Los excluidos

Elfriede Jelinek · Capítulo 2 de 3 · parte 7/8

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Los excluidos

[1] Ponche, vino caliente. Titulo de la novela de Heinnch Spoerl de la

Este capítulo es largo, así que está dividido en 8 partes.

Esto decepciona al provinciano y frena sus impulsos porque esta personita demuestra tener cierta familiaridad con el uso y el abuso del cuerpo, que en un principio no parecía tener, al final encima hay que apoquinar, cosa que normalmente no tengo que hacer con las mujeres, puesto que llevo muchos años despachando buena calidad en pueblos importantes y en mercadillos. Pero no estaría aquí, sino en Gánserndorf o en Ottenschlag, si no estuviera buscando las diversiones de la capital. Vamos chati, que no aguanto más pensando en lo que vamos a hacer, espero poder burlar al portero de noche, al señor Fischer, porque sólo tengo una habitación individual. Seguro que es un nido de pulgas, dice Anna emponzoñada, subrepticia y dubitativamente. Si quisiera podría hospedarme perfectamente en el Bristol, pero no quiero. Soy representante de máquinas. Lo de las máquinas no es cierto, se trata de ropa de señora. En la ciudad dice lo de las máquinas para no

resultar afeminado, en el campo a menudo prefiere lo de la ropa de mujer porque las mujeres se tumban con más facilidad sobre el colchón si luego pueden elegir un bonito vestido.

¿Y lleva usted consigo la cifra anual de ventas? Eso es peligroso en esta parte de la ciudad en la que hay tantos criminales.

Es usted muy valiente.

Por regla general nunca llevo dinero encima, dice el homúnculo palpándose maquinalmente la chaqueta a la altura del corazón y a Anna allí donde otras mujeres suelen tener el pecho, pero no Anna.

Te vas a sorprender de lo que soy capaz, babea el representante de ropa con su atención puesta en el culo de Anna que, por lo menos, apunta ligeramente. Las líneas y contornos de las mujeres siempre me han gustado especialmente, espumajea el viajante y cuenta algunos detalles como si quisiera estropearle el negocio a la empresa de confección Peitel & Maissen. Todo eso lo conoce por experiencia propia y ahora puede darle un repaso porque Anna se está atando los zapatos, que es una señal acordada previamente. Y, efectivamente, así es porque acto seguido varias figuras se descuelgan de una entrada de vehículos y se aproximan en zapatillas de deporte silenciosas a la siguiente entrada, adoquinada irregularmente y entre cuyos adoquines crece con desorden la hierba y la mala hierba, que dan testimonio de la decadencia de esta ciudad. Un delito se avecina silenciosamente, tal y como se avecinan todos los delitos, para no revelarse como tales con demasiada rapidez.

No aguanto más, tengo necesidad de entrar contigo en ese portal y sentir tus labios prietos sobre los míos, babosea Anna con avidez. Esto está hecho, muñeca, masculla ininteligiblemente el viajante, con el pensamiento nublado, de ningún modo voy a ser miserable, a pesar de ser de Linz soy generoso, si viene al caso. En Linz, junto al Danubio, este tipo de muchachitas todavía entran dentro de la categoría de niña y la policía las protege

escrupulosamente, pero aquí en la ciudad maloliente, puede uno usarlas y a continuación mandarlas a paseo.

Ya han entrado en el portal y en su interior una mano se desliza debajo del vestido, pero simultáneamente también han entrado, personificados, los delitos de hurto y robo. Y mientras el representante de Linz hurga debajo de la falda de Anna, su cabeza, oriunda de Linz, recibe un duro golpe de un puño desconocido que, además, pertenece a un obrero: Hans. Lejos de transportarle al país de ensueño y promisión, el puño le hace perder sensiblemente el ritmo amatorio y caer al suelo, que además está sucio, las desgracias raras veces vienen solas y las que acompañan a ésta tampoco son mucho mejores. A continuación Hans se monta ágilmente encima de él y empieza a dar saltitos sobre distintas partes de su cuerpo, que en la oscuridad sólo se distinguen con dificultad, pero ojalá que haya alguna que duela especialmente.

Anna muerde, araña y da tortas desenfrenadamente, como corresponde a una mujer. Y todo ello incide en la cabeza del pobre representante, en estas situaciones -como puede constatar cualquier experto-las mujeres siempre apuntan a la cabeza. Evidentemente no tienen práctica en este tipo de actividades corporales porque de ser así, sabrían que el cráneo es especialmente duro y resistente, al fin y al cabo envuelve el cerebro del hombre en una cáscara protectora.

El viajante defraudado gime estrepitosamente porque en vez de amor está recibiendo una paliza. Era una trampa, deduce correctamente, pero esa conclusión no le lleva a ninguna parte. Y

gritar es imposible porque Sophie se ha lanzado sobre su boca con una extraordinaria presencia de espíritu e intuición, espero que este animal no me muerda, cierra inmediatamente el pico porque en esta ocasión hemos sido previsores y tenemos una navaja. Esta se exhibe. El comerciante que sólo conoce los cuchillos de la cocina de su mujer, enmudece angustiado. ¿Dónde está la cartera?

Tomadla, está en mi bolsillo interior, vale más mi vida, la

antepongo al dinero. Es lo más valioso del mundo. Cuatro contra uno es una cobardía, se lo voy a contar a mi mujer y a mi jefe, pero diré que fueron seis contra uno. Ay. La rebosante cartera es confiscada y al viajante, que está bien y generosamente alimentado, se le pisotea, amenaza, insulta, escupe y humilla hasta más no poder, y encima por muchachas que, por su edad, podrían ser sus hijas, pero son hijas de gente que las ha educado deplorablemente mal y así se han convertido en delincuentes juveniles. Qué asco, da ganas de vomitar. En Linz esto no existe.

¿Le saco la cola y le hago daño?, pregunta Anna visiblemente alterada. No, eso no lo hagas, le contesta su hermano, el cabecilla,

¿quién si no?, que se mantiene elegantemente al margen y dirige con sensibilidad. ¿Crees que me espanta cualquier nimiedad? En Bataille he leído todo lo que se puede hacer con la cola de un hombre así, insiste la hermana con obcecación mientras le abre la bragueta. Por lo menos hay que dañarle lo suficiente para que se quede inservible durante algún tiempo. También la esposa sufrirá por nuestra operación a distancia.

