Los cheyenes
11. La vida en las reservas tardías
CAPÍTULO 11
LA VIDA EN LAS RESERVAS TARDÍAS
Hacia 1930 se había hecho evidente para los planificadores del gobierno que los indios de las praderas no iban a extinguirse, que, de hecho, su población había empezado a aumentar, y que tenían que hacerse planes para organizar las reservas de forma permanente. Por esas fechas, la parcelación en propiedad, el Acta del Indio Muerto, y otras leyes diseñadas para transferir la tierra india a los blancos habían seguido su curso, quedándole muy poca tierra propia a los indios de las praderas, la mayoría de la cual no poseía valor para la agricultura. Igualmente, las fuerzas políticas amistosas hacia los indios habían llegado a ser influyentes en el congreso, en gran medida debido a las condiciones de salud y educación de los indios expuesta en el Informe Meriam de 1928. También en ese momento se estaba elaborando el Nuevo Trato con la elección de Roosevelt en 1932, haciendo que fuese casi una certeza algún tipo de «nuevo trato» para los indios.
El nuevo trato para los indios se dio en la forma del Acta Wheeler-Howard, mejor conocida como el Acta de Reorganización India (ARI), aprobada en 1934, seguida poco después por el Acta de Bienestar Indio de Oklahoma en 1936. Estas actas pusieron fin a la venta de tierra india en fidecomiso y, más aún, proporcionaron dinero para que los indios sin tierra volviesen a comprarla. Además, las actas contenían garantías de libertad religiosa para los indios, les permitían establecer sus propios gobiernos en la reserva, y pusieron a su disposición créditos de un fondo rotativo federal para inversiones tribales. El arquitecto de las actas, y el hombre que las administraría, era John Collier, un reformador para las causas indias que fue nombrado jefe de la OAI en 1934 (véase Philp, 1977).
Después de medio siglo de negligencias, abusos, triquiñuelas, y decepciones, en 1936 los cheyenes no creían francamente que el gobierno tuviese ninguna otra intención que no fuese la de continuar estafándolos como había hecho en el pasado. Como muchas tribus indias, simplemente ignoraron la legislación, pensando que era algún truco para obtener su tierra. Fue necesario el viaje del mismo John Collier para visitar a los cheyenes antes de que éstos consintieran en organizarse de acuerdo a las provisiones del acta. Y así, en 1936 los cheyenes del norte organizaron un gobierno tribal, y en 1937 los cheyenes del sur y los arapahoes del sur (conocidos colectivamente como C y As) hicieron lo propio.
La ARI permitió un poco de libertad en la organización tribal, y los cheyenes del norte y del sur acabaron con gobiernos tribales que fueron y son algo diferentes. Los norteños formaron un «consejo tribal» en el que los representantes se eligen por distritos. Los sureños fueron forzados a organizar un gobierno con los arapahoes en el que cada grupo tenía una representación igual de 14 miembros en un «comité de administración», incluso aunque hubiese más cheyenes que arapahoes en la población. En Oklahoma, los cheyenes y arapahoes votan separadamente a sus representantes.
Así, los cheyenes del norte pasaron rápidamente a utilizar el dinero federal para volver a comprar el «excedente» de tierra de la reserva que se había vendido a principios de 1932. En 1937 se había enajenado sólo la mitad de la reserva y para 1990, después de cincuenta años de pequeñas compras, la tribu había recuperado casi toda la reserva (véase Waist, 1977; Campbell, 1994). En Oklahoma la situación fue diferente. Se había vendido la tierra de la reserva mucho antes, y los blancos habían alcanzado tanto poder político en los gobiernos local, estatal, y federal que se demostró imposible recuperar demasiada tierra. Sin embargo, el gobierno C y A ha conseguido volver a comprar varios cientos de acres de tierra y ponerlos en fideicomiso a nombre de las dos tribus afiliadas.
La fricción entre los cheyenes y los arapahoes ha continuado siendo la característica en los acontecimientos del gobierno tribal de Oklahoma, con insultos regulares en las reuniones del comité de administración e incluso llegándose ocasionalmente a las manos y a los tirones de pelo. Los líderes más sabios en ambos grupos llaman periódicamente a la separación de las dos tribus, una perspectiva menos probable cada año con los continuos matrimonios mixtos entre los dos, y un aumento del número de personas con antepasados en ambas tribus. Igualmente, existe una fricción continua entre el comité de administración oficialmente elegido y los tradicionalistas cheyenes. Éstos constituyen los polos políticos opuestos de la política de las reservas. A menudo los tradicionalistas, conducidos por los jefes y sacerdotes ceremoniales, son capaces de vetar con efectividad las acciones del comité, tan sólo con decirles a sus familiares que no cooperen.
Otro asunto entre los funcionarios del gobierno tribal y el resto de la gente son los altos salarios que se les pagan a aquellos indios que o bien trabajan para el gobierno tribal o para la OAI. Aunque los salarios son modestos de acuerdo a los estándares del gobierno, para los estándares de las reservas un salario de 30.000 dólares al año es una fortuna, casi tres veces los ingresos de una familia media. En consecuencia, existen envidias y críticas a los empleados tribales y del gobierno que parecen estar viviendo mejor que los demás.
La creación de los gobiernos tribales no significó que la OAI quedase fuera de juego. Por el contrario, recibió mayor financiación después de que se aprobase la ARI que antes de ella. Pero la intención general del congreso fue transferir gradualmente el dinero y la responsabilidad por los servicios a los gobiernos tribales, y permitir que la OAI se desvaneciera. De hecho, esto no ha sucedido. Además de continuar muchas de sus funciones tradicionales administrando la tierra y supervisando la aplicación de la legislación concerniente a los indios, la OAI también ha adoptado una función de supervisión de los gobiernos tribales, dándole en realidad más que hacer. Para los cheyenes en concreto hallamos dos gobiernos paralelos con dos oficinas locales de campo de la OAI, duplicando de hecho muchas funciones. Sin embargo, algunas de dichas funciones se han centralizado en la oficina de la OAI en Anadarko para los cheyenes del sur y en la oficina de Billing en Montana para los del norte. Esto ha ocasionado que las oficinas de campo de la OAI en las reservas se hayan hecho gradualmente más pequeñas en el último medio siglo, aunque la OAI se haya hecho más grande y centralizada.
