Los hebreos

Beatrice K. Rattey · Capítulo 10 de 26

Páginas del PDF

Los hebreos

VIII. Historia de Judá. 933-586 a. C.

VIII. Historia de Judá

 

933-586 a. C.

 

DURANTE los dos siglos (de 933 a 721 a. C.) que presenciaron el apogeo y la decadencia de Israel, el reino de Judá representa un papel insignificante en la historia; sin embargo, esta insignificancia política no era incompatible con la fortaleza de carácter, la tenacidad de propósito y el desarrollo de la visión espiritual. La adversidad sirvió para purificar y ennoblecer el carácter de los habitantes de Judá, en conjunto, y en la plenitud de los tiempos, el propósito de Dios para el género humano se cumplió en un Hijo de David que nació en Belén de Judá.

Después de la rebelión triunfante del reino del norte, en el año de 933 a. C., el profeta Semeyas aconsejó a Roboam, hijo de Salomón, que aceptara las consecuencias de su propia insensatez y se dedicara al gobierno de su disminuido territorio. El único acontecimiento importante durante este reinado fue un ataque

egipcio hecho bajo el mando del faraón Sesac;[1] el Templo y el palacio fueron saqueados y, dado que el recopilador se refiere especialmente a la pérdida de los «tesoros de la casa de Yavé», no es nada improbable que el Arca fuera destrozada o transportada a otro lugar. Tal vez haya permanecido en el oscuro santuario interior donde la dejara Salomón hasta la destrucción del Templo mismo por Nabucodonosor;

pero no se menciona de nuevo en los libros históricos más antiguos.[2]

El nieto de Roboam, Asa, tomó sus providencias para impedir el culto cananeo

dentro del palacio;[3] pero el hijo de Asa, Josafat, era el verdadero responsable de la introducción del culto tirio en Judá, debido al casamiento de su hijo Joram con Atalía, hija de Jezabel, unión que fue casi tan desastrosa para el reino del sur como había sido la de Ajab para el del norte. Durante este reinado hubo estrecha cooperación entre Israel y Judá, pues Josafat no solamente ayudó a Ajab en su desastrosa campaña

siria, sino que acompañó también a Joram en la expedición a Moab.[4] En ambas ocasiones se mostró como digno descendiente de David, pues fue él quien desconfió de Sedecías ben Canana y obligó a Ajab a enviar en busca de un profeta de Yavé, Miqueas; fue también únicamente por deferencia a su petición que Eliseo dio el consejo que salvó las fuerzas aliadas cuando se encontraban en gran dificultad a

consecuencia de la escasez de agua.[5] Se planeó también una expedición naval en unión del rey de Israel, pero los navíos se fueron a piqué en la bahía de Asiongaber, desastre que fue interpretado por uno de los profetas como señal de que Yavé

desaprobaba la alianza entre Judá e Israel.[6] El fracaso que sufrió la política exterior de Josafat encontró, a pesar de todo, su contrapeso en el éxito que caracterizó su conducta en los asuntos interiores. Parece probable que durante aquel reinado se haya establecido un sistema regular de administración judicial, y que las peticiones de los poblados exteriores fueran falladas en Jerusalén por jueces conminados por el rey a actuar fielmente en el temor del Señor, sin fijarse en la calidad de las personas y sin

admitir soborno.[7] Josafat era evidentemente un gobernante capaz y justo cuyo largo reinado se distinguió no solamente por su intento de establecer la administración de justicia sobre una base firme, sino igualmente por una considerable actividad literaria. Las crónicas de Judá se habían venido escribiendo desde el reinado de David, pero en la época de que estamos hablando, las tradiciones orales de los hebreos y del reino del sur fueron recopiladas y redactadas por un profeta que poseía una capacidad maravillosa para relatar una bella leyenda. Esta colección de narraciones se conoce generalmente como el documento J, debido a que el nombre que en ella se usa para hablar de Dios es el de Yavé [o Jehová]. Contiene algunas de las más bellas y

dramáticas narraciones del Antiguo Testamento[8] y se caracteriza por una notable frescura y sencillez de estilo.

