Los cheyenes
3. El nomadismo pastoral
CAPÍTULO 3
EL NOMADISMO PASTORAL
Todas las sociedades humanas cambian con el paso del tiempo. Pueden cambiar por razones positivas debido a la disponibilidad de nuevas herramientas o técnicas, o a la oportunidad de ocupar un nuevo territorio. También pueden cambiar por razones negativas, como el agotamiento de los recursos a la competición con otras sociedades, o pueden cambiar debido a rápidos crecimientos o decrecimientos de la población. Aunque los cambios culturales puedan suceder gradualmente con el paso del tiempo, algunas veces son repentinos y drásticos. Se utiliza la palabra «etnogénesis» para describir cómo ocasionalmente los seres humanos crean culturas y sociedades nuevas y originales al combinar las partes y pedazos de las culturas preexistentes de una forma diferente e innovadora. Normalmente, la etnogénesis implica la invención de una nueva estructura social y económica en la que se apoyan los demás aspectos de la nueva cultura. En el caso de los cheyenes en el siglo XVIII, la nueva estructura fue un tipo de nomadismo pastoral, y se basó en gran medida en la caza del bisonte a caballo. Construido según el patrón de las culturas que ya vivían en las llanuras, como los kiowas y los crows, esta nueva cultura cheyén se basaba en la entrega a un estilo de vida migratorio, en el que cada persona tenía que estar inmediatamente preparada para recoger todas sus posesiones y trasladarse rápidamente a otro lugar. Había dos ventajas principales para adoptar este tipo de vida: económicas y militares.
Económicamente, la existencia nómada les proporcionó a los cheyenes el acceso a los bisontes en todas las estaciones. En una de sus localizaciones anteriores, en Mille Lacs, los cheyenes, al igual que sus vecinos dakotas, tenían que esperar cada año a que los bisontes se trasladasen a lugares donde pudieran cazarlos. Por consiguiente, la caza del bisonte era estacional y requería mucha preparación y marchar a pie o viajar en canoa hasta las praderas de Illinois, Minnesota y Iowa. Si los cazadores tenían éxito, debían secar o ahumar la carne y cargarla durante todo el camino de vuelta hasta sus poblados de origen, o cargarla en canoas en un difícil viaje río arriba.
Incluso cuando en tiempos posteriores vivieron en Biesterfeldt, en las praderas y poseyendo caballos, los cheyenes aún se vieron limitados en la caza por la necesidad de dejar algunas personas en el poblado para defender sus huertos y alimentos de las incursiones de las tribus enemigas. Estos esfuerzos defensivos fracasaban algunas veces, como cuando los chippewas atacaron el poblado de Biesterfeldt, y más tarde cuando los arikaras asaltaron poblados cheyenes en los ríos Missouri, Grand y Cheyén para robar sus reservas de maíz y otros productos hortícolas. Por tanto, una vida agrícola no sólo limitaba el número de cazadores disponible, debido a dicha necesidad de dejar atrás a algunos hombres, sino que también afectaba a la movilidad geográfica de los cazadores activos: no se atrevían a viajar demasiado lejos ante la posibilidad de que tuviesen que volver a casa rápidamente para luchar o para ahuyentar a los grupos extraños que se acercasen demasiado.
En algún momento del siglo XVIII las bandas cheyenes, probablemente no todos al mismo tiempo, decidieron dejar atrás la agricultura y zarparon a navegar a través del gran mar de hierba que se extendía desde los bosques subárticos de la actual Alberta hasta los desiertos de México al sur, y desde Minnesota y Missouri hasta las Montañas Rocosas de Wyoming y Colorado al oeste. Las ventajas de esta decisión para la caza eran obvias. Como sociedad nómada, podían llevarse consigo a cazar a toda la población, y no sólo tener el máximo de cazadores ocupados en la caza, sino también al máximo número de mujeres en el cercano campamento troceando y secando rápidamente una gran cantidad de carne para evitar que se echase a perder. También podían tener más éxito en encontrar bisontes, puesto que podían desplazarse a cualquier lugar al que lo hiciesen éstos, sin tener que preocuparse de volver a un poblado base.
Una ventaja económica colateral para convertirse en nómadas fue la oportunidad del comercio de larga distancia. Como de algún modo los cheyenes habían comerciado en sus anteriores poblados en Minnesota y en las dos Dakotas, la transición al nomadismo les permitió servir como intermediarios comerciales entre los horticultores ribereños, como los mandan y los arikaras, que poseían rifles de Canadá, y las tribus de las llanuras, como los apaches y comanches, que eran ricos en caballos. Naturalmente, para asumir este papel de intermediarios se harían enemigos y necesitarían alianzas militares. Pero ya tenían poderosos aliados entre los grupos dakotas y lakotas, y conocían muy bien a grupos del Missouri central tales como los mandan y los arikaras debido a su estancia como agricultores en esa área.
Poner a toda la sociedad a lomos de caballo también tenía ventajas militares. Por ejemplo, el poblado podía desplazarse rápidamente, de día o de noche, para alejarse de sus enemigos hacia un lugar más seguro, así como mantener junta a toda la población. Igualmente, si los cheyenes podían poner a todos sus guerreros a lomos de caballo, tendrían las ventajas de la movilidad de maniobra y de la altura al luchar contra guerreros a pie. Además, los guerreros montados cheyenes podían dispersarse para recoger noticias sobre la localización de los enemigos, volviendo para informar al cuerpo principal en algún lugar de reunión acordado de antemano.
Incluso con las oportunidades para la caza y la disponibilidad del comercio en el siglo XVIII, y con la promesa de mejorar los éxitos en la guerra, los cheyenes deben haberse sentido preocupados en lo referente a deshacerse de sus territorios y huertos nativos y partir hacia las llanuras. Pero durante tales períodos de estrés y tensión cultural, con frecuencia las sociedades humanas encuentran alivio en las creencias sobrenaturales, y en las palabras y acciones de los profetas y héroes culturales. En el caso de los cheyenes, la certeza de su éxito la proporcionó el profeta Mutsiev, o Medicina Dulce, que visitó una montaña sagrada en las Colinas Negras y volvió con cuatro flechas, dos de las cuales asegurarían su éxito en la caza, y las otras dos destruirían a sus enemigos. Animados por la posesión de las flechas, y por las creencias y ceremonias que las acompañaban, los cheyenes rompieron valientemente con el pasado y entraron en una nueva era en la que, tal como veremos en los capítulos siguientes, prosperaron de muchas formas, y se convirtieron en una de las principales fuerzas comerciales y políticas de las Grandes Llanuras.
Para partir hacia las llanuras, los cheyenes teman que poseer un inventario especial de habilidades y equipo: todo tenía que ser móvil y ligero. Igualmente, debían convertirse en una sociedad centrada en el caballo, puesto que los movimientos rápidos exigían que todo se cargase o fuese tirado por caballos. No sólo dejaron atrás las casas de barro y las empalizadas, sino también las herramientas pesadas como las azadas, rastrillos, manos y metates. En el nuevo inventario cultural, las dos cosas más importantes fueron los tipis y los caballos.
La construcción de los tipis de las praderas
Un tipi es básicamente una piel o tela para cubrir, aguantada internamente por palos. En general, en lo referente a su construcción y aspecto exterior, se parece a las casas cubiertas de corteza y pieles de las áreas ártica y subártica de Norteamérica,
Siberia y Europa.[7] Pero algunas de las características en la construcción de un tipi de las praderas los hace únicos. En primer lugar, las pieles de la cubierta se cosen juntas siguiendo una forma preestablecida, tal como se muestra en la figura 3.1, en lugar de echárselas directamente sobre una estructura de palos cónica o semiesférica. En segundo lugar, está cubierta cosida está diseñada para producir una casa con forma de cono boca abajo, con una puerta grande, pequeños agujeros en la parte de delante para cerrar y solapas para el humo. Esta combinación de características hace al tipi de las llanuras único entre las tiendas.
Fig. 3.1. Diseño de un tipi cheyén hecho con pieles de bisonte (en Nabokov y Easton, 1989: 155;
redibujado por Wenqiu Zhang).
Aunque podrían haberse elegido pieles de alce o ciervo para la cubierta de las casas, los cheyenes y otros grupos de las llanuras utilizaban las pieles de bisonte porque eran más gruesas, más fuertes y menos granuladas, y por lo tanto menos dadas a rasgarse. Para hacer que las pieles de bisonte fuesen tan ligeras y compactas como fuese posible, se les quitaba el pelo y se las raspaba hasta dejarlas delgadas. Se curtían y engrasaban las pieles para que la cubierta de la casa fuese impermeable y pudiese plegarse en un fardo compacto y cuadrado (Grinnell, 1962: vol. 1, 213-217). La cubierta de la casa acabada podía pesar entre 45 y 136 kilos, dependiendo del tamaño del tipi y del grosor de las pieles (véase la fotografía 3.1).
Fotografía 3.1. Tipis cheyenes hechos con piel de bisonte (fotografía realizada por Will Soule en Fort Sill, territorio de Oklahoma, en 1868, Colecciones de Historia del Oeste, Universidad de Oklahoma).
Cada una de las tribus de las llanuras adoptaba ciertos estilos en la construcción de los tipis, lo que hacía a sus campamentos visiblemente diferentes unos de otros. En el siglo XVIII un viajero experimentado en las llanuras podía saber la identidad de un poblado de tipis sólo con verlo. Los cheyenes se distinguían por tener tipis «blancos como el lino» debido a que el proceso de curtido utilizado producía pieles de bisonte blancas. Esta blancura se realzaba con la aplicación de arcilla blanca o de selenita cocida, un tipo de yeso. Cuando se utilizaba selenita, los tipis no sólo eran blancos sino que realmente centelleaban al sol. Después de unos pocos meses de uso invernal, las casas se oscurecían alrededor de los agujeros para el humo, pero aun entonces, la impresión prevaleciente de un campamento cheyén era que los tipis eran blancos. Después de que empezasen a utilizar la lona, los cheyenes todavía conservaron la tradición de los tipis blancos (fotografía 3.2), aunque algunas de las otras tribus teñían las lonas de colores brillantes.