Proyectos financiados por el gobierno
A pesar de todo tipo de problemas políticos, tanto los cheyenes del norte como los del sur, trabajando a través de sus gobiernos tribales, han conseguido formular una impresionante lista de proyectos tribales, empezando por el Nuevo Trato, continuando con la guerra contra la pobreza de Lyndon Johnson, hasta el moderno bingo y otros juegos. Todos estos proyectos han empleado a un número significativo de cheyenes, y la mayoría han traído servicios sociales que hacían mucha falta a la población residente. En muchos casos, los programas empezaron bajo la administración de la OAI y luego se transfirieron a los gobiernos tribales. Los programas más importantes e interesantes se enumeran abajo.
EL ACTA JOHNSON-O’MALLEY
Con esta acta, aprobada en 1934, las escuelas públicas reciben dinero per cápita para los estudiantes indios. Con el dinero extra que proporcionaron otras leyes de 1972 y 1978 se ha integrado gradual mente a los niños cheyenes en el sistema de escuelas públicas en Oklahoma, donde ya no existe ninguna escuela en la reserva que funcione exclusivamente para niños cheyenes o arapahoes. Sin embargo, esto no es necesariamente algo bueno, puesto que existe una lucha continua para que se incluyan la historia y la cultura cheyén en el plan de estudios de las escuelas públicas. A finales de los años sesenta, padres cheyenes frustrados pusieron en marcha su propia Escuela Libertad en Hammon, Oklahoma, utilizando sus propios recursos. La escuela duró unos cuatro años.
Fotografía 11.1. Una clase de lengua cheyén en la reserva de los cheyenes del norte (foto de Ken
Blackbird).
En Montana, donde la gran mayoría de alumnos de la reserva son cheyenes, se han mantenido las escuelas para los alumnos de guardería, de básica y de grado medio desde 1936 (fotografía 11.1). Existen ahora seis escuelas en la reserva. Los estudiantes de instituto, sin embargo, deben ir en autobús para asistir a los institutos en Hardin, Colstrip, o al Instituto Saint Labre en Ashland. En Hardin y Colstrip, aunque no en Saint Labre, existe una continua lucha para que se incluya información sobre los cheyenes en el plan de estudios del instituto (véase la fotografía 11.2).
Con la ayuda federad, los cheyenes del norte han organizado su propia institución de educación superior. En 1975 se puso en funcionamiento el Dull Knife Memorial College, que ofrece varias licenciaturas académicas y de formación profesional, una biblioteca (véase la fotografía 11.3), y servicios de búsqueda de empleo.
Fotografía 11.2. El colegio Busby en Montana cotí casas familiares en primer plano (foto de Ken
Blackbird).
Fotografía 11.3. La biblioteca del Dull Knife Memorial College (foto de Ken Blackbird).
ASISTENCIA SANITARIA
Desde el inicio de la vida en las reservas, el gobierno federal ha sido el responsable legal de la salud de los indios, debido a varios tratados, acuerdos, y a la legislación aprobada por el congreso. Durante el período de las primeras reservas, la OAI no se tomó estas responsabilidades muy en serio, proporcionándoles a los cheyenes de Montana y Oklahoma una asistencia sanitaria inadecuada y a menudo inapropiada. Los pocos médicos que estuvieron presentes se quejaron de que había poco que pudiesen hacer debido a la rampante malnutrición y a las insalubres condiciones de vida.
Sin embargo, en 1955 se transfirió el Servicio de Salud Indio (SSI) fuera de la OAI y las condiciones empezaron a mejorar. Actualmente, el SSI mantiene un centro de salud en Larne Deer, Montana, y un hospital en Clinton, Oklahoma. Además, mantiene dos clínicas en la reserva de Oklahoma, en Concho y Watonga. Los cheyenes inscritos pueden recibir tratamiento gratuito. El tratamiento, sin embargo, aunque gratis, es a menudo poco práctico y está paralizado por la burocracia hasta el punto de que los indios sólo lo utilizan como último recurso. Por ejemplo, para obtener algunos tipos de tratamiento o medicación, los cheyenes de Oklahoma deben viajar a otras clínicas u hospitales de otros lugares del estado, quizás a cientos de kilómetros. Así, cualquier cheyén con dinero o seguro médico prefiere usar médicos privados. Por consiguiente, esto ha causado el progresivo desuso de las instalaciones del SSI en las dos últimas décadas. Irónicamente, en un informe especial emitido en 1990, el SSI concluyó erróneamente de sus estadísticas que el progresivo desuso de sus instalaciones significaba que la salud de los indios estaba mejorando.
Las dos enfermedades concretas que han golpeado a los cheyenes de forma más dura que a la población general, son el alcoholismo y la diabetes. Ambas son enfermedades difíciles de tratar porque al parecer ambas tienen un componente genético y de conducta. Desenmarañarlas y encontrar tratamientos adecuados ha sido un problema muy difícil para los investigadores de la salud y los médicos y enfermeras del SSI. En cuanto al alcoholismo, el tratamiento más efectivo ha demostrado ser la fomentación de la asistencia a la Iglesia Americana Nativa, en un programa diseñado por el investigador de la salud y cheyén de adopción Bernard Albaugh.
VIVIENDA
Otra obligación legal que el Congreso le impuso a la OAI fue la de que los indios tuviesen viviendas apropiadas, pero al igual que con el sistema sanitario, el dinero que se le suministró a la OAI no fue suficiente para hacer frente a sus obligaciones. Durante el período temprano de las reservas en Oklahoma, por lo tanto, los cheyenes continuaron viviendo en tipis. Después de la parcelación en propiedad, se construyeron algunas casas de troncos y madera cortada en las restantes parcelas, pero los tipis y las tiendas continuaron siendo la forma principal de vivienda (fotografía 11.4). De forma típica, una casa de troncos en la reserva de Oklahoma a finales de los años treinta estaría rodeada por varias tiendas y tipis, más uno o más cenadores hechos con arbustos para cocinar y dormir en verano. En invierno, toda la familia extensa se trasladaba a la casa. Ésta fue la típica disposición de la vivienda para la mayoría de los cheyenes del sur hasta que hubo dinero disponible con la ARI para construir casas.