Josafat fue sucedido por Joram, cuyo reinado tuvo corta duración, y se señaló únicamente por la rebelión del estado vasallo, Edom, y de la ciudad de Libna; su hijo Ocozías fue asesinado por Jehú, y su esposa, Atalía, después de haber exterminado a todos los varones de la familia real de Judá, usurpó el trono. Pasados seis años, sin embargo, el sumo sacerdote, Joyada, ayudado por la guardia personal del rey y por los ciudadanos de Jerusalén, restauró en el trono al legítimo heredero, un joven príncipe llamado Joás, que había sido salvado por su hermana y escondido en el recinto del Templo hasta que se halló en edad de reinar. Mataron a Atalía, y el culto tirio que ella había establecido fue abolido. Joás y su hijo Amasías fueron asesinados; el primero, según afirma un autor de época posterior, por amigos del sumo sacerdote

Zacarías, hijo de Joyada, que había sido lapidado por mandato de Joás;[9] y Amasías porque se había hecho impopular en los últimos años de su reinado a causa de su insensata acción contra Joás de Israel. Habiendo conseguido restablecer su soberanía en Edom, Amasías desafió a su poderoso vecino, quien, después de varios años de guerra desastrosa, había al fin derrotado a los sirios y reconquistado la independencia de Israel gracias a su capacidad militar. Joás de Israel replicó al desafío de Amasías con la ingeniosa pequeña parábola del cardo y el cedro y le aconsejó que no arrastrara

su reino al desastre.[10] Amasías persistió en su insensatez y en Betsamés sufrió una grave derrota; se abrió una brecha en la muralla de Jerusalén y les fue arrancado fuerte tributo.

Del reinado de Azarías (u Ozías) existen pocos documentos. Gobernó Judá durante muchos años y lo gobernó bien, a juzgar por lo narrado en II Crón. 26. Hacia el final de su reinado el reino de Asiria fue a parar a manos de Teglat-falasar III, monarca poderoso que hizo sentir muy pronto su influencia desde el Éufrates a la planicie de Esdrelón. Israel y Siria eran vasallos suyos; pero Judá era todavía independiente.

Ajaz, que subió al trono hacia el año 735 a. C., mezcló a Judá en las empresas políticas del mundo de entonces, privando de esta manera al pequeño reino montañoso no sólo de su independencia política, sino aun de su libertad religiosa. En 734 a. C., se formó una de las muchas confederaciones contra Asiria entre los más pequeños estados de Asia occidental, y Pecaj de Israel y Rasín de Siria, que esperaban conseguir su independencia, invitaron a Ajaz a formar parte de aquella liga. Ajaz, muy prudentemente, se negó a unírseles, y aquéllos sitiaron Jerusalén. Los judíos temían de tal manera que fuera tomada la ciudad, que Ajaz apeló al rey de

Asiria para que viniera a salvarla;[11] en pago a aquella ayuda se vio obligado naturalmente a aceptar la soberanía asiria. Fue en aquel momento cuando el gran hombre de estado y profeta Isaías hizo su primer y notable anuncio. Con anterioridad había pronunciado varios oráculos de Yavé sobre la condición social de Judá; pero su dramática intervención en aquellas circunstancias hizo una profunda impresión en sus discípulos, cuyo relato se ha conservado para nosotros en Isaías 7:1-8:22. Isaías, acompañado de su hijo, se encontró con el rey junto al acueducto de la piscina

superior[12] y le aseguró que Siria e Israel no eran sino «dos cabos de tizones humeantes», desagradables pero no peligrosos, y le conminó a poner su confianza en Yavé y a esperar la liberación que Él seguramente enviaría. También le ofreció como contraseña el nombre significativo de Emmanuel (Dios con nosotros). Uno de sus propios hijos llevaba el nombre de Sear-Jasub (un resto volverá o será convertido), y en este momento anunció que nacería un niño cerca de Jerusalén al cual su madre daría el nombre de Emmanuel: antes de que ese niño tuviera edad bastante para desechar lo malo y elegir lo bueno, y antes de que su propio hijo supiera decir «padre y madre», aquellos dos reyes, que tanto terror producían a Ajaz y a sus nobles,

quedarían impotentes para hacer daño alguno.[13] Ajaz, sin embargo, no tenía la fe sublime del profeta; depositó su confianza en su propia sagacidad política y en la fuerza militar de Asiria y no quiso cambiar su política. En el año 732 a. C. Pecaj y Rasín fueron derrotados, los sirios deportados y un hombre designado por los asirios ocupó el trono de Israel. Ajaz fue llamado a Damasco para rendir homenaje personal al conquistador; parece ser que durante su estancia allí quedó impresionado, hasta cierto punto al menos, por los dioses que adoraba el rey asirio; porque ordenó que en el patio del Templo de Jerusalén se erigiera una copia del altar que usaba Teglat-falasar III en Damasco. El vasallaje llevaba consigo ordinariamente no sólo el pago de tributo, sino al mismo tiempo la aceptación de los dioses del conquistador; Salomón, a pesar de ser un monarca independiente, había iniciado la tradición seguida por Ajaz en esta ocasión, y que llegó a su lógica conclusión en Manasés, el cual incluso introdujo en el recinto secreto del Templo de Jerusalén emblemas

relacionados con el culto del sol, de la luna y de las estrellas.[14]

