismo Haliford estuviese muriendo. Pero el establecimiento Keep-Yu-Kozee no pertenecía a Haliford. Solamente acampaba allí.
Los hombres que ganaban más con esta fábrica ni siquiera estaban allí. Por ejemplo, Mr. Welkinghurst. Era el director de la compañía y tenía que atender a sus cinco fábricas, pero vivía en Londres y pasaba la mayoría de sus fines de semana en una pequeña finca que poseía en Hampshire, donde la señora Welkinghurst se hacía la idea de pertenecer a la aristocracia campesina e incluso renegaba de la industria que le permitía vivir allí. Míster Welkinghurst acababa de inspeccionar este verano la rama de Haliford. Había recorrido de prisa todas las dependencias, acompañado por algunos de los jóvenes de lentes, permaneciendo algún tiempo en el despacho central. Después de hablar secamente y hasta enfadado, se había apresurado a marcharse. No se detuvo en Haliford ni para tomar una taza de té, pero iba a pasar la noche en Harrogate, donde pensaba encontrar algo para sus ataques de reumatismo. Así, se tumbó en un largo Rolls-Royce y bostezó un momento; luego, recordando su posición de director general y la espantosa situación del mundo, abrió su cartera de negocios, se rodeó de papeles y trató de hacer cálculos, pero no consiguió pensar sino en su reumatismo y en su hijo, que ahora pasaba su segundo año en Oxford y se había revelado como un gran deportista; y ni se acordó ya de Haliford ni de persona alguna de las que allí vivían. Sin embargo, lo que acababa de decir tan duramente en aquel despacho, afectaría a algunas vidas de Haliford, y quizá si no hubiera hablado de un modo tan agrio, no tendríamos historia alguna que contar, No volveremos a ver a Mr. Welkinghurst ni sabremos si Harrogate le sentó bien para el reuma ni cómo siguió su hijo en Oxford, ni si la señora Welkinghurst aseguró su posición social en el «condado». Será solamente un hombre fantasmal; pero así como él y sus compañeros de dirección ponían en marcha la organización y la maquinaria que convierte el algodón, la seda rayón y la lana en ropa interior, calcetines y chaquetas allá arriba de Toothill, lo mismo es cierto que puso en marcha la acción de este relato.
Los elementos directivos se habían mostrado abatidos y llenos de arrepentimiento ante el señor Welkinghurst. Pero ahora que se había marchado, les tocaba a ellos enfadarse. Se habían asustado y ahora, al rehacerse del susto, armaban todos gran ruido. Todos ellos temían perder sus puestos, lo temían más que casi todas sus obreras. Eran los cerebros y los nervios de la organización; y, a diferencia de la multitud de mujeres a sus órdenes, sabían lo que ocurría en la fábrica, sabían cómo se convertían las balas de primeras materias en docenas de prendas interiores; les encantaba llevar a la práctica sus planes de fabricación; tenían un complicado trabajo de creación y habían de resolver a cada momento nuevos problemas, de modo que se sentían interesados en su labor y la realizaban con celo. En esto tenían más suerte que la masa de obreras rutinarias. Pero, en cambio, a todos ellos les aterraba perder sus puestos y, sobre todo, temían a Welkinghurst, el cual podía despedirlos con un mes de plazo. Y míster Welkinghurst tenía algún motivo para estar disgustado, ya que el método de producción de la Keep-Yu-Kozee depende de una vigilante rutina, sin que nadie deba fallar ni un solo movimiento, y esta tarde —¡qué casualidad que fuera precisamente esta tarde! — había habido un fallo en la sección de corte, cosa de un minuto o dos, pero lo bastante para desmontar toda aquella intrincada organización, lo suficiente para que las máquinas de coser, ribetear, marcar, etc., se congestionaran o se vaciaran. Ninguno de nosotros habría notado el trastorno. Pero Mr. Welkinghurst, que conocía bien su negocio, lo notó al momento. Y, naturalmente, también lo notaron todos los directivos. Para ellos fue como si vieran extenderse una mancha de tinta en la impoluta página de un copiador. Se quedaron estupefactos y desconcertados y, después, cuando se marchó el jefe, reaccionaron airadamente.
