Los excluidos
[1] Ponche, vino caliente. Titulo de la novela de Heinnch Spoerl de la
Este capítulo es largo, así que está dividido en 8 partes.
Como tú misma sabes, me quieres desde hace mucho tiempo, aunque no lo quieras admitir.
Anna destruye un objeto, concretamente un sarmiento, pelándole el tallo.
Luego, continúa Sophie, después de haber llenado la retorta con éter, se introducen los dos tubos en el interior de la misma, de manera que la base de éstos quede bien aposentada sobre el fondo de la retorta. Acto seguido, tanto los tubos de ensayo como la retorta se obturan con un corcho y se sellan con cera.
El agradable extrarradio vienes se incrusta en Anna como una broca incandescente, que no encuentra un muro de contención que le impida la entrada y atraviesa a Anna de cabo a rabo. Anna ya no encuentra nada que matar y por consiguiente es ella misma la que comienza a morir, lo que a menudo es un proceso largo y doloroso.
Preferiría matar a otros seres vivos, pero todavía no ha llegado la estación adecuada.
Rainer reitera que no lo va a hacer y además él es el cabecilla, aunque Sophie parece haberse olvidado de ello. Es posible que lo haga más adelante, no excluye esa posibilidad, pero sólo cuando tenga asegurada su existencia con un buen sueldo y pueda reírse de todo, pero nunca antes. Más adelante necesitará aún más valor
porque tendrá más que perder. Pero ahora está seguro de que no lo va a hacer y Sophie tampoco. Además Sophie nunca podrá querer a un hombre que hiciera algo así, algo que incluso puede afectar a gente inocente.
Sophie dice que eso es precisamente lo mejor del asunto, hoy en día nadie es inocente. Evidentemente hay que lanzar la bomba de mano de tal forma que sea la base la que toque el suelo, porque de lo contrario no ocurriría nada; si se lanza adecuadamente, explota al más leve golpe.
Rainer lloriquea como un lactante y explica profusamente por qué en primer, segundo, tercer, cuarto y quinto lugar no quiere hacerlo (en realidad no quiere hacerlo de ninguna manera). Sus razones no interesan a Sophie, además son las típicas. Con que una se va de excursión con este pesado (además a petición suya) y lo único que sale es una diarrea verbal. Se lo voy a proponer a Hans, que seguro que participa.
Rainer calcula hasta la quinta cifra decimal que Hans no tiene nada que perder, él sin embargo mucho, es decir, su futuro, que está esbozado clara y luminosamente y que incluye un doctorado y, adicionalmente, múltiples premios literarios.
Anna tiene arcadas desagradables y sonoras. ¿No irás a vomitar ahora otra vez, después de que para la primera vomitona te saqué del coche justo a tiempo?, dice su hermano malhumorado, que lo que menos necesita en este momento es algo tan repugnante; Sophie le toma por un cobarde y eso que él estaba siendo especialmente considerado. ¿Quién ha planeado los atracos y ha ayudado a llevarlos a cabo, Sophie o él? El, naturalmente.
Por desgracia Anna acaba vomitando y Sophie le alcanza un pañuelo de papel volviendo la cara. Luego abandonan el lugar, alejándose de la vomitona. Sophie enmudece y Rainer aprovecha la ocasión para explicárselo todo con tranquilidad. Lleva sus argumentos de un lado para otro como un escarabajo su bola de
estiércol. Cuando por fin llegue a ser alguien, sin que nadie se lo impida, Sophie entenderá sus razones y las aprobará. Al final envejecerán juntos y se reirán frecuentemente de este estúpido plan. Más adelante. Cuando tengan nietos.
Sophie dice que por fin quiere llegar al éxtasis.
Desgraciadamente la mayoría de la gente no sabe desinhibirse.
Rainer dice, algo forzadamente, que uno necesita un compañero, el TÚ. El compañero es él, el TÚ es Sophie. Él dice que no y sin este compañero uno se queda solo.
Un gato atigrado asciende sigilosamente la montaña para vigilar una ratonera. Anna considera brevemente si debe matarlo, pero no lo lleva a cabo porque la vomitona la ha debilitado. Se muerde el nudillo de la mano, que casi sangra.
Rainer llora intensamente delante de Sophie, lo que a ella le parece de mal gusto. Rainer dice que aunque Hans acabe haciéndolo, eso no significa, ni mucho menos, que tenga más valor que él, puesto que la estupidez y el valor suelen ser la misma cosa, sobre todo si se trata de Hans. He elegido una carrera tan bonita, Sophie, espera y verás, estoy seguro que también te gustará a ti.
Sophie permanece callada y muestra su desprecio lanzando con el pie chinitas a un hoyo. Después dice, bueno vámonos, hoy todavía tengo otras cosas que hacer.
Por fin estás siendo sensata y entiendes mis razones, Sophie, desembucha Rainer; sabía desde el principio que ella iba a ceder, porque es un rompe corazones al que nadie se puede resistir. Eres maravillosa, por esta y por esta razón eres maravillosa, pero también porque primeramente eres terca y luego tu terquedad se deshace dulcemente en mis manos. Como un pequeño animal, que uno puede apaciguar hasta hacerle abandonar la lucha absurda contra sí mismo y contra los demás, y que acaba recostándose tranquilamente.
Sophie alza la vista al cielo y Anna también.
El paisaje se aleja de Anna infinitamente, al final nadie permanece demasiado tiempo en él. La claridad de la luz se contrapone a la confusión de estos jóvenes y ambas se restringen mutuamente. Rainer fuma nerviosamente un cigarrillo, que enturbia la luz antes descrita.
En los vestuarios del aula de gimnasia explota una bomba con espoleta de percusión. Muchos sueños neomodernos de la generación de la posguerra quedan completamente destruidos.
Entre otras cosas se desintegran las faldas Conny, los pantalones de franela gris, los vaqueros, los calcetines, las medias, los jerseys, las blusas, las americanas y la temida falda escocesa. Se acordó que no se produjeran daños personales porque la persona dañada podría ver al que la lanzó. Y todavía no ha llegado a conocerse la persona que reconozca responsabilidades en esta travesura escolar, que ya es algo más que una travesura, es más bien un acto criminal.