Otra característica de los campamentos cheyenes era que entre los tipis blancos había unos pocos que estaban pintados de forma espléndida y colorida con motivos geométricos, símbolos naturales y escenas de guerra. Alrededor de 1902, el antropólogo James Mooney supervisó la construcción de dieciocho modelos a escala de estos tradicionales tipis cheyenes pintados. Los más significativos eran aquellos que guardaban las flechas sagradas cheyenes y su sagrado sombrero de bisonte. El tipi de Coyote Hambriento, que aparece en la figura 3.2, combina motivos geométricos y dibujos realistas de sus caballos.
Fotografía 3.2. Campamento cheyén en tomo a 1890: estos tipis de lona aún son principalmente
blancos, pero los más viejos están manchados de humo en su parte superior (Colección Shuck,
Colecciones de Historia del Oeste, Universidad de Oklahoma).
Al igual que el Partenón de Atenas, las dimensiones y construcción de un tipi cheyén no son tan sencillos como parecen. Así como el Partenón no es realmente un rectángulo y las columnas no son realmente del mismo tamaño por razones estéticas, el tipi cheyén, la cubierta se aparta de la forma cónica y su base de una disposición circular debido a sutiles razones de comodidad y estabilidad. Cuando se erige de forma adecuada, un tipi de los indios de las llanuras permanece estable ante los fuertes vientos, inclinándose y disminuyendo de altura en lugar de ser derribado. Abrochado adecuadamente en invierno, el tipi sólo necesita un pequeño fuego para mantener una confortable temperatura interna superior a los 10 °C.
Fig. 3.2. Tipi pintado de Coyote Hambriento (ver Fagin, 1988: 272).
Fig. 3.3. Posición de los postes de un tipi cheyén (en W. Campbell, 1915: 689; redibujado por Wenqiu
Zhang).
La construcción y montaje de la casa cheyén era algo diferente a los de otras tribus, aunque utilizasen la misma «base de tres palos» que los dakotas. Los palos para la casa que utilizaban los cheyenes provenían de dos tipos de árboles diferentes, uno de los cuales, el pino, tiene una distribución más hacia el norte. Los cheyenes del sur, al igual que otras tribus del sur, utilizaban palos de cedro, que eran más pesados, pero más fuertes y más resistentes a la podredumbre en la base, allí donde el palo se clavaba en la tierra.
Aunque las familias cheyenes diferían de algún modo en sus técnicas para erigir un tipi, tiende a existir un proceso cheyén estándar que ha sido descrito por Walter Campbell y que todavía se utiliza entre los modernos cheyenes. El procedimiento se empieza erigiendo tres de los palos más largos y rectos del tipi e inclinándolos hasta juntarlos cerca de sus finales, de forma que el palo frontal, erigido e inclinado en el ángulo correcto con los otros dos, sea más largo. La cuerda que se utiliza para atar el trípode tiene entre nueve y quince metros de largo y se deja colgando en el centro mientras se erige el trípode con la puerta orientada hacia el sudeste (figura 3.3). Los otros palos delanteros, quizás de un total de seis a diez, dependiendo del tamaño del tipi, se colocan entonces en la horquilla del trípode creada por los palos norte y sur, trabajando hacia el norte, desde la puerta hasta el palo norte del trípode, y luego trabajando hacia el sur, desde la puerta hasta el palo sur. Cuando se han dispuesto adecuadamente los palos frontales al estilo cheyén, el modelo debería recordar a los dedos de la mano izquierda doblados dentro de los dedos de la derecha. Luego se añaden los palos traseros y laterales: los traseros en el exterior de los palos frontales en la misma horquilla, y los laterales entre los palos traseros, frente a donde se cruzan los palos norte y sur. Opuesto a la puerta se deja un espacio vacío en la disposición de los palos para el principal palo trasero, que cargará la cubierta del tipi.
Con los palos colocados así, en una disposición aproximadamente circular, pero más juntos de lo que estarán cuando se añada la cubierta, se pasa la cuerda que cuelga a través de los palos hasta el palo norte, dando cuatro vueltas alrededor de la estructura y atándola suavemente en el palo norte. Después se coloca un palo largo y fuerte en el suelo, al oeste de la estructura de palos, apuntando hacia ésta, y se apoya la cubierta sobre la estructura con la parte exterior hacia arriba y los lados enrollados hasta encontrarse en el centro. Se ata entonces la cubierta al palo con una cuerda corta mediante una solapa especial añadida con ese fin a la parte superior de la cubierta. Luego se alzan la cubierta y el palo, colocándolos en su lugar —un trabajo que exige la colaboración de varias personas—, y se desenrolla la cubierta alrededor de ambos lados del tipi. Las mujeres cheyenes, que son las que normalmente erigen los tipis, utilizan palos largos horquillados para bajar el palo trasero a su lugar.
Ajustar los palos en el interior del tipi requiere una gran cantidad de tiempo. Lo ideal sería que las bases de los palos se empujasen de forma gradual hasta adquirir la forma de un óvalo en el suelo, con el eje mayor yendo de la parte frontal a la trasera. Dado que el cono del tipi se inclina hacia atrás, esto permite colocar el fuego en la parte trasera del tipi, bajo el agujero para el humo, dejando un área abierta delante. Ésta es una de las sutilezas del diseño de un tipi, y anticipándose a la forma oval del suelo y a la inclinación del tipi, se ha cosido la cubierta de forma que tenga unas dimensiones mayores desde la parte superior hasta la parte inferior de la puerta, que desde la parte superior hasta la parte trasera, y para que tenga una curva más aguda
hacia atrás que hacia delante.[8]
Con la cubierta y los palos en una posición suelta, se abrocha la cubierta en la parte frontal, con la cubierta sur sobre la norte, utilizando palos de madera de cornejo. Para poder alzarse hasta los palos superiores se necesita una escalera o una mesa; en épocas anteriores se ataba un travesaño cruzando los dos palos de la puerta y alguien se subía a éste para abrochar la parte superior de la cubierta. Después de abrocharla, la cubierta está lista para ser tensada. Para mover un palo del tipi desde el interior, se lo gira ligeramente para aflojarlo de la cuerda en la parte superior, estirándolo hacia el exterior para tensar la cubierta. Cuando se han encontrado las posiciones correctas para los palos se coloca suavemente cada palo en el suelo, bien clavando la afilada base en el suelo, bien excavando un pequeño agujero con un hacha.
Los tres últimos pasos para erigir un tipi son: apuntalar la cubierta en la base, ajustar las solapas para el humo y añadir la puerta. Las cubiertas de tipi hechas con pieles de bisonte tenían los agujeros para las estacas a lo largo de la base, cuyas pieles eran más gruesas en el borde para reforzar el área alrededor de las estacas. Éstas se hacen con madera de cerezo de Virginia, que no suele astillarse cuando se clavan. Cada estaca está hecha de una rama de cerezo de Virginia con una rama lateral cerca de la base; el pequeño final de la rama es la punta de la estaca, y el cabo de la rama lateral, que apunta hacia abajo, se engancha alrededor de la cubierta del tipi.
Para colocar en posición las solapas para el humo se inserta un palo largo y estrecho en la bolsa de cada solapa, y se los dobla alrededor del tipi, colocándolos en el suelo de la parte trasera. Se atan a las estacas las cuerdas colocadas en la base de las solapas para el humo. Al ajustar los palos y estacas de las solapas siguiendo la dirección del viento se asegura el tiro para el fuego en el tipi, de forma que el aire entre por la puerta o por debajo de la cubierta y el humo salga por la parte superior. Cuando llueve se superponen las solapas, la sur sobre la norte. La mayoría de los tipis cheyenes tienen puertas redondas u ovales, que se cuelgan de los palos de cornejo usados para abrochar la cubierta más cercana a la base. Algunas veces simplemente hay en la cubierta una hendidura que hace de puerta, en lugar del agujero para una puerta separada.
Cuando se erige un tipi para un acontecimiento especial, una reunión o ceremonia, se alternan y entrelazan los palos delanteros y traseros en la horquilla del trípode, en lugar de encajarlos como los dedos de la mano izquierda dentro de los de la derecha. Cuando los visitantes de un campamento ven esta disposición entrelazada saben que no se puede entrar en ese tipi sin un permiso especial. Algunas familias y organizaciones también poseen su forma única de clavar y entrelazar los palos del tipi en la parte superior, aunque en la actualidad la mayoría de la gente utiliza la disposición estándar descrita aquí. Algunas veces, por ejemplo en las ceremonias anuales, puede erigirse un doble o triple tipi alrededor de dos conos de palos con dos o tres cubiertas abrochadas juntas.
Fig. 3.4. Cómo se cosen juntas las tiras de lona para hacer la cubierta de un tipi cheyén (en W.
Campbell 1915: 686; redibujado por Wenqiu Zhang).
Las cubiertas de lona de los tipis son naturalmente más ligeras que las antiguas cubiertas de piel, y empezaron a utilizarse a mediados y finales del siglo XIX. La figura 3.4 muestra cómo se han cosido juntas las tiras de lona para hacer un tipi. El diseño y construcción de la cubierta de lona es aproximadamente el mismo que el de piel de bisonte, excepto que se cosen lazos alrededor del borde para sujetar las estacas, puesto que la lona ligera no soporta que una estaca la atraviese. Algunos tipis, especialmente en la época actual, tienen correas o cuerdas cosidas a la cubierta a un metro del borde, en el interior y exterior, de forma que la cubierta pueda enrollarse y atarse todo alrededor cuando hace calor.
En la época de las reservas, hacia finales del siglo XIX, las tiendas rectangulares empezaron a reemplazar a los tipis como residencias de verano, mientras que en invierno se utilizaban cabañas de troncos y pequeñas casas de madera para residir. Incluso ahora, algunas familias cheyenes se trasladan a sus tipis y tiendas en verano, erigiendo un cenador de arbustos para el área de cocina; en sus anuales ceremonias de primavera y asambleas de verano cientos de familias cheyenes todavía erigen sus tiendas y tipis. Los últimos cheyenes que vivieron todo el año en tiendas y tipis fueron algunos de la banda de Luna Roja en Hammon, Oklahoma. El último segmento de esa banda se trasladó del «Campamento Oeste» a las casas de la ciudad cuando recibieron un poblado a cambio de la tierra que el gobierno de EEUU les quitó ilegalmente a los cheyenes en Colorado, violando el Tratado de Fort Laramie de 1851.