—Esa sección de corte —dijo Mr. Spencer, el más antiguo de ellos y gerente— ha estado funcionando durante muchos años como un buen reloj, y ahora, precisamente cuando entra Mr. Welkinghurst, se estropea.
—Fue una de esas estúpidas chicas la que lo hizo, ¿no?
Los cinco estaban de acuerdo en esto. Una estúpida chica. ¿Cuál de ellas? En fin, el joven Walker lo estaba investigando.
—Que me la mande a mi despacho —dijo Mr. Spencer—; la despediré al instante.
No era norteamericano pero, cuando se indignaba, le gustaba emplear palabras norteamericanas que le hacían sentirse uno de esos jefes dominantes que vemos en las películas.
—Muy bien, muchachos.
Llegó el joven Walker bastante desalentado.
—Bueno, ¿quién fue la idiota que lo hizo? —le preguntaron.
—Fue Rose Salter —respondió Walker, abatido—. No lo puedo comprender. Siempre da un resultado excelente. La recordarán ustedes, tiene muy buena facha.
—No me importa que sea como Greta Garbo —gritó exasperado, Mr. Spencer—. De todas maneras se va a marchar. ¡Ponernos a todos en este aprieto! ¿Está ahí? Dígale que venga.
Y entró Rose Salter vestida con un «mono» verde. Míster Spencer, echando chispas por los ojos, la reconoció en seguida. Era una muchacha muy bonita, de cabello rubio y ondulado y ojos castaño obscuro. Un raro y atractivo contraste. El efecto general que producía era de algo insólito, dorado y muy agradable. Mr. Spencer se apresuró a condenarla antes de que hubiera hablado. «Por lo menos», pensó, «debía estar llorando.» Aquella muchacha, una criatura sin cerebro, insignificante unidad en el gran conjunto, al no atender adecuadamente a su deleznable tarea, había estropeado la marcha del departamento, desquiciando el riguroso plan que ellos se habían trazado para que no fuera posible ni el error de un minuto. Le había estropeado la tarde a Mr. Welkinghurst haciéndole sospechar de todo el equipo técnico de la rama de Haliford, y, por lo tanto, amenazaba el bienestar de míster Spencer, de su mujer y de toda su familia. Esta chica debía haber entrado llorando desconsoladamente, y en vez de eso, se limitaba a estar muy seria, bonita y huraña. Hasta su atractivo físico resultaba fastidioso. Mr. Spencer le espetó unas cuantas preguntas muy agrias.
—Empecé a pensar en algo… —dijo Rose.
¿Cabía una respuesta más estúpida?
—Y ¿qué tiene eso que ver? Lo cierto es que descuidó usted su máquina y el resultado fue desencajar toda la marcha del departamento. Y ¿sabe usted quién era aquel señor que entró en el preciso momento en que usted lo interrumpía todo? Pues, sencillamente, ¡el director general de nuestra compañía!
La joven lo miró con ojos tristes y muy abiertos. Ahora estaban más obscurecidos.
—Lo siento —dijo con voz insegura—; es que, ¿sabe usted?, vi algo por la ventana.
—No tiene usted por qué mirar por la ventana.
—No era nada de particular —dijo Rose, agotada—, un pájaro… o algo así. Y, entonces, empecé a pensar. Y… y… me distraje un momento.
—Pues bien; ahora tendrá usted en qué pensar. En buscarse otro empleo, porque éste lo ha perdido usted. —Y la idea de que la chica hubiera perdido su empleo de una manera tan tonta por una estupidez, cuando hombres como él luchaban día y noche para mantenerse en sus puestos, le ponía más furioso aún—. Lo ha perdido usted por pura idiotez, por su imperdonable descuido, ¿comprende?
Sí comprendía. Ahora sí estaba a punto de llorar. Probablemente, los gritos de Mr. Spencer, su rostro congestionado por la ira y sus ojos que parecían echar chispas, lo habían logrado. Recobrándose, Mr. Spencer bajó la vista a la carpeta de la mesa, dándose importancia, y dijo con un frío tono oficial:
—Presente su tarjeta al señor Dimsdale y dígale que le pague.