Fue un acto irresponsable, dice el periódico. No es de extrañar que no se encuentre al responsable.
Sophie transportó la bomba en su bolsa de tenis. El director incluso la vio y la saludó, pero nadie se atrevería a detener a una Sophie Pachhofen y mucho menos creerla capaz de algo semejante.
Los jóvenes Damianes, que no tienen otra cosa en la cabeza, lloran por sus prendas de vestir arruinadas porque tardarán mucho en convencer a sus padres de que necesitan nuevas faldas y pantalones modernos. ¡Y para esta gente se ha esforzado Sophie!
En realidad lo ha hecho para sí misma. Los vestuarios, que apestaban a sudor y grasa, tendrán que ser renovados íntegramente.
Los que están a punto de terminar sus estudios ya no llegarán a verlo porque ocurrirá durante las vacaciones.
A causa de lo sucedido, el señor Witkowski quiere sacar a sus hijos del instituto; éstos le suplican e imploran, a dúo, que les deje quedarse y finalmente pueden hacerlo porque pronto habrán
acabado las clases y vendrán tiempos más duros; Witkowski sénior describe cómo serán esos tiempos.
Como es sabido, entre Hans y Sophie ha saltado la chispa y él fue quien, con orgullo y sin vacilar, compró los ingredientes de la bomba en una tienda en la que generalmente sólo compran los estudiantes de la Politécnica. Se giró y se volvió tantas veces que a punto estuvo de atraer la atención. Estaba tan orgulloso. Entre él y Sophie ya existe un vínculo espiritual y pronto le seguirá el corporal. En este momento trata de convencer a Sophie de que un ser sin amor es como una partícula de polvo sin amor.
En Rainer algo se rompe porque siempre se rompe algo en el hombre (suele ser el corazón), cuando la persona amada le es infiel.
El miedo a levantar sospechas, aún siendo inocente, paraliza muchas determinaciones que conciernen a Sophie. Después del impacto, Anna ya no siente nada, sólo Hans podría romper su estupefacción a través del amor, pero desgraciadamente lo único que está rompiendo son sus juramentos de lealtad hacia ella.
Los viñedos del decimonoveno distrito de Viena han quedado atrás definitivamente y ahora lo que se alza ante su vista son montañas de miedo.
Los padres enloquecen porque tienen que comprar cosas nuevas.
Unos son poco solidarios porque sospechan de sus compañeros.
Se producen denuncias e interrogatorios. En todas partes hay estudiantes llorando. Muchachas y muchachos, gimoteando y berreando respectivamente en pasillos, wateres y aulas de ciencias naturales.
Pero es en vano.
Bofetadas.
Sophie baja las escaleras, sale y se sube a un taxi, como si durante todo el día no hiciese otra cosa
Anna Witkowski emite un grito inarticulado y le permiten regresar a casa antes de terminar la clase.
Los profesores parecen tener comprensión. El culpable debe presentarse, no le pasará nada, sólo queremos saber quién es.
Cuando advierten que su actitud no sirve para nada, mugen como bueyes.
Rainer Witkowski escribe una redacción extraordinariamente mesurada
sobre El extranjero de Camus; pero sus pensamientos son desmesurados y libres, como suelen serlo los pensamientos, tal como dice la canción.
Los padres abofetean a sus hijas porque prefieren llevar zapatos de tacón antes que los zapatos planos, típicos de la región, que quedaron destruidos.
Sophie lleva un vestido de tarde de la casa Adlmüller, y el sol resplandeciente anida en su pelo. Pero el resplandor del sol no es nada en comparación con su vestido.
Anna Witkowski pierde la razón. Pero nadie se da cuenta de ello porque aquel hecho absurdo y terrible también careció de razón, y asimismo absurdas fueron sus repercusiones.
El que paga el coche tiene derecho exclusivo a disponer sobre el viaje. El señor Witkowski es el que lo paga y su hijo Rainer lo conduce. Sólo ocasionalmente puede Rainer conducir solo.
Independientemente del rumbo que tomen, el inválido tiene asegurado el asiento de al lado del conductor, y da las órdenes y las instrucciones.
También durante las vacaciones el vehículo emprende el camino hacia el distrito del bosque, de no ser así el inválido no llegaría a ninguna parte y, como todos los demás, también él necesita oxígeno.
Hoy el señor y la señora Witkowski quieren ir a la ciudad para mirar escaparates, que para ellos son como las puertas del mundo.
Las puertas del mundo se abren cuando llegan a la Kártnerstrasse, una calle de comercios de lujo, que los del extrarradio visitan a lo sumo dos veces al año, pegándose contra sus muros para evitar que la masa, que se dirige hacia las famosas pastelerías, los aplaste.
Hoy se dirigen allí porque el señor Witkowski sólo se conforma con lo mejor; le dice a su mujer que para él nada es demasiado caro porque la calidad tiene un precio y si no se paga, luego se sufren las consecuencias. Mira ese frigorífico y aquella lavadora, figúrate todo lo que podríamos refrigerar y lavar con ellos. Pero por regla general se trata de boutiques. Los nuevos tiempos han llevado abundancia a la ciudad, una ciudad que se ha liberado de la ocupación hace relativamente poco tiempo y que vuelve a pertenecerse a sí misma y a sus habitantes; incluso el obrero se beneficia de esta abundancia y si no puede beneficiarse suficientemente, entonces organiza un golpe. Esto estuvo a punto de ocurrir la última vez en 1950. Los comunistas trataron de explotar la escasez de ciertas provisiones para incitar a gentes de buena voluntad a levantarse contra su propio país. Rainer va trotando detrás de sus padres y diciendo, a todo el que quiera oírle, que no tiene nada que ver con esos dos vejestorios. Recientemente Sophie le reprochó, con cierto sarcasmo, que sólo había robado el dinero para comprarse cosas bonitas. Aquí hay tantas cosas bonitas y lujosas, pero él no las quiere y le comunicará a Sophie que no le interesan en absoluto. Lleno de asombro, el pequeño grupo se encamina torpemente hacia Palais esquina a Annagasse, donde Adlmüller, el rey de la moda, tiene su taller y su tienda. Pero, ¡qué casualidad!, a través de las cristaleras de la entrada uno puede observar lo que ocurre en el interior de la tienda y es que, casualmente, la misma Sophie en la que momentos antes uno había estado pensando, está parada junto a su madre mirándose en un espejo. Es su primer modelo exclusivo y será su regalo de fin de bachillerato. Mamá, papá, en el interior de esa tienda se encuentra
una compañera mía que es rica, dice Rainer involuntariamente, sin poder retirar ya sus palabras. Nada más pronunciarlas se arrepiente de haberlas dicho porque sus padres se disponen a derrumbar las barreras de cristal que les separan de Sophie, intentando derribar la puerta de entrada.
