Los cheyenes

John H. Moore · Capítulo 5 de 13

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Los cheyenes

4. El comercio y la política

CAPÍTULO 4

EL COMERCIO Y LA POLÍTICA

La historia de los indios de las praderas ha sufrido mucho con las interpretaciones que se centran en qué tribu tenía los líderes más grandes, cuál era la más valiente o cuál contaba con los mejores jinetes. Si bien es verdad que tales factores podrían haber influido en el resultado de ciertas batallas, alianzas o tratados, a largo plazo, el desarrollo de los acontecimientos en las praderas dependió mucho más de factores concretos, como la situación de cada tribu, su población, su capacidad productiva y su acceso al comercio, factores destacados por la geopolítica y la economía política.

Es difícil exagerar la importancia del comercio europeo en la historia de las sociedades de los indios de las praderas. Sin las armas de fuego hechas por los europeos, las tribus nunca podrían haber iniciado los modelos de guerra que afectaron a todas las tribus de las llanuras y de las áreas circundantes. Sin un mercado para sus caballos y pieles de bisonte en las economías colonial y europea, las tribus de las praderas no podrían haber intercambiado esos artículos por las armas de fuego, hervidores y otros bienes de los que llegaron a depender. Aunque las tribus de las praderas estuviesen muy lejos de Europa y de las colonias americanas, se vieron afectadas por los cambios en dichas esferas. De no haber desaparecido las fuentes de pieles europeas, el comercio de piel de bisonte no se hubiera expandido; o si el mercado de la lana europeo hubiese permitido la manufactura de mantas baratas y gruesas para los carruajes y camas, el comercio de pieles de América se hubiese venido abajo. En cuanto a los caballos, si los mexicanos hubiesen sido libres de comerciar con Luisiana, no hubiese habido escasez de caballos en el área del bajo Mississippi, o si California y Oregón no se hubiesen abierto a los inmigrantes estadounidenses, no hubiera existido un mercado de caballos en Saint Louis en el que se vendían monturas y caballos de tiro que partían en tren para las rutas de Oregón y Santa Fe. Pero como sucedió esto, tanto las demandas de pieles como de caballos estaban aumentando en el momento en el que los cheyenes entraron en las praderas, y entraron por una ruta geográfica en la que podían asumir un papel central a medida que se desarrollaba dicho comercio (Chittenden, 1902; Phillips, 1961). Sin embargo, no puede entenderse el papel concreto que desempeñaron los cheyenes sin una discusión general de la geografía de las praderas, de sus tribus y de los acontecimientos históricos de los siglos XVIII y XIX. La cultura cheyén no se desarrolló en un vacío, sino como respuesta a otras culturas y a otros pueblos de la misma área. La tribu fue simplemente uno de los muchos personajes que interactuaron en un gran drama histórico que incluyó a otras veinte tribus o más, a los comerciantes y tramperos de tres países europeos, y a poderosos ejércitos que comprendían miles de guerreros indios y soldados uniformados. Todo esto se desarrolló en un impresionante paisaje de inmensas distancias, poderosos ríos, imponentes montañas e inhóspitos desiertos.

 

La geografía y la geopolítica de las praderas

Excepto en su frontera occidental, que son las Montañas Rocosas, las praderas de las Grandes Llanuras poseen unos límites borrosos (mapa 4.1). Hacia el sudoeste, en el norte de Nuevo México y en el oeste de Texas, las praderas se funden gradualmente con el desierto, a excepción de áreas montañosas esparcidas que constituyen oasis de agua, hierba y caza desde Colorado al norte de México. Hacia el este y sudeste, en lo que ahora son Texas, Oklahoma y Kansas, las praderas están rodeadas intermitentemente por arbustos y matorrales, y penetradas periódicamente por lenguas de bosque de hoja caduca a lo largo de ríos que se extienden hasta los bosques orientales. Estos bosques fluviales o «ribereños» se ensanchan continuamente y se fusionan de forma gradual a medida que uno se desplaza hacia el este, hasta que constituyen un bosque continuo y completo en el que los caballos sólo pueden pasar siguiendo ciertas rutas y caminos específicos y limitados, en lo que ahora son los estados de Arkansas, Missouri, Iowa y Minnesota. Hacia el norte y noroeste, en Montana y las dos Dakotas, las praderas son más húmedas, con cada vez más áreas arboladas alrededor de charcas, lagos y riachuelos permanentes, hasta que uno alcanza extensiones ininterrumpidas de bosques de álamos y pinos en Canadá, donde el medio de transporte preferido es la canoa en lugar del caballo (Webb, 1931; Kraenzel, 1955).

Mapa 4.1. Mapa esquemático de los principales ríos y accidentes geográficos de las Grandes Llanuras.

El mapa 4.1 muestra los principales ríos y accidentes geográficos de las Grandes Llanuras, especialmente en las áreas en que vivían los cheyenes en los siglos XVIII y XIX. Es básicamente un mito que las praderas no tengan árboles o accidentes, aunque se pueden encontrar áreas en el este de Colorado o en el oeste de Kansas en las que no hay ningún árbol o colina a la vista. Pero los bosques ribereños forman líneas de árboles de hoja caduca que crecen a todo lo largo de la pradera de este a oeste, especialmente a lo largo de los ríos Missouri, Platte y Arkansas, habiendo además colinas, montañas y escarpas cubiertas de bosque esparcidas por toda la pradera. Incluso en los meandros del Red en Texas y Oklahoma se dan bosquecillos diseminados de pino ponderosa. Por regla general, incluso en áreas con poca lluvia, tales como las montañas de Wichita, el agua que baja de las montañas y los precipicios permite crecer a los árboles allá donde haya un drenaje convergente.

Los ríos permanentes que cruzan las praderas son muy diferentes unos de otros. En un extremo está el Missouri, que es uno de los principales ríos del mundo y cuya cuenca tiene en algunos lugares varios kilómetros de ancho, con un enorme caudal de agua, y grandes inundaciones anuales, gradas de terrazas naturales a lo largo de sus orillas, ocasionales fachadas de acantilados escarpados junto a la orilla y grandes arboledas de bosques ribereños con árboles de madera dura y blanda. En el otro extremo, el Niobrara en el norte de Nebraska es difícil de ver hasta que no se está encima de él, ya que es un río pequeño, profundo, de lento discurrir y de orillas escarpadas, al que los cheyenes llamaban «El Río Sorpresa». Otro río único es el Platte, en el que la mayor parte de su caudal es subterráneo, fluyendo a través de kilómetros y kilómetros de profunda y porosa arena. El río Arkansas y el Canadian del Sur son muy parecidos al Platte, pero son más pequeños, y discontinuos durante la estación seca, fluyendo completamente subterráneos en algunos lugares. El río Cimarrón es incluso más seco que estos últimos, y durante la mayor parte de su curso y del tiempo, es un río de arena. Sin embargo, los indios sabían en qué lugares de la arena cavar para encontrar agua para ellos y sus caballos. Después de las lluvias de primavera, lechos arenosos como los del Platte, Arkansas, Cimarrón y Canadian del Sur formaban remolinos con arenas movedizas y era peligroso cruzarlos. En la actualidad dichos ríos son aún peligrosos, perdiéndose cada año ganado, así como gente negligente y sus vehículos en las movidas y fluidas arenas movedizas.

Los ríos anchos y arbolados de las llanuras, al igual que las montañas y colinas, eran áreas de acampada deseables, aunque algunas de ellas también constituían barreras para viajar. Otras barreras estaban representadas por áreas accidentadas y pedregosas, o altamente erosionadas, como los Rompientes del Canadian o las Tierras Yermas de Dakota, que eran difíciles de cruzar, por lo que tendían a desviar el tráfico ecuestre hacia las praderas. Consiguientemente a todos estos factores, ciertas rutas convenientes a lo largo de las praderas llegaron a ser muy transitadas por los indios, aunque no eran «carreteras» comparables a las carreteras y caminos de los indios de los bosques orientales. Sólo después de que se iniciase el tráfico de caravanas a lo largo de las Rutas de Oregón y Santa Fe pueden detectarse carreteras permanentes en las praderas, a excepción de los caminos profundos hechos por los bisontes en sus viajes de ida y vuelta en busca de hierba y agua. Cuando los inmigrantes europeos aparecieron por primera vez en las praderas, pronto descubrieron que estas «carreteras de bisonte» no conducían necesariamente a ningún lugar al que los seres humanos quisieran ir.