Fotografía 3.3. Un travoi construido con palos de tipi; detrás del caballo con el travoi puede verse un
caballo de carga (Colección Campbell, Colecciones de Historia del Oeste, Universidad de Oklahoma).
Podría decirse mucho más sobre el comportamiento que acompaña la construcción y el uso de los tipis cheyenes. En concreto existe una etiqueta que hay que observar al entrar y salir de los tipis. Estos temas se considerarán en el contexto de la religión y de la estructura social en posteriores capítulos. Aquí sólo he intentado describir la tecnología básica, enfatizando la combinación de características que son únicas de los cheyenes.
Los caballos: doma y uso
Cuando los tipis descritos arriba estaban hechos con pieles de bisonte, cada uno requería tres caballos para transportarlo. Una cubierta de tipi hecha con once pieles en la época aborigen pesaba cerca de noventa kilos, necesitaba dieciocho palos, y para viajar se colocaba entre dos palos largos de tipi arrastrados detrás de un caballo, formando un travoi. Los demás palos del tipi no eran tan pesados como incómodos de transportar, siendo arrastrados por otros dos caballos, ocho cada caballo, cuatro a cada lado, dispuestos a menudo como travois con equipo o alimentos cargados entre los palos (fotografía 3.3). Obviamente, el transporte de la cubierta y de los palos requería caballos; los humanos o los perros no hubiesen podido transportar o arrastrar fácilmente todo un tipi muy lejos. Vemos así por qué los tipis y los caballos son inseparables cuando consideramos la tecnología adoptada por los cheyenes para convertiste en nómadas de las llanuras.
Los caballos evolucionaron en América durante el terciario, pero para la época moderna se habían extinguido en el hemisferio occidental, aunque habían migrado a Asia durante «el intercambio de fauna» causado por el puente de tierra del Estrecho de Bering durante el pleistoceno. Irónicamente, los caballos, que en última instancia llegarían a ser tan importantes para los cheyenes, pasaron en la dirección contraria entre Alaska y Siberia cuando los antepasados de los cheyenes emigraron a Norteamérica.
Los antepasados de los caballos que llegarían a ser conocidos como «ponis indios» fueron principalmente caballos españoles, algunos de los cuales ya en el siglo XVI se escaparon para crear manadas de caballos salvajes en Texas y Nuevo México.
[9] Estos caballos eran más pequeños que los actuales caballos de montar, y pesaban quizás una media de 400 kilos. Una pequeña hembra podía pesar tan sólo unos 300 kilos, mientras que un semental grande y bien alimentado podía ser tan grande como un caballo de montar americano medio, de unos 500 kilos. Sin embargo, investigaciones recientes indican que el tamaño generalmente más pequeño de los caballos salvajes y de los ponis indios puede haber sido producto de una pobre nutrición más que de una adaptación genética a la vida salvaje. Las manadas de caballos indios no sólo provenían de las manadas salvajes, sino que también se reponían continuamente con caballos domesticados obtenidos de los ranchos mexicanos al sur y de los angloamericanos al este. Así pues, una manada de ponis indios en el siglo XIX podía incluir algunos caballos salvajes, algunos mexicanos y angloamericanos domesticados, su descendencia, y también algunas mulas.
Los cheyenes poseen por lo menos dos relatos tradicionales que explican dónde adquirieron sus caballos, y probablemente ambos sean muy exactos. Los cheyenes del norte dicen que sus antepasados consiguieron sus primeros caballos de los arapahoes, y los cheyenes del sur dicen que los apaches fueron su fuente. El hecho de que los cheyenes posean dos palabras diferentes para «caballo», al igual que dos historias diferentes, podría indicar que al menos dos bandas distintas los recibieron en diversas ocasiones de fuentes diferentes. Los cheyenes del norte se refieren a los caballos como mohéno, la misma palabra que para «alce», mientras que los cheyenes del sur se refieren al caballo como nathoze, que significa «mi mascota», un término que se usa también para los perros. La tradición cheyén del sur también nos cuenta que, junto con los caballos, recibieron de los apaches cuatro paquetes medicinales para
administrárselos y adiestrarlos.[10] En mi trabajo de campo he tenido el privilegio de consultar a tres de los cuatro últimos guardianes de estos paquetes medicinales: Henry Mann, Roy Bull Coming [Toro Entrante] y Edward Red Hat.
El método tradicional cheyén para adiestrar caballos es radicalmente diferente tanto del método español como del angloamericano. Por regla generad, a los caballos nacidos en manadas cheyenes no se los «domaba» para que realizasen sus tareas de transportar a los jinetes o tirar de las cargas, sino que se los «suavizaba». Desde que nacían, los caballos eran atendidos por chicos que vigilaban las manadas cada día, que los acariciaban, les hablaban y jugaban con ellos. A veces el dueño de un potro, normalmente un adulto, visitaba al joven caballo en los pastos y le cantaba y acariciaba, algunas veces fumando una pipa y echándole el humo a la cara. A medida que el potro crecía, los chicos lo cabalgaban, de forma que se acostumbrase a cargar peso y a asociarse con humanos. Cuando tenía unos 18 meses, en el otoño de su segundo año, empezaba un adiestramiento serio. Lo llevaba a cabo el dueño, algunas veces ayudado por uno de los guardianes de los paquetes medicinales. Al caballo se le cantaba y se le echaba humo en la cara, como anteriormente, y se le acariciaba con abanicos hechos de alas de águila. Poco a poco se le acostumbraba a la silla, a la brida de cuerda suave y al jinete. Si el caballo iba a destinarse a la caza o la guerra, el adiestramiento era más intenso. Si sólo se iba a destinar a cargar fardos o a arrastrar travois, el adiestramiento era mínimo y, a menudo, lo realizaban las mujeres o las chicas. Normalmente se elegían a los sementales para la caza o la guerra porque solían ser más grandes que las yeguas y, por tanto, tenían más resistencia al galopar con el peso de un jinete. Para ser un caballo de caza o de guerra, un semental debía poseer el temperamento adecuado. Los caballos de caza debían poder acercarse a un bisonte corriendo, y los caballos de guerra tenían que ser agresivos e indiferentes a las armas de fuego y a las flechas. Tan sólo unos pocos caballos especiales podían adiestrase para ambas tareas. La mayoría de los hombres tenían dos caballos, un «caballo de carreras» para la caza y otro para la guerra.
Aunque los chicos que cuidaban las manadas cabalgaban a los caballos en los pastos sin sillas de montar, los adultos preferían sillines o sillas, ambos equipados con estribos, cuando lo hacían. Es un mito que los indios por regla general o preferentemente cabalgasen a pelo; cualquiera que haya intentado cabalgar a pelo en terreno accidentado sabe que es casi imposible mantenerse en el asiento. Así pues, los jinetes cheyenes utilizaban sillines y sillas de montar. Los sillines consistían simplemente en una cubierta de cuero oval o rectangular rellena de crines o hierba, frecuentemente atados con una cuerda que rodeaba al sillín y al caballo, en lugar de una cincha de correa. Incluso sin cincha o cuerda, un sillín con estribos podía centrarse empujando con fuerza estos últimos. Sin embargo, cuando se cabalgaban, mayores distancias, o a un paso más ligero que andar, los cheyenes utilizaban silla. Las primeras sillas de montar cheyenes se hicieron siguiendo el modelo español, con perilla y arzón de madera altas, algunas veces unidas con cuero de vaca seco y ensilladas normalmente sobre una piel de bisonte o una manta de silla de lana. Se echaban otras pieles o mantas sobre la silla de madera como almohadilla para el jinete. Cuando en el siglo XVIII los cheyenes se vieron envueltos en las redes comerciales de las praderas, las mantas mexicanas y navajas fueron sustituidas por pieles de bisonte. Más tarde aún, empezaron a utilizar sillas de montar de cuero de tipo americano, adquiridas en el comercio o capturadas en incursiones o en la guerra.
Dado que los caballos cheyenes habían sido suavizados en lugar de domados, lo ideal era que los jinetes no tuviesen que cogerlos con el lazo cuando tenían que cabalgar, sino simplemente aproximarse a ellos lentamente, hablando o cantando, y colocarles una cuerda guía corta, que a menudo se ataba a la perilla cuando el caballo estaba ensillado. Para controlar al caballo se ataba una cuerda alrededor de la quijada inferior de éste con un ballestrinque como brida, con los dos extremos de la cuerda sirviendo de riendas. Sin embargo, los jinetes cheyenes presumían de controlar sus caballos sin tocar las riendas, presionando con sus rodillas en su lugar. Se dice que los mejores jinetes (p. ej., adiestradores de caballos) podían controlar caballos sin jinete tan sólo con órdenes orales y señales manuales, y lograr por medio de la voz que se acerque un caballo que está pastando y permanezca quieto para ensillarlo sin atarlo o sujetarlo, representaba lo mejor de la equitación y medicina equina de los cheyenes.
Algunos cheyenes adiestraban y controlaban a sus cabedlos a la manera de los españoles, especialmente los caballos salvajes capturados en Colorado a principios del siglo XVIII. Para domar a uno de tales caballos se lo maneaba y ataba a una estaca, y se lo embozalaba o amordazaba fuertemente durante un día o más. Luego se le permitía sobrealimentarse de hierba verde, llenándose el estómago de forma muy incómoda. Para domarlo, si era posible, se lo llevaba a un río o lago para que se hinchase de agua que, si era necesario, amortiguase la caída del «domador». Luego se lo montaba. Cuando el caballo dejaba de revolverse bajo el jinete y estaba «domado», una serie de jinetes lo cabalgaban por los alrededores durante varias horas, hasta que se agotaba, de forma que se acostumbrase a la idea de ser cabalgado. Algunas veces tenía que domarse a un caballo varios días seguidos, pero según los especialistas actuales, los jinetes cheyenes nunca confiaban en el comportamiento de tal caballo de la misma forma en la que confiaban en aquellos que eran suavizados. Aunque algunos cheyenes usaban espuelas, látigos y bocados de metal, el método cheyén más respetado era tratar con delicadeza y controlar con la mínima represión.
