Londres los separa

J. B. Priestley · Capítulo 15 de 16

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Londres los separa

Capítulo XV

XV

 

E N cuanto Edward acabó de hablarle tan rudamente a Rose, comprendió que había ido demasiado lejos. Estaba arrepentido. Pero se hallaba en ese estado de ánimo que impide a una persona actuar con rapidez. Vio cómo daba Rose la vuelta y se abría paso con tanta dificultad entre el gentío, pero él no pudo decidirse a seguirla. Parecía estar petrificado. Cuando se movió, era demasiado tarde. Unos momentos antes había habido claros entre la multitud, como el estrecho camino por donde Rose desapareció, pero ya se había solidificado la masa. Mientras luchaba por abrirse paso, divisó un par de veces el sombrerito verde de Rose. Entonces la gente de delante empezó a retroceder mientras los de detrás intentaban avanzar y lo que resultaba era que nadie podía moverse. Ya no podía ver a Rose. Se produjo una avalancha más fuerte aún y en ese momento se abrió misteriosamente un claro a la izquierda de Edward con el resultado de que éste se vio empujado más hacia el centro de la plaza, llegando al mismo corazón de los disturbios. Él quería cortar por la derecha, en dirección a donde Rose había desaparecido, pero le fue imposible. Otra vez tropezaba con un sólido muro humano. Su única esperanza era que Rose hubiese traspuesto el formidable obstáculo y que le estuviese esperando del lado de allá. Tuvo tiempo sobrado para recordar que era él quien le había insistido a Rose para que se acercaran allí. Pero ¿qué estaba sucediendo exactamente?, le preguntó a un hombre que tenía al lado.

—Son los rojos y los camisas negras que se están dando para el pelo —le contestó éste—. ¡Todos ellos son unos asquerosos! Pero no hay manera de verlos.

El hombre logró su deseo. Tanto él como Edward y todos los que se hallaban en aquel sector fueron barridos otra vez hacia adelante y esta vez llegaron exactamente al área de la batalla. Los comunistas hacían más ruido, pero los camisas negras, más disciplinados y más combativos, parecían causar más daño. Muchos de ellos, empinados sobre escalones o quizá en plataformas improvisadas, se elevaban sobre la turbamulta y eran vistos fácilmente. Entre éstos destacaba una muchacha no mucho mayor que Rose y que llevaba una bandera roja. Trataban de quitársela dos jóvenes camisas negras. Edward vio cómo la golpeaba uno de ellos entre los pechos y cómo se encogía ella a consecuencia de este ataque, mientras que el otro joven le arrancaba la bandera y la agitaba triunfalmente. Una mujer de bastante edad, que gritaba histéricamente, intentó quitarle a aquél la bandera, pero el camisa negra le puso la mano abierta sobre la cara y la empujó con todas sus fuerzas. La mujer cayó y desapareció tragada por la masa. La lucha iba en aumento. Edward vio a dos jóvenes con gafas y a una mujer que zarandeaban a un fascista desgarrándole la camisa por la espalda. Varios otros fascistas acudieron en defensa de aquél. Los dos jóvenes de las gafas fueron derribados, así como la mujer. Por allí cerca se oyó el ruido de alguien que vomitaba. Sonaron unos gritos: «¡La policía, la policía!» Por todas partes había cabezas aporreadas. Los que sólo eran espectadores, contagiados entonces de pánico, retrocedieron todo lo posible.

Edward se encontró atenazado por un grupo de camisas negras que parecía estar a las órdenes de un individuo delgado y moreno con un bigotito, un hombre mayor que ellos. Éstos golpeaban a cuantos se encontraban en su camino; y a Edward, que no podía separarse de ellos, lo empujaron por dos veces propinándole golpes y maldiciones. A Edward le fastidiaban extraordinariamente estos jóvenes jactanciosos. Concentraba ahora en ellos toda su creciente ira, alimentada por su separación forzada de Rose, la borreguil conducta de la muchedumbre y el haber presenciado la brutalidad de aquellos exaltados. Había sido un día horrible entre unas cosas y otras y estos momentos constituían el punto culminante. Su resentimiento era enorme. El segundo empujón lo envió junto al jefe del grupo, que daba órdenes vociferando.

—¡Fuera de aquí, idiota! —gritó el del bigotito apartándolo rudamente.

Terriblemente irritado, sabiendo apenas lo que hacía y convencido de que aquella despreciable figura simbolizaba todos los obstáculos del mundo, se arrojó Edward sobre él y puso toda su fuerza, todo su afán de protesta en un vigoroso puñetazo en la cara del jefe. El mayor Manisty cayó al suelo.

A la vez cayó también Edward. La cabeza le daba vueltas. No se pudo levantar en un rato. La gente tropezaba en él y algunos cayeron encima. Sentíase aterrado. Se oyeron más gritos: «¡La policía, la policía!» Por fin pudo incorporarse lleno de dolores. La cabeza le dolía insoportablemente. Había muchos policías a su alrededor y la multitud se había retirado de la plaza. De los que quedaban, algunos eran llevados en camilla; a otros los retenía la policía para interrogarlos.

Edward sintió sobre el hombro una mano pesada. Un policía que a él le pareció enorme lo puso en pie y le preguntó qué había hecho.

—Nada tengo que ver con esto —dijo Edward con amargura—; me vi metido en ello sin saber cómo. —Se pasó la mano por la cabeza y entonces recordó que llevaba un sombrero—. Además, he perdido mi sombrero.

—Por aquí no hay ninguno —dijo el policía—. Váyase a casa antes de que se vea envuelto en otro lío. Dígame: ¿sabe por qué arma esa gente estos escándalos?

—No sé —replicó Edward, irritado, sin dejar de buscar su sombrero—, ni siquiera lo sabía cuando me acerqué para ver qué pasaba.