 

Los pueblos de las praderas

Aquellas tribus de indígenas americanos que primero llegaron a las praderas eligieron obviamente los mejores territorios. El Missouri central era un lugar de primera calidad, y cuando los cheyenes llegaron allí, en el siglo XVIII, el área había estado ocupada continuamente por indios agricultores durante miles de años. La ventaja del lugar era la oportunidad para dedicarse a la horticultura de las fértiles terrazas naturales del Missouri, con grandes y cercanas reservas de madera para el fuego. Las escarpadas orillas también ofrecían posibilidades defensivas para uno de los lados de un poblado fortificado, pero cuando dispusieron de caballos, los agricultores del Missouri central descubrieron que las oportunidades de pasto a lo largo del Missouri central eran algo limitadas. Cuando los cheyenes llegaron allí, los ocupantes de los mejores lugares del Gran Recodo del Missouri eran los mandan y los hidatsas, siendo ambos grupos siuparlantes. Los mandan habían estado en el Missouri desde hacía unos cuatrocientos años, y los hidatsas algo menos, quizás

trescientos años (véase el mapa 4.2).[16]

Al sur del Gran Recodo, varias tribus representantes de la familia lingüística caddoana habían estado practicando la agricultura a lo largo de las terrazas fluviales durante mucho tiempo. La tribu caddoana más norteña era la de los arikaras, que se habían separado de los pawnís poco antes de ocupar los poblados esparcidos desde la desembocadura del río Cheyén a la desembocadura del Platte. Los pawnís, una mezcla compleja y populosa de tribus caddoparlantes, vivían principalmente en el río Loup, al oeste del Missouri, justo entre las manadas de bisontes, aunque con anterioridad habían vivido más al sur y más al este, en el río Republican. Los wichitas, conocidos por sus casas de hierba, y los caddoes, a los que se considera más adecuadamente como indios de los bosques del sudeste, vivían incluso más al sur, tal como muestra el mapa. Los caddoes, como los mandan, hidatsas, arikaras y pawnís, vivían en casas de barro la mayor parte el año, aunque utilizaban tipis en verano cuando iban a cazar bisontes.

De los cazadores de bisontes totalmente nómadas que encontraron los cheyenes en las Grandes Llanuras en 1780, probablemente los que habían estado más tiempo allí fuesen los pies negros y los apaches. De hecho, se cree que ambas tribus fueron inicialmente cazadoras de bisontes a pie, antes de que adquiriesen caballos (Hyde, 1959; Wood y Liberty, 1980). En el caso de los pies negros, conocidos en los documentos canadienses como «pie negro», se las ingeniaron para permanecer en el mismo territorio después de la llegada de los caballos, aprovechando su posición al borde de las praderas del noroeste para explotar los recursos de la montaña y de la pradera. Por el contrario, los apaches pronto se encontraron expulsados de las praderas centrales, hacia el sudoeste, por los comanches, primos lingüísticos de los yutes y shoshones que, a principios del siglo XVII, salieron en tropel de las montañas hacia las praderas para adquirir caballos y cazar bisontes. Los kiowas, que de algún modo tuvieron su origen entre los indios pueblo del norte de Nuevo México, emigraron al principio como nómadas a caballo hasta el norte de las praderas, a finales del siglo XVII y principios del XVIII, donde se aliaron con un grupo de hablantes de atapascano conocido como «kiowa-apaches». Más tarde, también ellos serían expulsados hacia el sur por los recién llegados a las praderas.

 

Mapa 4.2. Localización de las principales tribus y sus poblaciones, alrededor de 1780 (según Ubelaker,

1992).

Los crows se habían desligado de los hidatsas entre el 1000 y el 1200 d. C., y emigrado hacia el oeste, a una región benévola de praderas llamada Cuenca del Big Horn. Desde esta posición comerciaron de forma intensiva con los hidatsas de una manera que ha sido descrita como «simbiótica». Es decir, ninguno de los dos grupos podía sobrevivir sin el otro. Los hidatsas dependían de la carne y productos del bisonte de los crows, mientras que éstos dependían de los productos agrícolas de los hidatsas. Los assiniboin, como los crows y hidatsas, representaban a la familia lingüística siuxina, pero habían tomado una ruta más norteña hacia las praderas en el siglo XVIII, y no cultivaban. Se convirtieron en uno de los principales factores en el comercio de pieles que se desarrolló en Canadá, tanto en los bosques alrededor del Lago Winnipeg, como de las praderas a lo largo del río Saskatchewan.

Primos cercanos de los assiniboin, lingüísticamente, eran los dakotas y lakotas, que llegaron a las praderas alrededor de la misma época, aunque por una ruta más sureña, desde Minnesota. Estas tribus, cada una de las cuales poseía importantes divisiones y subtribus, estaban fuertemente aliadas entre sí, y cooperaban al hacer la guerra contra grupos contiguos. En el uso moderno, el término «lakota» se utiliza para grupos más occidentales, llamados también tetón. En algunos documentos históricos se utiliza el término «dakota» para designar tanto a los grupos occidentales como a los orientales. La lengua «dakota» de los grupos orientales sólo se diferencia dialectalmente del lakota, teniendo normalmente el sonido «d» donde el lakota tiene «1». También aparecen colectivamente en los primeros documentos como «siux», que es como los llamaban los chippewas, siendo en el siglo XVIII un grupo numeroso y agresivo que acababa de llegar a las praderas. Hacia principios del siglo XIX se habían convertido en el grupo más importante de las praderas del norte, tanto política como militarmente. Los lakotas o tetones se trasladaron finalmente hacia las Colinas Negras y hacia el oeste, mientras que algunos de los grupos dakotas permanecieron en lugares tan orientales como Minnesota.

Alrededor de las Grandes Llanuras vivía un número de tribus que no habitaban continuamente en las praderas, sino que llegaban allí estacionalmente para cazar bisontes. Todos ellos, como los osagues en el este, los yutes y shoshones en el oeste, las tribus de la meseta en el noroeste, y los cris y chippewas en el noreste, tenían otras ocupaciones estacionales que los mantenían alejados de las praderas la mayor parte del año. Las otras ocupaciones principales de los pueblos de la meseta eran la llegada anual del salmón procedente del Océano Pacífico, y la cría de caballos, que llevaban a cabo en el suave clima de los valles de los ríos Snake y Columbia en Idaho y Oregón. Los caballos apalusa fueron desarrollados por una de estas tribus: los nez percé. Los cris y los chippewas al noreste de las praderas estaban al norte de la línea del maíz y no eran horticultores, en invierno cazaban en los bosques alces, caribúes y otras presas, recolectaban bayas, y atrapaban especialmente castores para comerciar con los europeos. Más tarde, partes de ambos grupos se convirtieron en cazadores de bisontes todo el año, llamándoselos «cris de las praderas» y «chippewas de las praderas», respectivamente. De nuevo se da aquí una diferencia entre la nomenclatura norteamericana y la canadiense. En muchos documentos canadienses el término «ojibwa» es sustituido por «Chippewa», refiriéndose al mismo pueblo.

Los osagues y las tribus deguija y chiwer de Iowa y Missouri, con las que estaban emparentados, son llamados a veces «siux del sur», y eran en parte agricultores, por lo que organizaban la caza del bisonte adecuándola a las demandas de los huertos, tal como habían hecho los cheyenes en los primeros tiempos. Los osagues en particular llegaron a ser comerciantes y ladrones muy conocidos. Con una población de unas 7.000 personas, disfrutaban de ventajas militares respecto a sus vecinos, a excepción de los dakotas. Para asegurarse privilegios territoriales y comerciales, hacían incursiones en las tribus lejanas de las praderas, llegando hasta Texas.

El mapa 4.2 muestra las poblaciones y la localización de las tribus de las praderas en la época en la que los cheyenes se convirtieron en nómadas pastorales todo el año, alrededor de 1780. Los números relativos son importantes porque indican las fuerzas económicas y militares de los diferentes grupos. En las tribus agricultoras, la población femenina estaba directamente relacionada con la cantidad de carne secada al sol, nabos de las praderas y pieles de bisonte disponibles para el comercio. En todos los grupos, el número de hombres se relacionaba con su fuerza militar, aunque ésta también dependía del número y calidad de los caballos, al igual que de factores psicológicos y de organización que discutiremos en el próximo capítulo. En los grupos nómadas se calcula que el número de guerreros era de dos por tipi, o alrededor de un tercio de la población total, cifras que excluían a las mujeres, niños y ancianos.

El mapa 4.2 muestra que los cheyenes sufrieron una gran desventaja en número cuando aparecieron por primera vez en las Grandes Llanuras. Constituían un grupo pequeño y no podían permitirse la confrontación con fuerzas militares formidables como las de los pies negros o la de los assiniboin. Igualmente, incluso aunque fuesen aliados de los lakotas desde hacía mucho tiempo, no podían afrontar interponerse en su camino a medida que los éstos se expandían hacia el oeste del Missouri, en dirección a las Colinas Negras. Pero los cheyenes desarrollaron una magnífica solución a sus problemas militares y geopolíticos, como veremos.

 

Los modelos de comercio

Durante el siglo XVIII, los centros comerciales del norte de las praderas fueron los poblados de los horticultores del Missouri central: en el Gran Recodo los mandan y hidatsas, que estaban aliados, y los arikaras en el sur (Jablow, 1951). La base de su comercio eran los productos agrícolas, que intercambiaban por caballos y productos de caza, especialmente cecina y pieles, con los nómadas de las praderas. Dichas tribus intercambiaban caballos, pieles, carne y productos agrícolas con las tribus del nordeste y con los franceses, artículos que ayudaban a mantener al personal del comercio de pieles. En el siglo XVIII, el comercio de pieles en las praderas del norte estaba disputado entre los franceses, que comerciaban desde Montreal a través de los Grandes Lagos y sus afluentes, y la Compañía de la Bahía de Hudson, que comerciaba siguiendo los ríos que desembocaban en la Bahía de Hudson, que incluía principalmente los ríos Red del norte y Saskatchewan (véase el mapa 4.1).