El mundo exterior amenaza con irrumpir groseramente en el cristalino acontecer del mundo interior. El inválido sale corriendo (como un galgo detrás de un conejo), apoyado sobre sus muletas y la madre directamente detrás de él. Quieren saludar a la compañera de instituto y a su madre, para comunicarle a ésta lo mucho que les alegra que sus respectivos hijos sean buenos compañeros y que se ayuden mutuamente y que mantengan un estrecho contacto también en sus ratos de ocio. Rainer agarra las oscilantes caderas de su padre mutilado para que no entre atolondradamente en el portal y le pone la zancadilla a su madre para que ésta se quede fuera, que es donde tiene que estar.
Las Pachhofen se deslizan de un espejo a otro en un silencio absoluto, en silencio porque no quieren que el ruido de los coches entorpezca su elección. Se adornan con auténticas obras de arte, cuyo lujo no puede percibirse desde el exterior.
¿Te avergüenzas de tus padres, piojo infame?, rechina el padre intentando deshacerse de su hijo para besarle galantemente la mano a la señora von Pachhofen, al fin y al cabo él es su padre y, además, es posible que tenga éxito con ella como hombre.
Un poco intimidada, la madre propone marcharse en seguida, ya hemos causado bastante alboroto. El padre berrea: mocoso asqueroso, para eso costeamos tu manutención, a una edad en la que ya tendrías que estar trabajando y pagándote todo tú sólito, para que encima te avergüences de tu familia. Después de todo pasé toda la guerra en una posición de mando. Pero esto ya ha llegado a un límite. Ya no damos abasto con vosotros dos, esto se acabó, sois unos cerdos.
Rainer está blanco como la tiza e inclina la cabeza ante los circunstantes. Puede que la madre de Sophie o la misma Sophie se asomen, pero afortunadamente el grueso cristal impide a los indeseables lanzar miradas indiscretas hacia el interior del salón y acompañarlas con ruidos indiscretos.
Una modista vestida de negro va de un lado para otro y el rey de la moda en persona da su opinión acerca de los conjuntos. Este vestido tiene esta y aquella ventaja, aquel esa y aquella ventaja; en su caso, este vestido tiene esta desventaja y aquel esa otra desventaja.
Fuera, el padre amenaza a su hijo con aplastarle la nariz y hacerla sangrar, como ocurre siempre que le da un puñetazo en la cara.
Por favor, pide Rainer ajeno al dolor anunciado, por favor, no entréis, por favor.
Venga, vámonos Otto, todavía quiero mirar algo de ropa y luego regresaremos a nuestro confortable hogar. Las señoras sólo van a retenernos innecesariamente con su conversación. Ya sabes lo que haremos después, propone la madre arrastrando al padre con esa promesa implícita. Éste echa a andar, oscilando y babeando, no van a dejar que les retengan esas señoras remilgadas, hoy todavía tienen mucho por delante.
Un pájaro grande hace ejercicios entre rama y rama.
Y así se van y siguen mirando escaparates, que, por agradecimiento, a Rainer se le nublan ante la vista. En la tienda de deportes encuentran una bicicleta deportiva completamente nueva, con muchas marchas. Pero eso pertenece a otro mundo, brilla muchísimo, pero no es para Rainer. En cualquier caso, el cáliz de antes ha sido apartado de él, como también en la religión fue apartado de Dios, Nuestro Señor.
No te irás a la cama sin haber recibido un beso y tampoco sin habernos dirigido la palabra, porque lo exige la cortesía, masculla
el padre entre dientes. Le consuelan con una taza de leche manchada, que han pedido en el Café Museo, y también con un panecillo y una buena propina. En Rainer todo se afloja y se repliega sobre sí mismo como un paquete humano mortecino.
¡Cómo se reirán él y Sophie más adelante de este incidente! Pero ahora todavía no. Más adelante.
Íntimamente Rainer ya se ha desligado de su familia, pero esto todavía no trasluce hacia el exterior.
A pesar de que, en realidad, los estudiantes no se lo merecen y antes de que se presenten a la prueba de madurez y comiencen las vacaciones, que los separarán, llevándolos por los más variados caminos, el instituto celebra el último té-de-las-cinco-de-la-tarde; el té lo preparan las estudiantes. Los estudiantes se encargan de que todo esté en su sitio. Las bebidas gaseosas se amontonan en pilas de colores extraordinariamente feos.
Los estudiantes bailan con las estudiantes y, siguiendo el consejo de un profesor de confianza, a veces también sacan a bailar a alguna madre o abuela. Se discute sobre el rendimiento de los descendientes y en la mayoría de los casos se estima que son capaces, pero vagos. Algunos directamente no rinden. Los estudiantes forman una comunidad que también podría llamarse comunidad escolar.
Anna y Rainer son indeciblemente estúpidos por pertenecer a una comunidad escolar en vez de al mundo de los mayores.
Sophie ha colado a Hans, que en todas partes destaca como un cuerpo extraño porque después de una o dos cervezas berrea estrepitosamente y encima le resulta divertido. La rubísima Sophie lleva tacones altos y no se deja cazar. En su ignorancia, Rainer lo intenta a pesar de todo, pero fracasa.
