Londres los separa
Capítulo IX
IX
L A Compañía «London Associated Drapers and Dress Stores Ltd.» — conocida en la City y en el comercio (según las iniciales) por «Ladds»— había tenido mucha suerte. La combinación había sido capitalizada en una cantidad monstruosamente elevada, pero aun así podían pagar más del diez por ciento y además una bonificación. Podía permitirse tomar a broma la depresión económica. El comercio podía declinar, podían cernerse sobre el mundo nuevas guerras y hasta la mera existencia del hombre civilizado en este globo podía parecer precaria, pero las mujeres seguían más decididas que nunca a realzar sus atractivos, y como este sexo, consciente de su debilidad, no desdeña ninguna alianza, compraban cada vez más vestidos, medias, sombreros, guantes, ropa interior, abrigos, pañuelos, bolsos, cosméticos y tratamientos especiales para el cabello y la cara. «Ladds» poseía tres grandes tiendas. Una en la calle Oxford, otra en Kensington y otra en Brixton, y las tres se hallaban siempre atestadas de clientes, por lo cual construyeron la cuarta en Marylebone Road, entre los inmensos bloques de casas nuevas que se construían allí. Esta nueva tienda no ostentaba, como las otras, el letrero «London Associated Drapers and Dress Stores Ltd.». Los cinco hombres astutos que constituían el Consejo directivo sabían lo que hacían. Mr. Sanderson era uno de los más listos de ellos, un escocés muy fino. Durante muchos años había tenido ocasión de conocer la mentalidad de la compradora suburbana. En el mismo día en que se reunieron los directores había comprado un gran Raeburn. Ése es el nombre —pensó Mr. Sanderson— que le conviene a la nueva tienda.
—Caballeros —anunció a los otros cuatro—, he aquí un nombre ideal para nuestra tienda. Suena magníficamente y tiene elegancia. Escuchen: «Robert Raeburn». Les aseguro que a todas ellas les va a encantar.
Ellas, naturalmente, eran las hordas ininterrumpidas de compradoras que sacaban los billetes de libra y las monedas de plata de sus bolsos. Por todo Londres se hallaban esparcidos unos hombres muy listos que se reunían de vez en cuando en grupos llamados consejos de dirección para conferenciar en una neblina de humo y referirse continuamente a ellas. Agentes de publicidad, periodistas, gente de cine, fabricantes de medicamentos… todos ellos afilaban su perspicacia mientras por las calles hormigueaban inmensas cantidades de ellas que removían impacientes en su bolsos la plata y los peniques que pronto entrarían por un canal o por otro e irían a parar a manos de los comerciantes más hábiles. ¡Qué felices son ellas en nuestros días, en que hay tantos hombres de aguda inteligencia dispuestos siempre a tener en cuenta sus más ligeros caprichos!
Así, la nueva tienda se llamó «Robert Raeburn». Mr. Sanderson, como de costumbre, tuvo razón. A ellas les había gustado cómo sonaba Robert Raeburn. Mientras se preguntaban unas a otras si habían estado en «Robert Raeburn» o anunciaban con orgullo que «lo he comprado en “Robert Raeburn”», tenían la vaga visión de un escocés alto, erguido y patilludo, un tipo divertido que quizá tuviera una nieta que creía en las hadas. La tienda era exageradamente moderna, toda de cristal y de metal, impecable y de una geometría perfecta; de modo que su aspecto en nada se parecía al de Robert Raeburn. Sin embargo, a las clientes les daba la impresión de que él mismo había decorado la tienda al gusto de ellas y no al suyo, pero que debía de andar por allí, en algún rincón del edificio cuidando de que todos fueran atentos, trabajadores y honrados y frotándose sus arrugadas manos mientras lanzaban chistes escoceses. En el peor de los casos, se decían las clientes, podían quejarse a Mr. Raeburn en persona. Muchas de ellas se encaraban con los dependientes mirándolos de una forma que parecía decir: «Soy capaz de quejarme a Mr. Raeburn», y estas palabras surtían un efecto mágico. Desde luego, toda la tienda y la empresa toda parecían funcionar por arte de magia y el público estaba muy satisfecho.
Era una tienda basada en el plan norteamericano, o sea en un plan adaptado al ritmo rápido y a los cambios relampagueantes de nuestros tiempos. Todo lo que estaba en la tienda se hallaba completamente al día. En menos de un año, todos aquellos artículos estarían pasados de moda y sólo servirían para la gente más miserable. Las mujeres estaban convencidas de que allí podían comprar más barato porque el precio que les ponían era siempre menor del que esperaban; pero, en resumidas cuentas, se dejaban en «Raeburn» mucho más dinero del que habían pensado, porque nada de lo que compraban estaba de moda mucho tiempo, ni duraba mucho por su calidad. Miles de maridos y de padres se admiraban de la fascinación que ejercía aquella tienda sobre sus mujeres o sus hijas, las cuales llegaban a casa gritando con entusiasmo que habían comprado allí un montón de cosas baratísimas. Y poco tiempo después se quejaban amargamente de que no tenían qué ponerse. Aquellos cinco directores fueron causa de que en muchos hogares se encendieran tremendas discusiones con portazos, maldiciones, lágrimas y una reconciliación final que costaba más que la petición primitiva. Pero a los cinco directores les importaba esto muy poco. «Robert Raeburn» era un éxito gigantesco. Hasta los periódicos o, por lo menos, todos aquellos periódicos que tenían la esperanza de sacarles un anuncio de media plana, aseguraban que el éxito era absoluto. Desde las nueve de la mañana hasta las seis de la tarde fluía un río de mujeres por aquellas puertas tan grandes y vistosas de Marylebone Road, mientras sus cabezas hervían con planes para comprar cosas «que hicieran juego» con otras y varios centenares de ellas andaban por la tienda con un gasto de energía equivalente al necesario para mantener en movimiento la dínamo de la Central Eléctrica. Se precipitaban en una sección, se entretenían en otra, cargaban como un escuadrón de caballería contra el departamento de los saldos y subían en oleadas de seda y perfume hasta el restaurante situado cerca del tejado. Por cierto que el restaurante era encantador, las paredes estaban pintadas de amarillo crema con unos cuantos dibujos euclidianos subrayados de bermellón. Allí le ofrecían a usted un buen almuerzo de tres platos por dos chelines y un buen té por un chelín; y las maniquíes, que a primera vista parecían bellas clientes que se hubieran vuelto locas, se pavoneaban pausadamente entre las mesas exhibiendo los últimos modelos. Y hasta las camareras, con sus uniformes marrones de cuellos y puños blancos rizados, eran jóvenes y bonitas. Una de las camareras más jóvenes y más bonitas en esta primera semana de octubre era Rose Salter.
Cuando Mr. Smalley, con el cuello más colorado que nunca, hubo entrado en el despacho de la señorita Finberg en «La Cafetera de Cobre» y Rose quedaba convencida de que algo se preparaba, sus presentimientos no la engañaron. Mr. Smalley había nombrado dos camareras para la sección de la señorita Finberg sin pedirle a ella permiso. Miss Finberg se había quejado a la dirección. Ella tenía una recomendada para uno de los puestos vacantes. La dirección había reconocido que Mr. Smalley fue demasiado lejos, una de las dos muchachas nombradas tenía que marcharse y miss Finberg había decidido que fuera Rose, porque era la más bonita y probablemente Mr. Smalley «le habría echado el ojo». A Mr. Smalley le correspondía ahora la penosa tarea de decirle a Rose que tenía que marcharse. Miss Finberg le prestó muy contenta su despacho para tan desagradable escena.
—Lo siento mucho —dijo Mr. Smalley, rehuyendo los ojos de Rose—. Tú no has tenido la culpa de nada, pequeña. Ha sido solamente una equivocación. Es que la señorita Finberg… —En fin, dejemos eso. Habrá tiempo sobrado para ocuparse de miss Finberg, pensó Smalley, porque después de esto venía la guerra; ya le arreglaría él las cuentas.
Rose no admiraba a Mr. Smalley, pero en aquel momento lo compadecía, porque en su cara, grande y colorada, se podía leer claramente la pérdida de prestigio. Por eso Rose murmuró, comprensiva, que no importaba.
—Sí importa —dijo Mr. Smalley con voz alterada—. Es una vergüenza, pero no se preocupe usted. Por supuesto, tendrá usted que marcharse y lo siento mucho porque me parece usted una buena chica, exactamente el tipo de camarera que necesitamos, pero le he buscado a usted algo… una buena colocación. —Esperó a que ella le diera las gracias, y Rose, efectivamente, se las dio—. Un compañero mío, lo conozco hace mucho tiempo, es el encargado del restaurante que han puesto en esa tienda nueva, «Robert Raeburn», y va a llevarla a usted allí. Pero no diga que ha empezado usted aquí. Yo le dije que tenía usted mucha experiencia en este asunto.
—¿Qué tendré que hacer allí? —preguntó Rose con inquietud.
—Lo mismo que aquí. Muy fácil; en realidad, es mejor colocación que ésta. Lo único es que ha de vivir usted allí. Casi todas las camareras viven allí, en el edificio de la tienda y así pueden atender mejor a su trabajo. Eso le evitará a usted muchas incomodidades y gastos. A mí mismo no me importaría vivir allí.
E hizo un gesto malicioso de viejo bajá.
