Londres los separa

J. B. Priestley · Capítulo 16 de 16

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Londres los separa

Capítulo XVI

XVI

 

 

R OSE se despertó muy lentamente como si emergiera de una inmensa profundidad de sueño. Abrió los ojos y nada vio en la penumbra que le interesase. Volviendo a cerrar los ojos, se sumergió de nuevo hasta una cierta profundidad. Entonces empezó a experimentar la sensación de que llevaba mucho tiempo durmiendo. Entonces abrió los ojos de par en par y se esforzó en mirar en torno suyo. ¿Dónde estaba? Desde el primer momento había reconocido por completo la habitación, que seguía obscurecida por las pesadas cortinas. Corría una aventura en la que intervenían un tobillo torcido y una señora muy amable. La noche anterior, pensó en ello como en una aventura, de modo que esta mañana la aventura seguiría su curso. Pero, de todos modos, ahora no se hallaba tan despreocupada, quizá porque no era una hora adecuada para aventuras. ¿Qué hora sería? No tenía reloj. Con mucho cuidado y sintiendo aún dolor en el tobillo, se echó abajo de la cama. Llegó hasta las cortinas y las descorrió. Era de día y comprendió en seguida que no era por la mañana temprano a pesar de que el día era bastante obscuro. No se veía gran cosa en el contorno. Un árbol pelado, un muro de ladrillo y la parte posterior de unas casas altas al otro lado del muro. La habitación, aunque seguía cargada la atmósfera y con bastante olor, estaba fría y Rose encendió la estufa de gas. La cabeza le dolía un poco y tenía un sabor desagradable en la boca como si se estuviera reponiendo de una larga enfermedad. Pero sentía mucha hambre. Tenía la seguridad de haber dormido mucho tiempo. Entró en el cuarto de baño con el propósito de tomar un buen baño caliente —ya que estaba allí, debía aprovecharse de aquellos lujos— y entonces se acordó de su ropa. La noche anterior la había dejado en el cuarto de baño. Ahora no estaba allí. Alguien debía de haberla guardado en la cómoda. Se lavó rápidamente sólo para despertarse más y se dedicó a explorar el armario y la cómoda.

Las prendas no se hallaban allí. Pero el armario no estaba vacío. Había en él dos viejas batas de fantasía, una piel, tres zapatos desparejados y un sombrerito negro muy mono arrumbado en un rincón. El interior del armario olía a lo mismo que había olido el dormitorio cuando Rose entró en él la noche pasada, es decir, a mujeres excesivamente pintadas, perfumadas y no demasiado limpias, quizá a muchísimas de ellas. En la cómoda también había muchas cosas, medias sueltas y rotas, algunas prendas de ropa interior sucias, dos o tres borlas de polvos, pañuelos manchados de rojo de labios y un revoltijo de tubos vacíos de pasta dentífrica, cajas de colorete, tarros de crema, todo ello vacío, horquillas imperdibles, cartas y facturas rotas… y en el último cajón que miró, el de arriba a la derecha, había algunos dibujos que parecían haber sido recortados de revistas extranjeras, estos dibujos eran de una clase que ella no había visto nunca. Ignoraba que tales cosas existieran. No sólo eran obscenos, poniéndole crudamente ante los ojos lo que antes sólo existió confusamente en su imaginación, sino que eran tan feos y locos en su obscenidad que la asustaban. Los miró a toda prisa y luego volvió a encerrarlos en el cajón, tratando de desterrarlos de su memoria para siempre. Quedose recostada sobre la cómoda, temblorosa. Era como si acabara de mirar y escuchar a un loco. Estaban en aquel cajón ordenándole a Rose que abriera de nuevo y los dejara escapar; y entonces le pareció como si cuanto había sentido vagamente sobre esta habitación desde el momento en que entró en ella se concentrara en un punto concreto, en lo que acababa de ver. Quizá todo el tiempo había sentido en su inconsciente que la esperaba allí aquella porquería. Durante los pasados cinco años Rose se había ganado la vida entre muchísimas mujeres mayores y muchachas y muchas de ellas hablaban con mucho desenfado, de modo que no había gran cosa del tema «hombres» que Rose no conociera y lo que sabía no le repugnaba. Rose no era ni muy curiosa ni de un pudor exagerado, pero aquellos dibujos pertenecían a un mundo aparte, no tenían comparación posible con las cosas que ella había oído. No es que convirtieran a hombres y mujeres en animales sino en demonios gesticulantes; nada tenían que ver con la alegría del amor; procedían de aquella región de enfermedades, torturas y enajenación mental. El hombre autor de aquellos dibujos —e instintivamente ella sabía que tenía que ser un hombre— se odiaba a sí mismo y a toda la humanidad. Constituían su venganza de la vida.

Rose decidió que si se quedaba con Mrs. Hubarth no dormiría en este cuarto. Las criadas que lo habían ocupado antes —probablemente extranjeras — eran sin duda muchachas sucias en todos sentidos y el dormitorio tardaría mucho en librarse de aquel ambiente. Por lo pronto, necesitaba su ropa y se sentía muy absurda en una casa desconocida, dentro de aquella fría bata y del más transparente de los pijamas sin ropa alguna a la vista. El ama de llaves se la había llevado, ¿pero por qué lo había hecho? Eso era un misterio. El tobillo no estaba del todo bien y mientras pensaba qué haría, Rose volvió cojeando a la cama y sentose en el borde.

Se abrió la puerta lentamente y se asomó una cabeza desconocida para Rose. Era una mujer mayor con un rostro colorado y grueso.

—Bueno, bueno —dijo la recién llegada—; ¿conque ya estás despierta? ¡Ahí sentada, estás linda como una rosa! ¡Vuélvete a la cama, queridita, que te vas a resfriar!

La mujer, que era obesa y baja, llevaba un inmenso delantal. Debía de ser la asistenta.

—¿Qué hora es, por favor?

—¿Hora? Pues más cerca de la una que de las doce, queridita. ¡Vaya, qué dormilona! Yo, a tu edad, era lo mismo. Me tumbaba y a dormir se ha dicho, y, fíjate, ahora nunca me entra sueño. ¿A que tienes hambre?

Rose admitió que tenía hambre.

—Muy bien, encanto. Anda, vuélvete a tu camita que yo te traeré algo en una bandeja como si fueses una reinecita.

—He estado buscando mi ropa —dijo Rose, que tenía más deseos de levantarse que de ser tratada como una reinecita.

—No te preocupes de tu ropa, querida —replicó vagamente la asistenta—. Lo que yo digo siempre. Mientras que las cosas vayan bien hay que aprovecharse. Espera en la cama a que yo te traiga las cosas.

Evidentemente, Mrs. Hubarth pensaba que Rose no debía levantarse todavía. ¡Qué amable! Rose recordó que tenía que escribir a Edward; el pobre estaría muy preocupado. Pero en esta habitación no tenía material para escribir. Se lo dijo a la asistenta.

—Muy bien, encanto. Si quieres escribir una cartita ya nos ocuparemos de eso. Pero ahora vuelve a acostarte, que no tardaré.

Y esperó hasta que Rose, sin quitarse la bata, se metió en la cama. La mujer salió. Rose esperó intranquila. Era la primera vez en su vida que la consideraban y trataban como a una mujer elegante y ella, como una tonta, no podía disfrutar de esto. Pero lo cierto era que la intranquilidad no disminuía. Quizá fuese por el mal efecto que le causaba aquella habitación, y le iba a ser difícil decirle a la señora Hubarth, que se había portado tan bien con ella, que esta habitación le resultaba insoportable.