Ahora que ya tenemos el dinero nos largamos, no vamos a arriesgar el pellejo en el último momento por peligros inesperados.

¿No habíamos quedado en que el dinero era lo de menos?

El dinero no es que sea lo más importante, pero tranquiliza tenerlo.

Pero yo no quiero tranquilizarme, estoy inquieta, total es cuestión de un minuto, se la saco y le escupo encima. Agarradle fuerte. Dicho y hecho. Incluso Rainer interviene en la operación para que Sophie no piense que sólo lo hace por la pasta. Hola manguerita, ¿no te esperabas esto, eh?, pensabas que te iban a hacer algo agradable, so cerdo. Se la saca y escupe encima. Y me lo ofrecía con toda seriedad. ¡Esto a mí! Os aseguro que este hombre no volverá a ofrecer una herramienta tan raquítica a una

mujer en mucho tiempo, hoy seguramente se le han quitado las ganas. Bueno, vámonos.

Hans pisotea al representante de Linz y le asesta una patada en la cola, que a partir de ahora probablemente ni se mueva ni se agite por lo menos en seis meses, y eso que al principio parecía que iba a cosechar más de lo que había sembrado; también le da una buena patada en la garganta y otra en los fragmentos de calzoncillo blanco que brillan en la oscuridad, de tal manera que el viajante cae hacia un lado, derrama un poco de sangre y enmudece repentinamente.

Seguramente no ha sufrido lesiones permanentes. Pero se acordará de ello.

Rápidamente se pierden en la oscuridad de la calle, que poco antes les había estado espiando, ni siquiera la oscuridad nocturna de una ciudad puede tolerar a unos adolescentes tan mal educados.

¿Nos meamos encima de él?, pregunta Hans contagiado por las acciones de Anna, no, eso ya no lo vamos a hacer, nos largamos, jadea Anna tirando de él. De pronto le han entrado prisas.

Sophie lleva un sencillo vestido oscuro que se funde con el muro del patio. Frecuentes escalofríos la recorren reiteradamente y se mezclan con una extraña y apremiante sensación en el bajo vientre, que se repite cada vez con mayor frecuencia. No sabe interpretar esta sensación, pero desde luego no es ni amor de niño ni lealtad de amigo. Seguramente expresa algo más bien negativo y no hay que obedecerla porque uno nunca se puede fiar de una sensación. Vamos, Sophie, exhala Rainer cogiéndola del brazo. Ella se lo quita de encima y sale disparada a la calle, como un hilo negro que se deslizara sobre la superficie lisa de una mesa a toda velocidad.

Para dar un poco de claridad a sus desdibujadas existencias, Rainer, Anna y Hans se dirigen a zancadas hacia donde se aloja la claridad por excelencia: la mansión de Sophie en Hietzing. El día siempre resplandece ahí donde los jóvenes irradian su juventud.

Puede decirse que les acompaña en su resplandor. Esta primavera, que es inusitadamente cálida, deja entrever un verano caluroso que

-después de haber superado su prueba de madurez- les separará, llevándolos por los caminos más variados. Algunos esperan que sea el mismo camino que tome Sophie. Muy pronto los pies desnudos de Sophie se pasearán por la Croisette, el asfalto está calientito, incluso caliente, y la raqueta de tenis disfruta de las vistas desde el interior de su bolsa Vuitton. Como siempre, la madre histérica se protege del sol envuelta en chales de seda. El sol es nocivo para ella porque la mamá es rubia y de complexión muy fina. Y todo esto por haber organizado el desayuno y por las continuas llamadas telefónicas que atiende con profesionalidad y nerviosismo. Dirá que se ha citado con Sophie para tomar el té. La obediencia se ha acomodado en Sophie como un muelle que se estira y se encoge sin dolor. Es como un bonito y ligero animal al que se domina sin lastimarlo o reventarlo. Hans se quedará en Viena e irá a menudo al Gánseháufel en bicicleta, para embriagar a las jóvenes peluqueras con sus trucos baratos, en los últimos tiempos ya ha aprendido todo lo que se puede hacer con una de esas putitas. Él no es de esas personas que añoran a Sophie y la Riviera porque no sabe que existe una Riviera. Rainer y Anna desgraciadamente sí lo saben. A ellos les amenaza el distrito del bosque, que a menudo se ha hecho notar desagradablemente. Les amenaza desde lo más sombrío y lo más despoblado, precisamente ahí tenía que vivir la tía Muschi, que con el saludable aire del campo intenta atraer precisamente a aquellas personas que en vez de sanas prefieren ser insanas. Y eso habiendo tantos para quienes la salud es el mayor regalo. Y éstos no pueden. Hay que recuperarse corporalmente antes de que los estudios universitarios sustituyan la regeneración por la destrucción.

En primer lugar hay que superar la prueba de madurez, de la que no se habla porque es de mal gusto.

Pero antes todavía aparece Sophie, y qué casualidad, haber pensado hace un momento en Sophie y en su raqueta de tenis y de repente ver llegar a una raqueta de tenis acompañada por Sophie.

Ambas están bien acomodadas en un Porsche color crema que conduce un joven señorito de clase noble, sobre el que en seguida Rainer vuelca todo su odio, un odio que ha estado acumulando para verterlo en la primera oportunidad. Rainer odia a todo el que se siente al lado de Sophie, lo cual es injusto porque independientemente, de su procedencia, un hombre puede demostrar tener buenas intenciones. Porque cada cual es diferente a su antecesor y esto ofrece variedad. Sophie sale del precioso coche y también ella está preciosa en su vestido de tenis sin manchas de sudor, que suele ser un fenómeno concomitante de muchas modalidades deportivas. En Sophie el sudor no encuentra una superficie apta; ella es un ángel. Un ser incorpóreo. Rainer se tritura el labio inferior con los dientes superiores. El contorno blanco de Sophie se apoya en la ventanilla del Porsche y le susurra algo grácil al conductor, algo que apenas se oye, ni siquiera lo puede oír Rainer, que es el experto en lingüística. ¿Qué le decías a ése?, pregunta inmediatamente después. Dime, tú estás loco, yo a ti no tengo por qué darte explicaciones de ningún tipo (Sophie). A continuación Rainer se da varios golpes nerviosos sobre los muslos, que con todo y con eso no logra endurecer, sino más bien hacerse daño. Anna intenta distraídamente agarrar los músculos de los muslos de su Hans, que desde luego están más duros que los de Rainer, pero Hans elude la mano palpante y, mirándole a los ojos a Sophie, intenta anunciarle que secretamente se ha iniciado el amor.