Rose no contestó. No sabía qué decir ni qué pensar. ¡Era todo tan súbito y confuso! Camarera en el restaurante de «Robert Raeburn» y alojarse en él… ¿qué vendría después?
—Tendrá usted que trasladarse en seguida —prosiguió míster Smalley—, porque desean que empiece usted el lunes. Mañana por la mañana se presenta usted a la señora Furber antes de las doce. Esa señora dirige el restaurante. Entre por la puerta de los empleados, por la parte de detrás del edificio, en Marylebone Road; ¿entendido?
Antes de que Rose hubiera decidido si le había comprendido o no, Mr. Smalley le había cogido una mano en la suya húmeda y caliente y con la otra le daba palmaditas en la espalda; esta segunda mano era todavía más húmeda y caliente que la otra.
—Y que tengas mucha suerte, pequeña —le dijo—; en «Raeburn» estarás muy bien. ¡Allí puedes llegar muy lejos! Es una gente estupenda, ya verás.
Y así fue cómo ocurrió aquello. En cuanto Rose se repuso de su primera sorpresa empezó a sentirse contenta. Nunca había estado en «Raeburn», pero había oído hablar mucho de esta nueva tienda. Su nuevo empleo significaba un buen salto por encima de «La Cafetera de Cobre». Y esto le enseñaría a Alice, por la cual sentía ahora Rose una permanente antipatía, que ella, Rose, podía arreglárselas muy bien sin su amiga y que esto iba progresando a gran velocidad. Mientras Alice seguía vegetando en «La Cafetera de Cobre», Rose empezaría una aventura superior en «Robert Raeburn».
—Oye, Rose —dijo Alice a última hora de aquella mañana—, acabo de enterarme de que te marchas y yo me quedo. Lo siento, chica. ¿Qué vas a hacer?
—No importa —dijo Rose con tono de gran indiferencia, aunque en seguida se reportó, porque notó que Alice estaba verdaderamente azarada, como tenía razón para estarlo—. He conseguido una nueva colocación… En esa tienda nueva… «Robert Raeburn», en el restaurante. Viviré allí.
—¡Chica, qué me dices! —exclamó Alice recayendo, impulsada por su estupefacción, en sus expresiones de Haliford.
A Rose le resultó muy extraña su experiencia del domingo por la mañana cuando fue a presentarse a la señora Furber. Para empezar, Londres entero se hallaba en una calma casi absoluta. El autobús donde ella iba ronroneaba por las calles de una ciudad muerta. Los mismos lugares que en los días de semana estaban animadísimos se encontraban silenciosos y desiertos. Era una mañana guateada, sorda, ni húmeda ni soleada, ni fría ni caliente. Un tiempo misterioso. Parecía como si la ciudad entera estuviera envuelta en algodón. Rose sentíase irreal y por esta misma razón estaba mucho menos nerviosa de lo que podía esperar. En una mañana como aquélla no parecía importar, en una atmósfera tan alejada de la vida corriente, que una muchacha nueva en la ciudad fuera a enfrentarse con una señora Furber que seguramente sería aterradora y se viera obligada a fingir una gran experiencia como camarera.
La tienda «Raeburn» y la señora Furber no podían ser en un día como aquél una amenaza sólida. También ellas formarían parte de aquel ensueño gris y algodonoso.
Encontró la puerta donde se leía «Entrada del personal». Estaba en una callejuela muy tranquila en la que nada se veía. La puerta estaba cerrada y Rose no encontró ningún timbre. Después de vacilar un momento, empujó la puerta y entró. Dentro había un ascensor y Rose lo tomó examinando cuidadosamente los siete botones y sus letreritos. Pulsó el botón que llevaba la inscripción «restaurante» y emprendió su pequeño viaje vertical. Arriba, esperando el ascensor para bajar, había dos chicas, unas muchachas londinenses muy elegantes que hablaban en voz muy alta y que no prestaron la menor atención a Rose, metiéndose ambas en el ascensor antes de que Rose tuviera tiempo de preguntarles por Mrs. Furber. Allí arriba todo parecía nuevo y aún se olía a pintura fresca. Cruzó a la izquierda una puerta oscilante y allí encontró a una muchacha con uniforme de camarera en el comedor. Ésta la condujo hasta donde se hallaba la señora Furber, una habitación con dos sillones, una pequeña mesa despacho, una estufa eléctrica y aire de cosa nueva.
La señora Furber fumaba un cigarrillo y leía el Sunday Times. Tenía el pelo ondulado y un porte de mujer enérgica; era guapa al estilo de esas actrices ya maduras que vemos en las películas. En cualquier otra ocasión, a Rose le hubiera asustado la presencia de esta mujer, pero ahora no le parecía real y no le importaba mucho lo que Mrs. Furber pudiera decir y hacer.
—Sí, ya recuerdo —dijo después que Rose le hubo explicado el asunto—. Permítame que la observe un poco —la impresión fue buena—. No está mal; le seria a usted muy fácil mejorar el cabello, aunque reconozco que es muy bonito. Qué lástima que las muchachas de hoy no sepan realzar sus atractivos. Una francesa o norteamericana la mitad de bonita que usted, se convierte en una belleza. Parece que tiene usted buen carácter, ¿me equivoco?
—Dicen que lo tengo bueno —dijo Rose sin ruborizarse demasiado.
—Aquí son esenciales el buen carácter y el tacto social —dijo Mrs. Furber —; mucho más importantes que en sitios como «La Cafetera de Cobre». Si disgusta usted a uno de nuestros clientes, la tienda se perjudica; ya ve usted si es importante y no olvide que aquí tratamos casi todo el tiempo con mujeres, no con hombres. Con ellos es muy diferente. Ellos pasan por todo. Especialmente cuando se trata de muchachas tan atractivas como usted. Usted conoce ya el oficio, ¿verdad? Sí, ya recuerdo…
De modo que no tuvo que decir ninguna mentira y aquello fue —se dijo Rose—, porque ella no había dado importancia a nada esa mañana. Si hubiera llegado nerviosa e inquieta, angustiada por la idea de un posible fracaso, seguramente aquella mujer le hubiera hecho docenas de preguntas y Rose se hubiera visto obligada a mentir como una desesperada.
—Vivirá usted aquí; creo que se encontrará más a gusto que en cualquier pensión —prosiguió la señora Furber animadamente—, se le dará a usted desayuno, almuerzo y cena. El sueldo será al principio de quince chelines a la semana y tendrá usted un tanto por ciento en las propinas. Nosotros no fomentamos ni prohibimos la costumbre de las propinas, pero todas las que reciba usted deberá depositarlas en la caja común. En esto soy intransigente. Lo que a usted vendrá a corresponderle oscilará entre quince y veinticinco chelines a la semana. Tendrá usted derecho a disfrutar de todas las ventajas concedidas a los empleados de esta casa: a usar el campo de deporte, formar parte de las varias sociedades que tenemos, asistencia médica y dental gratuita y entrada en el Club instalado en nuestro edificio. ¿Quiere repetirme su nombre? Rose Salter. Bien, Rose; creo que estarás conforme en que has tenido suerte al ingresar aquí, espero que seas una empleada leal. Te trataremos de la mejor manera posible y confiamos en que estarás dispuesta a colaborar con nosotros lo mejor que puedas. Nuestro reglamento es muy sensato y no toleramos que se infrinja. Entonces…
Mrs. Furber dijo todo esto con mucha rapidez como si se lo supiera de memoria a fuerza de haberlo repetido muchas veces. Sin embargo, era la alocución más importante que le habían dirigido hasta entonces a Rose y le hizo bastante efecto. A pesar de que era una mañana de domingo en un Londres algodonoso y que todo parecía irreal, prometió portarse lo mejor posible y trató de sonreírle a Mrs. Furber, la cual no le devolvió la sonrisa quizá porque guardaba todas sus sonrisas para la vida privada. Examinaba unas listas que tenía encima de la mesa.
—Con excepción de las que tienen cargos directivos, las demás comparten dormitorios-salitas —dijo Mrs. Furber sin levantar la vista de sus papeles—. Quizá debiera explicarte que todas las camareras jóvenes viven aquí y otras muchachas de otros departamentos que no tienen donde vivir en Londres. Compartirás una habitación con una chica de uno de los departamentos de ropa hecha. Se llama Beatrice Vintnor. Aquí tienes el reglamento. Haz el favor de leerlo con todo cuidado. Tienes que traer tu tarjeta del Seguro y la enviaré a la oficina. Te enseñaré tu habitación.
Se encaminaron por el corredor, dieron la vuelta en un recodo, pasaron ante muchas puertas, pintadas todas de verde vivo, hasta llegar al número 39. Mrs. Furber llamó con los nudillos. Le dijeron que pasara y Rose se encontró con una habitación nueva y de aspecto muy agradable. El dormitorio más bonito que había ocupado en su vida. Tenía hasta agua caliente con grifos de níquel. Sobre el lavabo había un espejo completamente nuevo. El mobiliario lo formaban dos camas modernas, dos alfombras, una enfrente de cada cama, y dos silloncitos forrados de verde haciendo juego con la pintura de la habitación. También había una pequeña estufa eléctrica. Era un cuarto magnífico. Rose quedó encantada con sólo verlo. Beatrice Vintnor estaba haciéndose la cama.
