Los hebreos

Beatrice K. Rattey · Capítulo 3 de 26

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Los hebreos

I. El Antiguo Testamento

 

EL Antiguo Testamento, constituido por las Escrituras judías, y que es nuestra principal documentación sobre la historia de los hebreos, forma parte de las Escrituras cristianas a las que damos el nombre de Biblia. Esta palabra provine de la griega biblia, que significa libros, y hablando con exactitud, la Biblia no es un libro, sino una colección de libros; una biblioteca sagrada. Contiene una maravillosa bibliografía que fue recopilada en Oriente entre los años 1000 a. C. y 100 d. C., y se ha conservado gracias al devoto cuidado de incontables escribas; ha sido traducida a todas las lenguas conocidas. Está dividida en dos partes bien distintas llamadas el Antiguo y el Nuevo Testamento; pero ambas están tan íntimamente relacionadas que es imposible comprender debidamente la segunda sin haber estudiado la primera. Nosotros naturalmente comenzaremos a partir del Antiguo Testamento, porque no solamente muestra él cómo se preparó el camino para la venida de nuestro Señor Jesucristo, de quien hablan los Evangelios, sino que es la prueba de la revelación gradual de Dios al hombre y del crecimiento en santidad de unos individuos y de una nación como respuesta a las enseñanzas dadas por hombres que «hablaron de Dios,

movidos del Espíritu Santo».[1]

Los libros contenidos en el Antiguo Testamento estaban, al principio, escritos en rollos de papiro, pergamino o cuero, sin divisiones en capítulos o versículos, y

empleando solamente consonantes hebreas.[2] Los lectores tenían que aprender a intercalar las vocales apropiadas y a leer correctamente los pasajes señalados para cada sábado. Hacia el año 250 a. C. se hizo en Alejandría, a beneficio de los judíos que allí vivían y que ya no entendían el hebreo, una traducción griega del texto hebreo en consonantes de los cinco primeros libros. Esta traducción es conocida

como la versión de los Setenta.[3] Nuestra traducción inglesa fue hecha, no obstante,

de una versión incluso posterior de las Escrituras hebreas.[*] Entre los siglos VI y IX d. C., un cuerpo de eruditos, llamados «masoretas», inventó un sistema por medio del cual se podían representar las vocales escribiendo unos signos encima o abajo de las consonantes hebreas, con objeto de que la pronunciación correcta, que había sido transmitida oralmente en el servicio religioso de la sinagoga, pudiera ser conservada con mayor exactitud. De este texto, tal como fue establecido por los masoretas, se ha hecho principalmente nuestra traducción inglesa.

Aunque el texto oficial de la Biblia Hebrea fue establecido finalmente por los

masoretas, y el Canon,[4] o colección de escritos sagrados, fijado en definitiva ya desde el siglo I d. C., la literatura contenida en esos libros representa un proceso de siglos y la obra de muchos escritores. Algunas partes de ella se remontan hasta una época en la cual, siendo apenas conocida la escritura, las hazañas de los héroes nacionales eran celebradas en leyendas y cantos y transmitidas oralmente de

generación en generación. Uno de los más antiguos cantos hebreos es el de Débora,[5] pero éste y otros muchos, de los que sólo se conservan hoy algunos fragmentos, fueron incluidos en colecciones de cantos, dos de los cuales se mencionan en la

Biblia: las «Guerras de Yavé»[6] y el libro de Jaser o de la rectitud. Probablemente

pertenece al primero el canto de victoria sobre los egipcios,[7] y al segundo la canción

de la batalla de Betorón,[8] [9] y las lamentaciones de David por Saúl y Jonatán.

