Los hebreos

Beatrice K. Rattey · Capítulo 4 de 26

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Los hebreos

II. La tierra y el pueblo

 

LA TIERRA de Canaán, llamada en tiempos posteriores Palestina, era realmente un puente entre la nación que gobernaba la cuenca del Éufrates y la que dominaba la cuenca del Nilo. Ambas querían apoderarse de ella, pues no solamente iban y venían regularmente sus caravanas por ella, sino que era el paso obligado de sus ejércitos. A veces era conquistada por unos; otras veces por otros. Cuando ambas naciones se debilitaban, Canaán gozaba de un breve periodo de independencia.

Aunque Canaán es tan pequeña en extensión que se le ha llamado «la más pequeña de todas las tierras», presenta, no obstante, una diversidad notable tanto de paisaje como de clima. Es una tierra de fuertes contrastes, valles profundos y elevadas mesetas, llanuras fértiles y páramos desolados y rocosos, intenso calor y frío cruel. Además, es una tierra que sólo difícilmente puede ser gobernada como un conjunto. En la época en que entró Israel en Canaán, existían allí numerosas ciudades-estados que frecuentemente se hacían la guerra unas a otras, pero que rara vez se unían contra un enemigo común. La monarquía hebrea unida, fundada por David, tuvo poco tiempo de vida; pronto se dividió en dos reinos, el de Israel y el de Judá, y éstos nunca se unieron de nuevo bajo el gobierno de un príncipe de la dinastía de David.

Si observamos el mapa de Canaán veremos que hay allí dos cadenas de montañas separadas por una profunda falla que va de norte a sur, y que la comarca parece constituir una barrera entre el gran mar situado al oeste y el gran desierto que se halla al este. Si miramos más atentamente, observamos que las cadenas de montañas situadas al oeste y al este de la depresión forman dos elevadas mesetas y que el profundo valle de Rift ha sido hecho por el río Jordán al correr desde el Mar de Galilea hasta el Mar Muerto. Al sur del Mar Muerto, esta profunda falla llega hasta el Golfo de Akaba, ensanchándose en algunos lugares hasta formar una llanura llamada Arabah. El Jordán mismo nace en las faldas del Monte Hermón, siempre cubierto de nieve. Corre hacia el sur hasta el pequeño y pantanoso Lago Huleh y de allí va al Mar de Galilea. Después de dejar este lago abre su camino más y más profundamente a través de las rocas calcáreas hasta entrar en el Mar Muerto en un punto situado a 400 metros bajo el nivel del mar. El río, que es muy rápido, no es navegable. En algunas partes del valle sus aguas fangosas lamen la base de elevados acantilados calcáreos que lo encierran como murallas. Donde estas murallas rocosas retroceden un tanto, un musgo verde brillante y cantos rodados marcan su curso, y sus márgenes se cubren de exuberante vegetación tropical que todavía sirve de escondrijo a los animales salvajes. El valle del Jordán es desolado, sin belleza, y tan intolerablemente cálido que las pocas gentes que en él viven son débiles y apáticas. La única ciudad importante es Jericó, que está situada en el extremo sur. Debió su importancia a su posición como guardián del camino principal que conduce a la meseta central y asimismo a los vados que servían como paso ordinario al país de Moab. No obstante, Jericó cedió siempre sin lucha a todo ataque decidido, y sus habitantes no parecen haber tenido jamás la energía suficiente para defender los vados cercanos a la ciudad.

[1]

El Mar Muerto, en el que desemboca el Jordán, es un lago de aproximadamente cincuenta millas de largo (80.5 km), tan salado, que ninguna clase de peces puede vivir en sus aguas, ni los hombres sumergirse en él, ni las plantas crecer en sus márgenes. Se encuentra en una triste y desolada región y ningún otro lago ha recibido un nombre más apropiado. La alta meseta situada al este del Jordán representó una parte relativamente pequeña en la historia hebrea. Está dividida en tres porciones por los ríos Yarmuc, Jabok y Arnón. La comarca está regada por numerosas corrientes y, en consecuencia, es muy fértil. Se cultiva el trigo en el norte; el centro es famoso por sus bosques, sus frutas y sus huertas de especias, y en todas partes hay grandes

pastizales para el ganado. Basán fue conocida por sus toros[2] y Moab, al sur, por sus

rebaños de ovejas.[3] Al norte está Siria, cuya capital, Damasco, ha sido siempre un famoso centro comercial. Está situada en una bella y fértil llanura, al oeste de la cual se eleva el Monte Hermón coronado de nieve. Por ella pasó el comercio en el mundo antiguo, y los mercaderes sirios siempre fueron famosos por sus sederías y su riqueza, y tiempo después por sus hojas de espada damasquinadas. Fueron los sirios crueles enemigos de los hebreos, con quienes mantenían incesante estado de guerra, hasta que la creciente amenaza de Asiria los obligó a unirse en un vano intento de salvarse.