Fotografía 11.4. Una casa cheyén estándar de maderos bastos, en Oklahoma, en 1900 (Colección
Campbell, Colecciones de Historia del Oeste, Universidad de Oklahoma).
La mayor parte del área de la reserva de los cheyenes del norte está arbolada, y poco después de que se estableciese su reserva se construyó un aserradero donde la gente pudo obtener maderos gratis para construir. En este período se construyeron un gran número de casitas de troncos, que eran necesarias para los fríos inviernos de Montana. Estas casas, con sus pequeñas estufas de madera, contribuyeron a la difusión del tracoma y la tuberculosis en el período temprano de las reservas.
Los acontecimientos del Nuevo Trato y la Segunda Guerra Mundial hicieron que muchos cheyenes viviesen en viviendas mejores. Por ejemplo, un gran número de cheyenes participaron en proyectos organizados por el Cuerpo de Conservación Civil (CCC) y la Administración de Proyectos de Trabajo (APT). Los campamentos del CCC tenían frecuentemente dormitorios para trabajadores, mientras que la APT, con base en las pequeñas ciudades en y alrededor de las reservas, alquilaban a menudo casas medianas y hoteles para los trabajadores. Además, muchos cheyenes vivían en viviendas estándar mientras trabajaban en las industrias de la guerra en Dallas, Tulsa, Seattle y Los Ángeles. Cuando los cheyenes volvieron a las reservas después de la guerra, entonces muchos de ellos, con dinero en los bolsillos, se pusieron a construir o comprar casas de madera más grandes, tanto en las áreas rurales como, de forma creciente, en las ciudades. En Montana, la vivienda continuó construyéndose de troncos y maderos de la zona, pero en Oklahoma muchos cheyenes construyeron casas de madera medianas idénticas a aquellas de los blancos de los alrededores. Sin embargo, en Hammon, Oklahoma, hubo una comunidad cheyén del sur que no se mudó de las tiendas y los tipis hasta que en 1968 recibieron el pago procedente de una demanda del tratado, permitiéndoles trasladarse a la ciudad desde el área que ellos llamaban Campamento Oeste. Puede que hayan sido los últimos «indios de tipi» en cualquier lugar de los Estados Unidos o de Canadá.
Desde la década de los sesenta, la OAI y los gobiernos tribales han organizado varios tipos de programas de «autoayuda» para crear viviendas indias. El programa exige habitualmente que la casa se construya según uno de los diversos planos estándar, a menudo para casas pequeñas de madera, algunas de ellas con fachada de ladrillo, en el que un contratista proporcionará los materiales y la supervisión, y la familia que vivirá en la casa proporcionará la mayor parte de la mano de obra (fotografías 11.2 y 11.5). Sin embargo, la casa no es gratis. Los fondos del gobierno se utilizan para pagar al contratista, y la familia debe pagar mensualmente una hipoteca al gobierno. Con este tipo de programas se han construido 939 casas en Montana, y 830 para los cheyenes del sur y los arapahoes en Oklahoma. De hecho, la mayoría de cheyenes de las reservas viven ahora en este tipo de casa.
La calidad de la vivienda que proporcionan los programas de autoayuda ha sido una fuente continua de fricción entre los cheyenes y el gobierno federal. Debido a que muchas de las casas se construyeron en áreas rurales, tenían cuartos de baño, pero no sistema de desagüe o agua corriente. Por lo tanto, muchas familias tuvieron que ampliar su nueva casa de ladrillos con un retrete fuera de la casa.
Fotografía 11.5. Dos casas autosuficientes cerca de Canton (foto del autor).
Además, ha habido acusaciones regulares de que los contratistas sustituían materiales estándar por materiales de baja calidad, aumentando sus beneficios, pero haciendo que las casas se deterioren prematuramente.
EL ACTA DE OPORTUNIDAD ECONÓMICA (LA GUERRA A LA POBREZA)
Los cheyenes del norte y del sur, ayudados por la Asociación sobre Asuntos de los Indios Americanos y otras organizaciones simpatizantes sin ánimo de lucro, solicitaron inmediatamente y empezaron a recibir, en torno a 1965, la panoplia completa de la acción social y de los programas de servicio comunitario, incluidos Ventajas, Servicios de Ayuda Legal, Programa de Sanidad Comunitaria, Corporación de Empleos, Corporación de Jóvenes Vecindarios, y Límite Ascendente. Se añadieron proyectos posteriores a medida que el congreso los financió, incluidos el Programa de Acción Comunitaria y Nuevas Profesiones. Tales programas, canalizados al principio a través de la OAI, se reciben ahora directamente a través de los gobiernos tribales. Se logró otra mejora en la administración cuando el dinero se recibió en forma de subvenciones en bloque, dándole al gobierno tribal más flexibilidad para planear y transferir el dinero de un programa a otro.
Las fuerzas armadas también han proporcionado una cantidad de empleo significativa a los cheyenes. Debido, en parte, a su tradición guerrera, los jóvenes cheyenes a menudo se han visto atraídos por la vida militar, especialmente por el ejército estadounidense y el Cuerpo de Marines. La segunda generación de líderes de los gobiernos tribales, después de la Segunda Guerra Mundial, fueron frecuentemente veteranos del servicio militar, que habían aprendido sobre la organización del gobierno, el papeleo, y la burocracia durante su período en el ejército. Con el advenimiento de la fuerza totalmente voluntaria en años recientes, muchos cheyenes han hallado una motivación para acabar el instituto en su deseo de entrar en el ejército. Actualmente, muchos jóvenes cheyenes de ambos sexos entran en las fuerzas armadas cada año. Muchos se han convertido en soldados profesionales, retirándose a la reserva con una pequeña pensión después de 20 o 30 años.