—Sí, señor —dijo Rose Salter con humildad. Pero no se marchó en seguida. Iba a disculparse un poco más.
Míster Spencer volvió a mirarla. De pronto, de un modo incongruente, pensó en lo agradable que sería rodear a esta chica con sus brazos y consolarla, y luego se indignó consigo mismo por habérsele ocurrido tal cosa y por toda la tropa de muchachas seductoras que perturbaban al hombre durante las horas de trabajo, y dijo con aspereza:
—Bueno, bueno, ya está bien. Estoy ocupado.
E hizo como si lo estuviera.
En la sección de corte algunos estaban indignados y decían que era una vergüenza; a otros no les sorprendía nada el despido porque lo veían venir; y Rose, un poco aturdida todavía, como si aquel pájaro que había visto hubiera sido de otro mundo, se despidió de todas con el mismo aire abstraído.
Luego, sin el «mono» verde, después de cobrar y de que le sellaran la tarjeta, salió de la fábrica Keep-Yu-Kozee por última vez.
Hacía mucho calor en el camino de Toothill, una atmósfera casi sofocante. La muchacha anduvo despacio y no sin gracia, como si el aire fuera más denso que de costumbre y tuviera que vadearlo. Ni en su cara ni en la expresión de sus ojos había el menor indicio de preocupación. Como un pez que cruza la parte iluminada de su aquarium, pequeños pensamientos sin importancia cruzaban su mente, tan libre ahora de cuidados como cuando estuvo asomada a la ventana. No había perdido su empleo a propósito, pues no era una muchacha alocada, pero ahora que se le había escapado no le importaba; incluso se alegraba, porque estaba cansada de Haliford y de la segura monotonía de la Keep-Yu-Kozee. Su gran amiga por entonces, Alice Hargreaves, muchacha de carácter muy impulsivo, estaba siempre diciendo que las dos debían abandonar Haliford y encontrar trabajo —una clase de trabajo indefinido y emocionante en Leeds, Manchester o incluso en Londres —. Decía siempre que estaba dispuesta a dejar su empleo en casa de Whitley el lencero en cualquier momento y ahora resultaba —Rose pensaba en aquello como algo que, sencillamente, había «resultado»— que ella era la primera en quedar libre y dispuesta para esa gran aventura en una de las grandes ciudades. Pensaba en todo esto ociosamente mientras descendía a paso lento por el camino de Toothill hacia su casa de la calle Slater.
Esta joven no debía haber sido tan sana, agradable e incluso hermosa, como era. Este hecho contradice todas las ideas aceptadas sobre lo que es bueno y malo para los seres humanos. Todas las condiciones de sus veinte años de vida habían sido monstruosas. Desde su primera infancia se había visto privada de sol, de aire puro, de alimentos apropiados y de ejercicio. Debía haber sido una arpía prematura, encorvada, con ojos acuosos y dientes cariados. Sin embargo, de todo aquel conjunto de ropa sucia, cuartos irrespirables, medicinas sospechosas, ignorancia y salvajismo, había surgido esta saludable y bella muchacha. La Naturaleza había encontrado la manera de darle un rodeo a la idiotez del hombre a medio civilizar, o quizá fuera un legado de sus antepasados los Salter que habían sido pastores o labradores en los grandes pueblos de la llanura de York, y cuya sana y roja sangre aún florecía, quizá por última vez en aquel dañino suelo industrial. La belleza femenina debía ser la prerrogativa —como tantas otras cosas lo son— de las clases privilegiadas y cuidadosamente nutridas; sin embargo, como podían demostrar las estadísticas, aparece de cuando en cuando en la masa innominada, naciendo de repente, con inesperada perfección, en los malolientes ghettos, en los sótanos infectos y en las casuchas portuarias. Rose no era una de esas deslumbrantes bellezas que graban sus naricitas y la fina curva de sus mejillas en millones de dólares del lejano Hollywood; ni era su hogar de la calle Slater —una calle lóbrega pero respetable— el equivalente, en el Yorkshire, de aquellos ghettos y malas viviendas; y, sin embargo, Rose era una sorpresa, un golpe de suerte, una feliz casualidad que no merecemos…
