Los excluidos
[1] Ponche, vino caliente. Titulo de la novela de Heinnch Spoerl de la
Este capítulo es largo, así que está dividido en 8 partes.
Se emborracha y se pone grosero, tan sencillo como eso. Es un cerdo.
Conduce un Porsche, que a Rainer le gustaría tener pero no así la inteligencia del propietario, que considera muy inferior a la suya.
Sin embargo, ahora Rainer tampoco demuestra tener mucho más seso que él porque intenta meter su sucia cabeza entre las piernas de Sophie.
Pero no lo logra. Con un ágil paso lateral, la chica -que ya lleva algún tiempo de pie- golpea su cabeza contra el sorprendido pino; lo hizo intencionadamente y por eso el golpe fue más duro de lo necesario. Te quiero, Sophie, con lo que quiero decir que ya nada me importa excepto tú.
Sólo por ti se contraen de dolor mis músculos faciales. Pero el dolor sólo es el principio porque ahora voy a besarte violentamente y ese será el punto culminante. Está bien que casualmente seas blanda, Sophie, y yo duro, porque los opuestos se atraen. Nos atraemos mucho mutuamente y no lo podemos remediar. Una nueva ráfaga de viento hace que los abedules giman y también los dos sauces que están a una buena distancia el uno del otro. Habiendo sido interrumpido su sueño, un pájaro emprende su vuelo gritando. En un parque público se carece de tranquilidad y ahora tampoco logra uno encontrarla aquí. La luna alocada galopa apresuradamente por el cielo, pero en realidad sólo son las nubes las que galopan. Rainer contempla la luna y dice algo sobre ella, tiene que ser una imagen que todavía no se le
haya ocurrido a nadie, porque si no, podría decir simplemente que la luna es como un disco plateado que cuelga del cielo, o algo así. Sophie dice que el éxtasis amoroso no es otra cosa que la satisfacción del propio orgullo (Musil). Rainer dice que sólo es orgulloso como artista y entonces en grado sumo, pero que, por lo demás, ha terminado con todo en la vida; su vida está desecha porque él se mantiene al margen de la sociedad y de sus normas. Su amor está completamente libre de todo menos de amor. Cuando destapa la parte delantera del vestido de Sophie, profundamente escotado, y observa sus pechos, se da cuenta de que está parado sobre la hierba mojada y supone que mañana seguramente estará resfriado. Las suelas de sus clippers americanos han sido reparadas demasiadas veces con cartón, y el cartón no es demasiado consistente, se ablanda; tan poco consistente como los deseos de Rainer, que son ambiciosos y que le presionan tanto que le sale humo por las orejas.
Sophie vuelve a cubrir lo que debía cubrir su escote y aparta la ansiosa mano de este pájaro codicioso; no va a conseguir lo que quiere. Vuelve a repetir a Rainer que si su situación económica fuera distinta, no tendría que ser artista, ya que el arte, aun siendo inmaterial, es lo único que la gente valora un poco. Rainer rechaza esta definición porque la gente le importa un comino, él produce arte única y exclusivamente para sí mismo y si, además, hay alguien que se interese por él: ¡adelante!, ¡quizá algún día le impriman y le editen! Esconde su cabeza en el vientre de Sophie, que es liso y está muy caliente y no contiene guijarros; si alguno de sus arrogantes amigos los está observando, seguro que siente envidia, porque ninguno de ellos puede hacer lo que él está haciendo. El tiempo se detiene un momento para el hombre y la mujer, y es un buen momento porque el tiempo suele empeorarlo todo, los pobres envejecen en él, los ricos logran retenerlo un poco, pero no definitivamente, porque al final éste les alcanza. Al fin y al cabo el tiempo es democrático, algo que Rainer no es. Él odia a la masa y por eso sobresale de ella notoriamente. En la cavidad de Sophie se siente como una cría que ya no encuentra alimento en el seno materno y desafortunadamente tiene que buscarlo en una naturaleza que le resulta hostil. Y quién sabe si algún día tendrá que dar de mamar él mismo, eso si no sucede algún milagro que le permita librarse de la procreación. Rainer tiene miedo al futuro y al envejecimiento paulatino. Ahora Sophie tiene que marcharse definitivamente, una frase que, como sabemos, repite con
frecuencia. Rainer le dice, muy oportunamente, que ha notado que lucha implacablemente contra los sentimientos que ha desarrollado por él, pero que no logrará vencerlos y le recomienda emplear esas energías para dar una patada a esos burgueses que tiene dentro de casa. Recorre con sus manos el largo de las piernas de Sophie, hasta que ya no quedan piernas y tampoco manos porque ella se las aparta. Eres un precioso anarquista que sólo quiere vengarse (Sophie). No, no me quiero vengar, precisamente porque busco el absurdo como principio. Como ya decía Sade, siempre que los derechos de los seres humanos se repartan por igual -para que luego cada uno de ellos pueda vengarse de las injusticias sufridas- no puede engrandecerse un déspota. Le harían callar rápidamente. Es la enorme cantidad de leyes la que provoca los delitos (Rainer). Estas leyes, o cualesquiera otras, no están hechas para mí, sino para aquellos que anhelan un papel de mando. En realidad yo ya soy un dirigente y de ahora en adelante quiero, por ejemplo, dirigirte a ti, mi amor. Albergo un odio tal que podría compartirlo con una segunda persona. ¿Y quién es esa segunda persona con la que podrías compartirlo? A mí, por ejemplo, no me hace falta el odio, puedo hacerlo sin ninguna razón aparente. Me gustaría saber para qué iba a desarrollar yo un odio.
Rainer ha vuelto a destapar la parte delantera del vestido de la muchacha, y le muerde el pezón derecho, que es mínimo y de un rosa pálido como el de los niños pequeños; esto provoca un leve chillido parecido al de los numerosos pájaros que uno puede encontrarse aquí. Pero rápidamente el grito vuelve a extinguirse. Ay, decía el grito.
