Londres los separa

J. B. Priestley · Capítulo 3 de 16

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Londres los separa

Capítulo III

III

 

A QUEL sábado por la tarde había gran alboroto en la casa de la calle Slater. Todos los Salter estaban allí, excepto Nellie, que aún no había salido de la tienda, y varios amigos de los Salter habían acudido de visita. El compañero de Papá, el otro gran jugador de bolos, Mr. Grimble, fumaba su pipa en la cocina, hablando tan seguido con su profunda voz de bajo que parecía como si una sierra mecánica estuviera funcionando en la casa. En la sala, sentada entre el piano y la chimenea, se hallaba la amiga más vieja y más gorda de la señora Salter, mistress Watson, que hablaba a gritos con la amiga de Rose, Alice. También la señora Salter iba gritándoles a todos en la casa. Fred cantaba con espantosa desafinación, mientras se lavaba y vestía para su noble tarea nocturna en el Canódromo. En el piso de arriba, Papá y George, martirizándose con sus estrechos cuellos y arrebolándose en el esfuerzo de ponerse las botas, se enfrascaban en una tremenda discusión sobre el equipo de cricket, chillando cada uno desde su cuarto a través de las puertas abiertas al pasillo. La radio comunicaba a toda la casa (y a bastantes vecinos) valiosos consejos agrícolas, mezclados absurdamente con la aguda música de un quinteto. Sólo Rose en su dormitorio estaba tranquila mientras se miraba al pequeño y traicionero espejo (que tenía el defecto de convertir las caras en amarillas y llenas de manchas). La joven estaba muy seria y pensativa. Éste era un momento trascendental.

Durante esta semana, Alice Hargreaves, muy dada a los amoríos, había conocido a un nuevo joven del que se había enamorado al instante. Se trataba de un muchacho extraordinario que trabajaba en un Banco y vivía en uno de esos bungalows que están cerca de la carretera de Leeds. Se llamaba Gregory Porson. Naturalmente este Gregory tenía un gran amigo que también trabajaba en el Banco y también era extraordinario, un muchacho que se hacía querer en seguida; y Alice tenía una gran amiga, Rose Salter, de modo que nada más indicado que los cuatro salieran juntos esta noche del sábado. Por eso estaba aquí Alice en busca de Rose, la cual, después de una semana sin trabajo y de presentarse cada día en la Bolsa del Trabajo (lo peor de Haliford) y de confiar cada vez menos en su porvenir, como no había visto a Alice desde hacía varios días, sentía verdaderos deseos de distraerse un poco. Alice llegó temprano y con sólo mirarla comprendió Rose que su amiga, que por lo general apenas si se pintaba y ahora venía tan maquillada que parecía tener fiebre muy alta, consideraba esta ocasión como algo muy serio en que una muchacha debe presentarse lo mejor posible. Sólo habían cruzado media docena de palabras. No podía ser más porque estaba allí la enorme señora Watson, que no perdía ripio, pero fueron las suficientes para impulsar a Rose a subir corriendo a su cuarto y concentrarse en la borrosa imagen de su espejo. Se puso su mejor vestido, las medias más finas y los zapatos de los días de fiesta, y se dedicó a retocarse. En realidad, su rostro no necesitaba tantos cuidados, ya que poseía un hermoso y sano color natural y no la tez macilenta de una Alice; unos labios delicadamente sonrosados y unas mejillas como no podía lograrlas el mejor colorete porque algunos años antes —poco después de la primera Guerra Mundial— los hombres regresaron a sus casas cansados, desanimados y nada ardientes, porque los jóvenes que habían crecido entre mujeres durante los años de la guerra eran difíciles de entusiasmar y porque las mujeres de todas partes, sin decirse ni una palabra sobre ello unas a otras, decidieron que había llegado el momento de utilizar todos los medios de conquista, incluso los que hasta ahora sólo utilizaban cierta clase de mujeres; por todo ello, aquí estaba Rose Salter, de Haliford, repintándose sin hacerle falta. Cuando llegó al punto en que parecía varios años mayor y como si tuviera una fiebre tan alta como Alice, se consideró satisfecha. Así como había subido a toda velocidad, bajó, en cambio, lentamente, con cierta afectación, como uno de tantos llamativos bibelots de lujo.

—¡Caramba! —gritó la obesa Mrs. Watson con cierto retintín—. ¡Qué guapas nos hemos puesto esta noche! Con los chicos, ¿eh? ¿Adónde vais esta vez?

Sonrientes y algo desdeñosas, aquellas dos criaturas tan exquisitas, que pensaban no se convertirían jamás, por mucho que vivieran, en una masa gelatinosa de carne como la de la señora Watson, salieron con pasitos cortos, y en cuanto se vieron libres de la atmósfera inhibitoria del hogar con sus frías miradas y comentarios irónicos, empezaron a hablar con libertad.

—Podemos ir adonde queramos —dijo Alice—, porque tienen un auto. No sé si es del amigo de Greg o de algún otro que se lo haya prestado, pero sé que tienen coche y estoy segura de que te gustará el amigo de Greg, Rosie. Greg me habló mucho de él la otra noche y me dijo que ese chico era tu tipo. Nos encontraremos con ellos en Borrowy. Vamos más de prisa porque se nos hace tarde. Les dije a las siete; si vamos ligero, cogeremos el tranvía.

El tranvía estaba atestado, pero ellas se hicieron sitio. Toda la gente del este de Haliford bajaba al centro de la ciudad, al cine, de compras o a los bailes o a las tabernas, o simplemente para dar una vuelta. Había hecho una tarde buena, aunque calurosa, pero al comenzar la noche se nublaba el cielo rápidamente. (En Haliford llovía muchísimo.) Cuando llegaron al final del trayecto, en Gladstone-Lane, y Alice había acabado de contar todas sus aventuras con el maravilloso Greg, caían ya unas cuantas gotas para desesperación de las muchachas, que ni siquiera se habían traído los impermeables. Se dirigieron a toda prisa a la esquina de Borrowy y allí estaban los dos jóvenes en la acera junto a un cuatro-plazas que era, con sus luces y su pintura bermellón, un símbolo de la vida deslumbrante. Gregory Porson era muy sonrosado y más bien achaparrado y no se parecía en nada al romántico individuo que había descrito Alice. Su amigo, un tal Eric Satterly, llevaba un jersey amarillo que le sobraba por todas partes. A Rose le decepcionó muchísimo. Era más bien alto y de una extremada delgadez, con un cuello muy largo de nuez saliente y la cabeza tan estrecha que seguramente había costado bastante trabajo colocarle aquellos ojillos negros. Él sería —y Rose conocía bien a estos tipos— el animador del grupo; y Alice, por lealtad hacia Greg, se pasó todo el rato riéndole las gracias a Eric.