La asistenta volvió triunfante con una gran bandeja en la cual traía dos chuletas, patatas, guisantes, tostadas, fruta y un vaso de vino tinto:

—No puede usted quejarse, hija mía —comentó la mujer mientras ponía la bandeja junto a Rose—. El ama de llaves, la francesa, por muy rara que sea, se mete en la cocina y en un instante prepara una comida estupenda. Y mira lo que te traigo además: papel, sobre y un lápiz precioso, para que le escribas a tu novio. ¡Vaya un chico con suerte! ¿Qué es lo que te ha hecho, encanto?

La mujer puso su mano grasienta en la mejilla de Rose y movió la cabeza picarescamente. Rose se apartó con un movimiento brusco, dándose cuenta de que había odiado a esta mujer desde el primer momento en que la vio.

Se quedaron mirándose un momento durante el cual la aparatosa jovialidad de la mujer se esfumó y apareció en sus ojos astutos una expresión dura y resentida. Iba a decir algo, pero sin duda lo pensó mejor y se marchó sin más miradas ni palabras. Cuando se cerró la puerta, se oyó un ruido metálico por la parte de fuera. Casi volcando la bandeja, Rose saltó de la cama para comprobar la súbita sospecha que había tenido. Sí, la puerta estaba cerrada con llave por fuera. Este descubrimiento le causó a Rose una extraña sensación. Pero llegó a la conclusión de que la odiosa sirviente había hecho aquello con el único objeto de fastidiarla y que sería tonto por su parte darle importancia.

El almuerzo estaba muy bueno. Sintiéndose como una niña mimada, Rose se lo comió todo y bebió el vino, que le infundió mucho calor y una sensación de gran bienestar. Después de aquello, fue estupendo instalarse a escribirle a Edward, una vez vacía la bandeja y usándola como pupitre. Ésta era su primera carta al joven. Había sido muy tonto y se había enfadado injustamente, pero no era el momento de preocuparse por tales bagatelas. Algunas muchachas le habrían hecho pagar por haberse portado tan mal, pero ella le había perdonado y no quería fingir estar enfadada. Con sólo ver el papel de cartas ya se sintió tranquila, porque era un papel muy bonito, tenía la dirección de la casa y el número del teléfono estampado en rojo. En cierto modo, esto marcaba una gran diferencia. Todas sus negras preocupaciones le parecieron más infantiles todavía.

Empleó mucho tiempo en escribir la carta y estropeó varias hojas de las que le habían traído. La versión final, que no era completamente a gusto de Rose, pero que tendría que bastar, decía así:

Queridísimo Edward:

Siento muchísimo lo de anoche, aunque tuviste tú la mayor parte de la culpa y

espero que estés arrepentido. Cuando me separé de ti la gente empezó a empujar y a darse golpes y entonces me lastimé un tobillo, y una señora muy simpática me llevó en su coche y me trajo a su casa, donde estoy ahora. ¡Quiere que me quede con ella sirviendo! Creo que me gustaría seguir aquí, aunque no estoy muy segura. Me ha tomado mucho cariño y dice que soy una joven muy atractiva. ¿Lo crees tú así? En fin, ya sabes dónde estoy y mi tobillo está ya casi bien, de modo que no tienes que preocuparte por eso. He pensado mucho en ti y espero que tú también te hayas

acordado de mí, porque te quiero muchísimo y espero que no volveremos a pelearnos más.

Te quiere tu,

Rose.

Cuando cerró el sobre y puso la dirección, experimentó Rose una sensación de libertad y de no hallarse sola aunque la puerta siguiera cerrada con llave, porque ahora sabía exactamente dónde estaba y le parecía que Edward se encontraba a la vuelta de la esquina. Ya debía de ser tarde, porque había comido despacio y se había tomado mucho tiempo para redactar la carta. Suponía que alguien vendría en seguida para llevarse la bandeja y echar la carta al correo. Era una tarde muy nublada y Rose no podría haber escrito más sin encender la luz. Le resultaba muy agradable estarse en la penumbra con la estufa de gas encendida. Esperanzada, lánguida y oronda se preguntaba casi con indiferencia cuándo vendría alguien a recoger la carta y cuándo aparecía Mrs. Hubarth.

No tuvo que esperar mucho tiempo. Y las primeras palabras de Mrs. Hubarth fueron muy tranquilizadoras.

—¿Por qué ha cerrado con llave la puerta esa estúpida? ¿Qué tal, querida niña? ¿Cómo sigue su tobillo? No se ve nada aquí. Toinette, cierra las cortinas. —Encendió la luz mientras el ama se ocupaba de las cortinas.

La señora Hubarth llevaba un abrigo muy bonito de piel de marta, como si acabara de llegar de la calle. Rose confirmó su impresión de la noche anterior: Una mujer muy elegante, bastante atractiva y con ojos extraños. Estaba sonriendo, pero sus ojos no sonreían sino que miraban escrutadores a Rose. El ama, que parecía enfurruñada como si la acabaran de coger en falta, se llevó la bandeja, pero Rose no le dio la carta.

—Está usted bastante pálida, querida —dijo Mrs. Hubarth en cuanto Toinette salió—. ¿Le sigue doliendo el tobillo?

Rose respondió que no le dolía mucho.

—Veamos —dijo Mrs. Hubarth sin dejar de mirar reflexivamente a Rose — lo que necesita usted ahora es pintarse un poco. No mucho, desde luego; pero no puede usted tener ese aspecto. Espere un momento. —Salió a toda prisa y con gran asombro de Rose, volvió a los pocos instantes con un espejo de mano, colorete, polvos y una barra de labios nueva—. Si sabe usted usar esto, úselo —dijo en tono bastante seco.

—Pero no hacía falta… gracias —tartamudeó Rose.

—Claro que hace falta. Porque sea usted bonita y todavía muy joven, no es razón para que no se arregle la cara; y ahora no tiene usted el aspecto tan atractivo que tenía anoche. Pruebe esa barra.

Sostuvo el espejo ante la cara de Rose y fue dándole instrucciones sobre el adecuado empleo de aquellas cosas. Rose no protestaba ya y no pudo evitar sentirse halagada por tan profundo interés hacia su persona, aunque había algo extrañamente impersonal, como si a Mrs. Hubarth le interesara más la cara de Rose que Rose misma. Pero quizá —pensó Rose— estas señoras elegantes se interesaran más por las caras que por las personas. Quizá las doncellas de Mrs. Hubarth tendrían que tener un cierto aspecto.

—No tiene usted que preocuparse por lady Holt-Ibstock. Le telefoneé esta mañana y le expliqué lo ocurrido. Está por completo conforme en que venga usted conmigo si usted lo desea. Naturalmente, le dije que usted deseaba quedarse.

Rose se tranquilizó al saber que la gente de Cumberland Square sabía dónde estaba ella. Esto, así como el membrete del papel de cartas, hacía que todo pareciera más normal. Rose díjose que la causa de que ella se imaginara tantas cosas raras y amenazadoras era que no conocía el mundo elegante de mistress Hubarth, donde estas cosas eran normales.

—Respecto a su tobillo —dijo Mrs. Hubarth vivamente— no quiero que se levante usted demasiado pronto, porque, si no, me expondría a tener durante semanas y semanas una doncella inválida.