—Pues la próxima vez se enterará usted mejor —y el policía se alejó majestuosamente. Todo estaba muy tranquilo y se notaba la profunda ironía que sigue a las escenas de inútil violencia. Hasta los anuncios luminosos que pedían a los pocos transeúntes que tomasen ciertos extractos de carne, aguas minerales, que se embarcaran en determinadas líneas, etc., parecían contagiados de esta ironía. Y lo mismo le sucedía a Edward. Recordaba la impaciencia con que había esperado la llegada de este día desde el pasado jueves y ahora le dolía la cabeza horriblemente, estaba magullado, había perdido el sombrero y… ¿dónde estaba Rose? En su búsqueda había llegado cerca del sitio donde la perdió de vista.

Era más importante encontrar a Rose que recuperar su sombrero, aparte de que ella podría ayudarle a encontrarlo. Sorteando el tráfico, llegó a la acera de enfrente con la esperanza de que ella lo esperaría allí. Anduvo bastante, pero no encontró a Rose. Seguramente habría vuelto a la casa de la Plaza Cumberland, porque tendría mucha hambre. Pensándolo bien, decidió que ella no tenía culpa de lo ocurrido. Si el plan de aquella tarde había fracasado, él era el responsable. Y ya eran las nueve. Si Rose había regresado a la casa, no volvería a salir esa noche. Por tanto, lo mejor que hacía era seguir buscando su sombrero. Volvió al centro de la plaza.

Había otro individuo buscando algo, un hombrecillo con una gorra demasiado grande para él. Casi tropezaron el uno con el otro.

—¿Buscaba algo, amigo? —preguntó el hombrecillo.

—Sí, mi sombrero.

—¡Caray! A usted se le ha perdido el sombrero y a mí una condecoración que llevaba en el ojal. Esto sí que no hay quien lo encuentre. ¿Tiene un pitillo?

Edward le dio uno y él encendió otro. El hombrecillo estuvo fumando unos momentos en silencio con gran complacencia. Tenía una cara sucia y marcada por la vida, pero que resultaba simpática. Fumaba con los ojos cerrados y cuando volvió a abrirlos miró a Edward amistosamente a través del humo. Luego emitió un ruidito extraño con la lengua para demostrar así su disconformidad con la marcha de las cosas.

—¡Qué estupidez haber perdido esta maldita condecoración! ¿Quién me mandaba a mí meterme en lo que no me importa?

—Yo tampoco debí meterme donde no me llamaban. Me cogió toda la trifulca de lleno.

—A mí no fue por eso. Es que uno es bueno y le gusta hacer un favor; y ¿qué pasa luego? Pues que pierde uno sus cosas. Y le aseguro —añadió sombrío— que no es ésta la primera vez que le ocurren cosas por el estilo a este seguro servidor de usted. ¡Y todo por hacer un favor!

En vista de que estaban fumando juntos, Edward pensó que podían seguir charlando un poco más y le preguntó qué le había sucedido.

—Pues le diré. Yo estaba tal como aquí y… ahí al lado una preciosidad con una cosita verde en la cabeza, y estos brutos van y me empujan, y por nada si la aplasto. Pero ¿para qué vamos a negarlo?, si me dan a escoger una persona para aplastarme contra ella, escogería ésa. Pues bueno, como iba diciendo, nos empujan a todos para allá y entonces a esa monada que llevaba yo al lado todo el tiempo, no sé qué le pasó en un tobillo, pero se puso más blanca que una sábana y casi se desmaya, y entonces veo que estábamos apoyados sobre un coche parado y la monada del sombrerito verde estaba recostada, la pobre, en la aleta, ¿comprende? Era un auto de postín, no grande, ¿eh?, pero bueno, con su chofer de lujo y todo, ¿comprende?, y detrás iba una mujer de bandera… Yo la veía muy bien porque tenía la luz encendida. Entonces voy y digo: «Oiga usted, por amor de Dios, lleve a esta señorita en el coche porque se ha herido.» Y como vi que no me hacía maldito el caso, pues voy y le abro la puerta y le digo: «O la lleva usted o le rompo los cristales», y entonces, ¡a ver qué, vida!, tuvo que aguantarse y meterla allí. ¡Y ya ve usted, el resultado es que he perdido mi condecoración! Maldita sea.

—¿Dice usted que tenía un sombrerito verde esa muchacha? —preguntó Edward excitado—. ¿Era rubia con ojos castaños? ¿Sería así de alta, muy bonita y como de veinte años?

—Ha dado usted en el clavo todas las veces. Es la mismísima persona.

—Pero ¡si es mi novia! Nos separamos y he estado buscándola inútilmente.

—¡Mire que es usted tonto, amigo! Si hubiera sido mi nena, no me habría separado de ella. ¡Cualquier día iba yo a apartarme de ese encanto!

—Y el coche… ¿está usted seguro de que la llevaron en él?

—Claro que sí. Yo vi cómo arrancaba. Y si tuviera usted de sobra un par de chelines, porque ando un poquillo escaso de gasolina, le contaría lo que sé del coche. No era un auto corriente.

—Supongo que esa señora la llevaría a su casa, de modo que puedo estar tranquilo. Sin embargo, me gustaría saber… —y Edward, muerto de impaciencia, le dio al otro los dos chelines.

—Gracias, amigo. Es conveniente que se entere usted del coche que es, por si llegara el momento en que le hiciera falta. Si volviera a verlo, seguro que lo conocería. Era uno de esos autos de fantasía que hacen por allá en países extranjeros. Aunque usted no lo crea, era todo plateado por fuera y todo rojo por dentro; ya sabe usted, ese cuero rojo de fantasía. Y lo bueno es que el chofer era negro, un negrazo de los de verdad, con la cara brillante como el charol.

—Oiga usted —protestó Edward—, ¿no estará usted tomándome el pelo?