En el sur, los wichitas eran el nexo comercial, ayudados por comerciantes franceses residentes en una ciudad comercial importante localizada en el norte de Texas, allí donde el río Wichita fluye desde el sur hacia el río Red, al este de la moderna ciudad de Wichita Falls, Texas (Hoig, 1993; Kenner, 1969). Además, existía un comercio de caballos y productos agrícolas este-oeste más hacia el sur, entre los comanches y los caddoes (mapa 4.2). A principios del siglo XVIII, los comanches también capturaban a miembros de tribus enemigas para el comercio de esclavos que se desarrolló entre las tribus que vivían en Texas, Luisiana y Nuevo México. Los asuntos militares en el sur estaban dominados por los comanches, que constituían una formidable barrera entre Luisiana y Nuevo México, y a cualquier ocupación europea del toda el área entre los principales puestos comerciales franceses en Natchidoches, en Luisiana, y los asentamientos españoles en el sudoeste de Texas y Nuevo México.

El mapa 4.3 muestra las localizaciones de los puestos comerciales permanentes y de los poblados sedentarios de las Grandes Llanuras y de sus áreas circundantes. Además, muestra la localización de los tradicionales «lugares de reunión» donde dominaba el comercio entre indios, aunque en el siglo XVIII la presencia de comerciantes europeos iba en aumento. En estos lugares se reunían anualmente ciertas tribus para intercambiar sus productos, divertirse juntos, y algunas veces para arreglar matrimonios estratégicos entre los hijos e hijas de los jefes de diferentes tribus.

Mapa 4.3. Localización de los principales centros comerciales a finales del siglo XVIII y principios del

XIX.

Aunque no estuviese en las praderas, la reunión de Dalles generaba varios de los artículos significativos del comercio de las praderas. Situado en un estrangulamiento del río Columbia donde era fácil la pesca del salmón, la reunión tenía lugar en el otoño y atraía a muchas de las tribus de la costa, de la meseta, de la gran cuenca e incluso de las praderas. Los artículos con los que se comerciaba incluían cecina, pieles de bisonte, ciervo y alce, arcos hechos con cuernos, ropa, conchas del océano Pacífico, salmón seco, aceite de pescado, raíces y semillas y, más tarde, caballos y armas de fuego. Los shoshones comerciaban en Dalles, al igual que hacían varias tribus de las praderas que cazaban estacionalmente en éstas, y también patrocinaban su propia reunión en primavera en su territorio nativo, en lo que actualmente es el sudoeste de Wyoming. La reunión shoshón atraía a gran número de tribus de las praderas, especialmente a los crows, que a su vez intercambiaban artículos de la reunión de Dalles, vía reunión shoshón, con sus hermanos hidatsas del Missouri central. Desde allí se intercambiaban ciertos artículos, especialmente conchas, aceites y otros bienes de lujo, con las tribus de las praderas centrales y del noreste, tales como los assiniboin, lakotas y arikaras.

Los lakotas y dakotas también tenían un lugar de reunión anual, hacia el este, inicialmente en las cascadas de Saint Anthony, cerca de las actuales Minneapolis y Saint Paul, pero posteriormente lo desplazaron al río Minnesota, lugar de la visita de Jonathan Carver en 1766. Aquí los cazadores de las llanuras intercambiaban caballos, cecina, pieles y otros productos de caza por bienes europeos, al igual que por productos agrícolas y del bosque de las tribus de los bosques. Una de las razones del éxito de los lakotas en expandir su territorio hacia las praderas fue el mantenimiento en Minnesota de una fuente segura de bienes europeos, especialmente armas de fuego y pólvora.

En el límite noroeste de las praderas, el pueblo de Taos hacía mucho que había recibido a los cazadores de las praderas en su feria anual, que todavía continúa en la actualidad cada verano, tanto para comerciar entre indios como para entretenimiento de los turistas. En una época anterior, el pueblo de Pecos en el este de Nuevo México, al borde de las praderas, fue un centro comercial entre los indios pueblo y los cazadores de las praderas. Con la llegada de los españoles, el comercio entre los indios pueblo y los de las llanuras llegó a ser incluso más importante, puesto que los bienes europeos estaban disponibles en los pueblos. Pero los gobiernos español, mexicano y de Nuevo México no permitieron que se intercambiasen armas de fuego con los indios. La armas de fuego de manufactura española que aparecieron en las praderas no se consiguieron en el comercio legal, sino que se robaban durante las incursiones que hacían los indios en asentamientos esparces, o se obtenían en el comercio ilegal con los «comancheros», que eran comerciantes semilegales que viajaban a las praderas desde Texas y Nuevo México para comerciar con las tribus del sur, especialmente con los comanches. De paso debemos observar que los indios de las praderas han reconocido tradicionalmente diferencias de nacionalidad entre los colonos que empezaron a ocupar el área cerca de la costa del golfo, en Texas y oeste de Luisiana, a los que llamaron «tejanos», y la gente que vivía a lo largo del Río Grande, a los que llamaron «mexicanos», ya fuesen españoles, mexicanos o indios pueblo. El término «americano» se reservaba para los inmigrantes del este que se asentaron a lo largo de Kansas, Nebraska y las dos Dakotas.

La principal presencia francesa permanente en el sur de las praderas fue Natchidoches, donde la política oficial del gobierno francés y del posterior gobierno español, desde 1762 a 1800, estaba representada por un agente indio. En otros lugares de las praderas del sur y del centro la presencia francesa era móvil, aunque los comerciantes franceses a veces construían fuertes y puestos comerciales. Los comerciantes intentaban trasladarse de año en año en respuesta a los modelos de alianza y enemistad entre sus tribus clientes. Los establecimientos franceses permanentes para el comercio en el río Missouri estaban mucho más al este, en Cahokia y Saint Genevieve, cerca de lo que ahora es Saint Louis, en Missouri.

En Canadá, el comercio francés se organizó inicialmente a partir de Montreal y desde los puestos comerciales en el área de los Grandes Lagos hasta el océano Pacífico. En general, el eje social del comercio francés lo constituía el fuerte y fluvial grupo de comerciantes conocido como voyageurs. Partiendo en primavera en canoas o piraguas llenas de bienes comerciales, los comerciantes franceses regresaban en otoño con los botes y balsas cargados de pieles de castor y otros productos del trabajo de los indios. Si tenían que pasar el invierno en territorio indio, preferían estar con los indios, aumentando su stock de pieles mediante el comercio continuo. Algunas veces, los comerciantes organizaban encuentros con grupos indios en lugares comerciales designados, donde el comercio podía llevarse a cabo con seguridad.

El comercio francés fue especialmente significativo con los osagues, que insistían en mantener un papel de intermediarios entre los franceses en el bajo Missouri, y las tribus de las praderas. En varias ocasiones los osagues entraron en guerra con todos sus vecinos, al igual que con los franceses, para mantener su hegemonía en Missouri y en lo que ahora es el este de Kansas y nordeste de Oklahoma. Como tribu numerosa y poderosa, los «osagues imperiales» buscaban controlar el comercio de los bienes franceses en los afluentes sureños del Missouri, y allí donde el río Arkansas gira hacia el sur de Kansas, en dirección a Oklahoma, convirtiéndose en una vía fluvial amplia, permanente y navegable.

Después de un tratado firmado en París, en 1763, el valle del Missouri se convirtió en territorio español, y Canadá pasó a ser británico en lugar de francés. Al principio, esto tuvo pocas consecuencias para el comercio de las praderas, que lo llevaban a cabo los mismos comerciantes franceses de Nueva Orleans, Saint Louis y Montreal, aunque operando bajo franquicia española o británica. Sin embargo, en el norte, la Compañía de la Bahía de Hudson controlada por los británicos pronto desplazó a los comerciantes franceses, comerciando desde sus puestos comerciales permanentes en el Saskatchewan, tal como aparece en el mapa 4.3. Hacia 1780, tanto los comerciantes franceses como la Compañía de la Bahía de Hudson poseían puestos comerciales permanentes en las praderas del norte.

La compra de Luisiana en 1803 puso toda la cuenca del Missouri y del Mississippi bajo control de Estados Unidos, lo que significó que tanto los comerciantes franceses como los británicos fueron desplazados del centro de las Grandes Llanuras, aunque los británicos continuaron comerciando desde Canadá y los españoles desde Texas y Nuevo México. La expedición de Lewis y Clark, en 1804-1806, y la expedición de Atkinson de 1825 se emprendieron para organizar y movilizar a los indios de las praderas para propósitos estadounidenses, de forma que 1) viviesen en territorios concretos reconocidos por EE. UU., 2) comerciasen sólo con comerciantes americanos y únicamente en lugares designados para ello, y 3) arrestasen o expulsasen a cualquier comerciante español o francés que entrase en territorio reivindicado por EE. UU.

Los primeros artículos producidos por el trabajo nativo que atrajeron el interés de los europeos, desde principios del siglo XVII, fueron las pieles de castor, con las que se hacían sombreros de fieltro en Europa y América. Dado que los castores son animales del bosque que necesitan arroyos permanentes y árboles de madera blanda para alimentarse (álamos temblones, chopos), el comercio de pieles de castor circunvaló las praderas en su mayor parte. De entre los indios de las praderas durante su período ecuestre, sólo los pies negros y los assiniboin capturaban castores en cantidades significativas. Esto se debía a que para la mayoría de tribus, la captura de castores era incompatible con una forma de vida nómada. La captura de castores se realizaba colocando una línea de trampas de varios kilómetros, a lo largo de riachuelos de montaña donde se hallaban los diques y las viviendas de los castores. Agotar los suministros de castores a lo largo de una línea requería varias semanas o meses de trabajo, supervisando las trampas cada día, o al menos cada pocos días. Los cazadores de bisontes nómadas no podían permitirse permanecer en un lugar todo ese tiempo. En primer lugar, los pequeños pastos de hierba de montaña normalmente se habían comido hasta la base en pocas semanas, y luego, los nómadas tenía que trasladarse constantemente para seguir a los bisontes y explotar las bayas y raíces de las que dependían. Así pues, era sólo en los límites de las praderas del norte que ciertas tribus podían ingeniárselas para organizar la captura de castores entre las demás actividades que eran importantes para su economía. Generalmente hablando, los castores del norte de las Montañas Rocosas no se explotaron demasiado hasta las primeras décadas del siglo XIX, cuando un gran número de comerciantes y tramperos americanos y canadienses aparecieron en el área.