—Ésta es tu habitación, Rose —dijo Mrs. Furber en un tono gris, ni amistoso ni desagradable, como si estuviesen en un hospital— y ésta es tu compañera de cuarto. Lo mejor que puedes hacer es mudarte hoy mismo y como esta noche no volveré hasta muy tarde, te presentarás mañana a mi ayudante, Miss Drummond, a las ocho. Y mañana mismo me preocuparé de tu uniforme. Ahora os dejo para que os vayáis conociendo. Buenos días.
—Buenos días —dijo Beatrice Vintnor respetuosamente.
La señora Furber las saludó a las dos con la cabeza —seguía sin sonreír— y se marchó. Rose quedó un poco turbada mirando a Beatrice y preguntándose si se llevaría bien con ella. Ésta dejó de hacer la cama y se sentó en el borde para contemplar a Rose a su gusto. Era una muchacha delgada, varios años mayor que Rose, y tenía hermosos ojos obscuros, nariz aguileña y boca pequeña con una expresión de descontento. Llevaba un buen vestido de lana fina, rojo obscuro, que le sentaba admirablemente. A Rose le pareció una figura muy elegante y se sentía intimidada como si aquella joven perteneciera a un nivel social muy superior al suyo. (Rose cometía el error de creerse totalmente inepta para la elegancia en el vestir y envidiaba a esas criaturas estilizadas que veía en Londres.) Durante unos momentos las dos mantuvieron el silencio mientras se observaban mutuamente.
—¿De dónde vienes? —preguntó por fin Beatrice.
Rose se lo dijo tímidamente.
—Supongo que ese abrigo y el vestido te lo han hecho allí, ¿no?
Rose confesó que así era, no sin avergonzarse un poco. El abrigo y el vestido procedían de Haliford.
—Y lo parecen —dijo Beatrice con una risita.
No era un comienzo muy amistoso.
Sin embargo, Rose comprendió que en aquello no había una animadversión especial. Beatrice Vintnor le parecía una muchacha nerviosa. Hablaba de un modo rápido y entrecortado, y aquella risita —como iba Rose a saber pronto, demasiado pronto— resultó ser un tic nervioso. Rose no contestó al comentario sobre la ropa. Se limitó a seguir observando, quizá con un poco de reproche, a la joven. Se produjo entonces en ésta un súbito cambio. Beatrice saltó de la cama:
—Lo siento. No debía haber dicho eso. Ya me figuro que tú no tienes la culpa; además te está muy bien. De verdad que estás muy mona. Chica, es estupendo tener ese color de cabello, ¿es natural, verdad? Puedes creerme que te hablo sinceramente, ¿tienes suerte en la vida? Creo que sí. En este cuarto necesitamos un poquito de suerte. ¿Te fijaste en el número? Treinta y nueve. Ya ves, tres veces trece. ¡Horroroso, hija! ¿Sabes adivinar el porvenir? Yo siempre me estoy echando las cartas a mí misma.
Rose la miró asombrada. Éste era un tipo de muchacha nuevo para ella. La sorprendió tanto aquella salida de Beatrice que no la contestó.
—Bueno, chica, como quieras —exclamó la otra—, si quieres estar de morros, tú dirás. —Parecía muy ofendida.
—Espera, mujer, no te pongas así —dijo Rose con voz muy cordial—. No estoy enfadada en absoluto. Te estaba escuchando.
—Y ¿por qué no me contestabas?
—Es que… no sabía qué decirte. Pero no te preocupes.
Beatrice se encerró en un mutismo irritado y miró resentida a su nueva compañera con unos ojos muy curiosos, demasiado grandes y excitables para el resto del rostro, de modo que parecían encerrar toda la vida de su cara. En conjunto, resultaba una muchacha extraña.
—Aquí se está muy bien —dijo Rose con timidez—. Tú no trabajas en el restaurante, ¿verdad?
—Por Dios, claro que no —dijo Beatrice como si la sola sugerencia de que pudiera ser camarera fuera un insulto para ella—. Trabajo en la sección de ropa hecha. Antes estaba en la tienda de vestidos de Bormagess, en la calle Oxford. Es de la misma empresa que ésta, ¿sabes? Apuesto a que no lo sabías. La mayoría de la gente lo ignora —e inició su risita habitual—. Llevo ya siete años trabajando en tiendas de Londres. Con un poco de suerte puedo llegar pronto a jefe de ventas. Todo es cuestión de suerte. Eso es lo que he descubierto a fuerza de años. Y tú, ¿qué experiencias has tenido?
—Yo casi ninguna —dijo Rose cautamente.
—Ya me lo figuraba —dijo Beatrice, que otra vez torcía el gesto—. Voy a acabar de hacer esta cama.
—Te ayudaré si quieres.
—Gracias.
No quedaba ya mucho que hacer, pero de todos modos Rose hizo más que Beatrice. Cuando terminaron y arreglaron la habitación un poco, sintiose de pronto Beatrice muy agradecida a su compañera. Acercándose a Rose, le dijo precipitadamente que era una bonísima amiga y exactamente la clase de muchacha que ella quería tener como compañera de cuarto. Rose salió para ver a Mrs. Burlow y traer sus cosas. Mrs. Burlow por una vez expresó en el rostro sus verdaderos sentimientos:
—Siempre pasa lo mismo, Miss Salfer —dijo llorosa—. Las personas a las que se cobra afecto son las que se van. Me ha pasado ya una docena de veces. No es que se lo eche en cara, miss Salfer. Pero recuerde que siempre tendrá en mí una amiga. Y que conste que no se lo digo para quedar bien. Se lo digo de corazón —concluyó con acento dramático.
Era extraño separarse de Alice, aunque ya no fueran tan amigas como antes. En el último momento Alice, que se había mostrado algo reservada cuando se enteró de que Rose estaría mejor en el «Raeburn» que lo estuvo en «La Cafetera de Cobre», se quitó de repente de encima su complicada antipatía como si fuera una capa vieja. Insistió en ir con Rose a la tienda por la tarde. Durante todo el camino, estuvo afectuosa y melancólica, sin la inquietud que la caracterizaba.
—Eso te ocurre porque es la noche del domingo —le dijo Rose—. Alice, nunca te gustó la noche del domingo.
—Ya lo sé, pero ahora no es eso. —La voz de Alice sonaba a fatalidad—. Rose, sabes muy bien que nunca me entran sentimientos raros. En eso eres tú la especialista. Pero tengo la sensación de que nos vamos a separar para siempre. Creo que nos van a suceder muchas cosas, sobre todo a mí, y que no nos harán ni pizca de gracia. Estoy segura de que tú irás por tu camino y yo por el mío —y al pronunciar estas palabras rompió a llorar repentinamente, con gran asombro del conductor del autobús. Aquella era una Alice desconocida para Rose. ¿Qué le ocurría?
—Pero, Alice, no ocurre nada malo, ¿por qué no vamos a vernos todo lo a menudo que queramos? Hablas como si me fuera a Arabia o algo así.
Alice se negó a dejarse consolar:
—Es como cuando mi madre se enteró de lo de mi tío Harry. Lo sabía. Yo no lo veo tan claro como ella, pero lo sé. Tú seguirás por tu camino y yo por el mío. No creo que nos volvamos a ver. Y ya nunca será como antes. Ya te convencerás.
Rose replicó algo enfadada que todo aquello era una tontería, pero mientras lo decía pensó de repente que Rose tenía razón. Era como si ambas hubieran percibido una visión de sí mismas en la lejanía del futuro, como dos formas muy pequeñitas moviéndose en la neblina. No es que Rose tuviera una mentalidad metafísica, pero ahora empezaba a pensar en el futuro, en el misterio del tiempo. ¡Qué sensación tan rara! En verdad era aterrador. Dos días antes «Raeburn» significaba muy poco para Rose. Ahora iba a trabajar y a vivir allí. De las tinieblas había surgido aquella habitación del ático con Beatrice Vintnor sentada en el borde de la cama y mirándola. ¿Qué más le estaba reservado en aquella obscuridad del porvenir? ¿Qué más cosas y personas esperarían en el futuro a que ella se les fuera acercando? «La Cafetera de Cobre» y la señora Burlow la habían estado esperando y ahora se alejaban de su mundo hundiéndose en las nieblas de la memoria. Todo aquello era muy inquietante. ¿Por qué no conocería uno de antemano todo lo que se preparaba?
Se despidió de Alice en la puerta trasera de «Raeburn» y con una sensación de desánimo subió a su cuarto. Se alegró de que Beatrice Vintnor no estuviera allí. Despacio, incluso con solemnidad, fue deshaciendo sus maletas y sacando la ropa y demás cosas. Verdaderamente era una habitación estupenda. Había incluso un gran armario con perchas modernas para los vestidos. Estaba ya casi lleno, porque Beatrice Vintnor poseía una asombrosa cantidad de vestidos, algunos de ellos de noche. Después de añadir en el armario su modesta aportación, contempló Rose la ropa de Beatrice. Estaba maravillada. Desde luego había hecho mal en burlarse de la ropa de Rose, pero ¿cómo no disculparla? Rose sintiose muy poca cosa, muy provinciana. A las diez se había acostado ya. ¡Qué lecho tan confortable! No podía compararse con el de la casa de mistress Burlow o con el que había compartido con Nellie en su hogar de Haliford. Esto la llevó a pensar en Nellie y en el resto de la familia y se extrañó de no haber recibido ya carta de su hermana. Ahora bien, cuando llegara la carta tendrían que enviársela desde la pensión de la señora Burlow. Se propuso escribir a la mañana siguiente a su casa preguntándoles por qué no le escribían.