Fue poco después de la muerte de Ajaz y de la elevación al trono de su hijo Ezequías cuando Samaria fue sitiada y tomada por Sargón II y cuando la mayoría de los israelitas fueron deportados a territorio asirio. Es probable que algunos de los más leales de ellos huyeran a Judá antes de que el sitio empezara de hecho, llevando con ellos aquellos documentos de las crónicas de Israel a las cuales hace referencia tan frecuentemente el recopilador del libro de los Reyes, como igualmente las tradiciones referentes, no sólo a tan grandes guías como Débora, Gedeón, Samuel y Elías, sino también a los patriarcas Abraham, Isaac y Jacob. De esta manera, los primeros documentos de la historia del reino de Israel fueron conservados junto con los del reino de Judá, y con el tiempo fueron entretejidos en una sola narración por un hombre que quiso conservar lo mejor de estas dos fuentes. Así, pues, la vida religiosa de Judá fue enriquecida y fortalecida por los fugitivos del reino del norte, cuya fidelidad a Yavé había sido probada seriamente durante las desastrosas experiencias de los últimos años de la monarquía israelita.

En la primera parte de su reinado, Ezequías, probablemente influido por las enseñanzas del profeta Isaías, parece haber intentado una reforma religiosa. Ordenó la destrucción de una serpiente de bronce, llamada por él Nejustán, que estaba en el

Templo y cuyo origen se atribuía popularmente a Moisés.[15] Varios santuarios del país fueron suprimidos y varios emblemas idolátricos echados fuera del recinto del Templo. El recopilador del libro de los Reyes creía indudablemente que Ezequías había sido fiel a las mejores tradiciones religiosas de la dinastía de David, y había tratado de hacer de la más pura religión de Yavé una fuerza viva en la vida nacional. En política, sin embargo, el rey estaba menos dispuesto a dejarse guiar por el profeta Isaías; pues intrigó con Merodac-Baladán, rey de Babilonia, quien alentaba la oposición a su señor Senaquerib, rey de Asiria (705-682 a. C.). Ezequías, influido por

algunos de sus nobles y confiando en la ayuda de Egipto, se unió a los rebeldes.[16] En el año 701 a. C. Senaquerib marchó hacia el sur en una expedición punitiva; devastó Fenicia, se apoderó de las ciudades filisteas, rescató a su vasallo leal Padi, rey de Ecron, tomó cuarenta y seis ciudades fortificadas de Judá y desde su campamento en Laquis envió a Ezequías demandas de sumisión. El relato asirio de esta campaña, escrito en un cilindro hexagonal de barro cocido, refiere que Ezequías

pagó fuerte tributo y reconoció a Senaquerib como a su soberano.[17] En general coincide con esto la aseveración que hay en II Reyes 18:13-16, y se ha pensado, por tanto, que representa la narración oficial hebrea de aquella campaña. Pero el relato bíblico contiene una magnífica descripción, obra probablemente de discípulos de Isaías, de la llegada a Jerusalén de los mensajeros de Senaquerib, sus irrisorios comentarios sobre la política adoptada por Ezequías y su desdeñosa referencia a Yavé, quien no podría salvar a su pueblo de la suerte que ya habían sufrido potencias

más fuertes, tales como Jamat, Arfad o Sefarvaim.[18]

En aquel momento de crisis, Ezequías acudió a Isaías, quien aconsejó al pueblo y al rey que esperaran pacientemente la liberación que, según él, les enviaría Yavé. Asiria no era más que un instrumento en manos del Señor para conseguir un propósito definido; pero Asiria se había ensoberbecido y, por consiguiente, por amor a su propio nombre y a su siervo David, Yavé no permitiría que Jerusalén fuera

tomada; el invasor se volvería por el camino por donde vino.[19] Tanto los documentos hebreos como los egipcios hablan de cierta desgracia que cayó a las tropas asirias cuando se hallaban cerca de la frontera egipcia: dice el profeta historiador que el ángel del Señor asoló el campamento y destruyó muchas vidas; los documentos egipcios afirman que los ratones royeron las cuerdas de los arcos asirios, y como el ratón era el antiguo símbolo de la peste, las dos parecen apoyarse

respectivamente.[20] Con un número tan reducido Senaquerib no podía atacar a Egipto, y por tanto se vio obligado a volver a Nínive. El partido proegipcio de Jerusalén cayó en el descrédito por algún tiempo, pues Egipto había demostrado de nuevo ser una caña rota porque «el socorro de Egipto no es más que vanidad, nada».