—Bueno —dijo éste—, ¿qué hacemos? ¿Preferís que vayamos a pescar?

Después de que todos se hubieron repuesto de los efectos de esta broma, convinieron en que la noche estaba demasiado húmeda para dar un paseo en el coche, lo cual había sido previsto como primera parte del programa, Uno de ellos propuso ir al cine y todos aceptaron; pero los muchachos pensaron luego —y las chicas estuvieron conformes— que sería demasiado soso meterse en un cine, porque eso lo podían hacer en cualquier momento sin necesidad de coche. A quince millas estaba el nuevo y supergigantesco Astoria (que fue concebido y planeado cuidadosamente para los halifordianos por un viejo judío polaco y un joven germano-americano en unas oficinas situadas en el piso 35 de un rascacielos de Nueva York), y allí podían ir los cuatro. Las chicas habían oído hablar de aquella maravilla, pero nunca habían estado allí; por eso les entusiasmó la idea, aunque las películas que verían allí serían exactamente las mismas que podían ver en Haliford. Eric Satterly, a quien le habían prestado el coche, lo iba conduciendo, y Rose, que ahora empezaba a divertirse, sentose a su lado y dejó que Alice reanudara su idilio en el mismo punto en que lo había dejado la noche del jueves; por tanto, Alice empezó a dar grititos en seguida y a hacer carantoñas con muchos «¡no es verdad!» y «¡no te creo!» y «dímelo otra vez». Eric Satterly, tan atento a gastarles bromas a los demás coches y a sus conductores que descuidaba todas las normas de la regulación del tráfico, pilotaba al alegre grupo a lo largo de quince millas de tranvías mojados, almacenes cerrados, melancólicas verdulerías, niños berreantes y mamás irritables. En un tiempo increíblemente corto, surgió ante ellos el flamante Astoria, creado para lograr la fusión arquitectónica entre un templo babilónico y un gigantesco pastel de boda. Sus grandes fauces doradas se tragaban poco a poco las «colas» de gente empapada. Sobre ellos, con abnegados ojos azules de una yarda de diámetro cada uno, aparecía la cabeza de la más reciente estrella cinematográfica rubia y despampanante. (Era la más reciente en Haliford, pero en Hollywood decían que había «pasado»). Como no había otras entradas, tuvieron que sacar las localidades más caras, pero aun así tuvieron que dividirse quedándose Rose dos filas más atrás con Eric Satterly, el cual, muy junto a ella, le murmuraba en el oído derecho sus típicas gracias y de cuando en cuando le acercaba demasiado su huesuda cara. Cuando pudo olvidar la presencia de Eric Satterly y especialmente sus pies, sus espinillas y sus codos, empezó Rose a pasarlo bien. Le gustaba el cine y este nuevo local le parecía grandioso. Por todo el techo y en la parte alta de los muros, habían puesto unos pueblos españoles en relieve, que eran una cosa notable con sus nubes, sus estrellas y todo. Oleadas de luz malva y dorada cubrían a un caballero vestido de smoking que ejecutaba unos complicados ejercicios musicales en un extraño teclado que producía una serie de ruidos nada parecidos a lo que suele entenderse por música. Luego, los habituales noticiarios que le cuentan a usted, con la ayuda de un caballero ladrador y chistoso lo que ocurre en el mundo, es decir: desfiles militares, una inundación, un incendio, unas maniobras navales, un terremoto, unos ejercicios de aviación, una carrera automovilística y un desfile de cadetes; o sea, un mundo dedicado a la violencia natural y a la creada por el hombre, un mundo lleno de desastres y de muertes repentinas, un planeta de pesadillas aceptado con toda calma por Rose y Eric Satterly y dos mil ciudadanos más probablemente, porque nunca se les había ocurrido que estaban viviendo en ese planeta. La película principal, de la que era protagonista la rubia despampanante, les mostraba cómo esta joven, que combinaba en su persona los extremos de la seducción y la castidad, llamaba la atención de un millonario, uno de esos caballeros norteamericanos de mal genio y que rugen por tres teléfonos a la vez, cómo le permitía que le regalara preciosos vestidos, un estupendo coche y una cierta cantidad de entradas para el teatro y de billetes para el tren y para los grandes transatlánticos, y cómo, en un viaje a Europa quiso el caballero aprovecharse de su inocencia siendo rechazado con buen éxito y recibiendo una sonora bofetada, y cómo, finalmente, se enamora la rubia de un joven pobre, pero interesante, y lo enriquece por el sencillo procedimiento de contarle algo que ella le había oído decir al millonario y, de esta manera, el joven pobre, pero atractivo, explota mediante el chantage al rico anciano y se casa con la rubia al instante. Esta crónica de la ingratitud y traición femeninas fue recibida sin protestas e incluso con bastante aprobación por los dos mil espectadores del Yorkshire, para los cuales aquella historia tenía tanto parecido con sus propias vidas y normas morales como podía tenerlo el modo de vivir de los habitantes de la Luna o, por no ir tan lejos, la vida y la ética de las personas que habían realizado el film.

En cuanto la rubia hizo el mohín preparatorio para el beso final con honores musicales de órgano, Eric Satterly le dio a Rose un perentorio codazo y se puso en pie. Salieron pestañeando al mundo de tres dimensiones, que estaba ahora más oscuro que antes, pero no tan mojado. Alice y Gregory Porson salieron también muy caldeados y costándoles gran trabajo el separarse un poco y anunciaron en seguida que, como era muy temprano, sólo las nueve, debían ir a alguna parte en el coche. Lo difícil era decidir a dónde iban.