Desde su entrada en Canaán dirigidos por Josué hasta la completa derrota de los filisteos por David, los hebreos estuvieron luchando por sobrevivir; tales condiciones eran naturalmente desfavorables al desarrollo de una literatura. Pero durante el reinado de Salomón, se escribieron las memorias cortesanas del reinado de David, así como las narraciones acerca de Samuel, de Saúl y de los grandes jueces guerreros. A mediados del siglo IX a. C. se recopiló la primera colección de las tradiciones hebreas primitivas en el reino de Judá, redactadas por un profeta o por un grupo de profetas.

Usaban para nombrar a Dios la palabra Yavé,[10] transformada en el Señor de nuestras biblias, e incluyeron en aquella obra muchas tradiciones primitivas referentes a sus antepasados Abraham, Isaac, Jacob y José, así como también las primeras creencias

semitas acerca de la creación del mundo y el origen del mal.[11] Aproximadamente un siglo después, probablemente en tiempos del profeta Oseas, las tradiciones corrientes en el reino de Israel fueron asimismo coleccionadas y redactadas por escrito. Quienes escribieron aquellas narraciones eran profetas; y se interesaban especialmente en las lecciones religiosas que aquellas narraciones contenían. Creían que la voluntad de Dios había sido revelada a sus servidores en sueños o por medio de un mensajero angélico, y acostumbraban nombrar a Dios por una palabra en plural, Elohim, generalmente explicada como «plural mayestático». Además, la primitiva recopilación de leyes hebreas, conocida como Libro de la Alianza (Éxodo 20-23:19),

fue incluida en este documento.[12]

Hacia la mitad del siglo VII a. C. estas dos narraciones paralelas fueron entretejidas hasta formar un conjunto coherente por discípulos de los grandes profetas. Su método, que era el de muchos escritores de la Antigüedad, fue tomar secciones de cada una de las fuentes y añadir a ellas las frases necesarias para hacer fácil y agradable la lectura de la historia, mas no hacían objeción alguna a incluir dos versiones del mismo suceso, si ambas eran válidas, ni se dieron cuenta de las contradicciones que a nosotros, con frecuencia, nos parecen harto claras. Estos profetas eran de hecho recopiladores de antiguos documentos, no autores en el sentido que nosotros damos al término. Cuando hacia el año 650 a. C. estos dos documentos fueron combinados en un todo coherente, formado por viejas tradiciones referentes a la nación y por una antigua colección de leyes, se había dado el primer paso hacia la formación de la Biblia Hebrea.

Tan pronto como la monarquía quedó sólidamente establecida, las crónicas o registros de cada reino empezaron a ser guardados por los archiveros oficiales. Incidentes en la vida de los primeros profetas, especialmente de hombres tan grandes como Elías y Eliseo, fueron también conservados oralmente por sus seguidores. Poco tiempo antes del Cautiverio se compiló una historia de los dos reinos —que es prácticamente idéntica a nuestros libros I y II de los Reyes—, según aquellas dos fuentes; en Babilonia se redactó esta historia hasta 560 a. C. Además, se rehicieron los documentos de la conquista de Canaán bajo Josué, las hazañas de los más famosos libertadores hebreos, Débora, Gedeón, Samuel y Saúl (alguno de ellos más completamente que otros), se añadió la historia de la corte de David, y de esta manera surgió una historia completa de los hebreos desde el siglo X hasta el VI. Esto fue obra de los individuos que habían sido influidos por las enseñanzas de Amós, Oseas e Isaías, y su objeto principal era destacar la importancia, por medio de una cuidadosa selección del material histórico de que disponían, de ciertas lecciones religiosas de gran alcance. Sus antepasados habían sido entusiastas defensores de una reforma religiosa notable que tuvo lugar durante el reinado de Josías obedeciendo a los mandatos del libro de la ley, que se encontró en el templo el año 621 a. C. Este libro, que resumía la enseñanza de los grandes profetas y la aplicaba a la vida diaria, es uno de los más nobles del Antiguo Testamento, porque asegura que la buena conducta

para con el hombre solamente puede provenir del amor sincero a Dios.[13] Los individuos influidos por tales enseñanzas no solamente dieron a conocer la historia de su raza, sino que al mismo tiempo conservaron su fe en el Cautiverio, pues recopilaron y copiaron con todo cuidado los rollos de los profetas anteriores al

Cautiverio y de este modo los conservaron para las generaciones futuras.[14] Estos escribas de la época del Cautiverio fueron, por consiguiente, instrumentos que hicieron una nueva e importante contribución a la religión de su raza lo mismo que a su historia, y debido a su obra devota se dio el segundo paso hacia la formación de la Biblia Hebrea.