[21] La confianza de Isaías en Yavé fue triunfalmente reafirmada por esta prodigiosa liberación, y durante algún tiempo el rey y el pueblo se unieron en su servicio.

A la muerte de Ezequías hubo un cambio total y desastroso en su política religiosa. Su hijo Manasés erá vasallo de Asiria, y en una gran asamblea de príncipes súbditos en Karkémis en 677 rindió homenaje al nuevo rey Esarhadón. Las consecuencias de esto se sintieron sobre todo en la esfera religiosa, porque Manasés adoptó con entusiasmo el culto de los dioses asirios. No solamente introdujo el culto del sol, de la luna y de las estrellas, el sacrificio de niños y la adivinación, sino que persiguió severamente a los que continuaron fieles a Yavé; muchos de los profetas y de sus discípulos, sufrieron martirio, porque «derramó también Manasés mucha

sangre inocente hasta llenar a Jerusalén de un cabo al otro».[22] Algunos autores judíos de época posterior creían que al final de su reinado Manasés se arrepintió de sus malas acciones y que la «Oración de Manasés» era la expresión de su contrición.

[23] Esto es, no obstante, difícilmente compatible con los hechos; porque la gran reforma religiosa que fue realizada por Josías, su nieto, parece no haber tenido sino un éxito parcial, pues no logró influir sobre la mayoría de la nación que ya había adoptado el código moral inferior de la religión asiria, prefiriéndolo a la severa moral que exigía la de Yavé.

Cuando Josías subió al trono, el poder de Asiria declinaba, y, por consiguiente, las circunstancias políticas eran favorables a la reforma religiosa que inició y en la que él mismo tomó parte principal. En 621 a. C., al hacerse las reparaciones en el Templo, los obreros encontraron un rollo que entregaron al sumo sacerdote Helcías; éste consultó con Safán, el escriba, quien dio cuenta del hallazgo al rey. Josías quedó muy impresionado por la enseñanza encontrada en aquel rollo, conocido después como el Libro de la Ley, y se atemorizó por las penas que la desobediencia a sus consejos implicaba. Se reunieron representantes de la nación en Jerusalén, y rey y pueblo se propusieron solemnemente observar las reglas contenidas en el Libro de la Ley. La obra de reforma dio comienzo en Jerusalén y después fue llevada a las ciudades vecinas. Todos los objetos relacionados con el culto asirio, tales como el carro del sol y la estatua de Istar, fueron destruidos; el valle de Hinnom, caído de la gracia de Dios por los sacrificios de niños, fue maldecido; los santuarios del país fueron totalmente suprimidos, porque en ellos se habían producido grandes abusos; se tomaron las medidas necesarias para que los sacerdotes del país tomaran parte en el culto en Jerusalén. Habiendo obedecido los preceptos destructores incluidos en este libro, Josías emprendió entonces su política constructiva. En el futuro, los sacrificios se harían exclusivamente en Jerusalén; se dieron mayores detalles para la celebración de las tres grandes festividades: Pascua, con la que se combinaba la fiesta del pan ácimo, Pentecostés y la fiesta de los Tabernáculos, esperándose que en cada una de estas ocasiones todos los hebreos se presentaran ante Yavé con una ofrenda. Solamente los sacerdotes levitas tenían el derecho de ofrecer sacrificios, y para su sostenimiento se

apartaban ciertas primicias de frutos de la tierra.[24] En la primavera se celebraba en Jerusalén la Pascua con gran solemnidad, de acuerdo con las indicaciones halladas en aquel libro, y el pueblo, en conjunto, se consagraba nuevamente al culto de Yavé. Es importante recordar que esta reforma, que realizaba los ideales de profetas y sacerdotes, fue llevada a cabo en obediencia a una autoridad escrita, y que por vez primera en la historia de la religión hebrea un documento escrito fue reconocido como el medio de una revelación divina al igual que el mensaje oral del profeta.

Y ahora se plantea el siguiente problema: ¿qué libro del Antiguo Testamento corresponde con este libro de la Ley? La contestación es ésta: la parte central del

Deuteronomio.[25] Josías destruyó todos los emblemas de los cultos extraños que el Deuteronomio señala como idólatras, y él inició las reformas que están evidentemente incluidas en aquel libro. Por otra parte, el libro debe haber sido escrito después del reinado de Manasés, pues de lo contrario no podían haber sido condenadas prácticas que tuvieron lugar por primera vez en aquel tiempo; además refleja tan claramente el lenguaje y las enseñanzas de los grandes profetas Amós, Oseas, Isaías y Miqueas, que aplica a los problemas de la vida diaria, que solamente

puede haber sido escrito por sus discípulos.[26] Como tantas otras cosas bellas del Antiguo Testamento, permanece anónimo; pero ha influido en la religión hebrea más directamente que cualquier otro libro, con excepción acaso de los Salmos. Nuestro Señor, al contestar la pregunta de un fervoroso estudiante de la Ley, empleó palabras

del Deuteronomio[27] que eran familiares a todo devoto hebreo: «Escucha Israel: el Señor, nuestro Dios, es el único Señor, y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, y con todas tus fuerzas».