Rose reconoció interiormente que aquello era razonable y procuró sonreír. Como Mrs. Hubarth sostenía aún ante ella el espejo, Rose sorprendió en él una visión deslumbrante, unos labios muy rojos que al separarse descubrían unos dientes blancos como la nieve. ¡Qué muchacha tan estupenda la que aparecía ante el espejo! Era ella y a la vez no lo era. Una nueva Rose con aire de coqueta.

—Así está mucho mejor, ¿verdad? Verá usted, un amigo mío que es médico va a venir de visita esta tarde y le voy a pedir que le mire el tobillo. Así estaremos seguras de no equivocarnos. Además, como no sólo es médico sino un joven encantador, tengo la convicción de que no tendrá usted inconveniente en que la examine.

Abrumada por estas atenciones y sintiéndose más «reinecita» que nunca, se apresuró Rose a decir que desde luego no tenía inconveniente en ello y que estaba muy agradecida.

—¡Espléndido! Y, mientras llega, puede usted distraerse cepillándose el cabello; aquí tiene un cepillo y le dejaré el espejo. Arrégleselo y mi amigo se convencerá de que he encontrado una doncella muy atractiva. Y no sea demasiado tímida con él. Los doctores, especialmente los jóvenes, se enfadan mucho cuando sus pacientes son absurdamente tímidos. No lo olvide.

Rose había pensado darle la carta para Edward, pero la señora había salido demasiado aprisa antes de que Rose tuviera tiempo de mencionarlo. Edward le parecía ahora una figura de menor importancia, ocupaba menos lugar que antes en su imaginación, es decir, menos que antes de entrar Mrs. Hubarth en su habitación y cuidarla con tanta solicitud. Desde luego, seguía siendo Edward, pero se había difuminado un poco durante los últimos diez minutos y en el recuerdo de él se mezclaba un elemento que no pertenecía a éste, una leve sugerencia de persona abandonada y desaliñada. Mientras se cepillaba el cabello, cuyo aspecto mejoraba mucho con esto, acabó por apartar a Edward de su pensamiento con cierta impaciencia, una impaciencia que en parte iba contra él por haberla disminuido. En parte, contra ella misma por haberle visto tan de pronto de un modo diferente. Se miraba al espejo y reconocía que nunca había estado tan bonita. Ahora, con su cabello como una catarata dorada, los ojos brillantes y los labios de un rojo húmedo, no podía decir Mrs. Hubarth que no estaba bonita. Y se preguntó qué pensaría de ella el médico; lo cual era una novedad, porque los doctores que ella había conocido en Haliford eran hombres mayores y gruñones que se comportaban como si creyeran que todos los pacientes eran tontos e infantiles. Si les decía usted que estaba enferma, aseguraban en seguida que no le pasaba nada, pero si decía usted que se encontraba perfectamente, afirmaban de un modo despiadado que se hallaba usted en un estado lamentable. En fin, que siempre estaban dispuestos a disentir de usted para demostrarle que sabían mucho más.

Rose había terminado de cepillarse el cabello, pero seguía sentada en la cama pensando en los doctores cuando oyó voces al otro lado de la puerta. Una era de la señora Hubarth y la otra de un hombre. Se estaban riendo de algo y Rose esperaba que no fuera de ella. Luego la risa se cortó en seco y llamaron a la puerta con los nudillos.

El joven que seguía a Mrs. Hubarth y que dijo «Buenas tardes» en un tono tan agradable, era completamente distinto a todos los médicos que Rose había visto hasta entonces e incluso a los que había imaginado. El joven que le había anunciado la muerte de Lawrence Vintnor, era atractivo, pero en el sentido en que puede serlo un joven doctor. Pero éste de ahora podía haber sido un galán de cine. Era alto, tenía una cabeza pequeña, un cabello tan rizado y rubio como el de ella, ojos grises, un labio superior pequeño y una sonrisa encantadora. Después de sonreír, procuró adoptar un aire solemne, pero Rose hubiera apostado a que él también se había reído antes de entrar. Había en él un ligero aire burlón indefinible. Daba la impresión de estar representando un papel teatral. Quizá se debiera esto a su juventud, a que no estaba acostumbrado al solemne ejercicio de la medicina. Sin embargo, cuando se acercó a ella y le miró detenidamente, se le iluminó el rostro como si hubiera encontrado lo que apenas se atrevía a esperar.

—¿De modo que ésta es nuestra pequeña paciente? —dijo en tono serio, pero con una leve sonrisa. Sentose en el borde de la cama mientras la señora Hubarth quedaba un poco apartada—. ¿Le sigue doliendo el tobillo?

—No, gracias. Ahora está mucho mejor —dijo Rose con timidez. Entonces recordó que no debía de ser tímida.

—De todos modos, hay que tener cuidado con los tobillos —dijo él con nueva sonrisa—. Son peligrosas las torceduras de tobillos. Bueno. Vamos a verlo.

Se puso en pie. La señora Hubarth acudió presurosa y apartó la ropa de la cama a la vez que miraba a Rose de un modo muy significativo, como advirtiéndole «déjese de timideces estúpidas», y le quitó la venda. El joven doctor se inclinó y examinó cuidadosamente el tobillo. Y dijo:

—Ajá. ¿Le duele aquí? Sí, ya sé lo que es. Una lesión, no hay duda. Sí, sí, no es grave, pero tendrá usted que cuidarse. Repose unas cuantas horas más; quizá pueda usted levantarse esta noche después de cenar. Déjeme tomarle el pulso. —Le tomó una muñeca mientras miraba solemnemente su reloj de pulsera—. Sí, sí, el corazón no ha sufrido. Pero tengo que comprobarlo auscultándola. —Le puso una mano en el pecho izquierdo y ella hizo un movimiento instintivo de defensa. Al hacerlo miró al joven y vio claramente que éste no pensaba en el corazón ni en la salud sino que la miraba de un modo muy extraño y desagradable.

Dio ella un pequeño grito y en los ojos de él apareció una fugaz expresión que podía ser de vergüenza. Inmediatamente se repuso y empezó a reírse. Mrs. Hubarth se sonrió como disculpando a Rose por su niñada. Cubierta de nuevo por la ropa de la cama, se preguntaba Rose si no había sido tonta.

—No hay que preocuparse —dijo el joven a la señora Hubarth—, es, sobre todo, cuestión de nervios. Creo que le convendría un estimulante. Lo mejor sería un par de vasos de vino en la cena.

—¿Le gustaría a usted tomar un poquito de vino, Rosemary? —le preguntó la señora Hubarth, alegremente—. Ahora tiene usted que descansar hasta la hora de la cena. ¿Puedo hacer algo más por usted?

—Sí, por favor —dijo Rose tendiéndole la carta—. ¿Podrían echar esta carta al correo? No tengo sellos. Lo siento mucho.

—Ah, la famosa carta al novio —dijo Mrs. Hubarth cogiéndola—. Haré que la echen esta misma tarde y así se tranquilizará el pobre.

—Buenas tardes —dijo el joven volviendo a sonreír bellamente.