Estaba adormilada cuando entró Beatrice Vintnor con gran algazara.
—Ah, ¡estás aquí ya! —exclamó Beatrice arrojando sus cosas a un lado y a otro.
—Sí —dijo Rose con timidez.
Beatrice permaneció silenciosa un buen rato. De pronto, pareció cansada y como enfadada.
—Me gusta mucho este cuarto —se aventuró a decir Rose.
Beatrice no le contestó. No parecía importarle si a Rose le gustaba el cuarto o no. Quizá estuviera enfadada por algo que le hubiera sucedido aquella noche. Rose no añadió ni una palabra más.
Por último, Beatrice, sentada en el borde de su cama, miró fijamente a Rose como lo había hecho aquella misma mañana.
—¿Por qué es todo tan estúpido en este mundo? Dímelo —chilló irritada —. ¿Por qué sale todo mal? ¿Por qué, por qué, por qué? —estaba tan enfurecida y desesperada que Rose se asustó.
—¿Te ha pasado algo? —le preguntó Rose afectuosamente.
—No, algo no. Todo. Y siempre pasa igual. Sí, continuamente sale todo mal. ¿Qué ocurre ahora en el mundo para que todo sea tan insoportable? Cuando yo era pequeña no iban las cosas tan mal. Recuerdo que la vida parecía maravillosa. Ahora es un fastidio. Dios mío, ¿va a ser siempre así? Sí, seguramente hasta que nos muramos.
Rose creyó que su compañera iba a romper en llanto. Los ojos se le habían puesto trágicos. ¿Qué le ocurriría? Es posible que estuviera haciendo un poco de teatro —y a Rose, halifordiana cien por cien, no se le escapaban estas cosas—, pero de todas formas había algo de sincero en aquel arrebato. Rose experimentaba una gran inquietud. Tuvo el súbito deseo de echarse abajo de la cama, vestirse y salir de «Raeburn» al instante, volviendo a casa de la señora Burlow o a Haliford. Esto desde luego era una tontería. ¿Cómo iba a perder así un buen empleo?
Sin embargo, hubo de contenerse mucho para quedarse allí.
La otra joven, que evidentemente se hallaba sometida a unos cambios de humor imprevisibles, se levantó de un salto y dijo:
—Me figuro que me crees una loca, pero nada de eso. He tenido una tarde idiota, eso es todo. No te preocupes de mí, la verdad es que de mí nadie se preocupa. Lo sé de sobra —y se rió con su desconcertante risa—. En este mundo lo único positivo es preocuparse cada uno de sí mismo. Es posible que tú hayas llegado a esa misma conclusión. Y a propósito, tienes que levantarte a las siete y media de la mañana. Buenas noches.
Rose tardó mucho en dormirse. Había muchas cosas que no podía olvidar. No podía olvidar a su compañera, ni la novedad y lo extraño de su situación acostada en el último piso de una tienda tan importante ni la manera tan extraña como ocurrían las cosas; y a la mañana siguiente empezaría todo de nuevo. Era aterrador.
Peto, en realidad, no resultó tan mal; la mayoría de las cosas fueron cediendo a medida que se les hacía frente y Rose, inclinada con frecuencia al ensueño, sabía trabajar de firme. La tarea no era más dura que en «La Cafetera de Cobre» y ahora tenía ya un poco de experiencia. Aquí no había una miss Finberg enemiga suya. El restaurante en sí era ya una ventaja sobre el otro lugar, por ser mucho más agradable y la clientela preferible. Durante las horas del almuerzo y del té, cuando no quedaba ningún sitio libre, había que apresurarse en el servicio y el público se mostraba más exigente y nervioso; pero esto no duraba mucho y las mañanas y casi toda la tarde eran relativamente tranquilas. Rose tenía que ayudar a una antigua camarera llamada Miss Jewson que era muy superior a Miss Wade, la de «La Cafetera de Cobre». Era alta, bastante guapa y distinguida, procedía de Gloucester y tenía un gran deseo —cuya razón nunca pudo descubrir Rose— de vivir en África del Sur. Miss Jewson nunca había estado en África del Sur, ni tenía parientes ni amigos allí; pero algo que había oído o leído acerca de la vida en esta parte del mundo había captado su fantasía hasta el punto de que ahorraba para marcharse allá. Sin embargo, casi nunca aludía a este proyecto; en realidad, apenas hablaba con sus compañeras, pero era muy eficaz en su trabajo, rápida y limpia y con un perfecto aire profesional. Rose aprendía mucho con ella, quizá porque era muy fácil enseñarle. A veces fallaba en algunas cosas como todos los principiantes, pero tenía tan buena voluntad y era tan bonita que sus errores eran perdonados en seguida tanto por sus jefes como por los clientes. Éstos no eran tan variados y diversos como los de «La Cafetera de Cobre». Por ejemplo, no había ninguno como aquel individuo grueso y desaliñado que habló con ella y la divirtió tanto aquella tarde. Había demasiadas mujeres y muy pocos hombres. Rose fue notando que el trabajo allí le hacía cansarse de las mujeres. Para empezar, tenía que vivir entre muchachas en el último piso, en su habitación, en los cuartos de baño, corredores, en el comedor de servicio, en el Club; siempre muchachas, muchachas y muchachas; demasiadas medias, demasiados pechos, demasiadas narices empolvadas y cabezas onduladas, una excesiva cantidad de ojos femeninos y voces chillonas. Luego, mujeres a miles que pasaban por el restaurante empujándose unas a otras, observándose y cotilleando. Podían dividirse en varios grupos como ocurría en «La Cafetera de Cobre». Algunas eran muy agradables y hablaban a las camareras de manera muy amistosa. Otras parecían muy asustadas y daban la impresión de estar agradecidas de que las sirvieran; entraban como si no tuvieran derecho a estar allí, sentábanse en el borde de las sillas, miraban a un lado y a otro con inquietud y encargaban la comida o el té en un murmullo. A veces daban pena, pero en otras ocasiones esa humildad llegaba a irritar. Además, estaban esas personas que padecen complejo de inferioridad, que desean demostrar cuán superiores son a unas simples camareras con lo cual crean dificultades y dan más trabajo de la cuenta. Una cliente que pertenecía a este último grupo le tomó a Rose una instantánea antipatía y Miss Jewson dijo que esto se debía a que Rose era joven y guapa y la envidia de aquella mujer no lo podía resistir. Pero a veces cansábase Rose incluso de las mejores clientes por la sencilla razón de que eran mujeres. Era un alivio servir de vez en cuando a algún varón que entraba como extraviado, pero siempre en busca de alguien. Nunca iba un hombre por su cuenta, si se le veía solo era porque esperaba a alguna mujer que hacía sus compras abajo. Algunos se dejaban caer en las sillas con gran cansancio y parecían enfermizos, con aspecto de viejos; los otros, los frescos, con ganas de flirtear, no venían por este restaurante. Rose llegó a echarlos de menos, porque al fin y al cabo suponían un cambio en esta nube de perfumadas y rosáceas hembras. Era ya demasiada suavidad y aparente dulzura. Grace, que servía las tres mesas siguientes le dijo a Rose al terminar una oleada de prisas a la hora del almuerzo:
—Está una harta de tantas vacas viejas. Chica, ojalá viéramos unos cuantos hombres por aquí, por tipejos que fueran.
Pero aquella misma mañana precisamente, un individuo se había quedado mirando a Rose con gran fijeza. Ocupaba una de las mesas que ella servía, con dos señoras de bastante edad de grandes caras caballunas y voces imperiosas. Las oyó llamarle «Francis». Era un joven alto y delgado, llevaba finas gafas de concha y una camisa de color azul muy obscuro Tenía un aspecto vagamente de artista. Hablaba mucho, con una voz elevada y silbante, que a Rose le causó una extraña impresión. El joven no dejó de mirarla. Esto no era nuevo para ella y Rose no le hizo el menor caso. Pero cuando terminaron, mientras las dos mujeres se alejaban, se acercó a ella para darle una propina, y le dijo con toda cortesía:
—Por favor, ¿le importaría a usted decirme su nombre, señorita?
Rose quedó tan sorprendida que soltó su nombre y apellido al instante sin preguntar el motivo de esta curiosidad. Él sonrió y dijo luego con rapidez:
—El mío es Francis Woburn. ¿Se acordará usted, por favor? Francis Woburn —y se alejó, dejando a Rose con la boca abierta.
¿Qué le importaría a ella que este individuo se llamara Francis Woburn? ¿Y por qué le interesaba conocer el nombre de ella? No era de su clase. Rose le contó a miss Jewson lo sucedido, y esta experimentada joven, que no tenía ilusiones más que por marcharse a África del Sur, contestó con indiferencia que aquello fue un intento «por si pegaba». Pero, en realidad, ¿qué había intentado aquel joven? Rose no podía sentirse halagada, pero tampoco podía indignarse como ante una ofensa a su virtud. Todo aquello era absurdo. Sin embargo, constituía un acontecimiento, algo en qué pensar.