La reforma que comenzó con tantas esperanzas Josías nunca llegó a penetrar más que superficialmente. Antes de terminar aquel siglo, Judá fue arrastrada en la corriente de los acontecimientos que siguieron a la caída del reino asirio. Cuando Nabopolasar, rey de Babilonia, sitió y tomó Nínive en el año 612 a. C., todos los vasallos de aquel reino tuvieron la esperanza de recobrar su independencia. El faraón Necao de Egipto tomó rápidas medidas para sacar alguna ventaja, y en el año 608 a. C. marchó hacia el norte a lo largo del camino costero de Palestina a Magedo, donde se encontró con Josías, quien tal vez tratara de asegurar su propia independencia o fuera conminado a pagar mayor tributo. Josías fue muerto; su hijo Joacaz, quien evidentemente estaba a favor de la política anti-egipcia de su padre, fue llevado a Egipto, se le exigió fuerte tributo, y Joaquim, un hijo de Josías, que tenía simpatía por los egipcios, fue colocado en el trono de Judá. Jeremías, cuya obra como profeta

pertenece a este periodo, lamentó la suerte de Joacaz y de su padre Josías,[28] poniendo de relieve el contraste entre el gobierno justo de éste con la brutal tiranía de

Joaquim.[29] En el año 605, el faraón Necao fue derrotado en Karkemis por Nabucodonosor, hijo y general en jefe de Nabopolasar, y Judá fue obligada a aceptar la soberanía de Babilonia. Para el rey y para el fuerte partido proegipcio de la corte, este cambio fue un golpe y pronto empezaron las intrigas para un levantamiento general de los príncipes sirios. Nabucodonosor, que sucedió a su padre en 604 a. C., afrontó vigorosamente la situación; y en año 601 a. C. tuvo una feroz batalla con Egipto en el sur. Pero no le fue posible regresar al oeste sino varios años después, cuando se enfrentó severamente con los estados rebeldes, pero cuando llegó a Jerusalén en 596, Joaquim había muerto y su hijo Joaquín sufría por los pecados de

su padre.[30] El rey, la reina madre, los príncipes, los sacerdotes, los nobles y lo mejor de la nación de Judá fueron deportados a Babilonia. Jeremías, usando una pintoresca y viva expresión, declaró que los higos buenos habían sido sacados del cesto y que los que quedaron carecían de valor; aconsejó a los desterrados que se acomodaran en su nueva morada y que no intentaran rebelarse; que laboraran «por el bien de la

ciudad» y renunciaran a toda esperanza de una pronta vuelta a Judá.[31] El nuevo rey, Sedecías, era completamente incapaz de hacer frente a la situación, pues era un monarca débil, aunque bien intencionado, que se vio obligado a confiar en hombres sin experiencia cuya única idea era rechazar el pacto con Babilonia y organizar una rebelión general con la ayuda de Egipto. Nabucodonosor envió un destacamento mandado por Nabuzardán para enfrentarse a esta rebelión, y el año 586 Jerusalén fue tomada, el Templo y la ciudad destruidos, las murallas derribadas, y la mayoría de los habitantes deportados al otro lado del Éufrates. Sedecías y sus hijos fueron llevados ante Nabucodonosor en Ribla; los hijos fueron asesinados a la vista de su padre, a quien, después de haberle sacado los ojos, llevaron prisionero a Babilonia. Godolías, miembro de la familia de aquel Safán que tuvo un importante papel en el reinado de Josías, fue nombrado gobernador de Judá, y durante un corto tiempo ejerció autoridad sobre los tristes y empobrecidos judíos que habían quedado en el país para que cultivaran la tierra. Desgraciadamente, Godolías fue asesinado a instigación del rey de Amón, y un grupo de sus partidarios judíos, aterrados por el castigo que los babilonios pudieran infligirles sin esperar a discernir entre el inocente y el culpable, huyeron a Egipto, llevando con ellos al profeta Jeremías.