Los cheyenes utilizaban dos artefactos para transportar sus pertenencias: los fardos y los travois. Los travois se utilizaban en las llanuras abiertas, mientras que los fardos se utilizaban en terreno rocoso o accidentado. Ambos eran simplemente versiones a una escala mayor de artefactos utilizados en un período anterior en el que los perros eran los únicos animales usados en el transporte. Los fardos se cargaban en dos o tres secciones. Las dos primeras secciones pesaban lo mismo y colgaban a los lados del perro o del caballo, atados con dos cuerdas bajo el pecho y barriga. En el caso de los cabedlos, si nadie lo cabalgaba, se añadía a veces un tercer fardo en la grupa. Podía utilizarse una silla de montar, o un fardo a modo de silla, con una cincha, para crear un afianzamiento en la grupa del caballo sobre el que colocar los fardos.
Los perros no llevaban un tercer fardo porque representaban una plataforma muy inestable al viajar, saltando sobre rocas y arbustos, parando para rascarse y, en general, deshaciendo constantemente su carga. A los perros de caiga que transportaban fardos con equipo se les permitía seguir a sus dueños cuando éstos viajaban, pero aquellos que transportaban alimentos eran conducidos con una correa para evitar que se los comiesen. Los cabedlos de carga se conducían mediante una cuerda si no se los cabalgaba, siendo muy estables, aunque los cheyenes preferían las mulas, cuando disponían de ellas, para transportar fardos.
El travoi era un ingenioso invento de los indígenas americanos, extraordinariamente apropiado para las praderas sin caminos. La idea fundamental del travoi era atar una cuerda entre dos palos largos cerca de su extremo, dejando unos sesenta centímetros de cuerda entre los palos. Los palos se colocaban a cada lado del caballo con la cuerda colocada a través de su cruz. Luego se ataban dos travesaños a los palos detrás del caballo, y se enrollaba una cuerda o correa de cuero alrededor de ambos travesaños de forma que sirviese de plataforma para transportar alimento, gente o equipo. El caballo podía entonces ser conducido o cabalgado.
Fotografía 3.4. La familia de Cuerno Corto fotografiada en 1889 en Fort Keogh, Montana (Archivos
Antropológicos Nacionales de la Smithsonian Institution, Colección de la Oficina de Etnología
Americana).
Un caballo podía arrastrar dos o tres veces más peso en un travoi de los que podía llevar como caballo de carga. Mientras que un caballo de carga o una mula podían transportar unos 90 kilos, un travoi podía transportar entre 225 y 270 kilos en terreno llano y duro. Debido a que los palos estaban orientados hacia arriba y hacia delante sobre el caballo, tendían a no enredarse en los arbustos sino más bien a apartarlos, de forma que la carga no se quedaba enganchada, a diferencia de lo que sucedía con los fardos transportados por los caballos de carga. Los cheyenes preferían no utilizar los palos de tipi como travois, debido a que los palos de travois pronto empezaban a desgastarse por un lado a causa del arrastre. En lugar de ello preferían construir estructuras de travois permanentes con palos más cortos, que a menudo estaban hechos de madera dura como la de roble o la de nogal. El travois de la fotografía 3.4 está construido con palos de travoi especiales, no con palos de tipi.
Una estructura de travoi permanente también podía contener un armazón hecho de ramas de sauce verde. Éstos también eran modelos a una escala mayor de aquellos dispuestos en travois para perros, como puede verse al comparar las fotografías 3.4 y 3.5. Estos armazones se utilizaban especialmente para transportar a los niños pequeños, que eran demasiado pesados para cargar con ellos, pero demasiado jóvenes para caminar durante mucho rato. Podía dejarse a los niños en el armazón y colocarse una manta o una tela sobre la apertura. En 1981, una anciana cheyén me contó que cuando era niña había viajado regularmente en tales jaulas y «siempre me hacía dormir».
Fotografía 3.5. La esposa de Caballo Negro con un travoi de perro, alrededor de 1900 (Colección
Campbell, Colecciones de Historia del Oeste, Universidad de Oklahoma).
Cuando los nómadas cheyenes empaquetaban sus posesiones para trasladarse, la mayoría de los artículos se colocaban simplemente sobre una manta, lona o piel de bisonte que a continuación era plegada por los cuatro lados y atada para hacer un fardo. Sin embargo, algunos artículos requerían envases especiales. Los alimentos, principalmente cecina de bisonte, maíz, harina, frutos secos y verduras, se guardaban normalmente en parfleches, unas bolsas planas hechas con cuero vacuno. Las parfleches, de apariencia similar a las alforjas, se plegaban en lugar de coserse. La figura 3.5 muestra las caras exteriores de una parflech de unos 90 por 180 cm. La cecina o el maíz que tenía que empaquetarse se colocaba en el centro de la parflech cuando estaba boca arriba, y luego se plegaban los cuatro lados como si fuese un sobre, dejando expuestas las caras decoradas. Los bordes de los paquetes decorados se ataban juntos usando lazos que pasaban a través de los agujeros del cuero, tal como se muestra en la figura.
Fig. 3.5. Un parflech de cuero vacuno antes de plegarse (en Laubin y Laubin, 1957: 84; redibujado por
Wenqiu Zhang).
Los artículos más abultados que debían empaquetar eran las pieles de bisonte, los colchones rellenos, las esteras de sauce y los respaldos, que se utilizaban para dormir y descansar. Todos ellos se enrollaban a la hora del transporte, algunas veces con artículos frágiles en el interior. Después de haberlos obtenido en el comercio, también tenían que transportar los pesados cacharros de cocina, junto a los tradicionales cubos y bolsas de agua, que podían ser de piel o de metal. Éstos normalmente se ataban en la parte exterior de los fardos, en alto, para evitar que se enganchasen en los arbustos.
Las pieles curtidas se utilizaban en la confección de variedad de bolsas y sacos de diversos tamaños, algunos bellamente decorados, para guardar pequeños objetos tales como herramientas, materiales de costura, juguetes y similares. Utilizaban un envase especial para su medicina personal: un trozo de material curtido con los lados más largos plegados hacia el interior, enrollado en un cilindro alrededor de los objetos medicinales, y atado con dos correas cerca de cada extremo. Cuando viajaban, los hombres en edad militar normalmente no colocaban fardos en sus caballos, sino que llevaban sus armas consigo, ya que precedían al cuerpo principal y vigilaban los flancos. Durante una marcha, algunos guerreros se quedaban atrás para guardar la fila de rezagados que inevitablemente se desarrollaba a medida que los caballos se lisiaban, las cargas tenían que ser repuestas, o la gente enfermaba.
Las familias de una banda no cabalgaban en columna como si siguiesen un camino, sino esparcidos para evitar el polvo levantado por los demás. Aunque normalmente acampaban a lo largo de ríos y riachuelos, no viajaban grandes distancias siguiendo los cursos de agua debido a los árboles y a la maleza. En su lugar, seguían rutas tradicionales por terreno más elevado que conectaba sus lugares de acampada preferidos. Tenían que evitar los desiertos, las superficies con barrancos y las áreas cubiertas de cantos rodados, conocidas en nuestra lengua como tierras malas y yermas. El traslado de una banda cheyén era una visión impresionante: entre seis y ocho mil personas con unos mil caballos llevando jinetes, fardos o tirando de travois, precedida y flanqueada por una pantalla de guerreros montados, y seguida por una fila de rezagados y manadas de caballos extra que eran conducidos por pastores montados, levantando un polvo que duraba horas y que podía verse desde kilómetros a la redonda.
Si una banda cheyén había empaquetado y estaba lista para emprender la marcha al amanecer, podía viajar 30 kilómetros al día si el terreno no era demasiado accidentado. Cuando tenían prisa o habían de escapar de los enemigos, podían empaquetar y viajar mucho más rápido. En situaciones extremas, según asesores modernos, podían dejar atrás la mayor parte de los palos de tipi, empaquetando y estando fuera de la vista en quince minutos. Si era tácticamente aconsejable, una banda podía dispersarse en todas direcciones, reuniéndose más tarde en algún lugar de acampada acordado de antemano. Dispersarse o viajar de noche significaba que el polvo no traicionaría su ruta o su lugar de reunión.
Una banda cheyén grande, con mil caballos, necesitaba un espacio considerable de pastos cuando paraban para acampar y erigir los tipis. Por consiguiente, tendían a seleccionar el lugar de sus campamentos allí donde la hierba fuese gruesa y nutritiva, y los pastos se viesen claramente desde el campamento para evitar el robo de caballos. Debido al patrón en mosaico de los suelos de las llanuras, la hierba puede ser cinco veces más gruesa y de mejor calidad en un lugar que en otro cercano; los cheyenes seleccionaban aquellos pastos cerca de los arroyos en los que la hierba era mejor y más gruesa. En concreto, buscaban tres tipos de hierbas silvestres nativas: navajita (familia de las Bouteloua), chirichiri muka (familia de las Andropogon) y
zacate chino ( [11] Buchloe dactyloides ). Aunque había infinidad de especies de hierbas nativas en las llanuras en las que vivían los cheyenes, estas tres especies de hierbas eran las dominantes antes de que proliferaran las especies foráneas. Tienden a crecer no sólo en pequeñas áreas homogéneas, sino que lo hacen con más frecuencia en amplias comunidades de especies mixtas, que cubren quizás cientos de hectáreas.
Aunque la mayor parte de los caballos cheyenes corrían libres en manadas cuidadas por jóvenes pastores, algunos caballos especialmente valiosos —los corredores y los de guerra— se ataban a estacas cerca del tipi del dueño o se maneaban cerca del campamento. Los pastores permanecían con los caballos noche y día y, de hecho, cuidar de los caballos era prácticamente la única tarea que se les asignaba a los chicos menores de catorce años. La principal dificultad al cuidar de manadas en libertad es que los caballos son muy selectivos a la hora de comer, y tienen tendencia a alejarse del campamento para encontrar sus hierbas favoritas, o las hierbas en su estado de desarrollo favorito. Por consiguiente, había una continua lucha entre los caballos y los pastores, que querían mantenerlos lo suficientemente cerca del campamento como para que los guerreros pudieran responder con rapidez si los enemigos intentaban robarlos.