—Amigo, ésa es la verdad y nada más que la verdad. Plata por fuera, rojo por dentro y chofer negro. Y la dueña era una mujer de postín, pintada y arreglada como una muñeca cara, y más que una señora parecía una fulana de lujo de las que están ya un poco pasadas. A mí me parece muy bien que se pinten lo que quieran, pero ésta tenía cara de vieja fulana, ¿comprende? Yo sé lo que digo porque he visto muchas. Y no me gustaría que una novia mía tuviera que ver con una como ésa. Palabra de honor.

—¡Pero si fue usted quien puso a mi novia dentro del coche! —exclamó Edward indignado.

—Bueno, ¿y qué? ¿Quería usted que la dejara tirada en el suelo? Algo tenía que hacer. ¡Pues sí que es usted agradecido, amiguito! Estoy viendo que terminará usted pidiéndome cuentas por haberla ayudado. ¡Y encima de que he perdido la maldita condecoración!

—Voy a ver si ha vuelto a su casa. Buenas noches.

El joven de aspecto alocado y sin sombrero que llegó a la puerta de servicio del número 7 de la Plaza Cumberland preguntando por Mary Pearson no recibió una entusiasta acogida por parte de Mr. Penner, que lo miró suspicazmente por la puerta entreabierta.

—Ha salido.

—Pero ¿no ha vuelto aún?

—Es su novio —intervino Connie, que había conseguido meter la cabeza por la estrecha abertura.

—Sí —dijo Edward en tono desesperado—, ¿sabe usted? Yo estaba con ella esta noche…

—Es mejor que entre usted —y Mr. Penner abrió del todo la puerta. Pasaron a la salita de los criados. Mr. Penner apagó la radio. La señora Penner y Eva Newton estaban allí y también Connie. Edward los reconoció a todos por las descripciones que le había hecho Rose. Era como si de pronto conociera en la vida a los personajes de un libro. Fue presentado como el novio de Mary Pearson, Mr. Fielding.

—Ha ocurrido algo, ¿verdad? —dijo la señora Penner con un tono profético—. Ya lo sabía yo. Hace una hora dije, ¿te acuerdas, Eva?, que iba a pasarle algo a alguien de esta casa. ¿Quiere usted una taza de té y un poco de tarta?

Edward se alegró de poder tomar algo. Mientras estaba reponiéndose, les contó lo sucedido, omitiendo sólo el disgusto con Rose. Era un público ideal. A la tormenta de la tarde había seguido una calma absoluta y los cuatro se estaban aburriendo. Ahora les llegaba esta emocionante historia de carácter tan misterioso, con su héroe y su heroína y un fuerte interés amoroso. Les brillaban los ojos.

—Lo que puedo decir —exclamó Eva Newton con noble entusiasmo— es que Mary es muy buena muchacha.

—Es verdad, Eva —asintió Mrs. Penner.

—¿Y eso qué tiene que ver? —dijo Mr. Penner, irritado con este nuevo ejemplo de la falta de lógica femenina. Estaba harto de las incongruentes discusiones de aquella tarde—. Nadie está preguntando si es buena o no.

—Pues yo insisto en que es muy buena —repitió Eva en tono de reproche.

—Nadie dice que no lo sea, pero lo que interesa ahora no es eso, sino saber dónde está —y Mr. Penner miró a Edward por encima de las mujeres como una torre de razón dirigiéndose a otra torre.

—Eso es —dijo Edward muy serio—; si esa mujer la hubiera traído aquí, ya tenía que haber llegado.

—Hace mucho tiempo —dijo Mr. Penner—. Lo más que podrían tardar sería un cuarto de hora, digamos veinte minutos. Y mire qué hora es.

—Por cierto que ya debías estar en la cama, Connie —dijo Mrs. Penner severamente.

—Y ¿por qué?

—Porque sí —corroboró Mr. Penner con gesto hosco. Y Connie, protestando, tuvo que marcharse.

—¿No podría haber entrado sin que ustedes la vieran? —preguntó Edward a los otros tres, que le dieron la impresión de que este asunto podría ahora discutirse mejor una vez que Connie no estaba allí.

—No —replicó Mr. Penner—; la familia ha salido esta noche. Tenía que haber pasado por aquí. Además con el tobillo torcido no podía haberlo hecho.

—Voy a ver si está en su cuarto —dijo Eva, y salió corriendo.

—Ganas de perder el tiempo —fue el comentario de míster Penner.

La señora Penner, con aire de terrible profetisa, paseó una mirada fulgurante desde su esposo hasta Edward y regreso.

—¿Saben lo que ha ocurrido? Han raptado a la pobre niña.

—Imposible —exclamó Mr. Penner.

—Entonces, ¿quieres decirme dónde está? Dímelo —le dijo su mujer mirando a Edward compasivamente.

—Lo único que se me ocurre pensar —opinó Edward mientras Mr. Penner reflexionaba profundamente—, es que debe de tener muy lastimado el tobillo y esa mujer la habrá llevado a un hospital.

—Una opinión muy sensata —concedió Mr. Penner.

Eva volvió de su exploración y con acento dramático exclamó:

—No está en su cuarto.

—Claro que no —dijo Mr. Penner con toda frialdad—. La han llevado a un hospital. Ahora hay que saber en cuál de ellos está.

Edward sentíase desolado. Nada conocía de los hospitales de Londres. Había visto por fuera un par de ellos. Inmensos edificios con carteles en los muros pidiendo ayuda económica a los ciudadanos, y se figuró a Rose yaciendo detrás de aquellos fríos muros. No era una perspectiva agradable. Trató de explicarse de otra manera su desaparición:

—También se me ocurre —anunció mientras los Penner recordaban todos los hospitales— que la mujer del auto es probable que fuera a su casa y se llevara allí a Rose…

—¿Quién es Rose? —preguntó la señora Penner secamente.

—Quiero decir Mary. Yo la llamo Rose. La habrá llevado consigo para que descanse un poco en su casa. —Esta razonable explicación no fue aceptada por los otros tres, quizá por no ser lo bastante dramática.