El sector privado
Aunque para los cheyenes los empleos del gobierno han supuesto un núcleo de empleo permanente, el trabajo remunerado en el sector privado ha sido a menudo de igual o mayor importancia, aunque haya sido inestable. Para los cheyenes del sur, fue fácil encontrar trabajo en el que se cobraba por días en el oeste de Oklahoma, cuando el cultivo del trigo empezó a estar en auge en tomo a 1915, y hubo empleos estacionales de forma regular desde esa fecha hasta 1970, cuando las diferentes tareas de la cosecha de trigo se mecanizaron casi totalmente y las realizaron en mayor parte equipos mixtos de fuera del estado, que de mayo a agosto barrían anualmente las Grandes Llanuras desde Texas a Alberta. Irónicamente, en Oklahoma, durante el período de la agricultura intensiva asalariada, muchos cheyenes trabajaron la tierra que anteriormente había pertenecido a sus antepasados, y en algunos casos en tierra que parcialmente les pertenecía como herederos del parcelario original. Incluso ahora, un acuerdo no oficial para emplear a herederos como trabajadores asalariados es parte de muchos contratos de arrendamiento de pasto o de tierra agrícola (véase Littlefield y Knack, 1996).
En Montana, el trabajo asalariado en las granjas y ranchos era más difícil porque la gente estaba a más distancia de las áreas agrícolas intensivas, y no hubo una carretera pavimentada que atravesase la reserva hasta 1954. Sin embargo, en décadas recientes, no sólo los rancheros y cultivadores de heno han proporcionado una cantidad de empleo significativa en o cerca de la reserva, sino que también lo ha hecho la Compañía Eléctrica de Montana, la Compañía Eléctrica Betchel, la Compañía Occidental de Energía, y la Corporación Financiera Marín. En el oeste de Oklahoma ha habido muy poco empleo para cualquiera —indio, blanco, o negro— desde los años sesenta. Por lo tanto, los jóvenes cheyenes se han trasladado a las ciudades de Tulsa, Oklahoma City, Dallas, Chicago y Los Ángeles para encontrar trabajo.
Durante años, un número significativo de mujeres cheyenes ha encontrado empleo haciendo mocasines y otros trabajos con cuentas para el mercado turístico. En Oklahoma, el mercado para estos productos empezó con los impecables trenes de pasajeros del Ferrocarril de Santa Fe después de la Primera Guerra Mundial, que hacía paradas en El Reno y Clinton, donde había tiendas de recuerdos en las estaciones. Además, la autopista 66 estadounidense (la legendaria «Ruta 66» de la
canción y el relato)[50] pasa por la reserva, y había tiendas de artesanía a lo largo de la carretera a medida que se convirtió en una popular ruta de circulación después de la Segunda Guerra Mundial. Con la construcción del sistema de autopistas interestatal, estas tiendas de artesanía se han desplazado de la autopista 66 a la Interestatal 40, donde cada año se vende artesanía por valor de unos 200.000 dólares. En Montana, los cheyenes del norte operan su propia tienda de artesanía en la reserva.
En los últimos cuarenta años a los cheyenes se les ha pagado menos del salario mínimo establecido por la ley federal. Cuando trabajan en las granjas y ranchos, a los hombres cheyenes se les paga por días. Actualmente reciben unos 20 o 30 dólares al día, que es alrededor de la mitad del salario mínimo. Los precios que se le pagan a las cheyenes que hacen mocasines representan un salario por horas de tan sólo alrededor de un dólar la hora, pero los cheyenes se ven forzados a trabajar por estos bajos salarios porque no tienen otras opciones, a menos que viajen lejos de su familias a Oklahoma City o a Dallas. Pero actuar así los excluye de las clínicas gratuitas, de la vivienda subvencionada, y de otras ayudas que muchas familias necesitan desesperadamente. Por consiguiente, muchos cheyenes, a pesar de su pobreza, sienten que deben quedarse en la reserva.
Arrendamiento y energía
Los «contratos de arrendamiento de pasto» que resultan del arrendamiento a los no indios de pastos y tierra de cultivo mantenida en fideicomiso han continuado desde los primeros días de las reservas. Actualmente, en Oklahoma la OAI administra los contratos de arrendamiento de alrededor de 20.000 hectáreas de tierra cheyén y arapahoe, que produce casi un millón de dólares de ingresos al año. La contabilidad de estos contratos es muy complicada. Después de cuatro o cinco generaciones, algunas parcelas tienen hasta doscientos propietarios, o «herederos», cada uno de los cuales debe recibir una parte del dinero del contrato. En algunos casos, un cheyén podría recibir un cheque por tan sólo dos dólares como parte del contrato de arrendamiento de pasto. Sin embargo, alguien que sea el único propietario de una parcela original podría recibir hasta 3.000 dólares.
Irónicamente, es la heredad lo que ha impedido que se vendiese la tierra en fideicomiso de los cheyenes del sur. Cualquier venta de tierra requiere la firma de todos los propietarios, lo cual podría ser difícil de obtener. Con mucha tierra protegida de la venta inmediata por este medio, el gobierno tribal ha creado planes a largo plazo para comprar toda la tierra en fideicomiso y conservarla bajo control tribal.
En Oklahoma, algunos cheyenes también poseen derechos sobre el petróleo y el gas natural, bien sobre la tierra que les pertenece totalmente, o sobre la que no poseen los «derechos de superficie» sino tan sólo los derechos minerales del subsuelo. Aquí, de nuevo, no se tiene confianza en que los cheyenes puedan llevar sus propios asuntos, siendo la OAI la que administra los pagos de los contratos de arrendamiento. En el caso del petróleo y el gas, los pagos varían muchísimo de un año a otro, dependiendo del mercado de petróleo, y de si el petróleo ha sido descubierto en una parcela de tierra concreta. Durante el boom del petróleo de 1980 se les pagaron unos dos millones de dólares a los cheyenes en forma de cuotas de perforación, acciones de producción, y «ajustes» debidos a los cambios de los precios. Sin embargo, la cantidad que se le paga a los individuos varía entre unos pocos cientos de dólares y decenas de miles.