Los hebreos entraron en la tierra de Canaán desde las altas tierras de Moab, al este, y después de haber atravesado el Jordán y tomado Jericó, siguieron su marcha hacia la meseta central. Está formada ésta por la cadena de montañas que se extiende del norte al sur de Palestina, cortada únicamente por la ancha llanura de Esdrelón. Al norte de esta llanura, bien irrigada y fértil, está el país montañoso de Neftalí, más conocido por nosotros con el nombre de Galilea; al sur se levanta la montañosa comarca de Efraín, llamada Samaría después del Cautiverio, y el país, también montañoso, de Judá. A lo largo del Mediterráneo se extiende una fértil llanura costera, cuya porción septentrional, la famosa llanura de Sarón, formó parte del reino de Israel; pero la parte sur estaba ocupada por los filisteos, quienes se establecieron en cinco ciudades-estados probablemente hacia la mitad del siglo XII a. C. Las colinas que conducen gradualmente desde el territorio filisteo a las altas mesetas judías son conocidas por el nombre de Sefela; las atraviesan profundos y sinuosos valles y estrechos desfiladeros, y sirvieron como fuerte línea de defensa al reino de Judá. Esta comarca estaba emplazada muy estratégicamente; era propicia a movimientos rápidos de pequeños destacamentos de hombres desesperados en lucha contra fuerzas superiores. Fue allí donde tuvieron lugar muchas de las más famosas batallas de la historia hebrea. Josué obligó a los derrotados cananeos a huir hacia abajo por el valle

de Ayalón,[4] David tuvo su fortaleza en Adullam y persiguió a los fugitivos filisteos

por los valles hasta llegar a la costa,[5] y Judas Macabeo ganó una de sus más grandes

victorias sobre las tropas sirias en los cerros no lejos de Betorón.[6]

Cuando vamos de la llanura costera hacia el este, observamos que la forma general del país puede representarse, de manera rudimentaria, así:

 

El Mar Medi La llanura La meseta El valle del Las tierras altas El de terráneo costera central Jordán del este sierto

 

La meseta situada al oeste del Jordán se divide de manera natural en tres porciones, que conocemos familiarmente como Galilea, Efraín o Samaría y Judea. Galilea está limitada al norte por las laderas del Líbano cubiertas de cedros; al noroeste por Fenicia, a la cual pertenecían los ricos bosques del Líbano, y al sur por la llanura de Esdrelón. Al nordeste, más allá del Mar de Galilea, se levanta el Monte Hermón (9,700 pies; 2,700 m), cuya nevada cima es visible incluso desde el Mar Muerto. El Mar de Galilea es una ancha extensión de transparentes aguas azules de unas trece millas de largo por ocho millas de ancho (aproximadamente 21 km por 13 km); está rodeado de montañas, de las cuales vienen súbitas tormentas que causan desastres en las flotillas de pescadores. Actualmente la región del lago está desierta; pero en la época romana había en sus orillas muchos ricos caseríos y era ésa la más activa y más densamente poblada parte de Galilea. Entre el lago y Fenicia se yerguen series de cerros entre los cuales hay fértiles llanos y numerosas aldeas rodeadas de viñedos y de trigales, olivares y huertos. Al sur se extiende la ancha llanura de Esdrelón, muy fértil y poblada de arboledas, a través de la cual pasaba la ruta comercial de Mesopotamia a Egipto. Su extremo oeste está cerrado por la gran mole del Monte Carmelo, cuyas faldas baña el río Cisón; en un tiempo fue defendida por las ciudades-fortaleza de Magedo y Taanac. Hacia el extremo este se estrecha formando el largo valle de Jezrael, que desciende hasta el Jordán y la ciudad de Betsán, que defiende los vados que están a unas doce millas al sur del Mar de Galilea. Al norte de este valle está el Monte Tabor y al sur el Monte Gélboe. Al sur del Monte Carmelo se extiende la rica y fértil llanura costera que va desde este monte hasta los desolados arenales que forman los límites de Egipto. El extremo septentrional de esta llanura marítima es conocido como la llanura de Sarón, famosa por su fertilidad y su belleza, por sus cereales, vino y aceite, sus árboles frutales, y, sobre todo, por sus flores. «Las mieses y los páramos están salpicados de flores: amapolas, pimpinelas, anémonas, convúlvulos, malvas, narcisos y la azul flor de lis, rosas de Sarón y lirios del valle. Las lagartijas corren por las soleadas breñas. El aire vibra poblado de abejas y