Una carta que llegó aquella noche reexpedida —y no con mucha prisa— por la señora Burlow, cortó en seco todas las fantasías de Rose sobre el público femenino y el masculino. La carta era de Nellie y contenía las noticias más asombrosas y emocionantes. Aquel muchacho que no había vuelto a presentarse, Edward Fielding, había ido a su casa para verla y explicarle por qué se retrasó tanto aquella tarde. Había estado paseando la calle Slater durante muchas noches —le escribía Nellie— y añadía que el joven estaba loco por ella. Además, decía Nellie que era un muchacho muy simpático y, ¿cómo se le había ocurrido a Rose marcharse a Londres y dejarlo plantado? El día que estuvo de visita, Edward había dado a entender vagamente que también él se iría a Londres, pero Nellie no estaba segura de si había salido o no de Haliford, ni podía asegurarle a su hermana si el joven estaba decidido verdaderamente a llevar a cabo su proyecto. Nunca en su vida había recibido Rose una carta que la hubiera alterado tanto como ésta. Desde aquella desgraciada tarde, se había esforzado en olvidar a aquel muchacho; le había decepcionado mucho su informalidad y ahora resultaba que no era culpa suya. Edward volvía a ser el mismo que ella se había figurado aquel feliz domingo. ¡Loco por ella! ¡Pasear la calle Slater todas las noches, incluso no estando ella en Haliford! Ahora se avergonzaba de su actitud. Deseaba por encima de todo ver en seguida a Edward Fielding, explicárselo todo, decirle cuánto lo sentía y descubrir por sí misma hasta qué punto era verdad que estaba loco por ella. En realidad también ella estaba loca por él. Sí, de repente se daba cuenta de esto. Un inmenso vacío que se le había formado desde que se encontraba en Londres se le llenó inmediatamente con sólo pensar en él. Comprendía ahora que Edward no había dejado de estar en sus pensamientos, pero ella pretendía haberlo olvidado. Ahora iba a pensar en él sin cesar y viviría de nuevo en el pensamiento todos los instantes de aquel domingo que habían pasado juntos. Todo era ya diferente. Rose llegó a la conclusión de que él estaba enamorado de ella y ella de él y que desde el principio había sido así.
—¿Qué te ocurre, Rose? —le preguntó Beatrice. Aparte de que se tuteaban desde el primer día y que no habían reñido ni una sola vez, lo cierto es que no adelantaban gran cosa en la amistad—. Te encuentro excitada.
Rose tardó un rato en contestar. Beatrice, el dormitorio, «Raeburn», Londres, todo ello se le hacía de pronto irreal. Replicó cautamente:
—Sí, es verdad, lo estoy un poco; es que me ha sucedido una cosa… — pero su corazón cantaba tras estas vulgares palabras.
Beatrice conocía cuándo era feliz la gente; le bastaba con mirar a una persona a la cara.
—Pues me gustaría que me hubiera pasado a mí —murmuró. Se quitó una media y la tiró a un rincón. Beatrice combinaba un apasionado afán de vestir bien con un gran descuido para las prendas, lo cual la hacía una compañera muy desordenada—. Dios mío, estoy harta. ¡Qué estúpida es esta vida!
—Lo siento, Beatrice —pero Rose estaba pensando en la carta que iba a escribir a Nellie diciéndole que se enterara en seguida de dónde estaba Edward.
—¿Lo dices de verdad? —le preguntó Beatrice con expresión escéptica.
Rose la miró y sintió verdadera compasión por ella. La pobre Beatrice no contaba con un Edward Fielding y, por otra parte, parecía padecer de las más diversas desventuras, aunque siempre tenían un aire misterioso.
—Sí, lo digo de corazón. No sé a qué te refieres, pero…
—Me refiero a todo —dijo Beatrice por quincuagésima vez en aquella semana—. Escucha, quiero que me hagas un favor: que vengas mañana conmigo a ver a mi hermano.
—¿A tu hermano? —dijo Rose sorprendida.
—Sí; mi hermano Lawrence. Ayer fui a verle y le hablé de ti. Dice que le gustaría conocerte.
—Pero ¿por qué? Quiero decir…
—No sé —dijo Beatrice, impaciente—. ¿Qué importa eso? Él cree que le distraerá verte.
—Bueno, mujer; pero ¿dónde está?
—En un hospital —dijo Beatrice con voz agria—. Lleva allí un año. No mejora. Se está muriendo. —Entonces abandonó de pronto su actitud crispada y se echó en la cama sollozando.
Rose la contempló en silencio. Levantándose asustada se acercó a ella. El cuerpo de Beatrice era sacudido violentamente por los espasmos de su pena. Rose no sabía qué hacer. Tan de repente como se había dejado caer en la cama, se levantó de un salto y se precipitó al lavabo. Durante un par de segundos las dos guardaron silencio.
—Entonces ¿qué? —dijo Beatrice otra vez en su tono desafiante—. Pero ya sabes que si no quieres no tienes que venir. Te lo he dicho porque me habías compadecido.
—Claro que iré, mujer —dijo Rose.
—No te va a hacer mucha gracia. —Los ojos de Beatrice, como dos obscuros pájaros de presa, miraban fijamente a Rose—. Aquel hospital es un infierno. Si fuera un lugar miserable no haría tan mala impresión. Pero… pero… —y su voz, elevándose, tomó una terrible intensidad—. ¡Allí es todo tan limpio, tan brillante!
En cuanto entraron en el hospital a primera hora de la tarde siguiente, comprendió Rose lo que Beatrice quería decir. No era un hospital corriente. Allí no se iba para que le cortaran a uno un dedo o para que le arreglaran un hueso roto. Era un hospital para los que se mueren a paso lento. Todos nos estamos muriendo por milímetros; pero nos diferenciamos de los enfermos de aquel hospital en que no nos damos cuenta constantemente de este hecho. Ellos sí; ellos saben muy bien que se acercan a la muerte centímetro a centímetro. Sin embargo, aquella institución sanitaria, con sus largos corredores, sus enfermeras de limpísimos uniformes blancos, sus carritos metálicos para llevar los vendajes y las medicinas, sus flores, sus biombos y cuadritos con brillantes marcos donde se informa de ciertas cosas, era de un efecto deslumbrante. Los doctores y las enfermeras parecían de buen humor. Los pacientes, sin dejar de pensar todo el tiempo en la progresiva ruina de sus cuerpos, tenían sin embargo el humor suficiente para bromear con las enfermeras y para hacer chistes sobre las pequeñas anécdotas del hospital. Aquellos muros encerraban un pequeño mundo, un mundo del que habían sido desterradas muchas cosas; el sexo, la economía, la política… Una vez allí dentro, no importaba si iba a ganar la democracia o la aristocracia; si el capitalismo era mejor o peor que el socialismo; ni si el divorcio era moral o no. Los periódicos dejaban de tener interés. Parecía como si estuvieran celebrando siempre una tranquila fiesta de cumpleaños. Cuando un huésped iba a abandonar la casa, le colocaban biombos alrededor de la cama y los doctores y las enfermeras, poniéndose serios por unos momentos, desaparecían detrás de ellos, y al poco tiempo los mozos traían las camillas. Al día siguiente probablemente habría un nuevo huésped, una cara nueva, y la reposada fiesta continuaría con nuevos chistes. Hasta en las reuniones de la mejor sociedad hay invitados que carecen de tacto y aquí ocurría lo mismo de cuando en cuando. A altas horas de la noche, cuando el Dolor domina al Universo, había siempre alguien, algún huésped inoportuno que gritaba. Pero estas pequeñas inconveniencias eran pasadas por alto y nadie se refería a ellas. En el tercer piso de este hospital, en un cuarto con otros tres hombres, estaba Lawrence Vintnor, que se hallaba en el año veintiséis y último de su vida.
—Lawrence —dijo Beatrice, que parecía más animada—, aquí está Rose.
—Hola —dijo Lawrence, extendiéndole una mano descolorida, que se aferró a la de Rose como si estuviera alimentándose de su vitalidad. Era muy parecido a Beatrice: tenía los mismos ojos, la misma nariz; era tan parecido a su hermana que Rose a partir de entonces no pudo verla ya sin acordarse de él; hecho de cierta importancia, porque sus aventuras subsiguientes hubieran sido totalmente diferentes a no ser por este parecido. Pero Lawrence no sólo estaba muy delgado, sino que era como una sombra. Toda la vida que le restaba la tenía concentrada en sus grandes ojos. Era como un esqueleto que pudiera mirar y sonreír débilmente. Rose no había tenido experiencia de la muerte y casi tampoco de las enfermedades, pero se dio cuenta en seguida de que Beatrice no la engañó; su hermano se estaba muriendo. Aun entonces parecía pertenecer más a la Muerte que a la Vida. Le sonreía a ella desde la tumba. En el primer momento de la entrevista sintió Rose un sobresalto, una impresión repulsiva, sobre todo porque de esta decrépita figura parecía emanar un morboso olor a corrupción. Pero en cuanto Lawrence sonrió, le dio la mano y ella lo miró en aquellos ojos tan intensos, cambiaron sus sentimientos, y desde las profundidades de su ser, desde una zona de su alma desconocida hasta entonces para ella, brotó como un chorro de emoción que casi la hizo desvanecerse. Sintió el impulso de sostenerlo en sus cálidos brazos, de darle su sangre sana, de estarse junto a él y cuidarlo día y noche hasta que su frialdad fuera ya irremediable. Estos sentimientos eran en ella impersonales. Para Rose aquel hombre no era una persona, sino, a la vez, más y menos que una persona. Se hallaba tan conmovida que no podía hablar, sino mirarle tan sólo e intentar sonreírle. Beatrice se alejó un poco para hablar con uno de los otros enfermos. La mano de Lawrence seguía aferrada a la de Rose.