Salieron con bastante prisa y había algo en la actitud de ellos que a Rose no le gustó nada. Tuvo la inmediata impresión de que había algo censurable en todo aquello. Oyó al joven reír de nuevo y luego la voz de Mrs. Hubarth, que le mandaba callar. Entonces, todas sus sospechas de los últimos diez minutos cristalizaron en una absoluta certidumbre. Aquel hombre no era un doctor, no se había conducido como los médicos. Esta repentina convicción, la seguridad de que estaban jugando con ella, la hizo saltar de la cama y cruzar la habitación aunque no tenía la menor idea de lo que iba a hacer. Esta vez la puerta no estaba cerrada con llave. Salió al descansillo y llegó hasta los primeros escalones de la escalera de caracol. Se detuvo allí, porque los otros dos estaban en el descansillo de abajo. Sus voces le llegaban con toda claridad.

—Querida Violet, eres una maravilla —estaba diciendo el joven—; estoy por completo de acuerdo. Esa muchacha es exactamente lo que a él puede gustarle, y en todo el mundo no podría encontrar algo tan formidable. Me admira que hayas podido lograr esto.

—Hace falta mucha cabeza y mucho cerebro, Gerald. Escucha lo que dice en esta carta: «Quiere que me quede con ella sirviendo. Creo que me gustaría quedarme aquí, aunque no estoy muy segura. Me ha tomado mucho cariño y dice que soy una joven muy atractiva»…

—Oye, Violet, esto es demasiado. No debes leer la carta de la chica.

—No seas hipócrita, Gerald, comprenderás que no voy a mandarla al correo.

—¡Claro! Pero no tienes por qué leerla.

Rose no oyó más, de pronto se encontró luchando con el ama de llaves que se había acercado por detrás sigilosamente. La mujer era más fuerte que ella. Había algo en el rostro del ama que salía ahora al descubierto, algo que aterró a Rose y casi la venció. Se vio empujada por el descansillo y arrojada en su dormitorio. Sollozó desconsoladamente unos minutos y luego se lanzó violentamente contra la puerta. Pero estaba cerrada con llave. Había otra salida por la puerta que comunicaba el cuarto de baño con el otro dormitorio, pero también esa puerta estaba cerrada con llave por la parte de fuera. Separó las cortinas y se asomó a la ventana tras los cristales. Luego la abrió sin preocuparse del frío aunque se quedó casi helada al instante. Ya había oscurecido casi por completo. Las ventanas de la casa de enfrente no mostraban ni una luz. A lo lejos, vio un poste de luz, pero por muy desesperada que estuviera, no podía gritarle a un poste lejano y hacía un frío terrible. Cerró la ventana y corrió las cortinas, dejándose caer junto a la estufa de gas.

Un profundo desprecio por sí misma la invadió más fuerte aún que el miedo. Estaba ya segura de que todo lo que le habían dicho y que ella se había tragado con tanta ingenuidad, había sido mentira. Mrs. Hubarth no le había tomado cariño ni quería que fuera su doncella; no había hablado con lady Holt-Ibstock. Al supuesto médico lo habían llevado allí para que la viera con aquel pijama transparente; su carta a Edward —y esto era lo peor de todo— la habían leído para reírse de ella y luego la habían roto. Y estaba encerrada como una prisionera. Ésta era una casa mala y todos sus habitantes eran gente mala. Aquellos dibujos no se encontraban allí por casualidad. Desde el principio debió haber comprendido que todo lo que ocurría en esta casa era una vergüenza. Debió darse cuenta la noche anterior cuando las dos mujeres la contemplaron desnuda. Las mujeres decentes no miran así a las desconocidas. Debió haberlo comprendido esta mañana cuando no pudo encontrar su ropa. Y todo aquel asunto del falso médico. ¡Una muchacha muy atractiva! Ardiéndole las mejillas de autodesprecio y de vergüenza, entró en el cuarto de baño y se quitó furiosamente hasta la última huella de colorete y de la barra de labios. «Es exactamente lo que a él le gusta», se repitió Rose, preguntándose en qué trampa querían meterla. Fuera «él» quien fuere, no era el joven que pretende pasar por médico. Se proponían servirla a alguien y evidentemente mistress Hubarth había tenido esa idea todo el tiempo desde que la vio la noche anterior por la ventanilla del coche. Nadie sabía que estaba aquí. Edward, que la había buscado desde que llegó no dejaría ahora de buscarla. Tendría la impresión de que la ciudad se la había tragado como si se hubiera separado de él por la noche en una selva obscura y se hubiera perdido inmediatamente. Esta sensación de hallarse extraviada, mucho más que la sensación del peligro inmediato que podía venirle de la gente de esta casa o de cualquiera que pudiera venir a ella, era lo que la asustaba y la hacía sentirse tan desgraciada. Entonces recordó que la policía seguía buscándola a causa de aquel estúpido asunto de Beatrice Vintnor. Recordó también la astuta mirada que le había dirigido Mrs. Hubarth cuando le confesó que usaba dos nombres diferentes. ¡Cuánto deseaba que la encontrara la policía! Los ogros vestidos de azul se habían borrado de su imaginación y en cambio veía a la policía como hombres corpulentos, amables y protectores.

Hasta en nuestros momentos más desesperados no estamos libres de ridículos inconvenientes. Al volver a su dormitorio, bien lavada, sintió Rose tanto frío que no se atrevía a sentarse sin más abrigo. Pero no quería meterse de nuevo en la cama, porque en ella se sentiría más desamparada y, además, había algo muy pasivo y resignado en acostarse. Le repugnaba tocar las prendas que había en el armario, así que acabó por envolverse bien en las mantas de la cama sentándose luego en el borde del lecho.

Al cabo de un rato, oyó que alguien pasaba por el descansillo. Se precipitó a la puerta tapada con la manta, sacudió la manilla de la cerradura y golpeó con todas sus fuerzas la madera, gritando «¡déjenme salir, déjenme salir!»

—Escuche —exclamó una voz clara (era la señora Hubarth)—, estoy enterada de todo lo referente a usted. Mientras que usted se comporte sensatamente, nada importa lo que usted haya hecho, pero si cree que me va a crear dificultades, está muy equivocada. Con esto no conseguirá más que crearse a sí misma dificultades, pero si es usted sensata lo puede pasar muy bien. ¿Me escucha?

—¡No! —gritó Rose sin dejar de aporrear la puerta.

No oyó alejarse a Mrs. Hubarth, pero cuando se cansó de golpear la madera, se dio cuenta de que no había nadie en el otro lado. Envolviéndose mejor en la manta, sentose otra vez en el borde de la cama. Hacía demasiado frío allí, por lo que decidió sentarse en una de las sillitas al lado de la estufa. Ni aun así entró en calor y la verdad es que la habitación estaba insoportablemente caldeada, pues la estufa llevaba varias horas encendida. Pero Rose estaba helada de miedo. No era un miedo concreto de esto o de lo otro, sino un terror vago e inmenso como el que parece helar y obscurecer todo el Universo en las pesadillas. Ese miedo la paralizaba y le hacía sentir que, con un poco más, toda su facultad de moverse, toda su voluntad desaparecería y ya nada tendría remedio. Permaneció allí sentada horas enteras; eso al menos le parecía a ella en su desesperación.