Sin embargo, las pieles de bisonte poseían un lugar totalmente diferente en la economía de los indios de las praderas. Éstas eran productos de un animal que era su primer objetivo de caza, y ya sabían cómo producir pieles curtidas, aunque no en grandes cantidades. Cuando, en el siglo XVIII, el número de castores empezó a disminuir, al igual que la demanda de sus pieles, los comerciantes europeos en el área de las praderas empezaron a desviar su atención a la adquisición de pieles de bisonte, animando a las tribus de las praderas a que las produjesen.

En dicha época, los comerciantes franceses de Saint Louis empezaron a desplazar sus puestos comerciales más allá del bajo Missouri, hacia el centro de las praderas, en lugar de concentrar su atención en la producción de pieles de castor en los afluentes del Missouri cerca de las Montañas Rocosas, en el área de la actual Montana. Los comerciantes canadienses en Manitoba y Alberta ya estaban bien situados, y simplemente desviaron su atención de los bosques a las praderas.

En las praderas del sur, el comercio del castor nunca había sido extenso, y el comercio de las pieles de bisonte pronto lo sobrepasó. Después de que, en 1826, se aboliese el «sistema de factoría» para el comercio indio en los territorios de Estados Unidos, los comerciantes norteamericanos no necesitaban poseer una franquicia especial, siendo libres para comerciar con los indios de las praderas. Por consiguiente, varios de los puestos comerciales pertenecientes a los americanos crecieron en los ríos Arkansas, Platte y Missouri.

Para los cheyenes, el fuerte Bents en el Arkansas, que había sido reconstruido como un hito histórico en su posición original cerca de Lajunta, en Colorado, se convirtió en el puesto comercial más importante. La importancia de este fuerte y puesto comercial se vio realzada por su especial relación con la ciudad de Taos en Nuevo México (Lavender, 1954; Garrard, 1955). Después de la ocupación norteamericana de Nuevo México en 1846, Charles Bent, que había sido comerciante durante mucho tiempo y que residía en Taos, fue nombrado gobernador del estado, mientras que su hermano, William Bent, continuó dirigiendo el fuerte Bents. Los bienes mexicanos, especialmente las mantas, alimentos y los remanentes del comercio de pieles de castor, viajaban en esta época al fuerte Bents, intercambiándose con los indios, o se enviaban al este, a la Ruta de Santa Fe. De Saint Louis llegaban bienes manufacturados, especialmente armas de fuego y hervidores, y de los indios de las praderas llegaban pieles de bisonte y caballos, que se enviaban al este, a Saint Louis, mientras que los bienes de Saint Louis se enviaban hacia el sudoeste, a Nuevo México.

Sin embargo, los dos artículos más importantes eran las armas de fuego y los caballos, que seguían un patrón natural de intercambio de sudoeste a noreste. El patrón era natural porque los caballos se criaban mejor y eran más numerosos en el sudoeste de las praderas, mientras que las armas de fuego sólo podían conseguirse de fuentes francesas y británicas, y posteriormente norteamericanas, en el límite oriental de las praderas. Las armas de fuego no sólo eran escasas porque estuviesen prohibidas en el comercio indio por el gobierno colonial español, sino también porque los osagues y otras tribus en el límite oriental de las praderas impedían a los comerciantes franceses y norteamericanos intercambiar armas de fuego con sus enemigos de las praderas. Por ejemplo, los osagues insistieron en su derecho a inspeccionar todos los botes que remontasen el Missouri, quedándose con las armas que encontraran, al no querer que sus enemigos se armasen, especialmente los lakotas y los pawnís. Mientras que los lakotas poseían su propio suministro de armas de fuego en Minnesota, los pawnís no tenían ninguno, por lo que sufrían terriblemente en las guerras.

Los caballos que pertenecían a las tribus indias de las praderas del sudoeste provenían de tres fuentes principales: 1) de incursiones en manadas domésticas en México, Nuevo México y Texas, especialmente aquellas realizadas por los comanches, 2) de manadas de caballos salvajes en el este de Colorado y oeste de Nebraska, y 3) del incremento natural de los caballos que tenían los indios. Durante sus primeros días en las praderas del norte, los cheyenes dependieron de las incursiones sobre los kiowas y los comanches para conseguir caballos. Cuando se trasladaron más hacia el sur, sus manadas eran más fértiles, produciendo un incremento neto de caballos cada año. Al trasladarse a lo que ahora es el este de Colorado, ciertas bandas de cheyenes se convirtieron en consumadas captoras de caballos salvajes en dicha área, intercambiando los caballos capturados con otras bandas de cheyenes, con otras tribus y con el fuerte Bents. Y al final, después de la gran alianza con los kiowas, comanches y apaches en 1840, los cheyenes se unieron a ellos en las incursiones a los ranchos de Texas y Nuevo México en busca de caballos.

Las armas de fuego se utilizaban principalmente para la guerra, no para cazar, aunque al disponer de revólveres después de la Guerra Civil, los utilizaron para matar bisontes a caballo. Las primeras armas de fuego que obtuvieron los cheyenes fueron los arcabuces de pedernal de carga por la boca, fabricados siguiendo el clásico diseño francés de 1763. Sin embargo, durante el siglo XIX, las armas de fuego con cápsulas de percusión y capacidad de retrocarga pudieron conseguirse de forma creciente de fuentes norteamericanas.

Aunque en las praderas, los modelos comerciales eran complejos, el comercio de caballos se daba generalmente del sudoeste hacia el norte y el este. Las armas de fuego provenían de los franceses en el norte y este, y eran introducidas en las praderas hacia el oeste y sur. Las pieles de bisonte curtidas y sin curtir se originaban en las praderas y se distribuían en todas direcciones. Las mantas, sillas de montar y alimentos eran comercializados en las praderas por los indios pueblo y los españoles y mexicanos residentes en Nuevo México, en dirección nordeste. Los cuchillos, hervidores y otros objetos de metal, abalorios y muchos artículos pequeños los comercializaban en las praderas todas las fuentes europeas. Los más significativos de todos los artículos, en términos monetarios, eran las armas de fuego, los caballos y las pieles de bisonte. Sin embargo, en las praderas del sur un arma de fuego podía costar entre seis y diez caballos, mientras que entre los assiniboin del norte un buen caballo valía quizás dos o tres armas de fuego. En la década de 1830, las pieles de bisonte valían entre dos y cinco dólares en metálico en el fuerte Bents, pero a partir de diez o veinte dólares en Saint Louis. El comercio de las praderas, por lo tanto, se basaba en el significado de estos diferentes valores, y lo mismo sucedía en la guerra.

 

Los corredores de comercio y de guerra

En un ensayo clásico, Patricia Albers ha desarrollado un modelo para explicar los

patrones históricos del comercio y la guerra en las praderas (Albers, 1993).[17] No es de sorprender que hallen tan conectadas la guerra y el comercio, puesto que, en otras situaciones, se ha observado esto en otros continentes. Por ejemplo, está más allá de toda duda que tanto antes como después de la Segunda Guerra Mundial, los japoneses fueron un socio comercial de los Estados Unidos, y que la guerra se libró, hasta cierto punto, para determinar qué país disfrutaría de la hegemonía política y económica en el arco del Pacífico. Entre los eruditos geopolíticos, el eslogan es: «comercias con tus enemigos»; si derrotas a tu enemigo, puedes expulsarlo del comercio, o dictarle los términos de intercambio. Y ésta fue la base de la guerra en las praderas norteamericanas.

Pero en este contexto aún debemos tratar otro de los mitos sobre los indios norteamericanos, a saber: la idea de que cada una de las tribus de las praderas tenía «enemigos tradicionales» y «aliados tradicionales». En la mayoría de casos una tribu había luchado tanto al lado de cualquiera de sus vecinos como en contra de ellos, en algún momento de su historia. Por poner un ejemplo extremo, después de dos años de haberse embarcado en una guerra genocida contra los kiowas en la batalla de Wolf Creek, los cheyenes los acogieron y les dieron armas de fuego durante la celebración de la gran alianza de 1840. Puede que a algunos les sorprenda saber que los cheyenes estaban altamente emparentados matrimonialmente con tres de sus más intransigentes enemigos: los pies negros, los pawnís y los crows. De forma que los modelos de guerra en las praderas deben considerarse temporales y dedicados a ciertos propósitos restringidos y estratégicos, en lugar de eternos y «tradicionales».