El té, que más bien parece agua sucia, se sirve en vasos de cartón y se
vende por poco dinero que se ahorra para el viaje de fin de curso. Para los pequeños, los hermanos menores, se ha organizado un teatro de títeres que sirve de entrenamiento a los actores en ciernes que acuden fascinados al gallinero del Burgtheater. Los jóvenes son jóvenes y lo disfrutan.
En los grupos de expertos se discute sobre una o dos representaciones de ópera, dejando caer los nombres de Bippo di Stefano y Ettore Bastianini, que Rainer no conoce. No obstante, Anna conoce a Friedrich Gulda, y a sus compañeros de especialidad.
El padre inválido de Rainer acaba de entrar apoyado sobre la madre. Una compañera de Rainer le ofrece un té con muchísimo cuidado (para no ensuciar al inválido más de lo que ya está). El padre contesta que no come de pucheros ajenos. Sigo teniendo suficientes pucheros propios. ¡Qué hombre tan extraño!, comenta la compañera a una amiga suya. Ese está tarado, ¿no crees? Después, la muchacha le pregunta si no quiere que le acerquen un sillón a la pista de baile para que pueda seguir los torpes movimientos de los estudiantes. Él contesta que puede perfectamente quedarse de pie.
Para Dios y Witkowski nada es imposible, así reza la segunda de sus sentencias preferidas. Este hombre no da pie con bola, está tocado, dice la misma estudiante de antes. Rainer, que había contado a todos que su padre y su primo conducían alternativamente un Porsche, se retuerce en un rincón como una oruga. ¿Por qué no podrá uno esfumarse dejando tras sí un poco de aire caliente? Uno debería quitarse la vida.
Pero por ahí viene Sophie y Rainer, molesto por las circunstancias, le explica que el amor no es Eros. La verdadera dicha es la sensación de haber deseado lo mejor de la vida, aunque a veces esto se tome a mal. Sophie le sirve con frialdad un panecillo con queso. Servir resulta divertido cuando no se hace por
obligación. Anna preferiría cortarse la mano de un tajo antes que servirle a alguien un bocadillo de queso.
Gerhard quiere bailar con Anna, su ídolo, y hacerla girar en círculos y ser feliz, pero Anna se hace a un lado porque quiere observar a Hans, que está situado entre dos abuelitas. Hans, por su parte, se abre camino entre la gente a empellones, para arrancar a Sophie violentamente de los brazos de un compañero con el que está bailando un viejo y bonito vals. Con este comensal infructuoso, que todavía no se ha ganado un chelín en su vida, inauguró el baile de la Filarmónica. Pero no va a hacerse filarmónico sino jurista. Sujeta a Sophie fría e imparcialmente (que son requisitos de su futura profesión) con los dedos, cogiéndola un poco más fuerte por la espalda, pero con la intensidad justa, ni demasiado fuerte, ni demasiado flojo. Así no se puede coger a una mujer, hay que agarrarla con determinación, yo sé hacerlo porque tengo un carácter arrollador. Ven aquí encanto, eres ligera como una pluma, dice Hans, que quiere lanzarla al aire y gritar ¡yuhu!; hoy está muy contento, está encajando perfectamente con sus futuros colegas de trabajo que han gozado de una preparación académica. El es un hombre de acción. Márchate, le dice Sophie.
Esto sí que es una faena. Hans finge estar abrochándose la bragueta del pantalón.
Algunos estudiantes comentan entre ellos lo bonita que está siendo la fiesta de hoy. Se intercambian los números de teléfono.
Como si fuera una contraseña, se pronuncia el primer tímido TÚ, y es que es el primer TÚ. Se proyecta hacer una excursión y también alguna visita durante las refrescantes vacaciones de verano.
Se untan los panes.
Los enormes trozos de tarta se reparten en platos de cartón.
Rainer sale de su escondite, se precipita sobre Sophie y dice que ha llegado el momento de iniciar una etapa que se diferencie -
casi va a decir sistemáticamente- de toda su amistad anterior.
Deben encontrar el camino directo hacia el otro. Tal vez lo encuentren en paseos al atardecer. Con cada conversación profunda descubriremos nuevos horizontes, promete Rainer. Su relación gozará de una naturalidad desconocida, asegura Rainer. Lo maravilloso de la naturaleza es su total capacidad de contradicción.
Sophie no está de acuerdo y le pide que la suelte, me estás arrugando el vestido de chiffon. Lo tuyo está degenerando gradualmente, Rainer, te lo en seno.
Para los mayores hay ponche, pero en honor de la verdad y dado lo avanzado de la hora, este ponche está flojo. Los niños se ríen con alegría porque excepcionalmente pueden tomarse un traguito. Hans también se apunta al alcohol, pero le despachan inmediatamente con cajas destempladas porque todavía no es un adulto, como le habían asegurado erróneamente. Hans argumenta que lleva mucho tiempo ganando dinero. Y como única contestación recibe la cara incomprensiva de la hija de un médico.
Aquí ni siquiera está permitido fumar un cigarrillo.
La señora Witkowski, que desde luego no pasa desapercibida, esconde su sangre de maestra entre la masa. También esconde su horrendo vestido de preguerra, que ha adornado con una cinta de terciopelo y una rosa de seda del mismo color, tan chocante la una como la otra. El papá hace acto de presencia elegantemente vestido, su corbata es chillona, dice: aquí estoy; es imposible no verla. A un inválido se le puede perder de vista intencionadamente, pero esa corbata no.
Anna tira tímidamente de la parte trasera del jersey de Hans para que éste, a ser posible, le preste y dedique atención. Hans le da palmaditas como si fuera un caballo y le pregunta si le pica. Que si le pica que se rasque, jajaja. Después relincha estrepitosamente, se abalanza sobre Sophie, la levanta y la hace girar en círculos. Luego la lanza al aire como una pelota y la vuelve a coger y le dice:
Tesorito, muñequita, Sophita bonita. Hans está derrochando su fuerza, ¿para quién la tiene si no es para Sophie?