¡Qué tontería! Creo que tengo que refrescarte un poco. Ahora mismo te traigo un helado, en seguida te lo traigo. La hierba se alza ante Rainer. Eso procede del asco, el asco procede de la agresión, la agresión procede de las ansias que tiene por Sophie, y estas ansias proceden de su belleza. La realidad rebasa a Rainer, como si estuvieran vaciando la piscina encima de él. Él se encuentra abajo, en una humedad totalmente oscura que quiere entrar por todos sus orificios, por más que intente taponarlos desesperadamente. Cuando siente que alguien le está lamiendo, alza la mirada, pero sólo es Selma, la perra de caza de Sophie, llamada así en honor de la escritora Selma Lagerlöf, una de las primeras experiencias literarias de Sophie, que carece de valor porque todavía no conocía a Rainer. Rainer abraza al animal insensible que se ha arrimado a él. A veces,
los animales son mejores que los hombres y uno puede aprender de ellos.
Por ejemplo, dulzura y sumisión. Sophie carece de ambas. Rainer coge el helado de la mano del criado y se va trotando. Hace mucho desde que le ha abandonado Sophie y poco desde que Selma, con sus bien cuidadas patas, recorriera el césped, dando saltos juguetones (en este momento no está de servicio), persiguiendo a un adversario imaginario. Y Rainer tropieza en la oscuridad con un adversario que es auténtico, probablemente sea él mismo; le han informado de que en la postpubertad el hombre joven siempre es su propio peor enemigo y que eso procede de las hormonas en ebullición. Abre el portón del parque y entra en una barriada que, a medida que va avanzando, se va haciendo más pobre. Su figura se empequeñece, no porque se esté alejando, sino porque el entorno la empequeñece involuntariamente. Hace un rato, todavía era alguien en un parque, ahora es Nadie en un tranvía. Es una experiencia terrible porque también podría darse el caso de la desaparición total. La oscuridad engulle las rejas del parque como si nunca hubieran existido. El parque ha desaparecido, Rainer sigue estando, pero en otro lugar.
Detrás ha dejado la luz, ésta se llama Sophie y no suele permanecer mucho tiempo. Pero Rainer tiene que quedarse justo donde está, porque no puede salirse de su pellejo, y en esto se parece, excepcionalmente, a los restantes seres humanos, que tampoco pueden hacerlo.
Ahora que ya conozco los grandes espacios, los pequeños, como éste, me resultan aún más pequeños. Es que son realmente pequeños, dice Hans enfadado, al tiempo que da una patada contra la pared del piso comunitario, que no tiene la culpa de su tamaño; con todo, sigue siendo un piso humano porque dispone de todo lo que se necesita para vivir. Que, por otro lado, no es mucho, porque el hombre sabe manejarse con poco si se ve en la necesidad de hacerlo. Por ello esta casa ofrece más bien poco. También aquí sopla el viento, pero es un viento de ciudad que arrastra la suciedad y el polvo de las obras que han de eliminar las últimas ruinas y embellecer la ciudad de Viena. Una luz tenue atraviesa el conjunto e indica que la primavera que llega va a ser suave. Esta luz es característica de esta zona antigua de Viena; no pasa nada por alto, pero tampoco revela nada digno de atención. El aire es seco; en él se esconden periódicamente fragmentos de cristal, insectos y bacilos de la gripe. Lo atraviesan muchachas con enaguas modernas y simpáticas coletas; el rasgo esencial de su carácter es la
juventud, que pronto perderán. Les gusta bailar y escuchar música; en el piso de arriba nacen ilusiones respecto a la profesión futura, que se puede elegir porque la situación económica ofrece posibilidades de elección, aunque de perspectivas inciertas. También podría ocurrir que se le derrumbara a uno encima.
Hans tiene un recuerdo de juventud, y es el siguiente: por cinco chelines puede uno sentarse en la primera o segunda fila del cine Albert, para ver qué pinta tiene esa situación económica de la que él pronto pasará a formar parte. Pero por el momento ésta todavía pertenece a otros y sólo se la observa desde fuera. Exhibe preciosos trajes de sastre con corpiño, o vestidos tiroleses con pronunciados escotes y besa a Rudolf Prack o a Adrián Hoven o a Karlheinz Böhm. Todo ha mejorado y si no ha mejorado, ya lo hará. 1937: empresarios-100, trabajadores-100.1949: empresarios-115, trabajadores -85. Si se trata de un hombre, entonces besa a Marianne Hold o a la cariñosa y entrañable Conny, aunque ésta es más bien para los jóvenes.
A veces él la acompaña, ¡incluso con frecuencia! Canta alguna cancioncilla que está de moda y se llama Peter Kraus. A menudo, se producen curiosas confusiones, que provocan carcajadas, y de las que se deduce que en realidad Christian Wolff es hijo de un director general, aunque no se le parezca en nada; su público no aparenta nada porque en realidad no es nada.
Conny tiene gracia vistiendo y se enamora de él cuando éste aún no promete nada. Lo que dice mucho en favor de su corazón y de su carácter, que es lo que en definitiva cuenta. Los rizos engominados de los espectadores se balancean al compás como colas de gallo y se alegran ante la expectativa de que unas manos acariciantes de muchacha, que pertenecen a aprendizas de peluquería y a futuras secretarias, los desenmascaren como lo que son, es decir, como rizos engominados de aprendices y jóvenes empleados. No se debe querer aparentar más de lo que uno es, esta es la moraleja. A veces, los héroes del cine aparentan intencionadamente ser menos de lo que en realidad son. Es totalmente incomprensible. A veces las manos de las muchachas se deslizan un poco más abajo para tocar el pálido instrumento que nunca llega a ver la luz, a lo sumo un bañador, y que con frecuencia, por sus costumbres sedentarias, está demasiado cansado para moverse o hacerse sentir. Otras veces, sin embargo, hace acto de presencia súbitamente, sin interesarse por los sentimientos de la persona que lo está
manipulando. Con tal de poder salpicar, se da por satisfecho y, desde luego, no lo hace dentro de la mano.
A veces también Edith Elmay, con sus enormes pechos, se desenmascara como lo que realmente es: la hija del propietario de una fábrica, algo que no se podía prever. Pero el espectador lo sabe desde el principio y disfruta con las exquisitas situaciones de enredo en las que uno se burla de otro, movido por un gran amor -mal entendido al principio- pero que acabará imponiéndose. Nosotros nunca pondríamos en peligro nuestro incipiente amor por malentendidos, porque quién sabe cuándo llegará el próximo; y ya es una suerte haber encontrado uno.