Los pueblos sedentarios del Missouri central, tales como los mandan y los arikaras, no podían mantener grandes manadas de caballos debido a la limitada área de pastos seguros cerca del poblado. Si las manadas eran demasiado grandes, los caballos comían toda la hierba cerca del poblado y se trasladaban a las llanuras, siendo entonces vulnerables a los ladrones. Por consiguiente, la razón entre los caballos y las tribus horticultoras era de un caballo por cada dos o tres personas (véase Ewers, 1955: tabla 2). Para que los cheyenes abandonasen sus poblados horticultores en el siglo XVIII, primero tuvieron que acumular los suficientes caballos como para poner a toda la sociedad a lomos de caballo, con una razón cercana a 1: 1. Para lograr este incremento del ratio caballo persona atravesaron un período de transición en el que llevaron a cabo una «horticultura esporádica», plantando sus cultivos en primavera, luego partiendo para cazar durante todo el verano, y volviendo para recolectar. De esta forma ahorraban la hierba cercana al poblado para pastar en invierno y podían mantener manadas más grandes que las de sus vecinos horticultores, que cuidaban de sus huertos continuamente durante el verano y mantenían a sus caballos cerca. Fue en esta época de horticultura esporádica cuando los arikaras hacían incursiones en los vacíos poblados cheyenes a finales del verano y «robaban su maíz», que estaba indefenso, lo que alentó a los cheyenes a abandonar la horticultura y convertirse en nómadas de las llanuras.
La caza
Antes de tener caballos adiestrados para cazar bisontes, los cheyenes cazaban a pie. Tenían que confiar en técnicas como acechar, rodear y emboscar a los bisontes en las llanuras abiertas, de forma que a menudo aprovechaban estructuras naturales o hechas por los humanos que cazadores a pie habían utilizado durante siglos. Algunas de las construcciones para matar bisontes se llaman «saltos» de bisonte: caras de precipicios casi invisibles desde arriba, de forma que la manada de bisontes en estampida no pudiera verlos hasta que fuese demasiado tarde para evitar que los demás bisontes que venían detrás los empujasen. Varias tribus realizaron otras construcciones especiales para cazar berrendos.
Las construcciones realizadas para cazar antílopes se habían llamado indistintamente corrales, cercos o trampas, y se colocaban allí donde las características naturales de la geografía, tales como arroyos, terrenos accidentados o lagos, tendían a encauzar a los animales hacia un área limitada (véase Frison, 1991; Grinnell, 1962, vol. 1: 247-311). La construcción de una trampa para antílopes se aprovechaba de la naturaleza curiosa del animal, de su tendencia asustadiza y de manada, y de su falta de inclinación a abrirse paso empujando o a saltar por encima de los obstáculos. Las Silas y vallas de la trampa eran frecuentemente simples montones de arbustos cortados, apilados y colocados en la disposición que muestra la figura 3.6.
Fig. 3.6. Configuración general de una trampa para antílopes; un salto de búfalo era parecido, excepto
que la escala era mayor y que al final acababa en un precipicio en lugar de un corral (en Grinnell,
1962, vol. 1: 279; redibujado por Wenqiu Zhang).
Para empezar a conducir a los antílopes se enriaban jóvenes por rutas sinuosas bien adentro de la pradera, a fin de alarmar a las manadas y guiarlas hacia la trampa. Esto era fácil debido a la naturaleza generalmente nerviosa de los antílopes, y a su tendencia a no dejar aproximarse demasiado a los seres humanos. La técnica opuesta era atraer a los antílopes hacia la trampa colocando algo extraño e interesante entre las alas de ésta, tal como un tipi pequeño, un señuelo para antílopes, una manta o traje brillantemente decorado, o incluso una persona gateando vestida y pintada para parecer un antílope. Cuando los antílopes eran conducidos o atraídos a un lugar entre las alas, los jóvenes fuera de éstas corrían hacia delante para asustarlos y llevarlos al cuello de la trampa. Si los antílopes giraban hacia las alas en lugar de dirigirse al corral, la gente que estaba escondida detrás de los arbustos se levantaba y los asustaba, haciéndolos volver. Una vez que los antílopes estaban en el corral, la gente que los rodeaba se dedicaba a asustarlos, de forma que se agotasen corriendo de un lado para otro. A medida que empezaban a dar traspiés en el foso matadero, que tenía un metro y medio de profundidad aproximadamente, eran atacados con mazas y lanzas por la gente que estaba detrás del foso. Una de tales cacerías conducida por el chamán Toro Carablanca tuvo como resultado la matanza de seiscientos antílopes, según George Grinnell.
En cuanto a cantidad, los antílopes no eran una fuente de carne tan deseable como los bisontes. Mientras que un antílope grande podía proporcionar 18 kilos de carne, una hembra adulta media de bisonte podía proporcionar 180 kilos. No es de extrañar que los bisontes fuesen la principal fuente de alimentación de los cheyenes, mientras que los antílopes se cazaban sólo como actividad colateral, especialmente cuando una banda cheyén se encontraba cerca de un área históricamente utilizada como trampa.
Los bisontes también se cazaban por medio de construcciones, pero tenían que utilizarse diferentes técnicas, debido a que eran grandes y agresivos, no se les mataba fácilmente y no teman miedo de arremeter contra una cerca de matorrales. Las alas que conducían a un salto de bisonte tenían a menudo montones de piedra en lugar de arbustos, con gente colocada detrás para asustarlos hacia el salto, corral o desfiladero. El metro y medio de los muros del foso del matadero no funcionaba con los bisontes porque podían salir trepando fácilmente, y cuando se utilizaba un corral, normalmente se construía con sólidos troncos, piedras y ramas, en lugar de con arbustos. La matanza, que era peligrosa, se realizaba con lanzas y flechas. Los cazadores se colocaban sólo a un lado de los bisontes para evitar dispararse o lancearse unos a otros. Cuando se conducía a los bisontes a un salto, normalmente estaban tan heridos que era fácil aproximarse a ellos y matarlos, caso de que no hubieran muerto con la caída.
Además de las trampas, en los años anteriores a la posesión de caballos de caza, los cheyenes utilizaban emboscadas y cercos para matar bisontes. El cerco se realizaba cuando un grupo de cazadores se movía sigilosamente hacia una manada de bisontes en una larga y compacta fila, a sotavento, rodeando a la manada por todos lados. Luego se cerraba gradualmente el círculo, hasta que al final los bisontes se alarmaban y trataban de huir. Los cazadores los conducían de vuelta al centro durante tanto rato como les fuese posible, agitando brazos y mantas, hasta que podían acercarse lo suficiente como para dispararles flechas, a una distancia de entre 20 y 40 metros.
Una emboscada podía llevarla a cabo un cazador solitario o un grupo de cazadores, tan sólo con esconderse cerca de una pista por la que se supiese que pasaban los bisontes, por ejemplo cerca de un riachuelo o de una charca. Un cazador solitario o unos pocos cazadores también podían cazar bisontes al acecho, gateando hacia la manada con una piel de animal o una manta sobre la cabeza y torso para ocultarse. Dado que los bisontes son tan grandes y agresivos, a menudo son indiferentes a los movimientos de los animales pequeños, incluso de lobos o coyotes, y así, aunque notasen a los cazadores, podían no alarmarse. Sin embargo, los grupos de personas, especialmente a caballo, los alarmaban.
A principios del siglo XVIII, con caballos adiestrados se podía perseguir a los bisontes, en lugar de entramparlos, cercarlos o acecharlos. Las cacerías montadas más productivas eran las expediciones comunitarias, puesto que cuantos más cazadores hubiese, menor sería la oportunidad de que los bisontes encontrasen una vía de escape entre los jinetes. Las cacerías comunitarias normalmente se llevaban a cabo en primavera y principios de verano, cuando se reunían grandes cantidades de bisontes sobre la hierba nueva, y donde el éxito de la cacería dependía de los «lobos» o exploradores cheyenes, capaces de encontrar estas grandes manadas y volver al campamento para informar sin alarmar a los bisontes. A diferencia de los antílopes, cuando los bisontes se alarmaban podían viajar largas distancias antes de asentarse de nuevo a pastar.
Cuando se había localizado la manada de bisontes, y se había informado de ello, no se le permitía a nadie cazar prematuramente. En lugar de ello, todos los cazadores del campamento, quizás varios cientos, partían juntos, seguidos a cierta distancia por mujeres que conducían a pie caballos de carga y con travois que cargaban los armazones para la carne. Conduciendo a pie sus caballos de caza, o agachados contra la silla de montar, los cheyenes se acercaban a sotavento, e intentaban envolver a los bisontes por dos o tres lados. Intentaban dejar una vía abierta, alejada del campamento y de las mujeres reunidas, de forma que corriesen en línea recta a medida que los cazadores montados se acercaban a ellos, en lugar de escabullirse y cambiar de dirección. Tan pronto como la manada mostraba las primeras señales de alarma, los cazadores saltaban a sus caballos y cargaban. El éxito de este tipo de caza se basaba en el hecho de que un caballo fresco al galope, incluso llevando un jinete, puede adelantar a un bisonte corriendo, al menos durante los primeros tres o cinco minutos de la persecución. Después de eso, los caballos se cansan y los bisontes los dejan atrás. Así que los cazadores intentaban matar tantos bisontes como podían, lo más rápido posible.
Diferentes tribus de indios de las praderas utilizaban distintas armas para matar bisontes a caballo, pero los cheyenes preferían un arco de madera corto y rígido de entre 90 y 120 cm de longitud, y flechas gruesas y fuertes de entre 50 y 60 cm de largo. La punta de flecha plana, de piedra o de metal, se hacía en ángulos rectos respecto a la muesca, de forma que cuando el cazador se inclinase hacia delante para disparar al lomo del bisonte, la punta se deslizase entre las costillas, y con suerte penetrase hasta el corazón o los pulmones. La aparición de sangre en el hocico y boca del bisonte le indicaba al cazador que se habían alcanzado los pulmones y que el animal estaba muriendo, lo que constituía la señal para ir a por otro bisonte. Los buenos cazadores podían matar a dos o tres bisontes en una sola persecución.