Una de las situaciones más dramáticas en la reciente historia cheyén tiene que ver con los derechos para extraer hulla del subsuelo en la reserva de los cheyenes del norte. Cuando en 1972 se calcularon totalmente los recursos de hulla resultó que una veta de hulla se extendía debajo de casi toda la reserva, con un total estimado de
5.200 millones de toneladas.[51] Esta hulla estaba lo suficientemente cerca de la superficie como para ser extraída por minería a cielo abierto, un proceso por el cual se aparta el suelo de la superficie y se extrae el carbón mediante enormes excavadoras y grúas. Después de evaluar las alternativas, en 1980 el consejo tribal firmó un contrato de arrendamiento con la Atlantic Richfield Company, que prometió pagar una «gratificación» inmediata de seis millones de dólares a los miembros de la tribu. Sin embargo, algunos propietarios individuales de tierra en fideicomiso, preocupados por los efectos de la minería a cielo abierto y por el deterioro de la calidad del aire, y queriendo negociar sus propios contratos de arrendamiento, fueron a juicio para evitar la aplicación del contrato de arrendamiento tribal.
El drama de la situación fue que si se aprobaba el contrato, unos 5.000 cheyenes empobrecidos recibirían un alivio inmediato en forma de gratificación, pagos continuos por la hulla extraída, y empleo. Pero el precio que pagarían sería la destrucción de casi toda el área de la reserva y la contaminación del aire. Las dos alternativas fueron expresadas de forma conmovedora por mi amigo Ted Rising Sun (Sol Naciente), que se ha opuesto a cualquier desarrollo de los recursos de hulla: «prefiero ser pobre en mi propio país, con mi propio pueblo, con nuestro propio estilo de vida, que ser rico en una tierra revuelta donde los desconocidos nos sobrepasen diez a uno» (citado en Ambler, 1900: 90).
Después de una larga, emocional, y dura batalla, los cheyenes del norte decidieron continuar pobres antes que someterse a la destrucción de su tierra. Sin embargo, acordaron modificar el nivel de calidad del aire a cambio de que se les diese preferencia en el empleo en algunas operaciones mineras fuera de la reserva, que hasta cierto punto ha mejorado la economía y la calidad de vida.
Debido a que están cerca de algunas ciudades populosas, los cheyenes del sur han sido capaces de aprovecharse del bingo y de los estancos, proveyendo a la gente que conduce o que llega en autobús desde Oklahoma City, Lubbok, Amarillo o Dallas. Las diversas operaciones de juego de los cheyenes del sur y los arapahoes reportan actualmente unos beneficios brutos de seis millones de dólares, y los estancos, donde se venden productos de tabaco libre de impuestos, producen otro millón de dólares al año. Debido a su distancia de las grandes ciudades, los cheyenes del norte no han podido aprovecharse de tales actividades.
Reclamaciones de los tratados
Al apoderarse de las tierras cheyenes en el siglo XIX, el gobierno federal actuó frecuentemente de forma precipitada e ilegal. Esto tuvo como resultado un gran número de pleitos y pleitos potenciales que llamaron la atención del gobierno federal después de la aprobación de la ARI. En 1944 el gobierno federal, buscando minimizar el daño de los pleitos, estableció la Comisión de Reclamaciones Indias (CRI), a la que se autorizó para atender todas las reclamaciones surgidas de la ruptura de los tratados, de la mala administración, o de hecho, cualquier reclamación (véase Sutton, 1985).
Para entonces, los indios se habían convencido de la sinceridad del Nuevo Trato y de la ARI, y la respuesta inmediata de los cheyenes a la fundación de la CRI fue muy esperanzadora. Muchos sintieron que finalmente obtendrían un poco de justicia por toda la tierra que se les había quitado, y que el tratado les garantizaba. Y de hecho, al actuar sobre una reclamación iniciada por los cheyenes del norte en 1948, se le concedieron al gobierno tribal de Montana unos 4 millones de dólares en 1963 por «todas las reclamaciones legales contra el gobierno». Aunque la cantidad de dinero no se acercaba al valor actual de la pérdida de tierra, muchos cheyenes del norte parecieron satisfechos con la compensación, y los cheyenes del sur aguardaron con esperanza la compensación de su propia y mayor reclamación. Iban a decepcionarse.
Aunque los cálculos de la suma de la reclamación eran muy complicados, en esencia implicaba establecer el valor de la tierra y los recursos tomados ilegalmente en la época de los tratados. Esto incluía tierra, oro, madera, etc., y ascendía a bastante cantidad, unos veinte millones de dólares. Pero de ese total, el gobierno restó entonces las «compensaciones», que consistieron en todos los gastos de administrar las agencias indias desde que se organizaron, cada tabla y clavo, cada manta y herramienta, cada patata y judía, incluso los salarios de los agentes indios. El ardid es que estos desembolsos se contaron a los precios inflados de años posteriores, cuando se hicieron las compras. Para los cheyenes del norte, estas compensaciones eran una suma razonable, puesto que la reserva se había establecido más tarde y la población era menor. Pero para los cheyenes del sur y los arapahoes, la contabilidad fue devastadora. Después de meses de trabajo, el gobierno calculó que los cheyenes y arapahoes le debían al gobierno unos dos millones de dólares. Al hallar este resultado «desmedido», la Comisión de Reclamaciones Indias estableció arbitrariamente la cantidad de la reclamación en unos 2.000 dólares por persona, una cantidad que se distribuyó en 1968 y que, según el gobierno, liquidaba todas las reclamaciones tribales de los cheyenes contra los Estados Unidos de América.
Otra reclamación en curso de los cheyenes del norte ha sido sobre las Colinas Negras de Dakota del Sur, que alegan haberles pertenecido antes que a los lakotas, y haberlas ocupado continuamente hasta que en 1877 el ejército estadounidense los expulsase de allí. Naturalmente, en las últimas décadas, los lakotas han estado llevando a cabo una reivindicación de las Colinas Negras altamente visible, coordinada con manifestaciones políticas de varios tipos. Hasta 1980 los lakotas siempre se habían opuesto a las reivindicaciones de los cheyenes, al sentir que interferían en sus propias reivindicaciones. Sin embargo, en ese año el gobierno federal le ofreció una pequeña compensación a los lakotas: 17,1 millones de dólares, por la totalidad de las Colinas Negras, que los tradicionalistas lakotas temían que el gobierno tribal pudiese aceptar. Para confundir la reivindicación, los lakotas instaron a los cheyenes a que presentasen una demanda por las Colinas Negras, y los Cheyenes del Norte me contrataron para hacer la investigación histórica.