—Yo, en el caso de usted —dijo Mrs. Penner con voz vibrante—, me dirigiría en seguida a la policía. Entonces sabría usted con toda seguridad qué ha ocurrido.

Edward vio que esto no podía hacerlo y se alarmó. Para huir de ello se mostró muy partidario de la opinión del señor Penner y preguntó por los hospitales. Mr. Penner tenía ya terminada su lista.

—Primero tiene usted que llamar —dijo con una lúgubre complacencia— a las casas de socorro. Vamos a la repostería; allí está el teléfono.

Estuvieron media hora en el helado departamento de míster Penner llamando a los hospitales. Fue un triste asunto. Al final Edward no sabía si estar contento o disgustado de que ninguno de ellos tuviera la menor noticia de Rose. Cada vez se aferraba más a la idea de que la mujer del auto se había llevado a Rose a su casa y la tendría allí probablemente hasta que se le pusiera bien el tobillo. Se lo dijo a Mr. Penner, el cual tenía la cara y las manos amoratadas de frío, pero parecía haber disfrutado charlando con los hospitales.

—Son más de las once —dijo Mr. Penner—; no son horas para que una sirvienta esté en la calle. Por tanto, si no pudiera venir y estuviera en esa casa nos habrían avisado por teléfono.

—Quizá llegue de un momento a otro —dijo Edward con desesperación.

Descendieron y comunicaron su fracaso a la señora Penner y a Eva, las cuales dijeron instantáneamente que no les sorprendía. Ambas eran partidarias de ir a la policía, y a Edward le costó mucho trabajo quitarles esa idea de la cabeza sin darles la sensación de que a él le interesaba tanto disuadirlas. A las once y media se levantó para marcharse. Mr. Penner prometió no acostarse hasta que Edward hubiera llegado a su pensión y le telefoneara desde allí para saber si Mary Pearson había aparecido.

Era ya después de las doce cuando Edward, por el teléfono del piso bajo de Mrs. Scrutton, se enteró por Mr. Penner de que Mary Pearson no se había presentado. Convinieron en que el primero que se levantara a la mañana siguiente le telefonearía al otro. Por raro que parezca, Edward no estaba tan preocupado como antes. La misma extrañeza de su visita a la casa de la Plaza Cumberland había desequilibrado sus ideas asustándolo más, mientras que ahora, que se hallaba otra vez en el ambiente familiar de su pensión, pensaba que debía de haber alguna razón normal en la prolongada ausencia de Rose y que todo resultaría bien a la mañana siguiente. Aún le dolía el golpe que le habían dado en la cabeza durante los disturbios de la Plaza de Trafalgar y le molestaba mucho el magullamiento general del cuerpo, pero estaba cansadísimo y se durmió en seguida. Sus ensueños, que fueron notablemente claros y felices, le condujeron a Haliford y a su casa; vio a su padre lleno de salud y todavía esperanzado; vio también a un Herbert más joven y más natural; volvió a sus días escolares cuando jugaba al cricket en el parque Ackroyd; y no existían en esos ensueños ni Rose, ni Londres, ni pensiones de Mrs. Scrutton, ni plazas de Cumberland, y los camisas negras y los rojos no habían pensado aún en pelearse en la Plaza de Trafalgar. Aquellos días que revivió mientras dormía no tuvieron ninguna significación cuando los vivió de verdad; pero ahora, al presentarse de nuevo, venían envueltos en un ambiente mágico. Amaneció un día más frío y más gris que el anterior. A medio vestir y temblando bajó al vestíbulo y pagó los dos peniques para hablar por teléfono. Mr. Penner le informó de que Mary Pearson no había vuelto ni enviado ningún recado y que Lady Holt-Ibstock estaba muy enfadada. Añadió que se había convencido de que su mujer tenía razón al pensar que aquello era una labor propia de la policía. Edward le aseguró al instante, para evitar complicaciones, que él se ocuparía de eso. Volvió lentamente a su habitación pensando vertiginosamente. Rose sabía su dirección y había tenido tiempo de escribirle, pero no había carta para él. Desde luego, habían reñido, pero no podía creer que la parte de enfado de Rose durase mucho más que la de él; y la suya se había esfumado antes de un minuto de marcharse ella. El resentimiento de la joven, justificado por la rudeza de él, podía haberse prolongado un poco más, pero le parecía imposible que pudiera seguir enfadada con él tantas horas. Además comprendería que estaba preocupadísimo. Quizá estuviera haciéndole padecer el castigo de su actitud grosera, pero aquello no le parecía propio de Rose. Sobre todo tenía que haber comunicado algo a la casa donde servía.

Tomó abstraído el desayuno y después se quedó mirando el hornillo de gas preguntándose qué haría. Antes de llegar a ninguna decisión, le interrumpió Mr. Finland, que entró a pedirle unos fósforos. (Podría decirse que Mr. Finland fumaba fósforos, pues era de esos hombres que se pasan la vida encendiendo y volviendo a encender sus pipas.) Mr. Finland tenía ganas de conversación. Se hallaban solos en aquel piso y Edward, que, a diferencia de Lexden, trataba al pobre hombre con respeto, se llevaba bien con él. En realidad, había llegado a simpatizar con Mr. Finland. Desde cierto punto de vista, era un ser desgraciado que había estropeado su vida y tenía que emborracharse dos o tres veces a la semana para seguir viviendo. Desde otro punto de vista, resultaba mejor persona que los que triunfan en la vida, pues aunque cuando estaba sobrio resultaba demasiado pomposo —quizá para compensar su frecuente indignidad de cuando estaba borracho—, estaba dispuesto a hacerse útil a todo el mundo y a comprender los problemas de todos; además era muy inteligente. A diferencia de la gente que lo ha logrado todo en la vida, se daba cuenta de las dificultades que abundan en este mundo y sabía que los hombres son débiles y estúpidos algunas veces. Por todo esto Edward se alegró de encontrarlo allí.

