Londres los separa
Capítulo II
II
S E llamaba Edward Fielding, era un producto tan típico de Haliford como la misma Rose, quizá más aún, pues su familia venía dedicándose al comercio local desde hacía cuatro generaciones. Como otras muchas familias de por allí, había perdido importancia social. El abuelo de Edward, fallecido diez años antes, fue en su tiempo un próspero negociante en lanas. El padre de Edward perdió todo lo que había ganado el viejo y últimamente había sido sólo un empleado, y ni siquiera un buen empleado, ni gozaba de consideración alguna.
Hubo una época en que el comercio de lanas podía permitir que centenares de hombres como el padre de Edward vivieran a base de comprar unas cuantas balas aquí y venderlas allá con buena ganancia. Eran los días en que la gente mediocre podía vegetar pasándose media mañana hablando de las cotizaciones, tardaban dos horas en el almuerzo, y luego volvían a fumarse varias pipas sobre la correspondencia y las muestras; y aquellos días se habían ido para siempre. El padre de Edward nunca pudo entender por qué habían desaparecido y todo lo atribuía a la mala suerte. La madre de Edward, que del comercio sabía muy poco, pero muchísimo de su marido, no creía que «los buenos tiempos» hubieran desaparecido, llegando a la sencilla conclusión de que se había casado con un perezoso y un tonto a la vez. Edward, que ahora tenía veintitrés años y que era un poco más simple que la mayoría de los jóvenes de su edad, había crecido en esa época de quiebra, había visto cómo se esfumaban las ganancias de su abuelo y cómo tenía su padre que aceptar un modesto empleo ofrecido por caridad; y él mismo tuvo que alegrarse al principio de que le ofrecieran una colocación despreciable en una casa comercial de ínfima categoría. Gracias a la insistencia de su madre, el hermano mayor de Edward, Herbert, que siempre había sabido exactamente lo que deseaba en este mundo, pudo costear la preparación técnica necesaria para hacerse químico y ahora trabajaba en el laboratorio de la ciudad. Herbert, que tenía ahora treinta y dos años, pero que seguía soltero, había sido durante los dos años anteriores el hombre de la casa; una casa situada en una calle muy oscura y abandonada del barrio de Soutcliffe y que en tiempos fue residencia de fabricantes y comerciantes en excelente posición económica, cajeros acomodados y gente por el estilo, pero hoy día estaba ocupada por modestos agentes de Seguros, representantes de corsés y viudas con huéspedes. (Haliford se había convertido en una ciudad sin ricos. Las pocas personas que aún sacaban mucho dinero de su industria no vivían en ella.) Edward y su padre, ambos juzgados como seres improductivos, seguían en el hogar por pura tolerancia. Esto debía haberlos unido, constituyendo una alianza defensiva contra el gran Herbert y su orgullosa madre, pero no había sido así y ahora ya era demasiado tarde.