Con los bisontes muertos o agonizando en la pradera, venían las mujeres, y otra vez se daba una carrera contra el tiempo. Con el calor del sol de verano, la carne podía echarse a perder en veinticuatro horas, por lo que los bisontes tenían que desollarse y descuartizarse rápidamente. Los cheyenes tenían una manera única de descuartizar a los bisontes, que aún demuestran anualmente en sus ceremonias. Con el bisonte vuelto sobre el estómago, y las patas plegadas, se corta el lomo desde la cabeza al rabo y se desuella la piel a ambos costados. Esto inmediatamente deja al aire dos piezas de primera calidad: la giba y los riñones, que a algunas personas les gusta comer crudos. Después se enrolla hacia abajo la piel a ambos lados de la carcasa, de forma que puedan cortarse tiras de carne para secar. La carne se trocea de dos formas: en tiras y en rectángulos desollados. Para producir los rectángulos se corta un gran trozo de carne de la carcasa en forma de cilindro. Luego se hace un corte poco profundo a lo largo del cilindro, y se inserta un cuchillo largo en el corte, de forma que pueda cortarse un rectángulo continuo de carne como si se lo estuviese desenrollando del cilindro. A continuación se extiende la carne sobre un entramado de madera para secarla, tal como se muestra en la fotografía 3.6. La carne resultante es más fina y se seca más rápido, menos basta que aquella troceada en tiras. Cuando se ha desollado la mayor cantidad posible de carne, se corta el resto en largas tiras del grosor de un dedo meñique.
Si se necesitaba la piel del bisonte para hacer ropas, escudos o cubiertas para los tipis, se cortaba y desollaba de una manera diferente. Si sólo se necesitaba la piel del lomo, se colocaba al bisonte de costado y se lo «capeaba». Esto se hacía cortando la piel por la nuca y llevando el corte a la base de cada pata y al rabo, lo que producía una capa que sólo contenía la sección de piel de bisonte que era más gruesa y de pelo más largo. Si se necesitaba toda la piel para un traje, se le hacía un corte bajo el vientre, y luego se rodeaban la cabeza, las patas y el área anal. Después se quitaba la piel del lomo, como si se quitase un abrigo, y se colocaba en el suelo unida aún a la parte inferior del bisonte. Cuando se había quitado la mayor parte de carne, la carcasa era más ligera, pudiéndosela levantar o hacerla rodar para desprender la piel del otro costado. Las pieles de bisonte, con la pelambre hacia abajo, se utilizaban como áreas de trabajo adecuadas para trocear y amontonar la carne, a medida que se desprendía del bisonte.
Fotografía 3.6. Mujer cheyén colgando carne que se secará y se convertirá en cecina (Archivos
Antropológicos Nacionales de la Smithsonian Institution).
Para secar grandes cantidades de carne rápidamente es importante poseer un gran número de armazones para secar. En la época aborigen, éstos consistían principalmente en palos horquillados de alrededor de 1,80 metros de alto puestos en el suelo, con travesaños colocados sobre las horquillas y atados a los palos verticales. También se utilizaban palos de tipi, cuerdas y ramas de árbol cercanas. El incentivo para todo este duro trabajo era que un solo bisonte podía proporcionar todas las calorías que necesitaba un adulto durante unos doscientos días. Por consiguiente, la gente trabajaba día y noche para secar la carne hasta que habían acabado, o hasta que la carne empezaba a malograrse.
Los cheyenes todavía secan carne al sol, y algunos incluso construyen porches con mosquiteras en sus casas con este propósito. Es interesante observar que en el ambiente seco y ventoso de las Grandes Llanuras, la carne desollada colocada sobre un armazón puede secarse completamente en unas dos horas, y las tiras de carne, en condiciones ideales, en unas cuatro. Naturalmente, la carne aligeraba considerablemente su peso al secarse, de forma que un bisonte con 180 kilos de carne podía reducirse, en unas pocas horas de tiempo óptimo para secar, a una cantidad de entre 50 y 70 kilos de cecina, dependiendo de las condiciones de secado y humedad
(véase Frison, 1991: 316).[12] Ésta era pues la atracción que la vida nómada ofrecía a los cheyenes. Con la tecnología nómada de caballos y tipis podían asaltar la despensa de bisontes de las Grandes Llanuras y alimentarse a base de una dieta rica en proteínas.
Han existido muchos intentos de encontrar un patrón en las migraciones de los bisontes, de los que dependían los cheyenes en los siglos XVIII y XIX. Algunos eruditos en la materia han dicho que existía una migración anual hacia el sur en invierno, mientras que otros han dicho que la migración invernal se daba hacia áreas boscosas, tales como las Colinas Negras y los bosques ribereños. Pero los científicos no están de acuerdo en que hubiera migraciones de bisontes que siguiesen cada año el mismo patrón.
Sin embargo, es más probable que las migraciones anuales de bisontes tendiesen a seguir el patrón de la lluvia, que generaba las hierbas de las que se alimentaban. Pero cada año el patrón de las lluvias es diferente, de forma que un área rica en hierba un año puede sufrir una sequía al siguiente. Los bisontes, por lo tanto, tenían que moverse continuamente para encontrar buena hierba, y cuando la encontraban se quedaban hasta que ésta había desaparecido o hasta que los cazadores los espantaban. Algunas veces, al buscar hierba, podían reunirse en manadas que comprendían miles de animales, manadas que fueron descritas con asombro en los relatos de los primeros viajeros.
Cuando los cheyenes llegaron a las Grandes Llanuras el número total de bisontes era enorme. Se calcula que había de entre cinco a setenta y cinco millones de animales; los suficientes quizás como para alimentar durante más de un año a toda la población de Estados Unidos de 1850. No se sabe si la caza a caballo de los indios de las praderas tuvo algún impacto sobre la población de bisontes, pero está claro que la apertura de la Ruta de Oregón en tomo a 1845 creó una separación entre lo que se llamó la «manada del norte», al norte del río Platte, y la «manada del sur», al sur del Platte. Hasta la década de 1870, tanto los cazadores indios como los norteamericanos explotaron las manadas por sus pieles y carne, hasta que la especie llegó al borde de la extinción.
La recolección
Aunque los nómadas cheyenes comerciaban cuando podían con los horticultores piara conseguir maíz y alimentos vegetales, existían recursos vegetales en las
praderas que eran de un interés considerable.[13] Entre éstos destacaban tres raíces con fécula: 1) nabos de la pradera o psoraleas (Psoralea esculenta), 2) alcachofas de Jerusalén (Helianthus tuberosus), y 3) patatas indias (Glycine apios o Apios tuberosa). Eran recolectadas por las mujeres utilizando palos para cavar, tal como se muestra en la fotografía 3.7. Había dos tipos de palos para cavar: largos y horquillados —los que aparecen en la foto—, y cortos y más pesados, con un nudo al final para cavar a una profundidad mayor. Aunque los palos eran sencillos, el conocimiento que se requería para encontrar los tubérculos en la estación correcta no lo era. Por ejemplo, los nabos de la pradera maduran en junio y pierden rápidamente sus hojas, haciéndose casi invisibles. Pero conociendo los tipos de suelo rocoso y las condiciones de humedad favoritas de las plantas, las mujeres cheyenes podían encontrarlos.
La alcachofa de Jerusalén es un tipo de girasol que se cultiva actualmente para el mercado, vendiéndose en tiendas de comestibles. También se ha convertido en una planta de jardín común en los Estados Unidos, una planta perenne que crece partiendo de una gruesa raíz. Las silvestres son casi indistinguibles de cualquier otro tipo de girasol o de planta de flores amarillas que no posean una raíz comestible. Sin embargo, las mujeres cheyenes buscaban la planta en cuencas húmedas en las praderas y podían reconocer su flor en cualquier etapa de su desarrollo.
El último de los tres tubérculos más importantes, la patata india, crece en áreas húmedas a lo largo de arroyos en la pradera y proporciona una semilla y tubérculo comestibles.
Aunque los cheyenes tenían muchas frutas y bayas a su alcance en las praderas del norte, se concentraron en tres especies que eran muy completas y productivas. Éstas fueron: el eleagno (Sheperdia argentea), el saúco rojo (Sambucus racemosa) y el ciruelo de Virginia (Prunus virginiana). Posteriormente, cuando los cheyenes se trasladaron a la parte sur de las praderas, hicieron hincapié en la cosecha de dos especies más: el ciruelo silvestre (Prunus angustifoilia) y el ciruelo americano (Prunus americana). Cada uno de éstos se recolectaba en la estación, se comía fresco y se conservaba secándolo para su posterior consumo.
Fotografía 3.7. Mujeres cheyenes del norte buscando nabos de las praderas, alrededor de 1900; el
suelo es pedregoso y las plantas han perdido las hojas, haciéndose casi invisibles (Colección Grinnell,
Museo de los Indios Americanos).
De los alimentos vegetales mencionados anteriormente, dos de ellos se convirtieron en importantes artículos de comercio: los nabos de las praderas y las ciruelas de Virginia. Los nabos de la pradera llegaron a ser importantes en el siglo XVIII, cuando los cheyenes vivían cerca de las Colinas Negras. Aunque ya no eran agricultores, los cheyenes se convirtieron en especialistas en encontrar estas raíces, secarlas y convertirlas en harina. No sólo las utilizaron para reemplazar al maíz en su propia dieta, sino también para intercambiar la harina con otras tribus nómadas e incluso con las tribus ribereñas, que al parecer recibieron con agrado un cambio en su habitual dieta de maíz.
El otro alimento vegetal que se convirtió en un artículo de comercio fueron las ciruelas de Virginia en forma de pasteles redondos y planos secados al sol. Para hacer dichos pasteles, las mujeres cheyenes reducían a papilla las bayas, con semilla y todo, y las moldeaban en empanadas con forma de galleta de 7 a 10 centímetros de diámetro. Preparadas de esta forma, las ciruelas no se malograban tan fácilmente como otras frutas y bayas, y las empanadas eran duras y no se desmenuzaban cuando se las transportaba en parfleches. Estas tortas de ciruela aún se preparan al estilo tradicional, intercambiándoselas entre las tribus de las Grandes Llanuras como alimentos especiales tradicionales.