El objetivo de la guerra en las praderas, según Albers, era dominar ciertos corredores de comercio, cada uno de los cuales se caracterizaba por una «cadena» de tribus contiguas que comerciaban unas con otras. Por ejemplo, existía un corredor de comercio a lo largo del Missouri, entre el lugar de reunión de Dalles y los poblados hidatsas del Missouri central. Históricamente, esta ruta comercial había estado dominada por los crows, debido a su relación especial con los hidatsas y a poseer su misma lengua. Paralelo a este corredor, en el norte, había otro corredor de comercio que iba desde los pies negros hasta los comerciantes del río Saskatchewan, en dirección este, hacia los bosques. Éste estuvo históricamente dominado por los pies negros, pero en los siglos XVIII y XIX, los atsinas, assiniboin y lakotas emigraron a las praderas al norte de las Colinas Negras e intentaron introducirse en dichas conexiones comerciales.

Para entender las migraciones de los cheyenes y su papel en la historia de las praderas, primero debemos entender la competición en general entre las tribus de las praderas por una posición en el comercio. Albers utiliza la analogía de una cadena, que expondré brevemente aquí. En todas las situaciones en las que el comercio es deseable, un artículo vale menos allí donde se produce que en cualquier otra parte; si no fuese así, nadie tendría motivos para comerciar. En el caso de los caballos, por ejemplo, hemos visto que un caballo valía quizás diez veces más en el río Saskatchewan que en Texas. Hablando en términos generales, el valor de un caballo era proporcional a la distancia de su lugar de origen. Por lo tanto, cada vez que un caballo se intercambiaba en dirección nordeste valía más, obteniendo el comerciante como beneficio la diferencia entre los que le costaba el caballo cerca de su origen y lo que obtenía por él cuando comerciaba lejos de éste.

Si un caballo se intercambiaba seis veces entre Texas y Canadá, cada comerciante obtenía aproximadamente una sexta parte de la diferencia respecto al valor total, pero si se intercambiaba sólo tres veces, entonces cada comerciante obtenía un tercio de la diferencia. De esta forma, iba en beneficio de las tribus asegurarse de que existiesen los menores eslabones posibles en la cadena en la que comerciaban. Por consiguiente, intentaban expulsar a las demás tribus de la cadena. Pero cuando los assiniboin, atsinas y lakotas intentaron introducirse en la cadena comercial disminuyeron los beneficios de los pies negros y de los crows.

Otra estrategia de las guerras comerciales al norte del Missouri, aparte de expulsar a los competidores fuera de la cadena, era dominar dos cadenas de comercio diferentes, haciendo que convergieran en el comerciante principal. Esta estrategia la siguieron, por ejemplo, los assiniboin, que buscaban controlar tanto la cadena de comercio del Saskatchewan como la del Missouri, mediante la dominación de todos los puestos comerciales del margen nororiental de las praderas, de forma que todos los bienes tuviesen que pasar por ellos.

Para las tribus que constituían eslabones intermedios de una cadena, tales como los atsinas y lakotas a finales del siglo XVIII, y los cris y chippewas de las praderas posteriormente, la estrategia era tanto expulsar de la cadena a las demás tribus como controlar el acceso directo a los puestos comerciales. Es decir, tanto aquí como en el sur, donde los cheyenes habían entrado en las praderas, el objetivo de todos los competidores en el comercio era minimizar los eslabones de su propia cadena y ocupar los lugares donde convergían diferentes cadenas de comercio.

 

La solución cheyén

El mapa 4.2 muestra que cuando los cheyenes aparecieron por primera vez en las praderas, alrededor de 1780, su población era de unas tres mil personas (Ubelaker, 1992). El poblado incendiado de Biesterfeldt probablemente albergó a unas novecientas personas, a juzgar por la arquitectura del yacimiento, y el poblado cheyén en el que se refugiaron en Porcupine Creek tenía aproximadamente el mismo tamaño. De hecho, por razones que conciernen a la economía de escala, casi todos los poblados de los horticultores ribereños de esta época tenían este tamaño. De tal forma, la suma de cheyenes en Porcupine Creek llegaba a unos mil ochocientos, incluyendo a unos seiscientos guerreros. Pero en las praderas se estaban produciendo circunstancias que pronto aumentarían dichas cifras. En primer lugar, una banda emparentada con los cheyenes que éstos habían dejado atrás entre los lakotas, conocida por ellos como la banda sheo, pero por los cheyenes como masikotas, se vieron envueltos en una disputa con otras bandas lakotas, uniéndose a los cheyenes en el oeste del Missouri. Poco después, cuatro bandas de una tribu que hablaba una lengua algonquina ligeramente diferente, los sutaios, también se unieron a los cheyenes, aumentado su número hasta unos tres mil, incluyendo a mil guerreros, los suficientes para una demostración militar respetable.

Los cheyenes no estaban solos en su intento de aumentar de número en aquellos años. Los kiowas, como hemos visto, se habían integrado en los kiowa-apaches, estando todos los grupos ocupados en la captura de mujeres y niños de las tribus enemigas, para aumentar sus propias poblaciones. Los comanches y kiowas empezaron a adoptar a mexicanos adultos para aumentar su número. Algunas tribus se estaban enriqueciendo con el comercio, la guerra se estaba intensificando, y todos se dieron cuenta de que, en gran parte, el éxito dependía de la cantidad de guerreros que una tribu pudiese poner en el campo de batalla.

A diferencia de otras tribus, especialmente los comanches, los cheyenes hicieron grandes esfuerzos para integrar sus bandas en una nación cheyén. Iniciaron la danza del sol, que tiene como efecto político la exigencia de que todas las bandas se reúnan una vez al año y representen su solidaridad política y militar; teniendo sus cuatro flechas sagradas, que eran el centro de elaboradas ceremonias de renovación. Estas flechas se asociaban a las leyes tribales que prohibían el asesinato entre bandas y les exigía guerrear juntos una vez que se hubiese hecho legalmente una declaración de guerra. Así, a diferencia de otras tribus tales como los lakotas, en que una banda o división podía respetar o no la declaración de guerra hecha por las otras, los cheyenes exigían la absoluta participación de todas. Una guerra a escala total implicaba «movilizar las flechas» contra el enemigo, por lo que todos los hombres, mujeres y niños tenían que estar presentes en el lugar de la batalla. Los guerreros reticentes a participar eran golpeados, o se les quemaban los tipis, o se les mataban los cabedlos. Por tales medios, hacia finales del siglo XVIII, los cheyenes iban por buen camino para crear una feroz, disciplinada y eficiente máquina de guerra.

Hacia esa época, el liderazgo cheyén realizó otro movimiento geopolítico que fue estratégicamente genial, y que al final les aseguró el éxito para conseguir un territorio en las praderas: concertaron una alianza con los arapahoes. Éstos, como los cheyenes, sufrían de una deficiencia numérica. Habiéndose escindido de los atsinas en torno a 1700, estaban esforzándose por entrar en la cadena de comercio norte-sur, a los pies de las Montañas Rocosas, manteniendo a raya a los yutes y shoshones en las montañas y separando a los kiowas de sus socios comerciales, los crows. En esa época, los pies negros estaban obteniendo más armas de fuego y caballos, y estaban presionando a los crows desde norte. Los arapahoes, por lo tanto, estaban en una situación peligrosa, sin aliados cerca, y furiosamente en guerra con todos sus vecinos. Los pies negros, aliados potenciales, estaban demasiado lejos para ayudar, y sus hermanos atsinas tenían problemas propios, al intentar entrar en la cadena de comercio a lo largo del Saskatchewan haciendo alianzas con los pies negros, crows y assiniboin.

Tanto los cheyenes como los arapahoes reconocieron las ventajas de una alianza. Con una fuerza combinada, quizás podrían dominar el corredor comercial que llevaba desde las áreas ricas en caballos, cerca del Arkansas, hasta los poblados del Missouri central en el punto en que el corredor se estrecha entre las Montañas Rocosas y los pawnís. Aunque los pawnís no estaban bien armados, todavía eran formidables debido a que vivían en poblados fortificados y eran numerosos. Al expulsar a los kiowas hacia el sur, los cheyenes y arapahoes podrían desplazarlos como socios comerciales especiales de los arikaras. Esto estaba en consonancia con la existente alianza cheyén con los lakotas, que eran los socios comerciales de los arikaras en el este.

La nueva alianza entre los cheyenes y los arapahoes tenía tres objetivos estratégicos, el primero de los cuales era obtener el control de los pastos de bisontes más productivos de todas las praderas: el área de la bifurcación del Platte, al sur del Arkansas. Sin un buen acceso a los bisontes, las tribus no tendrían nada para comer y sólo caballos para comerciar. Segundo, la alianza tenía que proseguir las existentes pautas arapahoes, que eran hacer retroceder a los yutes, shoshones y crows, de forma que dichas tribus se viesen forzadas a participar o bien en el corredor de comercio intermontano, de norte a sur atravesando Utah, por detrás de la Cordillera Delantera de las Rocosas, o bien en el corredor Dalles-hidatsa, aproximadamente a lo largo del alto Missouri. La tercera parte de la emergente agenda militar cheyén-arapahoe era participar con los lakotas en su invasión hacia el oeste. Esto implicaba cooperar con éstos en sus ataques a los pawnís, mientras se los animaba a que ayudasen al esfuerzo cheyén-arapahoe para expulsar a los kiowas hacia el sur.