Además sus ojos devoran la figura de Sophie, que hoy puede verse perfectamente. Rainer y Hans quieren llegar a la misma altura desde la que se ofrece Sophie y se empujan mutuamente hacia el abismo que se abre a sus espaldas para llegar arriba el primero. Sin mediar palabra Anna manosea a Hans. En comparación con él, ella

ya representa una pequeña colina. ¿Para qué querrá alcanzar el macizo de montañas sin haberse aclimatado previamente?

Las flores, que están empezando a florecer inesperadamente pronto, brillan en el jardín. El jardinero está recortando algo para perfilar su forma. La grava chirría bajo las ruedas del Porsche que acaba de arrancar y salta cuando el coche empieza a correr. El rival se aleja rápidamente, como es debido. Sophie descansa todo su peso sobre la pierna de apoyo y ciertamente está mejor así que apoyada sobre las dos piernas a la vez. En esta postura es la mujer permanentemente seductora para Rainer y Hans. Rainer prefiere a Sophie a los sonoros bosques del distrito del bosque; es posible que ella le invite a pasar el verano en la Cote porque estando enamorado, uno no puede ni quiere privarse de la compañía del ser amado, aunque sólo sea un minuto, y también Sophie lo siente así.

Hans dice algo superficial acerca de las piernas de Sophie, porque no tiene la profundidad suficiente como para decir algo acerca de sus pensamientos. Esta baja la mirada y dice que nunca había reparado en ello. ¿Por qué no entráis? Ahí está el whisky, serviros vosotros mismos, yo voy a cambiarme rápidamente. Rainer y Hans cada cual a su manera, uno con muchas palabras, el otro con pocas, le dicen que no hace falta que se cambie. Anna calla con amargura y vigila a Hans, su propiedad. Pero la propiedad insensible añora tener otro propietario que la cuide mejor. Hans tasa una lámpara de escritorio de acero cromado, probablemente porque la electricidad es su especialidad, quizá pueda reparar alguna avería eléctrica para ganar puntos. Con cuidado, adelanta un bíceps y lo tensa para que la fuerza bruta que almacena pueda ser vista y apreciada por Sophie. Hans es un animal y quiere despertar la bestia que seguramente Sophie lleva dentro.

Nada más entrar en la habitación, Rainer deja correr su cinta magnetofónica interior y exterioriza sus sentimientos acerca del atraco del día anterior; al final seguramente acabará hablando de

sus sentimientos hacia Sophie; entre una y otra cosa median dos horas mortalmente aburridas. Soy vuestro dirigente y espero que los acontecimientos de ayer os hayan gustado, de todos modos hay que corregir algunas cosas de las que quería que habláramos ahora.

Sobre todo del tiempo de duración. Voy a exponerlo con detenimiento. Sophie bosteza y Hans dice que comparte su opinión.

… (Anna).

Y pensad en la cantidad de dinero que hemos apresado, ¿qué vamos a hacer con todo ese dinero?, se pueden comprar tantos cosas bonitas y luego poseerlas, silba Rainer descuidada y atropelladamente.

Ante la verborrea de Rainer, Sophie decide recurrir a la táctica de oclusión auditiva y se pone a observar a Hans, pero hoy con ojos nuevos porque ha visto que su mano administra buenos golpes. Los ojos de Sophie buscan el músculo debajo de la miserable envoltura de una camiseta de deporte barata, de corte enfáticamente deportivo y con muchos bolsillos que parecen gritar, ¡tan horrible resulta!; los ojos lo buscan y finalmente lo encuentran. Lo que ayer se tensó en el interior de Sophie, vuelve a tensarse hoy, pero no como se tensa un músculo, más bien como una idea que se asienta en la cabeza. El intelectual vuelve a ocupar un puesto equivocado, a pesar de haber sido su ocurrencia, pero no tiene unos músculos que le apoyen. Rainer dice que un intelectual que estrena un jersey de cuello vuelto negro, no tiene por qué pegar tan fuerte, puesto que ofrece cosas de mejor calidad.

Anna no dice nada y mira a Sophie con ojos de rival.

Una larga procesión de bichos sube por las piernas de Sophie y se esconde bajo su falda de tenis, donde inicia una especie de trabajo de zapa. Todos deben irse, excepto Hans que puede quedarse. Esto es lo que dicen los bichos y también Sophie. En su propia casa ella es el amo y señor y puede determinar quién se queda y quién no. Esto lo dice abiertamente.

Una reacción confusa, excepto por parte de Hans. Anna siente que le duele, pero en este momento es incapaz de verbalizarlo, sólo anotarlo, ¿dónde está el papel que un estudiante de secundaria siempre debería tener a su alcance? Está atravesando un momento difícil y necesita ayuda urgente. Los profesores ya han solicitado un permiso especial al consejo escolar de la capital, para que también los ejercicios orales de la prueba de madurez pueda realizarlos por escrito. Es tan inteligente que no se le quiere obstaculizar el camino hacia un futuro académico con disposiciones impersonales. Hay algo en Anna que se está agarrotando definitivamente y es posible que nunca más se vuelva a deshacer, y eso que la primera pubertad y la pubertad tardía deberían ser espontáneas y no rígidas. La naturalidad y el agua y el jabón favorecen más a la juventud que la doblez y el maquillaje.

En realidad, Rainer sabe nacerlo mucho mejor. Abre violentamente las esclusas de su bocaza y el denominador común de lo que ahí derrama, expresa que Sophie sólo puede quererle a él, a Rainer. Incluso si ahora se marcha, los pensamientos de ella estarán con él y le acompañarán, razón por la cual podría quedarse directamente ahí. Más le vale a Hans no hacerse ilusiones vanas.

Sí, sí, pero ahora lárgate (Sophie). Estoy completamente de acuerdo con Sophie (Hans).

¡Socorro! (Anna). (Lo que se oye es: aaaaaaah.) Llevaros una tableta de chocolate, dice la voz acampanada de Sophie en diversos registros tonales. No, el chocolate no nos lo llevamos, Sophie, porque eso es sadismo, dice Rainer pisando el terreno firme de su especialidad. Pasión, aspereza y obstinación.

Aspereza porque el sadismo aparece cuando el ansia se ha liberado de su tristeza, como ya dijo Jean Paul Sartre.