Entonces se abrió la puerta. Rose, sobresaltada, se levantó inmediatamente y dio un pequeño grito. Era Sam, el chófer negro, que ya no llevaba uniforme sino un sweter marrón y pantalones de franela. Portaba una bandeja con un plato dentro y una botella de vino. Puso la bandeja en el suelo mientras cerraba la puerta. Entretanto, Rose permanecía cerca de la ventana envuelta en la manta y contemplando al recién llegado. Éste recogió la bandeja del suelo y la puso en la mesita situada cerca de la cama. Entonces miró a la joven. El rostro del negro brillaba como si fuera de un metal reluciente. Tenía grandes ojos muy movibles. Parecía enorme en aquella habitación. Para Rose, que había visto muy pocos negros y nunca había hablado con ninguno era como si un gran animal hubiera entrado en el cuarto y algo de él —sus movimientos, el rodar de sus ojos— advertían a la joven que aquel negro estaba un poco bebido. En efecto, después de unos instantes, le llegó el vaho de ron. Rose estaba aterrada. El abismo racial que los separaba, la instantánea convicción de que no había comunicación posible entre aquel hombre-animal y ella, aumentaba enormemente su terror. No podía hablar.

Pero cuando San empezó a hablar, la impresión de Rose fue cambiando. Su pánico desapareció. El solo hecho de que hablase lo distinguía ya de los animales. Además, su voz, que era profunda y difícil de entender, no resultaba en absoluto amedrentadora, sino que tenía una densa dulzura y un tono melancólico.

—Tiene usted miedo de Sam —dijo él con reproche y moviendo la cabeza.

Ella asintió, incapaz de hablar aún, a pesar de que se le iba pasando el susto.

—Quizá tenga usted miedo de toda la casa… ¿eh?

—Sí, desde luego —murmuró Rose—, quiero salir de aquí.

Sam la miró pensativo. Luego meneó la cabeza como si acabara de convencerse de que sus sospechas estaban confirmadas. Entonces, dijo:

—Ya me figuro que usted no es de esta clase… Me mandaron traerle esto de cena y el vino y pusieron mucha sal para que le diera a usted sed y bebiera usted más. Y usted se quiere marchar… Sí, ahora estoy borracho. Esta noche será una gran noche. Va a venir uno. Por eso me dijeron: «Sírvete a tu gusto, porque esta noche te vamos a necesitar». Y yo fui y me emborraché y esta noche estaré más borracho todavía y no me importará hacer lo que sea. Muchas veces he hecho cosas que luego no sé si las hice.

En el tono triste del negro había algo de infantil y Rose comprendió en seguida que entonces estaba a media borrachera, en la etapa en que había perdido la cautela, pero hallándose aún a gran distancia de la feroz bestialidad que puede desencadenar la embriaguez absoluta. Por lo pronto, era la única persona de aquella casa que había hablado franca y sinceramente con ella. Había bebido lo bastante para perder la influencia de los últimos años y volver al tono de su infancia. Y Rose llegó a la conclusión de que también este hombretón había caído en una trampa siendo retenido allí como ella. Aunque sin entender del todo lo que le iba contando, Rose dedujo que trataba de convencerla de que él no era un mal hombre y que lo habían emborrachado para que hiciera algo que a ellos les interesaba. Y comprendió en un instante que hubiera hecho lo que hubiera hecho, no era tan malo como la gente de aquella casa; aún más, era tan inocente como ella misma, un crío con un corazón enorme y un asombro constante frente a la vida.

Rose avanzó unos pasos para demostrarle que ya no le temía y murmuró angustiadamente:

—¿No puede usted dejarme salir? Mi ropa debe de estar por ahí. Me bastaría con el abrigo. Por favor, déjeme salir.

Sam negó muy serio con la cabeza y luego explicó con no mucha coherencia y en su avinada voz que no se atrevía a hacer eso. Según dijo, ahorraba dinero para salir del país y volver a Norteamérica, y hasta que reuniera la cantidad necesaria tenía que complacer a Mrs. Hubarth, que podía denunciarlo a la policía. Parecía aceptar con resignación el triste hecho de que mientras Mrs. Hubarth podía denunciarlo a la policía él no podría denunciarla a ella. Era un negro entre blancos.

—Mi abuelito, que era un brujo en Carolina del Sur —concluyó Sam muy apenado— me dijo cuando yo era un niño que nunca viviera entre blancos.

—Pero ¿qué voy a hacer? —preguntó Rose desesperada.

El negro reflexionó un momento.

—Lo mejor que hace usted es quedarse aquí —anunció finalmente—. Y no salga del cuarto en toda la noche por mucho que le digan. Quédese aquí.

—No puedo. Es que…

—Debe hacer lo que le digo. Si estuviera borracho del todo no debería usted hacerme caso. Pero todavía sé lo que digo y le repito que no debe usted moverse de aquí.

Extendió una mano con la palma hacia arriba y en ella brillaba, sobre la piel sorprendentemente rosada, una llave. Era la del dormitorio. La arrojó sobre la cama y dijo lentamente:

—Ahora me voy y no sé nada de esto. Pero, hágame caso, niña, y estése aquí. En cuanto yo salga, enciérrese con llave. Estoy un poquito borracho, pero no le deseo a usted ningún daño.

Le dirigió una última mirada y luego, tarareando con su profunda voz de bajo, salió del cuarto y de la vida de Rose. Pronto, hasta el recuerdo de este negro le parecería irreal, sólo un rostro y una voz en un ensueño.

Se encerró con llave. No podría salir, pero ellos no podrían entrar. Para más seguridad arrastró la cómoda y la puso contra la puerta. El letargo que la tenía paralizada había desaparecido. Estaba amedrentada, pero también con una excitación que la sostenía y ya no sentía ese terror frío. Hacía muchas horas que no comía, pero no tocó el alimento que le había llevado Sam. No quería tocar a nada que procediera de aquel par de viles mujeres. Por una o dos veces sintió el impulso de abrir la puerta y lanzarse escaleras abajo; pero no sabía dónde le habían escondido la ropa, no podía ir a ninguna parte con aquellas livianas prendas y comprendía que lo más seguro era que fuese a parar directamente a manos de sus enemigas. Sam, que parecía estar enterado, le había dado a entender que la solución estaba en librarse de aquella gente precisamente esa noche y que luego se arreglaría todo. Rose decidió seguir este consejo. Quizá las cosas mejorasen por la mañana. Si Sam la había ayudado, más personas podrían venir también en su ayuda. Ya no se sentía sola.

Habría pasado media hora, quizá una hora, desde que Sam se había marchado, cuando Rose se sobresaltó al oír un ligero ruido procedente del cuarto de baño. La puerta de éste que daba al dormitorio de Rose no se cerraba por la parte de ella y la joven había olvidado aquella entrada. Sin pensar que pudiera haber un peligro, se precipitó al cuarto de baño. Al abrir la puerta, una muchacha que estaba allí se volvió en redondo. Estaba a medio vestir, no era mucho mayor que Rose, rubia y frágil, pero con una expresión agria. En un momento de locura, Rose creyó estarse viendo a sí misma en otra versión. Quiso hablar, pero la otra joven, después de mirarla duramente, le volvió la espalda, recogió algunas prendas y se retiró a toda prisa al otro dormitorio dando un portazo. Reponiéndose lentamente del choque moral que le había producido encontrarse con una doble de sí misma —aunque tan estropeada—, Rose no la siguió al otro cuarto, limitándose a correr el pestillo de la puerta del fondo asegurándose de este modo contra toda intrusión por ese lado. Fuera quien fuere, aquella joven pertenecía al enemigo.