El Cautiverio en Babilonia, lejos de ser un periodo infructuoso en la vida religiosa de los hebreos, resultó ser de naturaleza tal que se obtuvo una rica cosecha. Profetas, sacerdotes y poetas hicieron a la literatura de su pueblo nuevas aportaciones destinadas en última instancia a tener un valor religioso permanente para toda la humanidad. Los discípulos de Ezequiel y los del desconocido autor de Isaías 40-55 no solamente conservaron los mensajes de sus maestros, sino que los sacerdotes iniciaron un nuevo movimiento que siguió floreciendo en Babilonia hasta fines del siglo V, cuando Esdras, el competente escriba de la ley mosaica, transfirió el centro

de su actividad a Jerusalén.[15] Influidos por el sacerdote-profeta Ezequiel, sus discípulos se dedicaron también a la preparación de un nuevo libro que debía servir de guía para los sacerdotes y para el pueblo en el cumplimiento de sus deberes religiosos en Jerusalén tan pronto como volvieran allá y se practicara una vez más la

adoración con sacrificios ofrecidos en el templo restaurado.[16] Las propias instituciones ceremoniales de los judíos tenían una gran antigüedad; pero, con el transcurso del tiempo, y especialmente durante los siglos VI y V a. C., fueron desarrolladas y reconstruidas como respuesta a nuevas necesidades. De manera completamente natural y sencilla, todos los mandatos referentes a la ley, lo mismo a la civil que a la religiosa, fueron incluidos en las viejas tradiciones, en aquellos pasajes de la vida de Moisés que según los sacerdotes eran apropiados para ello. Se intercalaron en la vida de éste, pues se le consideraba el gran legislador por excelencia. Todos estos mandatos fueron denominados «mosaicos» porque estaban basados, en definitiva, en principios reconocidos como obligatorios desde los días de Moisés. El libro del Deuteronomio, al que se había añadido un prólogo y un epílogo durante el Cautiverio, fue colocado después, posiblemente porque terminaba con una referencia a la muerte de Moisés. Esta porción del Antiguo Testamento que contenía la ley inserta en las tradiciones relacionadas con un periodo entre Abraham y Moisés, lo mismo que explicaciones de las más importantes instituciones religiosas, tales como el día de descanso, el sábado, y la circuncisión, fue llamada al correr del tiempo

la Ley o el Pentateuco.[17] Después de 400 a. C. no se hizo cambio alguno en la Ley y nada se le añadió. Los hebreos la veneraban más que a ninguna otra porción de las Sagradas Escrituras, y la primera lección en el servicio de la sinagoga era siempre una lectura tomada de esa parte. Fue, por consiguiente, hacia el año 400 a. C. cuando se dio el tercer paso hacia la formación de la Biblia Hebrea, y su primera parte (Libro I o la Ley) quedó completa.

La segunda porción de la Biblia Hebrea fue conocida como los Profetas. Fue ampliada durante el Cautiverio y completóse hacia el año 200 a. C., cuando ocupó su puesto junto a la Ley, pero a pesar de ello los judíos la consideraban como inferior a ésta. Los Profetas, o Libro II de la Biblia Hebrea, quedó naturalmente dividido en dos partes: «primeros» profetas —en la cual estaban incluidos los libros históricos de Josué, los Jueces, I y II de Samuel, y I y II de los Reyes, porque en ellos la historia se interpretaba desde el punto de vista de los profetas— y profetas «posteriores» —a la