Después de llevar a cabo un poco de investigación en archivos y de enriar a mi alumno Gregory Campbell a Montana para que llevase a cabo entrevistas con los ancianos, se envió un informe al consejo tribal de los cheyenes del norte y a los tradicionalistas cheyenes, que contribuyó al existente punto muerto en lo que concierne al pago del dinero. Los tradicionalistas lakotas continúan firmes al afirmar que no quieren el dinero: quieren que se les devuelvan las Colinas Negras.
Aparte de los pagos de la CRI a los cheyenes del sur en 1968, estaba la compensación por la masacre de Sand Creek, que se prometió y nunca se pagó. La CRI concluyó del lenguaje del tratado de 1865, que no podía pagarse dicha compensación a la tribu colectivamente, sino que tenía que pagarse a los individuos que habían sido atacados, o a sus descendientes. Los pagos por Sand Creek, pues, fueron excluidos explícitamente de la decisión de la CRI, de forma que la reclamación aún sigue viva.
La dificultad para determinar quiénes son los demandantes de Sand Creek es que, después de tantos años de matrimonios mixtos entre las familias cheyenes y con no cheyenes, existen unos diez mil demandantes esparcidos por todo el país. Aun así, trabajando con voluntarios cheyenes, mis alumnos y yo conseguimos crear una lista de demandantes cualificados, que a su vez atrajo la atención de un importante bufete de abogados que estuvo de acuerdo en llevar adelante la demanda a cambio de una parte de la compensación.
Después de que mucha gente que representaba a diferentes familias hubiese trabajado en armonía en la investigación durante años, la posibilidad de tener realmente éxito con la demanda exacerbó desgraciadamente sus tendencias familísticas. Después de dos años de haber conseguido abogados, hubo seis diferentes asociaciones de descendientes de Sand Creek, cada una administrada por una familia particular y cada una afirmando ser la única y auténtica organización para llevar a cabo la demanda. Esta situación tendía a desmoralizar a los abogados, que no tenían claro con quién se suponía que trataban, y así la demanda todavía está sumida en la confusión, con grupos de descendientes apareciendo y desapareciendo cada pocos meses.
Derechos civiles
Dos hitos en las leyes de los derechos civiles que conciernen a los cheyenes y a otros indios fueron la extensión de la ciudadanía a los indios en 1924, y el
establecimiento de sus derechos constitucionales en 1968.[52] Sin embargo, en ninguno de los casos acabó la legislación con todas las restricciones ilegales e inconstitucionales sobre los indios. El peso total de las políticas ilegales y las restricciones han tenido que quitarse una a una, requiriendo cada una un pleito. Por ejemplo, los arrendatarios de pasto y petróleo todavía no pueden asumir el control de su propia propiedad; la oficina de la tierra de la Oficina de Asuntos Indios aún la administra en su lugar. Para probar que son indios, aún tienen que someterse a una investigación de la OAI, después de la cual reciben un «Certificado del Grado de Sangre India», que deben llevar siempre para acceder a las instalaciones indias. Los activistas indios se quejan de que si los blancos no tiene que probar que son blancos, ¿por qué los indios han de probar que son indios? Sir embargo, en el caso de los cheyenes la ciudadanía tribal la establecen ahora las oficinas de reclutamiento indias, en lugar de la OAI.
Otro problema de derechos civiles concierne al estatus especial de la tierra de la reserva y de la tierra en fideicomiso. Mientras que el estatus de reserva del área de los cheyenes del norte nunca se ha puesto en duda, en Oklahoma, durante la parcelación en propiedad, se generó el mito de que toda la reserva había sido «disuelta». Sin embargo, esto fue tan sólo un mito administrativo perpetrado por los funcionarios de la OAI, puesto que no existe ley que contenga ninguna estipulación para deshacer el estatus de reserva. De hecho, cada ley redactada en Washington fue cuidadosa en conservar explícitamente el estatus de reserva. Aun así, los cheyenes de Oklahoma han tenido que ir a juicio varias veces para establecer el estatus de «reserva» para cada parcela de tierra que pertenece a la tribu o que ha adquirido.
Ligado al tema de la tierra de la reserva ha estado el estatus de la tierra en fideicomiso, la tierra que le pertenecía a las tribus o a parcelarios individuales y a sus descendientes. El estatus de tierra en fideicomiso ha sido discutido no sólo en Montana, donde toda la tierra en fideicomiso está en la reserva, sino también en Oklahoma, donde la mayoría de ella, en forma de las parcelas que quedan, está esparcida en un área de siete condados. El problema más espinoso del estatus de fideicomiso es que, dado que la tierra en fideicomiso es federal, la policía del estado y los gobiernos locales no poseen autoridad sobre ella. Es decir, si se comete un crimen en tierra de fideicomiso, incluso un asesinato, sólo los oficiales federales tienen autoridad. Después de años de confusión sobre cómo tratar con aquellos que infringen la ley bajo estas condiciones, se ha ideado un sistema en Oklahoma de forma que la policía india, con oficinas en el complejo tribal, tengan poderes policiales recíprocos con la policía local. No sólo los policías locales prestan juramento como oficiales federales, sino que los policías indios prestan juramento como sheriffs sustitutos. Sin embargo, aún se discute la cuestión de cuánta autoridad tiene la policía india sobre los no indios en la tierra de fideicomiso y de la reserva. En primer lugar, a la policía tribal de los cheyenes del norte le gustaría saber si pueden poner multas a los no indios que sobrepasen el límite de velocidad en la reserva, especialmente dado que Montana ya no posee un límite de velocidad definido.