Los dos muchachos declararon que se les apetecía beber. Alice les dijo que ella quería bailar y lo decía como si siempre estuviera bailando. Rose no dijo nada, pero se esforzó en aparentar que todo la entusiasmaba, aunque le hubiese parecido muy bien irse a casa como lo hacía siempre después del cine. Entonces Eric Satterly dijo que él sabía el sitio ideal: aquel establecimiento recién inaugurado, «Los cuatro ases», que se hallaba en la carretera de Bradford a Haliford. Allí se podía bailar con la música de Jack Haley. No se podía beber en el mismo local, porque las autoridades de aquella región no comprendían por qué va a tener usted todas las diversiones a la vez. Pero «Los cuatro ases» había sido construído a unos cuantos pasos de un bar con todos los permisos necesarios; «El caballo blanco» (el primo del dueño era el propietario de «Los cuatro ases» y entre los dos se reían de las autoridades locales) y allí se podía echar un trago. De modo que, ¿les hacía el plan o no? Las muchachas, mirándose asombradas, aceptaron. Ellas nunca habían estado en «Los cuatro ases», pero, naturalmente, habían oído hablar de este sitio como de todo lo nuevo que había en Haliford o cerca de él, excepto del comercio local, la Deuda municipal, los nuevos impuestos y otros asuntos sin importancia. Al subir de nuevo al coche, pensaron que esto sí que era «ver la vida». A pesar de haberle caído en suerte el huesudo Eric, Rose tuvo que reconocer en su interior que lo estaba pasando muy bien. Esto era algo que le iba a servir de argumento durante mucho tiempo, cada vez que su hermana Nellie o cualquier otra muchacha de las que andan mucho por ahí le echara en cara que no había visto nada. La excursión de esta noche figuraría en su historia privada como «aquella vez que fuimos al Astoria y luego a “Los cuatro ases”, ¿te acuerdas?». Mientras Eric con un feroz desembrague dejaba atrás el Astoria a toda velocidad y los conducía luego por la obscura carretera de Bradford a Haliford, sentía Rose más simpatía por él y no protestaba cuando, quizá solamente para subrayar un comentario, su mano izquierda abandonaba el volante para darle unas palmaditas y escuchaba con indulgencia, sin envidia ni disgusto, los arrullos amorosos de la pareja sentada detrás. Fue verdaderamente excitante cuando llegaron al establecimiento frente al cual había estacionados muchos coches y que estaba iluminado al exterior por lo menos con veinte luces de colores. Desde fuera se oía el fascinador zrob-zrob de la orquesta de los fabulosos boys de Jack Haley. Aquí estaba ella, Rose Salter, saliendo del coche con toda frialdad y entrando en «Los cuatro ases». Era casi como vivir un film. Ella y Alice, contentísimas y un poco nerviosas, entraron en el guardarropa de señoras, preguntándose si costaba algo o bastaba con dar una propina, y se mantuvieron muy juntas, con las manos cogidas.

Pero no fueron en seguida a bailar, porque los muchachos, después de sacar los tiquets, insistieron en que primero había que beber algo. Así que se dirigieron a «El caballo blanco», donde había mucha gente, mucho humo y mucho ruido. En el amplio local, en el cual lograron encontrar una mesa diminuta, un individuo calvo y con ojos de borracho estaba aporreando un piano; un hombre de aire muy melancólico, que parecía un empleado de pompas fúnebres borracho, tocaba un tambor; y una mujer muy desagradable, con el pelo teñido y una ridícula imitación de juventud, trataba de hacer como si cantara. Estas tres personas conseguían producir bastante ruido, pero a ratos los apagaba la voz colosal de un borracho que estaba contándole a todo el mundo que él sabía cómo son las cosas. Sus únicos rivales eran dos mujeres muy bastas, acompañadas de dos hombres tan groseros como ellas, las cuales, a coro, estallaban de cuando en cuando en unos penetrantes alaridos que debían de ser risas. No cabía duda de que «El caballo blanco» estaba en su apogeo.

—Bueno, muchachos —dijo Eric muy animado—, ¿qué tomamos? ¿Leche y pastillas para la tos?

—Eso es para mí, Eric —dijo su amigo.

—No, chico; tengo que tomármelo yo, porque mamá me lo encargó.

Alice, que estaba muy excitada, gritó:

—Ay hijo, eso para ti; yo voy a tomar un cóctel. ¿Y tú, Rose?

Rose, que no entendía de cócteles, y sólo sabía que, por lo visto, la vida alegre es imposible sin ellos, dijo que tomaría uno. Casi todas las mujeres jóvenes que había allí tomaban cócteles de alguna clase y no como aperitivo, pues ya hacía tiempo que habían cenado, sino como estimulante. En Londres y en otras capitales se pueden tomar cócteles sólo antes de las comidas, pero en provincias los beben después como si fueran licores. El camarero, que traía sucia la pechera de la camisa, les sirvió a las muchachas dos copas templadas con guindas y a los chicos dos whiskys y todos recibieron las bebidas con gran alborozo. Tanto Eric como Gregory estaban muy pegados a las chicas; esto no se podía evitar. Estuvieron burlándose de la mujer del pelo teñido y alborotaron de lo lindo. Entonces fue cuando el fatal Mayor Beamish los llamó por primera vez. Era un hombre obeso de edad madura y con una cara muy colorada y unos enormes bigotes que no parecían de verdad. Se abría paso con varios vasos en la mano cuando le miró Eric Satterly, y le dijo:

—Buenas noches, Mayor Beamish, ¿qué tal le va?

El Mayor, que ya no estaba muy despejado, pestañeó un poco y acabó reconociendo a los dos jóvenes.

—¡Caramba —exclamó jovialmente y con voz pastosa— si es el joven Satterly… y también el joven Porson! Jovencitos, lo comunicaré al Banco.

Los tres se rieron estrepitosamente de esta ocurrencia, mientras Alice y Rose escuchaban con aire afectadamente distinguido sorbiendo de cuando en cuando sus cócteles.

—No tenía idea de que veníais a estos sitios; tenemos que tomar una copa para celebrarlo. —Entonces dejó bruscamente los vasos sobre la mesa de los muchachos, le puso una mano a Eric en la espalda y la otra en el hombro de Alice y se inclinó sobre ellos sonriente—. Bonitas chicas; me gustan las muchachas bonitas.