mariposas y de gorjeos de pajarillos».[7] En el extremo sur, donde esta faja costera se ensancha, están situadas las cinco ciudades filisteas de Asdod y Ascalón, Gaza, Gat y Eglón. Durante muchos años, la turbulenta raza de piratas que fundó estas ciudades disputó a los hebreos la posesión de la comarca situada al oeste del Jordán. Fueron, al fin, arrojados de la meseta central y confinados a las cinco ciudades de la llanura; pero dejaron señal de su estancia en el país en la palabra Palestina, tierra de los pulasati o pelishtim, esto es, filisteos, nombre por el que es hoy generalmente conocida.

La comarca montañosa de Efraín, que formaba el reino de Israel, conocida posteriormente como la provincia de Samaría, no solamente era más fértil que el montañoso país de Judá, sino que estaba mucho más abierta a las influencias exteriores, y por ello su pueblo entró más fácil y sencillamente en contacto con los fenicios, los sirios e incluso con los asirios. Por el oeste estaba separado de la llanura de Sarón por cerros cuyas suaves laderas y collados bien pudieron haber inspirado al escritor del Salmo 65:10-13. Del lado oriental, la meseta desciende bruscamente hasta el Jordán, cruzado por varios vados. Fue, por consiguiente, muy fácil a los reyes de Israel apoderarse del territorio allende el Jordán, cuyo curso superior no forma una barrera insuperable semejante a la que el inferior fue para Judá. Pero al mismo tiempo tenía menos defensas ante el ataque, y por esto las guerras entre Israel y Siria fueron constantes hasta que los asirios derrotaron y deportaron a los habitantes de ambos reinos. Muchas de las más famosas cumbres dentro de los límites de Israel: el Monte Gélboe, donde Saúl fue derrotado por los filisteos, se encuentra al nordeste; en el centro se hallan las dos alturas de Ebal y Garizim, entre las cuales estaba situada Siquem, ciudad de gran tradición y primera capital del reino de Israel. Al oeste se halla el escarpado promontorio del Monte Carmelo, donde Elías se enfrentó a los sacerdotes de Tiro, que forma una notoria marca. De hecho, el país montañoso de Efraín o Israel era naturalmente la parte más fértil, próspera e importante de Canaán, e inevitablemente, hasta mediados del siglo VIII, representó la parte principal en la historia de los hebreos.

La comarca montañosa que formaba el reino de Judá era mucho menor que Israel. Su yerma y pedregosa meseta está de 600 a 900 m sobre el nivel del mar, y a pesar de estar junto al camino que iba a Egipto, era de tan difícil acceso que sus habitantes estuvieron siempre más aislados que sus vecinos norteños. Estaba defendida por tres lados por barreras naturales; al este se encuentra la desolada tierra yerma, sin árboles y sin agua, que llega hasta el Mar Muerto; por el lado sur, más allá de Bersabé, ciudad famosa por sus aguas, donde las laderas estaban cubiertas de olivares y de campos de trigo, está situado el Negueb, comarca seca y abrasada; entre ella y el desierto se extiende un área desolada habitada por tribus de árabes nómadas. Del lado occidental Judá estaba defendida por los montes Sefela, pero al norte quedaba abierta al ataque por un paraje pedregoso, considerado en un tiempo como territorio de Benjamín, que se une con el país montañoso de Efraín. Judá no era, por consiguiente, notable por su extensión, su belleza o sus grandes ciudades; no tenía empresas comerciales ni fuerza militar; tampoco la regaban grandes ríos. Ningún camino la atravesaba. Y, no obstante, Jerusalén, la principal ciudad de aquel país formado por ásperas montañas, llegó a ser en verdad «el gozo de toda la tierra», y dio su nombre a aquella Ciudad de Dios que todavía anhelan los hombres. Y fue en «esta tierra aislada, árida y pedregosa de Judá donde la raza hebrea desarrolló su genio natural, ligada por la dureza de su suerte a una profunda fe en Dios: allí, protegida por su pobreza y en la seguridad que le daban sus altas montañas, sobrevivió 135 años a la caída del reino situado al norte; allí, después del Cautiverio, se establecieron una vez más y lograron mantener en un grado admirable la pureza de su raza y de su

religión».[8]