Debido a su especial estatus legal, y a su localización geográfica, los cheyenes viven en una situación en la que las leyes económicas de la oferta y la demanda están enormemente distorsionadas. En consecuencia, los ingresos de las familias cheyenes no sólo son bajos, sino también erráticos y poco fiables. Para la mayoría de las familias, los ingresos son la suma provisional del salario del trabajo, el dinero de los contratos de arrendamiento, los servicios sociales, y algunas veces de empleos tribales que vienen y van con los vientos políticos. En años recientes, la media de los ingresos per cápita de los cheyenes, tanto en Montana como en Oklahoma, ha fluctuado entre 2.000 y 3.000 dólares. Esto quiere decir que una familia extensa grande de entre ocho y diez personas (contadas por el gobierno como entre dos y cuatro familias nucleares) tiene que subsistir con unos ingresos familiares combinados de unos 25.000 dólares (menos de 10.000 dólares por familia nuclear), lo que coloca a la mayoría de familias cheyenes por debajo de la línea de la pobreza establecida por el gobierno federal. Para alimentarse, más del cuarenta por ciento de las familias cheyenes dependen de cupones canjeables por alimentos y alimentos de «consumo» del gobierno. En torno a la mitad de los cheyenes adultos que quieren trabajar no pueden encontrar trabajo en la reserva.
Sólo una pequeña parte de los ingresos familiares llega regularmente. Las pensiones y los cheques de asistencia social llegan mensual o bisemanalmente. Pero el dinero del pasto se paga una vez al año, en enero o febrero, y los pagos por contratos de arrendamiento de gas y petróleo llegan irregularmente, dependiendo del calendario de perforación, de cuándo le pagan las compañías petroleras al gobierno, y de los procedimientos de contabilidad de la Oficina de Asuntos Indios. Algunas familias se quejan de que no reciben ningún tipo de royalties durante varios años, y que luego llegan miles de dólares de una vez. No pueden pedir préstamos en los bancos locales debido a sus bajos ingresos, y muy pocos cheyenes poseen cuentas bancarias. Cuando llegan los cheques, los hacen efectivos en las tiendas locales donde hacen negocios.
Guardando una justa medida
Todo este recital de estadísticas económicas, programas y leyes, pleitos y burócratas, hace poco por comunicarles a los no indios k naturaleza de la interacción entre los modernos cheyenes y los agentes locales e instituciones de la sociedad dominante. Para los cheyenes del sur, más que para los del norte, cada día contiene desconcertantes y confusos episodios en los que tanto blancos como cheyenes están intentando entenderse unos a otros: cliente y trabajador social, empleado de la OAI y anciano cheyén, policía local y joven cheyén Aunque viven con y entre miles de blancos, los cheyenes del sur badián a un son distinto; oyen una voz distinta que les aconseja cómo llevar sus asuntos cotidianos. Cuando interactúan con los blancos, mantienen una actitud totalmente diferente, diferentes motivaciones y diferentes objetivos. No es sorprendente que este tema se haya convertido en objeto del humor cheyén.
La siguiente historia es de origen reciente, y la contó Roy Bull Corning sacada de un acontecimiento real que ocurrió a mitades de los setenta. Roy no sólo era un jefe y sacerdote de los cheyenes, sino también uno de los más entretenidos narradores de relatos de la nación cheyén. Aunque ya no esté, sus historiáis se han conservado en los archivos de la Sociedad Histórica de Oklahoma. Ésta era su favorita. Como en una comedia de los hermanos Marx, describe una complejidad de malentendidos en aumento y extrañas situaciones entre blancos e indios, que finalmente se resuelven cuando se los llevan a todos detenidos. Para entender el relato adecuadamente, el lector debe saber que desde la época aborigen los cheyenes han marcado a los animales muertos que habían matado o que les pertenecían atando un trozo de ropa u otro artículo personal al animal muerto. En Oklahoma esto es así incluso en la época actual, en aquellas ocasiones en las que los rancheros locales donan vacas heridas a las familias cheyenes. Es decir, si un animal está herido hasta el punto de que no es comercializable, el ranchero llamará a algunos amigos cheyenes para que vengan, cojan el animal, lo descuarticen, y se repartan la carne. Cuando venga a coger al animal, la familia atará una bufanda o pañuelo a la pata o cuerno, para establecer la reclamación. Tradicionalmente, otra de forma de reclamar el animal es contar un golpe, sentarse encima, o sentarse cerca, tocando el animal.
El accidente del camión de ganado
Un domingo de otoño por la mañana, temprano, hace pocos años, un gran
camión de ganado de un rancho local se dirigía con treinta reses al mercado
de Oklahoma City, se salió de la carretera en una curva al norte de Seiling,
Oklahoma; volcó, y se hizo pedazos. Creó una visión tumultuosa, con el
tráiler de madera roto, un conductor aturdido sentado en el arcén, y con reses
heridas o muertas yaciendo en el suelo y corriendo o cojeando en el arcén, y
entre la carretera y un cercado de alambre de espino.
Cuando ocurrió, tres coches llenos de cheyenes de Seiling, todos vestidos
elegantemente para asistir a la iglesia en una ciudad cercana, llegaron por la
carretera justo después del accidente. Los hombres iban vestidos al estilo de
los «indios del oeste», con sombreros de cowboy, pañuelos de cuello,
vaqueros, chaquetas, cinturones con grandes hebillas, y botas camperas. Las
mujeres llevaban vestidos largos, chales, y mucha artesanía de cuentas y
joyería de turquesa. Todos iban de etiqueta.
Cuando vieron el accidente pararon los coches y salieron para ayudar al
conductor. Resultó que éste era un ranchero local al que conocían, así que lo
pusieron cómodo y mandaron a uno de los coches para que llamase a una
ambulancia. Cuando el conductor entró en razón se dio cuenta de cuál era la
situación, y amablemente les dijo que se quedasen con las reses muertas o
heridas, puesto que de todas formas no se podían llevar al mercado. Así que
otro de los cheyenes se fue a la ciudad a llamar a todos sus parientes para que
viniesen y los ayudasen a descuartizar y transportar las reses. Mientras tanto,
los cheyenes que estaban en el lugar del accidente se pasearon por todos lados
entre las reses muertas colocando sobre el ganado sus pañuelos, sombreros,
chales, cinturones, y joyería, con objeto de reclamarlas para sus familias.