—Parece usted preocupado, Fielding —dijo Mr. Finland con seriedad—. Quería preguntarle si la carta de presentación que le di le ha servido para algo.

Edward se rió nerviosamente.

—La verdad, lo había olvidado completamente. Fui allí ayer por la tarde y el tipo aquel me rechazó de plano.

—No se desanime, querido amigo; estas cosas ocurren a cada momento. Sin embargo, no conviene desperdiciar ninguna ocasión. Yo también he encontrado muchos obstáculos en mi vida. Pero mi lema era Nil desperandum y éste debe ser también el lema de usted. ¿No se le ha ocurrido a usted buscar trabajo en alguno de los estudios de cine? Uno de mis discípulos, un electricista que tiene un hermano también electricista en uno de esos estudios, dice que ese negocio tiene muchas salidas.

—Lo que me preocupa, Mr. Finland, no es el trabajo, sino mi novia.

—Ah, sí, ya me habló usted de ella; ¿algún disgustillo de enamorados?

—Desde luego, tuvimos una pequeña discusión —replicó Edward—, pero no se trata de eso. Es que, según todas las apariencias, mi novia ha desaparecido.

—Cuénteme usted los hechos —dijo Mr. Finland como si fuera Sherlock Holmes o alguien por el estilo. Y para perfeccionar este parecido, sentose y encendió la pipa, llenando pronto la habitación con el humo y el mal olor de su barato y fuerte tabaco.

Edward, contento de poderse confiar a alguien, le contó lo sucedido con tantos detalles que al final Mr. Finland sabía tanto del asunto como él mismo.

—Extraordinario. Aunque la verdad es que todo lo que ocurre en esta ciudad es extraordinario. De Londres puede esperarse todo. Pero el mayordomo tiene razón, Fielding. Debe usted ponerse en contacto con la policía. No es que yo sienta un entusiasmo muy grande por la policía y un par de veces los he encontrado un poco curiosos; pero en este caso es el mejor camino.

—No quiero hacer eso, Mr. Finland. Le diré: cuando Rose trabajaba en el restaurante de la tienda, se adjudicó la culpa de algo que no había hecho, sólo por ayudar a otra muchacha no sé por qué razón. Fue una actitud muy noble por su parte, pero tuvo que esconderse y la policía la busca. Por eso se cambió el nombre y entró a servir. Ahora comprenderá usted por qué no puedo meter a la policía en esto.

—Perfectamente. Comprendo su situación.

Era característico de Mr. Finland no condenar a Rose por haber cometido una imprudencia ni insinuar que había algo sospechoso en todo aquello, sino tratar en seguida de prestar ayuda. De ahí que fuera una persona ideal para confiarse a ella, mucho mejor que la mayoría de la gente que se apresura a formular juicios condenatorios.

—Bien, entonces debemos proceder con método. La muchacha está herida, supongo que no muy gravemente, y la llevan en un auto. Es un coche de apariencia insólita —añadió, disfrutando de sus dotes detectivescas—, con una carrocería plateada y el interior de cuero rojo. El chófer es negro. El coche arranca y la conduce a algún sitio. El problema es, pues, averiguar cuál es ese sitio.

—Naturalmente —dijo Edward con alguna impaciencia—; quizá la hayan conducido a un hospital, pero anoche pregunté a los hospitales más probables y nada.

—Entonces quizá esté en otro al que no haya usted telefoneado —dijo Mr. Finland— o quizá en algún sanatorio privado. Hay muchos de éstos.

—Pero no es probable. Una desconocida no lleva una muchacha con un tobillo torcido a una clínica particular.

—Es una posibilidad más que una probabilidad. ¿Tiene usted una hoja de papel, mi querido amigo? Tenemos que anotar esas posibilidades y probabilidades en varias columnas bajo los títulos Posible, Probable y demás. Luego, trabajando de esta manera metódica podemos investigar sin perder tiempo.

Semejante anotación le parecía a Edward una pérdida de tiempo, pero no lo dijo. Se levantó a buscar una hoja de papel mientras Mr. Finland, con gran satisfacción, le sacaba punta al lápiz.

—Mr. Finland, es extraño —dijo aquél mientras buscaba el papel—. Rose está siempre desapareciendo… para mí. Después de aquel día estupendo que pasamos en el campo, desapareció; vino a Londres. Yo también vine aquí y tardé varias semanas en encontrarla. Entonces estuvimos juntos aquella tarde de la semana pasada y parecía que siempre iba a ser así. Quizá yo abusara de esta seguridad y por eso estuve tan tonto anoche cuando salimos; total, porque me había hecho esperar un poco; y ahora ha desaparecido otra vez. Creo que no me estoy explicando bien, porque con tantas cosas tengo la cabeza un poco confusa. Pero es como si en cuanto pienso que Rose es una muchacha de carne y hueso, desaparece y entonces tengo que buscarla. En cierto modo apenas la conozco —hemos estados juntos poquísimo tiempo—; sin embargo, he pasado muchísimo tiempo pensando en ella y buscándola, tanto que me parece conocerla mejor que a nadie en el mundo. Y creo que si no me gusta Londres más no es por la falta de trabajo sino porque siempre está tragándose a Rose. Se pasa casi todo el tiempo oculta por la niebla, las casas y la gente.

—Mi opinión —dijo Mr. Finland suavemente mientras cogía la hoja de papel— es que debemos atenernos a esta desaparición suya de anoche. Eso es lo práctico. En cambio, las observaciones que acaba usted de hacer me parecen de un aire un poco místico o quizá seudomístico.

—Sí, de acuerdo. Puede haber sido conducida a un sanatorio particular, pero no es probable.

—Por otra parte —dijo Mr. Finland mientras escribía con delectación— pueden haberla llevado a casa de algún pariente o de alguna persona muy conocida.

—No es probable.