Pero Palestina es notable no solamente por la extraordinaria diversidad de su paisaje, sino asimismo por la diversidad de sus climas. Hay allí dos estaciones en el año, la seca y la húmeda, el verano y el invierno. La primera dura desde abril hasta octubre; no hay nubes en el cielo, no cae lluvia alguna, se secan ríos y arroyos y toda la vegetación se marchita y seca, «la hierba del campo que hoy es y mañana es

arrojada al fuego».[9] Durante las primeras semanas de la estación seca, la tierra ofrece un aspecto bellísimo; en todos los valles crecen las flores, en la llanura de Sarón y el valle de Jezrael florecen los árboles. Viñedos y olivares, pastizales y páramos se cubren de verdor.

 

Que ya se ha pasado el invierno

y han cesado las lluvias.[10]

 

Las tres grandes festividades hebreas eran celebradas durante el verano. La Pascua Hebrea, seguida inmediatamente por la fiesta de los ázimos, cuando las primicias de la cosecha eran ofrecidas a Dios, se celebraba en abril. Siete semanas después venía Pentecostés, al terminar la recolección del trigo. En octubre la alegre fiesta de la vendimia conocida como los Tabernáculos terminaba alegremente el año, y la gratitud del hombre a Dios por sus dones encontró expresión en salmos tales como el 118.

El invierno es en Palestina la estación de lluvia, cuando los vientos dominantes del oeste y del suroeste traen consigo nubes y chubascos. Las «primeras» lluvias comienzan a fines de octubre y ablandan la abrasada tierra preparándola para el arado

y la siembra que tiene que hacerse en noviembre.[11] Los aguaceros más fuertes caen en diciembre, enero y febrero, pero las «últimas» lluvias de marzo y abril no son más que benignos chaparrones que llevan el invierno a término. Para los hebreos que entraron en Canaán después de las privaciones que tuvieron que sufrir durante su vida nómada, aquélla era una tierra que manaba leche y miel, un paraíso terrenal, tierra de montes y valles, «tierra de que cuida el Señor tu Dios; y sobre la cual tiene siempre

puestos sus ojos, desde el comienzo del año hasta el fin».[12]

 

CANANEOS Y HEBREOS

 

Canaán, nombre por el que fue conocido durante muchos siglos el territorio situado entre el Jordán y la costa por los babilonios y los egipcios, recibió su nombre de los predecesores de los hebreos. Ambos, cananeos y hebreos, pertenecían a la gran familia semítica; había, por consiguiente, una gran similitud entre su idioma y sus costumbres, similitud que se extendía a sus vecinos los fenicios, los sirios, los edomitas, los moabitas y los ammonitas tanto como a los pueblos más conocidos de Babilonia y Asiria.

Se cree que los cananeos emigraron del desierto de Arabia y fijaron su residencia en las tierras altas de Canaán hacia el año 2000 a. C. Arrojaron de allí o esclavizaron a los anteriores habitantes, y con el transcurso del tiempo llegaron a desarrollar un alto grado de civilización. Vivían en ciudades defendidas por macizas murallas de piedra y construían sus casas con tierra apisonada, piedra o adobes. Cada ciudad

estaba gobernada por un rey y formaba una ciudad-estado independiente;[13] pero estos gobernantes eran generalmente vasallos de los monarcas más poderosos que gobernaban las tierras del Nilo o las del Éufrates, para quienes la posesión de Canaán tenía una gran importancia.