Hacía media hora que Edward había salido de su casa medio cegado por la angustia y temblando con todo su cuerpo. Recorrió el parque en todas direcciones sin saber lo que hacía. En el dormitorio, tan distinto de lo que había sido, con el olor típico de la sala de espera de un doctor o de un hospital, yacía inerte su padre con los ojos vidriados, muriéndose por momentos. Fue horroroso. Dejaron entrar a Edward de puntillas para que viera a su padre. El doctor no estaba allí, pero sí la enfermera, una mujer horrible con una larga nariz y ojos como botones. Después de mirar a su padre un instante con una sensación de miedo, se encontró con los ojillos de la enfermera fijos en él. Parecían estarle diciendo: «Ya ves, jovencito idiota, creías que yo no era importante, ¿verdad? Hacías como que no me oías cuando yo decía algunas frases interesantes sobre el tiempo; pues ahora, niño tonto, ¡mira… mira!» Y Edward, volviéndose de aquel rostro malvado, había mirado otra vez a su padre, un hombrecillo débil y jactancioso que tenía inútiles arrebatos de cólera, y luego se compadecía mezquinamente de sí mismo, un hombre que nunca había tenido dignidad en esta vida y que ni siquiera ahora la tenía cuando estaba tan cerca de la muerte. Su nariz pequeña y respingona se le había empequeñecido y afilado; los bigotes le colgaban más que nunca y la barbilla le caía temblorosa. Una de sus regordetas manos, con el vello brillándole a la luz del sol, como si sólo allí siguiera la vida, ejecutaba una serie de pequeños movimientos automáticos, cogiendo débilmente una u otra cosa. La enfermera se inclinó sobre su paciente haciendo una leve indicación con una mano para que el inútil Edward saliera de la habitación. Al pie de la escalera el joven se encontró con su madre, una mujer alta, morena y de aspecto cansado; se detuvo y quiso hablarle, pero la mirada glacial de ella le contuvo. Entonces fue cuando Edward huyó de la casa sofocado por tan contrarias emociones. Desde luego, había pensado a menudo en la muerte, pero siempre la consideró más o menos a semejanza de la de su abuelo, la muerte de un anciano voluntarioso que lucha primero contra ella y luego se da por vencido con una especie de nobleza despectiva. Pero su padre no tenía sesenta años. No estaba preparado para morir. Había en todo aquello una horrible vileza, como si una bestia implacable se hubiera escondido detrás de la silla de su padre esperando su regreso del Club donde varios whiskies le habían devuelto la confianza en sí mismo; y, entonces, aquel monstruo había caído sobre él aplastándole. Sentado en este banco del parque, Edward sintió una gran piedad por su padre y pensaba aterrado en la injusticia de esta vida, que le da a un hombre tan poco, y aun ese poco se lo quita de un modo tan mezquino y miserable. Está usted luchando, haciendo lo más que puede, y un día llega usted a casa quejándose de un dolor en el costado —aunque nadie le hace caso— y se pasa usted una semana en la cama sin que nadie se preocupe gran cosa, a no ser el impaciente doctor Martin y aquella enfermera tan animal. Edward no tenía convicciones religiosas de clase alguna. Había nacido demasiado tarde para aceptar el severo metodismo de su madre, de su abuelo y de todos los miembros viejos de su familia, y demasiado joven para lo que pudiera reemplazar en Haliford al metodismo. Tampoco podría decirse que obtuviera una satisfacción por el hecho de no aceptar los consuelos de la religión. Seguía creyendo confusamente que tenía un alma, pero que esa alma no venía de ninguna parte ni tenía un destino ulterior. Su padre, que en su juventud asistía a la capilla, no era más creyente que él. A partir de la guerra se le había desarrollado al padre de Edward la irreligiosidad. La existencia de la guerra le había dado argumentos para oponerse a todas las religiones y adquirió la costumbre de hacer comentarios nada ingeniosos ni originales sobre las capillas, las iglesias y los párrocos en general, con gran disgusto de la señora Fielding. Recordando estas invectivas —y su padre tenía la costumbre de repetirlas cuando estaba solo con él— se preguntó Edward qué le pasaría ahora a su padre. ¿Sería borrado sencillamente de la existencia como un insecto al que pisamos? ¿O iría a alguna parte? Y en ese caso, ¿adónde? (Si su cielo no se parecía al Club constitucional de Haliford, sería inútil.) Edward tenía consciencia de su ignorancia, como si fuera un bebé. Mientras estaba sentado en el banco, estos sentimientos, mezclados con la gran piedad que sentía por aquella otra ignorante e indefensa criatura, su padre, le herían de tal forma que se le arrasaron los ojos de lágrimas. El llanto, sin embargo, no le caía de los ojos y le cegaba. Empezó a pestañear, luego levantó la cabeza involuntariamente. Dos chicas se hallaban a pocos pasos. «Anda, pensativa», oyó que le decía una a la otra.