En sus movimientos estacionales por las praderas, los cheyenes no sólo se guiaban por la búsqueda de bisontes, sino también por el deseo de recolectar, cuando estaban maduros, los tubérculos y bayas mencionados anteriormente, antes de que se marchitasen o de que se los comiesen los animales. En general, intentaban organizar sus actividades de caza y recolección para maximizar la cantidad y variedad total de su dieta, y para asegurarse artículos alimenticios con los que comerciar. La primera búsqueda de alimento, que empezaba en primavera, normalmente era una cacería de bisontes que se daba tan pronto como los caballos se recuperaban de la dureza del invierno. A esto le seguía la recolección de pequeñas cosechas de bayas, y más tarde la cosecha de nabos en junio, que requería de varias semanas. Las ciruelas de Virginia empezaban a madurar en julio y agosto, seguidas de las alcachofas de Jerusalén a finales de verano y las buffaloberries después de la primera helada. Aunque los bisontes se cazaban oportunamente durante todo el verano, se daba otra cacería mayor en otoño, después de recogerse las plantas comestibles. Esta cacería normalmente se llevaba a cabo a nivel de la banda, distinto de las enormes cacerías comunales de la primavera.
Si todas las cacerías y cosechas habían tenido éxito, los cheyenes se preparaban para el invierno. Sólo restaba dividirse en grupos familiares y encontrar algún lugar de pasto apartado junto a un río o riachuelo. Aunque los inviernos de las praderas eran duros, podía encontrarse protección contra las tormentas entre los árboles de los bosques ribereños, y si era necesario podía trasladarse el campamento durante las periódicas rachas cálidas del invierno. Puesto que todo el campamento era móvil, una familia extensa podía recoger y trasladarse a 30 u 80 kilómetros en unos pocos días cálidos, dejando atrás los agotados pastos invernales, al igual que la basura, los desperdicios y excrementos.
Trajes y pieles
Cuando un grupo familiar se establecía durante un período extenso, una de las principales actividades era el curtido de las pieles de bisonte, puesto que el proceso requiere acceso al agua corriente y una semana o más de trabajo continuo. Aunque al principio los cheyenes preparaban las pieles de bisonte para uso propio, a principios del siglo XIX dichas pieles se convirtieron en su artículo de comercio más importante con los norteamericanos. Esto se debía a que los bisontes europeos, osos y otros animales casi se habían extinguido como fuente de piel para vestir. Las prendas de bisonte americano, al igual que aquellas hechas con piel de bisonte europeo, se utilizaban en las camas o como tapicería en los vagones de tren abiertos o en los carruajes de su tiempo. En el siglo XIX, al buscar un nuevo tipo de Fuente para las prendas de piel, los intereses comerciales empezaron a comprarle a los indios de las praderas grandes cantidades de pieles de bisonte curtidas o sin curtir (Chittenden, 1935; Gregg, 1968 [1884]). Entre los años 1830 y 1850, fueron las pieles curtidas y decoradas las que atrajeron la atención, no aquellas sin curtir.
Para esa época, las mujeres cheyenes habían desarrollado una tecnología muy inteligente para confeccionar pieles, aunque el trabajo era intenso (Grinnell, 1962, vol. 2: 213-217; Mooney, 1903). Para confeccionar una piel preferían la piel de un bisonte muerto en otoño, que no sólo tenía el pelo más largo, negro y brillante, sino también una primera capa cálida de pelo marrón rojiza. También preferían una piel completa, aunque posteriormente cortasen los bordes en los que se habían hecho agujeros con estacas para sujetarla, y aquellas partes que no pudiesen rasparse o curtirse adecuadamente. El trabajo inicial sobre una piel fresca debía realizarse rápidamente, antes de que se malograse y perdiese el pelo. Cuando se separaba del bisonte, la piel simplemente se plegaba con el pelo hacia afuera y se la llevaba al poblado. Idealmente, en los siguientes dos o tres días, se la sujetaba con estacas para quitarle la carne mientras aún estaba húmeda.
La piel no se sujetaba con estacas directamente sobre el suelo, sino a varios centímetros sobre éste, con estacas de ciruelo de Virginia que tenían un nudo cerca de la parte superior para sujetar la piel en la posición adecuada. Con la piel sujeta con estacas, podía descamársela o raspársela sin tocar el suelo y por lo tanto evitando el peligro de dañarla cuando se viese atrapada entre el suelo y la afilada hoja del raspador. Suspendida con algo de tensión, la piel se estiraba continuamente, por lo que las mujeres que las trabajaban tenían que mover periódicamente las estacas cada vez más lejos. Las pieles también se podían estirar sobre un armazón para trabajar, tal como aparece en un dibujo realizado por un artista cheyén (figura 3.7).
La separación de la carne podía realizarse con una serie de herramientas hechas de hueso, piedra o acero, todas las cuales tenían filos lisos, romos y serrados (figura 3.8). El propósito de descamar era quitar las partes «carnosas» de la piel del bisonte, especialmente el tejido translúcido y pegajoso que conectaba la piel con el cuerpo, al igual que cualquier trozo de carne, grasa y vasos sanguíneos adheridos. La herramienta para descarnar estaba diseñada para abrirse camino entre estas partes indeseables y la superficie de la piel, que es muy homogénea y de un color claro cuando se la expone. Una vez eliminada toda la carne de la piel, se la secaba completamente al sol para prepararla para el raspado. Cuando la piel se secaba se volvía muy dura, consistiendo esencialmente en cuero con el pelo aún adherido. Las modernas mujeres cheyenes que aún curten pieles dicen que la piel en ese estadio «todavía tiene pegamento».
Fig. 3.7. Curtido de pieles de bisonte dibujadas por un artista cheyén: raspado y adelgazado de la piel
con un raspador de cuerno de alce (arriba a la izquierda); rotura de huesos para extraer la médula (arriba a la derecha); acabado de las pieles para darles la textura adecuada (abajo a la izquierda); suavizado de las pieles tirándolas sobre una cuerda atada a un poste (abajo a la derecha) (Libro de
bocetos Mooney n.º 2, Archivos Antropológicos Smithsonian Institution).
Antes de que se pudiera aplicar la solución para curtir, tenía que rasparse la piel y eliminar los pelos. En la época aborigen el raspado se realizaba con un «raspador de cuerno de alce», construido alrededor de la horquilla de una cuerna de alce en la que se colocaba una hoja afilada, que al principio fue de sílex y más tarde de acero (figura 3.8, y fotografía 3.8). Con esta herramienta se raspaba la piel hasta darle un grosor uniforme, haciendo más fina especialmente la piel de la giba y de las paletillas. El progreso del adelgazamiento se comprobaba periódicamente humedeciendo la piel en un lugar y viendo lo gruesa que era. El objetivo del raspado era asegurarse de que la solución para curtir penetrase completamente a través de la piel, y que ésta, una vez acabada, fuese igual de flexible en todas partes.
Fig. 3.8. Raspador de cuerno de alce (arriba) y despellejador (en Nagy n. d.: 106; redibujado por
Wenqiu Zhang).
El curtido es esencialmente un proceso químico para convertir el «pegamento» de la piel en sustancias que son flexibles o que se desmenuzan como si fuesen polvo cuando se frota y se retuerce la piel en sus estadios finales de preparación. La solución de curtido utilizada por los cheyenes consistía completamente en productos naturales de las praderas: cerebros, hígados, yuca de las Grandes Llanuras, orina y grasa. Antes de aplicar la solución para curtir se quitaban los pelos —frotando con un hueso, piedra o trozo de metal áspero— para desigualar los lugares lisos creados por el raspado y permitir que la solución de curtido penetrase fácilmente en la piel. Después de aplicar y frotar a mano la solución, se doblaba la piel durante toda la noche para evitar que se secase. Al día siguiente se la colocaba de nuevo en las estacas, permitiendo que se secase, y se la doblaba y rascaba para comprobar que el curtido había sido uniforme. Si no, se la frotaba y trataba de nuevo.
Cuando se consideraba que el curtido era completo, se aclaraba la piel con agua para eliminar la solución de curtido sobrante, se la secaba, y luego se la «trabajaba» frotándola, cabeza abajo, en postes, huesos, o en una cuerda, tal como muestra la figura 3.7. El propósito de «trabajarla» era hacer que el «pegamento» aflojado o transformado por el curtido se desprendiese de la piel en forma de polvo o de pequeños gránulos. Algo de este material permanece en la piel, pero está tan roturado y desmenuzado por el «trabajo» que la piel es suave a pesar de todo. El polvo contribuye al color blanco de la piel tratada. Después de muchas horas de trabajo, se considera que la piel está acabada, cortándose el borde exterior para hacer una piel simétrica, con el lomo del bisonte en el centro. La piel podía entonces venderse tal como estaba o decorada con plumas, cuentas o pinturas.
Fotografía 3.8. Mujer cheyén del sur con un raspador de cuerno de alce, en torno a 1900 (Colección
Grinnell, Museo del Indio Americano).
Algunas veces las pieles de bisonte sin tratar se intercambiaban con otras tribus que no tenían un fácil acceso a los bisontes, y a mediados del siglo XIX se intercambiaron grandes cantidades de tales pieles con comerciantes norteamericanos. Para guardar o transportar una piel sin tratar no podía sólo ser doblada tan pronto como se la separaba del bisonte, ya que las partes interiores se pegarían, y porque una piel húmeda y doblada pronto sucumbiría a la acción bacteriana. A fin de conservarla y plegarla adecuadamente, primero se la extendía para secarla completamente, con el pelo hacia abajo, hasta que estaba rígida y dura. Para doblarla con objeto de transportarla se humedecían con agua las líneas de plegado, y se la plegaba en un pequeño fardo rectangular con el pelo hacia fuera. Las líneas se secaban pronto sin dañar la piel. Para desplegar adecuadamente una piel tenía que aplicarse agua a dichas líneas. Después podía ponerse en remojo toda la piel, sujetarla con estacas para quitarle la carne y rasparla tal como se ha descrito anteriormente. Si las mujeres cheyenes no querían pasar inmediatamente al curtido de una piel después de desollar y descuartizar a un bisonte, podían secarla y plegarla para trabajarla más tarde.
Las pieles de alce, ciervo y nutria se curtían de forma muy similar a la descrita, excepto que cuando se acababa, normalmente a las pieles de alce se les quitaba el pelo y se las ahumaba para darles un hermoso color marrón anaranjado, y a las pieles de ciervo se les quitaba el pelo y se trabajaban de forma diligente hasta que se volvían blancas y tan suaves como la seda. Las pieles de nutria se curtían a menudo con pelo, cortándolas en tiras y trabajándolas en trenzas. Cuando los cheyenes vivían en tipis de pieles, como paso final, las pieles de bisonte sin pelo podían pasarse a través de un agujero hecho en la escápula o paletilla del bisonte, hasta que la piel estuviese casi blanca. Estas pieles, cuando se teñían con arcilla blanca o selenita cocida, daban a los tipis cheyenes su inconfundible apariencia blanca.