Durante otro espacio de tiempo inconmensurable, en el cual iba Rose constantemente de una a otra de las dos puertas cerradas, nada ocurrió. Se oían sólo vagos sonidos procedentes del resto de la casa, pasos por el descansillo y algunas voces más elevadas que venían del piso de abajo; pero a ella la dejaron tranquila. La primera interrupción careció de importancia. Alguien trató de entrar en el cuarto de baño desde la otra habitación y sacudió la puerta con impaciencia. Rose no se conmovió mucho. El segundo intento fue muy diferente. Sonaron varias voces detrás de la puerta que daba al descansillo y entre ellas reconoció la de Sam, destemplada e incoherente, una especie de continuo gruñido. Indudablemente, estaba borracho del todo. La puerta fue zarandeada con violencia. Descargaron sobre ésta una verdadera granizada de puñetazos, formando con ello un terrible estruendo. Rose se refugió en el cuarto de baño corriendo el cerrojo que había por dentro, con lo cual estaba doblemente segura, y, temblando de miedo, sentose en el borde del baño. Pensaba que no podría resistir aquello más tiempo y que si continuaban aporreando la puerta, acabaría por abrirles. A pesar del estruendo, los latidos del corazón de Rose la ensordecían más que los otros ruidos. Sentíase más débil a cada instante.

Cuando por fin se decidió a volver a su dormitorio, nada se oía. Se acercó a la puerta, aplicó un oído a la madera y escuchó con gran ansiedad. Se habían marchado. En cambio, de abajo llegaban los ruidos más diversos, voces y risas lejanas. Evidentemente, habían resuelto pasar su «gran noche» sin ella. Parecía que ya estaba segura para toda la noche. Al día siguiente mejorarían las cosas aún más. Aliviada con esta renovación de su confianza, notó un hambre intensa, y miró la bandeja que le había traído Sam. La cena se limitaba a unos huevos revueltos y unas tostadas y, desde luego, estaba ya completamente fría. La probó y vio que Sam tenía razón al decir que estaba terriblemente salada. No tocó a la botella, que había sido abierta y vuelta a taponar, pero bebió varios vasos de agua en el cuarto de baño después de haberse tomado los huevos obligada por el hambre. A pesar de lo frugal de esta cena, sentíase mucho mejor. Si no podía salir de la habitación, podía en cambio protestar a su manera y esto hizo. Cogió los dibujos pornográficos y los rompió furiosamente en mil pedazos. Después los arrojó por la ventana y así se reintegraron a las tinieblas a que pertenecían. Rose permaneció un rato acodada al alféizar de la ventana, bien arropada en la manta y respiró profundamente el frío aire nocturno. Después, cerró la ventana y, dejando la luz y la estufa encendidas, cogió otra manta y se la arrolló sobre la otra. Abrigada así, se echó sobre la cama y cerró los ojos. Un par de veces se sobresaltó con los ruidos que venían de abajo. Pero era muy joven y las emociones la habían agotado de cansancio; de modo que acabó durmiéndose. Sin embargo, no se durmió profundamente; flotaba en esa región fronteriza en que el mundo exterior no ha llegado a perderse sino que es percibido confusamente y traducido inmediatamente en fragmentarios ensueños, en inquietas fantasías, en vagos dramas quebrados en los cuales resulta más cansado interpretar un papel que un día de duro trabajo; pero durante esta larga película lunática, se le perdía la imagen de la casa y de sus habitantes, pues se movía en un mundo desconocido; y la noche pasó —no con rapidez, pues en esa tierra fronteriza cada minuto de nuestro tiempo se convierte en horas enteras del tiempo de las sombras—, pero lo cierto es que pasó y llegó la mañana.

Cuando se despertó, plenamente consciente de todo, incluso de la pesadez de sus ojos y del mal estado de su cuerpo, se dio cuenta en seguida de que había pasado algo más que el tiempo: toda la situación había sufrido un profundo cambio; ésta no era la misma casa en que había estado la noche antes.

Rose no tenía la menor idea de lo que había sucedido, pero estaba segura de que algo, y algo muy importante, había ocurrido. Descorrió las cortinas. Era una mañana gris y Rose pensó que hacía varias horas que había amanecido. Tenía una sensación de suciedad y el cuerpo entumecido. Dejó correr el grifo del agua caliente en el baño y se encontró con que sólo salía templada para irse enfriando a medida que corría. Tomó un baño rápido, temblando y, para entrar en reacción, se frotó muy fuerte con la toalla. No volvió a ponerse el pijama, envolviéndose lo mejor que pudo con la bata y una manta. Apartó de la puerta la cómoda, hizo girar la llave en la cerradura con precaución, entreabrió la puerta y quedó escuchando. Abajo sonó un reloj. No se oía ningún otro ruido. La casa entera estaba sumergida en absoluto silencio. Rose abrió la puerta un poco más y salió al descansillo. El reloj seguía con su tic-tac y el corazón de Rose latía con fuerza; aparte de eso, ningún ruido. Entonces comprendió lo que había ocurrido. Tuvo la repentina certeza de que en la casa no quedaba nadie. Todos se habían marchado.

En el extremo del descansillo, al otro lado de la escalera, había un armario blanco de ropa. Por instinto, se dirigió Rose hacia él. Al fondo, en un lío informe, estaban sus vestidos. El ama debió de haberlos tirado allí cuando los sacó del cuarto de baño, la noche en que llegó Rose. Se vistió rápidamente frente a la estufa del dormitorio y luego la apagó. Era extraordinario cómo había aumentado su confianza y cómo desaparecieron la desolación y la angustia de las últimas veinticuatro horas en cuanto se vio otra vez vestida. Sin embargo, cuando bajó la escalera, lo hizo muy despacio y con gran cautela. Conocía muy poco aquella casa. Sus recuerdos de la primera noche eran muy vagos. Sólo podía acordarse del primer tramo de escalera, de la salita donde había descansado y donde le vendaron el tobillo y luego, naturalmente, de la parte del último piso que parecía haber sido todo el mundo para ella durante tanto tiempo. No tendría dificultad en encontrar la salida. Estas escaleras sólo podían conducirla al vestíbulo. Y si el día anterior hubiera tenido la suerte que tenía ahora, habría llegado fácilmente a la puerta de la calle. Pero estaba tan segura de que se habían marchado todos, de que se encontraba sola allí, que no pudo evitar el detenerse un poco por la curiosidad que le producía esta casa desconocida que la tuvo prisionera. ¿Por qué se habían ido? ¿Qué había sucedido?