—Qué buena ha sido usted en venir a verme —dijo Lawrence. Su voz estaba débil y enronquecida y parecía proceder de un lugar más lejano, como si la parte de él que hablaba y pensaba se hubiera marchado ya a otro sitio—. Beatrice me habló de usted. Entonces pensé que me animaría si la viera. ¿Quiere usted que le suelte la mano?
—No —dijo Rose con un hilo de voz.
—Gracias. Es que… ¿sabe usted?… me consuela mucho… tiene usted una mano muy bonita. Además, es usted tan amable… Voy a soñar con su visita. Sueño muchísimo. Al principio no me gustaba soñar para despertarme luego en esta realidad; ahora no me importa; me gusta. Verá usted, es que yo iba a ser arquitecto y sueño mucho con eso. Se sorprendería usted de saber todo lo que he construido en sueños. Ciudades enteras. ¿Verdad que esas ciudades deben de existir en alguna parte? Quizá sea ésa la razón de que haya tanto espacio vacío en el mundo y en el cielo. Dicen que el cielo está terriblemente vacío. Y yo creo que no, que no lo está. Quizá yo esté ayudando a llenarlo. Sí, ciudades enteras.
Permaneció un par de minutos en silencio. Probablemente estaba agotado por aquel esfuerzo. Rose, sin decir nada, trató de sonreír y de traspasar a aquella mano exánime toda la fuerza, todo el calor y la piedad que en ella sobraba.
Un ligero movimiento de la cabeza de Lawrence le transmitió el deseo de éste de tenerla más cerca. La joven obedeció.
—Beatrice tiene un carácter un poco difícil —murmuró el muchacho—; supongo que usted ya lo habrá notado. Siempre fue así, pero yo he contribuído a agriarla más. No le haga usted caso si dice cosas molestas. ¿Hará usted todo lo posible por llevarse bien con ella?
He aquí algo que Rose podía hacer por él. Se lo prometió con toda seriedad.
—Hemos tenido mala suerte en mi familia —prosiguió Lawrence en el mismo tono—; no la molestaré contándoselo. Seguramente Beatie le habla bastante de ello. Pero procure ayudarla.
—Sí, haré todo lo que pueda —dijo Rose suavemente y con el propósito decidido de hacerlo.
—Gracias —sonrió muy lentamente—. ¡Qué Rose tan amable, tan dulce y tan hermosa! Perdóneme, estoy hablando como un crío. Antes yo no era así, pero a fuerza de estar aquí se vuelve uno un poco raro. —Cerró los ojos.
—Bueno, bueno —dijo una voz cantarina que sobresaltó a Rose. Una enfermera estaba junto a ellos sonriendo al joven—. ¡Vaya suerte, Lawrence, que vengan a verte chicas tan bonitas!
Lawrence abrió los ojos y dijo con esfuerzo:
—Sí, claro que sí.
La enfermera saludó con un gesto a Rose. La mano de Lawrence todavía no se había separado de la de Rose. La enfermera le arregló las almohadas con destreza.
Beatrice se volvió hacia su hermano:
—Laurie —le dijo con ese tono de forzada animación que venía empleando en el hospital—, tenemos que marcharnos; ¿quieres algo para la próxima vez que venga?
Lawrence la miró sonriéndole con trabajo:
—Sí, todo.
—Hombre… —dijo la enfermera.
—Lo siento. No, Beatie, no me traigas nada. Gracias. Adiós y adiós, Rose. Muchas gracias por haber venido.
Eso fue todo. A los dos minutos estaban ya en el mundo exterior. Pero para Rose no era el mismo mundo en el que había estado poco tiempo antes. Quizá no fuera ya nunca más el mismo mundo. Mientras volvían en autobús a la tienda, en silencio, veía Rose pasar por la ventanilla una ciudad diferente, una ciudad que encerraba en su seno la enfermedad y la muerte. Antes apenas había pensado en la muerte, porque ésta nunca había entrado en la casita de la calle Slater desde que nació Rose. Ahora se daba cuenta de que toda aquella gente que andaba por la calle, la gente asomada a las ventanas, la que esperaba los autobuses o entraba en los bares o formaba cola para el cine, esta gente que charlaba y reía y reía, se estaba muriendo lentamente. Por un milagro estas personas no morían con tanta rapidez como Lawrence Vintnor, pudiendo moverse todavía por las calles en vez de yacer en la cama de un hospital, pero también se hallaban en aquel camino mortal. Rose vislumbró el vasto y trágico espectáculo de la vida. En cada rostro le parecía ver las señales de la decrepitud, los signos de una descendente posición inevitable, sintiéndose conmovida y asustada. Ya no había calles ni transeúntes; sólo una confusa mancha de figuras desvaídas. Las lágrimas le impedían seguir mirando.
Beatrice rompió este largo silencio:
—¡Dios mío! —exclamó—, fíjate en ese sombrero. ¿Cómo se atreverán algunas mujeres a salir a la calle con esas monstruosidades?
¡Sombreros! ¡Qué importaban los sombreros! ¡Cómo podía Beatrice pensar en sombreros! Rose se volvió hacia ella pestañeando y la miró con asombro, y esta mirada le hizo pensar en lo parecida que era a su hermano. Entonces comprendió por qué hablaba Beatrice de sombreros. Le estaba ordenando en silencio que no hablara de Lawrence. Esforzándose, Rose dijo varias estupideces sobre los sombreros de moda. Durante muchos días seguirían hablando de sombreros o de cualquier otra cosa, pero la sombra de Lawrence seguiría entre ellas.
Aquella noche, en el dormitorio, Beatrice empezó a maldecir a los jefes de su sección y, como de costumbre, pasó de la ira a la desesperación, ocultando la cara entre las manos y rompiendo a llorar histéricamente. Rose, recordando en seguida a Lawrence, sentose junto a ella en el borde de la cama y le pasó un brazo sobre sus hombros temblorosos. Beatrice se aferró a ella como a una tabla de salvación, desesperadamente. Allí, en su pequeña habitación, permanecieron silenciosas ambas, por encima de los pisos que rebosaban vestidos, ropa interior, sombreros, medias y zapatos, por encima de la geométrica decoración de cristal y cromo; de los autobuses y de los taxis, de las multitudes que se apresuraban por las calles que ya oscurecían quizá sin pensar que avanzaban hacia su tumba.
A la mañana siguiente Rose recibió una carta, la primera que había recibido en Londres sin proceder de su casa. Venía de la calle Doughty, y la firmaba Francis Woburn. Rose lo recordó al instante; era el joven de la camisa azul que le había rogado que retuviera su nombre y le había preguntado el suyo. ¿Qué diablos querría? (Rose, como mucha gente que apenas tiene correspondencia, dejaba siempre vagar su imaginación alrededor de la carta recibida, examinando con gran detención el matasellos y la dirección antes de ponerse a leerla.) Le pedía que cenase con él y le permitiera llevarla al ballet ruso en el Coliseum. Francis Woburn le explicaba con respeto que le interesaba en extremo el ballet y sentía una gran curiosidad por saber cuál sería la reacción de ella. Si no le era posible ir le suplicaba que le llamase por teléfono al número que constaba en la carta, pero si podía acudir no tenía que molestarse en llamarle, pues le encontraría a las siete y media de la tarde en el restaurante Merani en la calle Old-Compton, del Soho. Era increíble, sin conocerla, sin haberla visto apenas, y quería invitarla a cenar en un restaurante y llevarla al ballet. Y Rose, que nunca había cenado en un restaurante extranjero ni había visto un ballet y que era al fin y al cabo una muchacha normal a quien se le apetecían las diversiones elegantes, no sabía qué contestar.
Lo malo era que aunque deseara la cena y el ballet no quería ver a míster Francis Woburn; lo único que deseaba, en cuanto a hombres, era la presencia de Edward Fielding, del cual esperaba noticias con impaciencia. Francis Woburn podía parecer un artista y podía disponer de más dinero que todos los jóvenes que ella había conocido, pero su experiencia le enseñaba que los hombres que están dispuestos a gastarse dinero con una, también están decididos a hacerle a una el amor, y por lo general, de un modo muy grosero, y Rose no deseaba que Francis Woburn ni otro alguno, a no ser Edgard Fielding, le hiciera el amor, y no quería ir al restaurante ni al ballet bajo términos equívocos. A diferencia de muchas jóvenes que ella conocía, que aceptaban del otro sexo todas las ventajas que podían —porque éste había obtenido ya todo lo posible— a ella le gustaba tratar con serenidad a los hombres. Desde luego, es posible que en Londres las cosas fueran diferentes, aunque sospechaba que en este asunto en todas partes era igual, que Londres y Haliford y probablemente París y Nueva York y Capetown y Shangai eran completamente iguales. Le planteó el problema a Beatrice.
—Yo, desde luego, iría —le respondió ésta—. Me gustaría que me lo hubiera pedido a mí. ¿Por qué te preocupas?
Se lo explicó Rose en pocas palabras y sin nombrar a Edward Fielding.