Sería fácil e impresionante mostrar a esta muchacha —que se había quedado sin trabajo en una comunidad donde era muy difícil colocarse— volviendo a un hogar lleno de desesperación y habitado por la muerte lenta, a una familia de proletarios atenazados por el sufrimiento. Pero esto no sería cierto. Los Salter no eran así. Considerados como familia, tenían una notable capacidad para disfrutar. Pertenecían a esa especie de trabajadores que constituyen la desesperación del revolucionario austero, el cual no puede entender la porcina ceguera ni la habilidad, de que él carece, de esas gentes para adaptarse a las circunstancias y que les hace tragarse cada nueva dosis de opio capitalista. Parece como si les alimentara. No hay manera de convencerlos de que, en esas condiciones, la vida no merece la pena de ser vivida, porque sin duda los tontos parecen pasarlo bien así. Incluyendo a Rose, se apiñaban en la casita de la calle Slater seis Salter (dos habitaciones abajo y tres arriba); el padre, que era guarda de un almacén, buen jugador de bolos y figura destacada del Club de Trabajadores de Haliford; la madre, gruesa y jovial, un ama de casa muy elemental; George, empleado en el tinte durante el día y en las diversiones por la noche; Fred, que realizaba una gran variedad de trabajos y que se había proporcionado una ocupación bastante misteriosa en las carreras de galgos; Nellie, empleada en una tienda de juguetes del Market Lane, que siempre estaba teniendo novios y dejándolos de tener y contándoselo a todo el mundo con lágrimas en los ojos y la risa en los labios; y, por último, Rose, la más joven, considerada como la más sensata de la familia, a la que se había visto sentada con un libro —no una novelucha por entregas, sino un libro de verdad— durante una hora entera. Cada comida en casa de los Salter era como un picnic prolongado y muy ruidoso. Había más griterío, más alboroto en esta casita que en la mayoría de las estaciones ferroviarias. Cada miembro de la familia tenía amigos que entraban y salían continuamente. La radio funcionaba a todo volumen. Las mujeres estaban siempre haciéndose tazas de té unas a otras; los varones abrían sin cesar botellas de cerveza o desaparecían un momento para volver con una buena jarra llena. Cada fin de semana entre ellos parecía la Navidad. Entre todos, asistían a todos los partidos de fútbol o de boxeo y demás acontecimientos deportivos, al único music-hall, a las películas más importantes que se proyectaban en la ciudad, así como a todas las fiestas públicas. Y siempre aparecía alguno de ellos en los concursos organizados por los semanarios populares y empresas comerciales, de modo que el cartero podía entrar a cada momento —esperanza siempre viva— llevándoles una fortuna. Las finanzas de la familia eran tan complicadas por los incesantes préstamos de unos a otros, que nunca había medio de aclararlas. A veces, George y Fred vivían del dinero de su madre y sus hermanas, pasándose el día en mangas de camisa fumando cigarrillos con los ojos entornados y leyendo la sección de deportes. En cambio, otras veces llevaban una vida de millonarios que hubiesen descubierto una mina de oro, arrojando sobre la mesa de la cocina sucios billetes de una libra y montones de monedas de plata, proponiendo a toda la familia que se fueran a pasar el fin de semana a Blackpool (su lugar favorito de recreo). Rose no se rebelaba contra esto; quería a su familia, pero había veces, y últimamente cada vez más, en que apetecía algo que fuese distinto; no tan ruidoso ni tan «halifordiano». Nunca protestaba, a menos que deseara que la dejaran sola algún rato. Pero, paulatinamente, inspirada por lo que leía en las revistas de cine y lo que le enseñaban las películas, empezó a alimentar pensamientos muy diferentes a los que tenían los demás Salter.
Al llegar a casa, encontró a su madre enrojecida y desgreñada. El calor de aquella mañana y la perspectiva de una tarde sofocante no habían impedido que la señora Salter preparase una comida pesada y muy caliente, porque ella no hacía caso del tiempo para cocinar, sino que se dejaba llevar por la inspiración del momento; así, en enero ponía fiambres y conserva de piña, y en agosto biftecs fritos y un puding grasiento. Esto le parecía razonable a toda la familia excepto a Rose, que era, según decían en su casa, un poco «finústica».