Le presentaron a las dos «muchachas bonitas», que estaban bastante asombradas. Entonces el Mayor insistió en que había que beber inmediatamente a la salud de los jóvenes, y Eric y Gregory tuvieron que terminar sus whiskys en miniatura y empezar los de gran tamaño que traía Beamish. Las muchachas se negaron a tomarlos y continuaron sorbiendo sus cócteles.

—Les diré a ustedes lo que vamos a hacer —dijo el Mayor en tono confidencial—; ahí tengo dos tipos que no me divierten. De verdad me están dando el tostón. En cuanto me libre de ellos vamos a divertirnos nosotros cinco de lo lindo. ¿Qué os parece?

Los dos chicos estaban muy halagados por esta invitación; pero Gregory, a consecuencia de un pisotón de Alice, dijo que las muchachas querían primero ir a bailar.

—Naturalmente, naturalmente —dijo el Mayor con gran seriedad, como si acabasen de nombrarle maestro de ceremonias de la reunión—; id a bailar un poquito, que eso siempre va bien. Me parece muy bien; vosotros bailáis mientras yo me libro de esos tipos. Hasta luego, muchachos; hasta luego, niñas.

Y se alejó en busca de sus acompañantes.

—Vamos —dijo Alice—; hemos venido a bailar.

—Pero ¿no sabéis quién era? —dijo Greg mientras salían—. El Mayor Beamish… ya sabéis, de los Beamish.

Aunque el Mayor les había parecido absurdo y bastante bebido, las dos muchachas se miraron agradablemente sorprendidas, pues los Beamish habían sido fabricantes en gran escala en Haliford durante medio siglo y figuraban en la aristocracia local.

Míster Salter creería tan imposible que su hija hubiera sido invitada por un Beamish a tomar una copa como que a él le hubiera invitado el alcalde a una recepción oficial.

—Desde luego —añadió Greg—, éste no es uno de los viejos importantes de esa familia; es el sobrino de Sir Henry. A veces viene al Banco.

—Es un tío formidable —dijo Eric con admiración, como puede referirse un hombre de mundo acostumbrado a beber mucho a otro gran bebedor de su clase—; cuando volvamos allí lo vamos a pasar bien. ¿Recuerdas, Greg, aquella noche en que le vimos tumbarse en el «George»? ¡Qué noche aquélla!

Alice y Rose, aunque un poco intranquilas por todo este alarde de vidas en el gran mundo y sintiéndose un poco desplazadas, miraban con creciente respeto a sus acompañantes.

La mirada que Alice dirigió a Rose decía con toda claridad: «¿Qué te dije, eh? ¿Merecen la pena o no, mis amigos?» Y la mirada de Rose le decía a Alice: «Sí, tienes razón y después de esto tendremos muchísimo qué contar, pero yo estoy un poquito intranquila». A lo cual replicaba la mirada final de Alice: «No seas tonta, Rose, esto es formidable.» Con lo cual llegaron al piso de arriba y entraron en la pista de baile de «Los cuatro ases». El local era una bonita mezcla de rayos rojos y negros, con festones de papel, luces de varios colores y grandes siluetas de Mickey Mouse pegadas en las paredes; llamativos vestidos femeninos, caras sudorosas y arreboladas, y los olores característicos del maquillaje y el sudor. Los boys de Jack Haley, todos ellos con jerseys azules y pantalones blancos, habían estado descansando, pero ahora, como si los animase el rostro anhelante de Rose, volvieron apresuradamente a sus saxófonos y tambores, y a una lánguida, pero insoslayable señal de Jack, empezaron a mecerse en el encantador oleaje de una canción de moda, titulada «Besando tus manos». En el interior de la cabeza de Rose estalló un cohete después de irse elevando poco a poco. ¡Aquello era tan precioso! Su vida entera parecía moverse al ritmo —a veces saltarín y alegre y, otras, melancólico y tierno— de estos bailables populares; lo mismo les ocurría a millones de otras jóvenes por todo el mundo. Si el futuro historiador de nuestra época no dedica una parte de su obra a estas melodías, habrá perdido el tiempo. Constituyen uno de los fenómenos sociales de nuestro tiempo. Como mariposas colosales, van por ahí frívolamente, cruzando todas las fronteras, sin hacer caso de acorazados, aviones, ni siquiera de los más terribles dictadores. Unos habilidosos especialistas de muy escasa importancia se reúnen alrededor de un piano en Hollywood, Broadway, Charing Cross Road, escuchan, revisan, regatean, forman contratos… y de todo esto en los cines, las radios, los dancings, restaurantes y gramófonos, surge esta música fácil que medio crea y medio expresa el tono del mundo, ya sea en Nueva York, en Londres, en San Francisco, Madrid, París, Roma y Buenos Aires, ya en Shangai, Melbourne, Río, Estocolmo, la Ciudad del Cabo o Calcuta. Consideradas estrictamente estas canciones como obras musicales, son despreciables, cubren la superficie de la Tierra, pero tienen una vida muy corta. Ahora bien, mientras las orquestas de baile las tocan por todo el mundo y sus lamentos o su alegría están sonando, su influencia sobre los destinos humanos dominando a hombres y mujeres al aprovechar sus amorosos estados de ánimo es tan formidable y de efectos tan amplios, que una mente contemporánea no podría estimarla con exactitud. Dejemos que el historiador futuro emprenda esta tarea; se la cedemos con gusto.

Al fluctuante encanto de «Besando tus manos», seguido por el encanto saltarín de «Fíjate en los pies» y «¿Quién es tu gansita?», hizo Rose todo lo posible por bailar con Eric Satterly que, como tantos de los muy delgados y altos, resultaba demasiado espasmódico, demasiado molesto como pareja. Su brazo huesudo se clavaba en la espalda de Rose. Las salientes rodillas de él le golpeaban las piernas. Tenía «demasiados» pies. Era difícil olvidar que estaba allí, pero Rose hizo todo lo posible para borrarlo con la imaginación, pues le encantaba bailar, y aunque Jack Haley y sus boys no eran de lo mejor de su profesión —en verdad eran de lo peor—, su música de baile era de lo mejor que Rose había oído en su vida y le parecía algo que se rozaba con la perfección. Así, cuando pudo olvidar a Eric Satterly y a toda la gente que la empujaba, cuando el baile fue ya algo que tenía lugar entre ella y los boys de Haley, sintiose muy feliz. Cerraba los ojos y se movía en un trance rítmico en el que surgía de vez en cuando la figura borrosa masculina que, desde luego, no se parecía en nada a Eric.