Cuando reanudaron la marcha, una de ellas lo miró. A Edward le dio un brinco el corazón. Algo había en la profundidad de aquella mirada, desaparecida en un momento, que permaneció en él para siempre; pero aunque luego se esforzó para recordar cómo era la muchacha no lo consiguió. Tenía la vaga impresión de una cabeza rubia y expresiva. Las siguió con la vista y por lo pronto olvidó todo lo demás. La otra, en la que él no se había fijado, volvió la cabeza, miró hacia atrás y le sorprendió observándolas. Desaparecieron. En fin, pensó, eran sólo dos chicas corrientes de Haliford que venían por aquí para ver si se les acercaban algún par de muchachos tan tontos como ellas y las llevaban al cine. Acurrucándose otra vez en el banco, las desterró de su mente y empezó a fumar un insípido cigarrillo. Dos enamorados, con ese aire inseguro de gente sin hogar que tienen todos los de por acá, ocuparon el otro extremo del banco. Vio cómo se inclinaba la muchacha hacia su novio, y ponía una de sus manos sobre la que él tenía reposando sobre el regazo de ella. Entonces Edward se levantó desdeñoso con la sensación de que sabía mucho más que ellos, pues tenía a la Muerte esperándole en su casa. Pero al llegar allí, mientras obscurecía rápidamente y hacía más frío, volvió a él involuntariamente el vago recuerdo de aquella muchacha. Traía encima alguna huella de la joven desconocida, quizá la profunda mirada que le había dirigido, y sentíase avergonzado de olvidar su pena a causa de ella. Se dijo que nada había ni podía haber nunca de qué alegrarse. La casa, que olía a cerrado, un ambiente asfixiante que hacía pensar en bóvedas y panteones, parecía de acuerdo con su estado de ánimo.
Había luz en la cocina que servía también de comedor. Edward encontró allí a Herbert leyendo el periódico de la tarde de Haliford, unas hojas sucias y arrugadas. Estaba muy serio y tenía puestas las gafas de concha que le parecían a Edward mayores y más llamativas que las de todo el mundo, y más Herbert que el mismo Herbert, de manera que nunca se atrevía uno a hacer una observación sobre él si las gafas estaban por allí. Herbert, con su figura corpulenta y su cara solemne, con una barbilla tremenda que le destacaba mucho bajo las tres lámparas del candelabro, le parecía a Edward casi tan vivo como las galletas, el queso, el medio pastel de pasas y la jarra de leche.
—Mamá está arriba —dijo Herbert en tono muy serio levantando la vista del Haliford-Argus y fijándola en Edward—. El doctor Martin vino otra vez.
—¿Qué dijo?
Herbert carraspeó para aclararse la garganta, dándose importancia; dejó a un lado el periódico y miró a su hermano con más dureza que nunca. A Edward le molestaba muchísimo esa típica aparatosidad de Herbert.
—Me dijo —prosiguió Herbert bajando la voz— que es cuestión sólo de tiempo. Por lo visto, nada se puede hacer. Dijo que puede ocurrir mañana o pasado.
Edward se dio cuenta otra vez de la enormidad de lo que iba a suceder. Allí estaban ellos charlando tranquilamente como si esperasen que su padre regresara del Club, cuando en realidad se trataba de que él desaparecería totalmente de sus vidas.
—¿Verdad que es espantoso? —tartamudeó Edward.
—Sí, Ted; mal asunto.