Sophie suelta una breve carcajada y dice: déjame bajar, Hans.
Pero antes de poder cumplir su orden, Rainer se le acerca por la espalda, le arranca a Sophie de los brazos y le dice que va a darle una patada en los huevos, a lo que Hans replica, venga, demuéstramelo. Y ahora lárgate, queremos estar solos.
El señor director alza la voz y dice que la prueba de madurez marca el final de una etapa vital que los separará, llevándolos por las más variadas sendas. Les anima a guardar un buen recuerdo de la vida escolar. Ya han finalizado sus estudios y ahora empieza la vida real, que es completamente distinta aunque el instituto les haya preparado para ella.
Anna y Rainer se estremecen; lo que más temen en este mundo son los cambios. Más adelante ya no podrá uno erigirse en cabecilla con tanta facilidad porque es posible que no todos le conozcan. Ni tampoco el resultado de sus esfuerzos, que tendrá que volver a probar. Rainer y Anna tienen miedo a lo desconocido.
Anna deja entrever que también tiene algo que decir. Los dos muchachos, que tienen demasiada fuerza y savia, están a punto de darse una paliza. Un profesor discreto se interpone entre ambos apelando a su sentido de la disciplina y de la religiosidad. Es el profesor de religión. Anna da sal titos nerviosos ante la perspectiva de poder decir algo. Quiere decir que, aunque pueda parecer todo lo contrario, Hans le pertenece exclusivamente a ella y a nadie más.
Rainer se acerca a Sophie para decirle lo que siente y siempre ha sentido por ella. Su orgullo le había impedido decírselo. Pero ahora es más fuerte que él y ya no puede reprimirlo. Piensa que ella debe saberlo. El siguiente paso será un sol filtrándose por entre los árboles del bosque, una lluvia que cae lentamente y sin cesar, el olor a resina, Sophie en una gabardina vieja acariciándole cariñosa e incansablemente el pelo. De vez en cuando hasta un intelectual
necesita cuidados corporales. Una comida rústica desplegada sobre un mantel de cuadros y acompañada de conversaciones serias y profundas, en las que incluso intervendrá un Dios abstracto. Este es el sueño de cualquier estudiante de secundaria y también su sueño.
Después de comer, tumbarse sobre la cama y seguir leyendo a Camus, que de todos modos uno lee a todas horas. Sobre todo el pasaje donde al condenado se le derrumba el mundo, momento a partir del cual todo le resulta indiferente. Y piensa en su madre. Él, Rainer, sin embargo optará por pensar en Sophie. Después el objetivo de la cámara los perderá de vista en el bosque.
Sophie dice que su madre va a mandarla a Lausanne a pasar las vacaciones para que cambie de aires. ¿Ya es seguro?, pregunta Rainer con cara de cordero degollado. Sí, es seguro. Iré a un internado. A Sophie le entusiasma la idea de ir a un lugar completamente extraño y aprender una lengua nueva.
Rainer le pregunta por qué quiere recorrer mundo teniendo tan cerca la felicidad, teniéndola ahí mismo. ¿Dime de qué te sirve viajar a lugares extraños? Sería preferible que domaras la bestia extraña y desconocida que albergo en mi interior. Ahora incluso sería capaz de realizar el acto sexual, pero éste sólo degrada a la mujer. Esta es la razón por la cual necesito ser domado.
Lo que hice en el aula de gimnasia (Sophie) es mucho más romántico que cualquier galanteo. Es una vivencia explosiva.
Rainer dice que está convencido de que en realidad ella no quiere abandonarle, que seguramente estará hablando en broma. Y como prueba de que confía ciegamente en ella, va a darle, a solas, unas ideas clave para la interpretación de La peste de Camus, que será la próxima lectura que compartan. Pero no debe decírselo a nadie.
Sophie le aparta fríamente con la punta de los dedos y saluda a los padres de su compañero de baile, que la conocen y le preguntan acerca de su futuro. Sophie les cuenta lo de Lausanne. A ellos les
parece una buena idea y también ponderan las facilidades que encontrará en el terreno deportivo.
Anna le sopla a Sophie en la nuca, donde tiene unos pelitos rubios. Quiere que le dejen decir algo sobre su propia personalidad.
Hace mucho que no hablaba tanto. Anna dice que su carácter es fruto del odio que siente hacia todo el mundo. Quiere que Hans la lance al aire como acaba de hacer con Sophie. Hans le dice que le traiga un bocadillo de salami y ella sale disparada.
Entretanto Rainer y Hans se han colgado de los hombros de Sophie, cada uno de un hombro, y le explican por qué debe abandonar con ellos la aburrida fiesta: para entablar una conversación. Rainer todavía describe rápidamente la música que tan maravillosamente está reproduciendo la cinta magnetofónica.
Sophie no debe marcharse a la Suiza francesa. Hans ubica Suiza sólo después de haberle explicado dónde queda Lausanne.
Sophie se descuelga de los brazos de ambos, que tienen buenas intenciones pero que no saben agarrar, se descuelga como una planta carnívora maligna, que con su savia aniquila insectos y se prohibe a sí misma distracciones de cualquier índole. Ella se marcha para no tener que veros más a ninguno de los dos.
¿Son éstos sus admiradores, Sophie?, pregunta con un sonrisa la madre de su compañero de baile, en ese caso, que lo pase bien, querida Sophie. En este momento llega Anna con el bocadillo de salami. Hans engulle el salami con nerviosismo, tira el pepinillo, le cede a Anna las sobras y se lo paga. Anna come, e inmediatamente después, consciente de su propósito, busca el servicio para vomitar, ojalá no esté ocupado.
Rainer dice que posiblemente se quite la vida. Seguro que con esto atrae sobre sí la atención de Sophie. De no ser así se desintegrará completamente y desaparecerá. El mundo entraña una dulce indiferencia, dice Camus. Cuando a uno le roban la esperanza lo único que tiene en sus manos es el presente, uno pasa a
convertirse en la realidad misma y todos lo demás son comparsas.
De todos modos, eso ya lo son.