—Madre —dijo Rose al entrar.
—¿Qué hay, cariño?
—Me han puesto en la calle.
—¡Cómo, hijita! —exclamó Mrs. Salter, levantando de junto al horno su cara arrebolada—. Y ¿por qué?
Rose le contó la historia lo mejor que pudo sin culparse a sí misma ni a nadie. Su madre no comprendía claramente de qué se trataba; en realidad, por entonces había renunciado a comprender todas estas cosas. Un día sí y otro no, venía alguno a casa con algún cuento fantástico. Pero ella ni se enfadaba ni se preocupaba. En cierto modo, hasta le agradaba. Al fin y al cabo, eran pequeños dramas y a los Salter les gustaban mucho los dramas.
Fred, que no estaba de servicio a esa hora, había estado durmiendo arriba y, al oír a Rose, bajó en mangas de camisa y sin cuello, con el inevitable cigarrillo en la comisura de la boca. Le contaron lo del despido y lo tomó con toda calma.
—Escucha —dijo Fred con un misterioso aire de conspirador, adquirido en los círculos deportivos— creo que te podré colocar en el Canódromo.
—Y ¿qué va a hacer allí? —rugió la señora Salter. ¿Qué diablos haría Rose con los perros?
—¿No hay allí unas chicas? —gritó Fred, aunque en tono amable.
—No lo sabía. ¿De verdad? —gritó también la madre con amabilidad.
Estaban sólo a dos pasos el uno del otro, pero les encantaba chillar.
—Claro que sí. Y que son muy guapas.
—Para guapa nuestra Rose, ¿verdad, rica?
—Pues voy a trabajar el asunto, porque, eso sí, su trabajillo costará. Hay mucha gente que quiere meterse allí.
—Estupendo, criatura. A ver si lo consigues. ¿Y tú qué dices, niña?
—No tienes que tomarte esa molestia, Fred —dijo Rose, que se había sentado en el desvencijado sofá.
Todos los muebles de la casa eran viejísimos y estaban destrozados, porque los Salter tenían mil cosas más divertidas en que gastarse el dinero que en renovar el mobiliario.
A Fred le ofendió la indiferencia de su hermana. Para él, todo el mundo giraba alrededor del Canódromo. Los que no trabajaban allí era, sencillamente, porque no lo habían conseguido.
—Ah, muy bien, muy bien —refunfuñó—; te estoy ofreciendo una ganga, eso es todo. Ni siquiera te puedo asegurar que te dieran esa colocación. Pero yo haría lo posible.
—Bueno, pues si no quiere, es que no quiere y en paz —gritó Mrs. Salter.
—Entonces ella se lo pierde —replicó Fred, subiendo a vestirse.
Rose ayudó a su madre a poner la mesa. El mantel estaba agujereado y tenía muchas manchas; los cuchillos y los tenedores eran de lo más anticuado e incómodo. Todos los platos estaban descascarillados. La mesa quedaba puesta durante dos horas por lo menos, ya que Nellie no llegaba a casa hasta las siete y media; y a veces se estaban allí hasta la hora de acostarse. George y su padre llegaron juntos, discutiendo ruidosamente algo que habían leído en el periódico de la tarde.
—A nuestra Rose la han echado a la calle —anunció la madre.
Lo tomaron con mucha calma. El señor Salter llevaba trabajando en el mismo almacén treinta años; su relación con esta empresa empezó en los felices días de la anteguerra; por eso no se preocupaba de los empleos de sus hijos como del suyo propio, pues se daba cuenta de que habían nacido en este mundo insensato de ahora y parecía lógico que saltaran de una colocación a otra como pájaros que buscan su alimento aquí y allá.
—¿Sabes lo que debía ser tu hija? —dijo George, y no era ésta la primera vez que se le ocurría—. Maniquí, una de esas maniquíes de las tiendas de postín como las que salen en las películas. Maniquí, eso es.
Rose sonrió moviendo la cabeza.
—Entonces, ¿qué vas a ser esta vez? —rugió el padre.
Era un hombre cuadrado, fuerte, con unos grandes bigotes grisáceos y unos ojos castaños que pestañeaban con frecuencia. Hacía más ruido que toda su familia.