En el descansillo del primer tramo de escalera, en el mismo piso donde estaba aquella salita, había curiosos indicios de una fuga repentina y desordenada. No sólo no habían limpiado desde la noche anterior, sino que era evidente que los ocupantes de la casa la habían abandonado a toda prisa. Incluso aparecían tiradas por el suelo diferentes piezas de ropa interior como si las hubieran sacado de maletas demasiado llenas. Rose miraba asombrada estas prendas esparcidas por la alfombra. En aquel momento, algo le rozó la pierna, haciéndola chillar de susto. Era un gato, que parecía tan preocupado como Rose. El animalito se detuvo frente a la joven y la miró como preguntándole qué había ocurrido en la casa. Era un gato muy hermoso y Rose, al ver que alguien compartía su soledad, se inclinó para acariciarlo. El gato cerró unos momentos sus bonitos ojos para disfrutar mejor de tan exquisita sensación; luego recorrió muy tranquilo el descansillo, se detuvo junto a una de las puertas cerradas, volvió al lado de Rose y maulló. Rose, dirigiéndose a aquella puerta, la abrió después de haber vacilado un momento. Sin duda, ésta era la habitación principal de la casa, una sala aún mayor que la de la señora Holt-Ibstock. Era la habitación más extraña que Rose había visto en su vida. La inmensa alfombra y las paredes eran completamente negras, pero los muebles, incluso los forros de los tres grandes divanes, eran de un vivo color rojo. Por si esto fuera poco contraste, había una larga mesa cubierta con paño verde intenso. Sobre la mesa vio Rose, esparcidas, numerosas fichas de color. Un rincón de la estancia lo ocupaba un gran piano de ébano sobre cuya tapa se apiñaban botellas, vasos, fruta, bandejas con sandwiches… Probablemente el olor de esto último había atraído al gato. Tanto el animal como Rose tenían hambre y ella, después de darle al gato la carne de un sandwich, se comió uno de ellos. Mientras se lo comía, la joven recorrió la sala lentamente contemplando dos vitrinas llenas de figurillas orientales, hombrecitos y monstruos que se retorcían eternamente en marfil. Había varios vasos y bandejas en el suelo y una buena cantidad de colillas por todas partes. Todo ello destacaba sobre la alfombra negra. Aquel lugar olía terriblemente. Y Rose sintió en seguida que la maldad del resto de la casa tenía su manantial en esta sala, donde el rosa deslucido del dormitorio se convertía en vivo escarlata. La iluminación era mediante unas lámparas que imitaban cirios. Rose se dio cuenta, al cabo de un rato, de que estaban encendidas y pensó que llevaban toda la noche así. No se veían ventanas; debían de estar ocultas tras las grandes cortinas negras que a primera vista no se distinguían de las paredes. Rose descorrió un par de ellas y la sala se iluminó con la grisácea claridad de aquel día neblinoso. Con ello adquirió la estancia un aspecto aún más tétrico, pues parecía haber olvidado lo que era la luz del día. Rose descorrió el segundo par de cortinas al fondo de la habitación. En aquella esquina había un gran sofá forrado de rojo, sobre el cual un cobertor sedoso cubría algo. Rose acercose y se quedó mirando a aquel gran bulto. Bajo el borde inferior del cobertor asomaban dos zapatos muy buenos. Y más arriba, colgando sobre el respaldar del sofá, salía un trozo de manga negra, un puño blanco y una mano exánime.

Al instante comprendió, sin necesidad de avanzar ni un paso más, que aquel hombre estaba muerto. No había estado sola en la casa. Un muerto la había acompañado. Rose temblaba de miedo y de un frío nervioso. Oyó un ruido detrás de ella que le hizo dar un grito. Era el gato, que maullaba otra vez. Rose no podía resistir la terrible impresión que le causaba este maullido en tan terrible circunstancia; tuvo que hacer un violento esfuerzo para no seguir gritando. Se apretó las mejillas, aún más frías que sus manos. La mano del muerto tenía un anillo. Un muerto. Por eso se habían marchado, dejándola con el cadáver. Salió corriendo de la sala, oyó el ruido que hizo la puerta al cerrarse tras ella y, apoyándose en la pared de enfrente, empezó a sollozar. Era incapaz de dominarse. No podía pensar.

Cuando se tranquilizó un poco se vio de nuevo sobresaltada por unos arañazos al otro lado de la puerta. Pero, naturalmente, sólo podía ser el gato. No podía dejarlo allí si quería salir. Rose le abrió la puerta y el gato salió con un pedazo de carne entre los dientes. Se había apoderado de otro emparedado.

Con su sombrerito verde en una mano, Rose bajó al vestíbulo y se dejó caer en una de las sillas de alto respaldo a pocos pasos de la puerta de la calle. Se esforzaba en pensar, pero no lo conseguía. Ya no sollozaba, pero sus pensamientos no coordinaban. Oía pequeños ruidos del mundo exterior, los primeros que llegaban a ella desde hacía un siglo. Fuera, circulaban los autos, y los hombres iban a sus negocios como siempre. El gato se aseaba y, cuando notó que Rose lo estaba mirando, dio un pequeño maullido y, acercándose a ella, se frotó contra sus piernas. Lo joven volvió a acariciarlo. Pasó algún tiempo. Rose lo escuchaba desgranarse en el tic-tac del gran reloj situado en el primer descansillo. Pero todavía era incapaz de ordenar sus pensamientos. El gato se marchó. Este estrecho vestíbulo era muy frío y desolado; una corriente helada y mortal parecía llegar de aquella figura tendida arriba bajo el cobertor. Al lado de su silla había una mesita con un teléfono. Con aquello podría comunicarse con el mundo vivo. Pero no podía hablar aún con nadie. ¿Qué día era? ¿Jueves? Los jueves habían sido siempre unos días muy simpáticos. ¿No había dicho ella esto mismo el jueves pasado?

El timbre situado detrás de la puerta de la calle rompió violentamente el silencio y detuvo un instante los latidos del corazón de Rose. Era un timbrazo continuo, insistente como si el mundo entero estuviera llamando allí para reclamar su cadáver. Pero en la inmensa calma que siguió a aquel ruido, Rose hizo como si no lo hubiera oído, negándose a moverse de la silla a cuyos brazos tenía aferradas las manos.

El timbre empezó a llamar de nuevo con doble insistencia hasta conseguir arrancar a la joven de su silla. Después de manejar inútilmente los pestillos y cerrojos, con una desorientación absoluta, consiguió abrir la puerta. ¿Nadie? Sí, en aquel momento se alejaba una figura. Al oír la exclamación de ella esta persona se volvió, convirtiéndose en una difuminada imagen de Edward…

—Parece imposible —dijo Edward, teniéndola abrazada. No se habían movido de detrás de la puerta, donde Rose se había dejado caer en los brazos de él.

—Te aseguro que es verdad —dijo Rose entre lágrimas y tratando de evitar que Edward fuera hacia la sala.

—¿Dices que está muerto?

—Sí, estoy segura. Pero no le vi la cara.

—Es mejor que yo vaya a verlo.

—No, no, no me dejes sola.

—Bueno; ven tú conmigo.

—No… no puedo.

—Pero debemos convencernos; a lo mejor no está muerto.

—Yo sé que lo está.

—Entonces…

—Bueno, Edward, te enseñaré dónde está. No me sueltes de la mano. ¡Qué mal lo he pasado aquí! Pero ¿cómo me encontraste?

Edward le explicó lo listo que había sido Mr. Scawton, el de la Legión Extranjera de Mr. Finland al encontrar el garaje donde conocían el auto de Mrs. Hubarth y cómo él, Edward, al enterarse de que Rose no había avisado a casa de Lady Holt-Ibstock, pensó que debía de haberle ocurrido alguna desgracia y se decidió a preguntar por ella en seguida.

Mientras explicaba todo esto, subían los dos con las manos cogidas hasta el primer descansillo. Todo lo que veían se hallaba tan lejos de su joven vitalidad, que les parecía estar recorriendo otro museo, aunque éste era un museo del mal.

—Allí —dijo Rose, deteniéndose—. Te esperaré aquí, Edward.