Nunca dices una frase que no haya dicho ya alguien con anterioridad, dice aterciopeladamente Sophie.
Precisamente porque las conozco todas. Cuando la vida se ha extinguido, la noche es una tregua melancólica, nos asegura a Camus.
Haciendo uso de todas sus fuerzas, Hans se da un puñetazo en el cráneo, que suena a hueco. Pero no le sale nada original, sólo lo de siempre, la voz de su maestro diciéndole que ha invertido los polos de la corriente, por lo que siempre recibe una patada.
El padre inválido se balancea atléticamente entre las muletas y le dice a Sophie que evidentemente ella debe de ser la amiguita de su hijo, eso está bien, porque desde luego es una muchachita preciosa, como las que en su época solía poseer él, ahora sólo de vez en cuando porque el trabajador dispone de poco tiempo libre.
En este terreno todavía podría enseñarle alguna cosa a su hijo Rainer.
La madre de Anna y de Rainer devora con los ojos el corte del vestido de tarde que lleva Sophie. ¿Podría su máquina apañárselas para confeccionar una maravilla semejante en chiffon, o acaso es organdí? Desde luego no es sintético.
Anna estrecha el brazo de su madre como una tenaza. Hace meses que no rodea este brazo. Por un instante las dos mujeres parecen la Virgen María y Santa Marta, aunque por exigencias históricas en aquel tiempo la Virgen sólo tuvo un hijo y no una hija.
Hans está a punto de tragarse la nuez. Tanta saliva sin haber consumido una sola cerveza.
Sophie se desembaraza de todo y desaparece definitivamente.
Sophie deja dos vacíos detrás de sí, uno en Hans y otro en Rainer, pero ella no lo percibe.
Durante las vacaciones, cuando sus novios ya han regresado a la ciudad, las muchachas suelen decir: te vas, pero muchas cosas quedan aquí. Mucho de lo que ellos han dejado atrás. Aquí, sin embargo, no queda mucho de lo que se pueda sacar provecho, en realidad no queda nada.
La señora Witkowski tapa con las dos manos, no tiene más que esas dos, la desnudez de la cinta de terciopelo y de la flor de adorno, pero a pesar de todo ambas asoman indiscretamente entre sus dedos, dando una mala impresión. También la da el señor Witkowski.
Arma también se marcha, inadvertida de todos, pero realmente de todos. Ni siquiera deja la más mínima huella de un tacón en el parquet.
No deja nada.
Hans sale por la puerta de la fábrica y Anna, que le está esperando fuera, va a su encuentro. Quiere comportarse razonablemente para que él se dé cuenta de que también puede ser distinta. Quiere decirle que al final está bien que no pueda irse a América porque así durante el verano, podré ayudarte con las asignaturas que se imparten en tu escuela nocturna. Pero, como ya es habitual en ella, no logra decir nada, sino que se echa a llorar como una mema. Solloza fuertemente delante de todos esos extraños -que se han pasado el día entero trabajando y que por consiguiente tienen derecho a un poco de tranquilidad-entregándose con toda su alma carcomida a este llanto desgarrado, con lo que, en última instancia, demuestra tener un buen fondo.
Llorar sólo puede hacerlo quien no está completamente endurecido.
Su boca y su cara se desencajan en una mueca fea. Una mujer nunca gana con una expresión semejante, siempre pierde. Y sin embargo, a Hans le sobrecoge una especie de compasión cuando lo advierte en la insigne Anna. A lo mejor ni siquiera es compasión, sino más bien un mecanismo reflejo masculino de proteger a
elementos débiles. Este mecanismo entra en funcionamiento cuando un hombre ve llorar a una mujer. Pone un brazo alrededor de esta singular llorica y se la lleva rápidamente para no ser visto por sus compañeros de trabajo. Le pregunta: ¿qué te pasa, Anna?,
¿por qué lloras? Vamos, mujer. Anna le contesta que está desesperada y suelta una avalancha desordenada de cosas, sobre todo miedo y odio y por si esto fuera poco, una pizca de envidia hacia Sophie. Hans dice que no es bueno tener envidia de una persona que no tiene la culpa de haber nacido en una familia de semejante posición. ¿De verdad envidias a Sophie? Anna llora en una octava más alta. Ven, te acompaño a casa, de hecho casi vivimos uno al lado del otro. Tienes que tranquilizarte, y lentamente Anna se tranquiliza. De pronto le ve bajo una luz completamente distinta, le está mirando con los ojos del amor, que se da cuenta de que es un amor verdadero. Hans, a su vez, también la ve bajo una luz distinta, porque la está mirando con los ojos del protector masculino, que es más fuerte. Quizá también sea un sentimiento de amistad, que se da cuenta de que es una amistad verdadera, que incluye apoyar al amigo en lo bueno y en lo malo y en cualquier otra situación adversa.
Para bien o para mal, Hans acompaña a Anna a casa. ¿Pero qué te pasa, Anna?, pregunta una y otra vez porque no sabe qué otra cosa preguntar. Nada, ya estoy bien, le contesta ella. ¿Te vienes a cenar a casa?
No, contesta Hans rápidamente, porque no soporta a los padres de Anna. Pero añade que pronto será domingo y que podrán emprender algo juntos.
Muchas de las preocupaciones de Anna desaparecen de golpe y la invade una alegría inusitada, que perdurará hasta la hora de la repugnante cena. Muy pronto hará una excursión en bicicleta con Hans. Esta excursión podría significar un comienzo nuevo sobre unas bases nuevas. La base no tiene que ser siempre material
porque a veces el dinero se puede perder y los sentimientos no dependen de él.
En la casa de los Witkowski se está sirviendo la cena. El padre critica a su familia sin perder aliento, pero ellos están tan acostumbrados que ya ni le escuchan. El señor Witkowski amenaza a la madre con someterla a terribles torturas. La madre hojea un catálogo de una empresa de ventas por correspondencia, en el que encuentra un vestido que llama poderosamente su atención. Podría decirse que casi ofende su vista, por la vergüenza que pasó ayer en el instituto a causa de su indumentaria, que parece haberle causado un daño irreparable.