Esto le sentó mal a Edward. Ese diminutivo, al ser pronunciado por Herbert, encerraba un leve matiz de protección. Nunca le había gustado ser llamado así, pero ahora le resultaba insoportable. Aparte de que Herbert era siempre un antipático con aquella superioridad sermoneadora y su energía tan poco vital. En lo superficial, su vida estaba mejor resuelta que la de Edward; tenía una colocación interesante, bien pagada, mientras que la de Edward era una insignificancia; ocupaba prácticamente el puesto de cabeza de familia que correspondía al padre; disponía del dinero suficiente para concederse una serie de pequeñas comodidades y distracciones que su hermano no podía permitirse; en fin, parecía tener cuanto quería, mientras que Edward no conseguía nada de lo que deseaba, aunque en verdad ni siquiera sabía lo que quería; sólo estaba seguro de que, fuera lo que fuese, no lo tenía. Sin embargo, Edward no se hubiera cambiado por su hermano en ningún caso. Hubiera sido para él como cambiar su vida por la de un muñeco. Mientras lo miraba, se preguntaba Edward por milésima vez qué clase de vida era la de Herbert, pues su hermano le parecía un autómata que realizaba una rutina mecánica de tareas y de grises diversiones sin la menor chispa auténtica de deseo ni de sentimiento. No es que Edward se lo explicase a sí mismo de este modo, pero lo sentía oscuramente y buena parte de su irritación contra él procedía de esto. En Edward había algo de poeta. Nunca entendería el estilo hinchado de Herbert. Éste había realizado su gesto más notable al decidir hacerse químico. Luchando con muchos obstáculos —la falta de dinero en casa, la posición de su padre y su tardo cerebro, a pesar de su inefable buena voluntad— había conseguido su propósito. Desde entonces se había sentido seguro en la vida, siendo para él una constante fuente de placer el verse a sí mismo, Herbert Fielding, como un químico analista. La poca inteligencia que tenía la derrochaba en su trabajo. Fuera de éste, era de una tontería solemne que aumentaba notablemente al tener que repetir por falta de ideas propias las tonterías que decían los periódicos y las estupideces que oía por ahí.
En Inglaterra, Norteamérica y Alemania existen millones de Herberts; cómicos mediocres, profesionales de pequeña categoría, individuos que gastan toda su inteligencia —ya bastante limitada—, su energía y su pequeña inventiva, en la adolescencia y en la juventud, para conseguir por todos los medios colocarse en la vida; existen millones de esos honrados ciudadanos que nunca faltan a su deber, pequeños pilares de sus comunidades y que nunca desean mal a nadie. Pero de ellos fluye una marea de estupidez y prejuicio que cubre al mundo entero y cuando lo azota un huracán de maldad se arremolina en tromba hasta caer en temibles cataratas sangrientas.
Los hermanos, que se habían pasado la vida juntos sin entenderse, no dijeron ni una palabra más y empezaron a cenar, Edward con desgana y Herbert como siempre. No habían terminado cuando su madre bajó con aspecto muy cansado. La señora Fielding sentose en una pequeña mecedora, su asiento favorito, quizá porque le permitía apaciguar sus sentimientos a fuerza de mecerse enérgicamente y en silencio. Aparte del completo dominio que ejercía sobre Herbert, que a ella le parecía un modelo de hombría, esta señora era muy desgraciada; si su esposo hubiera sido un mal hombre (y muchos de los de Haliford, incluso ahora en que muy pocos se emborrachan ni van con mujeres como solían hacerlo, son más intratables y en general mucho peores que antes) hubiera seguido la práctica de tantísimas mujeres mal casadas imitando alguna figura modélica de resignación conyugal y de bondad inalterable; pero su marido no era lo bastante malo para eso; no pasaba de ser un hombrecillo débil y decepcionante. De ahí que ella tuviera el carácter agriado permanentemente. Al irse botando el dinero y a medida que los defectos de su marido se acentuaban, mientras el mundo se hacía a cada minuto más difícil de entender, ella se refugiaba con creciente intensidad en las tareas domésticas; limpiaba, cocinaba y