Hans, en cambio, declara que es un animal y no un hombre y que por eso se comporta como un salvaje, que es algo que leyó en una novela policíaca. Hans también ha leído algo, sólo que lo

equivocado, es decir, todo lo que se puede encontrar en una casa de obreros que han participado en un movimiento cultural obrero.

Pero ha leído lo suficiente como para saber por dónde se entra y por dónde se sale. El mundo de los libros era la única salida y en una familia de obreros, interesados por la educación, éstos abundan. Pero sin tocar otro mundo que no sea el propio. Sus padres fueron obreros conscientes, lo que no les sirvió de nada, puesto que uno ya está muerto y la otra prácticamente también.

Rainer refunfuña, es más escrupuloso que Hans porque tiene más que perder (ya que el otro no arriesga nada), es decir, una carrera académica y literaria en ciernes. ¡Para Hans todo son ganancias y encima Sophie le apoya! Hans es una pelota inconsciente con la que juegan Sophie y los elementos. Rainer no es inconsciente sino autosuficiente.

A pesar de todo tiene que marcharse y llevarse consigo a su hermana. Por favor, iros. Los hermanos se arrastran llenos de odio por el césped inglés, pisoteando intencionadamente múltiples flores y hojas y plantas con sus finísimas suelas de zapato. La forma de un zapato de punta moderno sufre mucho si se le ponen medias suelas nuevas. Después se dirigen hacia la parada del autobús y Rainer mantiene un monólogo en el que explica que el hecho de haberse ido voluntariamente, le hace más fuerte que Hans, que se ha quedado por obligación. Gracias a Dios su hermana no está haciendo observaciones ni objeciones estúpidas; Anna calla horrorizada por haber dejado a su Hans en una casa enemiga. Hoy el amor de Rainer y de Anna ha sido rechazado conjuntamente y les ha hecho a ambos una fisura que difícilmente podrán soldar o pegar.

El dolor se manifiesta en todo su esplendor, cuando el tranvía, que apesta a una mediocridad odiosa, vuelve a acogerlos en su seno, es como el regazo de la madre que el lactante quiere abandonar a la mayor brevedad posible. Uno debería poseer un

Porsche, pero no lo posee, aunque en el instituto presuma de que un familiar, que no existe, posee un coche de lujo de esas características.

En la habitación de Sophie acaban de poner un disco y Sophie exige a Hans que se siente allí, en el sillón, que se desnude, sí, completamente, y que se masturbe delante de ella porque quiere observar cómo suele hacerlo en su casa tumbado sobre el improvisado sofá-cama. Hans dice que no puede hacer eso delante de ella. Sophie dice que quiere que lo haga delante de ella. Hans se ruboriza y se pone nervioso y recalca las razones que le impiden hacerlo. Pero tiene que hacerlo, dice Sophie, de lo contrario puede irse inmediatamente y no volver nunca más.

Hans empieza a desnudarse torpemente, más torpemente aún que en el polideportivo WAT cuando va a jugar al baloncesto, pero finalmente logra abrirse la camisa. Afirma con solemnidad que probablemente no salga bien porque le da mucha vergüenza, no puedo. Quiero que sea especialmente vergonzante, dice Sophie.

Eso es precisamente lo que quiero.

Hans dice que él hará lo que ella quiera, además ella lo sabe, pero le pide por favor que no se aproveche de él porque es injusto.

Pero yo me aprovecho con placer. También tienes que quitarte los calcetines. Mira la pinta que tienes, desnudo y con los calcetines puestos, eso daña la impresión global. Hans se quita los calcetines mostrando unos pies sucios. Sophie está acurrucada en una esquina, observa las costras de suciedad entre los dedos y le dice que quiere que su libertad se someta como tal. Ella sabe que le está causando dolor pero fuerza esa libertad y le tortura, obligándole a identificarse voluntariamente con su carne, que se resiente; eso es libertad, ¿entiendes? Sophie se enrolla formando un ovillo y se muerde una uña detrás de otra. Hans dice que no lo entiende.

Sophie dice que evidentemente él puede pedirle que le exima de hacerlo. Pero si ejerzo una presión sobre ti, entonces tu miedo y tus ruegos serían libres, aflorarían por iniciativa propia. Pero tú decides. ¿Está claro?

Hans dice que lo hará porque la ama en secreto, lo que ya ha dejado de ser un secreto. Con menos benevolencia contempla su verga, no se me va a poner dura, esto está claro.

Y ahora tienes que acariciarte, venga, dice Sophie, que por primera vez no está pálida ni bronceada, sino que tiene manchas rojas en las mejillas y casi parece estar viva. Dice que no quiere perderse un detalle, que se coloque de tal manera que ella pueda verlo todo y que en caso de necesidad encienda la luz eléctrica con la que está tan familiarizado.

Que conste que lo hago por amor, dice Hans, que sin habilidad alguna empieza a tirar, estirar, frotar y apretar su pilila, que, por miedo, se le ha quedado reducida al tamaño de un petardito.

Es una colisión de fuerzas opuestas, en cuyo centro se encuentra Hans, que en este momento está produciendo una impresión más bien floja.

¿Eso es todo?, pregunta Sophie. No, tengo mucho más que ofrecer, dice Hans entre dientes porque está empezando a ponerse furioso. Mira a Sophie y de inmediato es arrollado por su fragancia juvenil y su buena constitución física y el rabo se le empina como es debido. La juventud y la salud han vencido a la vejez y a la enfermedad.

Sophie ha llegado casi hasta los nudillos.

Cuando por quinta vez consecutiva Hans le dice que lo está haciendo por amor, Sophie le responde que le importa un pepino la razón por la que lo esté haciendo, que lo único que le importa es que lo haga, y aprieta las palmas de sus manos contra su cuello para enfriarlo.

Hans sigue trajinando como si quisiese atravesar un muro con un alambre, pero en realidad sólo desea concluir.

Sophie quiere que se corra y así lo expresa.

Hans no quiere estropear el brocado del sillón con su semen.

Sophie dice que pude hacerlo porque, al fin y al cabo, ése es su sillón. Pues entonces voy a ensuciarlo, jadea Hans, lamentándolo mientras lo ensucia. Pronto habrá esperma por toda la habitación despidiendo un olor a pescado, piensa Sophie despidiendo a Hans rápidamente.