—¿Qué aspecto tiene ese hombre? —preguntó Beatrice refiriéndose a Francis Woburn.
Rose hizo lo posible por recordar exactamente cómo era el joven.
—No te preocupes, mujer —dijo Beatrice—; me sé de memoria a esos jóvenes intelectuales. Son fáciles de manejar. El menor desprecio acaba con ellos. Están demasiado engreídos para arriesgarse a recibir otro desaire. Los malos de manejar son los maduros. Vamos a ver qué dice su carta, pues si es lo que yo me figuro puedes ir tranquila.
Y efectivamente, Rose acudió a la cita y en el restaurante Merani encontró a Francis Woburn esperándola. Aún llevaba la camisa azul obscuro. Nunca había estado Rose en el Soho, aunque había oído hablar mucho de este barrio. Le parecía muy emocionante y exótico. En los escaparates de las tiendecitas se veían cosas muy extrañas y en los misteriosos cafés unos rostros muy raros. Éste es el Londres romántico de las películas. Francis Woburn, cuya voz parecía más elevada y más silbante que nunca, le explicó con todo detalle por qué le había pedido que saliera con él aquella tarde. Rose constituía para él un nuevo tipo de mujer y, como no tenía ocasión de conocerla de un modo normal, se había arriesgado a escribirle. Le había parecido, al verla en el restaurante del «Raeburn», una artista de cine italiana cuyo nombre no se le quedó a Rose. A ésta no le hacía mucha gracia ser un tipo —aunque se tratara de un nuevo tipo— para ningún hombre, pero la halagaba que la comparasen con una famosa artista de cine. (Y de pronto se acordó del pobre mayor Beamish y de aquella noche ridícula.) Francis Woburn le estuvo haciendo numerosas preguntas mientras esperaban la cena; pero, como muchas otras personas, parecía más aficionado a preguntar que a escuchar las respuestas. Interrogaba con tal rapidez que pronto pudo Rose fingir que escuchaba mientras se dedicaba a mirar a su alrededor.
El restaurante era muy pequeño, caldeado y cargado de olores. No cabía duda de que era genuinamente extranjero. No estaba muy limpio, como pudo observar Rose, que ya era una «avezada técnica». Había dos camareros de rostro amarillo y dos camareras gruesas y tan amarillas como los anteriores. Estas mujeres habían intentado sin éxito hacer desaparecer su color amarillo a fuerza de pinturas y polvos. La comida no era mala, sólo un poco picante. Les sirvieron el vino en garrafa, pero estaba algo agrio y a Rose no le gustó mucho. Los demás comensales, tanto hombres como mujeres, eran parte del grupo «artista», como Woburn, o claramente extranjeros y de un gran parecido con los camareros. Los del grupo intelectual y artista hablaban con voz chillona, mientras que los extranjeros gruñían y se dedicaban apasionadamente a ingerir su comida. Francis Woburn conocía a algunos de los que allí estaban y les habló desde su mesa. Rose sentíase un poco desplazada, pues allí no había nadie de su clase. Dos muchachas de aspecto sucio, con sombreros negros de gran ala y bastos jerseys de un color que les sentaba mal, le dijeron a Francis que fuera con ellas a su mesa, y cuando él denegó con la cabeza, las jóvenes miraron a Rose de un modo muy desagradable; pero ella no estaba dispuesta a dejarse achicar.
—Naturalmente —decía Francis Woburn—, yo soy casi comunista; ¿y usted?
Rose, que estaba pensando lo agradable que sería estar allí con Edward Fielding, dijo que ella no lo era.
—Entonces, ¿no tiene usted conciencia de clase? Claro que la tendrá usted. —Aquel hombre tenía un pequeño truco al hablar, pues alargaba una palabra de cuando en cuando como si se tratara de algo muy importante. Por ejemplo, decía «claa-a-ro que lo tendrá usted». Rose prestaba atención a estas palabras y este juego la divertía, con la ventaja de darle la apariencia de una atentísima interlocutora. Por eso estaba tan satisfecho el joven Woburn al creer que a su nueva amiga le deleitaba el sonido de su voz. Entre tanto, comían y bebían y se iban animando.
—Me interesa extraordinariamente —le estaba diciendo Woburn a Rose — la creación de un ballet proletario. Cuando estuve el otro día donde usted trabaja —me habían llevado mis tías— y me estuve fijando en usted… A propósito, ¿notó usted que la miraba?
—Sí, lo noté —dijo Rose fríamente—; nosotras nos damos cuenta de todo, aunque haya tanta gente que entre y que salga.
—Pues mientras la miraba estuve pensando que sería maravilloso introducir en mi ballet una escena con camareras. Me refiero al ballet que estoy escribiendo. —Esperó a ver el efecto que le causaba a Rose.
Y ella, efectivamente, se asombró:
—¡Ah, está usted escribiendo un ballet! —No sabía que los ballets se escribían; creía que sólo se bailaban, pero naturalmente no iba a confesar su ignorancia.
—Sí, ya llevo escrita casi la mitad; y un amigo mío, un tipo muy inteligente que todavía no es apreciado en lo que vale, está dibujando los figurines y los decorados. Estamos entusiasmados.
—¿Cuándo va usted a terminarlo? —preguntó Rose, deseosa de mostrar interés.
Por lo visto, no fue una pregunta muy oportuna. La hermosa frente del joven Woburn se arrugó. Rose lo contempló con curiosidad, porque entre las arrugas de la frente corrían unas gotitas de sudor y él tomó ese interés por una preocupación de la muchacha por el ballet.
—Lo malo es —explicó Woburn— que lo empezamos el año pasado en Cataluña, en un lugar delicioso de la Costa Brava, y ahora que estamos ya aquí se nos hace terriblemente difícil ponernos otra vez en situación. Aquí no estamos inspirados. Mi amigo quiere volver a Cataluña, pero a mí por ahora me es imposible salir de Londres. Por eso no veo la manera de continuar el trabajo —y suspiró profundamente, como si le agobiaran numerosos problemas.
Rose decidió, después de todo esto, que Francis Woburn era bastante simpático; pero a pesar de sus ballets, de la Costa Brava y de los restaurantes exóticos, también lo consideraba un poco tonto. En vista de que parecía dispuesto a suspirar de nuevo y que había dejado de hablar por primera vez desde que se encontraron, creyó oportuno Rose preguntarle otra cosa, aunque no fuera más que para animarlo y demostrarle que le prestaba atención:
—Y usted, ¿qué hace?
—¿A qué se refiere? —parecía sorprendido.
—Quiero decir… cómo se gana usted la vida; en qué trabaja usted…
—Ah, ya comprendo. Pues no hago nada; tengo un poco de dinero; no mucho, naturalmente. Y luego mis tías tienen de sobra, pero no crea usted que ando por ahí haciendo el vago; al contrario, siempre estoy ocupado. Tengo que trabajar en lo del ballet, en primer lugar, y además los libros, la música, la pintura; aunque, francamente, no hay muchos libros ni exposiciones ni conciertos que me satisfagan. He escrito una crítica o dos para uno de los mejores semanarios y otras cosas por el estilo. Además tengo una multitud de amigos que trabajan mucho, artistas de toda clase, ¿sabe usted? Me gustaría presentarle algunos.
Rose no podía resistir esta oleada:
—Y ¿por qué?
—Pues no sé. Es que me parece que es usted un tipo de persona que les interesará.
¡Otra vez lo del tipo! ¡Tú sí que eres un tipo!, pensó.
—En primer lugar es usted muy atractiva. Sí, algo extraordinario. Me parece que se debe a esa notable combinación del cabello rubio y los ojos obscuros… En efecto, es un insólito y encantador contraste. Y además, tiene usted una especie… Bueno, podríamos llamarlo una noble sencillez…
La estaba mirando con gran solemnidad, como un buho, a través de sus gafas, y a Rose le fastidió sentir que se ruborizaba, aunque ya tenía la cara bastante caldeada por aquel ambiente. Quizá le brillaría la nariz y esto contribuiría a aumentar su «noble sencillez». Rose sabía que no era ni noble ni sencilla, pero le gustó lo que dijo de su atractivo. Esto demostraba que Edward Fielding tenía razón al estar loco por ella y justificaba el que hubiera paseado la calle Slater tantas veces.
Ya tenían que marcharse. Francis Woburn se puso su enorme sombrero, empezó a hablar otra vez de sí mismo y se dirigieron al Coliseum. Era mucho más alto de lo que ella había supuesto —aunque quizá fuera por el absurdo sombrero— y se sentía muy poquita cosa mientras andaba junto a aquel hombre haciendo como que escuchaba, pero diciéndose todo el tiempo que ahí estaba ella, Rose Salter, con una cena exótica en el estómago, y no demasiado feliz dirigiéndose ahora al ballet ruso del Coliseum acompañada por un londinense superfino, un intelectual que le hablaba de su noble sencillez. Desde luego, todo ello resultaba muy extraño.