remendaba todo el día con desesperada resignación como resiste, heroico, el último sobreviviente de una fortaleza sitiada. No cogía las cosas voluntariamente, sino que las arrebataba; no preguntaba, sino que ordenaba de un modo tajante; incluso su asistencia a la capilla, donde ahora iba mucha menos gente que en los tiempos de su juventud, tenía un tono agresivo. Sólo conseguía unos momentos de paz cuando volvía de la capilla alguna noche agradable de domingo y se sentaba después de haber terminado con el último detalle de la cocina, la limpieza y la costura, y al comprobar que todos los suyos estaban en la calle mecíase tranquilamente. Aunque Herbert era toda su alegría, también constituía su principal motivo de inquietud porque antes o después se casaría, y la idea de que alguna de esas muchachas pintadas y ociosas que paseaban por la ciudad pudiera terminar de un golpe con el mundo que ella se había construído, la llenaba de miedo y de ira. En cuanto a Edward, su madre descubría en él demasiados rasgos del carácter del padre para poderlo querer de verdad; de modo que lo consideraba sólo como una de sus responsabilidades. Durante mucho tiempo su esposo le había parecido uno de esos grandes fastidios que abundan en la vida de una mujer, como la sucia lluvia que cae sobre la escalinata de la fachada precisamente cuando se acaba de limpiar; pero ahora que él no podía ya estorbar en la casa, ni siquiera hablar, y se había convertido en aquel pobre harapo que estaba allí arriba en la cama, la esposa había recuperado parte del sentimiento que tuvo por su marido hacía ya tantos años. Pero como su expresión natural durante muchísimos años había sido de protesta e irritación, hasta ese buen sentimiento le salía en forma airada. Afortunadamente, la enfermera, que no le había gustado desde el principio y a la que no quería tener en casa, le servía de pretexto.
—Esa enfermera —empezó a decir meciéndose con tanta furia que parecía incongruente ese vertiginoso balanceo con su expresión trágica—, esa enfermera da mucho más trabajo que ayuda, muchísimo más. No sé para qué se ha empeñado el doctor Martin en traerla. Necesita mucho más servicio con tanta agua caliente, tazas de té y yo no sé cuántas cosas más que vuestro pobre padre. No sé quién se ha figurado esa mujer que es.
—A mí me revienta —masculló Edward.
Ahora le tocaba a Edward.
—No te estoy preguntando nada. Si eres tan exigente, debías haberte quedado en casa para ayudar en lo que pudieras en vez de marcharte por ahí a la primera ocasión que tuviste.
Herbert asintió con la cabeza, y sus gafas, al volverse hacia Edward, parecían acusarle duramente.
Edward sabía que era inútil explicarles lo que le había sucedido. Ésa es la tragedia de la mayoría de los círculos familiares; precisamente allí donde puede uno creer que lo conocen a fondo, es inútil explicación alguna cuando le ha ocurrido a uno algo de importancia. Y por eso Edward sólo pudo enfurruñarse, disgustarse consigo mismo por estar poniendo aquella cara y enfadarse aún más con su madre y su hermano como causantes de ello. Y todo el tiempo —esto era lo horrible— seguía su padre arriba disponiéndose a abandonarlos para siempre.
—El doctor Martin habló conmigo —dijo Herbert con voz campanuda—. Me ha dicho…
Pero ni siquiera Herbert podía hablar con libertad. La madre le interrumpió airada:
—Sí, ya sé lo que dice el doctor Martin, pero no entienden ni una palabra. Ninguno de ellos sabe nada a pesar de hablar por los codos. He visto a mucha gente que empezaba a mejorar después de estar mucho peor de lo que está vuestro padre ahora. Acordaos del marido de Mrs. Griegson. Lo desahuciaron y también dijeron que sólo era cuestión de tiempo. Y así fue, pero no para morirse, sino para volver al trabajo. El doctor Martin o cualquier otro médico —y esos especialistas que cuestan tantísimo son tan malos como él— pueden equivocarse. Pueden decir lo que se les antoje —la señora Fielding bajó la voz al decir esto, dejó de mecerse y miró solemnemente a sus hijos—; la verdad es que estamos todos en manos de Dios. Y eso es lo que pasa; será lo que Dios quiera.