Durante los primeros años de la alianza cheyén-arapahoe, el área principal de actividad militar estuvo en el alto Platte, donde los shoshones y yutes estaban acostumbrados a entrar en las praderas para la caza estacional del bisonte. Los yutes, después de algunas batallas iniciales con la alianza, decidieron buscar una ruta más occidental y sureña hacia las praderas, a lo largo del alto Arkansas, donde encontrarían a los comanches y, posteriormente, a los kiowas, en lugar de a los cheyenes y arapahoes. En este período, los shoshones estaban siendo castigados por unos rejuvenecidos y bien armados pies negros, por lo que al final desistieron de sus esfuerzos por ser cazadores de bisontes durante todo el año. Cuando, en 1817, los cheyenes movilizaron las flechas sagradas contra los shoshones para entablar una guerra genocida con ellos no pudieron encontrarlos.

La guerra contra los kiowas fue mucho más fácil de lo esperado, simplemente porque los comanches, situados al sur de los kiowas, habían decidido invadir Texas a fin de obtener una posición mejor para comerciar y hacer incursiones entre los asentamientos españoles, al sur y oeste, y los wichitas, caddoes y luisianas, al norte y este. Después de algunas hostilidades iniciales entre ellos, en 1790 los kiowas se asentaron alrededor y al sur del Arkansas, con los comanches como aliados. Siendo un grupo relativamente pequeño, los kiowas dieron la bienvenida a una alianza con los comanches como protección contra la alianza cheyén-arapahoe, y como socios en las incursiones en México. De esta forma los cheyenes se abrieron camino en las praderas centrales, empezando a dominar el comercio legítimo de caballos del sur, al igual que realizando continuas incursiones en busca de caballos en las tribus sureñas, y dominado el comercio de armas de fuego, hervidores y otros bienes de manufactura europea o colonial, al sur del Missouri central.

Los cheyenes, por lo tanto, hicieron converger en sí mismos dos de las importantes cadenas comerciales de las praderas. Primero estaba el corredor al pie de las Rocosas, desde los kiowas hasta los pies negros, colocándose entre los crows y los kiowas en esa cadena. Y segundo, estaba el corredor más oriental, desde los comanches hasta los arikaras; aquí los cheyenes tuvieron que neutralizar a los pawnís y entrar en la cadena entre los arikaras y pawnís, y los kiowas al sur. Sin embargo, para mantener su envidiable posición en la convergencia de las dos cadenas, los cheyenes y sus aliados arapahoes debían atender continuamente varias tareas militares: 1) tenían que mantener a los pawnís fuera de las praderas y encerrarlos en sus poblados en el Loup, 2) tenían que mantener a los yutes, shoshones, y crows en su lugar y 3) tenían que desalentar a los kiowas y comanches de cazar o comerciar al norte del Arkansas. Entre 1790 y 1840 los cheyenes alcanzaron todos esos objetivos, y pronto llegaron a ser conocidos entre sus vecinos no sólo por su ferocidad en la guerra, sino también por su gran riqueza, tal como se ponía de manifiesto en el lujo de sus tipis y en sus grandes manadas de caballos. Pero varios factores estaban conspirando hacia esa época para desbaratar el statu quo de las praderas, y éstos fueron: la inesperada intensidad del comercio de pieles de bisonte; la invasión, atravesando el Missouri, de sus aparentes aliados, los lakotas, y las epidemias recurrentes de enfermedades contagiosas entre los horticultores ribereños. Todos ellos se combinaron para desordenar y reordenar el modelo de cadenas comerciales y alianzas militares en las praderas a principios del siglo XIX.

 

La invasión y la enfermedad

Tanto si los lakotas expulsaron a los cheyenes de las Colinas Negras, como si los cheyenes se lo permitieron es materia de disputa entre los ancianos lakotas y cheyenes. El tema surgió en 1980, cuando un grupo de tradicionalistas lakotas se dirigió al gobierno tribal cheyén del norte, pidiéndole que realizase una reclamación legal sobre las Colinas Negras, como vía para bloquear un pago propuesto de diecisiete millones de dólares en metálico a los gobiernos tribales lakotas como compensación por la reivindicación lakota de las Colinas Negras. Los tradicionalistas no querían que los gobiernos tribales aceptasen el dinero, sino que les devolviesen las Colinas Negras. Los cheyenes del norte, a su vez, me contrataron para entrevistar a los ancianos cheyenes sobre su propia reivindicación, que en 1981 tuvo como resultado la publicación de un documento etnohistórico con propósitos legales (Moore, 1981). Mi conclusión fue que hasta 1840 los cheyenes poseían totalmente las Colinas Negras, y que si alguna acción militar había acompañado a la emigración de las bandas del sur desde las Colinas, y a la ocupación lakota, ésta fue muy pequeña. Como hemos visto en la exposición del comercio, los cheyenes del sur tenían de hecho buenos motivos para trasladarse voluntariamente al sur, y asumir así una posición privilegiada en el comercio de las praderas.

Sobre la misma época en que se produjo la invasión lakota atravesando el Missouri sucedieron acontecimientos catastróficos entre los agricultores ribereños que cambiarían en lo fundamental la economía política de las Grandes Llanuras. Habiendo empezado a finales del siglo XVIII y acabado con la gran epidemia de viruela de 1837, las poblaciones fluviales se redujeron a la mitad repetidamente debido a brotes de enfermedades mortales contagiosas (Trimble, 1986). Los mandan fueron los más afectados, quedando sólo unos pocos cientos, de una población aproximada de cinco mil en 1780, después de la epidemia de 1837. Los arikaras vivían en poblados que estaban más dispersos, por lo que sufrieron algo menos, aunque habían disminuido hasta unas mil quinientas personas hacia 1840. Los hidatsas, algunos de los cuales eran seminómadas hacia principios del siglo XIX, disminuyeron hasta una población de mil quinientas personas, aunque algunos de ellos se refugiaron entre los crow. Los supervivientes de las tres tribus ribereñas, aunque diferían en lengua y cultura, se unieron en 1845 para defenderse contra los lakotas, en un único poblado llamado Como-un-anzuelo, donde se sitúa la actual reserva de Fort Berthold.

Confundiendo las dificultades de los pueblos ribereños en esa época, los lakotas empezaron un período de seria y continua guerra contra ellos. Al haber sobrepasado a los pueblos ribereños en su migración atravesando el Missouri, ya no los necesitaban para comerciar, por lo que decidieron exterminarlos o expulsarlos, de forma que pudiesen tener un acceso indiscutible al comercio fluvial de Saint Louis, que se estaba haciendo más importante debido a la introducción de barcos fluviales. Dado que las poblaciones de los grupos ribereños habían disminuido tan drásticamente, ya no pudieron producir un excedente de productos agrícolas, que eran la base de su papel en el comercio de las praderas, especialmente con los lakotas.

Los pawnís, otra tribu agricultora sedentaria, también fue golpeada por las enfermedades contagiosas. Hacia 1840 su número había disminuido hasta cerca de la mitad, a un total de cuatro mil quinientas personas. Los osagues y sus vecinos se vieron afectados de forma similar, por lo que dejaron de ser la potente fuerza militar que habían representado varias décadas atrás. Hacia 1850 fueron demasiado débiles para interceder de forma efectiva en los asuntos militares de las praderas, por lo que paulatinamente todos los grupos cercanos al río Missouri cayeron bajo la influencia de los comerciantes, agentes políticos y fuerzas militares europeas y norteamericanas.

En comparación con las tribus sedentarias, los pueblos realmente nómadas de las praderas no sufrieron terriblemente las enfermedades epidémicas de los siglos XVIII y XIX. La principal razón de ello fue su dispersión en bandas a lo largo de las praderas, por lo que las enfermedades contagiosas no se trasmitían tan rápida o completamente entre ellos. Aunque algunas bandas se contagiaron de viruela y cólera en varias ocasiones, su respuesta inmediata —huir a las praderas en pequeños grupos de familias extensas— fue una defensa efectiva contra el contagio de todos. En la epidemia de cólera de 1849, por ejemplo, sólo una banda cheyén, la masikota, se vio seriamente afectada, sufriendo una mortandad de alrededor del cincuenta por ciento. Esta misma tasa de mortalidad la sufrieron tribus enteras de agricultores ribereños, no sólo una vez, sino repetidamente, de aquí que fuesen diezmados.

Hacia 1840, por lo tanto, existía una nueva situación política en las praderas. Los grupos ribereños prácticamente habían desaparecido, y los lakotas dominaban el área que iba desde el Missouri a las Colinas Negras, y hasta el Platte en el sur. Los cheyenes y arapahoes dominaban las praderas centrales, y en 1840 acordaron una gran alianza con los kiowas, comanches y los pocos apaches de las praderas del sur. Los comanches se habían expandido hacia el sur habiendo hecho retroceder los asentamientos de los texanos, cazando, haciendo incursiones y comerciando libremente desde el Río Grande a Natchidoches. En las praderas del norte, los lakotas se estaban expandiendo hacia el noroeste al igual que hacia el sur, siendo tan numerosos y poderosos que tenían poca necesidad de alianzas. Al haber expulsado a la mayoría de sus competidores de los corredores comerciales de las praderas del norte, comerciaban libremente desde el Platte del Norte a Minnesota. Aliados con los cheyenes y arapahoes en el sur, aún castigaban y perseguían a los debilitados osagues y pawnís cuando podían.