El padre le pregunta a Rainer si después querrá jugar con él una partida de ajedrez. Rainer dice que sí porque tiene intención de echar esa partida. Para cenar hay pan y diversos embutidos especiales y también una asquerosa sopa de patatas. Después de la cena echan la partida de ajedrez convenida, durante el transcurso de la cual el padre hace unas observaciones disparatadas acerca del estado mental de su hijo Rainer y acerca de todo lo que le concierne. Rainer va perdiendo porque, por alguna extraña razón, no logra concentrarse. El padre se alegra terriblemente porque en los últimos tiempos sólo ha ganado en contadas ocasiones al arrogante bachiller, que se da tanto tono. No obstante, le dice a Rainer que todavía va a recibir una bofetada si no se concentra más en el juego. Rainer dice que ganar carece de sentido y recibe la bofetada antes mencionada.
Anna tiene una dulzura en los rasgos con la que por cierto no amaneció esta mañana. ¿Por qué será? Incluso está secando la vajilla.
La madre pasa de su papel de madre fracasada al papel de mártir y le pide al padre que por favor esta noche no utilice accesorios que le hagan daño. Éste contesta de buen talante que se lo pensará, pero lo cierto es que la pega más de lo convenido.
Luego se van a la cama. Antes de dormir, Anna todavía se come una manzana. Rainer también se come una manzana antes de dormir, mientras lee El absurdo y el suicidio de Camus. La luz se apaga, hay que dormir.
A las siete de la mañana, Rainer se despierta bruscamente y, en contra de lo habitual, encuentra sus manos empapadas en sudor.
Pero no le da mayor importancia. Oye a la madre en el cuarto de baño. Se levanta, entra en la antesala y del llavero de su padre, que está colgado detrás de la puerta, extrae la llave de la caja de la pistola. La caja mide 8 cm de alto, 30 cm de largo y 15 cm de ancho y es de metal. Encima de ella descansa la cartera y Rainer la aparta. La casa está tranquila, exceptuando los desagradables ruidos que la madre, que siempre es la primera en levantarse, hace en el cuarto de baño. Rainer abre el arca de la pistola y saca la Steyr de cañón abatible, del calibre 6,35 mm. Debajo de la pistola se encuentran las fotos de los genitales de su madre. Estos genitales no le impresionan grandemente, a pesar de que un día salió al mundo a través de ellos.
Con la pistola en la mano, Rainer se dirige hacia su hermana, que durante toda la noche, detrás del finísimo tabique de separación improvisado, ha dormido prácticamente a su lado. Y sigue haciéndolo llena de confianza. A una distancia mínima Rainer dispara sobre la cabeza de su hermana, destrozándole el hueso frontal y sumiéndola, en cuestión de segundos, en la más absoluta inconsciencia. Unos jirones musicales, del opus 33 en si mayor de Schónberg y de la sonata de Berg a medio aprender, se agitan confusos en el cerebro de Anna y luego desaparecen titubeantes, contrariados, pero definitivamente. Ya no habrá más melodías ni canto.
Después de este disparo, Rainer se dirige a la antesala, donde la madre le sale al encuentro, sin mediar palabra e inexpresiva. Él sabe que ahora tendrá que liquidar a toda su familia para que no
haya testigos que puedan denunciarle a la policía. Inmediatamente pega un tiro a su madre, también en la cabeza, y ésta se derrumba silenciosamente. Su mandíbula superior ha quedado completamente destrozada, pero la muerte todavía no ha hecho su aparición. La madre yace sobre el linóleo de la antesala como un ovillo agonizante, no se sabe si su cerebro sigue funcionando o no, pero lo más probable es que no. Rainer deja la pistola a un lado porque ya no le quedan balas y saca el hacha, que pesa 1,095 kg, del cuarto de baño. Su filo mide 11,2 cm. Curiosamente, durante todo el tiempo que ha durado la matanza, el padre de Rainer permanece sentado en el cuarto de estar, con una chaqueta de lana sobre el pijama. Rainer se dirige con el hacha hacia su padre, que expresa una sorpresa muda, y ataca. Le golpea indiscriminadamente, sin pensar en nada. Pero su objetivo es la cabeza. Bajo los terribles hachazos, el progenitor de Rainer se desmorona instantáneamente, sangrando en abundancia. Los hachazos rompen huesos, astillan huesecillos, cortan tendones y seccionan arterias, que difícilmente podrán volver a ser cosidas. Rainer se ensaña especialmente con la cabeza y el cuello, porque con eso basta. Arremete contra el padre hasta descuartizarlo. Luego, llevando el hacha consigo, entra en la antesala donde su madre agoniza y espumajea, y arremete contra ella. Sigue sin darle importancia. Quiere matar y de hecho lo está haciendo. Después del último disparo ya sabía que iba a recurrir al hacha para concluir su obra. Nadie habla ni grita. La madre yace boca abajo y en esta postura la remata. La madre muere. Rainer no cede un milímetro, ni antes ni después. Ahí donde ha caído, se queda. Cuando ya ha acabado con ella, regresa a la habitación de su hermana, a la que antes había pegado un tiro en la cabeza porque era la única parte del cuerpo que no cubría la manta, y arremete contra su cabeza, igual que contra la de su padre y la de su madre.
La cabeza de Anna queda reducida a un puré de huesos, sangre, tendones y masa encefálica, en el que se perfilan, con un destello
blanquecino, algunos de sus dientes y un ojo seccionado. En cualquier momento, muy pronto, también morirá Anna y así estarán muertos los tres.
Todos ellos han sido atacados principalmente en cabeza y cuello. Ahora Rainer busca la maleta de cartón y saca la bayoneta de entre el montón de juguetes, entre los que también se encuentran un proyector de diapositivas y varios sombreros de fieltro. Coge la bayoneta, que en realidad ya es superflua, y la hinca en los tres cadáveres, pasando metódicamente de uno a otro. En primer lugar se la clava al padre, en cuello, pecho y ombligo; luego a la madre, principalmente y con violencia en el bajo vientre y, por último, traspasa a su hermana con todas sus fuerzas. Por fin ha acabado; los desechos humanos ensangrentados han enmudecido definitivamente; ya no se distinguen los unos de los otros porque, como es sabido, la muerte no hace distingos. Los respectivos sexos todavía se reconocen, pero nada más. A éstos tendrán que remitirse quienes quieran identificar los cadáveres. A través de acciones absurdas, Rainer intenta salvar su ideal narcisista de haber cometido algo extraordinario.