En cuanto los boys bajaron del entarimado y las parejas fueron marchándose, Eric y Gregory insistieron en que los cuatro debían ir en seguida a «El caballo blanco», porque lo iban a cerrar muy pronto. Alice, deseosa de agradar, no hizo ninguna objeción y le apretó el brazo a Rose cuando la vio vacilar. En «El caballo blanco» la desastrosa mujer del cabello teñido había desaparecido, pero el pianista borrachín y su melancólico compañero seguían armando ruido y tenían a sus pies varios vasos vacíos de cerveza. Beamish, que parecía haber crecido durante la ausencia de ellos — incluso los bigotes parecían de mayor tamaño—, se apoyaba en tres individuos a la vez para hablar con un cuarto. Saludó a los recién llegados como si fueran sus más viejos amigos y casi los abarcó a los cuatro en un abrazo, echándoles encima un intenso aroma de whisky, y luego, como no había ninguna mesa vacía, los sacó de allí, abriéndose paso a empujones hasta el bar, y acabó poniéndole a cada uno una bebida en las manos. Rose se encontró sin saber cómo con un vaso en la mano lleno de un líquido incoloro y gaseoso que le parecía inofensivo, y como tenía mucha sed después de haber bailado, bebió un trago. Tenía un sabor amargo y más fuerte de lo que podía esperarse.

—Estupendo, chica —dijo el Mayor, dándole unos cariñosos golpecitos en la espalda—; ginebra y tónico. Buena combinación para las jovencitas. ¿Dónde está mi whisky?

«¿De modo que era ginebra y tónico?», pensó Rose, que había oído hablar de esto alguna vez. En fin, esto era vivir y adquirir experiencia.

—Un momento, un momento —le gritó un hombre al oído. Era un tipo extraño, con un bombín que le estaba demasiado pequeño y sin cuello ni corbata; podía pensarse, al verlo, que aun sin estar borracho hubiera parecido un cómico—. Soy yo el que le pregunta a usted… ¿comprende?… No es usted el que me pregunta a mí. Yo se lo pregunto a usted. Dígame el nombre del jugador de cricket que haya hecho más wickets en su primer partido. Fíjese que sólo le pregunto a usted el nombre. Y no estoy discutiendo; es sólo una pregunta.

—Charlie Chaplin —rugió el Mayor, a quien no se había pedido su opinión.

El hombre del bombín se resintió mucho de esta alusión, y volviéndose rápidamente al Mayor, le dijo:

—Caballero, no se meta usted en lo que no le importa, que eso no iba con usted. Le preguntaba aquí a su amiguita una cosa muy seria, y si usted sabe contestarla como es debido, también admito su contestación; si no, mejor quédese calladito.

El Mayor replicó a gritos que no le daba la gana de quedarse calladito, y con todo esto se produjo una tremenda tremolina. Rose, al intentar apartarse de allí, tropezó con alguien que estaba detrás de ella, siendo causa de que se vertiera un precioso licor, parte del cual le mojó la espalda de su vestido. Estaba ahora separada de Alice y de los dos muchachos. Todos parecían hablar al mismo tiempo, pero aquello le daba una impresión fantástica, algo así como si ella o los demás no estuvieran allí. Sintió un dedo que le tocaba en la espalda y al volverse vio a un viejecito con unas venas muy salientes en una cara amarillenta y con una nariz muy afilada que parecía gotear alcohol. Una vez conseguida la atención de Rose, el viejo acercó su cabeza a ella.

—Escucha, niña —le dijo muy triste—. Escucha, niña; eres muy jovencita y muy mona y debes irte a casita antes de que te pase nada. He visto muchos casos de niñas como tú que les han pasado cosas muy raras cuando tomaron unas copas de más en sitios como éste. ¡Ah, claro que he visto cosas! ¡Ji, ji, ji!

Y cloqueando de esta forma, le cogió la muñeca con su mano sucia y sarmentosa y se acercó aún más. Ella lo rechazó violentamente como si fuera una araña; y, en realidad, lo parecía. En aquel momento, varias voces gritaron detrás del mostrador: «¡Se va a cerrar, caballeros!», y siguieron repitiéndolo en todos los tonos, mientras el grupo de la trifulca, ya pacificado, se unía para protestar contra el establecimiento porque no les servían más bebidas. El Mayor les sacó a todos de allí como un pastor.

—¡Bueno, muchachos! ¡Bueno, niñas! —exclamó—. Venid todos conmigo. Desde luego; todos conmigo.

—Y, ¿a dónde vamos a ir?

—¿A dónde? A mi casa. Ahí mismo, carretera abajo.

—Y ¿para qué vamos a ir?

—Para tomar el último traguito juntos. Estoy allí solo, muy solito — repitió en tono de profunda tristeza—. Vamos, amiguitos; no dejéis solo al pobrecito Mayor.

—Gracias, Mayor —dijo Gregory Porson, que evidentemente deseaba ir —. ¿Vamos?

—¡Claro, hombre! —dijo Eric Satterly.

—Y tú, ¿qué opinas, Rose? —le preguntó Alice.

—No… Gracias… Yo, la verdad, si no os importa, no querría ir — tartamudeó Rose, sintiéndose muy mal.

—¡Cómo… cómo! —gritó el Mayor, asombrado y dolorido—. Una muchacha tan buena y tan guapa como tú, y… y… negarse a aceptar la invitación… no querer venir para tomar un último vasito; vamos, vamos, Rose, Rose, mi pequeñita Rosie… no agües la fiesta.

—Es verdad, Rose, debes venir —dijo Alice—; no vayas a estropearlo todo ahora. Si no quieres venir, yo tampoco podría…

—Bueno, Alice, como quieras.

El Mayor tenía un auto (nadie le dijo que no estaba en condiciones de conducirlo) y convinieron en que él llevaría a Alice y Greg, mientras que Eric Satterly, que sabía dónde estaba la casa, los seguiría en el otro coche con Rose. Eric había dejado el auto en un sitio bastante obscuro, y cuando Rose y él llegaron allí, la rodeó precipitadamente con sus largos brazos y empezó a besarla. No le alcanzó los labios porque ella se las arregló para eludírselos.