Hoy, como excepción, Hans ha ido a cobrar su sueldo en ropa de trabajo. Debajo del brazo lleva un libro que antes no habría llevado. Está a la vista de todos. No es propio de un obrero, aunque este obrero ya ha dejado de serlo. Pero no va tan lejos como Rainer en querer crear una cultura personalmente. Se ocupará más del progreso económico que del cultural porque la economía le conviene más y de hecho ya es un pequeño eslabón en la cadena económica. A través del libro que le ha prestado Anna, Trotzki le habla confidencialmente y le dice que en una sociedad en la que ya no existe la onerosa preocupación por el pan nuestro de cada día, en la que todos los niños están alimentados por igual y pueden asimilar con alegría las ciencias naturales y también el arte, y en la que incluso el enorme poder del egoísmo aspira a una mejora del mundo, la fuerza de la cultura va a surtir un efecto distinto al de antes. Esto no impresiona a Hans, lo que le impresiona es el sillón de cuero de Sophie y quiere comprarse uno igual.

Hoy, como siempre, nada más pisar la Kochgasse, ésta le compra su optimismo a precio de derribo. En seguida su admiración por el deporte va a relevar su inoportuno optimismo y le llevará a hacer muchas canastas. Hace poco Sophie estuvo de espectadora. No se oyó una palabra más alta que otra y en todo momento reinó un tono comedido. Sophie le recuerda a un fuego fatuo, que de pronto está aquí y al rato allí, animando al equipo que

apoya. ¿Debería mandarle flores o mejor un perfume caro o quizá una bombonera tamaño especial? Lo mejor será preguntar a una mujer que conoce el corazón de las otras mujeres, es decir, a Anna.

Después también tendrá que estudiar para poder casarse con Sophie y comprar la butaca. Sophie es muy complicada, la razón es: su naturaleza única. Si uno desea ser complicado debe conocer las distintas maneras de ser.

Espumeante y burbujeante como la coca-cola, el presuntuoso y blando de Rainer tiene que irse siempre que Sophie dice: ¡Hans, quédate! Y Hans se alegra cada vez que el que se nombró a sí mismo como cabecilla, emprende su retirada. Rainer ha dicho que en esos momentos siempre se va por voluntad propia, el mentiroso y el bocazas de él, porque prefiere probar la herramienta de la fantasía (el alcornoque), como un cerrajero probaría una llave, con tranquilidad y paciencia. Rainer ha dicho que quiere convertir su carne y la de Sophie en una herramienta.

Hans se contonea como la altanería personificada por el parque Schón-born, situado detrás del museo etnológico, balanceando de un lado para otro su cartera, en la que lleva un termo y un bocadillo. En este instante no se siente oprimido porque Sophie no frecuenta esos lugares. Sería como la seda, si esta chica se dignara a acariciarle o palparle íntimamente, aunque tan sólo fuera una única vez. Sin embargo, no lo hace porque su orgullo está muy desarrollado; a su vez, una mujer menos orgullosa que ella ya ha dejado de besarle. Su interés por Anna disminuye en un sentido proporcionalmente inverso al amor que siente por Sophie. Ya casi no existe. Ahora sólo la besa superficialmente, en agradecimiento a las relaciones que mantuvieron, a las que Sophie todavía no se quiere prestar. Los pensamientos de Hans son difusos, como también lo son el concepto vital y los valores de los compañeros que, delante y detrás de él y a su lado, emprenden el camino de vuelta a casa. Tres plátanos se doblan rítmicamente al viento

produciendo chasquidos porque son viejos y están bajo una ley que los protege. Hans quiere proteger a Sophie por el resto de sus días y adentrarse frecuentemente en la naturaleza. Pronto la heladería abrirá sus puertas y dejará entrar a la juventud que ahí se agolpa. A Hans le ilusiona la idea de tomarse una copa de helado de frambuesa y poder invitar a Sophie a otra. Pronto habrá llegado el verano y posiblemente, no, seguramente, uno podrá observar a Sophie en un ceñido bañador de dos piezas; delante el vapor del agua, detrás el vaho de los bosques al amanecer y en medio las emanaciones de dos cuerpos que se abrazan. Hans se adelanta un poquito porque le invade una perspectiva de futuro que le hace creer que la próxima vez podrá hacer completamente suya a Sophie. Cuando se imagina la entrepierna de Sophie, se le empina y esto le impide correr y saltar. Seguro que su cuerpo es mucho más blando y más claro que el de Anna, que es más duro y más oscuro.

Pero en lo sucesivo nunca despreciará a Anna, sino que será comprensivo con ella. Si algún día estudia, se ocupará seriamente de sus problemas, aconsejándola y ayudándola en todo lo que pueda. De vez en cuando Sophie y él cogerán el coche y se la llevarán de excursión para enseñarle, no sin esfuerzo, alguna modalidad deportiva para que aumenten sus ganas de vivir y su actitud vital sea más positiva. Pronto florecerán los castaños y los viejos se alegrarán mucho más que los jóvenes porque éstos los verán florecer todavía muchas veces y los viejos dentro de poco ya no. Los muchachos se alegran mucho más que las muchachas porque debajo del castaño ellos les roban los besos y ellas tienen que defenderse.

La ciudad huele a aventuras, música de jazz, cafés y tubos de escape. Hans mueve su cartera en círculos y esta noche en el baile hará lo mismo con Sophie. El termo amenaza con romperse, la vida es bella, pero pronto su madre se la amargará hablándole de política e insuflando su tristeza al montón de sobres crepitantes. El mes que

viene es probable que le den un trabajo fijo y mejor pagado en una oficina en la que necesitan una auxiliar de contabilidad.

Y ahí está la madre, aporreando la máquina de escribir y criticando a los pequeños burgueses, que fueron los que más aclamaron a Hitler y con los que su hijo no debe tener trato. Éstos, políticamente inconscientes, saciaron su afán de lucro mezquino y egoísta a costa de las minorías.