Muchos de los espectadores juveniles, que se sienten centro de la atención porque la heroína de esta película es la chica de enfrente, sueñan ya con tener coche propio o Vespa, y esto muy poco después de que sus padres hayan podido rehacer sus vidas destrozadas por la guerra y hayan salido tímidamente adelante en la más sofocante de las estrecheces. ¿Les saldrá bien o se habrán quedado estancados? Pero no, sus padres no pueden estancarse porque no tienen tiempo que perder, tienen que reconstruir su patria. Por lo tanto, deben enmudecer todos los deseos egoístas, sólo puede prevalecer el deseo de adquirir una aspiradora nueva, un frigorífico nuevo o un aparato de música nuevo, para fomentar el comercio y operar un cambio.
El comercio ya empieza a existir pero todavía no ha cambiado nada. Hace no demasiado tiempo un panfleto del partido socialista en Graz, incitando a la liquidación de los dirigentes de las huelgas, contribuía a impedir el cambio; ahora sólo existe la publicidad, que por lo menos presta al conjunto de las calles un alegre colorido.
Ruth Leuwerick besa a O. W. Fischer con lágrimas en los ojos. Maria Schell besa, con lágrimas en los ojos a O. W. Fischer. Con lágrimas en los ojos, un corazón de madre observa un asado de domingo carbonizado. Lo ha dejado quemar por descuido. La carne es cara y, hasta cierto punto, un lujo. Los Alpes aparecen en el cuadro cada vez con mayor frecuencia y se oye una música popular. Las gemelas pueblan el valle del Wachau o el monte Dachstein y cantan ininterrumpidamente hasta que cada una de ellas ha conseguido el hombre más adecuado y se retira con él a la vida privada.
A los espectadores les inquieta que, como ellos, esta gente de película sólo tenga una única vida privada, y que si la pierden no encuentren otra. Lo fundamental es poder llevar una vida privada sana. Hay que hacer todo lo
posible por llenar esa vida privada, lo que algunos intentan en una mansión en el Wolfgangsee, otros en una vivienda municipal o en un viejo edificio con lavadero comunitario, en cuyo caso depende, naturalmente, de la voluntad. Pero ni siquiera las gemelas Kessler, con sus elegantes piernas, disponen de dos vidas, es decir, sí tienen dos, pero cada una de ellas sólo una. Peter Weck se adelanta con un descapotable deportivo y acto seguido desaparece. Antes todavía estaba solo, ahora le acompaña la encantadora Corny Colinns, con sus hoyuelos en las mejillas; está arrimada a él y derrocha charme. En las próximas horas no le abandonará, probablemente no lo haga nunca. Otra en su lugar tampoco lo haría porque se tarda mucho en encontrar un gran amor y una vez que ha llegado no se le puede dejar escapar. Tampoco lo harían las muchachas que van al cine. Siempre se quedan el mayor tiempo posible y si se las rechaza bruscamente lloran su mal de amores, como, con frecuencia, lo hace María Schell. De vez en cuando un mastuerzo molesta considerablemente, riega su entorno con cerveza, da una paliza a alguien y luego vuelve a casa donde, a su vez, recibe una paliza para que se restablezca el equilibrio, la estabilidad. Por el camino, le insultan muchas personas, sobre todo por su vestimenta de cuero, que es precisamente lo que le gusta a él y por lo que ha estado ahorrando tanto tiempo. Él sabe de antemano que no conseguirá a Corny Collins, porque ésta ya pertenece a Peter Weck, pero por lo menos lo intenta. También Heinz Conrads, la gloria local algo entrada en años, besa finalmente a una muchacha; el es más bien para los mayores porque tiene cualidades humanas. A los insignificantes mayores, que ya no intervienen en el proceso de producción, les basta con una estrella local, no necesitan contratar a una estrella invitada. Él demuestra que los mayores tienen un sistema de valores mientras que los jóvenes son superficiales. Los jóvenes se ríen de los mayores y de sus valores, pero unos años después echan mano de ellos, porque para entonces ellos mismos se han hecho mayores y buscan la tranquilidad. Hans ya es algo mayor pero sigue dando guerra. Luego incluso se compran una casa propia, si se lo pueden permitir, claro está. El sol se pone, como tantas otras veces, y Maria Andergast canta un dúo con alguien de cuyo nombre no puedo acordarme, ¿no sería Attila (Paul) Hörbiger? Peter Alexander canta un dúo con Caterina Valente. Caterina Valente canta un dúo con Silvio Francesco, su hermano carnal, acompañándolo de unos gestos que quieren indicar lo contenta que está hoy
otra vez, tan contenta que casi no cabe en sí. Lolita canta una canción acerca de un marinero y luego un dúo con Vico que también hace muecas, unas muecas tan exageradas que está a punto de desencajársele la mandíbula. El marinero deja de soñar y en las agencias de viaje crece la facturación. Vico entorna los ojos hasta dejarlos en blanco, se regocija como en un ataque epiléptico. Si sigue así habrá que meterle un tarugo de madera entre los dientes y sacarle la lengua, para que el talentoso cantante suizo no se asfixie. De lo contrario su gran porvenir acabaría antes de lo debido. Jóvenes cervatillos Bambi dan miedosas zancadas sobre la pantalla, sus largas piernas de bebé son tan monas que pronto serán alzadas del suelo para estrujarse contra unos pechos encorsetados, de tal manera que sacan la lengua y entornan los ojos. Ninguna actriz principal puede dejar a un Bambi, este animal de bosque, tirado en el suelo. Precisamente porque se le quiere tanto, está tan alegre en la linde del bosque. La que lo levanta es Waltraud Haas (Haasi), en su papel de huérfana rubia, que encuentra a un buen amo, el párroco de Kirchfeld. Iba a ser seducida pero se escapa antes de que esto ocurriera. Las jóvenes dependientas que están en el cine comprimen sus muslos al llorar, de tal manera que las manos del tornero o soldador que los palpan, quedan atrapadas en medio sin espacio para maniobrar. La mano quiere entrar pero sólo consigue entrar en una bolsa de palomitas, recién descubiertas en América, que rebosa abundancia y superfluidad porque está muy llena. El tantas veces ensayado abrazo esta vez no llega a realizarse porque Conny, la graciosa Mariann, tiene que hacer un examen en el conservatorio. Con ella se transpira sudor de ocio que es más agradable que el sudor del trabajo, porque se produce voluntariamente.