Ahora trata de esconder el cadáver de su padre para que no puedan tropezar con él nada más entrar. Jadeando arrastra el montón de carne ensangrentada hasta el arcón rústico, que tendrá que vaciar previamente para que entre el cadáver. Este ha perdido una cantidad de sangre tan bestial que Rainer desiste de la tarea de esconder los otros dos cadáveres. Los nervios no cumplen con sus exigencias y Rainer no cumple con su tarea.
Se quita el pijama empapado en sangre y se mete debajo de la ducha. Luego recoge las armas, las mete en un maletín y abandona la casa con el tiempo justo para buscarse una coartada. También se lleva el pijama. Va en coche hasta la casa de un compañero de instituto para estudiar con él y pedirle dinero para gasolina. Por el camino, desde cualquier puente, quiere tirar las armas letales a la
corriente del Danubio, pero desgraciadamente a esta hora tan temprana, ya hay demasiados paseantes innecesarios. Así que mete el arsenal junto con el pijama, debajo de la rueda de recambio del maletero del coche.
Después de estudiar y habiéndole prestado su compañero los 500 chelines que tenía guardados en una cajetilla de tabaco, los dos se dirigen hacia Ketlassbrunn, situado en la Baja Austria, para visitar a un párroco, el antiguo catequista del colegio.
Ahora ya han llegado a Ketlassbrunn; el párroco se sorprende y se alegra. Invita a ambos estudiosos a comer en una posada, donde piden un codillo con bolas de patata. A continuación, van al hogar de los congregantes, donde se celebra un seminario en el que un catedrático de Viena lee una ponencia sobre los temas «El hombre como cosmos» y «Crimen y castigo». Como siempre, Rainer intenta sobresalir creando polémica acerca de estos temas. El párroco se despide de ellos dándoles un apretón de manos y algunos dulces. Luego el compañero es conducido a su casa, ha sido un día rico en acontecimientos, añade mientras entra en su casa, que huele a vainilla.
Rainer vuelve a la poderosa corriente del Danubio, que ya es todo un símbolo. Entretanto son las siete de la tarde. A la altura del restaurante Berg, cuya especialidad es el pescado, Rainer arroja las armas del asesinato al río. Sin embargo el pijama ensangrentado lo deja en el coche.
Luego, desde una cabina telefónica, Rainer llama a una chica que no ha visto desde hace meses. Trabaja de niñera en la casa de un matrimonio de médicos que viven en la zona centro de la ciudad; sus respectivos padres se conocieron en el distrito del bosque del que son oriundos. Rainer invita a Renate, que es el nombre de la muchacha, a ir a bailar al Bar Picasso y efectivamente acaban bailando ahí. Rainer se toma dos camparis con soda y Renate un martini y una fanta. Rainer describe ampulosamente la
estructura de la música moderna que ahora surge de los altavoces.
Después interrumpe sus explicaciones y vuelve a llevar a Renate a su casa.
A continuación, Rainer regresa a la casa paterna, donde durante todo este tiempo yacen los cuerpos de su madre, que tiene 40
heridas graves e incontables heridas de menor gravedad, el de su hermana que tiene 26 tajos mortales, sin contar las heridas leves, y el de su padre, completamente descuartizado, descomponiéndose en el interior del arcón rústico tallado. En total los tres cadáveres presentan bastante más de 80 hachazos, amén de los innumerables pinchazos de bayoneta; las cabezas han quedado completamente destrozadas. Les atacó con ambas manos para reforzar el golpe.
Junto a esta carroña espantosamente desfigurada, Rainer no podrá pasar la noche porque le horroriza.
Entra en su casa, que ya ha dejado de serlo, enciende la luz unos instantes en la antesala para que la gente crea que el horrible espectáculo le ha sorprendido inesperadamente, vuelve a apagarla y se va a la comisaría para denunciar que su madre yace muerta en la antesala, venga usted y ayúdeme a encontrar al asesino. Otro policía les acompaña inmediatamente y cuál sería la sorpresa de todos cuando en vez de uno encuentran dos cadáveres, que en un principio confunden porque las mutilaciones impiden distinguir a la madre de la hija.
Lo policías están atónitos. Rainer está echado sobre una camilla, pálido y al borde del desmayo, y es atendido por un médico que le administra calmantes, pero para un golpe como éste su pulso es extraordinariamente regular, piensa el médico.
¿Dónde está su pijama y dónde está su padre?, pregunta el inspector. Mi pijama debe estar por ahí, me lo he quitado esta mañana temprano porque he salido a primera hora. Y dónde pueda estar mi padre, no lo sé.
Estos cadáveres están completamente irreconocibles de tanta violencia y brutalidad, comenta el policía, que siente repugnancia a pesar de estar acostumbrado a muchas cosas por su profesión. Los cadáveres de la madre y de la hija no han sido movidos y su aspecto mueve a compasión.
Pero de nuevo surge la pregunta: ¿dónde está el pijama de Rainer y dónde está el señor Witkowski?; estos dos cadáveres son femeninos.
¿Ha podido ser el padre el autor? Pero finalmente se encuentran en el arcón los restos ensangrentados del padre. La masa encefálica yace a un lado porque no ha llegado a entrar en el arcón.
Ahora ya sólo queda resolver la cuestión del pijama, agravada por una sospecha.
Cuando el inspector pregunta por centésima vez: ¿dónde está su pijama?, tiene que aparecer, señor Witkowski, Rainer finalmente confiesa: está en el maletero del coche, debajo de la rueda de repuesto y cubierto de sangre.
Ahora ya lo saben todo y pueden disponer de mi.
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