Antes de que obtuviesen ropas mediante el comercio, éstas se hacían de piel curtida, usando desde las ligeras pieles de antílope hasta las pesadas pieles de bisonte. Los hombres llevaban un taparrabos de piel de ciervo o de alce colgando del cinturón delante y detrás, de forma que pudiese servir como prenda exterior. Las mujeres llevaban un taparrabos de un material más ligero, que no colgaban del cinturón. Como prenda exterior, llevaban un vestido de piel de alce o de ciervo que colgaba hasta justo por debajo de las rodillas. En tiempos más fríos, los hombres añadían una camisa de piel de ciervo macho o de alce, mientras que tanto hombres como mujeres vestían medias atadas al cinturón (véase la figura 3.9). Los mocasines eran de dos tipos: unos que llegaban hasta los tobillos, para el invierno, y otros más bajos para el verano.
Sin embargo, la mayor protección contra el frío era la piel de bisonte, que no sólo se utilizaba como cobertor para la cama, sino también como manta o capa para moverse por el campamento. Había muchos tipos y tamaños diferentes de pieles de bisonte, algunas con pelo, otras sin él, algunas muy decoradas y otras sin decorar. Cada adulto tenía que poseer al menos una capa. Las camas tenían frecuentemente dos o más pieles, algunas bajo el durmiente y otras encima de éste. Cuando las temperaturas en las praderas del norte descendían por debajo de los dieciocho grados bajo cero, la gente no salía demasiado de sus camas, excepto para atender el fuego.
Además de utilizar pieles para hacer ropa, éstas y otras muchas partes de otros animales eran y son conservadas a menudo para que las lleven los hombres con propósitos religiosos; pero estos artículos normalmente se esparcen o colocan con la configuración deseada, y se secan al sol sin ningún curtido especial. Los artículos preparados de esta forma incluyen las alas de águila y de halcón, cuervos y cornejas rellenos, rabos de puercoespín para peines, cabezas de pájaro carpintero, pies y garras de oso, y las pieles y cabezas de varios mamíferos. Para proteger las pieles de los insectos se guardaban en cajas de cedro y se las exponía ocasionalmente al sol durante un día por vez.
Fig. 3.9. Camisa de hombre y vestido de mujer (dibujados por Wenqiu Zhang a partir de las fotografías,
en Conn, 1961).
Los minerales y otros recursos
Antes de que recibiesen los metales en el comercio, los cheyenes dependían del sílex para hacer sus afiladas armas y herramientas. Aunque la obsidiana, el sílex y el
chert[14] son comunes en las praderas, sólo pueden extraerse de unos pocos lugares. Si una tribu no podía entrar en un área minera de sílex debido a las hostilidades con la tribu local, tenían que comerciar para conseguirlo. No existen tradiciones de minería de sílex entre los cheyenes, así que parece ser que obtenían el material únicamente por medio del comercio. El sílex se recibía normalmente en forma de cantos o láminas que los artesanos cheyenes convertirían en herramientas de diseño propio.
Se necesitaban otros minerales para las ceremonias cheyenes, especialmente la catlinita roja para hacer las pipas ceremoniales, un material que los indios dakotas extraían del sudoeste de Minnesota y con el que comerciaban, transportando la húmeda y blanda arcilla envuelta en pieles de ciervo o de alce humedecidas continuamente con agua. El artesano cheyén también la mantenía húmeda mientras la trabajaba. Cuando se secaba, la arcilla se hacía muy dura y podía pulirse, siendo muy difícil humedecerla de nuevo para ablandarla.
Las ceremonias cheyenes también requerían coloridas pinturas minerales para el cuerpo y para decorar la ropa, los tipis y las bolsas para tipis. La pintura blanca cheyén, a la que vagamente se refieren como «mica», es de hecho un tipo de yeso llamado selenita, que se encuentra en estratos a la intemperie en el sur de las Grandes Llanuras. El pigmento de pintura roja brillante utilizado en la época aborigen es el ocre rojo o hematita, el mejor de los cuales proviene del norte de Nuevo México. Los mejores pigmentos de pintura azul y ocre amarillo provienen de las Colinas Negras.
También existía entre los indios de las praderas un comercio aborigen de fósiles, piedras con extrañas formas y artefactos arqueológicos. Estos materiales se utilizaban con propósitos rituales, y destacan en las bolsas de medicina cheyén. Los materiales fósiles incluyen especialmente dientes, colmillos y cuernos, pero también conchas. Las piedras con formas extrañas provenían especialmente de lechos de gravilla de arroyos rápidos en las Montañas Rocosas, favoreciendo los cheyenes aquellos que recordaban a pájaros y animales. Los artefactos arqueológicos incluían especialmente puntas de flecha y de lanza de yacimientos arqueológicos lavadas en arroyos. Igualmente, los cráneos de antiguas especies de bisontes, tales como el Bison antiquus y el Bison occidentalis, se buscaban en antiguos saltos de bisontes, puesto que los cráneos y los anchos y enormes cuernos son mucho más impresionantes que los del actual bisonte. Debido a su respeto y evitación de los muertos, los cheyenes no excavaban en busca de artefactos hechos por el ser humano, aunque sí lo hacían para conseguir las pinturas que necesitaban. Cuando en el siglo XX se dispuso de juguetes en forma de animal, muchos fueron comprados por chamanes e incluidos en los paquetes medicinales. Incluso ahora, los chamanes compran vidrio y animales de plástico para utilizarlos en rituales serios.
Se necesitaba madera para los arcos de los cazadores y de los hacedores de arcos. Las dos especies más deseables eran el enebro de las Montañas Rocosas (Juniperus scopulorum), llamado coloquialmente cedro, y el naranjo chino (Madura pomífera), conocido como bois d’arc o bodark, ambos con una distribución en el borde de las praderas, el primero allí donde las Rocosas Centrales se une a las praderas, en los actuales estados de Wyoming y Colorado, y el naranjo chino en la frontera sudeste de las praderas en Missouri, Arkansas, Oklahoma y Texas. En ambos casos se comerciaba con la madera en haces de varas inacabadas. Los hacedores de arcos cheyenes quitaban las ramas laterales y tallaban las varas dejándolas en una sola pieza o «cuerpo» de arco, o hacían un arco compuesto combinando tiras de madera con cuernos y tendones (Wallentine, 1988; Laubin, 1980); el cuerno se obtenía comerciando con las tribus de las Montañas Rocosas. Algunas veces se recibían arcos acabados de los artesanos shoshones.
El ciclo anual
Las sociedades humanas en general, especialmente aquellas que cazan y recolectan, llaman a las estaciones y a los meses en términos de acontecimientos naturales importantes para su cultura. En inglés se conservan algunos de estos sentimientos en los términos para «primavera» (spring), cuando las hojas, yemas, y brotes (sprout) «brotan» (spring) de la tierra o de las ramas dormidas, y para «otoño»
( [15] fall ), la estación en la que las hojas y los frutos «caen» de los árboles. En el caso de los cheyenes, el ciclo anual se dividía normalmente en seis u ocho estaciones (Glenmore y Leman, 1984: 194-195). Han existido variantes de los nombres utilizados para las estaciones, y periódicamente hay intentos de simplificarlos o elaborarlos para que correspondan con las cuatro estaciones y los doce meses del «hombre blanco», pero la traducción de los nombres originales de las estaciones es aproximadamente como sigue:
Hojas Nuevas y Bayas marzo-abril Engorde de los Animales mayo-junio Estación de las Frutas julio-agosto Animales Procreando septiembre Polvo en la Cara octubre Formación de Hielo noviembre Caras Frías y Duras diciembre Juegos de Argollas enero-febrero
La transición social más importante para los cheyenes se daba en primavera, la estación de la Hojas Nuevas y Bayas, cuando las familias extensas dispersadas abandonaban sus campamentos y se reunían en un lugar acordado de antemano formaban un círculo tribal con sus tipis, llevaban a cabo grandes cacerías de bisontes y realizaban sus ceremonias anuales. Después de esto, había un largo período de guerra a gran escala para establecer los territorios o para vengarse de los vecinos agresivos. Luego, la tribu se dividía en bandas de cientos de individuos cada una, siguiendo a algún líder reconocido y exitoso durante la recolección y la caza a menor escala de los meses de verano y otoño, en las estaciones del Engorde de los Animales y de los Animales Procreando.
Durante estas estaciones, cada banda volvía a su territorio reconocido, normalmente el valle o desembocadura de un determinado río (véase el mapa 6.1 en la p. 155). Mientras que otras bandas cheyenes eran bienvenidas para cazar en este territorio, generalmente se reconocía que las anfitrionas tenían derechos preferentes de acceso a los recursos animales, vegetales y minerales del área. Ésta era la zona en que las mujeres sabían exactamente dónde localizar las plantas silvestres útiles, y los cazadores dónde encontrar los animales de caza no migratorios, tales como ciervos o alces. Sobre la base de este conocimiento, la banda aumentaba los recursos alimenticios obtenidos en las cacerías comunitarias de primavera, y acumulaba productos especiales que podían intercambiarse con los parientes de otras bandas, o comerciarse con tribus foráneas.
A finales de verano los cheyenes hacían incursiones contra las tribus ricas en caballos del sur, a lo que seguía un período de comercio y viajes intenso en el que el polvo soplaba en sus caras, durante las estaciones de los Animales Procreando y de Polvo en la Cara. Aunque se comerciaba un poco durante todo el año, el comercio intensivo se daba en otoño y a principios de invierno, cuando las diferentes bandas y tribus eran ricas en productos estivales y otoñales. A medida que llegaban las estaciones de la Formación de Hielo, y de Caras Frías y Duras, las familias extensas de entre veinte y cincuenta personas se volvían a dispersar hacia algún lugar de refugio a lo largo de alguno de los ríos o riachuelos de las praderas, esperando la primavera y la repetición del ciclo anual.