Hans lo tira todo desordenadamente sobre el banco de la cocina, incluidos sus zapatos. Con un optimismo y una confianza indebidos en la trascendencia histórica del movimiento obrero, la imagen del padre muerto acecha desde el marco, en el que estará recluido los próximos años (en la medida en que todavía alguien se acuerde de él) sin poder comprometerse en la lucha de clases. Se lo tenía merecido este altruista enfermizo y se convirtió en polvo ayudado por el fuego; ni siquiera se conoce su tumba. Y de ser esto cierto, millones de personas se desintegraron con él y desaparecieron sin dejar huella en el mundo, y constantemente aparecen otros que a su vez desaparecerán porque sus existencias no tienen razón de ser. Nadie hace recuento de ellos. Hans no va a desaparecer, sino que llegará a su máximo esplendor en una escuela nocturna. Y en sus ratos de ocio frecuentemente empuñará una raqueta de tenis. Hacer deporte le hace a uno sentirse especialmente vivo, algo que el desconocido papá no podrá percibir nunca porque ya no existe. Quizá el papá le hubiera mandado directamente y sin rodeos a la escuela superior, de haberla podido costear. Hans se convertirá en el responsable económico del emporio del padre de Sophie porque va a casarse con su hija. Va a hacerse merecedor de sus laureles para que el padre no se arrepienta de haberle aceptado como yerno. Tendrá que trabajar mucho pero finalmente será aceptado. El escepticismo inicial desaparecerá, a más tardar, después del nacimiento del primer hijo.

No helarse bajo tierra con millones de exterminados, sino calentarse al fuego del entusiasmo deportivo y del bebop.

A intervalos irregulares Hans se despoja de sus ropas y le dice a la madre, que está hablando de la guerra y de la financiación de las SS por una empresa americana: de Wall Street, que de América vienen los vaqueros y toda la música actual y que piensa hacer carrera siguiendo el patrón de directivo americano. No obstante, no quiere disfrazar sus sentimientos y convertirse en un gélido hombre de carrera.

Sobre el fogón se está cociendo algo maloliente y barato. La máquina de escribir se interrumpe espantada y finalmente se detiene.

Hans le dice a su madre que el hombre tiene que liberarse y afirma, en tono de protesta, que entonces empieza la vida sin imposiciones, como suele decir Rainer. Cuando tiene razón, tiene razón. Más adelante, cuando uno se ha hecho mayor, empiezan las obligaciones del mundo de los negocios en el que uno dirige discretamente a las masas. No todas las personas son iguales porque varían en color, forma y tamaño.

La madre dice que ese concepto de libertad está trasnochado, uno no vive en el vacío, sino condicionado por la sociedad. Vierte un engrudo que parece sémola en el plato y acusa a varios miembros del partido socialista austriaco de traición. Sobre todo acusa al desacreditado ministro del Interior, Helmer, que en el año cincuenta hizo detener a los enlaces de empresa y que tenía muchos trapos sucios que ocultar. Sobre el pasado de esta oscura existencia se corrió un tupido velo, que ni siquiera la policía estatal logró esclarecer. Pero también los funcionarios del partido socialista, Waldbrunner (ministro de Energía y denunciante), Tschadek (ministro de Justicia y fiscal querellante contra los obreros) y muchos otros sindicalistas dirigentes, que se cagaron en su partido y en su tradición, son denostados por la madre, sin distinción de

persona, posición o clase. Y esto sin mencionar a Olah, el agente secreto.

Hans dice que está por encima del vacío del burgués medio, en el que uno puede asfixiarse fácilmente.

La madre corta el pan, como siempre, en rebanadas gruesas como ladrillos y da a entender a su desorientado hijo que precisamente eso le convierte en un burgués. Si te pones por encima de un determinado sistema de valores, es que en realidad lo apruebas. Y esto te ciega frente a la miseria. Ya el hecho de que hables «del hombre» es un crimen, porque este hombre universal no existe, eso nunca jamás, existe el obrero y el explotador del obrero y sus ayudantes.

Hans dice que Rainer dice que a uno le da miedo la idea de ser parte de un todo. Porque uno es un individuo y está completamente solo, y por ello es insustituible y esto infunde valor.

La madre pone un grito en el cielo, pero no porque se haya cortado, sino porque su hijo ha tomado un rumbo equivocado. ¡Da la vuelta! Estás destruyendo las necesidades de tu clase, Hans. No hay nada universal. En vez de desear su unidad y con ello su fuerza deseas fraccionarlos en moléculas individuales, unas aisladas de otras. La madre ha adoptado la apariencia de un abejorro y pronto estará chapoteando en el engrudo de sémola y llamando la atención de su hijo sobre el padre asesinado, que desde luego lo hizo mejor que él. Ya se ve de lo que le ha servido. Y antes de eso sufrió lo indecible, pero esto no significa nada para Hans puesto que quiere ser indeciblemente feliz junto a Sophie.

La madre dice que no ha sido ella quien le ha enseñado ese egoísmo. Y el padre tampoco lo hubiera hecho. El dedo de la madre, como ya es habitual en ella, apunta hacia los rasgos de esa cara amada pero ya casi caída en el olvido. Hans dice (y el padre puede oírlo tranquilamente) que con ayuda de su amor por Sophie

puede violar todas las fronteras y, además, mucho mejor que a través de cualquier lucha porque su amor no conoce fronteras.

La madre dice que quiere saber por qué ese amor ha de violar las fronteras en vez de respetarlas y le pregunta si de postre todavía quiere un yogur para mantener la serenidad, todavía queda uno en la ventana. No, Hans no quiere un yogur de frutas primaverales, sino hacer oscilar un coñac o un whisky en su copa. Casi percibe el tintineo de los cubitos de hielo y la blanca mano de mujer que no pertenece a ningún fantasma, sino en concreto a su Sophie.

Concreto pero irreal como el concepto de clase trabajadora. Irreal como la misma explotación, ya que uno puede librarse de ella si desea hacerlo. Todo depende de uno mismo.

La madre añora las palabras, las acciones y las obras de su marido muerto, a quien de vez en cuando todavía querría tener consigo en la cama y a su alrededor, como ayuda de orientación en la educación de su hijo. Hoy en día todo es difícil, Hans (así se llamaba). Tus pobres huesos maltrechos ignoran que existen otros obstáculos además de los corporales. A ti seguramente te dolió morir. Pobrecito mío. Pienso mucho en las salidas en bicicleta en las que compartimos tantas cosas. Fue tu última risa. Las noches heladas del pajar en las que yacíamos acurrucados uno al lado del otro. La leche fresca y la mantequilla fresca del granjero y el agua del pozo con la que nos lavábamos. Las discusiones en los ahumados cuartos traseros de los mesones con aquellos que debían llevarlo todo adelante, pero nuestro hijo no lo hace y ¿dónde están los demás? Desde luego ya no militan en nuestro viejo partido. Y

luego esa sacudida que debió ser terrible. Exprimirle a uno la vida sin estar preparado para ello. Aunque quizá sí estuviera preparado, por el terrible daño que le habían infligido, un daño que uno soporta mejor muerto que vivo.