—Muy bien —dijo éste, sintiéndose muy valiente y dispuesto a contemplar veinte cadáveres. Se dirigió cautelosamente al fondo de la habitación, contempló un rato el cobertor y la mano y los pies que asomaban; luego, quitó despacio el cobertor. No tocó el cuerpo, pues había leído muchas novelas policíacas y sabía que los cadáveres de asesinados no deben ser tocados. Estaba tan seguro de que se trataba de un asesinato como de que el hombre era un extranjero. Y no es que en su traje de etiqueta se notara nada extranjero, ni en su ancha cara bien afeitada, ni en sus facciones vulgares. En su lucha final, aquel individuo debió de echar hacia atrás la chaqueta, pues el bolsillo interior quedaba visible y de él asomaban dos largos sobres. Con muchas precauciones —sin olvidar ni un momento las novelas policíacas— Edward sacó una de estas cartas cubriéndose con el pañuelo los dedos índice y pulgar. Estaba dirigida a un hotel extranjero a nombre de Ferdinand Antill.

—¡Edward! —exclamó Rose, alarmada—. ¿Estás tocándolo?

—Sólo he mirado una carta. La he vuelto a poner en su sitio. Estoy seguro de que ha sido asesinado. Pero no sé cómo. Tendría que darle la vuelta.

—No lo toques, no lo toques —gritó Rose—. Por favor, Edward, por favor.

—No te preocupes. ¿Quieres verlo? Quiero decir… podría ser alguien que hubieras visto aquí.

—No; sé que no es nadie que yo haya visto antes. Ya… miré su cara. Por favor, Edward, vámonos de aquí —y diciendo esto, avanzó unos pasos, cogió a Edward por el brazo y tiró de él hasta sacarlo de la habitación. Luego, en el descansillo, se miraron largamente.

—¿Qué vamos a hacer? —preguntó Edward, después de una larga pausa.

Rose no contestó en seguida. Con una mano jugaba febrilmente con la solapa de la chaqueta de Edward. Seguía oyéndose el tic-tac del reloj.

—Vámonos de aquí —dijo finalmente la joven—. Edward, vámonos ya. Volvamos a Haliford.

—Sí, eso mismo deseo yo. Pero…

—No; tiene que ser ahora mismo. Nada tenemos que ver con esto. No es culpa nuestra y nada sabemos de ello. Y nadie sabe que he estado aquí, excepto esos canallas; y, como han huido… Ven Edward, vámonos a la calle.

—Escucha, Rose. Espera un momento…

—No, no. No puedo estarme aquí. No puedes figurarte cuánto he sufrido en esta casa; sólo te he contado una parte. Y no puedo soportar ni un momento más. No sé quién es este hombre ni tengo nada que ver con lo que aquí haya ocurrido. Nadie podrá saber que he estado en esta casa. Podemos volver a Haliford hoy mismo —y empezó a tirar de él. Él se dejó llevar y bajaron de nuevo al vestíbulo. Pero allí se detuvo Edward, le cogió las manos con firmeza y la miró fijamente. Parecía mayor, como si hubiera madurado en pocos días. Rose había notado este cambio; quizá fuera consecuencia de aquella noche en la plaza de Trafalgar.

—Rose, no podemos irnos así —empezó a decir él con suavidad—; ya sé que no es culpa nuestra. Ésta es una casa de mala nota adonde te han traído con engaño. La Policía lo comprenderá.

Al oír esto, Rose protestó:

—Por Dios, Edward; no quiero empezar de nuevo a pensar en la Policía. Tengo miedo.

—Es que estás pensando en el otro asunto. Pero eso no importa. Todos saben que tú eres inocente y si llega el caso, que se fastidie esa Beatrice. Aquello no tenía importancia, pero esto de ahora es muy grave. Han asesinado a un hombre en esta casa repugnante y tenemos que decírselo a la Policía.

—Y ¿por qué? ¿Crees que van a descubrir que hemos estado aquí? Estoy segura de que no.

—El que lo descubran o no, es lo de menos —dijo Edward con firmeza.

—No es lo de menos; es lo principal.

—Te digo que no, Rose; lo único que debemos tener en cuenta es nuestro deber de ayudar a la Policía. Han matado a este hombre…

—Apostaría a que merecía que lo mataran —exclamó Rose, furiosa y sorprendida de sus mismas palabras—. Probablemente era el que esperaban, el que Sam… oh, no sé… algo horrible…

—No digo que no lo mereciera. Pero eso tampoco importa para que cumplamos con nuestro deber.

—Lo único que importa —replicó Rose vivamente— es que tú me quieres, ¿verdad que sí?, y que yo te quiero, y que si volvemos a Haliford podemos librarnos de este espantoso asunto. Nunca debimos haber salido de allí, aunque ya sé que tuve yo la culpa. Pero podemos empezar de nuevo y todo será diferente.

—Ya sé. Ése es mi mayor deseo, y eso es lo que haremos, Rose.

—Magnífico —exclamó Rose, animándose al instante—; vámonos, pues.

—Pero comprende que no podemos empezar de nuevo como Dios manda si nos marchamos ahora sin decirles lo que ha sucedido aquí. No sería un comienzo limpio. No está bien que la gente se mate con esa tranquilidad —lo pensé la otra noche cuando los disturbios de la plaza de Trafalgar— y nuestra actitud no puede ser lavarnos las manos y decir que no tenemos nada que ver con ello, que se lo han merecido y cosas por el estilo. La Policía tiene que conocer este asesinato y las cosas que ocurrían en esta casa; si no, no adelantaremos nada. No me refiero concretamente a nosotros, sino a todo el mundo. Yo quiero saber —y su voz, adquiriendo gran volumen, inundó la casa entera, perturbando el reposo del polvo que se amontonaba sobre los muebles antiguos y los cortinajes—; quiero saber por qué estaba aquí esa gente, por qué vino ese hombre, por qué lo mató alguien; es decir, quiero saber todo lo que aquí ha sucedido. No podemos marcharnos así después de que te raptaron y de que yo estuve desesperado buscándote; no podemos dejar que pasen cosas tan horribles sin preocuparnos de conocer los motivos.

—Edward, no te comprendo —dijo Rose con tristeza.

—Rose, te quiero; ¿confías en mí?

Como respuesta, se acercó más a él y levantó su rostro hasta el de Edward. Él la besó con gran ternura.

Él acercó la silla a la mesita del teléfono y sentose. Ella se acercó y le rodeó los hombros con sus brazos.

—¿Te acuerdas, Rose, que te hablé de un policía que vino a verme para preguntarme sobre ti cuando yo estaba en la Belvedere Trading Company? ¿Cómo se llamaba? ¡Ah, MacMurray! Eso es. Parecía un buen hombre. Preguntaré por él.

Rose apretó la presión de su brazo.

—Qué suerte —le dijo Edward, poco después en voz baja—, está ahí. — Esperó otro poco—. Oiga. ¿El sargento detective MacMurray? No creo que me recuerde; vino usted a verme a la Belvedere Trading Company a propósito de una muchacha llamada Rose Salter. Sí. Sé dónde está, pero no se trata ahora de eso. No; escuche. Estamos los dos en una casa de St. John’s Wood —dentro de un momento le daré a usted la dirección— y hemos encontrado aquí un hombre que ha sido asesinado. No, desde luego. Puede creerme. Lo he visto por primera vez hace un rato. Sí, esperaremos. Voy a darle la dirección. ¿Toma nota? —Después le dijo a Rose—: Ahora vienen —y, sin levantarse, le rodeó la cintura con su brazo y ella se inclinó sobre él y puso su mejilla junto a la de Edward. Durante mucho tiempo permanecieron así muy juntos, esperando…

Terminaste Londres los separa

J. B. Priestley

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