Después del año 586 a. C. no hubo ya ningún Estado judío organizado; la monarquía había llegado a su fin y la vida nacional parecía condenada a extinguirse. De allí en adelante los judíos no estuvieron confinados en Palestina, sino representados por tres grupos o colonias de los cuales el más extenso, más rico y más inteligente era el que se hallaba en Babilonia, donde, bajo la guía del sacerdote-

profeta Ezequiel y otros maestros cuyos nombres no han llegado a nosotros,[32] aprendieron las lecciones que los grandes profetas anteriores al Cautiverio habían tratado en vano de enseñarles y se prepararon para el regreso a su patria, cuando el propósito de Yavé lo requiriera.

Las comunidades de judíos que había en Egipto estaban asentadas en Tahpenes y en Menfis, lo mismo que Nilo arriba en Asuán y en la isla de Jeb o en Elefantina, opuesta a aquélla. Allí erigieron un templo y formaron una colonia militar de la cual

tenemos abundantes noticias en el siglo [33] V .

Los judíos más pobres, a la vez espiritual y físicamente, fueron aquellos infelices campesinos que habían quedado en Judá. La tierra se convirtió en yermo, sus vecinos, invadieron poco a poco su territorio, y, a pesar de tener probablemente cierta vida religiosa, carecían de toda iniciativa y cayeron en la apatía y la desesperación. Pensando en Jerusalén y en sus hermanos, más de un judío expatriado pudo preguntarse:

 

¿Por qué, ¡oh Dios!, nos has rechazado del todo? Prendieron fuego a tu santuario;

y profanaron, arrasándola, la morada de tu nombre. Se decían: «Destruyámoslos a todos»…

¿Hasta cuándo, ¡oh Dios!, insultará el adversario

y sin cesar blasfemará tu nombre el enemigo?[34]

 

[Léase, en relación con la historia de Judá:

I Reyes 12:1-24 (rebelión contra Roboam); 14:25-31 (invasión de Judá por el faraón); I Reyes 22:41-50, II

Crón. 19 (reinado de Josafat); II Reyes 11 (usurpación y muerte de Atalía); II Reyes 16 e Isaías 7:1-17 (reinado de Ajaz); II Reyes 18:13--19:37 (sitio de Jerusalén); II Reyes 21:1-16 (Manasés); 22, 23:1-30 (reforma de Josías); 23:36-24:7 (Joaquim); Jer. 22:10-80 (elegía de Jeremías a Josías y sus hijos); II Reyes 24:8-25:26 (final del reino de Judá); 25:27-30 (el trato dado a Joaquín por Evil-Merodac)].

 

LOS PROFETAS DEL REINO DEL SUR

 

No fue sino hasta la segunda mitad del siglo VIII cuando los profetas empezaron a desempeñar parte principal en la historia de Judá. El primero y, quizá, el más noble de todos ellos es el gran profeta y estadista Isaías, cuyo inspirado mensaje fue comunicado durante los reinados de Jotam, Ajaz y Ezequías, pero cuya enseñanza religiosa dejó su huella en la religión hebrea para siempre y fue después incorporada al cristianismo. Las enseñanzas de Isaías están contenidas en los capítulos 1-23 y

28-35 del libro que lleva su nombre.[35]

Hacia el año 740 a. C. vio en el Templo la maravillosa visión de la adoración de las huestes celestes y oyó su canto: «Santo, santo, santo, es el Señor de los ejércitos;

la tierra toda está llena de su gloria».[36] El profeta creía que su propio trato con Dios estaba desfigurado por el pecado y que él era indigno de tomar parte en la adoración

del coro angélico.[37] Comprendió que Dios le pedía que fuera su mensajero ante su pueblo, y cuando sus pecados fueron simbólicamente consumidos por el fuego del

altar celestial, se ofreció en respuesta a la llamada de Dios.[38] Le fue advertido que su mensaje sería mal recibido por sus compatriotas y que se endurecerían más; a pesar de ello, Isaías permaneció fiel a su vocación que, al cabo del tiempo, lo llevó al martirio durante el reinado del malvado rey Manasés.