Ella, Conny, a pesar de haber recibido una formación musical clásica, prefiere cantar alegres canciones de moda en un club nocturno, lugar al que la sigue el director del conservatorio, que al fin tiene que reírse enérgicamente del yerro de su mejor alumna, que pronto se casará con un hombre joven y rico, aunque de momento todavía oponga resistencia. En esta película, Conny lanza a veces graves quejidos, que no corresponden a su naturaleza que es despreocupada y alegre, como tiene que ser la juventud (la seriedad pega demasiado pronto), pero el mal de amores le da quehacer incluso a ella, es increíble. No obstante, se sabe que no durará mucho. Bibí Johns y Peter Alexander cantan un dúo en Amor, jazz y fantasía, «quieren tener una casa rodeada de flores junto al mar azul». Ernst,
desgraciadamente, llega cada vez más tarde a casa, quiere un Volkswagen, pero debe casarse. Finalmente, también las muchachas del Wachau acaban contrayendo matrimonio. Pero no en Wachau, porque se casan con unos chicos de ciudad, que ojalá no sean demasiado materialistas, como suelen serlo los que viven en la ciudad. Deberían haber elegido a un buen hombre del campo porque éstos saben lo que son los valores y de donde proceden, es decir, de la naturaleza. La madre de Hans, ocupada en escribir sobres, interrumpe el popurrí de pensamientos de su hijo, porque quiere mejorar sus capacidades intelectuales. No lo consigue porque Hans sólo escucha el rock and roll, que con frecuencia, su amigo Rainer le comenta. En estos momentos Rainer tiene delante un campari-soda y explica el modo en que funciona la música moderna, mientras que Hans preferiría simplemente dejarla funcionar, algo que le impiden las sandeces de su amigo. Además, Rainer ha vuelto a mentir, dice que conoce personalmente a un músico, pero es mentira. No conoce a ningún músico, sólo presume de ello.
Frecuentemente, Rainer diserta sobre temas que no interesan a nadie lo más mínimo. Hoy diserta también la madre de Hans para abrirle los horizontes a su hijo, pero es en vano. Como de costumbre, es una lección de historia"
que Hans se ha tragado ya con anterioridad. La madre abre un libro y lee sin voluptuosidad alguna: el viernes 6 de octubre de 1950, el chelín austriaco fue devaluado frente al dólar de 14 a 21,60, con lo que se demostró que el acuerdo sobre salarios y precios del mismo año, con su pretendida compensación de la subida de precios, fue un timo y un fraude para el pueblo. (¡Qué importa! con tal de que siga corriendo el chelín en el Hawelka o en el bar Picasso). La madre narra que muchos funcionarios socialdemócratas del sindicato han abandonado su viejo y amado partido porque, desde un punto de vista espiritual, no podían soportar la idea de un frente común con el reaccionario partido popular en contra de los obreros combatientes. Si como socialista uno es tildado de cerdo por un secretario del sindicato socialista, uno debe abandonar el partido. Y así, etc., etc., etc., su madre le aburre y sigue trabajando como si le pagaran por ello, que de hecho es lo que ocurre. Pero lo necesita. Preferiría hacer algo más interesante, pero es demasiado vieja. Porque el futuro pertenece a las fuerzas de trabajo jóvenes y asimismo el presente. También en el pasado la juventud podía morder el polvo en primer lugar. Nunca se la ha dejado de lado, siempre lleva la delantera. Cuando lo viejo se ha hecho insoportable
hay que recurrir a algo nuevo. A Hans su vida antigua le parece insufrible y quiere empezar una vida nueva. Cuando ya no se soporta un matrimonio insufrible entonces hay que separarse, piensa Hans recordando una película americana en la que surgieron problemas y se actuó de esa manera. Por lo demás, prefiere ver películas alemanas, no por fomentar lo nacional, sino porque son menos problemáticas. Con James Dean va todo demasiado rápido y es difícil seguirle. Nada más haber asimilado un problema, surge uno nuevo. Es mejor una separación rápida y limpia, que quizá duela profundamente, que un espanto sin fin. Hans piensa en Anna y en su coño y en que lo viejo tiene que ser sustituido por lo nuevo. Por regla general a uno siempre le espera algo mejor, de lo contrario, podría uno quedarse tranquilamente con lo viejo. Pero cuando se ha encontrado algo nuevo y mejor, uno deja pasar lo viejo. Todo depende del momento de la separación.
Hay que seguir los impulsos del corazón que, de todos modos, siempre dice lo que uno quiere. El corazón de Hans grita ¡Sophie! y da un salto de más de cuatro metros sobre la arena, ¡bravo! Hans tiene problemas privados, su madre problemas públicos que carecen de interés porque no tienen ventajas visibles y le roban a uno tiempo. El trabajo también le roba a uno tiempo, el tiempo en que éste se realiza, pero por lo menos uno lleva dinero a casa; este dinero se traduce en calidad de vida, si se tiene sensibilidad para ello.
Hans empieza a aclararse acerca de sus sentimientos hacia Sophie, algo que en una película puede durar una eternidad aunque luego de repente todo vaya a una velocidad extrema y se desarrolle un poder de penetración increíble.
Sophie, alias Vera Tschechowa, alias Karin Baal, son tan impetuosas y estupendas que por el amor de un hombre cometen delitos mayores y menores sobre el asfalto húmedo, que naturalmente es el camino equivocado. Cuando Hans dice, alto, toma otro camino, no el de la ilegalidad, dan su aprobación y al día siguiente se van con él para hacer algo mejor con sus vidas que cometer actos ilegales. Hans ha conseguido que lo hiciera porque la quiere. Un valiente protector podría ser útil, pero en este caso Hans no lo necesita porque tiene voluntad para dar y tomar. A veces uno es acribillado a tiros y yace muerto sobre el pavimento. No deben llegar a las armas de fuego. Antes de llegar a eso deberían dar marcha atrás.
Para alcanzar la dicha y hacer carrera no son necesarios los delitos, porque éstos excluyen totalmente a aquéllas. Para hacer carrera hay que ser digno
de confianza; este paso ya lo ha dado Hans porque Sophie confía en él. El segundo le seguirá en breve. A veces Rainer presume con una pistola que supuestamente pertenece a su padre y dice que puede cogerla tantas veces como quiera; pero es otro de los muchos faroles que acostumbra a tirarse.
Por otro lado, su padre le deja coger el coche a pesar de no tener carnet de conducir, cosa que es cierta porque Hans lo ha visto con sus propios ojos.