—Porque ya sabes que aquí no podrás estarte sin trabajar.
—¿Quién dice que no? —preguntó la esposa.
—Lo digo yo y lo dice Stanley Baldwin —repuso Mr. Salter con una risotada.
—Bah, bah; anda, ve a lavarte para tomar el té.
Y nada más se dijo sobre el porvenir de Rose, pues los Salter varones tenían siempre de sobra de qué hablar e, incluso cuando Nellie llegó a casa, no volvieron a suscitar la cuestión y, por otra parte, parecía natural que hablasen de ello, ya que Nellie se consideraba como la que llevaba el mayor peso de trabajo en la familia por tener más horas de servicio; pero ocurrió que en aquel día, como en tantos otros, había sucedido algo misterioso y excitante, y Nellie —una morena guapa y más bien alta— no tan bonita como Rose, pero mucho más viva y estilizada, muy aficionada al baile y a que la llevaran a Leeds, era una de esas jóvenes que viven exaltadamente en un mundo lleno de dimes y diretes, donde cualquier cosa dicha a la amiga de una amiga sobre otra amiga, da origen a abundantes comentarios y donde los amigos vagamente amorosos —por lo general viajantes de comercio o vendedores de autos— aparecen y desaparecen como meteoros dejando tras de ellos una estela de suposiciones y recuerdos.
En este día concretamente, un cierto señor Ormby u Ormsby, se había presentado en la tienda para preguntarle a Nellie, de buenas a primeras, si el amigo de ella, Ruby Pearson, le estaba negando el saludo deliberadamente; y Nellie no pudo reconocer a este señor Ormby u Ormsby —en realidad nadie sabía quién era, aunque fuese muy viejo, ¡por lo menos cuarenta años!— y Ruby no le había dicho nada a ella; no le había visto desde hacía más de una semana, y a ella, la verdad, no le gustaba hablar de estas cosas, pero tenía su opinión formada y, vamos, ¿por qué había de entrar de esa forma en la tienda y cómo se había enterado de que ella, Nellie Salter, trabajaba allí? Y así continuó. Rose marchose a la calle en busca de su amiga Alice Hargreaves. Sus vestidos y sombreros hacían juego (hasta usaban el mismo colorete, aunque no le iba bien a ninguna de las dos); caminaban muy juntitas con un aire no sólo confidencial, sino que sugería a los muchachos que las miraban con descaro, que había algo exquisitamente delicado e infinitamente valioso en esta pareja, y se dirigían lentamente al parque Ackroyd, que es el mejor sitio para pasear en Haliford en una tarde de verano, y muy frecuentado por los entusiastas de los bolos, por enamorados que intentaban aislarse del mundo y no lo conseguían, y viejos fumadores de pipa que hablaban de sus cosas. Las dos muchachas, con los ojos muy abiertos y garruleando sin cesar, discutían sobre el porvenir de ambas. Como Rose había dado el primer paso decisivo —así presentaba ella su despido al contárselo a su amiga—, ahora le correspondía a Alice, la más audaz, tener ideas aún más aventureras. Por eso empezó eliminando a Leeds y Manchester, que ella conocía ya, y se decidió por Londres, ciudad a la que nunca había visto. (Muchas de las nociones de Londres que tenía se las habían transmitido los guionistas de Hollywood.) Seis años antes, un serio y admirable maestro de escuela les había dado a ambas muchachas lecciones excelentes, sacadas de un libro de texto, sobre «Ciudadanía británica», escrito por un autor de segunda clase que habría hecho un buen libro si no hubiera firmado un contrato en tan malas condiciones con el editor, pero ya no se acordaban ni de una palabra. Los seis años que pasaron en la escuela les hicieron formarse su propia escala de valores; una escala muy absurda por cierto. Así, Alice conocía a una muchacha que a su vez conocía a otra muchacha —nada bonita tampoco— que fue a Londres a trabajar en un café y no había vivido allí más que seis meses —¡y qué meses!— cuando se casó con un muchacho formidable que estaba loco por ella, y que tenía un empleo relacionado con el té; y ahora esa joven vive en un piso de Bournemouth y tiene auto y todo. Y no sólo eso, sino que su hermano Frank había encontrado un hombre —aquella vez que fue a Leicester— que tenía algo que ver con los cafés de Londres. Estupendo, ¿verdad? Y en Londres no había solamente cafés, naturalmente, sino también grandes tiendas y de todo lo mejor; en fin, muchísimas oportunidades para una chica. Y, vaya usted a saber, a lo mejor hasta el cine. Si no, ahí estaba el caso de aquella muchacha de Bradford que también había estado empleada en una fábrica de tejidos.