Pusieron pañuelos en los cuernos, sombreros y cintas de sombreros en las
cabezas, y cinturones alrededor de los cuellos del ganado. Al escasearles tales
artículos, algunos hombres pusieron sus botas en las patas de las vacas.
Poco después empezaron a llegar los familiares de la ciudad con sus
coches y camionetas, y llegó la ambulancia para llevarse al conductor al
hospital. En el mismo momento llegó el coche del sheriff con dos ayudantes,
para determinar el alcance de los daños en el lugar. No sabían qué hacer con
la escena que teman delante. Vieron un puñado de vacas muertas decoradas
con joyería, pañuelos, sombreros y prendas, y vieron a algunos indios
persiguiendo vacas por todos lados e intentando matarlas con hachas,
martillos, y herramientas de cambiar neumáticos. Se les caían los pantalones
porque no tenían cinturones. Algunos no tenían zapatos y otros habían sido
pateados y heridos por las vacas heridas. Había sangre por todas partes. Un
hombre estaba salpicando sangre por todos lados al golpear a las vacas con un
gran palo, contando los golpes. Vieron a mujeres indias sentadas sobre vacas
muertas, salpicadas de sangre, y un poco más allá, junto a la valla, vieron a un
hombre que yacía en el suelo, cubierto de sangre, estirado entre dos vacas.
Interpretaron que tenían una catástrofe en sus manos y llamaron a las
ambulancias de las ciudades de los alrededores.
Pronto empezaron a llegar las ambulancias y el primer hombre al que
eligieron para atender fue el que estaba estirado entre las dos vacas. Parecía
consciente pero no se levantaba. Cada vez que lo cogían, se dejaba caer al
suelo y se estiraba para tocar a las dos vacas. Finalmente se enfadó y gritó:
«¡Dejadme en paz! Estas vacas son mías». Los camilleros de la ambulancia lo
cogieron de nuevo e intentaron ponerlo en la camilla. Se resistió. El sheriff
había oído por casualidad la conversación desde lejos y se acercó para ayudar.
«¿Alguien tiene una queja?»,[53] preguntó. «Sí», gritó furiosamente el cheyén.
Los camilleros lo dejaron. «¿Cuál es su queja?», preguntó el sheriff. «Las dos
marrones pequeñas», dijo el hombre, que caminó y se dejó caer de nuevo en
el suelo, entre las dos vacas.
Mientras tanto, algunos de los cheyenes habían interpretado que el sheriff
estaba intentando evitar que se llevasen las vacas, así que en lugar de
descuartizar las vacas en el lugar, empezaron a empujar con frenesí a las reses
muertas en la parte trasera de las camionetas e incluso en los asientos de los
coches. Metieron a empujones a dos vaquillas jóvenes en los asientos traseros
de un viejo Chevrolet sedán. Al mismo tiempo, los camilleros de las siete o
más ambulancias que habían llegado de las ciudades circundantes buscaban
personas heridas. Dondequiera que veían a una mujer salpicada de sangre y
sentada sobre una vaca, le preguntaban si estaba herida. Las mujeres indias,
no queriendo parecer maleducadas, siempre decían que sí y subían a las
ambulancias.
Dos camilleros se acercaron hasta el Chevrolet sedán y miraron en el
asiento de atrás en busca de más víctimas del desastre. Uno le dijo al otro:
«Mejor que lo veas tú mismo; no lo vas a creer». El otro ayudante miró en el
interior y vio dos vaquillas muertas sentadas en los asientos, una con un
sombrero y la otra con un cinturón de turquesas como pañuelo.
En ese momento, una de las vacas heridas volvió en sí, saltó, y echó a
correr. Dos indios jóvenes la agarraron por el cuello y ésta empezó a
arrastrarlos por el arcén de la carretera. Al ver esto, uno de los ayudantes
temió que la vaca hiriese a alguien, así que sacó su pistola y corrió tras ella,
disparándole en el corazón. La vaca se desplomó, punzando a uno de los
indios, que empezó a gritar en cheyén. El otro hombre pensó que el ayudante
le había disparado a su amigo, así que se asustó y se dio a la fuga atravesando
la carretera, corriendo frente a un coche lleno de gente que pasaba, que tuvo
que irse a la cuneta para evitarlo, lo que hizo que todos en su interior se
golpeasen la cabeza y fuesen zarandeados. Afortunadamente para ellos, había
ambulancias por todas partes.
Para entonces el sheriff ya había tenido suficiente, así que se plantó junto
al camión de ganado y disparó su pistola al aire tres veces. «Escuchad todos
—gritó—. Tranquilos y escuchad. Quiero que sepan que todos los presentes
irán al hospital o bien vendrán conmigo». Cuando dijo eso, una de las mujeres
indias que tema una vaca en su camioneta se largó y se dirigió a casa. Uno de
los ayudantes se subió corriendo en el coche de policía y la persiguió, con las
sirenas y las luces centelleando. El conductor del Chevrolet sedán con las dos
vaquillas se aprovechó de la situación y se largó en la otra dirección. Fue
arrestado más tarde conduciendo por la calle mayor de Watonga con dos
vaquillas vestidas en el asiento de atrás, pero la policía local no supo por qué
arrestarlo.
Después de que se hubiesen largado los vehículos, el sheriff disparó otra
vez al aire. «Está bien, quiero que todos forméis dos filas. Si vais al hospital,
alineaos a mi izquierda. Todos los demás a mi derecha».
Y se alinearon tal como se les había dicho, y la gente que se fue al hospital
tuvo que quitarse la ropa y se les hizo un reconocimiento, y a las personas que
se fueron con el sheriff se las encerró en prisión y se les tomaron las huellas
dactilares. Las personas que se fueron a casa con las vacas tuvieron carne
abundante para comer, pero les llevó casi dos semanas sacar a todo el mundo
de la cárcel, y aclararlo todo. Después del incidente, las familias que pararon
aquel día para reclamar las vacas fueron conocidas como la «banda de las
vacas».