cual pertenecían los rollos de los tres grandes profetas: Isaías,[18] Jeremías y Ezequiel,

y el rollo único que contenía la enseñanza de los doce profetas menores.[19] Así, hacia el año 200 a. C., la Biblia Hebrea consistía de las dos divisiones o libros conocidos como la Ley y los Profetas, y esos escritos eran estudiados por los escribas judíos, enseñados en las escuelas judías, y porciones de ellos eran leídas en la sinagoga todos los sábados. En el Nuevo Testamento hay frecuentes referencias a ellos; unas veces se

les llama escrituras o escritos sagrados y otras veces «la Ley y los Profetas».[20]

Además de estos dos grupos hubo muchos escritos que, a pesar del alto valor que les concedían los judíos, no se consideraron dignos de ser colocados al lado de

aquéllos sino hasta una fecha muy posterior.[21] Algunos, como los Salmos o los Proverbios, no estaban completos en modo alguno; otros, escritos en el siglo III o II a. C., sólo empezaron a ser estimados poco a poco; algunos, por ejemplo el Eclesiastés y el Cantar de los Cantares, ocuparon un lugar dentro del Canon sólo después de muchas discusiones acerca de sus méritos. Aquellos escritos que llegaron a ser aceptados dentro de la Biblia fueron incluidos en un tercer grupo al cual se dio el nombre de las Escrituras. Las principales son los cinco libros de los Salmos que se usaban en el culto público y en el privado; los cinco libros de Proverbios que contienen numerosos sabios refranes referentes a la vida y a la conducta diarias; el magnífico poema dramático llamado Job y el libro de Daniel. Había también cinco rollos que se leían en ciertas épocas del año: el Cantar de los Cantares en la Pascua Hebrea, Ruth en Pentecostés, Eclesiastés en la fiesta de los Tabernáculos, Ester en Purim, y las Lamentaciones en el noveno día de Ab, aniversario de la destrucción de Jerusalén. A éstos deben añadirse I y II de las Crónicas, Esdras y Nehemías, cuya intención era dar una historia completa del pueblo hebreo desde el punto de vista de un sacerdote.

El templo fue destruido por los romanos en el año 70 d. C., y en el año 90 d. C. se celebró un concilio de rabinos judíos en Jamnia; entre otras cosas, parece que discutieron qué es lo que debía y qué es lo que no debía incluirse en la tercera división de la Biblia Hebrea. Después de aquella fecha nada nuevo fue añadido. El trabajo, comenzado hacia el año 400 a. C., quedó terminado hacia fines del siglo I d. C., y los judíos, aunque dispersados por todo el mundo entonces conocido, poseían una colección de escritos sagrados que podían todavía estudiar y oír en la sinagoga los sábados y que servía como un gran lazo de unión entre ellos.

Como el Antiguo Testamento contiene la historia de la forma en que Dios preparó el mundo para la venida de su Hijo, nuestro Salvador Jesucristo, enseñando a los hombres por medio de aquellos de sus servidores cuyos oídos estaban más abiertos al divino mensaje que los de sus contemporáneos, es esencial que también nosotros lo estudiemos y tratemos de comprender las verdades en él contenidas.

 

Si os acercáis con espíritu abierto y reverente al Antiguo Testamento encontraréis en él, por todas partes, a

Dios, eligiendo un pueblo que manifieste su Nombre, llevándole, desde la ignorancia y la superstición, a un

sentido cada vez mayor de su majestad y su virtud… hablándole por medio de los labios de sus conductores

inspirados, y sembrando en sus corazones una enorme e indomable esperanza de que por su medio, en días

venideros «la tierra se cubriría del conocimiento de Dios como las aguas cubren el mar». Y sobre todo

aprenderéis cómo Dios preparaba así un medio apropiado para la Encarnación, una morada para el Cristo a

quien los profetas previeron vagamente como el Rey Divino de toda la humanidad.[22]