Esto podría acabar mal, en muerte, en lesiones o en el castigo de Rainer.
Como acosada, Karin Baal choca contra los faros de un coche. Hans persigue a Sophie atormentado, la alcanza, la tira al suelo y le hace entender que la honestidad es lo que más tiempo perdura. Ella le cree en seguida. La gabardina de Vera Tschechowa es elegante, de una tela brillante. En un momento dado, también podría llevarla un hombre.
La madre pide a Hans que le traiga la sopa que se está calentando sobre el fogón. Tiene el pie puesto en alto porque le duele. Esparce papeles a su alrededor: el martes 26-9-1950 en Viena, van a la huelga 200 empresas, 8.000 manifestantes avanzan hacia el Ballhausplatz, acordonado por la policía, y organizan un acto ante la cancillería federal.
Miércoles, 17-9: en Viena, Linz, Estiria y otros centros industriales, sobre todo Wr. Neustadt y St. Pólten, se producen enérgicas manifestaciones y actos protesta. La huelga llega a su punto culminante.
Hans trae la sopa y, sin ser visto, escupe una enorme cantidad de saliva, lo remueve todo y le da el revuelto a su madre, como si no hubiera escupido dentro.
El sábado 30-9-1950, tiene lugar, en la nave de montaje de la fábrica de locomotoras de Florisdorf, la conferencia de comités de empresa de la totalidad del territorio austriaco. Cuenta con 2.417 participantes, por lo menos el 90 % son representantes sindicales. Plantean las siguientes exigencias: 1.° anulación de las subidas de precios y 2.° la no devaluación del chelín. El gobierno, por contra, exige la defensa de la libertad que se ve amenazada por el comportamiento irreflexivo de los obreros. No deben dejarse amedrentar por los malhechores comunistas. También hay que derribar las barricadas ilegales y echar de las empresas a los usurpadores infiltrados, porque hay que acabar con la huelga, de lo que depende e!
futuro del obrero: es decir, el bienestar general, del que se benefician mayormente los obreros, aunque en realidad no se lo merecen. La madre lee algún texto más.
Pero Hans se levanta y se va. Al pasar tira, como sin querer, un gran montón de periódicos y libros, de la mesa de la cocina al suelo de esta casa de obreros tan culta. Sin limpiar la suciedad que acaba de dejar tras sí, sale rápidamente.
Aunque Rainer no tiene todavía carnet de conducir, su padre le permite, de vez en cuando, utilizar el coche, que está por encima de sus posibilidades económicas. El padre no tiene base material, sólo principios básicos y ya ha sido condenado una vez por concurso fraudulento. Se resigna difícilmente con su incesante decadencia y aprovecha el más mínimo pretexto para concebir nuevas esperanzas. Pero no tiene nada que objetar a que su hijo menor conduzca sin carnet. Lo importante es el coche y también Rainer comparte la misma opinión. Pero éste sólo puede conducir el coche cuando lleva al padre y rara vez para fines propios. El inválido se contorsiona al entrar y salir del coche. Es una maniobra complicada y requiere tanta energía que puede dejarle sin aliento. Hoy es el típico día en el que decide, inesperadamente, ir en coche a Zwettl, situado en el distrito del bosque. Es por el paisaje. Pero apenas ha tomado la decisión la emprende a latigazos con su mujer en el dormitorio, donde marido y mujer hacen el amor, sirviéndose de una fusta que pertenece a su colección de recuerdos de antaño, de la que también forma parte una bayoneta. El hijo y la hija sólo han podido percibir de la madre un;ay! muy débil, que ha sido suficiente para hacerles saber que otra vez está recibiendo una paliza por faltas conyugales, que por regla general son debidas a engaños. ¡Puta, so puta, me doy media vuelta y te falta tiempo para meterte en la cama con otro hombre! Este otro hombre es el tendero de abajo, al que vigilo. Pero mi paciencia llega a un límite. Pero ¡no!, Otto, yo no me acuesto con ningún otro hombre, sólo contigo y me quedo muy satisfecha. Tú sólo vives para los momentos que pasas en compañía de ese impotente. ¡No!, yo no vivo para esos momentos sino sólo para mis hijos y para darles una educación.
¡Lo ves!, lo estás reconociendo. ¿Qué es lo que estoy reconociendo, Otto?
En cualquier caso te voy a pegar para que tomes nota y no vuelvas a hacerlo más y en caso de que no lo' hayas hecho nunca, también te pego para que no se te ocurra ni siquiera la idea. Pero si no lo he hecho nunca, por favor no me pegues, Otto, ¡ay!. Éste fue el ¡ay! que escucharon los hermanos.
Rainer dice: Anna, tenemos que hacer algo con este viejo asqueroso.
Pero Anna dice que no. ¿Qué es lo que podríamos hacer?, deja a los viejos
en paz y preocupémonos de nosotros mismos. Pero la va a matar. Pues que lo haga, una menos, y el otro irá a parar a la cárcel, donde se pudrirá en total soledad. Al fin seríamos libres. Pero él tiene una pistola. Ya ¿y qué?, si es demasiado cobarde.
Y así, sin haber sido protegida por sus hijos, la madre, llena de cardenales y deshecha como está, se apresura a entrar en la cocina para preparar el consistente desayuno de los domingos. Anna quiere practicar intensamente en el piano y después salir a pasear con Hans, Rainer, por el contrario, llevará a su padre en coche a Zwettl, donde éste quiere ir para desahogarse. Intentará engañar a su mujer, cosa que no logrará, pero al menos habrá valido la pena lucir una camisa limpia. El papá siempre está algo excitado. Y por ello se procurará mujeres todavía más jóvenes que la propia mamá, que para empezar es mucho más joven que él. Para estos fines adopta un acento alemán que provoca interés. Vamos, vamos, deprisa, vámonos, porque, si no, no saldremos nunca de aquí y tengo mucha prisa por llegar al distrito del bosque. Tú harás de chofer, muchacho, porque tú eres mi hijo, aparte de ti sólo tengo una hija. Además, por la tarde podrás jugar al ajedrez con papá, cosa que Anna no puede hacer porque carece de lógica. Por desgracia, se tienen que abandonar los libros filosóficos de Kant, Hegel y Sartre cuando al papá le entran ganas de ir al distrito del bosque, porque de eso no le libra ni Dios. Si vuelvo a casa y te cojo acostada con el consabido tendero, cometo un asesinato. Y te lo anuncio sin gritar, no como otras veces, Margarethe, porque nunca me has hecho caso, pero hoy fría y terminantemente te digo que te mataré con mi pistola Steyr de cañón reclinable. Tengo todo el derecho a hacerlo. Pero, Otto, por el amor de Dios, no, no, este tendero está felizmente casado y no te conozco más que de ir a comprar a su tienda, para lo que me doy mucha prisa y no cruzo con él ni media palabra. Pero antes de ir te cambias de bragas. De eso me he dado cuenta. Pero es para estar más limpia cuando salgo y también para oler mejor, Otto. No tengo a nadie más que a ti y a los niños, a los que procuro una educación académica porque procedo de una acreditada familia de maestros.