La mayor parte de los cananeos eran agricultores que cultivaban campos de trigo, viñedos y olivares; en consecuencia su religión estaba estrechamente relacionada con la agricultura. Adoraban muchos dioses, conocidos como baales, a cuya bondad atribuían los frutos de la tierra en la debida estación. Todas sus festividades, en las que reinaba la excitación y el contento, estaban relacionadas con la agricultura y se celebraban en las estaciones de la recolección del grano y en la vendimia. Al igual que los babilonios, adoraban a la luna, en cuyo honor se observaba un día de reposo o sábado cada séptimo día. Toda aldea o ciudad tenía su santuario; la característica de éstos era una piedra o un poste de madera junto a un altar de tierra o de piedra, sobre el cual eran ofrecidos animales en sacrificio. El santuario estaba situado generalmente en la cima de un cerro y se le llamaba, por consiguiente, «el lugar alto». Los cananeos practicaban muchas crueles y bárbaras costumbres a nombre de la religión, y no desconocían los sacrificios humanos.

Se han obtenido muchos nuevos conocimientos acerca de la religión y la mitología de los cananeos en los textos de Ras Shamra que fueron encontrados en 1929.

Este pueblo tenía también renombre como comerciante y, de hecho, para los

hebreos los términos cananeo y mercader o traficante eran sinónimos.[14] Transportaban perfumes, especias, coloridas ropas babilonias y otras mercancías desde su propio país hasta Egipto y recibían en cambio ornamentos de oro y plata, figuras talladas, estatuillas, alfarería y amuletos en forma de escarabajo. La llegada de una de aquellas caravanas está descrita en los muros de una tumba en Beni-Hassán en el Alto Egipto. Llevan los hombres túnicas de alegres colores, usan armas de metal y uno de ellos tañe una lira; sus mercancías están atadas sobre los lomos de jumentos. Los cananeos eran un pueblo rico y próspero y su civilización debía mucho a la de los países con los que entraron en contacto. Babilonia es un claro ejemplo de esto, pues su influencia sobre los cananeos puede advertirse fácilmente en sus leyes, sus

leyendas y su escritura.[15] La comunicación entre los príncipes cananeos y sus señores era fácil y regular; los mensajeros iban y venían constantemente llevando cartas escritas usando la escritura cuneiforme babilónica sobre tabletas de arcilla cocidas al sol.

En 1887 se descubrieron cerca de trescientas de estas cartas en Tell el-Amarna, la capital fundada por el faraón Akh-en-Atón (Amenhotep IV) que fue abandonada muy poco después de su muerte. Estas cartas arrojan mucha luz sobre la condición de Canaán a mediados del siglo XIV a. C. Los reyes locales peleaban unos con otros, los oficiales egipcios eran incapaces de mantener el orden, los hititas se apoderaron de los distritos del norte, en tanto que el territorio meridional y el central era invadido por las tribus nómadas del desierto, a las que Arad-Hiba, gobernador de Ursalim (Jerusalén), llama habiru. También afirma que las tribus del desierto han interceptado

las caravanas del rey y capturado las fortalezas, una de las cuales es Siquem.[16] A menos de que se envíen prontamente tropas, se perderá todo el territorio del rey. Ya algunos de los vasallos egipcios han estado conspirando con los habiru; y Gazer, Ascalón y Lajis han estado ayudándolos. La identificación de una rama de aquellos habiru con los hebreos es aceptada ahora por la mayor parte de los investigadores; por lo tanto, tal parece que algunas de las tribus hebreas avanzaban hacia la tierra de

Canaán en época tan lejana como los mediados del siglo [17] XIV a. C. Es más; hacia el año 1223 a. C., el faraón Merneptah se vio obligado a reprimir vigorosamente una revuelta en Canaán, y entre los pueblos que subyugó menciona a Israel. «Israel está destruido, no queda ni simiente suya».

Estos hechos son de considerable importancia, pues parecen probar que hubo ciertas tribus hebreas en Canaán antes de que las tribus de José, conducidas por Josué, iniciaran una tentativa que tuvo como resultado su afincamiento en Canaán y el completo dominio de los cananeos. El recopilador del libro de Josué, que describe la ocupación total del país como consecuencia de una conquista únicamente, ha abreviado la historia y ha condensado en una campaña acontecimientos ocurridos durante un largo periodo. La narración más antigua y más histórica que se encuentra en el primer capítulo del libro de los Jueces nos hace una descripción más verídica del largo y gradual proceso mediante el cual las tribus hebreas llegaron a hacerse dueñas de Canaán.

 

[En relación con este capítulo deben leerse los siguientes pasajes:

Salmos 8; 19; 24; 104:1-30. Deut. 8:7-18; 11:10-12; 32:9-14].