—Posible, pero no probable —murmuró Mr. Finland anotándolo.

—Esa mujer puede haberla llevado a su propia casa para que repose o cosa por el estilo. Eso es muy probable.

—Altamente probable. Observe usted, Fielding —dijo míster Finland muy en su papel de detective— que tenemos ahora un eslabón: el auto. Donde quiera que la llevaran, ese auto fue el vehículo empleado. Es decir, debemos concentrarnos en el auto. Y, naturalmente, en su dueña.

—Sí, claro. Si pudiera encontrar a esta mujer, podría descubrir en seguida adónde llevó a Rose.

—Exactamente, Fielding. —Mr. Finland estaba entusiasmado como si acabara de hacer un descubrimiento muy importante, con gran sorpresa de Edward, quien no veía que hubieran avanzado ni un paso—. Encontremos al coche y a su dueña.

—Sí, ya sé. Pero ¿cómo?

—Le contestaré, querido amigo, haciéndole a mi vez una pregunta. ¿Cuántos coches, incluso en una ciudad tan grande como ésta, son conducidos por un chofer negro, tienen carrocería plateada y son por dentro de cuero rojo? Sin duda hay varios que tienen uno de estos rasgos, otros poseen otra de esas características, pero las tres a la vez… no. En mi opinión, sólo un auto puede responder plenamente a esta descripción. Y por fortuna vivimos en una época en que la gente se fija en los coches más que en nada. El auto, Fielding, puede ser hallado. Además, como creo que usted tiene todavía algunos ahorros y estaría muy bien dispuesto a gastar parte de ellos…

—Naturalmente, pero no comprendo…

—Entonces —dijo Mr. Finland, interrumpiéndole con decisión— yo conozco a las personas más indicadas para ayudarle a usted y que sólo pedirán unos modestos honorarios por sus servicios. La Legión Extranjera.

—¿Qué? —Edward pensó que el otro se estaba haciendo el gracioso.

—Es el nombre —cómico pero a la vez un poquito amargo— que se dan a sí mismos unos hombres ya mayores que quizá haya encontrado usted en la Oficina de Colocaciones. ¿Conoce usted el Café Torroni, un poco más abajo de esa oficina? Es un establecimiento muy modesto con una clientela de taxistas y de conductores de autobús donde se puede lograr una taza de té o de café y un bocadillo por unos cuantos peniques. Ese es el cuartel general del grupo.

Edward estaba asombrado.

—Pero ¿qué hace esa gente?

Míster Finland respondió en tono digno:

—Son hombres que, como nosotros, han tenido una vida muy desgraciada. No pueden colocarse de un modo fijo. Si lo hacen tienen que marcharse de la Legión. La mayoría de ellos siguen perteneciendo siempre a ella. Son hombres decentes, serios e inteligentes que no han tenido suerte. No quiero decir que carezcan de defectos y debilidades, pero, si los tienen, ésta ha sido otra desgracia más en sus vidas; no podemos funcionar todos con la perfección de un reloj. Somos hombres y no piezas garantizadas de un mecanismo. Yo solía pasar mucho tiempo con la Legión cuando no estaba tan ocupado como ahora. Uno o dos de esos hombres poseen una extraordinaria habilidad para todo porque han vivido en muy buena posición. Estoy seguro de que entre ellos pueden descubrir el coche.

—Parece un trabajo espantoso —dijo Edward, algo desanimado— aunque lo emprendan varios de ellos. ¿A qué hora suelen estar en el café?

—Habitualmente se les encuentra allí entre las once y media y las dos — replicó Mr. Finland—. Esta mañana no estaré libre hasta las doce, pero a esa hora, si usted quiere, podemos ir juntos. —Se levantó y le tendió solemnemente a Edward la hoja de las anotaciones—. Me siento extremadamente feliz de poderle prestar una pequeña ayuda en este asunto, mi querido Fielding. Entonces, hasta las doce.

Edward bajó al vestíbulo y trató en vano de ponerse en comunicación telefónica con Mr. Penner. El número estaba comunicando tanto tiempo que Edward empezó a preguntarse si le habrían encargado a Mr. Penner que telefoneara a medio Londres preguntando por Rose, olvidando así que Sir Edwin Holt-Ibstock y su familia podían usar el teléfono algunas veces para sus asuntos particulares. Cuando por fin pudo comunicar, Mr. Penner no tenía nada nuevo que comunicarle a no ser que Lady Holt-Ibstock seguía enfadada. A esto respondió Edward, irritado, que se fastidiara. Sin saber qué hacer hasta la hora de ver a la Legión Extranjera, fue a comprarse un sombrero marrón barato para reemplazar al que había perdido la noche anterior. El nuevo le recordaba a los que vendían en la Belvedere Trading Company, por eso no le dio entrada verdadera en su vida, limitándose a llevarlo. Cuando volvió a su pensión, telefoneó de nuevo a la plaza Cumberland. Esta vez contestaron al instante, pero no fue míster Penner, sino una voz de mujer, una voz alta e importante. Probablemente la de Lady Holt-Ibstock.

—¿Tendría la amabilidad de decirme —dijo con cautela— si Mary Pearson, la doncella, ha regresado?

—¿Pearson? No; Pearson no ha vuelto —gritó la voz casi ensordeciéndolo —. No ha avisado siquiera. Se ha dejado todas sus cosas aquí. No comprendo qué puede haberle pasado. Es muy molesto. Le digo que es muy molesto. Aquí, Lady Holt-Ibstock. ¿Quién es ahí? Digo que quién es usted.

—Nadie —dijo Edward con un tono irónico, y colgó en seguida.

La señora Scrutton se asomó por la balaustrada:

—Esta mañana se ha aficionado usted al teléfono. ¿Se divierte?

—No, señora.

—Pues hay que aprovechar la juventud. —La señora Scrutton solía repetir estas máximas que tendían a demostrar la fugacidad de esta vida tan desagradable y cómo los jóvenes debían disfrutar lo más posible antes de que descubrieran la fea realidad.