Asqueada, Anna se dirige hacia el piano para encontrar olvido en el reino de los sonidos y consigue encontrarlo porque la música requiere mucha concentración. El padre dice que son sonidos horribles. Porque es
mujer como ella, Anna es la preferida de su madre, quien al pasar la acaricia, cosa que indigna a Anna profundamente.
El padre y el hijo suben al coche (que está autorizado para cuatro pasajeros, aunque ahora sólo lleve a dos); uno se sitúa aquí, el otro allí, uno aburrido, el otro con dificultad y cargado, y se alejan del lugar tomando una de las vías de salida de la ciudad para adentrarse en la naturaleza, en la que se encuentra un conocido establecimiento para excursionistas donde se pueden hacer amistades con señoras, que al principio están solas, pero acaban saliendo acompañadas. Pronto empiezan a divisarse los suaves bosques y praderas y los pantanos que se hunden en la tierra, lo cual es característico de esta región, colindante con Checoslovaquia y en la que ya se respira el áspero aliento del comunismo del país vecino. El aire está más frío porque estamos más al Norte. Aquí la primavera no está tan adelantada.
Huele a agujas de abeto, exactamente el mismo olor que el del spray que se compra en las tiendas, las casas son más pobres, la economía sufre, como es de rigor en una zona de emergencia económica. Los pájaros elevan sus voces de advertencia, no se debe causar ningún accidente, y los corzos hacen acto de presencia en el horizonte, pero asqueados, desaparecen inmediatamente, adentrándose en la naturaleza, su dominio ancestral, porque los coches despiden gases por los tubos de escape y esto va a convertirse en un grave problema si el número de coches continúa multiplicándose. Hoy en día no todo el mundo tiene uno. Es una pena que tengamos que soportar a los coches, cuando la naturaleza en sí es tan pura, dice el padre con humor. Como si, momentos antes, no hubiera amenazado de muerte a su mujer.
Ahora está hecho un bendito y en manos del hijo que conduce. Tú eres mi muchachito, Margarethe no ha sido capaz de tener otro como tú. Esos hombres siempre hacen fotografías pornográficas de tu madre. Cuando tenga la oportunidad te las enseñaré, desde luego son lo más guarro que hayas podido ver jamás. Si no fueran extraños los que hicieron esas fotos, diría incluso que son artísticas, pero el propósito lujurioso de estos desconocidos, desafortunadamente, destruye todo el efecto. ¡Qué asco!
El hijo muele con sus mandíbulas y permanece callado. No tiene ningún sentido defender a la madre porque el papaíto volverá a agredirla con redoblada violencia. Ya se tranquilizará. Los nudillos de la mano de Rainer se destacan blanquecinos sobre el volante como si quisieran salirse de la
piel. El único consuelo que tiene es pensar en Sophie a la que no ha podido ver hoy por culpa del papá y de sus ansias de pasear. Ojalá que ella tampoco pueda ver a otro joven. Les hubiera gustado conversar sobre Camus, sobre su obra El absurdo y el suicidio *, pero ahora no pueden hablar absolutamente de nada porque el distrito del bosque incita y brama, pregunta y responde: ¿de dónde vienes?, ¿de la gran ciudad? Entonces has llegado al lugar indicado porque esto es el campo.
El padre se envenena por el mutismo de su hijo y le acusa de incesto.
¿Qué pasa?, ¿tú también has dormido ya con mamá, mientras yo estaba fuera, trabajando duramente para sacaros adelante?
Pueblos aislados van haciendo su aparición al borde de la carretera y vuelven a desaparecer, muy a su pesar, detrás de ellos, porque han elegido otro pueblo para ir a comer. Zwettl no ofrece mucho más, aunque es más grande y está a la orilla de un pantano. Finalmente hace su aparición, produciendo la buena impresión que acostumbra a hacer. Tiene incluso un monasterio llamado «Stift Zwettl», que no será visitado porque esto no se le puede exigir a un mutilado de guerra. Los domingos descansa la vida ciudadana y por doquier reina la calma. Padre e hijo se comen un escalope de ternera con ensalada de pepinos y se toman una cerveza cada uno. Se hallan envueltos en el ambiente de una taberna de raigambre y sabor típicamente campesinos. El padre empieza a guiñarle un ojo a una joven fornida, de cabellos negros, de unos veinticinco años que se sienta en la mesa de al lado y está tan sola y es tan bella la señorita que la invita a una tarta Sacher con una porción extra de nata y a un vaso de vino. Y a continuación un cafetito. La joven suelta risitas estridentes: Y bien, hermosa señorita, ¿no estaríamos mucho mejor juntaos que separados? No por estar mutilado he dejado de ser hombre, aunque sólo me apoye sobre una pierna. Cacareo, cacareo, risotada. Se sienta en la mesa del papá que todavía paga dos copas más, Primer ensayo de El Mito de Sísifo. (N. de la T.) u na de un licor llamado «Beso con amor» y otra de un licor de huevo con frambuesa y nata. Son muy caros y saben fatal. El papá ya se ha gastado bastante con ella. Pronto el hijo se pondrá a devolver. El padre estropea el peinado cardado de la gorda y se aventura en el interior de ese nido de pájaros. ¿Me lo puedo permitir? Ja, ja, ja. Sí, se lo puede permitir, maestro, ji, ji. La muchacha no quita los ojos del hijo que tiene pinta de estudioso. El hijo contempla la cortina estampada de plástico que hay en la
ventana. El inválido dirige su mirada hacia lo que, debajo de la falda tirolesa de la joven, le ha estado esperando durante tantos años. Su mano se desliza hacia esas oscuras altitudes, mientras que su hijo se encuentra en zonas más sublimes, componiendo una poesía: Aquí os mecéis, pálidos harapos sobre el suelo. Yo soy el gran auxilio que se pide socorro a sí mismo. Yo habito en todos los cuadros del mañana.