—Bueno; es que aparte de los médicos —intervino Edward—, mi padre…
—Sí, tu padre —le interrumpió ella secamente—; y tú aquí sentado diciendo tonterías. Deberías estar avergonzado.
—Es verdad —dijo Herbert muy serio.
No era el suyo un espíritu religioso, pero respetaba a Dios por la misma razón que a la Cámara de Comercio o a cualquier otra entidad constituida.
—Tú cállate —le replicó Edward tajante.
Pero fue su madre la que le contestó. Incluso se levantó para ello, a pesar de lo cansada que estaba.
—Ahora te vas a la cama. Por muy mayor que seas ya, no te consentiré que hables así, sobre todo en una ocasión como ésta. ¡Ale, a la cama!, y a ver si te levantas temprano. Tengo demasiado quehacer para cuidarme de que llegues a tiempo a tu trabajo; y procura estar un poco mejor dispuesto por la mañana. Anda, vete ya.
Edward se retiró acobardado, sintiéndose de nuevo como un crío. Dormía en la buhardilla, en un espacio reducido, entre sillas rotas, baúles viejos y otros trastos amontonados allí bajo el tejado. Pasó de puntillas por delante de aquel siniestro dormitorio del que manaba un vaho de hospital. Y otra vez se sintió desolado y se le saltaron las lágrimas. ¡Si pudiera hablar con su padre de nuevo aunque sólo fueran cinco minutos! Quería gritarle con todas sus fuerzas: «¡Padre! ¡Papá! ¡Papaíto!», plantándose así, en tres gritos, en aquella infancia para la que su padre había sido un ser espléndido e imponente, capaz de cambiar el mundo entero, todo él fuerza, alegría y generosidad. Con el alma dolorida se refugió en su cuarto.
No tenía allí luz eléctrica y no se molestó en encender la bujía. A ciegas echó a un lado su polvoriento traje y se puso el pijama recién remendado. Se metió en el camastro y cerró sus irritados ojos con menos sueño del que había sentido a mediodía. Los que sean duros de corazón tienen ahora ocasión de condenarlo por su apariencia de pobre hombre, débil y tonto. En cambio, a los tiernos de corazón les parecerá una figura trágica, uno de tantos millones como hay, ocupados en poner en marcha y parar la maquinaria viendo películas, abriendo latas de alimentos en conserva, millones de huéspedes de la Ciencia y dominadores de la Naturaleza, pero inevitablemente aplastados por cualquier acontecimiento importante que surge en sus vidas. La tragedia de estos individuos es que sus reacciones emotivas, sus miedos y esperanzas los han heredado de generaciones que vivieron en un mundo razonable y seguro que constituía a su vez una parte importante de un Universo bien ordenado y bastante benévolo y que ellos, en cambio, saben que no viven ya en ese mundo ni en ese Universo, y ni siquiera tienen la compensación intelectual gozada por esos filósofos que jubilosamente demuestran que somos mera escoria sobre unas cenizas que se enfrían. Ya no son hijos de Dios sin haber descendido por otra parte a la categoría de hormigas. Como no han meditado a fondo estas cuestiones ni han alcanzado la razón pura, sienten aún que hay misterios, universos, abismos donde el nacimiento, el amor y la muerte salen de las tinieblas y de una luz inexplicable, pero lo sienten vagamente, sin llegar a una explicación. Rechazan instintivamente los antiguos puntos de vista sobre esas cosas y los nuevos aún no han llegado. En cuanto sucede algo de verdadera importancia, algo para lo que una dínamo o una combustión interna de nada sirven, se sienten perdidos. Entonces se refugian en sus cuartuchos, con los ojos irritados, permanecen contemplando la profunda tiniebla de sus párpados cerrados y siéntense atormentados por confusas formas del miedo y la desesperación, como le ocurría a este joven.