—¿A qué viene esto? —preguntó Eric, fastidiado por aquella falta de entusiasmo—. ¿Es que no te gustan los besos?

Era una pregunta difícil de contestar; para ser sincera tendría que haber respondido: «Sí, me gustan los besos, pero no los tuyos», y como esto hubiera sido una grosería, se limitó a murmurar que, por lo visto, no le gustaba el besuqueo, dándole así a entender que era una criatura mojigata. Todo ello resultaba muy molesto e irritante, como suele serlo esto de los besos. Rose y sus amigas no tenían una estricta norma de conducta para estas cosas, pero lo admitido por ellas era que si un muchacho llevaba a una de ellas a pasear y se gastaba con ella bastante dinero, había que permitirle una razonable cantidad de abrazos y besos, siempre que no llegara a ser demasiado repugnante. (Y, desgraciadamente, los amigos de los amigos de las amigas de una, solían serlo.) Naturalmente, el punto hasta el cual podía permitírsele llegar estaba determinado por el atractivo del joven y por el estado de ánimo de ella. En el caso de Rose, que era mucho más fría y menos despabilada de lo que parecía, no llegaban muy lejos, pero tampoco eran rechazados de un modo tajante en el primer momento, porque ella se sentía siempre inclinada a hacer lo que parecía indicado y razonable, tanto en esto como en las demás cosas. Eric le era muy poco atractivo; no deseaba tener el menor contacto físico con él; pero, como era su pareja en aquella excursión, no quería verlo enfurruñado, y por ello soportó su manoseo y su picoteo en la cara.

Pero, después de uno o dos minutos, lo empujó diciéndole:

—Vamos; van a extrañarse de nuestra tardanza.

—Bueno, es igual —desde luego, ya estaba enfurruñado. Era curioso lo pronto que se ponían mohínos. Estaban diciéndole a una que le iban a dar toda la Tierra, y al momento siguiente, ya estaban huraños. En fin, que se enfadara si quería.

—Estoy pensando —masculló Eric, mientras se dirigían en el coche a la casa del Mayor— que tiene usted que aprender mucho, miss Rose… Está usted muy bien, no cabe duda; es una muchacha estupenda… Pero no sabe usted alternar.

Rose no contestó. Estaba bastante enfadada y un poco triste, pues no le gustaba que le dijeran —ni siquiera este individuo— que no sabía alternar. Se esforzaba siempre en quedar bien dentro de lo razonable, pero no tenía la culpa de que él fuera tan desagradable. Y, aunque la velada estaba teniendo su lado brillante, sentíase algo disgustada con Alice por haberle traído este muchacho. Llegaron al hotelito del Mayor, parecido a la mayor parte de las casas de esta región, pero mucho mejor que todas las habitadas por los parientes y las amistades de Rose. El Mayor los esperaba en el umbral, dándoles la bienvenida a gritos. Entraron tras él en un gran vestíbulo iluminado, con varias puertas y una vistosa escalera interior. A un lado había un montón de bastones de golf y al otro un barómetro y la cabeza disecada de un ciervo. Todo muy a la antigua.

—Por aquí —dijo el Mayor, que ya se había tomado otro whisky con soda, cuyo vaso sostenía aún en la mano—; pasen por aquí al comedor; ahí están las bebidas; hay de todo. Ahí están tus amigos, muchacho. Anda y sírvete tú mismo.

Y le dio a Eric una palmada en la espalda que se convirtió en un suave empujón que le envió al comedor por la puerta abierta a dos pasos de ellos. Luego se volvió hacia Rose, y con la inmensa gravedad del hombre que cree poder soportar la bebida, la miró solemnemente, y le dijo:

—Querida, quiero mostrarte algo que te va a interesar mucho. Un cuadro en la sala. Un parecido extraordinario. No dejo de pensar en esto.

Entonces la cogió con firmeza por el brazo y, sin hablar más, la condujo por un obscuro pasillo hasta una sala de aire misterioso iluminada sólo por el rescoldo de la chimenea. Separose de ella un momento para encender la luz eléctrica en una lámpara de mesa que estaba en un rincón, no sin tropezar antes dos o tres veces con los muebles y lanzar unas maldiciones. Rose estaba muy preocupada y el corazón le latía rápidamente. La habitación tenía un aspecto muy agradable, con un piano de cola, unos sillones muy grandes, muchos cuadros y una alfombra muy gruesa. No pudo detenerse mucho en esta contemplación porque el Mayor había vuelto a su lado y con un silencio impresionante la conducía otra vez por el brazo con la misma solemnidad que si llevara a una novia a un altar invisible. «Esto es», dijo, mostrándole con triunfo un cuadro al óleo colgado muy cerca de la solitaria lámpara. Representaba una muchacha que parecía italiana asomada a una especie de balcón de mármol, con una gran extensión de mar muy azul detrás de ella. Rose pensó que era un cuadro muy bonito, pero no comprendía qué tenía que ver con ella, aunque le halagaba —y además sentía bastante alivio después de todos aquellos movimientos misteriosos por la casa— el saber que había sido elegida especialmente para aquello.

—¿No ves? —le dijo el Mayor muy exaltado, apretándole el brazo con una mano, mientras con la otra, que no había soltado el vaso de whisky, le señalaba el cuadro—. ¿No ves?

—Es… muy bonito —tartamudeó Rose.

—Sí, sí, claro. Pero ¿quién es? Eso es lo interesante. ¿Quién es?

Consciente de su incapacidad en la crítica de arte, murmuró Rose que no lo sabía.

El Mayor, que hacía un momento hablaba como enfadado, reía ahora entre dientes, y le soltó el brazo sólo para pasarle el suyo por los hombros.

—Tú —dijo con aire triunfal—. No hay la menor duda; eres tú, querida, exactamente tú. Me di cuenta al instante. Tu viva imagen. ¡Maravilloso!

Rose no podía ver el parecido por ninguna parte, pero no se atrevía a decirlo. No le parecía bien desengañar al Mayor. Éste, rogándole que examinara el cuadro con más atención, acercó su cara a la de ella de modo que Rose sintió cómo le cosquilleaban los enormes bigotes en la mejilla y que un vaho de whisky la inundaba y el brazo que la abarcaba por los hombros le parecía pesadísimo.