En dos ocasiones en que el desastre amenazaba a Judá, Isaías dio prudentes consejos, primero al rey Ajaz y después a su hijo Ezequías. El primero se negó a atender el mensaje del profeta y se avino a las condiciones de Asiria; pero el segundo pidió al profeta que le aconsejara cuando las tropas de Senaquerib amenazaban Jerusalén en el año 701 a. C., y recibió la maravillosa «palabra de Yavé», cuya verdad se manifestó cuando el ejército asirio se vio obligado a retirarse dejando en salvo la

ciudad.[39]

La obra característica de Isaías no quedó limitada a su momento; fue el primer profeta que señaló al futuro rey de la estirpe de David: el Mesías, quien sería juez

ideal, hombre de estado y rey;[40] y que no solamente reuniría Israel y Judá bajo su

autoridad,[41] sino que incluiría incluso a sus enemigos, Asiria y Egipto, en un reinado de paz que se extendería hasta que «la Tierra esté llena del conocimiento de

Yavé, como llenan las aguas del mar».[42] El santo y seña para su pueblo, Emmanuel (Dios con nosotros), encontró, según sus contemporáneos, su plena realización en la liberación de Jerusalén el año 701 a. C.; sin embargo, nosotros sabemos que la completa significación de esa palabra sólo fue comprendida cuando reyes y pastores

llevaron sus ofrendas al Niño que reposaba en un pesebre de Belén.[43]

Amós enseñó que Dios era justo; Oseas, que anhelaba perdonar; pero la obra primordial de Isaías fue enseñar que Él era el Santo Señor de Israel; todo mal y toda impureza deben ser destruidos como consumidos por el fuego en una nación que profesa adorarle. Isaías, por consiguiente, igual que Amós, puso de manifiesto las

maldades sociales de su tiempo, la corrompida administración de la justicia,[44] el

egoísmo de las mujeres,[45] [46] la avaricia de los terratenientes, la infidelidad a Yavé que revelaban todos aquellos que encontraban satisfacción en farfullerías de brujos y

en adoración a dioses extraños.[47] Aunque le llevaran ofrendas costosas, eran un insulto al Santo Señor de Israel, porque no eran inspiradas por una sincera y cordial

devoción hacia Él, sino por el trato con sus prójimos, y por esto Él las rechazaba.[48] En la dramática parábola de la viña, mostró Isaías que Dios había hecho todo lo que se podía hacer por su pueblo, pero que su ingratitud y falta de correspondencia a sus desvelos le obligaron a destruir la nación que era semejante a una viña que no

producía fruto.[49]

Isaías creía que Dios tenía un propósito respecto a su pueblo elegido, los judíos, y por intermedio de éstos para toda su Creación; realizaría ese propósito a despecho de la negativa de la mayoría a responder y a hacerse colaboradores de Dios. Sólo una minoría de la nación sería obediente a la enseñanza de los profetas y volvería a Yavé, pero gracias a éstos, que son el verdadero Israel, Dios serla una luz que guiaría a los gentiles, y la redención de la raza humana entera sería realizada cierta, aunque

lentamente, en el tiempo señalado por Dios.[50]

Pertenece también a este periodo otra pequeña colección de enseñanzas proféticas; se trata de la de Miqueas, un campesino que vivía en una aldea de la región de Hebrón; se ocupa en primer lugar de los daños hechos a hombres de su clase por propietarios codiciosos y por jueces injustos que los apoyaban en su mal

proceder.[51] Creía que Yavé se revelaría a su pueblo mediante alguna manifestación de su cólera que comprendería la destrucción de Jerusalén y del Templo. Jeremías cita este mensaje y parece que pensó que penetraría en la conciencia de sus

contemporáneos.[52]

Jeremías, el último y, en algunos aspectos, el más grande de los profetas anteriores al Cautiverio, pertenecía a una familia de sacerdotes que habitaba en Anatot, y no es improbable que descendiera de aquel Abiatar que fue desterrado por

Salomón y que se proclamaba descendiente de Helí de Silo.[53] Las primeras enseñanzas que recibió ayudaron a moldear un carácter naturalmente devoto, y, desde muy joven, tuvo conciencia de que Dios lo llamaba para separarse de sus conciudadanos y dedicarse enteramente a su servicio. Su ferviente ayuda a la reforma

de Josías lo hizo tan poco grato en Anatot que su vida estuvo en peligro;[54] así, pues, se unió a los sacerdotes de Jerusalén, lo que lo llevó a darse cuenta de que todas sus esperanzas de un verdadero renacimiento religioso estaban condenadas al fracaso. Al principio del reinado de Joaquim, cuando la situación era aún más decepcionante, dio

a conocer un mensaje en el patio del Templo.[55] Advirtió al pueblo de Jerusalén que su confianza en el Templo para salvar la ciudad del desastre no tenía ninguna justificación; porque el Templo en sí mismo no era visible garantía del favor de Yavé. No podía hacer más para salvar a Jerusalén de lo que pudo hacer el Arca para salvar a Silo. El culto en Judá era poco sincero, la religión falsificada, la vida social se caracterizaba por el egoísmo, la crueldad y la injusticia. La percepción moral de los judíos estaba tan embotada que ni siquiera reconocían su propia maldad. Además, habían caído en el engaño de las promesas de falsos profetas, de los cuales era el más

notorio Ananías,[56] y Jeremías se vio obligado a defender su legitimidad como

mensajero de Yavé y a denunciar a los impostores.[57] Esto le hizo tan impopular que

fue encarcelado por Pasjur, dignatario real, y su vida estuvo en peligro.[58]