Descansa, mi querido Hans.

Y el joven Hans, que ya es un Hans hecho y derecho aunque no sabe lo que debería saber, coge, por segunda vez consecutiva, un montón de sobres ya escritos y los quema, a espaldas de su madre, en el fogón de la cocina.

Más tarde la madre se pasará mucho tiempo buscando los sobres extraviados, ignorando, como siempre, dónde habrán podido ir a parar.

La Hóhenstrasse serpentea hacia el Danubio entre frondosas colinas, pero termina poco antes de alcanzar Klosterneuburg y se estrecha. El viejo coche de los Witkowski también serpentea siguiendo el rumbo de la calle, y en su interior Rainer se retuerce atormentadamente mientras habla sobre tensiones artísticas íntimas, que acredita con el ejemplo de Camus. Rainer se ha puesto en camino sin el carnet de conducir pero con el permiso de su padre inválido, que hoy se queda en casa, sirviéndose de su pierna como único medio de locomoción. Sophie está sentada delante, junto a Rainer, iniciando una excursión al aire libre, que de todos modos disfruta constantemente, y Anna está sentada en el asiento trasero, segregando indecorosamente un sudor acre, semejante al de un animal asustado. No obstante, sus estudios de piano la sitúan en un nivel cultural alto. Lo que no logra salir a través de su boca, parece ahora manar de sus poros. Tiene depositadas sus esperanzas en América, el país de los espacios y de la ilimitación, y ha pedido una beca para el año que viene. Tiene muy buenas notas en inglés y, por lo demás, es una estudiante con inquietudes, aunque taciturna. Y

eso a pesar de que en casa nunca abre un libro de texto. Como por encargo aparece otro animal asustado que, a su vez, se parece a Anna. Está subido en un carro tirado por caballos, que pertenece claramente a unos viticultores y es un perro. El perro está arriba del todo, atado por el cuello, tambaleándose encima de los aperos vinícolas y aferrándose fuertemente con sus garras, tal como lo haría un gato y no un perro, que ni siquiera sabe meter y sacar sus

uñas. El perro intuye que si pierde el equilibrio y se cae del carro, se va a estrangular; sus ojos revelan un horror penetrante a causa de la brutalidad de sus amos y la del mundo en general, que podría ser tan entretenido, si pudiese correr ágilmente tras un pequeño animalillo y sentir las ganas de vivir. Sigue siendo primavera, la vida incipiente se anuncia por doquier: en los nidos hay huevos y las ciervas están preñadas. Sin embargo, no se ven porque lo embrionario se esconde para escapar de una destrucción prematura.

Ya ha quedado atrás el perro, los campesinos poco amantes de los animales y el coche con sus tres ocupantes. Es una mañana en la que ellos hacen novillos y Hans se dedica a trabajar, lo que se demuestra en que deja transcurrir el día sin interés alguno, en espera del atardecer. Pero los estudiantes sí muestran interés, ya que en la escuela secundaria han despertado su curiosidad por explorar.

El Schottenhof también ha quedado atrás, la carretera es una cinta gris plateada, como puede leerse con frecuencia; las bifurcaciones conducen a los viñedos de Salmannsdorf y de Neustift am Walde, pero ellos desestiman esos caminos porque quieren ir a los viñedos de Grinzing. La carretera se eleva suavemente hasta llegar a Cobenzl, desde donde se puede disfrutar de una vista panorámica del Háuserl am Roan o del Kahlenberg, que ya es famosa. Aparcan el coche e inician el paseo. A la izquierda los viñedos se alzan hacia el cielo, a la derecha descienden hacia el Danubio, que también es una cinta plateada, sólo que más lejana. La claridad invade el ambiente y también un frío intenso que les obliga a envolverse en las modernas bufandas extra largas. Arriba hay nubes aisladas. El aire transporta polvo.

Los viñedos todavía no han florecido, lo que, según una canción vienesa, sucederá más tarde y en otro lugar, concretamente «junto al Danubio donde florece el vino». «Luego sonarán mil claros violines», continúa diciendo la canción, pero enmudece a causa de

su propia estulticia. El trío entra finalmente en los viñedos; a sus pies se extiende el famoso suelo calcáreo en el que tan gustosamente crece la vid. Las agujas de los campanarios de los pueblos vinícolas no están desempeñando su función porque hoy es viernes. Se oye ladrar a los perros, cacarear a las gallinas y cantar a los gallos. En la distancia, claro está, porque las cercanías están bastante despobladas ya que en los paseos uno busca la soledad; si uno no la tiene debe buscarla. Los jóvenes de hoy en día llevan la soledad en su interior y también se tropiezan con ella continuamente en el exterior. El itinerario discurre por el camino de Reisenberg, que sale valerosamente al encuentro de las posadas de Gnnzing. Hoy cogen este camino con la intención de tomarse un café una vez efectuado el descenso. Las viejas mansiones de los valles se esconden detrás de los árboles, aunque todavía están en buenas condiciones. Miradores acristalados recubiertos por vides silvestres, cuya hermana domesticada trabaja a una distancia pertinente para el propietario de la mansión, proporcionándole beneficios. La increíble y embriagadora belleza de esta ciudad cobra una preponderancia tal que incluso Rainer intenta cerrar su bocaza, pero no lo logra porque inmediatamente se pone a ensalzar lo que les rodea. El aire es completamente transparente. Como la gelatina sobre un panecillo preparado que, a su vez, aseguraría ser tan clara como el aire sobre los viñedos.

Abandonan el camino señalizado y se adentran, como es su costumbre, desordenadamente campo a través. Anna camina a trompicones detrás de la desigual pareja de enamorados, que a los ojos de su hermano es una pareja armoniosa, aunque sólo con dificultad logra mantener el ritmo que le marca Sophie. Aún más difícil le resulta a la torpe de Anna. Y eso que en América se hace mucho deporte y sólo le queda poco tiempo. Sophie es simplemente Sophie. Anna extiende una, dos manos temerosas para encontrar un apoyo, pero no lo encuentra y casi se precipita en la

nada porque no ha reparado en el precipicio que corta la cantera.