—Cuando te vi —dijo el Mayor con mucha tristeza— pensé: «¿Dónde he visto yo a esta muchacha tan hermosa?» Y luego me dije: «¡Pero si es la misma belleza que tengo en mi casa en el cuadro!» Eso es lo que me dije. Y ahora, aquí estás tú, que eres la misma. ¡Eres tan maravillosa!

Entonces le quitó el brazo de encima, y este simple movimiento le hizo caer en el sillón más próximo. Allí tumbado bebió parte de lo poco que le quedaba en el vaso. Un momento después logró incorporarse y cogerle a Rose una mano, tirando de ella hacia el sillón. Rose consintió esto sin decir una palabra, pero estaba nerviosísima. Él la hizo acercarse aún más, de modo que la muchacha estaba ya junto al brazo del sillón. Rígida, murmuró unas palabras sobre que tenía que ir a ver a sus amigos.

—Déjalos —le replicó Beamish—; ellos se divierten a su manera. Nosotros nos divertiremos a nuestro modo. Siéntate aquí —añadió, dando otro tirón de ella— y no te preocupes. Eres un encanto, niña, un encanto; ven, siéntate.

Preguntándose con temor qué iría a ocurrir y cómo saldría de esta situación sin promover un escándalo, se sentó en el mismo borde del brazo del sillón. El Mayor seguía teniéndole cogida la mano; la de él era una mano muy grande y caliente. Rose deseaba verse libre de aquella presión lo antes posible.

—¿Te gusta Haliford? —le preguntó de pronto el Mayor.

«Esto ya es mejor», pensó Rose y contestó:

—Pues no… mucho. —Vaciló un poco al decirlo, porque después de todo el Mayor era un Beamish y podía sentirse ofendido si le hablaba mal de una ciudad tan estrechamente unida a su familia.

—Tienes muchísima razón. Eres una muchachita tan sensata como guapa. A mí me parece Haliford… pues… pues la verdad… un infecto agujero.

Sus propias palabras parecían deprimirle y se hundió más aún en el sillón. Se consoló jugando con los dedos de Rose.

Murmuró algo acerca del afán de lucro que dominaba a Haliford y luego se bebió las últimas gotas de su whisky. Esto le reanimó instantáneamente y levantándose le soltó la mano y antes de que pudiera hacer el menor movimiento la abrazó con fuerza.

—Por favor, no, no —gritó Rose, terriblemente azorada. Si hubiera sido uno de sus muchachos habría sabido cómo arreglárselas, pero la edad y el prestigio social de aquel hombre se lo hacía muy difícil.

El Mayor, en un tono de feroz desprecio, le repitió:

—¡No!, ¡no!, ¡no! No debías decirme eso a mí, niña. —Había vuelto a ponerse triste—. ¡Decirle eso al pobre Bob Beamish! ¿Es que no te gustaría hacerle feliz al pobrecito Bob? Porque, ¿sabes, querida?, yo no soy feliz — añadió con toda seriedad—; quizá tú me hayas creído un hombre feliz, pero te diré en secreto… sin que salga de nosotros: verás, yo he sido muy… desgraciado. Hasta cuando… hasta verte a ti esta noche. Entonces me dije: «Esa mujercita tan estupenda del cuadro la tengo aquí viva delante de mis ojos.» Y apuesto todo lo que tengo a que estás deseando besarme por haberte dicho eso, ¿verdad que sí?

Rose, en el tono más amable que pudo, dijo que no lo deseaba. No quería herir sus sentimientos y, por lo visto, aquel hombre se hería con facilidad. Por muy idiota que le pareciera, no podía evitar el compadecerlo y lo hubiera compadecido más si la hubiera soltado.

—No, escuche —le dijo tratando de soltarse. Fuera parecía ocurrir algo al otro extremo de la casa y el Mayor hacía tanto ruido que sólo podía oírsele a él; pero Rose estaba segura de que sonaban voces irritadas y portazos. Se lo dijo al Mayor.

—¡Bah! ¡Qué tontería!

—Tengo que irme.

—¡Qué disparate! Será que tus amigos sostienen una pequeña discusión. Voy a ver.

La dejó repentinamente. Rose, desconcertada, respiró profundamente y sentose en el brazo de la silla, indecisa. No sabía qué hacer. ¿Qué estaba ocurriendo? El Mayor había cerrado la puerta tras él. Ella se sentía como un objeto abandonado en aquella espaciosa habitación apenas iluminada. Volvieron a oírse voces furiosas; lo que ella deseaba ahora por encima de todo era escapar, pero la asustaba la idea de recorrer esta casa desconocida y, por otra parte, temía meterse en algún asunto desagradable; no sabía en qué, en cuanto abriese aquella puerta…

Pero la puerta se abrió de par en par en aquel momento. No la había abierto el Mayor. La figura enmarcada por ella era una mujer. Un momento después Rose la vio con toda claridad porque la mujer había encendido todas las luces y la sala se había inundado de claridad. Pero esto nada era comparado con el centelleo de los ojos de aquella mujer al mirar a Rose. Era una mujer delgada, elegante, como de unos cuarenta y tantos años, y si estaba irritada al encender la luz, cuando vio claramente a Rose se enfureció más aún.

—Esto es… —empezó a gritar sofocándola su ira. Rose intentó decir algo, pero no pudo articular palabra.

—¡Fuera! —chilló la mujer, excitadísima—. ¡Fuera ahora mismo! No sé quién es usted ni me importa; lo único que quiero es que salga usted de aquí ahora mismo, si no llamaré a la policía.

Temblando como una azogada cruzó Rose la puerta, mientras la mujer le volvía la espalda de un modo ostensible, como si la joven tuviera alguna enfermedad contagiosa. Mientras se alejaba por el pasillo, oyó cómo maldecía la mujer a todas esas desvergonzadas tunantas… pero no se atrevió a replicar. Del Mayor no había señal alguna. En la puerta del comedor pensó pararse, puesto que Alice y los dos muchachos se habían quedado allí, pero ni llegó a mirar siquiera, porque de pronto comprendió que se habían marchado. No fue necesario que la mujer le chillase más para que se apresurase por su propio impulso hasta la puerta de la calle, que le cerraron inmediatamente, con cerrojo y todo, en cuanto puso el pie en el umbral.