—Rose —concluyó Alice, apretándole el brazo con fuerza—, ¿verdad que pueden pasar muy buenas cosas en Londres? Haliford no tiene salidas, es una pocilga, ¿no te parece?
Rose dijo que sí, pero estaba pensando en otra cosa. En ese momento le encantaba el parque con sus flores tan bonitas y los árboles que ocultaban la ciudad. Le parecía que le gustaba de un modo muy personal. Producíale una impresión triste y agradable a la vez. Alice nunca tenía estos sentimientos; eso era lo malo de ella. Siempre estaba deseando hacer algo, ir a alguna parte y, al parecer, nunca ocurría nada en su interior. Rose, en cambio, volvía a sumirse en la ensoñación que le empezó en la fábrica cuando se olvidó de la máquina. Se detuvo en la unión de dos veredas de arenilla, cerca de un gran macizo de flores que habían perdido color pero que seguían oliendo bien. Por encima de los gritos algo distantes de los jugadores de bolos, llegaban desde muy lejos los menudos y argentinos sonidos de un piano. El cielo se obscurecía y el ambiente era de una calma sedante.
—¿Qué te pasa? —preguntó Alice, como si a Rose le doliera algo o se hubiera olvidado cualquier cosa.
—Nada —dijo Rose, soñadora, sin moverse.
Le habría gustado estar sola. No quería hablar de Londres ni de nada, a no ser de una insignificancia que le había ocurrido hacía años, cuando era una niña. Pero Alice nunca hablaba de esas cosas. Siempre hablaba del futuro, de adónde quería ir, y de lo que deseaba hacer. Sentía Rose como si se disolviera en aquella paz; sin embargo, había en ella una expectación, un vago anhelo, la esperanza de algo maravilloso.
—Anda, pensativa —le dijo Alice, tirándole del brazo.
Fue entonces, al reanudar la marcha, cuando notó la presencia del muchacho que estaba sentado solo en un banco, a pocos pasos de distancia. No llevaba sombrero; tenía el cabello despeinado. Su rostro era delgado y moreno, y cuando la miró como sobresaltado, le brillaron los ojos. Es que estaba llorando.
—¿Te fijaste en aquel muchacho del banco? —dijo Rose, cuando ya habían pasado.
—No —respondió Alice interesada al instante—. ¿Era guapo?
Rose arrepintiose de haber hablado, aunque no sabía por qué. Añadió en voz baja:
—Me parece que estaba llorando.
Alice se volvió a mirarlo. Tenía mucha habilidad para volverse y mirar a la gente y sólo fallaba cuando la táctica exigía que se mantuviera muy derecha. A Rose le fastidiaba que hiciera siempre esto. Ahora le molestaba más que nunca.
—Nos está observando —anunció Alice muy contenta—. No creo que esté llorando.
—No —dijo Rose con aparente indiferencia; pero por dentro sentía un enojo inmotivado.
—¿Quieres que demos la vuelta al llegar a la esquina para verle otra vez? —propuso Alice, a quien entusiasmaba toda posibilidad de aventura, ya fuera ella la protagonista o lo fuese cualquier otra persona.
—No, ¿para qué? Desde luego que no —dijo Rose con tono desabrido—. Sígueme hablando de Londres.
Alice continuó hablando, pero no de Londres. Sus pensamientos se habían orientado instantáneamente hacia el tema de los muchachos, pues sobre esto tenía siempre mucho que decir; y, en medio de la atención que procuraba prestar a la cháchara de su amiga, tuvo Rose repentinamente una fugaz visión interna de aquel muchacho moreno y despeinado, con las facciones finas y los ojos llorosos. No podía evitar preguntarse quién sería.