En esta época, estaban surgiendo varios factores nuevos en el territorio controlado por los cheyenes. El primero de ellos, los bien armados delawar, shawní y otras tribus de indios orientales estaban emigrando a las praderas del este, desplazados por el Acta de Traslado Indio de 1828, que había establecido reservas para ellos en Kansas y en territorio indio. Bien armados, pero pobremente montados, no cazaban en las praderas sólo para alimentarse, sino también para conseguir pieles con las que comerciar hacia el este. Más hacia el sur se había fundado la República de Texas, y en la década de 1840 los texanos se estaban organizando para una invasión y guerra de extermino no sólo contra los comanches, sino también contra los desplazados indios del este, especialmente los cherokis y los shawnís, que habían penetrado en la parte oriental de la república. La Guerra con México de 1845, finalizada con el Tratado de Guadalupe Hidalgo en 1848, significaba que tanto Nuevo México como Texas se convertían en parte de los Estados Unidos de América. Ya no pudieron explotar en su provecho las diferencias de actitud política y políticas comerciales entre los vecinos españoles, canadienses, franceses y norteamericanos.

De forma más inquietante, la frontera norteamericana y sus inmigrantes estaban avanzando hacia el centro de las praderas, hacia el territorio cheyén. No sólo los ranchos y granjas avanzaban río Red y Brazos arriba en el sur, empujando a los comanches hacia el norte, sino que asentamientos de «americanos» se estaban desplazando hacia el oeste, remontando los ríos Kansas, Republican y Smoky Hill, directos a las más valiosas reservas de caza cheyenes. Además de los colonos permanentes, miles de emigrantes estaban cruzando las praderas a través de territorio cheyén, a lo largo de los nos Platte y Arkansas (Gregg, 1962; Parkman, 1903).

La Ruta de Santa Fe a lo largo del río Arkansas había sido de alguna importancia comercial durante mucho tiempo, pero cuando México se independizó de España en 1821, la puerta para comerciar con Estados Unidos estaba abierta. La Ruta de Santa Fe desde Independence, en Missouri, era la ruta más importante de dicho comercio, poseyendo dos principales subrutas, una ruta sureña a través del desierto y directamente a Santa Fe, y otra más sencilla y norteña a través del fuerte Bents, donde comerciaban los cheyenes, y luego hasta Taos y Santa Fe.

La Ruta de Oregón a lo largo del río Platte no había sido comercialmente importante, pero en la década de 1820 se abrió totalmente al tráfico de inmigrantes. Al igual que la ruta de Santa Fe, se vio inundada por inmigrantes cuando en 1849 se descubrió oro en California. Sin embargo, para muchos inmigrantes la «fiebre del oro» era sólo un símbolo del movimiento hacia el oeste; la mayoría de ellos eran granjeros, rancheros y comerciantes que se dirigían al norte de California y al Territorio de Oregón. Ambas rutas de inmigrantes experimentaron otro breve flujo de inmigrantes en 1859, cuando se descubrió oro en Colorado, conduciendo al establecimiento de la ciudad de Denver, un asentamiento que bloqueaba las históricas rutas comerciales indias al pie de las Rocosas.

Hacia 1860, más de cien mil inmigrantes con su ganado habían pasado por las rutas de Oregón y Santa Fe, y su efecto sobre el paisaje fue devastador. Los bisontes habían sido alejados del río Platte, en el camino de la Ruta de Oregón, de forma que quedaron separados de forma permanente, constituyendo una «manada norte» y una «manada sur». Los inmigrantes, al igual que los cazadores comerciales y los «montañeses», también habían devastado una de las mejores zonas de bisontes de las praderas, el área entre los brazos del Platte. La mejor de las restantes áreas de bisontes controladas por los cheyenes estaba en la cabecera de los ríos Republican y Smoky Hill. El tráfico de inmigrantes también había acabado con algunas de las mejores áreas de acampada de los cheyenes a lo largo del Platte y del Arkansas.

Los cheyenes abordaron lo mejor que supieron la nueva situación. Irónicamente, la llegada de inmigrantes coincidió con la cumbre del mercado de pieles de bisonte, aunque ahora los cheyenes intercambiaban sus pieles en algunos lugares nuevos. Además del fuerte Bents, los cheyenes comerciaban en los nuevos fuertes y puestos comerciales en el Platte del Sur, y con los «ranchos» que habían crecido a lo largo de la Ruta de Oregón para servir al tráfico de inmigrantes. Con el incremento del tráfico fluvial, las bandas más norteñas de cheyenes empezaron a comerciar directamente con los comerciantes de Saint Louis, en lugar de utilizar la intermediación arikara. Con este propósito, establecieron nuevas y más firmes alianzas con las bandas lakotas que controlaban el acceso a los puestos comerciales a lo largo del río Missouri.

La nueva situación comercial y de caza, y el tráfico de inmigrantes, minó la solidaridad nacional de los cheyenes en el período entre 1840 y 1860, originando su división en tres grupos. De éstos, la facción más grande y estable eran los clanes que comprendían a los cheyenes del sur, envueltos aún en gran medida en la producción de pieles de bisonte y en el comercio de caballos, que se extendía desde Denver hasta el sur y este, donde todavía quedaban bisontes. Sin embargo, varios de los clanes del norte, residentes aún en las Colinas Negras se habían visto separados geográficamente de los cheyenes del sur por el río Platte y la Ruta de Oregón, uniendo de forma creciente su destino político y militar al de los lakotas más noroccidentales, especialmente a los hunkpapa y sans arc. Un tercer grupo de cheyenes, que llegaron a ser conocidos como los guerreros perro, fueron al principio una sociedad militar, pero se habían convertido en una banda totalmente autónoma, altamente emparentada con las bandas lakotas más sureñas: los oglala y brule. De forma creciente, estas bandas estaban adoptando el mismo estilo de vida asaltante que los comanches, renunciando al comercio y atacando a los inmigrantes, comerciantes y colonos fronterizos en Kansas y Nebraska, para coger aquello que necesitaban.

Hacia la década de 1860, las relaciones indoamericanas en general y la situación cheyén en particular había alcanzado un estado de crisis. La mayoría de los norteamericanos en y alrededor de las praderas ya no querían comerciar con los indios o respetar su territorio: querían la tierra. Los colonos en Kansas, los mineros en Colorado y los ciudadanos de Denver no vieron utilidad en los cheyenes; los querían fuera del camino: muertos o expulsados. Los comerciantes que se habían beneficiado de las buenas relaciones cheyenes, y que de hecho se habían casado con cheyenes —Bent, Prowers, Saint Vrain, Lupton— estaban intentando utilizar su influencia política para crear una reserva para la «facción pacífica» de los cheyenes del sur en el este de Colorado, donde podían retornar a una vida agrícola y protegerse de la fricción con los colonos norteamericanos. Mientras tanto, la facción cheyén combativa de los guerreros perro se había organizado y estaba aumentando sus ataques a colonos e inmigrantes a lo largo del Platte. En 1864, toda la ira y los malentendidos entre blancos e indios en las praderas condujo a un devastador acontecimiento clave en la historia de los indios de las praderas: la masacre de Sand Creek.

Enfurecido por los ataques de los guerreros perro, el coronel John M. Chivington, ministro metodista, comandante de los reservistas y político con aspiraciones, organizó una expedición de voluntarios de cien días desde Denver para tomar represalias contra los indios. Incapaz de encontrar a los soldados perro, o bien por miedo a encontrarlos, Chivington y sus pendencieros «voluntarios», junto a unas pocas tropas regulares estadounidenses, atacó a la facción pacífica en el paso de Sand Creek, en el sudoeste de Colorado, donde el agente indio del fuerte Lyons les había dicho a los cheyenes que acampasen. En el momento del ataque, la mayoría de los guerreros estaban cazando o bien haciendo incursiones con los guerreros perro, de forma que el campamento estaba formado básicamente por mujeres, niños y ancianos. Antes de que hubiese acabado el ataque, más de doscientos cincuenta cheyenes, la mayoría mujeres y niños, habían muerto, muchos de ellos torturados, asesinados y desmembrados de la forma más brutal que se pueda imaginar. En su defensa, algunos de los soldados regulares del ejército rehusaron participar en la carnicería, y posteriormente testificaron contra los acusados en una investigación oficial del asunto.

Incluso desde el punto de vista de los intereses norteamericanos, la masacre de Sand Creek fue un terrible error. Con la Guerra Civil prosiguiendo con furia en el este, la Unión no tenía soldados para proteger la frontera de las inevitables represalias de los enfurecidos indios. No sólo los cheyenes, sino todas las tribus de las praderas estaban convencidas, debido a la masacre de Sand Creek, de que los Estados Unidos intentaban verdaderamente eliminarlos a todos ellos, embarcándose en lo que consideraron incursiones imperiosas en todas las praderas durante los tres años siguientes. Falto de personal en los fuertes fronterizos (Fay, 1977), el ejército permaneció en gran parte al margen cuando los cheyenes y sus aliados cerraron las rutas de los ríos Platte y Smoky Hill, quemaron granjas y ranchos en Colorado, Kansas y Nebraska, y básicamente hicieron retroceder la frontera varios cientos de kilómetros.

 

Los tratados y los fuertes

Cuando los cheyenes firmaron un tratado, en 1865, que contenía una compensación por el ataque de Sand Creek, fue sólo el más reciente de una larga serie que supuestamente garantizaba su territorio y soberanía. El primer tratado se firmó con el general Henry Atkinson en 1825, y resultó casi enteramente comercial, que era la principal preocupación de los intereses estadounidenses en esa época. En su narración, Atkinson reconocía que los cheyenes «ocupan el país del río Cheyén, desde cerca de su desembocadura hasta las Colinas Negras, y su territorio de comercio está en la desembocadura del río Cherry, un afluente del Cheyén, a sesenta kilómetros de su desembocadura».