Permaneció unos cuantos minutos bajo el porche, pues había vuelto a llover y la oscuridad era muy grande. Le brotaron lágrimas de humillación; sentíase vejada y en un desamparo absoluto. Todos los que le habían insistido en que fuera a esta miserable casa habían desaparecido. Era tarde —por lo menos media noche— y Rose se encontraba a varias millas de su casa con sólo un vestido muy mojado (el mejor que tenía) y además en una densa obscuridad y lloviendo a cántaros. Avanzó uno o dos pasos y empezó a mojarse. Esto transformó su humillación en ira; sentíase irritada contra aquella mujer (y estuvo a punto de volver a llamar y decírselo), con el borrachín Beamish, con Gregory Porson y Eric Satterly y Alice, que habían huido dejándola en la estacada. Le hubiese gustado romperles la cabeza a todos ellos.

Estaba tan indignada que casi no se enteraba de la lluvia y se encaminó al azar en dirección a Haliford, que se encontraba a diez millas. Antes o después esperaba encontrar un autobús de última hora por la carretera, aunque también podía ocurrir que pasara junto a ella llenándola de barro y sin verla en la obscuridad. Apenas había recorrido unos centenares de yardas —distancia que aunque corta era dificilísima de recorrer por la lluvia y el fango— cuando percibió los faros de un auto que marchaba de un modo muy curioso. Eran unos faros muy indecisos, pues se dirigían a una y otra dirección hasta que por fin dieron la vuelta y vinieron lentamente hacia ella. Rose corrió hacia ellos con viva esperanza. El coche se detuvo en cuanto ella recibió de lleno la luz. En el momento siguiente se encontró en el asiento trasero con Alice, que estaba tan enfadada como Rose.

—Creí que habríais desaparecido para siempre —empezó a decir Rose jadeante.

—Es que no sabíamos qué hacer —empezó a explicar Gregory. Parecía enojado.

Alice le cortó en seco. Se veía que estaba irritada contra él.

—Nos llevas a casa cuanto antes —le ordenó— y mientras menos hables mejor.

—Muy bien —gruñó Greg—. Pero no hemos tenido la culpa nosotros. ¡Cómo íbamos a saber!…

—¡Cállate y conduce! —dijo Alice. El coche dio la vuelta y se dirigió a toda velocidad hacia Haliford. Alice se acercó más a Rose.

—Criatura, estás empapada.

—Claro que lo estoy —replicó Rose— y vosotros también lo estaríais si hubieseis venido andando todo este camino. ¿Por qué me habéis dejado allí?

—Es que, ¿sabes?, estábamos en aquel comedor esperándote a ti y a ese Mayor y entonces, de repente, se presentó aquella mujer, supongo que era su esposa, y nos echó a cajas destempladas, y como no sabíamos dónde estabais, tuvimos que irnos porque aquella mujer nos iba empujando. Bueno, y tú ¿dónde estabas?

—Quería enseñarme un cuadro y luego… se puso tonto.

—A ti no te gustaba, ¿verdad? —preguntó Alice.

—¡Gustarme! Claro que no. Yo no quería ir a esa casa, bien lo sabes. ¡Un borracho semejante!… Y luego… que la echen a una… como si una fuera una…

—Ya lo sé, Rose, lo siento.

—Supongo que lo habrás sentido.

—Éstos tienen la culpa —dijo Alice señalando a los dos muchachos que iban en los asientos delanteros—, por habernos presentado a ese hombre y hacernos ir allí. ¡El mayor Beamish! ¡Qué tipo!

Eric Satterly se volvió:

—Pero ¿cómo íbamos a saberlo?

—No estoy hablando contigo —dijo Alice en tono áspero—; lo que tienes que hacer es llevarnos a casa, y primero pasa por la calle Slater. Rose está mojadísima.

Nada más dijeron. Estaban todos cansados y de un humor espantoso. Rose no agradeció la invitación a Alice ni a los muchachos. Dio rápidamente las buenas noches y entró en casa. Afortunadamente, los Salter nunca tenían prisa por irse a la cama los sábados por la noche y Rose encontró a su padre, a su madre y a Nellie y Fred (George estaba aún en la calle) bebiendo té y comiendo pastas con mermelada junto a la lumbre de la cocina.

—Bonitas horas de venir a casa —exclamó la señora Salter—, y mira cómo te has puesto el vestido nuevo, so tonta.

—¿Dónde has estado? —le preguntó Nellie con aquel característico interés de hermana mayor que ha estado ya en todas partes.

—Fuimos con dos chicos al Astoria y después a «Los Cuatro Ases». — Rose hablaba con un tono desprendido, como de algo indiferente, y no es que lo hiciera a propósito, sino que en ese momento lo sentía todo muy lejano.

Nellie quedó impresionada.

—No te van tan mal las cosas, ¿eh?

Normalmente, a Rose le hubiera halagado esto, pero ahora le daba igual; aceptó una taza de té, cogió una rebanada de pan con mantequilla y se acercó al fuego a calentarse y secarse, pero su espíritu se hallaba muy lejos del grupo familiar.

—He hecho algunas gestiones —dijo Fred solemnemente—, y creo que si esperas una semana o dos te podrás colocar en el Canódromo.

—Ya te he dicho, Fred —replicó Rose, procurando no parecer demasiado ingrata—, que no quiero ese empleo.

—Bueno, mi pequeña dama —intervino el padre en tono cariñoso, pues quería mucho a Rose y estaba orgulloso de ella—, ¿qué es lo que quieres entonces?

Rose vaciló un momento. Por fin dijo:

—Si Alice Hargreaves se marcha a Londres y me encuentra allí una colocación, me iré. Ya estoy harta de Haliford. Ahora me voy a la cama. Buenas noches, madre. Buenas noches, papá. Buenas noches a vosotros dos.

Incluyó a Nellie en sus «buenas noches» aunque Nellie compartía con ella el mismo dormitorio, porque estaba decidida a desvestirse apresuradamente y fingirse dormida cuando entrase su hermana. No tenía ni el menor deseo de contestar las inquisitivas preguntas que con toda seguridad pensaría hacerle Nellie esa noche. Todavía le quemaba el recuerdo de aquella mujer que la expulsó de la casa. De modo que… «Buenas noches a todos. Buenas noches».