El padre posa la otra mano sobre el escote que está a punto de rebosar.
Pronto todos saldrán volando de aquí. Pero el tabernero, que como el padre es veterano de guerra y durante algún tiempo fue un «ilegal» *, se planta delante de ellos y les convida jovialmente a otra ronda. Cuando al padre le ofrecen algo gratis jamás dice que no. Está ya un poco entonado y se permite una broma, al preguntar insinuantemente a la chica, si ya tiene edad suficiente para hacer la carrera, pero incluso para eso es demasiado tonta.
Cacareos y más cacareos. Quizá, me puede enseñar algo el señor. A usted ya no es posible enseñarle nada. Pero en caso de que todavía se le pudiera enseñar algo, entonces se lo enseñaría yo. Ja, ja, ja. Ji, ji, ji.
Finalmente se deshace el alegre grupo, pero sólo después de haberse preguntado si el hijo ya lo ha hecho o todavía no lo ha hecho y si se le permite hacerlo y el padre da una respuesta afirmativa con orgullo, diciendo que él mismo fue quien le inició. Rainer, sin embargo, no lo ha hecho nunca, siendo éste un secreto que sólo comparte con su hermana, aunque en sus conversaciones afirma todo lo contrario. De creer lo que dice, lo ha hecho a menudo con muchas y diferentes muchachas a las que plantó demasiado pronto. De todo esto se desprende la escasa capacidad de adaptación social de Rainer. Miente más que lee y lee muchísimo.
Todas las mentiras derivan de lo que se lee. Es mejor tener un hijo aprendiendo un oficio que un hijo mentiroso en un instituto.
La chica, que se llama Frieda y trabaja en una fábrica de azúcar, se despide con la manita diciendo: ¡adiós, adiós! No ha sido un buen final.
En la historia austriaca, «nacionalsocialista» entre las dos guerras mundiales. (N. de la T.)
Con toda facilidad me hubiera despachado yo a ésta y me hubiera bastado un dedo y poco más, babea el padre, metiéndose una mano en el interior del pantalón dominguero, recién planchado, pero que pronto se arrugará. Dentro del pantalón mueve y agita sus diligentes dedos, que desde hace ya mucho tiempo no han estado activos, la última vez fue en la guerra
y con propósitos homicidas. Ahora se trata de todo lo contrario. El padre se frota el miembro para provocar una eyaculación. Esto le proporcionará un alivio después de la excelente comida y seguramente se callará y se dormirá. Pero, por el momento, siente todavía la necesidad de explayarse sobre la calidad de las almejas femeninas, que unas veces son grandes y húmedas, otras estrechas y secas, en cuyo caso es preciso dilatarlas previamente. Escucha lo que te digo, muchacho, lo importante es tenerla tiesa. Si no, no vale. Mira la mía, ¿no es un ejemplar magnífico? Una seta colorada apunta hacia arriba con curiosidad, y es posible que todo vaya a estrellarse contra el parabrisas que luego habrá que limpiar.
Rainer se atraganta con su propio vómito, que ya no sabe tan bien como cuando el escalope de ternera estaba aún sin tocar y sin digerir. Este hombre hace todo esto con mi madre, piensa él. Y ella lo tiene que aguantar como obligación conyugal. Yo también quiero hacerlo con Sophie, pero con ella todo se desarrollará de una forma totalmente distinta.
El padre acelera el ritmo y empieza a jadear. A intervalos bastante regulares el herrumbroso carricoche se ve invadido por uno de sus eruptos de cerveza o uno de esos pedos que tanto teme Rainer. A través de carreteras secundarias, Rainer conduce el coche hasta el pantano, aproximándose peligrosamente a la naturaleza que de pronto ha abierto una garganta capaz de succionarlo y devorarlo. El verde se hace desabrido y peligroso, es demasiado verde. Es como una gigantesca oquedad de espinacas. La muñeca del padre sigue dale que te pego; ya se había desabrochado el botón superior en la taberna y ahora siguen todos los demás. Es preciso tener espacio para maniobrar. El padre se va aproximando con la velocidad del viento al orgasmo, mientras el hijo se aproxima al pantano que se extiende, como abandonado, en la tibieza del mediodía. Hace todavía demasiado frío para bañarse, habrá que esperar al verano. El padre mira a su hijo con complicidad, de hombre a hombre. El hijo no le devuelve la mirada sino que mira al frente ensimismado. Una luz se refleja sobre la superficie encrespada. El agua se asombra y murmura
¿con este frío vas a meterte? Una pareja de patos salvajes se levanta, aleteando y salpicando agua. Sálvese quien pueda, estas cosas ya se sabe como son, y uno no va a pagar el pato si un imbécil decide quitarse la vida.
Los árboles susurran al unísono. Ahora nos vamos los dos a la mierda, es horrible, piensa Rainer, pisando sobre el acelerador. E inmediatamente se
pone a rugir el motor que, aunque relativamente débil, tiene la suficiente potencia. ¿Chico, tú estás chalao, o qué? La superficie del agua les hace un guiño y se adelanta a su encuentro para abrazarlos, por fin una distracción en esta estación del año tan aburrida. Aquí hay una gran profundidad, ya que se trata de un pantano artificial. La naturaleza no es la única en producir esta clase de peligros. La grava de la orilla gime atormentada; Con un grito, todo el paisaje primaveral se sitúa oblicuamente y lanza una advertencia a través de una señal de stop. ¡Alto! Prohibido el paso. Peligro. Millones de diminutas criaturas son arrolladas y sus débiles advertencias se acallan. En algún lado se oye el ladrido de un perro de granja que nunca tuvo libertad pero que tampoco la conoce, por haber estado atado siempre a una cadena.
No añora lo desconocido. Una aldeana que lleva comida para las gallinas en el delantal, mira con asombro. La hierba comienza a segregar savia presintiendo la llegada del verano. La orilla del agua se precipita hacia ellos para saludarles, ¡qué cosa!, ¡precisamente hoy cuando uno pensaba que ya no iba a pasar nada más!
Animales voladores se alejan estrepitosamente en vuelo rasante, pero no se les oye porque lo impide el motor del coche.