El siguiente tratado cheyén se redactó veintiséis años más tarde, después de que una parte de la tribu se hubiese trasladado al sur para comerciar en el fuerte Bent’s, desde alrededor de 1833, después de que empezase el tráfico de inmigrantes en la Ruta de Oregón. El objetivo del Tratado de Fort Laramie de 1851 era en gran parte definir los territorios tribales y proteger a los inmigrantes; de hecho, el mismo fuerte había sido establecido en 1849 para acomodar al tráfico de la Ruta. Después de afirmar en el tratado que los cheyenes «no abandonan o perjudican ningún derecho o reivindicación que puedan tener sobre otras tierras», más adelante el tratado describe su territorio comprendiéndolo desde el Platte al Arkansas, tal como aparece en el mapa 4.4. A diferencia del Tratado de Atkinson, el tratado de 1851 no es principalmente sobre comercio, sino sobre el derecho de Estados Unidos «a establecer carreteras, y puestos militares y de otra índole» dentro del territorio cheyén.

Tres tratados, redactados en 1861, 1865 y 1867, estuvieron destinados a establecer una reserva para la facción pacífica de los cheyenes del sur. El Tratado de Fort Wise de 1861 establecía un territorio supuestamente seguro y exclusivo para ellos, que incluía el lugar de la masacre de Sand Creek, y establecía otra área supuestamente segura, esta vez en el sur de Kansas y el norte de Oklahoma, entre los ríos Arkansas y Cimarrón. Fue en Oklahoma donde la facción pacífica fue atacada de nuevo, esta vez por el general George Custer, en la batalla de Washita de 1868. Al igual que Chivington, Custer se vio frustrado en el esfuerzo por encontrar a los belicosos guerreros perro, así que en su lugar atacó a la facción pacífica mientras se dirigían a la agencia india que se les había asignado en el fuerte Sill.

En 1867 y 1868 los Estados Unidos firmaron tratados separados con los cheyenes del norte y con los del sur. El Tratado de Medicine Lodge de 1867 incluía tanto a los guerreros perro como a la facción pacífica, y básicamente les garantizaba el mismo territorio definido en 1865. El tratado se redactó desde una posición de debilidad por parte de Estados Unidos, conteniendo un considerable número de concesiones y rentas vitalicias a cambio del cese de las hostilidades cheyenes. Aunque para 1867 ya había acabado la Guerra Civil norteamericana, y un gran número de tropas de EE. UU. fueron enviadas a las praderas, la guerra contra los indios de las praderas no estaba yendo bien desde el punto de vista norteamericano. No sólo se habían cerrado las carreteras de la frontera y habían sido reducidos a cenizas los asentamientos tras la masacre de Sand Creek, sino que el ejército descubrió que no podía derrotar a los cheyenes y a otros guerreros de las praderas en un combate móvil y cara a cara, y no podía proteger a los colonos y comerciantes, o a los reconocedores del terreno enviados para abrir una ruta para el ferrocarril transcontinental. Mientras consideraba sus opciones, Estados Unidos decidió firmar tratados que eran muy generosos con los indios, tanto en garantías de tierras como en concesiones y rentas vitalicias, pero, tal como veremos, según parece, los agentes del gobierno de Estados Unidos no tuvieron intención de cumplir dichos tratados una vez que obtuvieron una ventaja militar.

En 1868 la situación militar de Estados Unidos era incluso peor en las praderas del norte. Los cheyenes y los arapahoes del norte, como parte de la alianza lakota, no sólo habían cerrado la ruta Bozeman, que conducía al norte siguiendo el río Powder desde la carretera del río Platte, sino que habían asediado los fuertes del ejército a lo largo de la carretera, manteniendo como rehenes a los soldados. Al admitir la derrota, en el Tratado de Fort Laramie de 1868 el gobierno de EE. UU. garantizaba a los indios una gran extensión de tierra entre el Missouri central y las Montañas Rocosas, incluyendo las Colinas Negras, prometiendo muchas concesiones y beneficios. A cambio, los indios estuvieron de acuerdo en permitir que se construyesen las carreteras y vías del tren al sur de sus reservas y, especialmente, en permitir a las tropas abandonar sus fuertes en la ruta Bozeman. Cuando dejaron sus fuertes, las tropas del ejército tuvieron que sufrir la humillación de pasar entre miles de alegres guerreros indios, que rápidamente saquearon los fuertes y les prendieron fuego.

 

Mapa 4.4. Territorios garantizados a los cheyenes por los tratados con los Estados Unidos (adaptado

de Berthrong, 1963: 11).

Con los tratados establecidos, Estados Unidos empezó a construir su sistema de aprovisionamiento y su cadena de fuertes en las praderas, preparándose para una invasión de la Gran Reserva Siux, de la que habían sido expulsados. Se construyeron una gran cantidad de fuertes a lo largo del Missouri, Platte arriba, y a lo largo del Arkansas y sus afluentes (Frazer, 1972). Al ver la urbanización en los fuertes, los cheyenes actuaron inmediatamente. Después de que la facción pacífica fuese atacada dos veces, el resto de los guerreros del sur se unió a la combatiente facción de los guerreros perro, que tras una serie de encuentros fue finalmente derrotada en 1869 en la batalla de Summit Springs, en el este de Colorado. Después de eso, algunos de los guerreros perro se unieron a la facción pacífica en la reserva del Territorio de Oklahoma, donde recibieron raciones de alimento, mientras que los combatientes se unieron a los lakotas y a los cheyenes del norte que aún estaban luchando al norte del Platte.

Los acontecimientos que rodearon la ruptura del tratado de 1868 y la invasión de la Gran Reserva Siux son complejos y un tanto polémicos, pero un acontecimiento clave fue la expedición de Custer a las Colinas Negras en 1874 en busca de oro, que se encontró. Desde el lado indio esto era una clara violación del tratado que condujo a hostilidades que culminaron en la batalla de Little Big Horn, en 1876. Aunque el resultado de la batalla fue dramático, con el general Custer y la totalidad de los 254 miembros a su mando muertos, la batalla con el general Crook una semana antes de eso fue estratégicamente más importante. Con una fuerza de caballería supuestamente superior, infantería montada y suministros suficientes, el general Crook fue rechazado en el río Rosebud por las acosadoras tácticas de los lakotas y sus aliados, que incluían a los cheyenes del norte y a los cheyenes del sur combatientes. Eufóricos por el éxito, los guerreros que regresaban estaban descansando y recuperándose en su campamento en el Little Big Horn cuando fueron atacados por Custer. Da la casualidad de que Custer atacó el campamento mixto en el punto donde estaban los cheyenes, y éstos destacaron entre los guerreros que reaccionaron, rodeando y matando finalmente al regimiento de Custer. La supuesta cabellera de George Custer se encuentra entre los objetos sagrados de los cheyenes del norte.

Aunque los indios ganaron la batalla, las represalias de las tropas de EE. UU. fueron tan grandes que los lakotas, cheyenes y arapahoes se dispersaron por las praderas del norte para escapar de ellas, empezando a trasladarse finalmente en pequeños grupos a las reservas que se les asignaron en 1877 y 1878. Al principio se trasladó a Oklahoma a los cheyenes del norte para que se uniesen a los del sur, pero tras la dramática huida y masacre de la banda de Cuchillo Romo en Fort Robinson en 1879, se les permitió ocupar una reserva separada en Montana.

Durante su época de libertad y soberanía en las praderas, desde 1780 a 1879, los cheyenes fueron fundamentales en muchos acontecimientos que todavía ocupan las mentes de los historiadores norteamericanos. A pesar de ser un pequeño grupo, dominaron un área geográfica casi tan grande como la de los lakotas o la de los comanches. Comerciantes y políticos inveterados, los cheyenes se encontraron con Lewis y Clark, dieron su bendición a la construcción del fuerte Bents, y durante un siglo manejaron alianzas con todas las tribus de las praderas centrales para maximizar sus ventajas en el comercio y la política.

Cuando empezaron las hostilidades con los estadounidenses, diferentes facciones de los cheyenes intentaron tanto la combatividad como la reconciliación. De forma extraña, la facción pacífica llegó a ser famosa por su sabiduría y su deseo de acomodarse a los proyectos estadounidenses, al mismo tiempo que la facción combativa se ganaba la reputación de ser el obstáculo más temido a la expansión hacia el oeste. Los cheyenes desaparecieron de la vista como nación soberana con dos acontecimientos dramáticos: la batalla de Custer y la huida de Cuchillo Romo, siendo ambos clásicos de la historia y el folklore estadounidense.

En todas las batallas contra los indios norteamericanos que aparecen oficialmente en los documentos del ejército, de 1837 a 1891, un período que incluye las Guerras Semínolas y la huida del Jefe Joseph, veintiuna batallas tuvieron como resultado la muerte de diez soldados de los Estados Unidos o más en cada una de ellas (Oficina del General Responsable del Aparato Administrativo, 1979). De éstas, los cheyenes fueron adversarios en nueve ocasiones. De forma que naturalmente surge la pregunta de cuál era exactamente el temperamento, y cuáles las armas, organización y tácticas que hicieron a los cheyenes tan formidables en las guerras de las praderas, tanto contra otras tribus como contra el ejército de EE. UU. Exploraremos estos temas en el próximo capítulo.