Subieron a una de las delanteras del gigantesco teatro que le pareció a Rose el sitio más espléndido que había visto en su vida. Varias docenas de profesores afinaban sus instrumentos en la orquesta. El público, compuesto de personas tan superfinas como Francis Woburn, miraba los programas y entonces se apagaron las luces, excepto las que iluminaban el telón. Empezó la música y Francis Woburn dejó de hablar. Rose olvidó al instante todo lo que la rodeaba y hasta su propia existencia. La música era muy extraña, nada semejante a la que ella había oído hasta entonces, y le producía una impresión nada agradable. Rose no sabía si le gustaba o no; no podía mantenerse a distancia para decidirlo. Sentíase arrastrada y medio ahogada por las colosales oleadas de sonido. El telón subió movido misteriosamente y el escenario se iluminó cegadoramente. Rose contemplaba un nuevo país, un nuevo mundo. Era como si una gran ola de música la hubiera arrancado de allí lanzándola fuera de los límites de este mundo. Las pequeñas personas de estos nuevos países, gente que parecía salir de un cuento de hadas, princesas exquisitas, brujos y brujas, verdugos, soldados, esclavos negros que daban grandes saltos, sólo vivían en sus movimientos. A veces resultaban aburridos, pero otras veces se movían con gran belleza, energía y gracia, y de tal modo daban la impresión de ser criaturas de otro mundo, de un mundo mejor que éste, un mundo todo él de música y de color, que Rose se hallaba emocionada. La gente aplaudía. Francis Woburn aplaudía. Pero Rose no aplaudía. Uniendo sus manos repetidas veces, producía un ruidito que no podía llegar a los artistas. Sin embargo, Rose les dio su corazón, se entregó a aquella magia. Toda su vida estarían danzando aquellas figuritas en el fondo de su mente. Había entrado en ese país encantado y estaba ya embrujada. Fuera —no podía creerlo— se hallaba St. Martin’s Lane y toda la sombría desolación de Londres. Y no mucho más lejos —cuestión de entregar dos peniques al conductor del autobús— estaba aquel hospital y Lawrence Vintnor, y en su pensamiento le daba otra vez una mano a aquel pobre enfermo, mientras tendía la otra mano para que la estrechara cálidamente un lejano Edward Fielding. Y la música palpitaba, sollozaba y restallaba mientras las figuritas mágicas giraban en un torbellino. La extraña luz solar de aquel país se intensificaba por momentos y Rose Salter, cegada y atónita, no sabía si le dolía la felicidad o la pena, y le parecía que estaba girando ella misma en una danza de locura por encima de infinitos tejados hasta llegar a las estrellas, mano a mano con la Vida y la Muerte.
Entonces se terminó todo. El público aplaudía como loco. Francis Woburn decía que Fulano o Mengana habían estado maravillosos, sencillamente maravillosos. Luego entabló una conversación con un tipo de camisa negra y brillante corbata amarilla sobre el interesante tema de que una de las bailarinas no era demasiado vieja; quizá fuera un poco vieja, pero seguía siendo maravillosa. Y luego estaban ya en la calle, una callejuela bastante fea, más propia para obscuros gnomos que para exquisitas princesas y temibles brujos. Y Francis Woburn sugería el plan de tomar algo en un café y que la llevaría luego a la tienda en un taxi, cuidando de que estuviera allí a las doce. Rose accedió, pero apenas sabía dónde iban ni lo que estaba ocurriendo. Se hallaban muy lejos. La música no se había callado, la deslumbrante luz no se había amortiguado aún. El café estaba atestado de gente; la mayoría eran personas parecidas a Francis Woburn. Les hicieron un sitio en una mesa donde había ya otras cuatro personas: tres hombres y una muchacha con una cara palidísima. Eran amigos de Francis e insistieron que la pareja se sentara con ellos. Dos de los hombres tenían barba y uno de ellos, el de la barba más larga, tenía una voz profunda. Éste fue el que hizo sentarse a Rose a su lado, tirándole del brazo. Les dijo a los otros que le gustaba aquella joven. Evidentemente, era el más importante de todos ellos, porque los otros, incluyendo a la muchacha pálida, lo trataban con mucho respeto. Rose les fue presentada, pero no retuvo los nombres. Aquel lugar amplio, lleno de humo y de gente, le parecía irreal. Estaba cansada por aquel día tan lleno de emociones y su aventura del ballet la había dejado exhausta y enajenada. Este café podía haber sido un lugar visto en sueños. Ni siquiera podía sorprenderse de estar allí; mordisqueaba un sandwich y bebía café fuerte. Los otros, que bebían cerveza en vasos muy altos, charlaban sin cesar. El hombre sentado junto a ella, el de la barba grande y la voz profunda, tenía una pierna apretada a la de ella y de vez en cuando le pasaba un velludo dedo por el antebrazo.
—Eso está muy bien para vosotros —les decía a sus amigos—, pero yo trabajo y cuando digo que trabajo quiero decir que lo hago de verdad. Y cuando no estoy trabajando es que me preparo para trabajar luego más. El placer no significa nada para mí, ni lo ha significado tampoco en los diez últimos años. No me divierto, ni lo intento. Ya he terminado con esas cosas. Podría vivir en un monasterio o en la cárcel, con pan y agua, con tal de que me permitieran continuar con mi trabajo.
Mientras decía esto le cogía a Rose una rodilla por debajo de la mesa y ella decidió que ya estaba bien. Así, se libró de él y se puso en pie. Miró suplicante a Francis Woburn.
—No te vayas, nena —dijo el hombre de la barba intentando sujetarla por la mano—. Todavía no he podido hablarte.
—Tiene que irse —dijo Francis Woburn en tono de disculpa.
—¿No quiere usted servirme de modelo? —preguntó el de la barba con el tono del que concede un favor.
—No, no quiero —dijo Rose secamente—. Buenas noches.
Mientras se alejaban, oyó al barbudo riendo a carcajadas.
—Tuvimos suerte en encontrar a Finklen —dijo Francis Woburn en el taxi —; estaba en forma, porque hay veces que se lleva muchas horas sin hablar. Y también días enteros. Desde luego, es una personalidad extraordinaria.
—Puede que sí —dijo Rose—, pero a mí no me gusta.
—¿No? Pues le advierto que la mayoría de las chicas lo adoran. Tiene muchísimo atractivo para ellas.
—Para mí no lo tiene. Si quiere usted saber mi opinión, ese individuo me parece un loco engreído y velludo que no puede tener las manos quietas.
—Y ¿por qué va a tener las manos…? ¡Ah, ya! Lo siento, no me di cuenta. Supongo que también querrá usted que yo tenga las manos quietas.
—Lo prefiero, si no le molesta —dijo Rose.
Estaba pensando qué sitio tan curioso era el interior de un taxi.
Francis Woburn estaba ahora un poco aplanado:
—Espero que lo haya pasado usted bien.
—Sí, lo he pasado muy bien —dijo Rose, sintiendo compasión por él—, sobre todo la danza. Fue… no puedo describirlo. Quizá sea porque estoy demasiado cansada.
—Sí, ya me imagino que trabaja usted muchísimo. ¡Y qué lugar, con aquella decoración! ¡Dios mío, cuánto siento que tenga usted que pasarse el día entero en ese restaurante! Pero no necesita usted seguir ahí.
—Sí, lo necesito. —Tenía demasiado sueño para discutir. Sin embargo, el sueño no le impedía adivinar que en aquel preciso momento iba él a intentar abrazarla, y no se equivocó en esto, Fue muy molesto para ambos una acción sin el menor sentido, pero ya que a él le gustaba, allá él; a Rose no le afectaba aquello en absoluto y él, en cambio, parecía encantado. Después de todo, había sido muy amable con ella y no era mala persona, aunque tuviera el defecto de creerse un hombre importante siendo bastante tonto. Cuando el taxi se detuvo, Francis la dejó marchar, pero realizó un fallido intento de besarla, que terminó en un ligero roce en la mejilla. No podía quejarse.
—Gracias, muchas gracias por esta tarde tan agradable —dijo Rose muy finamente.
—No tiene que agradecerme nada. Volveré a escribirle dentro de un par de días. ¿No le parece mal? Podíamos salir a oír algún concierto o a cualquier otra cosa.
Rose respondió que muy bien, que gracias, etcétera, y se marchó. Pero Francis no le escribió en ese par de días y, lo que era mucho más importante, tampoco le escribió Nellie para decirle dónde vivía Edward Fielding. Pero al cabo de otros dos días le escribió Francis y Rose encontró la carta en su cuarto una noche en que había estado trabajando hasta más tarde que de costumbre en el restaurante. Sin embargo, no leyó la carta entonces, porque encontró a Beatrice en un estado de exaltación como no la había visto nunca.
—¿Qué te pasa, Beatrice?
La joven se arrojó al suelo delante de Rose, la agarró por la falda con ambas manos y la miró con expresión atormentada. Esto aterró a Rose.
—¿Qué ocurre? —dijo Rose con voz muy débil—. ¿Es… Lawrence?
—No, se trata de mí. Rose, no sé qué hacer… no sé qué hacer. ¡Dios mío! Tienes que ayudarme; necesito que me ayudes. Prométemelo, Rose, promete que vas a ayudarme. Si no, te juro que me mataré. Te lo juro.
Rose no veía realmente a Beatrice. Veía de nuevo aquel rostro del hospital, escuchaba la voz de Lawrence cuando le recomendaba que cuidase de Beatrice. Entonces dijo Rose:
—Naturalmente que te ayudaré.
—Prométemelo. Antes de contártelo, tienes que prometérmelo en serio. Si no, no puedo decírtelo.
—Muy bien, mujer. Te lo prometo.
Beatrice se levantó del suelo, sentose en su cama, enjugose las lágrimas y miró fijamente a Rose.