—Como usted quiera —dijo Edward, de mal humor. No tenía ganas de bromas—. ¿A qué hora llega el próximo correo?

—A la hora que llega —replicó Mrs. Scrutton con gran sequedad, retirándose al momento. Edward esperó a míster Finland, que apareció muy pronto con aire importante.

Fueron a la zona que Edward había visitado aquella misma mañana; una zona de tiendas baratas y artículos estropeados procedentes de la Belvedere Trading Company; de carne pasada, bizcochos salpicados de moscas, naranjas podridas, cuchitriles de compraventa, sucias tabernas, jarabes para la tos y racimos de plátanos; colas mañaneras para ver películas sobre un imaginario Oeste… El café adonde iban era típico de su clase, ni agradablemente extranjero ni decentemente inglés; sus dueños, unos campesinos italianos emigrados, tenían la impresión de que era muy inglés y sus clientes cockneys creían firmemente que así se hacían las cosas en Italia. Empezó como tienda, vendiendo los habituales paquetes de cigarrillos y barras de chocolate; luego instalaron unas urnas tragaperras con caramelos y más tarde acabó convirtiéndose en un café. En un rincón al fondo había una mesa mayor que las otras y en ella estaban instalados unos doce hombres de edad madura con tazas y pedazos de pan frente a ellos. Ésta era la Legión Extranjera. Eran gente muy desaliñada. Con el cruel esnobismo físico de la juventud, sintió Edward una inmediata repulsión por ellos y casi se arrepintió de haber ido a verlos: demasiadas narices rojizas, demasiadas caras sin afeitar, ojos acuosos, mucha caspa y mucha ceniza en la desastrada ropa. Sin embargo, en aquel lugar estos hombres habían perdido su aire vagabundo de personas a las que nadie necesita. Eran clientes fijos de este café y en él adquirían cierta personalidad. Saludaron cordialmente a míster Finland. Hubo una serie de corteses presentaciones en las que se exageraba la finura. Quizá porque tenían tan poco en que apoyarse, estos desgraciados se apoyaban en la ceremonia. Allí estaba Mr. Sewell, un tipo flaco de mirada astuta a través de unos lentes de armazón de hierro, que había sido periodista y víctima de una de esas terribles combinaciones de Fleet Street. Y también Mr. Findhorn, falto de respiración —era asmático—, falto de pelo, falto de casi todo y que había sido auxiliar de cajero. También Mr. Moffat, que en tiempos dirigió una lechería y conservaba un vago aspecto rural. Luego Mr. Scawton, un hombrecillo con mucho pelo y cejas hirsutas que había sido pasante de abogado y que aún se expresaba con frases muy precisas. Estaba también míster Ravenglass, que había sido viajante de una casa de productos químicos, el cual, aunque ya muy derruido, conservaba sin embargo una mezcla de austeridad del hombre de ciencia y la simpatía del viajante de comercio; y finalmente, estaba míster Colsterworth, que parecía ser el más viejo y hablaba siempre en voz muy baja, lo cual, unido a la palidez de su cara y a sus labios azulados en constante mueca, le hacían dar la impresión de haberse despedido ya de este mundo. Edward no llegó a enterarse de si tenían mujer e hijos. Mr. Finland no estaba enterado de la vida privada de aquella gente. Pero allí se encontraban aquellos seis hombres apartados del mecanismo social, enmoheciéndose como vagones arrumbados en las vías muertas de una estación y, sin embargo, muy vivos todavía, capaces de pensar y de sentir, una sección de la Legión Extranjera acampada en el desierto social.

Fue a Mr. Sewell, su compañero de profesión, a quien míster Finland le explicó lo que traía a Edward allí, aunque los otros cinco escucharon atentamente. Mr. Finland no contó la historia entera, sino que se concentró en el coche que debían descubrir.

—Podemos encontrarlo —dijo Mr. Sewell sin vacilar—; es decir, si es un auto que lleva algún tiempo en Londres y no acaba de venir del extranjero. Pero, desde luego… se interrumpió mirando significativamente a Edward.

—No tengo mucho dinero —dijo Edward—, pero… ¿cuánto cree usted que hará falta?

—Usted ¿qué opina, Mr. Finland?

Mr. Finland y Mr. Sewell se miraron seriamente mientras los demás miembros de la Legión los miraban a ellos.

—¿Cuántos de ustedes pueden tomar parte en esto? —preguntó Mr. Finland.

Todos ellos querían y podían participar en el asunto, excepto Mr. Colsterworth.

—Es mejor que a mí me dejen fuera —murmuró débilmente—. Lo siento mucho. No estoy lo bastante fuerte para andar por ahí buscando coches. Lo siento.

—Entonces, caballeros, me permito sugerir —dijo Mr. Finland— cinco chelines por cabeza para los gastos y dos libras para el que descubra el coche, o, para ser más exacto, la dueña del coche.

—Muy justo —dijo Mr. Moffat con viveza.

—Aunque también creo, caballeros —intervino Mr. Scawton el jurista—, que podría ser aconsejable un reparto de la recompensa en partes iguales. Pero esto puede arreglarse después.

Todos ellos miraron a Edward, que estaba colorado. No tenía la seguridad —todos nos hemos visto en estas situaciones— de si tomaba una resolución inspirada o si hacía el tonto. Aquella escena y su presencia allí tenían una irrealidad de ensueño. ¡Mr. Finland y su Legión extranjera! ¡Qué lejos estaba esto de Rose y de él! Sin embargo, era un hecho innegable que ella había desaparecido y seguramente en aquel coche. Pero hasta el auto tenía una existencia tan vaga como si hubiera salido de un cuento de hadas y más de una vez dudó Edward de su existencia. Era posible que aquel hombrecillo de la Plaza de Trafalgar se lo hubiera inventado todo. Lo único cierto era la ausencia de Rose. Sin embargo, accedió.