Después de la batalla de Karkémis en 605 a. C., Jeremías pareció comprender que los caldeos, o babilonios, eran el instrumento por medio del cual Dios castigaría a su pueblo infiel; así, pues, dictó a su leal discípulo Baruc una serie de acusaciones que produjeron tan profunda impresión en algunos de los nobles, que las leyeron

inmediatamente al rey Joaquim, quien destruyó en seguida el rollo.[59] Jeremías, sin temor alguno, dictó a Baruc un rollo más extenso de advertencias, y cuando en el año 596 Jerusalén se vio obligada a entregarse a los babilonios y los más nobles judíos fueron deportados, por lo menos algunos de sus contemporáneos comprendieron la verdad de sus palabras.

En el reinado del débil y bien intencionado Sedecías (o Matanías), Jeremías se hizo cada vez menos grato, y por haber anunciado que toda resistencia sería inútil, se le calificó de antipatriota. Fue maltratado y preso; y lo dejaron para que muriera en

una cisterna abandonada, de la que fue sacado por un benévolo etíope.[60] Después de la toma de Jerusalén en 586, Jeremías fue tratado con gran consideración por los babilonios; pudo ir a Babilonia, pero pidió permiso para quedarse en Judá y ayudar al gobernador local, Godolías. Al ser asesinado este último, Jeremías fue obligado a ir a Egipto con los judíos que temían la venganza de los caldeos. Allí, según la tradición, sufrió el martirio.

La enseñanza de Jeremías tenía una gran influencia de la de Oseas, [61] profeta cuya vida y experiencia espiritual no eran muy diferentes de la suya. Ambos previeron que un desastre fulminante amenazaba su país, y en vano intentaron llevar a su pueblo al cambio de actitud del corazón que sería lo único que justificaría el perdón de Dios; ambos eran hombres tiernos, sensibles, que sentían agudamente la larga vida de sufrimientos que hubieron de padecer como parte de su misión. Nos dice Jeremías que se resistió a su vocación y que incluso discutió con Dios sobre este asunto; y, sin embargo, comprendía, y en esto es único entre los profetas, que tenía una relación personal tan estrecha e íntima con Dios que podía hacer que la voluntad

de Dios fuera la suya propia.[62] Afirmó que la alianza que Dios había hecho al principio con la nación, era ahora privilegio de cada individuo, y que su propia y profunda conciencia de unión con Dios podía ser compartida por sus hermanos, «que todos me conocerán, desde los pequeños a los grandes, y no me acordaré más de sus

pecados».[63]

Jeremías no fue un pensador original; mas sus palabras y sus acciones convirtieron en realidad las verdades que otros expresaron. La influencia de su vida y de su carácter fue de tan largo alcance que se le ha dado con toda justicia un lugar entre los más grandes profetas hebreos. Su proclamación de la verdad sin temor a nada, por desagradable que fuera a su auditorio, fue lo que impulsó a los hombres a buscar el secreto de su fuerza. Los judíos comprendieron, por sus propios sufrimientos durante el Cautiverio, que su conciencia de íntima unión con Dios era lo que daba a Jeremías la firmeza en todas sus tribulaciones; su ejemplo los inspiró y aprendieron por propia experiencia personal la verdad de su interna convicción de familiaridad con Dios.

 

[Deberán leerse los siguientes pasajes de Isaías y Jeremías:

Isaías 6 (vocación del profeta); 5 (parábola de la viña); 1 (condición de Judá); 19:11-12; 30:2-3; 31:1-3 (la

impotencia de Egipto); 9:2-7; 11:1-9 (el Rey-Mesías); 34, 35 (descripción de un reino ideal, aun cuando estos capítulos puedan no provenir del propio Isaías).

Jeremías 1:1-10 (su vocación); 11:18-23; 20:1-6; 37:3-21; 38:1-13 (los sufrimientos del profeta); 39:11-18; 43:1-7 (cómo lo trataron los babilonios y su propio pueblo); 1:11-15; 18:1-8 24:1-10 (parábolas de Jeremías); 36:19-26 (quema del rollo); 31:31-34 (el nuevo pacto con cada individuo); 29:1-14 (advertencia a los cautivos).

Deuteronomio 6:4-9; 10:12-14; 15:7-75; 26:5-11; 30:11-20].