En lo alto planean tres águilas. ¿O acaso son azores? Graznan estrepitosamente. Rainer percibe algo frente a este paisaje natural, en el que el hombre ya ha dejado su huella artificial, y lo describe con todo lujo de detalles. Anna grazna roncamente preguntando si no deberían sentarse. Estás en una pésima condición física, dice Sophie, que al final acaba sentándose. Anna quiere zambullirse en América para conocer una vida distinta de la que ya conoce y empezar de nuevo. Colocar el gran charco entre ella y sus padres.

Y también mucha tierra. Sabe que es su única oportunidad. Para eso ha sacado buenas notas. Están tan cómodamente sentados el uno al lado del otro que intenta describir cada uno de sus proyectos americanos en particular y también su estancia en diversas ciudades americanas, que ella misma va a financiar con su trabajo. Incluso ha elaborado un detallado itinerario y sólo queda que se lo confirmen, que den luz verde a sus planes. Hoy Rainer siente una especie de inclinación fraternal hacia su hermana, mientras observa cómo desarrolla un extraño fervor ante la luminosa Sophie, como un animal frente a su presa. Durante un breve instante siente que él y Anna están formando un frente común que es infranqueable para Sophie. Pero en seguida esta sensación cede. Sophie hinca reiteradamente la punta de su zapato en la loma cubierta de vides porque le da igual el estado de sus zapatos y explica súbitamente que hace poco la junta de profesores llamó a su madre para preguntarle si ella, Sophie, no quería pasar el año en América, respaldada por una beca. Pero ella no la quiere y de alguna manera le parece injusto, puesto que Anna ha sacado las notas mejores.

Pero, al parecer, en el extranjero hay que saber comportarse especialmente bien, porque allí nadie conoce ni la identidad ni el lugar de origen del que llega. Por eso eligen a la gente según su procedencia familiar, lo cual resulta absurdo en un país desclasado como América, con una población tan liberal y permisiva. Pero esta

es la única explicación que encuentra Sophie para justificar por qué ella sí y Anna no.

Ésta enmudece horrorizada, de todos modos ya es una vieja costumbre, y hasta Rainer reduce la velocidad para preguntar si Anna no podría obtener la beca, ahora que Sophie la ha rechazado.

Sophie dice que no, que ya lo había preguntado, pero que hoy mismo la beca perdía su validez porque supuestamente nadie se la merecía. Rainer dice, ¡qué pena!, era una buena beca. Pero lo que en realidad está pensando es, menos mal que Sophie no se marcha, así seguiremos siendo una pareja y podremos iniciar juntos los estudios.

En los ojos blanquecinos de Anna habita la muerte; se vuelven completamente transparentes y el frío chorrea desde su fondo como oxígeno líquido. Anna vuelve a su estado primitivo, ninguna belleza paisajística logra alcanzar su pupila. La información recibida le ha dado la puntilla, la sugestiva salida hacia el extranjero ha quedado definitivamente descartada. Anna se golpea con el puño sobre la frente, pero nada entra y nada sale.

Los amantes de Viena, a cuyos pies borbotean los arroyuelos y sobre los que reina Dios en medio de una nube de violines, no se dan cuenta porque ni siquiera han percibido que este amor sólo va de Rainer a Sophie y no viceversa. En este momento Rainer quiere hacer una pequeña disertación sobre ese amor, o colocar un brazo alrededor de Sophie, pero sería situarse en el mismísimo borde de un precipicio uniformemente recubierto por viñedos, una perfecta síntesis entre arte y naturaleza, la vid representa la naturaleza, la forma de plantar el arte. Pero Sophie le interrumpe, diciendo que de vez en cuando es necesario desinhibirse porque normalmente uno siempre está inhibido. Y extiende dos brazos recubiertos por lana de oveja.

Tú, además, estás sujeta a los dictados de mi corazón, dice Rainer.

Anna observa un escarabajo industrioso y lo pisotea.

En vez de matar animales, escúchame, exige Sophie, me he propuesto batir un récord; quiero llegar lo antes posible a mis propias limitaciones, construyendo por ejemplo una bomba de mano. Incluso tengo la receta. Se la he sonsacado a mi madre que es una científica especializada en química.

Anna está en otra órbita; Rainer más cerca de la persona amada, sintiendo que sus pantalones se han ensuciado repentinamente a causa del miedo. Y dice: Sophie, la prueba de madurez está a la vuelta de la esquina, no podríamos construirla después, para evitar que nos echen del instituto si sale a luz pública, o quizá sería mejor olvidarse de ello por completo.

Sophie le pregunta si está cagado de miedo.

Rainer dice que no, que también él quiere conocer sus límites, pero que éstos se encuentran más bien en el mundo del arte.

Anna no dice nada. Todavía aplasta tres hormigas más (una de las cuales estaba ocupada en transportar un trozo de gusano, o lo que fuera, que también acaba pegado a la suela de su zapato) y también su propio corazón sangrante, aunque éste pertenezca a Hans. Entretanto, ya han vulnerado suficientemente la propiedad ajena y también la integridad de sus desconocidos propietarios.

Rainer dice: de verdad que no tengo miedo, sólo que no me parece bien que hagamos esas cosas justo antes de concluir nuestros estudios y superar la prueba de madurez, que nos brinda la posibilidad de estudiar cualquier carrera.

Sophie dice: ahora calla y escucha. Naturalmente hay que fabricarla al aire libre, para que no nos despedace a nosotros sino a extraños, ¿no es así?, bueno hasta aquí todo está claro. Se utiliza una retorta de cuello ancho, de tamaño grande, de una capacidad de aproximadamente 500 mililitros y en segundo lugar dos tubitos de prueba (tubos de ensayo), uno lleno de ácido nítrico y el otro de

una mezcla a partes iguales de clorato potásico y azúcar. ¿Está claro?

Rainer dice que sí está claro, pero que es previsible que no lo haga porque, a su juicio, pronto empezará la etapa más bonita de su vida, la etapa universitaria, que no quiero estropear lanzando bombas, no estoy tan loco, y además tú tampoco estás hablando en serio. Eso no va con tu carácter. Sin embargo sí va con el mío, pero no lo voy a hacer por prudencia y a partir de ahora también quiero ser prudente contigo. Además, el amor produce en mi cuerpo una explosión mucho mayor que la que pudiera producir una bomba, es un relámpago hiriente que proviene directamente de la naturaleza.

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