—Por mi parte, trataré también de hacer algo, aunque me parece imposible que se logre nada.

Mr. Findhorn y Mr. Ravenglass empezaban a expresar sus dudas, pero fueron cortados en seco por Mr. Sewell:

—No estoy de acuerdo en absoluto. Si el coche lleva aquí algún tiempo, no es difícil. Algunos de nosotros tenemos fe en la eficacia de nuestros cerebros.

—Muy bien dicho —dijo, riendo entre dientes, Mr. Scawton mientras con la mano se frotaba vigorosamente la punta de la nariz.

—Para empezar —prosiguió Mr. Sewell—, creo que debemos repartir la recompensa en partes iguales. Si no, es imposible trabajar adecuadamente.

—La cooperación es siempre lo mejor —confirmó míster Moffat.

—Excepto en el negocio de leche, ¿eh, Mr. Moffat? —dijo Mr. Scawton con su característica risita—. Caballeros, ¿estamos conformes en el reparto?

—Muy bien, señores, ya veo que a todos les parece bien —dijo Mr. Sewell, a quien empezaba a divertir el asunto—. Tenemos un auto de carrocería plateada e interior forrado de rojo; el chófer de este auto es negro.

—Será fácil encontrarlo —opinó Mr. Scawton—. Incluso si la mujer tiene garaje propio, forzosamente tendrá que dirigirse a algún sitio para la gasolina y demás.

—Exactamente —exclamó Mr. Sewell—, hay un noventa por ciento de probabilidades de que encerrará en el garaje más próximo a su casa o, en todo caso, los de ese garaje tendrán referencias del auto.

Hasta Mr. Ravenglass se mostró de acuerdo.

—Ya pensé en todo eso —dijo Edward—, pero en Londres hay muchos garajes; en el caso de que esa mujer viva en Londres, que no lo sabemos.

—Eso mismo estaba yo pensando —dijo Mr. Findhorn.

—Espere un minuto —exclamó Mr. Sewell, animándose cada vez más—. Ahora es cuando vamos a usar de verdad nuestro cerebro. ¿Qué clase de mujer es la que usaría un coche así?… Y con un chófer negro.

—Yo diría que una de esas mujeres elegantes y caprichosas.

—Muy bien, Mr. Scawton. Y es casi seguro que vivirá en Londres. Debe vivir por… Un momento, señores.

—Lo que necesitamos es un plano. No lo tenemos.

—Sí, sí, lo tenemos —dijo Mr. Sewell—. Llevo uno encima desde hace varios años —y se sacó del bolsillo interior de la chaqueta una gruesa cartera llena de los papeles más diversos. Entre ellos encontró un plano de Londres muy doblado y arrugado que extendió cuidadosamente sobre la mesa—. Hoy va a sernos útil. Miren aquí. —Volvió a guardarse la cartera y sacó de un bolsillo un pedazo de lápiz—. Tenemos que explorar todo el sur del río.

—¿Wimbledon y Blackheath? —preguntó Mr. Scawton inseguro.

—Es sólo una posibilidad.

—Empiecen ustedes con lo probable antes que con lo seguro —dijo Mr. Finland—. Ése ha sido siempre mi sistema.

—Tiene usted mucha razón, Mr. Finland —dijo Mr. Sewell en plena efervescencia y con los ojos muy brillantes—, también podemos explorar toda la zona Este a partir de aquí. Luego al oeste de la línea que señalo ahora.

—Eliminen Paddington, Kilburn y todo lo que esté al norte de Hampstead Heath —exclamó Mr. Scawton intentando en vano apoderarse del lápiz.

—Muy bien. Eso nos ahorra mucho trabajo —y Mr. Sewell empezó a trazar gruesas líneas sobre el plano—: Veamos. Primero está el West End propiamente dicho. Sobre todo, los grandes hoteles y las casas de más lujo; ¿de acuerdo? Luego tenemos Belgravia, South Kensington y Chelsea. Después, Mayfair. Luego, Lancaster Gate al norte de Marble Arch y St. John’s Wood. También hemos de visitar Maida Vale y Hampstead, Regent’s Park y Bloomsbury. Con todo esto hago seis zonas. Podemos trabajarlas muy bien.

Todos se inclinaron sobre el plano que lucía gruesas señales de lápiz. Los hombres despreciados por la sociedad volvían a la vida. La Legión estaba en marcha. Todos ellos conocían muy bien la ciudad que los había tratado tan mal aunque no todos tuvieran la facilidad de Mr. Sewell para manejar la palabra y el lápiz. También el plano cobró vida para ellos. Empezaron todos a la vez a dar sus opiniones y a señalar puntos de Londres. Incluso Mr. Finland, que no podría tomar parte en la búsqueda, se unió entusiasmado a la discusión. El mismo Edward, aunque sabía menos que los otros, pues también él sentíase perdido en la gran selva, intervino activamente. Y dos taxistas que conocían a los de la Legión Extranjera y solían burlarse de ellos, se contagiaron del entusiasmo general y al escuchar las referencias topográficas, insistieron en que se aceptaran sus consejos. La hija del dueño, que tenía hermosos ojos negros y una risa chillona, fue atraída por el alboroto de aquel rincón y, abandonado el mostrador, estuvo observándolos un rato con esa mirada algo irónica que las mujeres jóvenes dirigen a los viejos locos. Incluso el propietario, obeso y peludo, con gesto de histrión, salió de la habitación trasera donde hacía sus cuentas y los animó a gritos. Los tres clientes restantes no se perdían detalle. En la puerta, dos niños asombrados y un sucio vendedor de periódicos contemplaban la escena. Detrás de ellos, majestuoso, pero picado por la curiosidad, se hallaba un policía que abría mucho los ojos ante el súbito hervor de vida en el café Torroni. Así empezó la búsqueda.