El intento combinado de parricidio y suicidio se abandona en el último momento, porque uno es demasiado cobarde para poner fin prematuro a su vida, todavía queda mucho por delante, una suposición siempre errónea, aunque se crea y eso es lo importante. Rainer está sentado en la orilla, temblando y blanco como el queso. Recibe una bofetada y dice: sólo quería asustarte, sabía perfectamente cuando tenía que frenar, soy un conductor experimentado, papá. ¿Te has asustado, eh? ¿Y si los frenos no hubieran funcionado, qué? Y más bofetadas, una en el lado izquierdo y otra en el derecho. El papá ha estado a punto de cagarse en los pantalones, pero afortunadamente ha podido contenerse. Pero le urge mear debido a la cerveza que ha bebido. Rainer, ciertamente debilitado por sus propósitos homicidas, se ve ahora obligado a arrastrar a su padre, saturado de cerveza, hasta el lindero del bosque donde éste quiere mear. Como castigo y venganza insiste en que el muchacho le sostenga durante todo el tiempo y admire su rabo. ¡Qué grande es! Hace un rato Rainer ya había tenido la oportunidad de ver lo grande que era. En fin, lo que hay que soportar.
Dan la vuelta lentamente, con cuidado (por hoy la crisis está superada),
y emprenden el regreso a la ciudad. El distrito del bosque eleva sus protestas, le hubiera gustado albergar a estos dos por más tiempo, a punto estuvo de quedárselos para siempre. Pero por el momento, papá conserva a Rainer y Rainer conserva a papá.
La piscina Jórger supone un fuerte contraste. Por un lado, con el distrito del bosque, donde Rainer ha estado recientemente y donde el hombre todavía no ha ganado la batalla contra la naturaleza, «un vigoroso bosque de color verde oscuro y rocas de granito grises y duras han dejado su impronta en un paisaje de adusta e inmisericorde belleza, que se extiende a través de profundos precipicios y de amplias planicies. Además esta región de bosques, tranquila y sombría, ha inspirado a muchos de los que han podido adentrarse en su poderosa e indómita belleza». Todo lo contrario es la vivienda de los progenitores, que también supone un contraste con la piscina Jórger. Aquí ya no se ven los espacios libres y abiertos del distrito del bosque, sino muros que se alzan creando recintos oscuros, desde los que no se divisa el azul del cielo ni las enigmáticas y sombrías aguas de los lagos que han debido quedar misteriosamente enterradas en alguna parte.
Esta oscuridad deriva de los numerosos envases de detergente, maletas viejas, cajones y cajas que se conservan apiladas hasta el techo y que han absorbido el horror de un hogar pequeño burgués de toda la vida (demasiado pequeño para cuatro personas) que se derrama profusamente sobre los adolescentes. Tan pronto como se levanta una tapa, se difunde una peste que es fiel a su cometido: apestar. No se tira nada, todo debe quedar allí, para dar testimonio de la suciedad de este hogar y la de sus moradores.
Prendas de vestir descoloridas, vajillas desportilladas, juguetes de la infancia, material de deportes, souvenirs del interior del país, papeles, objetos heredados, aparatos diversos para actividades diversas y en medio de todo la vida marchita y rota de cuatro personas, de dos adultos y de dos adolescentes. A Rainer le gustaría salir a la luz, ya sea la de un paisaje abierto o simplemente la de una vivienda más luminosa, en la que preferiblemente no debería haber nada más que tubos de acero y cristal.
Para poder alcanzar esta luz se ve obligado a salir de casa, porque dentro no la encuentra. Ahí ni siquiera se puede respirar libremente, pues también escasea el aire. Y los jóvenes necesitan el aire, sobre todo para poder alcanzar la estatura que les corresponde. Pero si no hay luz se la puede crear uno mismo. En relación con esto, Rainer cuenta frecuentemente una
anécdota en el instituto, según la cual su padre tiene un Jaguar E y realiza constantes vuelos al extranjero. Pero todo esto son mentiras. Su padre, a su vez, ha afirmado repetidas veces que el famoso cantante de moda, Freddy Quinn, es su hijo ilegítimo, al que ha tenido que pasar alimentos durante mucho tiempo. Tampoco esto es verdad. Por mucho que Rainer se empeñe en repetir estas historias, éstas nunca se harán realidad.
¿Qué es lo que hay sobre las infinitas baldosas blancas, sobre las que se desliza la luz formando franjas luminosas? Allí no se encuentra la verdad definitiva y universal, que busca el adolescente en sus ratos de ocio, cuando no tiene nada mejor que hacer. Lo único que es posible encontrar sobre esas frías baldosas es agua. De acuerdo con su naturaleza, produce una impresión global azul y transparente que pierde su nitidez por el continuo vaivén, algo que también puede aplicarse a la verdad. Todo irradia lisura, no se detecta aspereza alguna. También Sophie irradia esa lisura para que ésta se difunda entre la gente. Un extremo de esta lisura es muy profundo, el otro es menos profundo porque está reservado a los no nadadores. Los silbidos del socorrista resuenan penetrantemente, se oye el chasquido elástico del trampolín, y estallan unos gritos amortiguados que no se sabe de dónde vienen, ni adonde van. En esta enorme caja de resonancia no se puede determinar de dónde proceden los ruidos porque retumban. Por encima, a una gran altura, se arquea una bóveda de cristal. Ahí, ahí arriba, quiere estar Rainer y desde ahí observar cómo los jóvenes se salpican unos a otros. Pero ¿dónde se encuentra realmente? Abajo, como lo que desgraciadamente es, un mal nadador. Sin embargo, hay que disimular que uno es mal nadador, que uno tiene miedo a la profundidad excesiva y que por ello prefiere refugiarse en la zona en que no cubre. Esto no cuadra a una persona que, como él, hurga constantemente en las profundidades. Pero aquí no se atreve a profundizar demasiado. Este elemento le resulta extraño como pocos otros. Anna y Rainer hacen muchos movimientos de los que pueda deducirse que saben nadar bien, pero en realidad no nadan bien. Se arrojan al agua con estrépito y salpicando mucho, ahí donde sólo hay un metro de profundidad y donde hacen pie, pero con la intención de producir una sensación de peligro. Al otro lado, el verde misterioso de los cuatro metros de agua en la vertical, les infunde un enorme pavor, pero no tan grande como el que les produciría el poder mirarse ellos mismos por dentro.